ante el reto decisivo: Como aplicarla. Una aportación
Josep Miró i Ardèvol
5 de febrero de 2026
En un tiempo marcado por la fragmentación social, la caída de la productividad, la desconfianza institucional y la crisis de sentido del propio capitalismo, la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) reaparece no como una reliquia moral, sino como la concepción más integral disponible para pensar la economía y la sociedad. Su diagnóstico de fondo —la centralidad de la persona, la primacía de la comunidad, la función social de la economía y el arraigo ético de las instituciones— coinciden sorprendentemente con los desarrollos más avanzados de la economía institucional contemporánea.
Sin embargo, la DSI arrastra un punto débil estructural: su dificultad para traducirse en criterios operativos, en instrumentos de política pública y en diseño institucional efectivo. No falla su antropología; falla, con frecuencia, su implementación.
El objetivo de este artículo es mostrar cómo ese déficit puede superarse articulando la DSI con marcos analíticos sólidos de teoría económica —en particular, la Nueva Economía Institucional— que permiten pasar del principio moral a la medida concreta.
Capital moral: el cimiento invisible de toda economía funcional
La DSI ha insistido siempre en que no existe una economía neutral: toda organización productiva presupone una antropología moral. En lenguaje económico contemporáneo, ese sustrato se denomina capital moral: el conjunto de normas, valores y virtudes compartidas que hacen posible la cooperación sin vigilancia permanente.
Autores como Jonathan Haidt han mostrado desde la psicología social cómo los sistemas morales generan cohesión y confianza. Desde la economía, Oliver Williamson o Francis Fukuyama han subrayado que los contratos solo funcionan cuando existe un suelo ético previo.
Dicho en términos técnicos: el capital moral permite resolver el dilema del prisionero. Allí donde hay confianza, los costos de transacción se desploman; donde no la hay, el mercado y el Estado se vuelven caros, rígidos e ineficientes. Esta intuición está plenamente alineada con la DSI, que siempre ha advertido que la ley no puede sustituir indefinidamente a la virtud.
La economía como antropología: familia, capital humano y sentido.
La economía dominante ha operado durante décadas con un Homo economicus: individuo racional, maximizador y aislado. Frente a ello, tanto la DSI como economistas contemporáneos proponen un humano social, relacional y moralmente situado.
El capital humano —competencias, conocimientos, habilidades— no nace en el mercado, sino en la familia. Es ahí donde se adquieren las llamadas habilidades no cognitivas: autocontrol, empatía, resiliencia, capacidad de cooperación. Cuando la familia falla, el capital humano que llega al mercado de trabajo es estructuralmente defectuoso, por más títulos que acumula.
Aquí emerge una
paradoja central: el modelo neoclásico trata el capital humano como un input
aislado, mientras que la experiencia empírica muestra que el capital humano es
estéril sin capital social. La DSI lo ha formulado siempre en términos de bien
común; la economía institucional lo confirma empíricamente.
Nueva Economía
Institucional: traducir la DSI a lenguaje operativo
La Nueva Economía Institucional (NEI) —con autores
como Douglas North, Coase o Williamson— ofrece el puente técnico que la DSI
necesita para superar su problema de implementación.
Instituciones
formales e informales
Las instituciones son “las reglas del juego”. Las
informales (costumbres, códigos morales, hábitos) constituyen el capital moral
y social; las formales (leyes, regulaciones) intentan codificar ese sustrato.
Cuando las primeras se erosionan, las segundas se hipertrofian. El resultado es
conocido: burocracia defensiva, litigiosidad y desconfianza generalizada.
Administración
pública y costes de transacción
Una sociedad con
alto capital moral internaliza la vigilancia. No necesita un abogado por
contrato ni un inspector por ciudadano. En cambio, cuando el Estado intenta
sustituir la confianza por reglas exhaustivas, se convierte en una máquina de
costes de transacción que asfixia la iniciativa local. La DSI habla de
subsidiariedad; la NEI demuestra por qué es eficiente.
El modelo
Collier–NEI: capital moral y productividad real
El economista Paul
Collier ha llevado esta convergencia a su máxima expresión. Su evolución
intelectual —de la macroeconomía del desarrollo a la economía moral de la
identidad— muestra que la productividad depende menos de la tecnología que de
la calidad de las relaciones humanas.
La Productividad Total de los Factores (PTF),
ese residuo que la teoría estándar no sabe explicar, puede reinterpretarse como
capital moral y social en acción. Donde hay confianza, identidad compartida y
redes estables, la innovación fluye, las empresas crecen y el talento se queda.
Donde no, la energía social se disipa en conflicto, rentismo y burocracia.
Evidencia
empírica: cuando el capital moral se convierte en PTF
Los ejemplos
clásicos confirman esta tesis. El
cooperativismo de Mondragón o los distritos industriales de Emilia-Romaña
muestran cómo una identidad compartida reduce drásticamente los costes de
transacción. La reciprocidad sustituye al contrato; la pertenencia, a la
vigilancia.
En contraste,
regiones inundadas de subvenciones, pero carentes de capital moral sufren
búsqueda de rentas, fuga de cerebros y estancamiento productivo. El dinero
llega; el desarrollo no.
Conclusión: de la
visión moral a la arquitectura institucional
La Doctrina Social
de la Iglesia no fracasa por exceso de idealismo, sino por falta de traducción
institucional. Su concepción integral de la persona, la familia y la comunidad
es hoy más necesaria que nunca. La economía contemporánea —cuando abandona el
reduccionismo— confirma empíricamente sus intuiciones fundamentales.
El desafío es
claro: convertir capital moral en diseño institucional, subsidiariedad en
arquitectura administrativa, bien común en incentivos concretos. La NEI y
autores como Collier ofrecen las herramientas técnicas para hacerlo. Sin esa
mediación, la DSI corre el riesgo de quedar en exhortación; con ella, puede
convertirse en la alternativa integral que el capitalismo necesita para no
autodestruirse.
Y la clave es unir
una política familiar integral con las políticas de productividad y no tanto
como elementos aislados, sino como una visión estratégica articulada.