sábado, 21 de febrero de 2026

BOLETÍN

 

ACCIÓN

Año XXXXIII- Boletín Nº 174   Córdoba, marzo-2026

 

¿ES NECESARIO EL ESTADO?

 

El presidente Javier Milei aseguró durante un reportaje concedido a un sitio de noticias estadounidense llamado “The Free Press”:

“Amo ser el topo dentro del Estado, yo soy el que destruye el Estado desde adentro“Es como estar infiltrado en las filas enemigas, la reforma del Estado la tiene que hacer alguien que odie el Estado…” (1)


Es cierto que lo mencionado agrava la crónica debilidad institucional e imprevisilidad que afecta a la Argentina, y que involucra a los tres niveles del sector público, y no es responsabilidad exclusiva de un partido político.

El Prof. Bidart Campos explica que el hombre y las instituciones temporales están en el Estado como círculos concéntricos dentro de uno mayor; logran la posibilidad de su fin dentro de un fin de bien común público, que incumbe a la sociedad máxima; máxima porque es la suprema en la órbita de las competencias temporales, y dentro de ella, la única sociedad perfecta. (2)


Creemos que, en nuestro país, el problema es muy profundo y complejo: no es que el Estado funcione defectuosamente, sino que dejó de existir como tal, y desde hace mucho tiempo; sobre esto han coincidido varios intelectuales (3). Quien mejor desarrolló el tema fue el Dr. Marcelo Sánchez Sorondo (4) y conviene recordar su argumentación. Sostiene este autor, que todo Estado incluye un gobierno, pero no todo gobierno implica que existe un Estado. El Estado es una entidad jurídico-política, que surge recién en una etapa de la civilización, como complejo de organismos, al servicio del bien común. Supone una delimitación explícita del poder discrecional; si un gobernante puede afirmar “el Estado soy yo”, queda demostrada la inexistencia de un Estado. Pues la hipertrofia del poder personal, sin frenos, es un síntoma de la ausencia de un Estado.


En toda institución -y el Estado es la de mayor envergadura en un territorio determinado-, el dirigente se subordina a la finalidad perseguida y a las normas establecidas. “No hay Estado si el contexto político y el orden jurídico que lo encuadran son una ficción y por momentos una superchería. Cuando el poder no se emplaza en la órbita de las instituciones, sino que se adscribe a una tipología grupal o meramente personal, entonces no se alcanza ese nivel de civilización política que implica la existencia en plenitud, la plenipotencia del Estado” (4).


El gobierno no encuadrado en un Estado, es errático y caprichoso; sirve únicamente para el enriquecimiento e influencia individual de los gobernantes, que no pueden lograr el funcionamiento eficaz de la estructura gubernamental. De allí la paradoja de culpar al Estado de todos los problemas, cuando el origen de los problemas es la ausencia del Estado.


En síntesis, la Argentina no tiene Estado, sólo gobiernos. Pero, para intentar fundamentar brevemente esta tesis, es necesario describir las notas características que distinguen a un Estado contemporáneo, más allá de las formalidades constitucionales y del tipo de gobierno establecido. Para ello, partimos del esquema del Profesor de Mahieu (5), y definimos al Estado como el órgano de integración social, planeamiento y conducción, de una sociedad territorialmente delimitada, que procura el bien común. Es decir, que sólo puede calificarse de Estado, aquel que cumple las tres funciones básicas señaladas.


1. Integración social. La unidad social es el resultado de la interacción de las diversas fuerzas sociales constitutivas, síntesis en constante elaboración por los cambios que se producen en los grupos y en el entorno. La superación de los antagonismos internos no surge espontáneamente; es el resultado de un esfuerzo consciente por afianzar la solidaridad sinérgica a cargo del Estado. A semejanza del director de orquesta, es el Estado el que logra crear una melodía social unitaria y armoniosa. El poder estatal tendrá legitimidad en la medida en que cumpla dicha función, garantizando la concordia política.


2. Planeamiento. El Estado centraliza la información que le llega de los grupos sociales; recopila sus problemas, necesidades y demandas. Los datos son procesados y extrapolados en función de los fines comunes, fijados en la Constitución Nacional y en otros documentos, que señalan los objetivos políticos y los valores que identifican a un pueblo. Con mayor o menor intensidad, según el modelo gubernamental elegido, es en el marco del Estado donde debe realizarse el planeamiento global que establezca las metas y las prioridades en el proceso de desarrollo integral de la sociedad, en procura del Bien Común. Por cierto, que en una concepción jusnaturalista, el planeamiento estatal sólo será vinculante para el propio Estado, y meramente indicativo para el sector privado. La autoridad pública no debe realizar ni decidir por sí misma lo que puedan hacer y procurar las comunidades menores e inferiores. Pero, debido a la complejidad de los problemas modernos, el principio de subsidiariedad resulta insuficiente para resolverlos sin la orientación del Estado, que mediante el planeamiento se dedique a animar, estimular, coordinar, suplir e integrar la acción de los individuos y de los cuerpos intermedios.


3. Conducción. La esencia de la misión del Estado es el ejercicio de la autoridad pública. La facultad de tomar decisiones definitivas e inapelables, está sustentada en el monopolio del uso de la fuerza, y se condensa en el concepto de soberanía. El gobernante posee una potestad suprema, en su orden, pero no indeterminada ni absoluta. El poder se justifica en razón del fin para el que está establecido y se define por este fin: el Bien Común temporal.


Si un Estado no posee, en acto, estas tres funciones, ha dejado de existir como tal o ha efectuado una transferencia de poder en beneficio de organismos supraestatales, o de actores privados, o de otro Estado.

Como hipótesis, nos animamos a decir que el Estado argentino dejó de funcionar como tal a partir de junio de 1970, con la renuncia del Gral. Onganía. Aplicando, sintéticamente, el esquema teórico expuesto, podemos advertir que en la fecha indicada resultaron afectadas las tres funciones básicas:


Integración social: a fines de la década del 60 comienzan enfrentamientos y disturbios sociales graves, que culminan en una guerra civil. En mayo de 1969 se produce el Cordobazo, y un año más tarde, el secuestro y asesinato del Gral. Aramburu. Del presente, para comprobar el desorden de la sociedad, baste citar: los 12.849.616 de pobres y los 2.866.085 de indigentes según cifras oficiales (Infobae, 5-2-2026); promedio de condenas por delitos cometidos en la última década, 3,2%; 45.000 prófugos de la Justicia.


Planeamiento: luego de haberse aplicado en los dos Planes Quinquenales, y perfeccionado el sistema con la creación del Consejo Nacional de Desarrollo, que logró, por primera y única vez, fijar las Políticas Nacionales (Decreto 46/70); dejó de aplicarse el planeamiento como instrumento de gobierno, hasta el presente, desde junio de 1970.


Conducción: Al aceptarse la renuncia del Gral. Onganía, el 8 de junio de 1970 asume el poder político la Junta de Comandantes en Jefe. El Proceso de Reorganización Nacional formalizó a la Junta Militar como órgano supremo, con lo que, durante varios años la jefatura del Estado dejó de ser individual y se convirtió en triunvirato. Desde entonces, el sector público argentino carece de una conducción unificada, homogénea, racional.


En el panorama descripto, deja de funcionar el Estado como compendio de instituciones con recíproca interdependencia, y es reemplazado por un ejercicio discrecional del poder.

En conclusión, si es correcto el análisis, la prioridad absoluta –y urgente- consiste en restaurar el Estado, y procurar que actúe eficazmente. Ello no ocurrirá como consecuencia necesaria de elaborar un buen diagnóstico. Por eso, decía Don Ricardo Curutchet: No basta con denunciar que se pierde la Argentina, es necesario actuar para contribuir a salvarla.


Es insensato confiar en que, precisamente en el momento más difícil de la historia nacional, podrá producirse espontáneamente un cambio positivo. Sólo podrá lograrse si un número suficiente de argentinos con vocación patriótica, se decide a actuar en la vida pública buscando la manera efectiva de influir en ella. Un dirigente político no puede limitarse a exponer los principios de un orden social abstracto. La doctrina tiene que estar encarnada en ciudadanos que cuenten con el apoyo de muchos, formando una corriente de opinión favorable a la aplicación de la doctrina. Debe encararse con seriedad la preparación de un Proyecto Nacional y la constitución de equipos aptos para aplicarlo.


Referencias:


1) Infobae, 6-6-2024.

2) Bidart Campos, Germán. “Doctrina del Estado democrático”, EJEA. 1961, p. 28.

3) Por ejemplo: Jorge Vanossi (La Nación, 17/3/02); Manuel Mora y Araujo: (La Nación, 20/3/02); Natalio Botana (Clarín, 28/4/02).

4) Sánchez Sorondo, Marcelo. “La Argentina no tiene Estado, sólo gobiernos”; Revista Militar N° 728, 1993, p., 13-17.

4) Idem, op.cit., p. 14.

5) de Mahieu, José María. “El Estado comunitario”; Buenos Aires, Arayú, 1962.


 

CENTRO DE ESTUDIOS CÍVICOS

FABIELA MENEGHINI

 

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martes, 17 de febrero de 2026

CARLOS SACHERI


y el Orden Natural

 

POR JUAN MANUEL AUBRY

La Prensa, 17-6-2026

 

Vivimos tiempos de confusión, relativismo, donde todo vale por su cantidad de followers y “me gusta” en redes, y claramente, la Verdad no tiene mucha cabida en este espacio.

 

A nuestro alrededor, el mundo moderno parece colapsar bajo el peso de su propia soberbia: la moral a conveniencia, la disolución de la familia, la tiranía del dinero y el estatismo asfixiante. En la universidad, en el trabajo y en la calle, nos bombardean con la idea de que Dios no existe -y si existe es pachamamesco-, de que la Patria es un concepto obsoleto –salvo la patria cartonera- y de que la Fe debe quedarse encerrada en la sacristía –excepto en la mezquita-.

 

Ante este caos, la tentación de la desesperanza es grande, más viendo que quienes tiene el deber de guiar, enseñar y santificar, se bajan los pantalones ante el poder para “no molestar”. Pero nosotros, que sabemos que sin sangre no hay redención, tenemos una obligación mayor. Tenemos el deber de volver a las fuentes, a aquellos maestros que vieron venir la tormenta y nos dejaron el mapa para navegarla.

 

Hoy, más que nunca, es imperativo volver a leer "El Orden Natural" de otro de nuestros mártires por Cristo Rey, el profesor Carlos Alberto Sacheri. No es un libro para dejar en la biblioteca juntando polvo. Es un manual de operaciones. Es el testamento intelectual de un hombre que pagó con su sangre la defensa de Dios y de la Patria. Al releerlo hoy, no busco teoría abstracta, sino axiomas para el día a día, principios rectores para no perder el rumbo en esta Argentina doliente.

 

“A nuestro alrededor, el mundo moderno parece colapsar bajo el peso de su propia soberbia: la moral a conveniencia”.

 

Aquí presento cuatro axiomas que considero fundamentales, extraídos de esta obra imprescindible para nuestra militancia cotidiana, entiendo la militancia como nos enseña la Escritura, militia est vita hominis super terram, y no la militancia partidocrática salamera que busca agrado de un tirano y el consecuente cargo en el kiosco.

 

1) La realidad  es, no se  negocia. El orden existe

El mundo moderno, infectado de liberalismo, marxismo y las frutas que surgen de estos torcidos árboles, nos quieren hacer creer que todo es una construcción social, que nosotros definimos qué es ser hombre o mujer, qué es el bien o el mal, pero ¡ay! De quien defina según la biología y la moral tradicional. Sacheri nos despierta de ese sueño de soberbia: "El orden natural es anterior al hombre". No es un invento nuestro; es la huella de Dios en la creación. Viendo la mesa conocemos que hay carpintero, viendo la creación conocemos que existe Creador.

 

El axioma consecuente: No cedamos ni un centímetro en el lenguaje ni en las ideas. Cuando nos digan que la verdad es relativa, recordemos que las cosas tienen una naturaleza inmutable. Defender lo obvio (que la familia es hombre y mujer, que la vida es sagrada desde la concepción) no es ser "conservador", es ser realista. Nuestra primera rebeldía es llamar a las cosas por su nombre. “Llegará el día que será preciso desenvainar una espada por afirmar que el pasto es verde” nos dejó dicho Chesterton, hace rato que estamos haciendo duelo de floretes con la posmodernidad.

 

2) Ni la selva liberal ni la cárcel socialista

Los jóvenes, a menudo nos sentimos huérfanos entre una derecha liberal que solo adora al dios-mercado y una izquierda que busca la esclavitud estatal. Sacheri, con la claridad de Santo Tomás, nos muestra el camino real. Nos enseña que el liberalismo, con su "sano egoísmo", atomiza la sociedad y deja al débil a merced del fuerte, mientras que el socialismo, al negar la propiedad privada, nos quita la libertad y la dignidad personal.

 

El axioma consecuente: La economía debe estar subordinada a la política, y la política a la moral. Defendemos la propiedad privada, sí, pero no como un fin absoluto, sino como herramienta para la libertad familiar y con una hipoteca social. En nuestro trabajo o emprendimiento, no busquemos el lucro por el lucro. Demos buscar “en todo amar y servir”, crear comunidad y fortalecer la independencia de nuestras familias frente al Estado y las finanzas internacionales.

 

3) Reconstruir desde abajo: La verdadera participación

Nos han vendido una democracia falsa, una "partidocracia" donde nuestra participación se reduce a votar cada dos años por listas sábana que no conocemos. Sacheri nos recuerda el principio de subsidiaridad: lo que puede hacer el grupo menor, no debe absorberlo el mayor. La sociedad no es una masa de individuos frente al Estado, sino un tejido rico de familias, municipios, grupos y asociaciones profesionales.

 

El axioma consecuente: La verdadera política empieza en las células básicas. Antes de querer ser diputado, hay que ser un buen padre, un miembro activo de tu consorcio, un delegado honesto, un líder en tu club. Reconstruir el tejido social destrozado por el individualismo es la base de la restauración nacional. El orden no se impone por decreto desde arriba; se construye orgánicamente desde abajo. Tenemos ejemplo de labor en nuestro beato Enrique Shaw.

 

4) La cruz   y la  espada. Coherencia de vida

Quizás lo más impactante de releer a Sacheri es recordar que él no separaba su fe de su vida pública. Nos advierte contra el error de pensar que la religión es un asunto privado sin consecuencias sociales. El orden natural es el cimiento, pero Cristo Rey es la cumbre.

 

El axioma consecuente: No existe el "católico a medias". Nuestra milicia es vana si no está sostenida por la Gracia. La batalla cultural es, en el fondo, una batalla espiritual, una guerra de altares. Sacheri fue asesinado frente a su familia al volver de Misa. Su coherencia fue total. La nuestra debe aspirar a lo mismo: formarnos, vivir en gracia y no tener miedo de confesar nuestra Fe en la universidad o en la plaza pública. Nuestro martirio seguramente no sea con leones, sino con un “escrache” mediático, precio a pagar por el reinado de Cristo.

 

“Releer a Sacheri es recordar que él no separaba su fe de su vida pública. El orden natural es el cimiento, pero Cristo, la cumbre”.

 

ENTONCES…

"El orden defiende al hombre y el hombre al orden" nos recuerda Mons. Tortolo prologando la obra. Hoy, ese orden está bajo ataque, es invertido. Releer este libro no es un ejercicio de nostalgia; es afilar la espada. Querido amigo, léelas, estúdialas y, sobre todo, vivilas. Porque la Argentina no se salvará con discursos vacíos, sino con hombres y mujeres que, ordenados por dentro y sostenidos por la Gracia, sean capaces de restaurar el orden natural por fuera y el reinado social de Cristo.

 

Hoy mas que nunca, ¡Carlos Alberto Sacheri, presente!

lunes, 9 de febrero de 2026

LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA


 ante el reto decisivo: Como aplicarla. Una aportación

 

Josep Miró i Ardèvol

5 de febrero de 2026

 

En un tiempo marcado por la fragmentación social, la caída de la productividad, la desconfianza institucional y la crisis de sentido del propio capitalismo, la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) reaparece no como una reliquia moral, sino como la concepción más integral disponible para pensar la economía y la sociedad. Su diagnóstico de fondo —la centralidad de la persona, la primacía de la comunidad, la función social de la economía y el arraigo ético de las instituciones— coinciden sorprendentemente con los desarrollos más avanzados de la economía institucional contemporánea.

 

Sin embargo, la DSI arrastra un punto débil estructural: su dificultad para traducirse en criterios operativos, en instrumentos de política pública y en diseño institucional efectivo. No falla su antropología; falla, con frecuencia, su implementación. El objetivo de este artículo es mostrar cómo ese déficit puede superarse articulando la DSI con marcos analíticos sólidos de teoría económica —en particular, la Nueva Economía Institucional— que permiten pasar del principio moral a la medida concreta.

 

Capital moral: el cimiento invisible de toda economía funcional

La DSI ha insistido siempre en que no existe una economía neutral: toda organización productiva presupone una antropología moral. En lenguaje económico contemporáneo, ese sustrato se denomina capital moral: el conjunto de normas, valores y virtudes compartidas que hacen posible la cooperación sin vigilancia permanente.

 

Autores como Jonathan Haidt han mostrado desde la psicología social cómo los sistemas morales generan cohesión y confianza. Desde la economía, Oliver Williamson o Francis Fukuyama han subrayado que los contratos solo funcionan cuando existe un suelo ético previo.

 

Dicho en términos técnicos: el capital moral permite resolver el dilema del prisionero. Allí donde hay confianza, los costos de transacción se desploman; donde no la hay, el mercado y el Estado se vuelven caros, rígidos e ineficientes. Esta intuición está plenamente alineada con la DSI, que siempre ha advertido que la ley no puede sustituir indefinidamente a la virtud.

 

La economía como antropología: familia, capital humano y sentido.

La economía dominante ha operado durante décadas con un Homo economicus: individuo racional, maximizador y aislado. Frente a ello, tanto la DSI como economistas contemporáneos proponen un humano social, relacional y moralmente situado.

 

El capital humano —competencias, conocimientos, habilidades— no nace en el mercado, sino en la familia. Es ahí donde se adquieren las llamadas habilidades no cognitivas: autocontrol, empatía, resiliencia, capacidad de cooperación. Cuando la familia falla, el capital humano que llega al mercado de trabajo es estructuralmente defectuoso, por más títulos que acumula.

 

Aquí emerge una paradoja central: el modelo neoclásico trata el capital humano como un input aislado, mientras que la experiencia empírica muestra que el capital humano es estéril sin capital social. La DSI lo ha formulado siempre en términos de bien común; la economía institucional lo confirma empíricamente.

 

Nueva Economía Institucional: traducir la DSI a lenguaje operativo

La Nueva Economía Institucional (NEI) —con autores como Douglas North, Coase o Williamson— ofrece el puente técnico que la DSI necesita para superar su problema de implementación.

 

Instituciones formales e informales

 

Las instituciones son “las reglas del juego”. Las informales (costumbres, códigos morales, hábitos) constituyen el capital moral y social; las formales (leyes, regulaciones) intentan codificar ese sustrato. Cuando las primeras se erosionan, las segundas se hipertrofian. El resultado es conocido: burocracia defensiva, litigiosidad y desconfianza generalizada.

 

Administración pública y costes de transacción

 

Una sociedad con alto capital moral internaliza la vigilancia. No necesita un abogado por contrato ni un inspector por ciudadano. En cambio, cuando el Estado intenta sustituir la confianza por reglas exhaustivas, se convierte en una máquina de costes de transacción que asfixia la iniciativa local. La DSI habla de subsidiariedad; la NEI demuestra por qué es eficiente.

 

El modelo Collier–NEI: capital moral y productividad real

 

El economista Paul Collier ha llevado esta convergencia a su máxima expresión. Su evolución intelectual —de la macroeconomía del desarrollo a la economía moral de la identidad— muestra que la productividad depende menos de la tecnología que de la calidad de las relaciones humanas.

 

La Productividad Total de los Factores (PTF), ese residuo que la teoría estándar no sabe explicar, puede reinterpretarse como capital moral y social en acción. Donde hay confianza, identidad compartida y redes estables, la innovación fluye, las empresas crecen y el talento se queda. Donde no, la energía social se disipa en conflicto, rentismo y burocracia.

 

Evidencia empírica: cuando el capital moral se convierte en PTF

 

Los ejemplos clásicos confirman esta tesis. El cooperativismo de Mondragón o los distritos industriales de Emilia-Romaña muestran cómo una identidad compartida reduce drásticamente los costes de transacción. La reciprocidad sustituye al contrato; la pertenencia, a la vigilancia.

 

En contraste, regiones inundadas de subvenciones, pero carentes de capital moral sufren búsqueda de rentas, fuga de cerebros y estancamiento productivo. El dinero llega; el desarrollo no.

 

Conclusión: de la visión moral a la arquitectura institucional

La Doctrina Social de la Iglesia no fracasa por exceso de idealismo, sino por falta de traducción institucional. Su concepción integral de la persona, la familia y la comunidad es hoy más necesaria que nunca. La economía contemporánea —cuando abandona el reduccionismo— confirma empíricamente sus intuiciones fundamentales.

 

El desafío es claro: convertir capital moral en diseño institucional, subsidiariedad en arquitectura administrativa, bien común en incentivos concretos. La NEI y autores como Collier ofrecen las herramientas técnicas para hacerlo. Sin esa mediación, la DSI corre el riesgo de quedar en exhortación; con ella, puede convertirse en la alternativa integral que el capitalismo necesita para no autodestruirse.

 

Y la clave es unir una política familiar integral con las políticas de productividad y no tanto como elementos aislados, sino como una visión estratégica articulada.

sábado, 7 de febrero de 2026

ACUERDO CON EEUU


 ¿Integración comercial o nuevo acto de sumisión?

 

Walter Curia

Perfil, 7-2-2026

 

El debate sobre el precio de la ropa es en esencia un debate sobre el modelo de país. Sobre qué tipo de economía quiere darse la Argentina. Es una discusión que vuelve una y otra vez. La posición del Gobierno fue de absoluto desprecio por los productores argentinos, si tomamos los ejemplos del jefe de Gabinete Manuel Adorni y del ministro de Economía Luis Caputo, dos que deberían empezar a serenarse. Federico Sturzenegger, hay que decirlo, le subió la vara cuando puso como modelo a David Ricardo y la teoría de las ventajas comparativas. Mejor así (aunque la teoría no siempre se traslada a la práctica).

 

Como economía con una base industrial estructuralmente heterogénea, de más de un siglo de historia, hoy desplazada, en palabras del reconocido especialista Bernardo Kosakoff, hacia un modelo de ensamblaje, y con un sector informal excluido; un sector agroindustrial de alta competitividad internacional; buen desarrollo en economía del conocimiento y en el umbral de la explosión de su potencialidad energética y minera; el desafío actual de la Argentina es cómo pararse frente a un orden internacional incierto, de gran volatilidad y al que Donald Trump busca incansablemente dirigir hacia el proteccionismo.

 

El Gobierno todo lo copia del de Estados Unidos, al punto que este jueves replicó la creación de una agencia de “respuesta oficial rápida” al periodismo, una nota aparte. Es raro que no imite lo que está pasando en ese país con la economía.

 

El 2 de abril del año pasado Donald Trump inició una guerra comercial contra el mundo, y llamó a esa fecha “Día de la Liberación”. Subió aranceles a las importaciones a niveles nunca vistos en el último medio siglo con el doble propósito de reducir el déficit crónico de la balanza comercial y reindustrializar la economía estadounidense después de décadas de relocalizaciones de empresas en China.

 

¿Debería seguir Argentina un camino similar al de Trump? Sin duda que no. La argentina es una de las economías más cerradas del mundo, y aún en el marco de un repliegue general, una apertura razonable podría redundar en un mayor dinamismo de su comercio internacional y en un atractivo para la llegada de inversiones.

 

Tras 25 años de negociaciones, la Argentina acaba de participar del acuerdo histórico que selló el Mercosur con la Unión Europea que se propone eliminar aranceles para más del 90% de productos y fortalecer el comercio y la inversión.

 

El acuerdo, que aún requiere aprobación parlamentaria, crea una zona de libre comercio de 700 millones de personas. Además, es un acuerdo estratégico y geopolítico: supone un límite potencial a la ambición de Trump de consolidar América Latina, el Hemisferio Occidental, como su “esfera de influencia”, límite con el que parecen comprometidas la UE y Brasil, la principal economía de la región.

No es desde luego el compromiso de Javier Milei.

 

La Argentina y los Estados Unidos firmaron este jueves el Acuerdo sobre Comercio e Inversión Recíproco, cuyo marco se conoció en noviembre pasado junto a similares alcanzados por Washington con Ecuador, El Salvador, y Guatemala, países aliados de Trump en América latina de escasísima relevancia en el comercio internacional.

 

El acuerdo, que ocupa 37 páginas y un anexo tarifario, fue subido ayer a la web por la Oficina del Representante Comercial de los Estados Unidos (USTR), en idioma inglés. Resulta, en sentido contrario al acuerdo Mercosur-UE, también un acuerdo geopolítico-estratégico.

 

En los enunciados, se propone profundizar el comercio y la inversión bajo criterios de reciprocidad, competitividad y armonización regulatoria. Pero la asimetría es evidente y el acuerdo se acerca más a una integración condicionada de la Argentina a los intereses de Estados Unidos que a un acuerdo de libre comercio (de hecho, no lo es).

 

Como ya se dejaba ver en el acuerdo marco de noviembre, el texto impone extensos compromisos a la Argentina en relación a la apertura de su mercado a bienes norteamericanos en materia de servicios, propiedad intelectual, economía digital, trabajo, medio ambiente, denominaciones de origen y obligaciones con terceros países (China). Sobresalen los compromisos asumidos por la Argentina con estándares, certificaciones y prácticas estadounidenses en materia de regulación, con la consiguiente pérdida o disminución de autonomía.

 

En materia de inversión, a través de instituciones como el Banco de Exportación e Importación de los Estados Unidos (EXIM Bank) y la Corporación Financiera Internacional para el Desarrollo, en colaboración con el sector privado, Estados Unidos “considerará apoyar el financiamiento de inversiones en sectores clave de Argentina”.

 

Julieta Zelikovich, doctora en Relaciones Internacionales, magister en Relaciones Comerciales Internacionales, enumeró los compromisos de uno y otro país contenidos en el acuerdo en un post en X: “Obligaciones de Argentina: 113 (son más xq hay listados de cosas). Obligaciones de EEUU: 10 (8 de esas son mutuas con Argentina... Así que en realidad son 2). Acuerdo de sumisión comercial y económica”.

 

En clave promocional, un comunicado de la Cancillería argentina a poco de conocido el acuerdo destacó que se trata del primer en su tipo en la región que incluye compromisos de inversiones de EE.UU. Y subraya que la Argentina podrá colocar el año próximo 80 mil toneladas más de carne en el mercado estadounidense, y llevando el acceso actual hasta las 100.000 toneladas, con un incremento de 800 millones de dólares en las exportaciones.

 

“Estados Unidos eliminará los aranceles recíprocos para 1.675 productos argentinos en una amplia gama de sectores productivos, lo que permitirá recuperar exportaciones por 1.013 millones de dólares”, dice ese texto. Indica que Argentina eliminará 221 aranceles a “máquinas, material de transporte, dispositivos médicos y productos químicos”, reducirá al 2% otros 20 productos, “principalmente autopartes”, y “otorgará cuotas para vehículos, carne y otros productos agrícolas”.

 

El acuerdo deja extrañamente abierta la discusión sobre el acceso de acero y aluminio argentino a los Estados Unidos, dos productos a los que Trump impuso aranceles de 50%. “El Gobierno de los Estados Unidos ratificó su compromiso de revisar oportunamente”, dice. Uno de los allí aludidos es Techint, de Paolo Rocca, el nuevo enemigo que se construyó el Gobierno.

 

La Cancillería afirma que el acuerdo con los Estados Unidos de Trump forma parte de la estrategia de inserción internacional de la Argentina y busca legitimar que es compatible con los compromisos con el Mercosur y el acuerdo con la Unión Europea. Pero las dos cuestiones presentan dudas. Ya se puede augurar un trabajoso paso por el Congreso para su aprobación.