sábado, 14 de marzo de 2026
lunes, 9 de marzo de 2026
UNA VISIÓN OCCIDENTAL
harto
peligrosa, en el cuarto aniversario de la guerra en Ucrania
Por Gabriel Camilli
La Prensa, 08.03.2026
A pesar de las acciones militares en Medio Oriente, la
guerra de Ucrania sigue su dinámica al cumplirse hace pocos días el cuarto
aniversario del inicio de la Operación Militar Especial o el cuarto aniversario
de la invasión de Rusia a Ucrania, según el lado desde donde se lo mire o
presente. Eso fue el 24 de febrero de 2022.
También es, hasta cierto punto, el duodécimo
aniversario del golpe de Estado respaldado por la OTAN en Ucrania el 22 de
febrero de 2014, el cual, se puede argumentar que desencadenó esta guerra.
Ante ello, rescatamos para nuestros lectores partes de
un reciente reportaje de Glenn Diesen a Jeffrey Sachs.
En principio dice Sachs: “Esta guerra ha sido
simplemente un desastre en todos los niveles. Por supuesto, es un desastre
humanitario, especialmente para Ucrania. Y también ha sido un desastre
estratégico que está destruyendo a Europa y, bueno, continúa acercándonos cada
vez más a una posible guerra nuclear".
Continúa recordando algo varias veces señalado en esta
columna: “Toda esta debacle, todo este desastre comienza con las ideas de la
década de 1990 de que, al final de la Guerra Fría, Estados Unidos reinaba de
forma suprema y podía integrar a Rusia en un mundo liderado por Washington. Esa
era la idea básica y que, de hecho, no solo eso sino que reduciría a Rusia a
una potencia de tercer orden, tal vez dividiría a Rusia”.
Seguimos con Sachs: “Zbigniew Brzezinski, quien es el
más elocuente de todos estos visionarios engañados, escribió en los años 90 que
tal vez Rusia se desmoronaría en tres estados débilmente confederados: una
Rusia europea, una Rusia siberiana y una Rusia del Lejano Oriente. Esto era
triunfalismo. La idea era que EE. UU. no tenía rival y era inafectable, y que,
por lo tanto, no habría guerra. Rusia accedería a cualquier demanda que hiciera
Estados Unidos. Y cuando Rusia no accedió a las demandas que hizo Estados
Unidos, esta fue la razón por la que la guerra continuó. Y cuando Rusia
demostró que podía resistir lo que Estados Unidos y Europa pensaron que sería
un golpe demoledor para Rusia después de 2014, y luego después de 2022 y Rusia
resistió eso y demostró que el poder occidental era menor de lo que se pensaba.
Esto se convirtió en sí mismo, para estos políticos, en la razón necesaria para
seguir luchando".
UN VERDADERO CRIMINAL
Y como siempre Incalaperra, metió la cola…
Nos recuerda el Prof. J Sachs: “Boris Johnson, quien
es uno de los verdaderos criminales en todo esto, un verdadero culpable de esta
guerra, dijo en una entrevista que no podía permitir que Ucrania firmara un
acuerdo de paz con Rusia en la primavera de 2022 porque eso sería una amenaza
para la hegemonía occidental. Así que estos son niños jugando un juego de mesa.
Por supuesto, no es un juego de mesa. Son millones de vidas perdidas. Son
economías aplastadas. Son oportunidades de vida desperdiciadas a manos de un
pequeño grupo que ha estado jugando lo que creen que es un juego de hegemonía
occidental.”
En este cuarto aniversario, se mete el conflicto de
Medio Oriente.
“Pero ahora que Trump, quien tiene su propio conjunto
de delirios -está interesado en otros delirios, no en éste-, los europeos
todavía no pueden encontrar una rampa de salida porque ellos mismos se
volvieron delirantes al pensar que, bueno, si no es Estados Unidos quien va a
afirmar la hegemonía occidental, lo haremos nosotros mismos.”
Según entendemos y compartimos con otros analistas,
ciertas partes de la dirigencia occidental no ha superado ciertos delirios de
Estados Unidos. En función de los últimos acontecimientos en Gaza, Venezuela,
Irán etc., podemos interpretar que ven o sueñan en su mapa del mundo, que son
dueños de todas las Américas por la Doctrina Monroe, que son dueños de una
Europa, que dominan el Medio Oriente (y lo demuestran yendo a la guerra contra
Irán) y que pretenden ser dueños de India y el sudeste asiático para rodear a
China. Es una visión bastante peligrosa. Pero, creemos, no muy alejada de la
realidad.
Por otro lado, los países BRICS -Rusia, India, China,
Brasil, Sudáfrica y ahora Egipto, Etiopía, Emiratos Árabes Unidos e Irán-
representan ya la mitad de la población mundial y no quieren ser intimidados
por nadie. La Unión Africana, con sus 55 países, tampoco quiere la hegemonía de
EE. UU.; quieren prosperidad y tecnología, y ven en China, India y Rusia buenos
socios para ello.
ALGUNAS PISTAS
Trump, junto con Israel, ha lanzado una importante
operación militar con el objetivo declarado de un cambio de régimen en Irán.
Esto, según creemos, polarizará aún más a los aliados y adversarios globales de
Estados Unidos. Algunos lo verán como una renovada determinación
estadounidense, otros como una imprudencia estratégica y una mayor marginación
del derecho internacional. Una guerra liderada por Estados Unidos e Israel, que
desvía la atención y los recursos hacia Oriente Medio, parecería un regalo
estratégico para Rusia y China.
Explicamos: Rusia puede profundizar sus lazos militares
y energéticos con un Irán debilitado y aprovechar la distracción de Occidente
respecto a su guerra contra Ucrania. China, por otro lado, puede posicionarse
como un estabilizador o mediador responsable, seguir comprando energía a
precios favorables y presentar a Estados Unidos como la principal causa de la
inestabilidad global. Ucrania podría quedar así relegada a un segundo plano. En
el peor de los casos, esto significaría aún menos recursos, en concreto misiles
antiaéreos Patriot. Es necesario sincerar el balance. Ucrania se encuentra bajo
una enorme presión. Durante los tres meses de invierno, de diciembre de 2025 a
febrero de 2026, Rusia atacó con casi 19.000 drones de combate, más de 14.670
bombas planeadoras y 738 misiles. Esto causó una enorme destrucción. Además,
cientos de miles de soldados ucranianos han muerto, desaparecidos o heridos,
sin mencionar la devastación en territorio ucraniano. La guerra de desgaste
entra en su quinto año. Ucrania, creemos, debe evaluar ahora si es capaz de
continuar la guerra, si el apoyo de Estados Unidos y Europa es suficiente y si
aún puede mantener el frente.
CRUJE EL FRENTE EUROPEO
Mientras tanto el frente interno europeo sigue
crujiendo. Hungría y Eslovaquia acusan a Ucrania de retrasar las reparaciones
del oleoducto 'Druzhba' para impedir el suministro de petróleo ruso a Hungría.
Ucrania acusa a Rusia de atacar el oleoducto. No hay mucho fundamento para
sostener esto último.
Para el gobierno ucraniano, este asunto no es
prioritario. Debido a la escasez de recursos, sus medidas se centran en mejorar
la situación de su propia población. Además, no quieren que el petróleo y el
gas fluyan de Rusia a Europa, eludiendo así las sanciones. A esto se suma la
tensa situación entre los países vecinos. Cabe destacar que Rusia está
construyendo actualmente una central nuclear en Hungría. Dos nuevos reactores
se están construyendo en la central nuclear de Paks en Hungría, a través de la
corporación estatal rusa Rosatom. A pesar de la guerra en Ucrania y las
críticas de la UE, el proyecto se lleva adelante con préstamos rusos. Además,
las elecciones en Hungría están programadas para abril, lo que significa que
Orbán intenta ganar terreno político a nivel nacional.
EL CAMPO DE BATALLA
El frente, de aproximadamente 1.300 kilómetros de
longitud, en el este de Ucrania se puede dividir, a grandes rasgos, en los
sectores norte, central y sur.
Las tropas rusas están desplegando aquí un total de
seis grupos de maniobras operativas.
Se trata del grupo "Sever" en las regiones
de Sumy y el norte de Járkov; los grupos "Zapad" y "Centr"
en las regiones oriental y de Luhansk; los grupos "Yug" y
"Vostok" en la región de Donetsk; y el grupo "Dnipro" en la
región de Zaporizhia.
Actualmente, el grupo "Centr" al oeste de
Siversk y el grupo "Vostok" al oeste de Hulyaypole están logrando los
mayores éxitos. Sin embargo, el grupo "Vostok" se encuentra bajo una
fuerte presión debido a los ataques ucranianos al sur de Pokrovsk en sus
flancos norte e izquierdo.
Gabriel Camilli
Cnl My (R) - Director del Instituto ELEVAN.
sábado, 7 de marzo de 2026
MÁSCARA Y ROSTRO
DE LA GEOPOLÍTICA INTERNACIONAL
Horacio Cagni
7-3-2026
Ninguna fuerza es superior a la fuerza
Nietzsche
Si hay algo que reafirma el aforismo de este notable filósofo alemán es la actual política internacional y sus fundamentos geopolíticos y geoestratégicos. En su exteriorización, resulta evidente el retorno de los criterios de la geopolítica clásica. Pero no se trata sólo de la relación entre geografía y política, sino del relevamiento y la revalorización no ya del paisaje sino lo que hay bajo él sin verso: los recursos estratégicos escasos.
La geopolítica como ciencia, escuela, doctrina, nunca murió. Después de haber sido denostada como subproducto del nazifascismo y de las autocracias, la realidad ha demostrado su creciente vigencia como motor y fundamento del accionar de las potencias actuales, muchas vencedoras de la segunda guerra mundial, como Rusia, China y la presunta megademocracia, los Estados Unidos.
En el caso de la República Imperial estadounidense (más Raymond Aron) desde siempre se ha regido por los criterios del realismo político y la geopolítica clásica, sólo que revestido de la defensa de la democracia, la libertad, la paz mundial, los derechos humanos, los modos éticos y altruistas y demás fraseología al uso aplicados a la política internacional. Pero la esencia de su accionar ha sido siempre la misma: la defensa de sus intereses mediante el ejercicio de la persuasión y, si es necesario, el uso de la fuerza.
Para abordar los acontecimientos internacionales -estatales o supraestatales- es menester despojarse de las ideologías y subjetividades éticas y ubicar, evaluar y estudiar las relaciones de fuerza. Es decir, seguir la escuela del realismo político.
Si bien el realismo político –al igual que todo ismo– es una expresión ambigua, en el léxico político es un concepto central, que apela “al modo de ser de las relaciones de poder, consideradas independientemente de los deseos y preferencias de los actores o de las teorías, más o menos explícitamente normativas, de los espectadores”. Es la realidad, entonces, la que opone resistencia a los deseos y pulsiones subjetivas. En tanto el realismo político, como el gnoseológico, se retrotrae a la realidad -entendida de cualquier modo–, le asigna un valor positivo. Ni qué decir que esta escuela de pensamiento y de acción se nutre de las grandes enseñanzas de la historia.
Hans J. Morgenthau era un alemán de origen judío que huyó del nazismo y se refugió en los Estados Unidos, siendo profesor en Chicago desde 1943. En 1960 publicó una obra considerada un vademécum del realismo político: La política de las naciones. La lucha por el poder y por la paz. Allí formula los seis principios del realismo político, que constituyen la piedra miliar de esta escuela. En síntesis: 1) La política está gobernada por leyes objetivas, es racional. 2) El rasgo principal del realismo político es el interés. 3) El interés definido como poder es una categoría objetiva y universal. El poder es el control del hombre por el hombre. 4) El realismo político no es inmoral, pero su objeto de estudio no es la moral. 5) El realismo político no identifica las aspiraciones morales de una nación con las leyes que gobiernan el universo. 6) El realismo político supone la autonomía de la esfera política.
Existe la tendencia a considerar la política exterior de la gran potencia estadounidense, superstita del mundo bipolar fenecido, como el producto de poderes indirectos que, a través de los distintos componentes de la constelación de poder, actúan en el empíreo internacional con el basamento puro y exclusivo de la fuerza. No obstante, es menester considerar que el realismo político estadounidense tiene bases teóricas complejas y firmes. Intelectuales de enjundia como el citado Morgenthau y George Kennan antes, y Zbigniew Brzezinski y Henry Kissinger después -muchos de ellos europeos emigrados a los Estados Unidos-, han sido las mentes ocultas tras el accionar político de Washington en el mundo.
Resulta interesante rescatar a otros pensadores, de probada influencia en la derecha norteamericana, sobre todo en los neoconservadores y los “halcones” del Pentágono y la Casa Blanca. Robert Kaplan, viajero incansable de los teatros de guerra antiguos y modernos, Victor Davis Hanson, historiador y acérrimo defensor del occidente atlantista, Leo Strauss y su relectura actual del gran historiador y militar griego Tucídides, o Donald Kagan, el mayor experto en la Guerra del Peloponeso, de la cual extrae enseñanzas para la política estadounidense actual, como afirma: “Las personas más enérgicas y libres de una nación poderosa como Estados Unidos, no permitirán que el orden mundial se destruye y la perjudiquen y corre peligro su seguridad, por lo que rechazarán cualquier liderazgo que se disponga a hacerlo”.
Cierto es que las invariantes de la política exterior norteamericana se mantienen en el tiempo. En una contribución anterior se reflexionó extensamente sobre la Doctrina Monroe y su implementación por el actual gobierno estadounidense convirtiéndola en Doctrina Donroe (por el presidente Donald Trump). El desprecio por Europa, base de la Doctrina Spykman, que en esencia es rodear e inficionar con bases y alianzas al viejo continente en beneficio de Washington, o el aggiornamiento de la doctrina aérea de Alejandro de Severski, en su momento mediante bombarderos de gran radio de acción y ahora con misiles, drones y geovisión satelital; los proyectos de creación de cúpulas de defensa antimisilística son también hijos legítimos de esta doctrina. No obstante, hay una cuestión de fondo que parece novedosa en el accionar de la superpotencia americana: la aplicación directa de la amenaza y la fuerza bruta en la medida que sean necesarias para la consecución de los objetivos políticos.
Europa, luego de la sangrienta Guerra de los 30 años (Siglo XVII) – auténtica guerra de reafirmación nacional con vestimenta católica o protestante- creada, a través del sofisticado instrumento del ius publicum europeo una instancia neutral, el Estado-nación moderno. Pero las guerras napoleónicas y dos terribles guerras civiles devenidas en mundiales -como lo señalan Ernst Nolte y Enzo Traverso- entre 1914 y 1945 demostraron la decadencia y el fracaso de esta estupenda creación del derecho público europeo. El desenlace entronizó dos grandes superpotencias extraeuropeas, los Estados Unidos y la Unión Soviética. A ello siguió la exaltación del nacionalismo panislámico, la descolonización y la emergencia de la India y sobre toda China. Ni siquiera la autoimplosión de la URSS facilitó el camino a una auténtica unidad europea, la UE se amplió, pero la expansión trajo aparejados más problemas que soluciones, como el caso de la ampliación de la OTAN y la desconfianza rusa que culminara en la actual guerra ruso-ucraniana. Entre Donald Trump y Vladimir Putin, Europa parece desconcertada jugando un rol de segundo orden.
El presidente estadounidense hace gala de un desprecio olímpico no solo por Europa sino por las organizaciones supranacionales al estilo de las Naciones Unidas, reducido a un mero organismo discursivo e ineficaz, que no sólo no solucionó los conflictos sino que los agravó. Desde la creación de la ONU hubo más de medio centenar de conflictos armados, con millones de muertos, y las Naciones Unidas tomaron parte en muchos de ellos.
Trump también desconfía de la OTAN, un organismo creado en 1941 por las potencias atlantistas que enfrentaban al Tercer Reich, que en el bipolarismo alcanzó su cenit, pero que actualmente Europa, en su rusofobia de casi mil años, necesita pero que para Estados Unidos es un último económico y geopolítico. Trump lo dijo claramente: si los europeos quieren la OTAN que la paguen ellos.
El reclamo del presidente histriónico sobre Groenlandia es sintomático. Las riquezas de la gran isla, un manto de hielo con poca población, son de difícil acceso y onerosa explotación. La presencia de los rompehielos rusos o chinos es más al norte. No se trata sólo de satisfacer el ego molestando a los europeos, Trump quiere una OTAN plenamente subordinada o quebrarla.
Otra cosa es el continente americano. La Doctrina Donroe no es otra cosa que el reordenamiento, realineamiento y reafirmación del hemisferio tras los intereses geopolíticos de Washington. Para eso Trump tiene gobiernos vasallos, como el argentino, o la intervención directa de sus fuerzas armadas en donde sea necesario. Es el caso de Venezuela y el violento cambio de régimen con el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa. En una operación quirúrgica que cumple con los presupuestos de la Nueva estrategia de Seguridad Nacional elaborada por el gobierno de Trump.
La excusa para el panintervencionismo es el combate contra el narcotráfico, cuyo testimonio es el hundimiento de varias barcazas que presuntamente comerciaban droga en el Caribe. Pero en realidad es el cumplimiento de una de las premisas de la Nueva Estrategia de Seguridad Nacional: impedir que “competidores no hemisféricos” actúen en el patio trasero ampliado de los Estados Unidos. En el caso venezolano, advertir a China que se está dispuesto a todo el uso de la fuerza para desplazarla del tablero del juego geopolítico comercial en el cual ambas potencias compiten.
Y últimamente la operación militar norteamericano-israelí contra Irán. La nación persa no es Venezuela. Es una potencia regional, con elementos notables de poder nacional como población, territorio, recursos naturales, fuerzas armadas y tecnología propia, etc. La justificación que hace Trump del ataque es similar a la del anterior presidente Bush (Jr.): la presencia de armas de destrucción masiva, en este caso nucleares del arsenal iraní, cosa difícilmente comprobable.
Sabido es que estaba en curso una negociación diplomática al respecto, pero esto era contrario a los intereses israelíes. Teherán y Tel Aviv tienen una larguísima confrontación por la preeminencia regional, y además de enfrentar al terrorismo sostenido por el gobierno iraní, el gobierno ultra de Netanyahu, totalmente desprestigiado por las matanzas de palestinos en Gaza, necesita tener continuos enemigos externos para perpetuarse en el poder, así que pena de ser juzgado por innumerables causas en su propio país y en la Corte Internacional de Justicia.
Eso no le importa a Trump, a él le interesa privar a China del suministro de petróleo iraní, un 15% de las demandas de Pekín para su gran maquinaria multipropósito. Se trata de una guerra preventiva “a la romana”, adelantarse a los acontecimientos futuros, ya que en más o menos una década, a este paso, China superará en poder económico e industrial a los EE.UU. De hecho, los chinos están incorporando a marcha forzada energías no renovables, sobre todo solar, a su parque energético.
El ataque a Irán parece haberse adelantado por presión sobre Trump de su par israelí. Renace el concepto de “país llave” de la geopolítica clásica. Un país llave es un trampolín de ataque o un dique de defensa regional de una potencia. Lo fue Alemania Occidental, Japón, Israel y Brasil en la guerra fría. Por una paradoja, Israel es el país llave de EE.UU. en el área ya su vez éste lo es de Israel, al brindarle protección y apoyo ilimitado.
Más allá de las invariantes de la política internacional, algo parece novedoso: la ausencia de normativas jurídicas y buenos modales que caracterizan al gobierno de Trump. El profesor Federico Merke en el último diplo de Le Monde señala: “El problema no es que Estados Unidos viole el derecho internacional, ya que lo hizo muchas veces, sino la predisposición a prescindir de él como marco explicativo”. Y agrega: “América Latina invoca soberanía frente a un actor que ya no se siente atado por ella, invoca multilateralismo frente a alguien que lo concibe como obstáculo, invoca legalidad frente a un liderazgo que privilegia la eficacia política”.
Trump será para los puristas cultores de la ética internacional un matón o un gángster cínico y brutal, per de ser un alocado como muchoso está lejosseñalan. El actual gobierno de Estados Unidos aprendió muchas lecciones del pasado. No actúa como Bush (Jr.) y los neoconservadores tratando de invadir, ocupar y dominar países, como en la fracasada aventura contra el Irak de Saddam Hussein, cuyo costo en vidas y edificios, económico, cultural y político fue elevadísimo. La herencia del intervencionismo yanqui en Afganistán ha sido la estrepitosa retirada de las fuerzas estadounidenses dejando a millas de colaboradores del “occidente” a merced de la piedad de los talibanes…
Trump prefiere amenazar y en caso necesario intervenir para cambiar regímenes políticos poniendo gobiernos adictos o títulos. Con operaciones militares de precisión y muy limitadas, generalmente a carga de aviones, misiles y drones. De ese modo minimiza los costos, invocando la defensa de los derechos de los pueblos frente a sus gobiernos tiránicos, cambiando o asesinando a los dirigentes -lo hagan los americanos o sus aliados israelíes-, favoreciendo una “revolución democrática” de sus súbditos. Como en el secuestro de Maduro o el asesinato del Ayatollah Khamenei. Es la vieja forma de imponer sátrapas en satrapías de cara lavada, allí donde no puede ayudar amistosamente a la imposición de gobiernos neocoloniales.
Por supuesto, entre pesos pesados no hay confrontación directa. Trump puede pretender asfixiar energéticamente a China, cosa difícil de lograr, pero no transgrede los límites. Con su medio amigo Putin hace negocios -más allá de palabras altisonantes- a costa de ucranianos y europeos en general. En ese orden debe incluirse el proyecto de resurrección del gasoducto ruso a Alemania Nord Stream II, saboteado por ucranianos con ayuda de agentes europeos y de EE.UU. y ahora en manos de un lobby cercano a la familia Trump, que negocia en Washington, Moscú y Berlín.
La privatización de la política trasciende el marco estrecho de la nación para trasladarse al plano internacional. Trump representa la voluntad de poder de un grupo económico ligado al aparato militar industrial y al Pentágono. De hecho, Estados Unidos pasó del 32% del total mundial de exportaciones de armamentos en 2014 al 43% en el 2024. Los poderes indirectos de Carl Schmitt ahora se sacaron la máscara.
Trump como antes Bush (Jr.) prescinde del Sistema de Seguridad Colectiva, que diluía la responsabilidad de los ataques a los estados canallas, en el mecanismo correctivo de seguridad. El da las órdenes como un César romano. No hay ninguna referencia a asesores de gran enjundia junto a él. No los tiene, le basta con Marcos Rubio, su año y otros operadores. Tampoco necesita justificarse en intelectuales como Tucídides, Kissinger o Kagan. Dirigentes como Putin y Xi abren en la gran tradición rusa y china, pero las decisiones las toman ellos. A todos les cabe la expresión del notable jurista Goldschmidt: “el poder normativo de lo fáctico”.
No obstante, parece que Trump y Netanyahu, en su ataque a Irán pueden haber transgredido algún límite. Europa, empezando por Francia, no tiene más remedio que plegarse a ellos tarde o temprano. Un conflicto prolongado, que ya está implicando a varias naciones, puede tener una deriva nuclear. Estamos de nuevo frente a sonámbulos, los sonámbulos que entraron sin medir consecuencias en la Primera Guerra Mundial, que entró en la belle époque para siempre. Sólo que una posible guerra nuclear puede esta vez sepultar al mundo entero.
Y será la demostración final del aforismo nietzscheano: ninguna fuerza es superior a la fuerza.
Referencias:
Varios Autores: Imperialismo Desatado. Le Monde Diplomatique- Dossier Buenos Aires Febrero 2026.
Morgenthau, Hans: Política entre naciones. La lucha por el poder y por la paz. Olejnik, Barcelona 2021.
Cagni, Horacio: La importancia de la historia clásica y la guerra antigua en el realismo político estadounidense. Enfoques v X, N° 16, Universidad Central de Chile, Santiago 2012.
Cagni, Horacio: La búsqueda de la unidad europea. Evolución de un mito y crisis identitaria.
Diversidad.net. Universidad Nacional de Tres de Febrero. Año 5, N° 9. Diciembre 2014.
martes, 3 de marzo de 2026
NOTA DOCTRINAL
sobre el papel de las emociones en el acto de
fe
“Cor ad cor
loquitur”
(El corazón habla
al corazón)
Esta nota
doctrinal fue aprobada por los obispos
españoles, miembros de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe en
su reunión CCLXV del 20 de febrero de 2026.
por InfoVaticana |
03 marzo, 2026
1. Cor ad cor
loquitur fue el lema cardenalicio escogido por el recién declarado doctor de la
Iglesia, san Juan Enrique Newman, inspirándose en san Francisco de Sales, quien
definía la vida espiritual como un encuentro con Dios “de corazón a
corazón”[1], un movimiento del corazón de Dios al corazón del hombre y, a la
inversa, del corazón del hombre al corazón de Dios; un intercambio incesante
que afecta a la persona en el conjunto de sus dimensiones: afectiva,
intelectual y volitiva[2]. El mismo Jesús, cuando le preguntan por el
mandamiento principal de la Ley, dice: «Amarás al señor tu Dios con todo tu
corazón, con toda tu alma, con toda tu mente» (Mt 22,37). La fe implica a toda
la existencia humana, pues es la entrega del hombre “entero” a Dios como
respuesta obediente y libre a la revelación (Rom 1,5 ,26)[3]. Es Dios el que
toma la iniciativa de salir al encuentro del hombre, y adelanta su gracia para
que, con el auxilio interior del Espíritu Santo, el corazón del ser humano se
oriente y se dirija hacia Dios, permitiéndole entrar en comunión íntima con
él[4]. Junto a los aspectos fiduciales (confianza en Dios) se dan en la fe
elementos cognoscitivos (adhesión a Dios, confesión de fe) y también emociones
y sentimientos (gozo espiritual, amor o paz, entre otros).
2. Los Obispos de
la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española
ofrecemos estas reflexiones acerca de la integralidad de la experiencia de fe,
que es fruto del encuentro con el auténtico rostro de Jesucristo encarnado:
«Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no
creado, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo, y
por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre»
(Credo niceno-constantinopolitano).
Motivación
pastoral de esta reflexión
3. En los últimos
años se aprecian signos que indican un renacer de la fe cristiana,
especialmente entre los jóvenes españoles de la llamada “generación Z”,
aquellos nativos digitales nacidos entre mediados de los 90 y la primera década
del 2000. La Iglesia valora la creatividad de las diversas iniciativas de primer
anuncio que el Espíritu Santo ha suscitado en muchos movimientos y asociaciones
eclesiales para facilitar a tantas personas el encuentro con Cristo o la
revitalización de su fe. Estos nuevos métodos o herramientas de evangelización
representan un soplo de aire fresco para la Iglesia, que, como Madre, vuelve
una y otra vez a «ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y
conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia
aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud»[5].
La Iglesia valora
la creatividad de las diversas iniciativas de primer anuncio que el Espíritu
Santo ha suscitado en muchos movimientos y asociaciones eclesiales para
facilitar a tantas personas el encuentro con Cristo o la revitalización de su
fe.
4. En todos estos
métodos, en mayor o menor grado, tienen un peso importante las emociones y los
sentimientos, que provocan un primer “impacto” en la persona y conducen a la
conversión y a la adhesión a Cristo. A ello le ha de seguir la configuración de
la vida de los cristianos con el Señor, el discipulado en la Iglesia y al
apostolado como testigos de Cristo muerto y resucitado en medio del mundo. Sin
embargo, no son pocos, incluso entre los promotores de estas experiencias, que
han advertido del riesgo de un reduccionismo “emotivista” de la fe, que lleva a
muchas personas a convertirse en consumidores de experiencias de impacto y
buscadores insaciables de la complacencia del sentimiento espiritual. El
anuncio de Cristo no busca de modo directo provocar sentimientos, sino
testimoniar un acontecimiento que ha transformado la historia y es capaz de
transformar la existencia de todo ser humano ocupando el centro de su vida: que
«tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree
en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Este es el gran
impacto que renueva la mente y el pensamiento, amplía el horizonte de la
libertad, ofrece un nuevo sentido a la vida y, en función de ello, da una nueva
consistencia al obrar de las personas.
5. En determinados
momentos de la historia de la Iglesia la balanza se ha inclinado hacia el
asentimiento intelectual a unas verdades reveladas o al compromiso y a la
acción, con incidencia en la vida espiritual de los fieles, la reflexión teológica,
la catequesis o el apostolado. En nuestros días, en cambio, la experiencia de
fe se centra en el universo emocional y sentimental de la persona, lo que
podría interpretarse como uno de los “signos de los tiempos” o una llamada que
anima a recuperar la importancia de los sentimientos y a integrarlos, sin
menoscabo de la razón, en la vida cristiana. Al mismo tiempo, advertimos la
necesidad de regular y discernir las emociones porque pueden ser un obstáculo
para el crecimiento espiritual.
6. Valorando
positivamente todo lo que de bueno están aportando estos métodos de primer
anuncio en el contexto de una sociedad fuertemente secularizada, los obispos de
esta Comisión, como pastores del pueblo de Dios, ofrecemos esta Nota con el fin
de ayudar al discernimiento y acompañar en la maduración de estas experiencias
apostólicas para que puedan crecer y prestar un mejor servicio a tantas
personas que se acercan a la Iglesia —como la mujer samaritana— buscando «un
surtidor de agua que salta hasta la vida eterna» (Jn 4,14).
Creer con el
corazón
a) La
absolutización de lo emotivo en la postmodernidad
7. Expertos y
analistas de nuestro tiempo vienen advirtiendo que en la llamada cultura
postmoderna se ha producido una absolutización de la afectividad, reduciéndola
a los sentimientos y a las emociones, e incluso se ha llegado a sostener su
irracionalidad, lo que ha sido denominado como “emotivismo”[6], es decir, la
reducción de la afectividad a la emoción. El hombre postmoderno rechaza el
objetivismo racionalista para convertirse en un sujeto emotivo, que pasa del
“pienso luego existo” al “siento luego existo”, del “logos” a la “emoción”.
Pero los sentimientos y las emociones, si bien son parte del mundo afectivo, no
son capaces de abarcarlo en su totalidad.
8. El hombre
“emotivista” se experimenta fragmentado, porque las emociones por sí mismas son
inconexas y no le pueden ofrecer una visión holística de la realidad. Se
percibe desorientado, porque se deja arrastrar por las emociones a cada momento
sin ningún horizonte y se identifica con ellas[7]; y vive en la inmediatez y la
inconstancia absolutizando el instante (en tanto que perdura la emoción).
Aplicado a la vida espiritual, el “emotivista religioso” hace depender la fe de
la intensidad de la emoción, reduciéndola a la medida del sentimiento[8] y a lo
placentera que pueda resultar, lo que se refuerza cuando se trata de
experiencias compartidas. Es importante no confundir estas vivencias con el
arrobamiento místico o la experiencia del gozo espiritual que acompaña en los
santos la revelación privada. Ya en el año 2003 la Conferencia Episcopal
Española advertía en el Directorio de pastoral familiar de la Iglesia en España
de que «esta concepción (meramente “emotivista”) debilita profundamente la
capacidad del hombre para construir su propia existencia, porque otorga la
dirección de su vida al estado de ánimo del momento, y se vuelve incapaz de dar
razón del mismo. Este primado operativo del impulso emocional en el interior
del hombre, sin otra dirección que su misma intensidad, trae consigo un
profundo temor al futuro y a todo compromiso perdurable»[9].
Resulta
determinante encontrar un equilibrio dentro de la vida espiritual entre los
aspectos intelectivos, volitivos y sentimentales. Los sentimientos no pueden desligarse
ni de la verdad ni del bien.
9. Conviene tener
presente que las emociones y los sentimientos tienen un papel importante en la
vida humana y espiritual. El cuerpo humano y las emociones son partes
integrales de la vida psíquica y espiritual del ser humano. Las emociones no
pueden ignorarse ni trivializarse porque son intrínsecas a nuestra existencia.
Ahora bien, resulta determinante encontrar un equilibrio dentro de la vida
espiritual entre los aspectos intelectivos, volitivos y sentimentales. Los
sentimientos no pueden desligarse ni de la verdad ni del bien. A este respecto,
el papa Francisco afirmaba en la encíclica Lumen fidei (2013):
La fe sin verdad
no salva, no da seguridad a nuestros pasos. Se queda en una bella fábula,
proyección de nuestros deseos de felicidad, algo que nos satisface únicamente
en la medida en que queramos hacernos una ilusión. O bien se reduce a un
sentimiento hermoso, que consuela y entusiasma, pero dependiendo de los cambios
en nuestro estado de ánimo o de la situación de los tiempos, e incapaz de dar
continuidad al camino de la vida[10].
10. Por otra
parte, el “emotivista” resulta más fácilmente manipulable. Muchos discursos
sociales y políticos actuales apelan con frecuencia a las emociones (miedo,
esperanza, indignación) con el fin de generar determinados comportamientos y
adhesiones. También en la vida espiritual existe el peligro de pretender
suscitar algunos comportamientos mediante un “bombardeo emocional”, lo cual
podría considerarse una forma de “abuso espiritual”. Tal abuso puede
manifestarse en forma “presión emocional del grupo”, que hace que los
individuos se vean obligados a “sentir” lo mismo que los demás para no
automarginarse de la experiencia. E incluso a través de la utilización de
falsas experiencias sobrenaturales o místicas (“falso misticismo”[11]), que
desvirtúan una auténtica visión de Dios, como medios para ejercer dominio sobre
las conciencias anulando la autonomía de las personas o para cometer otro tipo
de abusos, lo que debe ser considerado de especial gravedad moral[12].
b) La importancia
de los sentimientos en la vida espiritual
11. Los
sentimientos juegan un papel importante en la vida humana y espiritual, y son
fundamentales en la vida interior de toda persona humana. La fe cristiana, arraigada
en la encarnación, no los puede ni dejar de lado ni ignorar. Dios nos alcanza
también en nuestro sentir, en nuestra subjetividad, en nuestra intimidad, en
nuestra emocionalidad. Lo afectivo constituye un campo fundamental en la vida
espiritual, en la relación con Dios y con los demás, en la maduración creyente
de la persona. Sin embargo, los sentimientos no pueden determinar toda o casi
toda la vida cristiana, pues, en ocasiones, la misma ausencia de sentimientos
es parte del itinerario espiritual.
12. Los métodos de
evangelización, a los que nos hemos referido, ayudan a descubrir la importancia
del aspecto emotivo de la vida cristiana. Por influjo de la modernidad
ilustrada, se dio una tendencia a subrayar los aspectos intelectuales o éticos
de la fe, considerando los sentimientos como algo marginal en la experiencia de
fe. La piedad popular y algunas prácticas espirituales alimentaron una
espiritualidad más vinculada a los sentimientos, a la imaginación y al corazón.
13. El reto será
siempre facilitar el encuentro con Dios sin abusar de las emociones, al mismo
tiempo que sin menospreciar la fuerza de la fe para suscitarlas. Sería
contradecir la misma Palabra de Dios, que tiene muy en cuenta la dimensión
afectiva de la relación entre Dios y el ser humano.
14. El Antiguo
Testamento describe el amor de Dios hacia su pueblo en múltiples pasajes, como
el de una madre que se apiada del hijo de sus entrañas (cf. Is 49,14-15), como
el de un padre que toma entre sus brazos a su hijo pequeño y cuida de él (cf.
Os 11,1.3-4) o como el de un amado que graba a la amada como un sello en su
corazón (cf. Cant 2,2; 6,2; 8,6). Este amor exige por parte del hombre la
respuesta de un corazón nuevo, de un corazón de carne (cf. Ez 36,26).
15. En el Nuevo
Testamento, el Verbo encarnado asume también los sentimientos de la condición
humana. En muchos pasajes vemos cómo Jesús se compadeció de aquellos que
andaban como ovejas sin pastor (cf. Mt 9,36), experimentó la angustia y la
tristeza en el Huerto de los Olivos (cf. Lc 22,39-44; Mt 26,37), lloró por
Jerusalén (cf. Lc 19,41-44) y por la pérdida de su amigo Lázaro (cf. Jn 11,35),
amó a los discípulos y los llamó amigos (cf. Jn 13,23; 15,15), miró con ira y
se sintió dolido ante la dureza del corazón de los demás (cf. Mc 3,5) o por ver
el Templo transformado en un mercado (cf. Mt 21,12-13; Mc 11,15-18; Jn
2,13-22), etc[13]. Como dirá san Agustín, él asumió también los sentimientos
humanos para redimirlos: «tomó estos afectos de la humana flaqueza, lo mismo
que la carne de la debilidad humana (…), de suerte que, si a alguno le
aconteciere contristarse y dolerse en las tentaciones humanas, no se juzgase
por esto ajeno a su gracia»[14]. Como recuerda el Concilio Vaticano II,
«realmente, el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo
encarnado (…), él manifiesta plenamente el hombre al propio hombre (…), pues en
él la naturaleza humana ha sido asumida, no absorbida, (…) ha sido elevada a
una dignidad sin igual»[15]. No es de extrañar que san Pablo recomendase a los
filipenses: «Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús»
(Flp 2,5). Negar, por tanto, las emociones en el acto de fe, sería renegar de
la condición humana, que ha sido asumida por el Verbo encarnado, el Hombre
perfecto (cf. Ef 4,13), el mismo que «trabajó con manos de hombre, pensó con
inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de
hombre»[16], y por eso puede sanar de su desorden a la afectividad humana,
iluminarla y elevarla. Como dirá la encíclica Dilexit nos (2024), «el Hijo
eterno de Dios, que me trasciende sin límites, quiso amarme con un corazón
humano. Sus sentimientos se vuelven sacramento de un amor infinito y
definitivo»[17].
Negar, por tanto,
las emociones en el acto de fe, sería renegar de la condición humana, que ha
sido asumida por el Verbo encarnado, el Hombre perfecto (cf. Ef 4,13), el mismo
que «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con
voluntad de hombre, amó con corazón de hombre».
c) Recuperar el
corazón
16. La
afectividad, dimensión esencial del ser humano, junto con la razón y la
voluntad, integra las emociones y los sentimientos en la verdad del ser humano,
creado «a imagen y semejanza de Dios» (Gn 1,26), profundamente amado en la
realidad de su existencia. Por ser una dimensión fundamental de la persona, no
puede quedar excluida del acto de fe, ya que Dios sale al encuentro de cada
hombre y de cada mujer en la integridad de su ser, y les habla de corazón a
corazón. Pues el corazón es el centro de la persona, el lugar de las
decisiones, de la verdad, del encuentro y de la Alianza, que solo puede ser
sondeado y conocido por el Espíritu de Dios[18].
17. El magisterio
de los pontífices más recientes está impregnado de una llamada a la
recuperación del corazón en la vida cristiana. Ya Pío XII en la encíclica
Haurietis aquas (1956), sobre la devoción al Corazón de Cristo,alertaba del
peligro del naturalismo y del sentimentalismo, y presentaba el Corazón del
Verbo encarnado como signo y símbolo del triple amor con que ama Cristo: el
amor divino (como Dios), el amor espiritual humano (la caridad de su voluntad
humana) y el amor sensible (afectos y emociones)[19]. De esta forma, se
invitaba a los fieles a alcanzar la armonía del amor en Cristo. Posteriormente,
son significativas las encíclicas de Juan Pablo II Redemptor hominis (1979) al
volver sobre la dimensión humana del misterio de la Redención y, especialmente,
Dives in misericordia (1980) dedicada al amor misericordioso de Dios. Por su
parte, Benedicto XVI hizo referencia en varias de sus encíclicas a esta
cuestión, de manera peculiar en Deus caritas est (2005), pero también en Spe
salvi (2007) y Lumen fidei (2013), escrita entre Benedicto XVI y Francisco, a
la que ya se ha hecho referencia. Más recientemente el papa Francisco, en su
encíclica Dilexit nos (2024) nos propuso recuperar la importancia del corazón
en la vida cristiana, pues —como dice san Pablo— «si profesas con tus labios
que Jesús es Señor, y crees con tu corazón que Dios lo resucitó de entre los
muertos, serás salvo» (Rom 10,9). En el corazón es «donde cada persona hace su
síntesis; allí donde los seres concretos tienen la fuente y la raíz de todas
las demás potencias, convicciones, pasiones, elecciones»[20]. Todo se unifica
en el corazón, que es «el núcleo de cada ser humano, su centro más íntimo; no
solo el núcleo del alma, sino de toda la persona en su identidad única que es
anímica y corpórea (…) Es la sede del amor con la totalidad de sus componentes
espirituales, anímicos y también físicos»[21].
18. Desde el
corazón, en el que se integran las dimensiones afectiva y corporal, la racional
e intelectual, así como la volitiva y el compromiso[22], la experiencia de fe
se convierte en un acontecimiento totalizante, que permite afirmar al creyente:
«Encontré al amor de mi alma. Lo abracé y no lo solté» (Cant 3,4). Se trata de
un hecho que siempre desborda y trasciende, y hace gustar de antemano el gozo y
la luz de la vida eterna.
19. La
afectividad, como dimensión humana fundamental en armonía con la razón y la
voluntad, supera al mero sentimentalismo y libera a la fe de las redes del
subjetivismo y del emotivismo. El amor auténtico siempre conduce a la verdad.
Como afirmaba el papa Benedicto XVI:
Sin la verdad, la
caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio
vacío que se rellena arbitrariamente (…), es presa de las emociones y las
opiniones contingentes de los sujetos (…). La verdad libera a la caridad de la
estrechez de una emotividad que la priva de contenidos relacionales y sociales,
así como de un fideísmo que mutila su horizonte humano y universal. En la
verdad, la caridad refleja la dimensión personal y al mismo tiempo pública de
la fe en el Dios bíblico, que es a la vez “Agapé” y “Lógos”: Caridad y Verdad,
Amor y Palabra[23].
20. Creer con el
corazón es el mejor antídoto contra los dos grandes enemigos de la vida
espiritual apuntados por el papa Francisco: el neo-gnosticismo y el
neo-pelagianismo. El primero concibe la salvación como algo puramente interior,
cerrando al sujeto en la inmanencia de su propia razón o sentimientos. El
pelagianismo, por su parte, acentúa el carácter radicalmente autónomo del
individuo, que pretende alcanzar la salvación por sus propias fuerzas. Esto se
traduce, entre otras cosas, en una autocomplacencia por los frutos alcanzados,
en la obsesión por la ley y en la ostentación en el cuidado de la liturgia, de
la doctrina y del prestigio de la Iglesia[24].
Criterios
teológico-pastorales para el discernimiento
21. A la luz de lo
expuesto, ofrecemos unos criterios que pueden ayudar a enriquecer la
experiencia de fe de las nuevas iniciativas de evangelización surgidas
recientemente en el ámbito del primer anuncio:
a) Por Cristo, al
Padre, en el Espíritu
22. La vida
cristiana comienza «en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt
28,19), tal y como sucede en el sacramento del bautismo. Es la fe trinitaria
que la Iglesia transmite la que ha de ser profesada no solo con los labios,
sino pasándola por el corazón y por la razón.
23. Toda la vida
de fe está impregnada por la Santísima Trinidad: la oración está dirigida al
Padre, por el Hijo, en el Espíritu; la liturgia es eminentemente trinitaria,
«por Cristo, con él y en él, a ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del
Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos»; la
comunidad eclesial está llamada a reflejar la comunión de las Personas divinas;
y el destino del cristiano es trinitario, la plena unidad con Dios Padre, Hijo
y Espíritu Santo, y con todo el género humano. Por ello es importante que la
oración cristiana no pierda su identidad trinitaria[25], y que el primer
anuncio, así como los procesos de discipulado, presenten a Jesucristo, al que
conocemos por la acción del Espíritu, que nos revela el rostro del Padre. Solo
de esta manera se puede experimentar la plenitud del amor de Dios: «porque el
amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que
se nos ha dado» (Rom 5,5).
b) Dimensión
personal
24. Como decía el
papa Benedicto XVI, «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o
una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona,
que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva»[26].
La fe, ciertamente, no se reduce al asentimiento teórico a determinados dogmas,
sino que es un acto por el que toda la persona se entrega libremente a Dios,
que se nos revela y se nos entrega en Cristo. También el Catecismo de la
Iglesia Católica recordaba que «no creemos en fórmulas, sino en las realidades
que estas expresan y que la fe nos permite “tocar”»[27].
La fe,
ciertamente, no se reduce al asentimiento teórico a determinados dogmas, sino
que es un acto por el que toda la persona se entrega libremente a Dios, que se
nos revela y se nos entrega en Cristo.
25. Puesto que
Dios sale al encuentro del hombre en su totalidad, en este encuentro
intervienen también los sentimientos, propios de la dimensión afectiva del ser
humano. Invitamos, por ello, a aprender a discernir los sentimientos en la vida
espiritual a partir de los grandes maestros de espiritualidad. El mismo san
Ignacio de Loyola animaba a discernir entre estados de consolación y desolación
del alma, o a situarse en la santa indiferencia ante una elección de vida, con
el deseo de servir a Dios como fin primero y principal al que todo se
subordina[28]. Otros, como santa Teresa de Jesús o san Juan de la Cruz, vivirán
la purificación de los sentidos en las “noches del espíritu” o tendrán que
enfrentarse, como santa Teresa de Lisieux o santa Teresa de Calcuta, a largos
periodos de oscuridad espiritual.
26. De todo ello,
se deduce que se ha de ser precavido ante los sentimientos y las emociones que
simplemente proporcionan bienestar al sujeto. Cristo, por el contrario, llama a
cargar con la cruz y a seguirlo. A una fe basada solo en sentimientos
agradables y positivos le repugna la cruz. No se puede entender la vida
cristiana sin compartir la cruz y completar en nuestra carne los sufrimientos
de Cristo (cf. Col 1,24).
c) Dimensión
objetiva de la fe
27. El encuentro
con Cristo conlleva la aceptación de la verdad de su persona y su mensaje. En
el diálogo con Marta, tras la muerte de Lázaro, Jesús le dice: «Yo soy la
resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que
está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» (Jn 11,26). Y
Marta le contesta: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios,
el que tenía que venir al mundo» (Jn 11,27). No hay encuentro con Cristo sin
profesión de fe, si solo se tiene en cuenta el aspecto subjetivo, pero no se
profundiza en el contenido de la fe y en la doctrina. La formación es el medio
primordial que permite integrar la verdad en el amor. Si el acto de fe como
adhesión personal a Cristo pierde su profunda unidad con la verdad salvadora
que nos ha traído, se transforma en un acto vacío y ciego.
28. La vivencia
emocional de la fe se ha de asentar en la verdad objetiva del kerygma, cuyo
contenido se encuentra en la Palabra de Dios transmitida e interpretada por la
Iglesia. Todo ello invita a apostar con determinación por una formación
integral y continua, que incluya todas las dimensiones de la persona
(intelectual, afectiva, relacional y espiritual)[29]. Resulta particularmente
oportuno iniciar itinerarios catecumenales y procesos formativos de discipulado
y acompañamiento en la maduración de la fe con aquellos que han realizado una
primera conversión al Señor.
d) Dimensión
eclesial
29. Por la misma
lógica de la encarnación, el encuentro con Dios es siempre mediado. Jesucristo,
el mediador de la salvación, sigue saliendo al encuentro del ser humano a
través de la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos y el
servicio a los hermanos en la Iglesia. No es posible una experiencia ni un
conocimiento de Dios directos ni de manera individualista. Nadie se ha hecho
cristiano a sí mismo, ni es creyente por sí solo. Creemos gracias a que alguien
nos habló del Señor y nos transmitió la fe de la Iglesia en el ámbito de la
familia, de una parroquia, de un grupo o un movimiento eclesial. La misma
profesión de fe es un acto personal y eclesial simultáneo, de forma que cuando
el cristiano dice “creo”, al mismo tiempo, dice “creemos”, como atestigua el
símbolo de Nicea en su versión griega, resaltando así la dimensión eclesial del
acto de fe.
30. Este “creemos”
no significa uniformidad. La imagen paulina del cuerpo de Cristo es muy
elocuente para expresar la unidad en la necesaria diversidad. Todos, aunque
distintos, somos miembros del único cuerpo, cuya cabeza es Cristo (cf. 1 Cor
12,12; Ef 1,18); de tal manera que la diversidad no es contraria a la unidad
del cuerpo, sino que la enriquece: «hay diversidad de carismas, pero un mismo
Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor» (1 Cor 12,4-5).
Una auténtica vivencia eclesial de la fe no absolutiza el carisma del propio
grupo, sino que lo pone al servicio de la unidad de la Iglesia; y no excluye
otros carismas, sino que aprecia la riqueza que aporta al conjunto. Igual se
puede decir de los métodos evangelizadores: ninguno ha de considerarse como
absoluto, y se ha de admitir que lo que sirve para unos, no ha de ser
necesariamente válido o útil para otros.
30. Este “creemos”
no significa uniformidad. La imagen paulina del cuerpo de Cristo es muy
elocuente para expresar la unidad en la necesaria diversidad. Todos, aunque
distintos, somos miembros del único cuerpo, cuya cabeza es Cristo (cf. 1 Cor
12,12; Ef 1,18); de tal manera que la diversidad no es contraria a la unidad
del cuerpo, sino que la enriquece: «hay diversidad de carismas, pero un mismo
Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor» (1 Cor 12,4-5).
Una auténtica vivencia eclesial de la fe no absolutiza el carisma del propio
grupo, sino que lo pone al servicio de la unidad de la Iglesia; y no excluye
otros carismas, sino que aprecia la riqueza que aporta al conjunto. Igual se
puede decir de los métodos evangelizadores: ninguno ha de considerarse como
absoluto, y se ha de admitir que lo que sirve para unos, no ha de ser
necesariamente válido o útil para otros.
31. Es importante
valorar la capacidad que tienen estas nuevas iniciativas evangelizadoras para
integrar en la vida comunitaria. Como afirma el Concilio Vaticano II, «estos
carismas, tantos los extraordinarios como los ordinarios y comunes, hay que
recibirlos con agradecimiento y alegría, pues son muy útiles y apropiados a las
necesidades de la Iglesia». Ahora bien, «el juicio de su autenticidad y la
regulación de su ejercicio pertenece a los que dirigen la Iglesia. A ellos
compete sobre todo no apagar el Espíritu, sino examinarlo todo y quedarse con
los buenos (cf. 1 Tes 5,12.19-21)»[30]. Será, por tanto, un signo de
eclesialidad que estos nuevos métodos sean sometidos al discernimiento de la
autoridad de los obispos y los órganos diocesanos competentes.
32. Los frutos de
los nuevos métodos de evangelización, por tanto, pueden medirse por su
capacidad de integrar en la comunidad y de despertar la pregunta por la propia
vocación y misión en la Iglesia y en el mundo (“¿para quién soy yo?”). Es
decir, por su capacidad de generar y acompañar las diversas vocaciones que el
Espíritu ha suscitado en el cuerpo de la Iglesia (cf. 1 Cor 12,11).
Los frutos de los
nuevos métodos de evangelización, por tanto, pueden medirse por su capacidad de
integrar en la comunidad y de despertar la pregunta por la propia vocación y
misión en la Iglesia y en el mundo (“¿para quién soy yo?”).
e) Dimensión ética
y caritativa
33. El verdadero
encuentro con Cristo no solo transforma la interioridad del creyente, sino que
lo impulsa al compromiso concreto con la Iglesia y el mundo. La fe no puede
quedarse en una experiencia meramente emocional, sino que se traduce en la
caridad hacia los más pobres, en el testimonio y el servicio que transfiguran
el mundo haciendo presentes en él los valores del Reino. Si no somos capaces de
“tocar la carne de los últimos”, no estamos siendo fieles al Evangelio[31]. El
corazón cristiano es un “corazón que ve” dónde hay necesidad de amor y actúa en
consecuencia[32].
34. Son numerosos
los textos de la Palabra de Dios que iluminan esta dimensión de la fe. Entre
ellos, estos de los apóstoles Juan y Santiago: «Si alguno dice: “Amo a Dios”, y
aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien
ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Jn 4,20-21). «Así es también la fe:
si no tiene obras, está muerta por dentro» (Sant 2,17). Por eso, el compromiso
con la Iglesia y con el mundo, sea en el ámbito familiar, laboral, en la
sociedad, en la vida pública, con los más pobres y los enfermos, en la defensa
de la dignidad humana, la promoción de la paz o el cuidado de la creación, se
convierte en criterio de discernimiento para valorar la autenticidad de la fe y
de estas nuevas iniciativas eclesiales.
f) Dimensión
celebrativa
35. El creyente,
además, ha de cuidar la dimensión celebrativa del acto de fe con una liturgia
viva en la que festeje comunitariamente la gratuidad del encuentro con Cristo,
que hace que la vida del creyente, alentada por la oración, se convierta, por la
misericordia de Dios, en un «sacrificio vivo, santo, agradable a Dios» (Rom
12,1).
36. Las
iniciativas de evangelización han de cuidar de no fomentar una oración
“espiritualista” desencarnada o unas celebraciones litúrgicas intimistas y
efectistas. Se corre el peligro de reducir la liturgia a un mero
“devocionalismo” que potencia el subjetivismo sentimental frente a lo
comunitario, objetivo y sacramental[33]. En algunos ambientes se detecta un
recurso excesivo a elementos de tipo emotivo, incluyendo prácticas de culto a
la Eucaristía fuera de la misa que desvirtúan y descontextualizan el sentido
propio de la adoración al Santísimo Sacramento. La adoración eucarística, sea
de forma privada o pública, prolonga e intensifica lo acontecido en la
celebración litúrgica, pues adoramos a aquel que hemos recibido[34]. Esta
relación intrínseca invita a cuidar la dimensión comunitaria de la adoración
eucarística, ya que la relación personal con Jesús sacramentado pone al fiel en
comunión con toda la Iglesia, al hacerle tomar conciencia de su pertenencia al
Cuerpo de Cristo[35]. El sentido netamente eclesial de la adoración eucarística
implica el respeto y la fidelidad a las normas litúrgicas[36], que evitará el
subjetivismo y la arbitrariedad de formas del culto eucarístico así como el uso
de elementos extraños a lo dispuesto en el Ritual. Todo ello plantea el reto de
garantizar, tanto a los fieles como a los ministros ordenados, una buena
formación litúrgica que ayude a situar la celebración de la Eucaristía, especialmente
la dominical, en el centro de la vida personal, comunitaria y eclesial[37].
37. La belleza de
la liturgia no es meramente formal, sino la belleza profunda que procede del
encuentro sacramental con el misterio de Dios. Por eso, la liturgia ha de ser mistagógica,
ayudándonos, a través de palabras y gestos, a conducirnos a Dios, a
maravillarnos ante él y a adentrarnos en su belleza.
Exhortamos a
abrazar la fe en la totalidad de sus dimensiones, reconociendo y valorando la
importancia de las emociones y los sentimientos en el marco de una sana
afectividad en la experiencia creyente, lo que permitirá el encuentro
transformador con Cristo “de corazón a corazón”.
Con corazón de
pastores
38. Con auténtico
corazón de pastores, los obispos de la Comisión Episcopal para la Doctrina de
la Fe de la Conferencia Episcopal Española exhortamos a abrazar la fe en la
totalidad de sus dimensiones, reconociendo y valorando la importancia de las
emociones y los sentimientos en el marco de una sana afectividad en la experiencia
creyente, lo que permitirá el encuentro transformador con Cristo “de corazón a
corazón”.
39. Invitamos a
contemplar a la Virgen María, en quien se realiza de manera perfecta el acto de
fe. Ella acogió el anuncio del ángel Gabriel y le dio su asentimiento diciendo:
«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Y,
porque ha creído, todas las generaciones hasta nuestros días la proclaman
bienaventurada (cf. Lc 1,45.)
__________________________
[1] Cf. Francisco
de Sales, Tratado del Amor de Dios, libro X, 3 y 9.
[2] Cf. Juan
Enrique Newman, Ensayo para contribuir a una Gramática del Asentimiento
(Madrid: Encuentro 2010).
[3] Cf. Catecismo
de la Iglesia Católica, nn. 142-143.
[4] Cf. Concilio
Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum, n. 5.
[5] Benedicto XVI,
Carta Porta fidei (2011), n. 2.
[6] Cf. Alasdair
MacIntyre, «Emotivismo: contenido social y contexto social», en Id. Tras la
virtud (Barcelona: Austral 2013) 40-55.
[7] Cf. Zygmunt
Bauman, Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos (Madrid:
Fondo de Cultura Económica de España 2005).
[8] Cf. Juan José
Pérez-Soba, «Conversación junto al pozo. Cómo hablar de fidelidad al emotivista
postmoderno», Scripta Theologica 52 (2020) 170-173.
[9] Conferencia
Episcopal Española, Directorio de pastoral familiar de la Iglesia en España
(Madrid: Edice 2003), n. 19.
[10] Francisco,
Encíclica Lumen fidei (2013), n. 24.
[11] Cf. Cf. Pío
XII, Encíclica Haurietis aquas (1956), n. 28; Francisco, Dilexit nos (2024), n.
86.
[12] Cf.
Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Normas para proceder en el discernimiento
de presuntos fenómenos sobrenaturales (2024), art. 16; Folio para la Audiencia
con el Santo Padre: “Falso misticismo y abuso espiritual” (2024).
[13] Completan
estos textos el capítulo II de la encíclica del papa Francisco Dilexit nos
(2024), en el que se hace referencia a los gestos y palabras de amor de Jesús
en los Evangelios, reflejos del Corazón de Cristo (cf. nn. 32-47).
[14] Agustín de
Hipona, Enarr. in Ps. 87, 3.
[15] Concilio
Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 22.
[16] Ibid., n. 22.
[17] Francisco,
Dilexit nos (2024), n. 60.
[18] Cf. Catecismo
de la Iglesia Católica, n. 2563.
[19] Cf. Pío XII,
Encíclica Haurietis aquas (1956), nn. 3, 15-16.
[20] Francisco,
Encíclica Dilexit nos (2024), n. 9.
[21] Ibid., n. 21.
[22] El magisterio
de Juan Pablo II ha sido muy rico en el campo de la afectividad. Desarrolla con
profundidad la comprensión del amor humano revalorizando el cuerpo desde el
trasfondo de una antropología teológica inspirada en la Palabra de Dios (pueden
verse las 129 catequesis centradas en la teología del cuerpo impartidas por
Juan Pablo II en las audiencias de los miércoles entre septiembre de 1979 y
noviembre de 1984).
[23] Benedicto
XVI, Encíclica Caritas in veritate (2009), n. 3.
[24] Cf.
Francisco, Exhortación apostólica Gaudete et exsultate (2018), nn. 36, 57;
Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Placuit Deo (2018), nn. 3-4.
[25] Cf. Comisión
Episcopal para la Doctrina de la Fe, «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo»
(Sal 42,3). Orientaciones doctrinales sobre la oración cristiana (2019), nn.
21-38.
[26] Benedicto
XVI, Encíclica Deus caritas est (2005), n. 1
[27] Catecismo de
la Iglesia Católica, n. 170.
[28] Cf. Ignacio
de Loyola, Ejercicios Espirituales, n. 169.
[29] Cf. XVI
Asamblea del Sínodo de los Obispos, Documento final (2024), n. 143.
[30] Concilio
Vaticano II, Constitución dogmática Lumgen gentium, n. 12.
[31] Cf. León XIV,
Exhortación apostólica Dilexi te (2025), n. 48.
[32] Cf. Benedicto
XVI, Encíclica Deus caritas est (2005), n. 31.
[33] Cf.
Francisco, Carta apostólica Desiderio desideravi (2022), n. 28.
[34] Cf. Juan
Pablo II, Encíclica Ecclesia de Eucharistia (2003) n. 25; Congregación para el
Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Redemptionis
Sacramentum (2004), n. 134; Benedicto XVI, Exhortación apostólica Sacramentum
caritatis (2007), n. 66.
[35] Benedicto
XVI, Exhortación apostólica Sacramentum caritatis (2007), n. 68.
[36] Cf. Sagrada
Congregación para el Culto Divino, Ritual Romano. Ritual de la sagrada Comunión
y del culto al Misterio eucarístico fuera de la Misa (1973), nn. 82-100.
[37] Cf.
Francisco, Carta apostólica Desiderio desideravi (2022), nn. 34-47.