DE LA POLÍTICA
Por Tiziana
Chiovaro *
La Prensa,
02.08.2026
¿Y si Argentina no
estuviera atrapada por sus números, sino por sus categorías mentales? La
narrativa histórica convencional nos repite que la región padece una condena
económica inevitable. Sin embargo, Argentina no es pobre únicamente porque le
quitaron recursos, sino porque le impusieron una forma de pensar.
El escenario
geopolítico actual expone cómo las élites latinoamericanas adoptan doctrinas
ajenas, confundiendo el alineamiento ideológico-emocional -que se da cuando las
creencias de un individuo resuenan con su identidad o sentido de pertenencia,
en vez de con un análisis racional de los hechos- con el beneficio nacional
estratégico, caracterizado por ser una capacidad o recurso fundamental que un
Estado busca proteger, desarrollar o adquirir con el propósito de garantizar
sus intereses. La asimétrica relación entre Milei y Trump resulta ser un fiel
reflejo de este panorama.
Para comprender la
magnitud de este fenómeno, es indispensable recurrir al politólogo y teórico
marxista Antonio Gramsci, quien definió la superestructura como una red de
instituciones e ideas jurídicas y culturales que legitima y mantiene el orden
social a través de la hegemonía. Según Gramsci, el poder no se ejerce sólo
mediante la coerción del Estado, sino a través del consenso y el sentido común
que las instituciones proyectan en la sociedad. Entendiendo este último, como
un conjunto de creencias adoptadas colectivamente como verdades "naturales"
u "obvias", pero que en realidad responden a los intereses de las
clases dominantes.
Cuando el consenso
se quiebra, la respuesta del poder puede ser puramente coercitiva; como lo fue
la última dictadura cívico-militar en Argentina, que recurrió al terrorismo de
Estado ante el agotamiento de los mecanismos de control social tradicionales.
Sin embargo, en tiempos democráticos, cuando ese sentido común deja de
responder a las demandas materiales de la población, la superestructura, como
bien denomina Gramsci, entra en una crisis orgánica de legitimidad; en donde
las instituciones y los partidos políticos pierden legitimidad, provocando una
profunda ruptura entre los representantes y la ciudadanía, y cuestionando la
capacidad de la clase dirigente para gobernar. Es precisamente en este vacío
histórico donde también germinan los liderazgos disruptivos de, por ejemplo,
Trump y Milei.
LA CASTA
El caso argentino
actual es interesante para observar este fenómeno. Milei magnífica el concepto
de "la casta" a una traducción sociológica de una superestructura
parasitaria; donde políticos, sindicalistas y empresarios prebendarios se
benefician del estado a costa de los ciudadanos. Su disrupción quiebra el
consenso histórico sobre la intervención del Estado en Argentina mientras
utiliza irónicamente los resortes del hiperpresidencialismo para desarmar el
Estado desde sus propias entrañas. Bajo la premisa militante de que "el
Estado es el enemigo de la riqueza", se ha instalado una ideología
radicalmente anti-Estado que paraliza cualquier horizonte de planificación a
largo plazo. Si la sociedad cree que el Estado es intrínsecamente malo, nunca
apoyará políticas industriales fuertes ni tolerará una planificación soberana.
Aquí se devela la
gran trampa cognitiva y la profunda desconexión de las categorías importadas.
El actual presidente argentino, aplica una desregulación radical puertas
adentro, mientras idolatra y se alinea ciegamente con un presidente como Trump
que en Estados Unidos implementa exactamente lo contrario. El presidente
estadounidense es el emblema contemporáneo del nacionalismo económico, debido a
que implementó aranceles agresivos a más de 60 países, con niveles que
alcanzaron el 50% para economías como por ejemplo Brasil, según “The New York
Times". Así mismo defiende de manera feroz la industria nacional
estadounidense frente a la competencia extranjera y utiliza el poder del Estado
para intervenir en las cadenas globales de valor.
Milei siente que
Trump es de su equipo porque ambos usan redes sociales, atacan a la prensa y
odian lo políticamente correcto. Eso es un alineamiento emocional. Pero en la
realidad estratégica, no hay equipos, hay intereses. Trump es capaz de abrazar
a Milei en una conferencia y, al día siguiente, subirle los aranceles al acero
argentino para que los obreros de Pensilvania lo voten. Argentina piensa en
términos de "amistad ideológica"; Estados Unidos, piensa en términos
de "dominación comercial".
Esta desconexión
cultural se traduce directamente en las decisiones políticas de la Argentina en
donde, por ejemplo, mientras el actual gobierno argentino celebra la
desregulación; la agresiva apertura de importaciones textiles y de consumo
masivo golpea al entramado manufacturero local, provocando caídas en la
producción industrial y el cierre de establecimientos PYME, que según indica la
Asociación de Empresarios Nacionales (ENAC), 7 de cada 10 empresas consideran
que sus trabajadores perdieron poder adquisitivo en 2025, lo que profundiza el
deterioro del mercado interno.
Por otro lado, en
el ámbito internacional, la Argentina celebra acuerdos comerciales con
Washington bajo el formato de la "reciprocidad" arancelaria. Sin
embargo, el mutuo acuerdo entre economías con asimetrías abismales es una
ficción jurídica. Abrir las fronteras a la tecnología estadounidense a cambio
de cupos de carne vacuna primariza aún más nuestra economía. Además, al
desconfiar de las reglas impersonales del Estado, la cultura política regional
deposita su fe en líderes fuertes. Si el rumbo geopolítico y el acceso a los
mercados internacionales dependen de la sintonía personal o de un culto a la
personalidad entre dos mandatarios, el sistema entero se vuelve sumamente
frágil.
La verdadera
condena de Argentina no es una cuestión de recursos naturales ni de una fatalidad
económica escrita en el destino, sino la persistencia de una trampa mental que
nos obliga a interpretar el mundo con categorías prestadas. Hemos aceptado un
"sentido común" diseñado en centros de poder que predican una
libertad absoluta que ellos mismos no practican. La paradoja del alineamiento
Milei-Trump es el ejemplo definitivo de esta colonización pedagógica: mientras
nos convencen de que el Estado es un enemigo criminal que debe ser
desmantelado, el modelo de éxito que pretendemos emular -el nacionalismo
estadounidense- utiliza al Estado como el guardián de su comercio, su industria
y su soberanía.
Esta disonancia
cognitiva nos coloca en una posición de vulnerabilidad extrema. Al confundir la
afinidad ideológico-emocional con el beneficio nacional estratégico, Argentina
se desarma voluntariamente en un tablero internacional donde nadie regala nada.
La manera de pensar que nos implementan busca, en última instancia, neutralizar
nuestra capacidad de respuesta, enseñándonos a despreciar lo propio para
facilitar la entrega de lo ajeno. Si no somos capaces de romper con estos
dogmas importados y construir un pragmatismo basado en nuestras propias
asimetrías y necesidades, seguiremos siendo el laboratorio de teorías que solo
sirven para consolidar la riqueza de otros. La libertad sin capacidad estatal
no es autonomía, es desamparo.
Ahora bien, si nos
han convencido indirectamente de que la única forma de ser “exitosos” es
destruyendo la herramienta que las naciones triunfantes usan para protegerse, ¿estamos
ante la victoria final de un relato ajeno que necesita nuestra industria en
ruinas para asegurar su propio dominio?
* Estudiante
avanzada de la Licenciatura en Ciencia Política y Relaciones Internacionales de
la UCALP (Universidad Católica de La Plata).