lunes, 30 de junio de 2014

SON O NO EL ACEITE Y EL VINAGRE?


(Los supuestos amoríos entre liberales y socialistas)

Por José Antonio Riesco
Instituto de Teoría del Estado

En fecha reciente leí en la prensa (La Voz, 21.V.2014) una suerte de reclamo del Dr. Gustavo Viramonte, cordobés y jurista,  respecto a la necesidad de que  exista, en el esquema político, argentino, un partido “conservador”. Hace algunos años el profesor Torcuato Di Tella dijo algo parecido en una conferencia, no por que renegara de los contenidos socialistas de sus ideas sino por que, a su juicio, era necesaria una alternativa respecto a las posiciones de izquierda. Aludió, recuerdo, a la experiencia de Chile donde sí se da esa dicotomía dentro de la democracia.

A fines de 2009, Enrique Tomás Bianchi, porteño y jurista, asesor letrado de la   Corte Suprema, se refirió al asunto (“Cómo ser conservador, liberal y socialista”) en una nota donde planteó la compatibilidad de “las líneas fundamentales de las tres ideologías”, para lo cual comentó las ideas de Leszek Kolakowski, pensador polaco. (La Nación, 31.XII.2009).

En la Argentina la fuerza conservadora (Partido Demócrata) desapareció hace tiempo como agrupamiento nacional y sin perjuicio de entidades afines en capital y algunas provincias; aunque no fructificó el intento de sustituirlo con experimentos como Fuerza Nueva o la UCD, inspiradas por el ing. Alvaro Alzogaray. Ya en el siglo XXI tiene sentido preguntarse qué es lo que se debe “conservar”, mirando el punto a que llegó la realidad nacional con todo lo ocurrido en los pasados setenta años. La última gran “convención” de los conservadores argentinos se realizó en Córdoba en 1951; allí hubo un debate casi caliente entre el mendocino Jofré y el cordobés Aguirre Cámara sobre si se debía o no proteger a la propiedad y en qué medida. Admirables la oratoria y los argumentos de ambos.

Vale tener presente que, en general, las minorías liberales, con o sin definirse conservadoras, profesan una especial nostalgia por los tiempos del “laissez faire, laissez passer”, cuya vigencia relativa se dio mucho en el siglo XIX. La idea central es la de un mercado que funcione sin perturbaciones de parte del poder estatal, y que gire en torno a una propiedad privada libre de restricciones. Una idea con su lógica, pero . . . “centinela, qué dice la noche..?”

Es de justicia reconocer, empero, que en el siglo XX los gobiernos de dicho signo avanzaron sobre tales extremos e impusieron regulaciones importantes. Tanto para custodiar la subsistencia del sistema capitalista, cuanto para preservar a la sociedad de un proceso de desintegración sociopolítico como se dio con la Gran Crisis de 1929/30. En la Argentina ese cambio de actitud habíase inaugurado con el reconocimiento de la “cuestión social”; de allí las leyes de protección al trabajo y sus consecuencias para la mujer, la niñez y los trabajadores, sobre todo la de accidentes y enfermedades profesionales en 1915, Fue en el último ciclo del “roquismo”.

El historiador mexicano Enrique Krause acaba de publicar su exhortación a la reconciliación, en el marco de la democracia, de las corrientes que expresan al liberalismo y al socialismo, una vez superados los modelos totalitarios y autocráticos. Estima razonable que “es hora de restablecer el diálogo y las mutuas limitaciones, hallar un justo medio”. Sería un romance entre los que, históricamente, privilegiaron la libertad y los que lo hicieron con la igualdad. (La Nación, 26.V.2014)

Surgen dos exigencias. Para el liberalismo, es preciso legitimar el rol del Estado en las relaciones socioeconómicas, así como dar por razonable la actividad de grupos sectoriales (los sindicatos, los empresarios, por ejemplo) en un régimen no corporativo pero sí de participación. Para el socialismo, aprender que una sociedad, si es democrática, tiene en las libertades económicas una de las principales garan tías de las de orden cultural y político; y que las reglas de participación deben darse por encima de la dictadura de los grupos de presión (sean sindicales, financieros, etc.). Es por eso, hoy en nuestro país, que soportamos una costosa distorsión de la legalidad y la convivencia.

Hay otras dos cuestiones. Una, que el socialismo debe someter su gestión a algo mejor que el estatismo asfixiante, o sea  la burocratización de la estructura societaria, convirtiendo en empleados públicos al grueso de los ciudadanos.  Dos, que el capitalismo (sus actores) debe renunciar a relacionarse con el Estado, mediante artimañas de corrupción (pago de coimas), como una herramienta útil para la compe tencia en el mercado, Así como aceptar la preeminencia de las inversiones en el país y por consiguiente la ilegalidad de la fuga de rentas al exterior. Europa ya avanzó mucho en esas reglas y prácticas. En la Argentina no hay una política que garantice al capital las condiciones para que no busque rentabilidad en otras partes.

Si miramos hacia la experiencia política argentina otras quedan pendientes. El peronismo debe comprender que la justicia social no es equivalente a demagogia ni a clientelismo; y que la justicia social no puede ser manchancha. Los conservadores superar eso de que el peronismo fue y es fascismo, o sea no seguir repitiendo las consignas que el jefe comunista Victorio Codovilla implantó en 1945.

Claro que estas consideraciones no llevan necesariamente a los hechos; nuestra clase política no se confiesa socialista, es apenas “zurdosa”. Cuando gobierna, sus pasiones dominantes son el derroche del gasto público, el clientelismo  y la macha hacia la inflación. Y le resulta cómodo marcar de derecha o conservadores a “los otros”. Lo acaba de lanzar la Sra. Margarita Stolwizer, diputada por el GEN y socia del UNEN.

"Son todas similares alternativas conservadoras". Con esas palabras,  se refirió a los perfiles políticos de Mauricio Macri, Sergio Massa y Daniel Scioli con miras a las próximas elecciones. "Son todos de derecha”. Pero no dijo si ella también propone activar la lucha de clases, aunque adhiere a algunos pataleos del Partido Obrero.

A todo esto vale preguntarse cómo está la Argentina en eso de derecha e izquierda, o sea a qué punto llegó la evolución de su legislación y prácticas administrativas, para identificar lo que tiene un signo y otro. Si se leen las notas periodísticas, algunas brillantes. que firman los intelectuales liberales (Benegas Linch, Rivas, Márquez etc.) este país está sumergido en el socialismo. Y si atendemos a las ardientes proclamas de la izquierda y de sus parientes en la prensa o en las universidades, aquí rige un capitalismo salvaje.

Bueno sería revisar esto con cierta independencia y método. Alumbraría muchas cosas. Algo así ocurrió en 1932 cuando el gobierno de la Concordancia que, aún con sus pecados, se ajustó a la marcha del mundo. Y es probable que con tal ejercicio se pueda acceder a un planteo de conservadurismo factible. Por que romperse las narices contra las realidades no es de auténticos conservadores; por eso en Inglaterra (1951), Winston Churchill le ganó el comicio a los laboristas. En su segundo gobierno sólo parcialmente se volvió a lo anterior y se construyeron más viviendas sociales que con el socialista Clement Attlee.

También es bueno releer a Gustavo Viramonte quien, aún para la discrepancia o el acuerdo, le ha puesto banderillas picantes al asunto. Exige como algo decisivo, “una economía de mercado en sintonía con lo que pasa en el mundo”. Esto es sensato, dado que en la Argentina los liberales predican “una economía” que repetiría lo que en el siglo XIX engendró el socialismo y el anarquismo. Esa observación sobre “lo que pasa en el mundo” nos hará ver que en Europa, Estados Unidos y Japón los “conservadores” ganan, alternativamente, los comicios, mientras aquí tienen voca-  ción de minoría de las minorías. Si en este país apareciera una “Angela Merkel” en el acto la tacharían de populista o algo peor.

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