domingo, 24 de mayo de 2026

ANÁLISIS DE LA REVOLUCIÓN DE MAYO


Pretendemos, a modo de homenaje al 25 de Mayo, resumir las enseñanzas sobre este tema de historiadores confiables, como Roberto Marfany, Federico Ibarguren y Díaz Araujo. Un tema que requiere ser esclarecido como guía para el presente, puesto que las transformaciones sociales con legitimidad histórica siempre se rigen por sus antecedentes; así, cada generación recibe los elementos fundamentales de la que procede, y no obra a saltos o por improvisación.

 

El cambio de gobierno fue, sin duda, pensado con responsabilidad, eligiendo los medios idóneos con que realizarlo, y las posibilidades futuras de subsistencia ante la transformación producida por el dominio de Napoleón en Europa y particularmente en España.

 

En primer lugar, es necesario saber que aquellos antepasados nuestros tenían conciencia de que formaban parte de un imperio que comprendía diversos países distribuidos por todo el globo, pero que fundamentalmente formaban parte de la nación española.

 

Por falta de comprensión y ubicación en el plano mental, social y político de los hombres de 1810, muchas veces se han interpretado erróneamente las causas y fines de aquel gran acontecimiento, que ha sido conocido -por falta de perspectiva- solamente en su aspecto formal, pero no en sus fines. Por ese error interpretativo se ha dicho que la Revolución de Mayo fue un movimiento político de oposición a la monarquía española y a España, con la finalidad de crear un gobierno independiente y democrático.

Ninguna de esas opiniones concuerda con la realidad. En 1810, Buenos Aires era una aldea de 60.000 habitantes, situada en el confín del inmenso mundo imperial, pero con suficiente energía como para afrontar una empresa política muy superior a su poder material. Había cualidades, sin duda, en aquellos hombres; un sentido de destino colectivo que nosotros no conservamos con el mismo vigor. Nuestros antepasados dejaron testimonio de grandeza cuando, derrochando heroísmo, enfrentaron y derrotaron la primera y segunda invasión inglesa.

También lo tuvieron para declarar la Independencia, para extender la guerra por Sudamérica, etcétera. De esas cúspides hemos ido descendiendo hasta perder el sentimiento patriótico que tenían nuestros mayores.

 

Nuestra Revolución de Mayo es producto legítimo del espíritu español. En España, pongamos por caso, entra el ejército de Napoleón y ocupa Madrid ante el asombro, la confusión y la indignación de sus habitantes. En esas circunstancias trágicas en que se paraliza la reacción, el alcalde de Móstoles, una pequeña aldea cercana a Madrid, declara públicamente la guerra a Napoleón y enciende la hoguera con poco más de un centenar de hombres armados con escopetas, horquillas y agujas de coser colchones. Entre nosotros sucede algo parecido. Buenos Aires, una aldea del Imperio español, se yergue contra el inmenso poder de Napoleón. La desproporción es asombrosa.

La Revolución, no se hace contra el rey ni contra la España Imperial, sino contra Napoleón, a quien llaman «tirano», y contra la ideología y los hechos de la Revolución Francesa.

La interpretación de que en 1810 se produce un cambio total de valores se aplicaría también al problema de la libertad. Los teólogos y juristas españoles dicen que el hombre nunca pierde la libertad, aunque quisiera, porque la libertad está implícita en la naturaleza humana. Así, nuestros antepasados no podían ni querían transformar los principios originarios y fundamentales de su comunidad, que tenía una antigüedad de tres siglos, para jugarla en una aventura política de alcances imprevisibles.

 

La prueba de que respetaron esa estructura es el hecho de que la Junta de Gobierno, que llamamos Junta Patria, gobernó, según propias palabras, «a nombre de Fernando VII». Esa adhesión a Fernando, que era el centro del Imperio y su forma de gobierno, continuaba la tradición histórica.

 

 No es fácil que entendamos esa proyección histórica, porque no tenemos conducta histórica. Estamos acostumbrados a la rotación de los hombres de gobierno en períodos breves, sin que exista entre ellos el mismo concepto de ideales nacionales, y por eso cambiamos de dirección continuamente, sin que tengamos una tabla de valores esenciales que debamos cumplir inexorablemente.

 

En 1810, por el contrario, había una idea clara de continuidad. Por eso, la adhesión a Fernando VII no es el acatamiento a su persona, sino que se trata de mantener en él, la unidad del Imperio dentro del sistema político y social que le daba subsistencia.

 

La Revolución de Mayo promueve el cambio del gobierno local, la destitución del virrey, no para suplantar a la monarquía, a la cual se jura fidelidad sincera. No fue una «máscara», como han interpretado con evidente error la mayor parte de nuestros historiadores, que confundieron los fines de la Revolución-.

La misma Junta -«a nombre de Fernando VII»-, en diversos comunicados que en su mayoría se publicaron en «La Gaceta», proclama fidelidad al monarca español cautivo de Napoleón. La Junta es una especie de regencia del rey en el Río de la Plata, sustitutiva del virrey, que asume la soberanía del rey, llamado también soberano, y no la soberanía del pueblo. Esta solución no era improvisada; tenía realidad jurídica y doctrinaria.

 

Las obras jurídicas españolas que en esa época usaban los abogados de América reconocen el derecho de que, faltando el rey, la potestad vuelve a la comunidad, que suple la vacancia.

Esto es lo que motivó a los hombres de Mayo de 1810 en Buenos Aires: establecer un gobierno para cubrir la acefalía producida por la caída del gobierno español de la península. Los acontecimientos posteriores, incluida la actitud ambigua de Fernando que perjudica a las provincias americanas, fueron conduciendo a las autoridades locales a la decisión de defender los intereses propios y lograr, finalmente, la Independencia de toda otra dominación extranjera.

 

Designado Presidente de la Junta, don Cornelio Saavedra, éste, hincado de rodillas y poniendo la mano derecha sobre los Santos Evangelios, prestó juramento de desempeñar legalmente el cargo, conservar íntegra esta parte de América a nuestro soberano el Señor Don Fernando Séptimo y sus legítimos sucesores y guardar puntualmente las leyes del Reino.

 

El alzamiento antibonapartista en la España de 1808, produjo la reaparición del antiguo espíritu medieval feudalista y municipal que enfrentó al liberalismo que traían los ejércitos del Corso.

Perfecta comprensión del acontecimiento de la Patria Grande lo mostró don Juan Manuel de Rosas en meditado discurso ante el Cuerpo Diplomático el 25 de mayo de 1836.

“Qué grande, señores, debe ser para todo argentino este día consagrado por la Nación para festejar el primer acto de soberanía… Y cuán glorioso es para los hijos de Buenos Aires haber sido los primeros en levantar la voz con un orden y dignidad sin ejemplo.

No para sublevarnos contra las autoridades legítimamente constituidas. No para rebelarnos contra nuestro soberano, sino para conservarle la posesión de su autoridad, de que había sido despojado por un acto de perfidia. No para romper los vínculos que nos ligaban a los españoles sino para fortalecerlos más por el amor y la gratitud, poniéndonos en actitud de auxiliarlos.

Estos, señores, fueron los grandes y plausibles objetos del memorable Cabildo celebrado en esta Ciudad el 22 de mayo de 1810, cuya acta debería grabarse en láminas de oro para honra eterna del gran pueblo porteño.”

 

Refiriéndose a esta alocución escribió Don Julio Irazusta: “Ella concilia el hecho de la emancipación con el lealismo imperial y monárquico de nuestro primer gobierno autónomo y salva la dignidad nacional de la tacha de perfidia colectiva…”

 

El enfrentamiento llegó luego del 24 de septiembre de 1810, cuando la masónica Asamblea de Cádiz desdeñó el federalismo natural de Reinos y Provincias, basado en la comunidad de sangre y Fe para instaurar un inmenso Estado centralizado según el modelo de la subversión francesa. Fue el momento en que José de San Martín se incorporó a la lucha de América.

 

Fidelidad ya exhibida con altivez en las reuniones de Montevideo y Buenos Aires de agosto de 1806 y febrero de 1807, cuando Liniers fuera proclamado Jefe Militar y luego Virrey. Se daba por entonces el primer fracaso de Gran Bretaña en su intento de destruir el Imperio Hispano Católico transformando sus atomizados restos en dependencias financieras londinenses. Para entender el alcance que le daban a los sucesos de mayo, los habitantes de Buenos Aires, bastaría con leer la Canción Patriótica publicada en La Gaceta el 28 de octubre de 1810:

 

No es la libertad

Que en Francia tuvieron

Crueles regicidas

Vasallos perversos

Allí la anarquía

Extendió su imperio

Lo que en nosotros

Natural derecho

El mismo derecho

Que tiene la España

De elegir gobierno

Si aquella se pierde

Por algún evento

No hemos de seguir

La suerte de aquellos.

 

Así como resulta clara y justificada la decisión de formar un gobierno propio, la implementación originó confusiones e injusticias. Es oportuno recordar, por ejemplo, la injusta muerte de Liniers, héroe de la patria, sin cuya acción liderando el triunfo sobre las fuerzas inglesas, hoy seríamos una colonia y no hablaríamos en castellano.

 

Cuando Liniers cesa en el cargo de Virrey, elige radicarse en Córdoba.

A los pocos días del 25 de mayo de 1810, la noticia de lo ocurrido motivó que en Córdoba comenzaran a reunirse personas expectables en la casa del gobernador Gutiérrez de la Concha, para analizar la situación; en dichas reuniones prevaleció la decisión de resistir a las nuevas autoridades, pues no habían consultado al interior.

la Junta fue drástica: “que sean arcabuceados … en el momento que todos o cada uno de ellos sean pillados, sean cuales fueren las circunstancias se ejecutará esta resolución sin dar lugar a minutos que proporcionasen ruegos y relaciones capaces de comprometer el cumplimiento de esta orden”.

 

Afirma José María Rosa que esta fue la primera manifestación de la política de lograr la revolución por la fuerza y no por el apoyo popular, tendencia expresada en el Plan de operaciones cuya redacción fue encargada a Moreno, el 18 de julio; en efecto, el día 28 convenció a los demás miembros de la Junta, el fusilamiento de Liniers.

Cuesta entender, dice el P. Furlong, “que hombres que decían sostener los derechos de Fernando VII fusilaran a otros precisamente porque sostenían los derechos de Fernando VII”. Destaca, asimismo, Ortega la paradoja de que “los abogados –Moreno y Castelli- factores decisivos en la ejecución de Liniers, no procedieron en tal emergencia de acuerdo a derecho, pues aquél fue fusilado sin formación de causa ni sentencia legal”.

Algo parecido afirma Vicente Sierra: “Es indudable que la Junta se arrogó funciones judiciales que ningún funcionario del antiguo régimen tenía, al condenar sin forma alguna de juicio previo”.

 

Se ha sostenido que el prestigio que mantenía Liniers hizo que se tomara esta drástica decisión. Si se resolvía que fuera embarcado y trasladado a España, como a Cisneros, implicaba el riesgo de que continuara actuando desde Montevideo. La prisión en Buenos Aires, tampoco estaba exenta de riesgos, pues las tropas podrían liberarlo.

 

El doctor Juan José Castelli arribó a Cruz Alta, el 26 de agosto. Disponía de un pelotón de cincuenta fusileros, todos ellos ingleses que había quedado después de las invasiones, detalle también previsto por Moreno para evitar eventuales escenas de patetismo por parte de la tropa.

Se dirigió el contingente al monte llamado de los Papagayos o Chañarcito de los Loros, a dos leguas de la posta Cabeza de Tigre.

 

Castelli hizo la notificación a los condenados de que la ejecución se cumpliría de inmediato; concediéndoles cuatro horas para prepararse. Liniers pidió al obispo que le sacara el rosario, con el que rezó, preparándose para la confesión.

 

A las tres de la tarde, se formó el pelotón dirigido por Balcarce; luego de la descarga, Liniers y Gutiérrez quedaron sólo heridos, correspondiéndole al coronel French ultimarlos con revólver; era el mismo oficial que unas semanas antes estuvo repartiendo escarapelas frente al Cabildo.

 

 

Ojalá que, conociendo la versión correcta del pasado nacional, en un futuro próximo, podamos los argentinos encontrar la ruta que se engarce con el pasado forjado por los héroes que lograron la independencia de la Patria.

Mario Meneghini

 

 

Fuentes:

*Roberto Marfany y Federico Ibarguren, La Revolución de Mayo, en AA. VV., «Historia Argentina», Editorial de Belgrano, 1977, Buenos Aires, pp. 11-16.

Mayo de 1810: actas del Cabildo de Buenos Aires/recopilado por Isidoro Ruiz Moreno. Buenos Aires, 2009.

Luis Alfredo Andregnette Capurro. El verdadero Mayo; Cabildo digital, 1 de junio de 2007

Enrique Díaz Araujo. “Mayo Revisado”, T. I, Santiago Apóstol, 2005.

 

martes, 19 de mayo de 2026

CUANDO EL TIEMPO

  hace su trabajo

 

Por Gonzalo P. Miño

La Prensa, 18.05.2026

 

Hay que hacer todo lo posible, para acelerar al máximo los tiempos para demostrar que el único camino posible es retornar al estado de derecho.

¿Qué se puede escribir ya que no se haya escrito sobre el “mundo lesa”? ¿qué se puede decir que ya no se dijo sobre las groseras arbitrariedades jurídicas y judiciales que se vienen cometiendo desde hace casi 23 años?

 

¿Qué se puede decir de la desaprensiva actitud de una gran mayoría de los retirados que ya no se haya dicho o escrito, respecto al elegido “perfil bajo” que se traduce en el irritante “estoy en zona de riesgo camarada” o “…y, que se puede hacer…”?

 

Lamentablemente se ha naturalizado que estos juicios denominados “de lesa” corren por carriles separados al del debido proceso y del estado de derecho, que son “juicios especiales” donde la ley es lo que dicen los fiscales y los querellantes, agregando requisitos que la misma no tiene ni pide.

Encima, quienes vociferaron que venían a dar la batalla cultural, y que en campaña electoral exclamaron que “lo de los 30.000 era mentira” y “que en los 70 hubo una guerra donde se cometieron excesos”, pasaron rápidamente a sentenciar “no es parte de mi agenda”.

 

De anverso, como no podía ser de otra forma, “la orga” de los derechos humanos, a través de su ariete el Ministerio Publico Fiscal, no detiene su marcha, llegando incluso no solo a seguir abriendo causas mediante delirantes imputaciones sino que hasta le solicitan a los jueces que no apliquen los fallos de la Suprema Corte que le son adversos, como el fallo “Castillo” que le pone coto a las eternas prisiones preventivas.

 

LA TRISTE REALIDAD

 

La verdad, este tema del “mundo lesa” ha quedado reducido a una pequeña discusión entre esa “orga” de los derechos humanos y algunos retirados -los condenados y los pocos que los asisten-. A la sociedad no le importa el tema, ni le interesa ya, mientras que la casta política solo está preocupada en sus propios intereses, importándole poco y nada los destinos de la Nación. Es la triste realidad.

 

Y es que, como siempre decimos, nadie va a pelear una guerra que sus propios interesados no pelean. “El tiempo pasa y el pescado sin vender”, dice una coloquial frase muy usada en nuestro país.

 

Impensadamente, pues nadie lo tenía en la mira, ni de un lado ni del otro, el tiempo va haciendo su trabajo. Tras casi 23 años de tramitación de estos juicos, muchos jueces federales comienzan a manifestar su hastío de seguir con estas causas “in eternun”. Es evidente el mal humor de les causa hacer “largos juicios” contra imputados que ya han sido condenados dos o tres veces, escuchar los ya disparatados planteos de los fiscales y querellantes advirtiendo que, en realidad, estos procesos se transformaron en una verdadera “cacería de brujas”; mientras tienen que cumplir con la extensa carga laboral que impone el nuevo Código Federal Procesal.

 

23 AÑOS DE JUICIOS

 

Justamente tras estos 23 años de juicios, ya fueron condenados los generales, los Altos Mandos, los Jefes, incluso en reiteradas oportunidades, estando ya la mayoría fallecidos y los pocos que quedan vivos en condiciones de acceder a la libertad condicional por el excesivo tiempo que llevan detenidos, incluso en condena. Por ello los fiscales insisten una y otra vez en abrir nuevas causas, para impedir que ello suceda; a la par que comienzan a perseguir a quienes en ese momento eran tenientes, subtenientes o simples agentes de policía; incluso se lleva al absurdo de pretender llevar adelante estos juicios aunque el imputado este muerto solo para declarar su responsabilidad penal, aunque no se lo condene. Todo para seguir con lo que alguien alguna vez llamó “el curro de los derechos humanos”.

 

Los togados, que como ahora se dice “la ven”, se dan cuenta que la finalidad de todo esto no es otra cosa que perpetuar estos juicios y ya no están dispuestos a seguir siendo una mera escribanía de fiscales y querellantes.

 

La férrea e intransigente oposición de fiscales y querellantes a que se les restituya los haberes de retiro y la obra social a los dados de baja es la prueba que estos procesos penales no buscan Justicia, sino venganza.

 

“La sociedad hoy nos pide otra cosa”, ya se escucha decir desde muchos despachos judiciales.

 

DOS PROBLEMAS

 

Ante ello, hay dos problemas. Uno, que aún se mantiene en pie lo “políticamente correcto” tanto en los medios de comunicación como en la casta política, razón por la cual los fallos ajustados a derecho salen a “cuenta gota”.

 

El otro es que el tiempo es demasiado lento en su inexorable tarea y los “viejos” no tienen margen de maniobra para esperar que haga su despaciosa labor. “La orga” de los derechos humanos sabe esto y por ello a través de su brazo ejecutar, los fiscales militantes que “coparon” las Unidades Fiscales de Derechos Humanos, hace todo lo posible para retrasar al máximo este imparable proceso, apoyados por todavía demasiados jueces, militantes varios y timoratos otros.

 

SALIR DE LA PALESTRA

 

Ante este contexto, ya está visto que no va a llegar ninguna magnánima migaja misericordiosa de político alguno, están “en otra” como se dice. Por ello hay que hacer todo lo posible para tratar de acelerar al máximo estos tiempos. Como se dice hay que “salir a la palestra”, dejando de lado la pasividad, llenado las salas de audiencias de camaradas de los enjuiciados con banderas argentinas, colmado el lugar en donde se haga un acto o una conmoración alusiva, publicando solicitadas, “copando” las gradas del Congreso Nacional cuando sea necesario, desbordando de camaradas la sala de visita de las cárceles; para así demostrarle a la sociedad y por ende a quienes tienen en su manos el devenir de estos juicios, que el único camino posible es retomar el irrestricto respeto al estado de derecho.

 

Sobre todo, ante la espuria actitud del actual Ministro de Justicia de la Nación, que elevó los pliegos de decenas de nuevos jueces, muchos de ellos militantes de “justicia legitima” o afines al kirchnerismo, para que desde la Rosada se negocie sus nombramientos a cambio de conseguir los votos necesarios en el Congreso para lograr sancionar las leyes que solo al gobierno le interesa.

 

Como siempre decimos, se debe dejar bien claro que no se busca impunidad sino legalidad: y que el éxito no cae del cielo, se construye.

Sino se toma conciencia de ello y no se actúa en consecuencia, se conseguirá que “la orga” de los derechos humanos logre detener el tiempo y que el tedio y hartazgo de muchos jueces -que contagiará indefectiblemente a la enorme mayoría de ellos en lo que algún fiscal militante, con acertado recelo, llama “la rebelión de los mansos”- se transforme en un estoico continuar en piloto automático, que aunque a disgusto, los lleve a seguir dirigiendo sus acciones hacia el mismo rumbo trazado desde hace 23 años; aunque esporádicamente se cambie transitoriamente esa trayectoria.

LA SOBERANÍA EDUCATIVA


en las aulas

 

Por Gabriel Camilli

La Prensa, 18.05.2026

 

El concepto de soft power o "poder blando", acuñado para describir la capacidad de las potencias para influir en la mentalidad, valores y conductas de otros pueblos a través de la cultura, la educación y la diplomacia pública, está encontrando en la Argentina un terreno de alarmante permeabilidad.

 

Mientras la atención pública suele centrarse en las rispideces de la alta política internacional o en los comunicados oficiales, una silenciosa pero persistente estrategia de seducción cultural avanza sobre las generaciones más jóvenes ante la mirada esquiva o burocrática del Estado nacional.

 

En sus recientes análisis y exposiciones públicas, el especialista Juan Augusto Rattenbach -secretario ejecutivo del Museo Malvinas- ha encendido las alarmas sobre lo que define como un ataque directo a la "soberanía cognitiva" de los argentinos.

 

La denuncia de Rattenbach expone una preocupante evolución en la estrategia británica: la embajada de ese país en Buenos Aires, valiéndose de la articulación con organizaciones no gubernamentales locales, ha profundizado un despliegue que ya no solo abarca el ámbito universitario, sino que ahora se extiende de forma directa a los adolescentes en los colegios secundarios. A través de visitas guiadas a su sede diplomática y de concursos con consignas edulcoradas como la de "conocer a nuestros vecinos de las islas", se busca desarticular el lazo afectivo e histórico de los jóvenes con el reclamo territorial.

 

Se trata de un meticuloso trabajo de orfebrería geopolítica. Las tesis de Rattenbach describe a una delegación extranjera hiperactiva que "trabaja las 24 horas del día", inaugurando de manera constante programas de vinculación institucional orientados, en última instancia, a un proceso de desmalvinización de largo plazo mediante la captación de voluntades en el plano local.

 

LA ASIMETRIA DEL INTERES NACIONAL Y LA INACCION ESTATAL

 

Frente a esta aceitada maquinaria de diplomacia pública, la respuesta de las instituciones argentinas expone una preocupante asimetría. La flagrante disparidad -que el analista ilustra de forma contundente al comparar la intensa agenda británica en nuestro país con la práctica inactividad de la representación argentina en Londres- desnuda una falencia estructural en la defensa de los intereses nacionales.

 

A nivel institucional, la Secretaría de Malvinas, Antártida y Atlántico Sur, diridiga por Paola Di Chiaro, posee la competencia formal para entender y actuar ante cualquier vector que afecte la narrativa soberana de la Nación. Sin embargo, la naturaleza elusiva del poder blando -disfrazado legítimamente de intercambio académico, cultural o de "fomento de la paz"- parece paralizar las capacidades de reacción del Palacio San Martín. Intervenir ante las actividades de una delegación acreditada o controlar el accionar de las ONG locales supone un costo político que las sucesivas gestiones suelen preferir evitar.

 

A esto se suma la fragmentación interna del propio Estado argentino. Mientras la diplomacia se gestiona en los despachos de Cancillería, la penetración de estas agendas ocurre en las aulas de las escuelas secundarias, cuyo órbita y control dependen exclusivamente de las carteras educativas provinciales y de la Ciudad de Buenos Aires. Esta desconexión facilita que actividades que impactan de lleno en el mediano y largo plazo de la política exterior pasen desapercibidas para las autoridades específicas en la materia.

 

PENETRACION COMERCIAL E INJERENCIA INSTITUCIONAL

 

Rattenbach traza una línea divisoria fundamental entre lo que constituye el consumo cultural orgánico y la intervención diplomática planificada. Los fenómenos de la industria del entretenimiento global -desde el auge del rock británico en décadas pasadas hasta el impacto contemporáneo de sagas literarias como Harry Potter- irrumpen de forma lícita en el mercado cultural y los hogares del país. Históricamente, la sociedad argentina ha demostrado una notable capacidad de resiliencia, llegando a "argentinizar" estéticas e influencias foráneas en lugar de asimilarlas con subordinación.

 

Sin embargo, cuando la fascinación por los productos culturales deja de ser un fenómeno de masas para ser instrumentado como una política de aproximación sistemática hacia menores de edad por parte de una potencia ocupante, el escenario cambia fragmentado de naturaleza. La falta de respuestas sostenidas por parte del Estado no es solo un problema de recursos económicos o de la evidente disparidad presupuestaria frente a estructuras globales como el British Council.

 

Es, principalmente, una consecuencia de los bandazos pendulares de nuestra política exterior, que carece de una estrategia de contra-poder blando unificada, profesional y que trascienda los turnos gubernamentales.

 

EL ROL DE LAS AULAS

 

Si las esferas diplomáticas y ministeriales se muestran lentas o indiferentes, el verdadero escudo soberano debe levantarse en el territorio. En este escenario, los rectores y equipos directivos de las escuelas secundarias tienen una responsabilidad civil y patriótica ineludible. La escuela no es un mero transmisor de datos académicos; es el espacio donde se moldea la ciudadanía. Permitir de forma ingenua que una embajada extranjera con la que se sostiene un litigio territorial abierto financiero o tutele espacios educativos, sin un debido contrapeso pedagógico, constituye una grave claudicación.

 

Afortunadamente, frente al desamparo estatal, surgen faros desde la sociedad civil y los espacios académicos que demuestran que es posible dar una batalla cultural seria y de alto nivel. Un ejemplo paradigmático es la acción que, desde hace ya cinco años, lleva adelante el Instituto Elevan a través del desarrollo de su diplomatura universitaria en "Malvinas, educación y soberanía" (originalmente concebida bajo el eje de educación y valores). Esta propuesta pedagógica única, orientada directamente a la acción, se ha transformado en una cantera de herramientas teóricas y prácticas diseñadas especialmente para docentes, formadores y comunicadores.

 

Iniciativas de posgrado como la del Instituto Elevan no solo desarticulan el relato colonial desde el rigor académico, sino que "enseñan a enseñar Malvinas", promoviendo el pensamiento crítico, rescatando el ejemplo de nuestros héroes como arquetipos de liderazgo y alertando sobre el saqueo de recursos naturales en el Atlántico Sur. Este es el camino que las conducciones escolares deben replicar y en el cual deben apoyarse.

 

ACCIONES CONCRETAS

 

Los rectores de los establecimientos educativos deben permanecer alertas y asumir un rol activo mediante acciones concretas:

 

* Auditoría de contenidos y filtros institucionales: Antes de autorizar la participación de los alumnos en charlas de ONG, concursos de ensayos o invitaciones de delegaciones extranjeras, las autoridades escolares deben exigir los programas pedagógicos detallados. Si se decide aceptar una actividad de intercambio, la dirección debe ordenar que, de manera previa o simultánea, se dicten talleres institucionales que contextualicen la posición argentina, la usurpación de 1833 y la vigencia del reclamo constitucional. El poder blando se desarma exponiendo la verdad geopolítica.

 

* Malvinización activa y transversal: La causa Malvinas no puede quedar confinada al acto escolar del 2 de abril. Las conducciones escolares deben impulsar que la soberanía cruce de forma transversal los proyectos institucionales de todo el año. En el área de Ciencias Sociales, es urgente enseñar el mapa bicontinental de forma obligatoria, analizando la plataforma continental, los recursos pesqueros, los yacimientos energéticos y la proyección antártica. En Formación Ética, se debe debatir el colonialismo en el siglo XXI y cómo las potencias globales usan las becas y las redes para adormecer los reclamos de los países periféricos.

 

* El testimonio vivo como vacuna: La mejor herramienta contra la desmalvinización cognitiva es la memoria humana. Las escuelas tienen a su disposición los centros de excombatientes locales. Invitar periódicamente a los Veteranos de Guerra de Malvinas (VGM) a dialogar con los estudiantes destruye cualquier intento de construir una narrativa ajena o edulcorada sobre el Atlántico Sur.

 

Mientras la Argentina persiste en la desarticulación de sus agencias estatales y en la pasividad frente a estos sutiles avances institucionales, seguirá cediendo un territorio invisible pero crucial. La trinchera cultural hoy está en los colegios. Un rector atento y consciente de su rol histórico, respaldado por la formación académica y el compromiso que promueven espacios como el Instituto Elevan, no solo frena la influencia silenciosa de una embajada extranjera, sino que transforma su institución en un verdadero semillero de ciudadanos con profunda conciencia nacional.

 

Para complementar este análisis sobre el rol estratégico y la vigencia geopolítica del Atlántico Sur, el siguiente material audiovisual expone estas mismas nociones de soberanía de cara al futuro nacional: “El desafío geopolítico de las Islas Malvinas” (youtube). Este video resulta relevante porque presenta un análisis profundo sobre la importancia estratégica de las islas y los desafíos que los argentinos estamos obligados a encarar con patriotismo en la actualidad y hacia el futuro.

 

Gabriel Camilli

Cnl My (R) - Director del Instituto ELEVAN.­

viernes, 15 de mayo de 2026

EL GRAN CISMA

 

 de Occidente 2.0.

 

por Rafael L. Bardají *

14.05.2026

 

En el verano del año 1054, una escena aparentemente menor tuvo lugar en Constantinopla. Una delegación enviada por el papa León IX entró en Santa Sofía durante la liturgia y dejó sobre el altar una bula de excomunión contra el patriarca Miguel Cerulario. El gesto fue tan solemne como provocador. Días después, la respuesta fue simétrica: el patriarca excomulgó a los enviados romanos. Aquella ceremonia selló lo que la historia conocería como el Gran Cisma entre Roma y Bizancio.

 

Lo llamativo es que, durante años, pocos contemporáneos entendieron que aquello no era una disputa teológica más, sino el síntoma visible de una fractura civilizatoria profunda. Roma y Constantinopla habían dejado de compartir la misma idea de autoridad, de poder y de tradición. Occidente y Oriente ya no eran el mismo mundo.

 

Algo parecido está ocurriendo hoy entre Estados Unidos y Europa. Donald Trump no es una excentricidad pasajera, sino la expresión política de una ruptura cultural previa. Su ascenso refleja una reacción contra un modelo de globalización que ha debilitado la soberanía nacional, erosionado las clases medias y relativizados pilares básicos de la civilización occidental: la libertad de expresión, la identidad nacional, la frontera, el mérito, el trabajo productivo.

 

REFORMA CIVILIZATORIA

Mientras Europa ha avanzado hacia una forma de post-occidentalismo, Estados Unidos -o al menos una parte sustancial de la sociedad norteamericana ha iniciado un movimiento de reafirmación civilizatoria.

 

La Europa actual se define cada vez menos por lo que es y más por lo que rechaza. Rechaza su pasado, sospecha de su identidad cultural, desconfía de la nación como marco político y considera problemático cualquier apego a la tradición. La Unión Europea ha evolucionado desde un proyecto económico pragmático hacia una estructura ideológica, marcada por la hiperregulación, el intervencionismo y una concepción restrictiva de la libertad de expresión en nombre de causas supuestamente superiores.

 

El resultado es un continente envejecido, demográficamente frágil, energéticamente dependiente y estratégicamente irrelevante. Incapaz de defenderse sin Estados Unidos, Europa tampoco parece capaz de definir qué valores quiere defender. En lugar de ejercer liderazgo moral, se limita a emitir normativas.

 

En este contexto, la crítica de Trump a Europa -su exigencia de mayor gasto en defensa, su rechazo a los dogmas climáticos o su denuncia de la censura ideológica- no es un capricho, sino una constatación incómoda: Europa ya no actúa como un actor occidental pleno, sino como una civilización cansada de sí misma.

 

LA NUEVA BIZANCIO

Aquí es donde la analogía histórica cobra fuerza. Tras la caída de Roma, el Imperio no desapareció. Se trasladó al Este. Bizancio conservó la ley romana, la estructura imperial, la tradición cristiana y una fuerte conciencia de continuidad. Mientras Occidente se fragmentaba, Oriente resistía.

 

Estados Unidos ocupa hoy una posición similar. A pesar de sus crisis internas, conserva elementos fundamentales que Europa ha ido diluyendo: una Constitución venerada, una defensa robusta de la libertad de expresión, una identidad nacional compartida y una base moral -religiosa o cívica- que sigue articulando la vida pública.

 

El trumpismo no busca destruir Occidente, sino rescatarlo de su disolución progresista. Por eso resulta incomprensible para las élites europeas, que han asumido como inevitable -e incluso deseable- el tránsito hacia un mundo postnacional, postreligioso y posthistórico.

 

Occidente no desaparece, Europa lo abandona. Y en esta ocasión no se preserva en Oriente, sino en el Oeste, los Estados Unidos de América.

 

Hablar de cisma es más preciso que hablar de declive. Occidente no está muriendo: se está dividiendo. De un lado, una Europa que renuncia a sus fundamentos en nombre de una utopía tecnocrática; del otro, una América que, con Trump como catalizador, intenta preservar aquello que considera esencial.

 

Como en el siglo XI, la ruptura no se produce de golpe ni mediante una declaración formal. Se manifiesta en desacuerdos acumulados, en gestos simbólicos, en incomprensiones mutuas. Europa ve en Trump una amenaza. Trump ve en Europa un aviso.

 

La historia enseña que estas fracturas no se resuelven con buenos modales ni comunicados conjuntos. Son rupturas de visión del mundo. Roma y Bizancio siguieron caminos distintos durante siglos. Compartían un origen común, pero ya no un destino.

 

La pregunta, hoy, no es si Trump divide a Occidente. La pregunta es si Europa aún quiere seguir siéndolo.

 

* Director del Grupo de Estudios Estratégicos (GEES)-