Ernesto
Bohoslavsky y Sergio Morresi exponen el recorrido histórico de las ramas
liberal-conservadora y nacionalista-reaccionaria. Examinan desde sus tensas
relaciones hasta su actual convergencia, que marcaría una nueva etapa.
Por Agustín De
Beitia
La Prensa,
15.03.2026
Con el ascenso de
las derechas en el mundo, tanto académicos como periodistas y analistas
políticos pasaron del desconcierto inicial a un interés creciente por
interpretar este fenómeno al que muchos siguen viendo como algo anómalo. En la
Argentina son numerosos los títulos que se publicaron en los últimos años con
la intención de examinar este evidente avance discursivo o electoral de la
derecha, tanto a escala local como global.
La rebeldia se
volvió de derecha, de Pablo
Stefanoni, Está entre nosotros. ¿De dónde sale y hasta dónde puede llegar la
extrema derecha que no vimos venir, de Pablo Seman o Desquiciados: los
vertiginosos cambios que impulsa la extrema derecha, compilado por Alejandro
Grimson, son títulos que hablan de un estupor. Con o sin ese pasmo, el renovado
interés por el tema terminó por engrosar la bibliografía que ya existía desde
décadas anteriores, proveniente del ámbito de la historia y de las ciencias
sociales.
El historiador
Ernesto Bohoslavsky y el politólogo Sergio Morresi, ambos
profesores e investigadores del Conicet, consideraron entonces oportuno
reconstruir la historia de las derechas con una obra que ofreciera una nueva
síntesis de la bibliografía conocida. El resultado es Historia de las
derechas en Argentina. De fines del siglo XIX a Milei (Fondo de Cultura
Económica, 310 páginas). La obra repasa la historia argentina, centrando la
mirada en la pluralidad de fuerzas que se manifestaron dentro de este sector,
en sus transformaciones y estrategias de gravitación.
INTERROGANTES
Las preguntas que
se plantean son interesantes: ¿desde cuándo existe la derecha en Argentina? ¿De
cuántas derechas hablamos y qué significa ser de derecha? Pero también ¿por qué
las derechas vuelven a ser una fuerza decisiva?
La primera
dificultad que se les presenta, claro, es definir qué es ser de derechas y más
todavía en nuestro país, donde hasta hace muy poco tiempo nadie osaba
reivindicarse como tal.
Los autores
admiten que en el mundo académico se viene buscando identificar cuáles son las
ideas comunes, los rasgos, las actitudes, que identifican a este campo
ideológico. Estos rasgos serían, para algunos, el mayor o menor apego a la
religión; para otros, la creencia en el carácter natural o conveniente de las
desigualdades; y para otros, una cierta mirada antropológica, resumen los
autores.
Bohoslavsky y
Morresi se decantan por considerar que el mínimo común que hay entre todas las
fuerzas de derecha, aquello que las define, es su “rechazo” o “desconfianza”
hacia la “igualdad y la inclusión en términos sociales, económicos o
políticos". Una caracterización que resulta equívoca, porque asimila
posturas que no son asimilables, pero que les sirve a ellos para navegar entre
las discusiones alegando que el espacio ideológico donde conviven esas fuerzas
sería como un campo magnético que atraería a los desiguales.
Bajo este
supuesto, sostienen que en nuestro país hubo a lo largo de la historia, en
esencia, dos grandes familias de derechas en tensión, la liberal-conservadora y
la nacionalista-reaccionaria, cada una con sus subgrupos internos, que con
Milei por primera vez "parecen haber abandonado su recíproca belicosidad y
han unificado consignas".
Los autores
observan, con razón, que en La Libertad Avanza "conviven ideas y prácticas
que por muchas décadas eran consideradas incompatibles: libre mercado y
antiglobalismo, nacionalismo conservador y alineamiento con Estados Unidos e
Israel, antiestatismo y exaltación de las Fuerzas Armadas". Habría que
reconocer a los autores que, ya solo por constatar estas paradojas -que son a
la vez inexplicables e ineludibles- se acercan mucho a la perplejidad mayor que
presenta hoy nuestra realidad y que no se atreven a afrontar ni siquiera los
protagonistas.
"El tiempo
dirá -advierten con prudencia- si estamos ante el final de la división en dos
familias o si solo se trató de un breve idilio iniciado durante la pandemia del
covid-19".
Para desembocar en
esa constatación, rastrean los orígenes y el derrotero de estas dos familias. Y
lo hacen remontándose hasta fines del siglo XIX, cuando se consolidó finalmente
un orden político estable, después de décadas de conflicto interno, bajo el
liderazgo de fuerzas políticas liberal-conservadoras.
El presupuesto
desde el que parten es que la Argentina tuvo “de alguna manera muchas
fundaciones”, empezando -dicen los autores- por 1810 con el primer gobierno
criollo. Es importante señalar que no se consideran, así, los 300 años de
historia transcurridos desde la fundación de Buenos Aires, ni el quiebre que
significó la Revolución, ni nuestra ascendencia española, ni la tradición. Se
interesan en cambio en otros “hitos fundaciones” hacia adelante hasta 1912 con
la sanción de la ley Sáez-Peña que abrió el camino para ampliar el derecho al
voto.
GRAMATICA LIBERAL
A partir de ese
presupuesto señalan que, desde aquel “primer” hito “fundacional” de 1810 hasta
1916, se fue dando una “hegemonía de una gramática liberal”, según la cual “la
Argentina nació liberal” y tendría un destino en esa línea ideológica,
gramática que -dicen- no fue discutida. ¿Y por qué no?
Según los autores,
porque ese liberalismo era un entramado de posturas diferentes, donde había
algunos más proclives a la modernidad y otros a la tradición.
El argumento es
que ni las élites argentinas tuvieron un afán reformista tan radical como en
Chile, México o Colombia, ni debieron enfrentarse a un conservadurismo puro, en
toda regla, porque la Iglesia católica no tenía tampoco la fortaleza suficiente
para ponerle un freno a las autoridades republicanas.
Con este punto de
partida, la tesis que sostienen para su primer período de estudio, que va de
1880 a 1916, es que hubo entonces “un liberalismo no tan liberal” o “no tan
anticlerical”, precisamente por aquel entramado de intereses mencionado antes,
que fue armonizado por el Partido Autonomista Nacional.
“No tan liberal”
como pudo haber sido, parecen querer decir. Porque sí admiten que hubo reformas
de alto impacto, como el matrimonio civil o la instrucción pública laica
obligatoria, que valoran en forma positiva. Y, en paralelo con este liberalismo
“no tan liberal”, hubo -según sostienen- un “Episcopado que tampoco fue tan
duro” porque, durante el orden conservador, para unos y otros la preocupación
era el desafío que planteaban “la cuestión obrera” y el radicalismo.
Cuando se produjo
finalmente el auge del radicalismo en las primeras décadas del siglo pasado, en
un contexto en que las fuerzas liberal-conservadoras ya no podían fidelizar a
un electorado que se había ampliado, sobrevino el cimbronazo de la Primera
Guerra Mundial y su impacto en el comercio. Fue entonces que “germinó” -dicen
los autores- en el seno de esa “sociabilidad liberal-conservadora” una
sensibilidad nacionalista-reaccionaria, disconforme primero con la calidad
moral y política de la ciudadanía y luego con la experiencia republicana.
“Germinó” es la
palabra que usan para aludir a una reacción nacionalista contra el orden
conservador y contra el positivismo, que reivindicó a la Argentina concebida
como inseparable del legado hispano-católico. Un legado que había fructificado
en estas tierras durante 300 años -un período que todavía hoy es mayor al de
toda nuestra vida independiente-, pero que los autores llaman “mito” fundador.
Como parte de esa
reacción mencionan desde los Cursos de Cultura Católica (1922), que fueron un
intento del mundo católico por influir en la cultura, hasta la Liga Patriótica
Argentina (1919), dirigida por Manuel Carlés, fuerza paraestatal de choque, nacida
tras la Semana Trágica para enfrentar el desorden y la agitación de
trabajadores extranjeros, en un contexto de temor a una intentona soviética.
En esa reacción
ubican también a un nacionalismo antiliberal, antidemocrático y antipopular que
los autores ven como “la derecha más extrema”. En ese último sector mencionan
al grupo que se nucleó en La Nueva República, donde estaba entre otros el
historiador Julio Irazusta. De todas esas vertientes de desencanto con el
régimen conservador se llega, según Bohoslavsky y Morresi, a la primera
“tentación autoritaria” y a la dictadura de Uriburu.
ESTRATEGIAS
La travesía que
proponen los autores -aun cuando está concebida para un paladar progresista-,
es un sustrato que resulta auspicioso para ulteriores reflexiones.
Bohoslavsky y
Morresi avanzan a lo largo de seis capítulos analizando estas dos corrientes,
las ideas, debates, prácticas políticas y estrategias que utilizaron para
afrontar la coyuntura nacional o global.
Después de repasar
el orden conservador de 1880-1916, los autores se detienen en el período
1930-1943, marcado por el regreso del conservadurismo, el fraude y la
corrupción, en un contexto de creciente impugnación que provenía del
nacionalismo reaccionario, un sector contrario tanto a esa clase política
dominante como al régimen liberal y republicano todo, al que consideraban
necesario combatir con medidas extraordinarias.
Sobre ese auge
nacionalista que, dicen, tuvo un proceso de popularización a mediados de los
años treinta, sostienen que no llegó a traducirse en un éxito electoral en gran
parte por su tendencia a la fragmentación. Pero afirman que sí dio lugar a
un revisionismo histórico que trazó una filiación histórica “novedosa” al
postular que hay un país auténtico y potente, sepultado bajo las instituciones
liberales y republicanas. Y admiten que, si bien no logró muchos adherentes, a
partir de fines de los años 50, y tras una serie de transmutaciones, llegó a
trascender su esfera de influencia y “comenzó a formar parte del sentido común
de una parte importante de la ciudadanía”.
El repaso
histórico que proponen continúa, a la sombra de la Segunda Guerra Mundial, con
el golpe del 43 y luego con “el terremoto” que significó el peronismo y sus
oscilaciones a lo largo de los años, que cristalizó diferentes posturas en las
derechas. Estas posturas van desde la oposición que encarnó la tradición
liberal-conservadora, que consideró siempre al peronismo como “inadmisible”,
hasta los matices que se manifestaron dentro de la familia nacionalista. Así, figuras
como Ernesto Palacio se incorporarían al peronismo, mientras que otras como el
padre Leonardo Castellani mantendría un “apoyo selectivo y crítico”, y otras
como los hermanos Irazusta llevarían adelante críticas intransigentes.
El recorrido que
ofrecen ambos profesores avanza por la Guerra Fría y muestran cómo el factor
aglutinante de la política fue cambiando del antiperonismo al anticomunismo, sobre
todo con el regreso a la presidencia de Perón.
Parecen
sorprendidos al constatar que, en ese proceso, el gobierno peronista -“de forma
paradójica”, dicen- fuera convergiendo ideológicamente con las voces del
nacionalismo reaccionario que denunciaban la infiltración comunista y
reclamaban medidas represivas. Algo “en lo que coincidían varios políticos
radicales y liberal-conservadores”. Es muy notable el reconocimiento de que
llegó a formarse una “coalición contrarrevolucionaria” que incluía a buena parte
de la clase política.
Tras analizar el
intento refundacional del Proceso militar y su crueldad, en los últimos
capítulos se analizan los años de la vuelta a la democracia, del neoliberalismo
(1983-2001), y del renacimiento de las derechas (2001-2023).
En coyunturas tan
cambiantes, los autores del estudio señalan que las derechas, sin llegar a
formar coaliciones estables o duraderas como en Chile, Colombia, Uruguay o
México, oscilaron entre la tentación “purista” -el mantenimiento de sus
principios innegociables, “aun cuando estos cambiaran con el tiempo”-, y la
tentación “pragmática” para dar lugar a una “convergencia” que permitiera
derrotar o contener a un enemigo compartido, aunque fuera de modo transitorio.
Ejemplos de
“convergencia” serían las presidencias de Yrigoyen y los primeros meses de la
dictadura de Uriburu (1928-1931), como así también el inicio de la Revolución
Argentina (1966-1969) y el último proceso militar (1976-1978). Y, en menor
medida, también sería expresión de una convergencia la que se produjo contra
los gobiernos kirchneristas.
DEMOCRACIA
En ese contexto,
se considera la relación irregular que las fuerzas de este campo ideológico
tuvieron con la democracia, principalmente -dicen- por su propia fragmentación
y por no forjar una alternativa perdurable. Lo que se tradujo en buena parte
del siglo pasado en esfuerzos por “copar, condicionar o ingresar a gobiernos de
partidos mayoritarios o promover dictaduras”. Pero admiten que esa relación
irregular con la democracia lo fue, en ambas “familias”, por motivos
diferentes.
En el caso de los
nacionalistas, recelosos de comunistas y liberales por igual, los autores ven
que muchas veces adoptaron esa actitud por su convicción de que se debe superar
el régimen “demoliberal” y el pluralismo democrático al que consideran
peligroso. En cambio, en el caso de los liberal-conservadores señalan que
impulsaron estrategias no democráticas para imponer ideas que no tenían
arraigo, y lo hicieron en nombre de la república o del crecimiento económico.
Esta dinámica
irregular con la democracia, según observan, se rompió desde 1983. En el
período posterior destacan el crecimiento de la Ucede, cuyos postulados
ayudaron a moldear una mentalidad que impregnó toda la década siguiente. Y
luego la creación del Pro, al que los autores ya se animan a calificar como la
experiencia de derecha más “longeva” en muchos años, si bien admiten que en el
presente su continuidad no está asegurada.
El Pro sería,
según estos autores, la primera expresión, aunque germinal, de “un pueblo de
derecha”, al que ven como posperonista más que antiperonista, microfragmentado
y sin pertenencia de clase.
Lo que siguió a
esa experiencia es la curiosa convergencia del presente entre las dos familias
de la derecha, o lo que los autores denominan el “fusionismo”. Esta novedosa
composición tiene, entre otras singularidades marcadas por los autores, una
expresión juvenil, popular, surgida de las redes, orgullosa, chabacana,
provocativa -tanto hacia la izquierda como hacia la derecha dominante-,
encarnada sobre todo por los llamados “picantes del liberalismo”.
Lo que ven como
novedoso en este fenómeno de la nueva derecha sería su pragmatismo, al que ven
replicado en amplios sectores sociales, y que -a juicio de los investigadores-
parece señalar el inicio de una etapa distinta a las anteriores. Esto es lo que
abre el interrogante de hacia dónde irán las derechas y si asistimos al inicio
de un proceso no ya de convivencia sino de integración.
Bohoslavsky y
Morresi no responden esa pregunta, que es un poco prematura en este momento,
aunque el creciente rumbo de divergencia entre Milei y Villarruel parece
apuntar a lo contrario. Pero el recorrido histórico que proponen es muy
interesante y deja otras preguntas abiertas. Por ejemplo: si la inclinación de
los conservadores a sumarse a gobiernos de impronta liberal no ha impedido
históricamente el crecimiento de la otra familia de la derecha, y si no hay
otros factores que han pesado más que el sólo “purismo doctrinal” para explicar
la falta de avance de este último sector.
Hacia el final del
ensayo los autores se acercan a explorar esa posibilidad al mencionar dos
interpretaciones sobre por qué las derechas no lograron imponer a sus líderes
en elecciones abiertas: una es la fragmentación y la otra es la fortaleza de la
élite económica para “controlar el juego”. Una élite -dicen- que comparte con
la rama liberal “afinidades electivas”, y que “cumple el papel de una derecha
no electoral”.
Tirar de este
último hilo, ver hasta dónde llega en el exterior, obligaría a un replanteo
mayor que ayudaría a entender muchas cosas, no sólo el presente sino incluso la
desconfianza creciente de algunos sectores en el sistema.
En cualquier caso,
la rareza de la alianza que sostiene a Milei se presenta en este ensayo como el
punto de llegada, aunque bien podría suponerse que fue más bien el punto de
largada “para imaginar otros caminos posibles”, como admiten explícitamente los
autores.