en la era de la neurotecnología
Por Agustina Sucri
La Prensa,
16.08.2026
Un equipo de
científicos se encontraba diez años atrás festejando en un laboratorio de la
Universidad de Columbia, Estados Unidos, un hito en la neurociencia: habían
logrado modificar la actividad de las neuronas en el cerebro de un ratón
mediante el uso de láseres holográficos. Habían generado en aquel animal una
alucinación visual que les permitía controlar de esa manera su comportamiento.
Se trataba de un avance clave para entender cómo funciona el cerebro, que
además abría la puerta a potenciales aplicaciones para tratar enfermedades,
como la esquizofrenia. Al caer la noche, la felicidad se tiñó de pronto de
intranquilidad para el investigador que lideró aquella conquista científica.
Por primera vez, el profesor y doctor Rafael Yuste se vio embargado por la
preocupación de que los métodos que él y su equipo habían fabricado podían
llevar a consecuencias éticas y sociales capaces de impactar a la humanidad no
solo para bien sino también para mal.
“Alguien, no yo,
puede utilizar estas técnicas para convertir a los seres humanos en marionetas,
igual que hemos hecho nosotros con el ratón”, recordó en una entrevista con La Prensa Yuste que
pensó por ese entonces, al que denominó “su momento Oppenheimer”. Como alertó Oppenheimer con la energía
atómica, todos los avances científicos exigen marcos legales para prevenir sus
malos usos.
Ese fue el germen
que lo llevó poco después a crear la Fundación NeuroRights, que preside, y a
liderar el grupo Morningside -un equipo formado por médicos, especialistas en
ética, neurocientíficos e informáticos, entre los que se incluyen ingenieros de
Google y de empresas emergentes dedicadas a la neurotecnología- con el objetivo
de resguardar los derechos a la privacidad e identidad mentales.
Es así que hoy
este catedrático de Neurobiología, profesor de Neurociencia y director del Centro
de Neurotecnología de la Universidad de Columbia, considerado el
neurocientífico español más reconocido internacionalmente, reparte su tiempo
entre la investigación en laboratorio y la concientización sobre la urgencia de
regular estas poderosas herramientas de neurotecnología, capaces no solo de
descifrar, sino también manipular la actividad cerebral.
Impulsor de la
Iniciativa BRAIN, un proyecto apoyado por la administración de Barack Obama que
desde 2013 busca desarrollar nuevas tecnologías para comprender el
funcionamiento de la actividad cerebral, Yuste alerta en su libro más
reciente “Neuroderechos. Un viaje hacia la protección de lo que nos hace
humanos” (Paidós, 2025), sobre la necesidad de una regulación estricta para
prevenir abusos.
-¿Cuándo advirtió
por primera vez los grandes riesgos a los que se iba enfrentar la humanidad
ante la posibilidad de intromisión en su cerebro?
-Esto fue hace 10
años cuando estábamos haciendo un experimento en el laboratorio con una
neurotecnología óptica que habíamos inventado utilizando láseres holográficos
para modificar la actividad de las neuronas en el cerebro de un ratón con una
precisión inaudita. Es un experimento que llamamos “tocar el piano con el
cerebro de un ratón”, porque es como si cada neurona en el cerebro fuera una
tecla en el piano y puedes activar los grupos de neuronas que quieras. En ese
experimento pudimos activar un grupo de neuronas en la corteza visual del ratón
y el ratón empezó a comportarse como si estuviese viendo algo que no estaba
viendo. Es como si le hubiésemos inducido una alucinación visual y a partir de
ahí, esencialmente, tomamos control del comportamiento del ratón metiéndole una
imagen u otra. Le convertimos en una marioneta.
Ese día, durante
el día, estábamos felices en el laboratorio porque habíamos logrado este hito
en la neurociencia y con eso avanzamos en entender cómo funciona el cerebro,
que es nuestro objetivo principal como investigadores y también, con mi
condición de ex médico, una persona que viene de la medicina, pues estaba yo
muy contento porque las implicaciones de este experimento pueden llevar a
entender mejor lo que ocurre en la esquizofrenia donde uno de los síntomas
principales son las alucinaciones. Yo me imaginaba que un día podremos incluso
controlar las alucinaciones de los esquizofrénicos para que tengan una vida más
normal. Pero esa noche fue cuando me surgió de repente la preocupación que no
había tenido nunca en mi vida, algo completamente nueva para mí, de que los
métodos que habíamos fabricado nosotros con nuestras propias manos podían
llevar a consecuencias éticas y sociales que podían impactar a la humanidad
para bien o para mal.
Ese fue lo que
llamo yo mi “momento Oppenheimer”, como en la película de Oppenheimer cuando
encienden el reactor nuclear, empieza a funcionar y están felices de que
funcione, y de repente le cambia la cara a Oppenheimer porque se da cuenta las
implicaciones que tiene esto, que con las mismas herramientas pueden fabricar
una bomba.
Lo que hoy puedes
hacer en un ratón mañana lo puedes hacer en una persona. El cerebro de un ratón
y el cerebro de una persona funciona esencialmente igual. Somos mamíferos, la
corteza cerebral es parecida, la nuestra es mucho más grande, pero las técnicas
son las técnicas, son neutras, las puedes utilizar para bien o para mal.
- ¿Qué hizo a
partir de entonces?
- Empecé a
involucrarme por primera vez en las cuestiones de ética de la neurotecnología y
empecé un camino que llevó -tres años más tarde- al desarrollo de los
neuroderechos, con otros compañeros que también habían tenido sus momentos
Oppenheimer. Esto, años más tarde, lleva a la enmienda constitucional de
Chile para proteger la actividad cerebral de la ciudadanía y, años después,
llega a la protección actual de los datos cerebrales en California, en Colorado
y en Canadá, por ejemplo.
DEL LABORATORIO A
AMAZON
-Desde ese
experimento con ratones hasta ahora se ha avanzado mucho en la posibilidad de
“ingresar” al cerebro humano, por ejemplo, mediante diademas o sistemas de
interfaz cerebro-computadora. Por lo tanto, ¿es ya una realidad?
-En parte sí, en
parte no. Quiero precisar: la neurotecnología que utilizamos nosotros hace ya
una década y mucha gente desde entonces en animales como ratones, tiene un
doble uso. Puedes medir la actividad del cerebro como si estuvieses leyendo la
actividad cerebral y puedes cambiar, manipular, la actividad del cerebro como
si estuvieses escribiendo en el cerebro. Es como leer y escribir. Hoy en día,
con tecnología implantada dentro del cerebro humano mediante neurocirugía, se
pueden hacer las dos cosas, leer y escribir.
Se puede medir la
actividad del cerebro, por ejemplo, en un paciente paralizado y conseguir
descifrar las palabras que tiene en la mente pero que no puede decir. Eso ya se
ha hecho desde hace unos años, se está haciendo cada vez mejor. Luego, a la
hora de escribir o estimular, hay ya mucha neurotecnología que se utiliza, por
ejemplo, en el Parkinson para reducir el temblor de pacientes estimulándoles
distintos puntos del cerebro. En la clínica (la clínica va siempre detrás del
laboratorio), ya existe tecnología de leer y escribir en pacientes con
dispositivos implantados dentro del cerebro.
Al día de hoy, hay
en el mercado dispositivos que no son médicos, que puedes comprar en Amazon:
una diadema, un casco, unas gafas con lector de electroencefalograma, hay
también auriculares que registran la actividad cerebral dentro del oído. Este
tipo de dispositivos, como están fuera del cráneo, no tienen tanta potencia,
pero se sigue el mismo camino que ya empezamos en el laboratorio. Ahora
empiezan a haber compañías, por ejemplo, que fabrican lectores de
electroencefalograma, que los puedes comprar en Amazon, y con estos lectores,
con inteligencia artificial, se está demostrando que se pueden descifrar las
palabras que conjuras en la mente. Hace dos años, una compañía en Australia
hizo una demostración con un dispositivo, un casco de electroencefalograma, con
voluntarios, donde había un voluntario que, por ejemplo, pedía un expreso en un
Starbucks mentalmente, sin abrir la boca.
Creo que vamos a,
dentro de poco, encontrar dispositivos en el mercado para pedir un Uber
mentalmente, para empezar a comunicarnos directamente desde el cerebro a una
pantalla, traduciendo el lenguaje. Esto es algo que está ya en camino.
PRIVACIDAD MENTAL
-En su libro
“Neuroderechos” advierte que esta posibilidad de conexión con el cerebro humano
puede no siempre ser voluntaria, es decir, es factible que se produzca una
violación a la privacidad y a la identidad mental.
-Exactamente.
Nosotros decimos que el cerebro es el santuario de la mente, es la última
frontera de nuestra privacidad. Y si tú puedes descifrar las palabras que
conjuras en la mente… no puedo decir que es un pensamiento -como científicos,
no sabemos todavía qué es un pensamiento- pero sí sabemos lo que es el
lenguaje. Y precisamente este lenguaje interno, cuando muchas veces piensas con
palabras o te hacen una pregunta y piensas la respuesta, se empieza a poder
descifrar.
Esto ocurre sin
que la persona quiera que se lo descifren, porque si tienes puesto el casco, te
lo descifran, quieras o no. Esto nos preocupa muchísimo porque la Fundación
Neuroderechos que creamos, estudió hace dos años los contratos con los clientes
de 30 compañías de neurotecnología comercial, que están vendiendo estas
diademas y cascos y, de las 30 compañías, cuando el cliente enciende el
dispositivo y dice que sí al contrato con la compañía, que es la letra pequeña
que nadie lee, que son páginas y páginas, y tú la pasas y dices que sí para que
puedas encender el dispositivo, en ese momento otorgas a la compañía la
propiedad para siempre de todos tus datos neuronales y autorizas a la compañía
a venderlos a terceras partes. Esto es un ejemplo del salvaje oeste de la falta
de regulación de las compañías de neurotecnología comercial.
No estoy hablando
de las clínicas, esas están súper reguladas, no hay ningún problema, pero las
que están vendiendo dispositivos comerciales operan sin regulación, excepto en
pocos sitios en el mundo donde empieza a haber regulación. Pero, en general, no
hay ninguna regla.
Es un peligro
inminente y muy importante para la privacidad mental de las personas, porque te
pueden descifrar en principio desde la contraseña de tu cuenta del banco, las
palabras que conjuras en la mente cuando ves un chico guapo o una chica guapa,
lo que piensas de verdad cuando estás diciendo una cosa y pensando otra… o al
interrogar a prisioneros, por ejemplo, que no quieren hablar… ese tipo de cosas
empieza a ser viable. Tenemos que asegurarnos de que los datos neuronales estén
protegidos como el santuario de la mente.
-Explicaba que
“leer” el cerebro es mucho más fácil que “escribir” en él…
- Igual que ocurre
cuando aprendes un idioma extranjero, es mucho más fácil leerlo que hablarlo o
escribirlo. Igual pasa con el cerebro: las tecnologías de leer y descifrar van
muy por delante de las tecnologías como “tocar el piano”, las de manipular.
Es decir que, Así
como yo estoy muy preocupado por el desciframiento de la actividad mental con
dispositivos comerciales, la manipulación de la actividad mental, convertir a
la gente en marionetas, todavía no ocurre, está en el futuro, todavía faltan
años, no sé cuántos años faltan, pero las tecnologías que accedan al cerebro
desde fuera no tienen la precisión que tenemos nosotros con los ratones, que
podemos entrar dentro del cerebro y tocarles lo que queramos.
UN APERITIVO DEL
FUTURO
- ¿Cuáles son por
lo tanto en la actualidad las vías de ingreso al cerebro? Recientemente se
estrenó una serie televisiva en la que intrusan el cerebro de un militar
mediante nanopartículas administradas a través de un comprimido de un remedio.
¿Es esto posible ya?
-En la clínica y
en el laboratorio abrimos el cráneo y entramos, pero eso evidentemente no es
preocupante, de hecho, es bueno para poder ayudar a pacientes que tengan
epilepsia, tumores, u otras enfermedades.
En la población
general, ahora mismo, la única manera de acceder al cerebro y cambiar la
actividad es con estimulaciones eléctricas o magnéticas desde fuera. Y estos
son métodos que tienen muy poca resolución espacial y temporal. Son métodos muy
gruesos. Se están empezando a desarrollar cada vez mejor, pero no puedes
convertir a una persona en una marioneta.
Lo que sí se ha
hecho, utilizando estimuladores eléctricos, es aumentar la memoria a corto y a
medio plazo en un grupo de voluntarios para un estudio para intentar ayudar a
pacientes de Alzheimer. Hay un estudio en curso para utilizar estimulación
eléctrica del cerebro de pacientes con Alzheimer para aumentar su memoria, para
que recuperen la pérdida de memoria que tienen. En el experimento control que
se hizo con gente normal se descubrió que se les podía aumentar la memoria un
30%. No es mucho, pero es significativo. Y esto es un aperitivo de lo que
viene, que es la aumentación mental. Estas tecnologías cada día van a ser
mejores.
Esto es una ola
que sale de los laboratorios, que pasa por la clínica y que llega al mercado.
Antes o después habrá dispositivos que tendrán mucha más precisión, que nos
permitan aumentar nuestras actividades mentales y cognitivas. Desde la memoria,
la capacidad de decisión, incluso la percepción que tenemos. En vez de llevar
gafas físicas, lentes, pues igual tenemos una manera de estimular la corteza
visual para mejorar la visión que tengamos. Esto puede llevar a una carrera
social de aumentación cerebral.
-¿La factibilidad
de aumentar las capacidades cerebrales es otro de los dilemas que lo desvelan?
-Es un tema muy
importante. No es urgente, porque con excepción de este estudio de aumento de
la memoria -que es importante pero todavía no es una cosa muy gorda-, les
quedan a estas tecnologías todavía varios años.
Pero es algo en lo
que estoy trabajando ahora mismo. Después de diez años trabajando para proteger
la privacidad mental, ahora que lo estamos empezando a lograr en distintos
países, nuestra siguiente batalla es la aumentación mental. ¿Cómo regularla?
¿Quién decide qué persona se puede aumentar cerebralmente y cuál no cuando
llegue esta tecnología que permita aumentarnos a los seres humanos de una
manera que pueda incluso cambiar la esencia de quienes somos? Si tienes más
memoria, si puedes pensar de una mejor manera, si puedes tomar mejores
decisiones, si puedes tener mejores percepciones de la realidad ¿Quién decide?
¿Cómo se garantiza que esto no fracture a la sociedad en dos tipos de seres
humanos? Unos que vengan aumentados, que tengan acceso a estas tecnologías, por
cuestiones de clase social o que vivan en ciertos países, y otros que no lo
tengan. Porque queremos evitar esta fractura social es que estamos pensando y
trabajando con mucha intensidad sobre el tema de la aumentación mental.
-Además de la estimulación
neuronal profunda y los dispositivos externos que ha mencionado, ¿por ahora la
nanotecnología para controlar el cerebro no existe?
-De momento es
ciencia ficción. Nunca puedes decir que no va a ocurrir. Nunca decimos las
cosas de una manera tajante, pero actualmente yo trabajo precisamente en
nanopartículas. Me pillas precisamente en San Sebastián, España, trabajando en
un instituto de física para fabricar nanopartículas que se puedan inyectar en
una vena en pacientes que tengan ictus para poder estimularles las zonas
dañadas desde fuera del cráneo, para mejorar su recuperación. Es decir, como
una terapia para la recuperación de pacientes con ictus. Pero este tipo de
nanopartículas, que las conozco muy bien porque estoy trabajando con ellas, estimularlas
a través del cráneo no es una cosa fácil. Y no tienen una resolución como la
que tenemos en ratones para tocar el piano.
Es como aumentar
la actividad de una zona del cerebro, pero no de neuronas individuales a través
del cráneo. Esto no sé cómo lo vamos a hacer. Estamos intentando desarrollar
estos métodos para ayudar a pacientes. Imagínate a una persona con Alzheimer
aumentarle la memoria para recuperar su vida normal. O corregir el defecto de
un esquizofrénico, con los problemas que tenga, reconvertirlo en una persona
normal. Ese es nuestro sueño y estamos trabajando para eso.
Estamos
preocupados también porque estas tecnologías que todavía no hemos desarrollado
se regulen antes de que salgan del garaje.
¿CEREBROS
INMORTALES?
-¿Cuán factible será
lograr un cerebro inmortal?
-Como científico
no lo sé. Depende de cómo funcione el cerebro. Todavía no sabemos exactamente
cómo funciona. Si el cerebro funciona como una computadora digital, como los
circuitos integrados de los ordenadores, que son circuitos electrónicos que
tienen dos estados, los transistores. Si el cerebro funciona así, entonces la
respuesta es que sí, que se podrá simular el cerebro en una computadora,
replicarlo y pasar a una computadora la actividad de un cerebro y esa
computadora puede hacer una simulación del cerebro y puede continuar… Pero mi
sospecha es que el cerebro no es una computadora. Cuando hablamos del cerebro
utilizamos la analogía o la metáfora de una computadora porque es lo que
tenemos a mano. De hecho, los científicos llevan preocupados por entender el
cerebro desde hace siglos. En el siglo XVII las máquinas más complejas que
tenían los humanos eran los molinos de viento, que eran máquinas mecánicas con
muchas ruedas y torques. Por ejemplo, el filósofo Leibniz hablando de la mente
humana se imaginaba que era como un molino gigantesco con un montón de ruedas.
Después aparece la máquina de vapor y empieza a haber filósofos y científicos que
hablan del cerebro como si fuese una máquina de vapor donde sale humo por aquí
y por allá.
Después
desarrollan las computadoras. Y ahora de repente hablamos del cerebro como si
fuese una computadora. Es posible que sea una metáfora. Es posible que el cerebro,
como es un tejido orgánico, lo que llamamos computar no lo hace como una
computadora digital, lo hace de una manera orgánica, con toda la física y la
química que tiene dentro. Con los aminoácidos, con las proteínas, los
neurotransmisores, la sinapsis, todo el lío de cosas que tenemos. Se puede
imaginar como si fueran en realidad piezas de una computadora. En ese sentido,
si quieres hacer un cerebro inmortal lo que tienes que hacer es fabricarlo con
el mismo tejido, con el mismo hardware que tenemos. Eso es lo que podrías hacer
con ingeniería biológica, como clonación, fabricar otro animal. Si tú puedes
fabricar un animal igual al primero, serían gemelos univitelinos. Imagínate que
queremos que tu cerebro se mantenga en el tiempo y creamos una persona que
tenga exactamente el mismo cerebro que tengas tú. Será como si fuese tu gemelo,
pero no serías tú, sería otra persona. Desde ese punto de vista, la respuesta
es que no, no podríamos llegar a la inmortalidad del cerebro.
-La inteligencia
artificial ya nos ha puesto cara a cara frente a la incertidumbre sobre lo que
es real y lo que no, aunque todavía existen maneras de comprobarlo. Con la
tecnología que permite introducirse en el cerebro, en el pensamiento humano,
¿correremos el riesgo de perder por completo la perspectiva entre lo real y lo
que es generado o manipulado de manera artificial?
-Esta pregunta va
al centro de la cuestión de cómo funciona el cerebro. Ahora mismo no existe una
teoría general de cómo funciona el cerebro. Pero una de las teorías, que es
precisamente consistente con los descubrimientos que estamos haciendo nosotros,
es que el cerebro genera la realidad. Es una máquina de realidad virtual, es
decir que la realidad en la que vivimos no es real, está generada internamente.
Vivimos en un mundo fabricado. Esto es lo que propuso ya Platón y Kant. Muchos
filósofos han hablado de la posibilidad de que la vida es un sueño. No solo
filósofos, también escritores como Calderón de la Barca, Unamuno...
-Y lo que usted ha
denominado en su libro anterior “El cerebro, el teatro del mundo”.
- Vivimos en un
teatro, tenemos un teatro del mundo en la cabeza. Entonces desde ese punto de
vista, la inteligencia artificial puede intentar cambiarnos el mundo, pero lo
que tiene que hacer es intentar cambiarnos el teatro del mundo que tenemos en
la cabeza, porque esa es la realidad en la que vivimos. Esto es una idea que
sorprende a mucha gente, porque siempre pensamos que vivimos en el mundo, pero
en el libro este que has mencionado, que he publicado, explico cómo la
naturaleza ha fabricado esta máquina de realidad virtual que es el cerebro, que
es tan exacta que es prácticamente imposible que nos demos cuenta que el modelo
que tenemos del mundo es distinto del mundo. Solamente ciertos científicos,
ciertos psicólogos, filósofos como Kant o como Platón se dan cuenta de que hay
cosas que no encajan. Es posible que lo que hay fuera no sea exactamente lo que
vemos.
Yo creo que van
por ahí los tiros. Desde ese punto de vista, no me preocupa que la inteligencia
artificial nos manipule el modelo, nos haga vivir en una realidad distinta de
la realidad, porque yo creo que ya lo hacemos (risas).
-¿Cuáles son las
cinco propuestas básicas de neuroderechos y en qué instancia se encuentran
actualmente en el mundo?
-Abogamos por
cinco neuroderechos: la protección de la privacidad mental, para que el
contenido de la mente no pueda ser descifrado sin tu consentimiento; la
protección de la identidad personal, tu personalidad que no se pueda cambiar
desde fuera, tu “yo” es la continuidad de tu experiencia en el mundo, es algo
sagrado. El tercer neuroderecho es tu capacidad de decisión, tu libertad, tu
libre albedrío, que tú puedas tomar decisiones sin interferencia desde el
exterior, que tu cerebro actúe de una manera limpia, autónoma; y el cuarto es
precisamente el acceso equitativo a la neuro-aumentación, a la aumentación
mental, por esas razones que hemos mencionado; y el quinto es la protección en
contra de los sesgos y discriminaciones de la información que la neurotecnología
puede introducir en tu cerebro.
En los ratones
nosotros nos dimos cuenta que las imágenes que metíamos en el cerebro del
ratón, el ratón las interpretaba como si se las estuviera viendo él mismo, no
puede diferenciar entre lo que sale de su cerebro de lo que metes tú. Esto
significa que los problemas con información sesgada y discriminación son
muchísimo más importantes con neurotecnología porque retocas la esencia de lo
que piensa la persona, no lo que ve desde fuera, porque siempre que tenemos información
sesgada en redes sociales, en un periódico, en la radio, en la televisión,
sabes que viene de fuera, pero aquí no lo sabes, aquí piensas que es así.
Estamos en una
cruzada por estos neuroderechos en distintos países del mundo, incluida la
Argentina, donde ya he estado un par de veces, primero invitado por el gobierno
de Macri y por el Senado de la República, donde estuvimos hablando con
senadores de varios partidos políticos con un gran consenso, la posibilidad de
apoyar una ley, una enmienda constitucional parecida a la chilena, y
recientemente he estado también en comunicación con el senador Doñate de Río
Negro, que introdujo un anteproyecto de ley de neuroderechos en la Argentina.
Y ahora estoy
planeando mi siguiente vuelta a Argentina en diciembre próximo, como
coorganizador de un curso de verano sobre neurociencia que tendrá lugar en
Bariloche, donde vamos a hablar de neuroderechos. Se trata de un curso de dos
semanas, al que hemos llamado la “Escuela de Ciencia de la Patagonia”, que
realizaremos todos los veranos con el objetivo de enseñar a las nuevas
generaciones y ponerlas al día de todo lo que está ocurriendo, también desde el
punto de vista de preocupaciones éticas y sociales. Estamos buscando
financiación para el curso, queremos que sea abierto a estudiantes de Argentina
y de Latinoamérica y, si obtenemos financiación, podremos hacer que no tenga un
costo económico.