sábado, 9 de mayo de 2026

CURSO

 

CENTRO DE ESTUDIOS CÍVICOS

         “FABIELA MENEGHINI”

 

Curso

ANÁLISIS DE LAS IDEOLOGÍAS

Según el magisterio de la Iglesia

 

Queremos también alentar diversas iniciativas para difundir la doctrina social de la Iglesia, centrada en la dignidad del ser humano, la opción por los pobres y la justicia social.


Obispos de Córdoba, julio de 2025

 

Programa


Mayo 23: Autoridad política; concepto de ideología. Liberalismo.


Mayo 30: Comunismo; Fascismo.


Junio: 6:   Nacismo; Teología de la liberación.


Junio 13:  Nueva Era. Principios de la doctrina social de la Iglesia.

 

Documentos a comentar:


Libertas praestantissimum – Diuturnum illud - Octogesima adveniens - Divini Redemptoris – Non abbiamo bisogno - Mit brennender Sorge  -Libertatis nuntius - Jesucristo, portador de agua viva


Texto completo en: 

www.documentos-magisterio.blogspot.com

 

Las clases se dictarán los sábados indicados, de 10 a 12 horas, en la sede del Centro. El curso será gratuito, previa inscripción en: cecivicos@gmail.com


Quienes asistan a todas las clases, recibirán un Certificado.


Coordinador: Mario Meneghini

 

 

 

 

viernes, 8 de mayo de 2026

LIBERALISMO

 

LIBERTAS


Carta Encíclica del Sumo Pontífice León XIII -Acerca de la libertad humana- 20-6-1888

 

1.  La libertad, bien aventajadísimo de la naturaleza y propio únicamente de los que gozan de inteligencia o razón, da al hombre la dignidad de estar en manos de su propio arbitrio y tener la potestad de sus acciones; pero interesa en gran manera el modo con que se ha de ejercer semejante dignidad, porque del uso de la libertad se originan, así como bienes sumos, males también sumos. En manos del hombre está, en efecto, obedecer a la razón, seguir el bien moral, tender derechamente a su último fin; pero igualmente puede inclinarse a todo lo demás, y yendo tras apariencias engañosas de bien, perturbar el orden debido y correr a su perdición voluntariamente.

 

Jesucristo, libertador del linaje humano, restituyendo y aumentando la antigua dignidad de la naturaleza, ayudó muchísimo a la misma voluntad humana, y añadiéndole de una parte los auxilios de su gracia, y proponiéndole por otra la felicidad sempiterna en los cielos, la elevó a cosas mejores.

De semejante modo la Iglesia, porque oficio suyo es propagar por toda la duración de los siglos los beneficios que por Jesucristo adquirimos, ha merecido bien y merecerá bien siempre de don tan excelente de la naturaleza.

 

A pesar de esto, se encuentran no pocos que piensan que la Iglesia es obstáculo para la libertad del hombre; y la causa de que así piensen está en el perverso juicio que se forman de la libertad. Porque, o la adulteran en su noción misma,/ o con la opinión que de ella tienen la dilatan más de lo justo, /pretendiendo que alcanza a gran número de cosas, en las cuales, si se ha de juzgar rectamente, no puede ser libre el hombre.

 

3. El juicio de todos y el sentido común, que es voz certísima de la naturaleza, solamente en los que son capaces de inteligencia o de razón reconoce esta libertad, y en ella está la causa de ser tenido el hombre por verdadero autor de cuanto ejecuta. Y con razón, en efecto, porque cuando los demás animales se dejan llevar sólo de sus sentidos, y sólo por el impulso de la naturaleza buscan diligentísimamente lo que les aprovecha, y huyen de sus contrarios, el hombre tiene por guía a la razón en cada una de las acciones de su vida.


Pero la razón juzga, que de cuantos bienes hay sobre la tierra, todos y cada uno pueden ser y pueden igualmente no ser, /y juzgando, por lo mismo, que ninguno de ellos se ha de tomar necesariamente, /da poder y opción a la voluntad para elegir lo que quiera. Ahora bien; el hombre puede juzgar de la contingencia, como la llaman, de estos bienes como decíamos, a causa de tener un alma por naturaleza simple, espiritual, capaz de pensar, la cual, pues ésta es su naturaleza, /no trae su origen de las cosas corpóreas ni depende de ellas en su conservación, antes creada por Dios sin intermedio alguno, /y traspasando a larga distancia la condición común de los cuerpos, tiene un modo de vivir propio suyo /y un modo no menos propio de obrar, con lo cual, abarcando con el juicio las razones inmutables y necesarias de lo bueno y lo verdadero, conoce con evidencia no ser en manera alguna necesarios aquellos bienes particulares. /

Y así cuando se establece que el alma del hombre está libre de toda composición perecedera y goza de la facultad de pensar, juntamente se constituye con toda firmeza en su propio fundamento la libertad natural.

 

5. La libertad, pues, es propia como hemos dicho, de los que participan de inteligencia o razón, y mirada en sí misma no es otra cosa sino la facultad de elegir lo conveniente a nuestro propósito, ya que sólo es señor de sus actos el que tiene facultad de elegir una cosa entre muchas.

Ahora bien; como todo lo que se adopta con el fin de alcanzar alguna cosa tiene razón del bien que llamamos útil y este es por naturaleza acomodado para mover propiamente el apetito, por eso el libre albedrío es propio de la voluntad, o mejor, es la voluntad misma en cuanto tiene al obrar la facultad de elección. Pero de ningún modo se mueve la voluntad si no va delante iluminando a manera de antorcha, el conocimiento intelectual; es decir, que el bien apetecido por la voluntad es el bien precisamente en cuanto conocido por la razón.

Tanto más, cuanto en todos los actos de nuestra voluntad siempre antecede a la elección el juicio acerca de la verdad de los bienes propuestos y de cuál ha de anteponerse a los otros; y ningún hombre juicioso duda de que el juzgar es propio de la razón y no de la voluntad.

 

Con todo, puesto que una y otra facultad distan de ser perfectas, puede suceder, y sucede, en efecto, muchas veces, que el entendimiento propone a la voluntad lo que en realidad no es bueno, pero tiene varias apariencias de bien, y a ello se aplica la voluntad. /Pero, así como el poder errar y el errar de hecho es vicio que arguye un entendimiento no del todo perfecto, /así el abrazar un bien engañoso y fingido, por más que sea indicio de libre albedrío, como la enfermedad es indicio de vida, es, sin embargo, un defecto de la libertad.


Así también la voluntad, por lo mismo que depende de la razón, siempre que apetece algo /que de la recta razón se aparta, /inficiona en sus fundamentos viciosamente la libertad /y usa de ella perversamente. Y esta es la causa porque Dios, infinitamente perfecto, el cual por ser sumamente inteligente y la bondad por esencia es sumamente libre, en ninguna manera puede querer el mal de culpa, como tampoco lo pueden los bienaventurados del cielo, a causa de la contemplación del bien sumo.

Sabiamente advertían contra los Pelagianos SAN AGUSTÍN y otros que, si el poder declinar lo bueno fuese según la naturaleza y perfección de la libertad, entonces Dios, Jesucristo, los ángeles, los bienaventurados en todos los cuales no se da semejante poder, /o no serían libres, o lo serían con menor perfección que el hombre viador e imperfecto./ Acerca de esto tiene el DOCTOR ANGÉLICO largas y repetidas disertaciones, de donde se puede deducir y concluir que el poder pecar no es libertad, sino servidumbre.


Sobre las palabras de Cristo, Señor nuestro, el que comete el pecado es siervo del pecado, dice sutilísimamente: /cada cosa es aquello que según su naturaleza le conviene, por donde, cuando se mueve por cosa extraña, no obra según su propia naturaleza, sino por ajeno impulso, y esto es servil. Pero el hombre es racional por naturaleza. Cuando, pues, se mueve según razón, lo hace de propio movimiento y obra como quien es, cosa propia de la libertad; pero, cuando peca obra fuera de razón, y entonces se mueve como por impulso de otro, sujeto en confines ajenos; y por esto "el que hace el pecado es siervo del pecado". Con claridad bastante /vio esto la filosofía de los antiguos, singularmente los que enseñaban que sólo era libre el sabio; y es cosa averiguada que llamaban sabio a aquel cuyo modo de vivir era según la naturaleza, esto es, honesto y virtuoso.

 

6. Puesto que la libertad es en el hombre de tal condición, pedía ser fortificada con defensas y auxilios a propósito para dirigir al bien todos sus movimientos y apartarlos del mal; de otro modo hubiera sido gravemente dañoso al hombre el libre albedrío.

Y en primer lugar fue necesaria la ley, esto es, una norma de lo que había de hacerse y omitirse, la cual no puede darse propiamente en los animales, que obran forzados de la necesidad, como que todo lo hacen por instinto, ni de si mismos pueden obrar de otro modo alguno.

Esta ordenación de la razón es lo que se llama ley, por lo cual la razón de ser necesaria al hombre la ley ha de buscar primera y radicalmente en el mismo libre albedrío para que nuestras voluntades no discrepen con la recta razón. /Y no podría decirse ni pensarse mayor ni más perverso contrasentido que el pretender exceptuar de la ley al hombre,/ porque es de naturaleza libre; y si así fuera, se seguiría que es necesario para la libertad el no ajustarse a la razón, cuando, al contrario, es certísimo que el hombre, precisamente porque es libre, ha de estar sujeto a la ley,/la cual queda así constituida guía del hombre en el obrar, moviéndole a obrar bien con el aliciente del premio y alejándole del pecado con el terror del castigo.

 

Tal es la ley natural, primera entre todas, la cual está escrita y grabada en la mente de cada uno de los hombres, por ser la misma razón humana mandando obrar bien y vedando pecar. Pero esos mandatos de la humana razón no pueden tener fuerza de ley sino por ser voz e intérprete de otra razón más alta a que deben estar sometidos nuestro entendimiento y nuestra libertad.


Como que la fuerza de la ley, que está en imponer obligaciones y adjudicar derechos, se apoya del todo en la autoridad, esto es, en la potestad verdadera de establecer deberes, y conceder derechos, y dar sanción además, con premios y castigos, a lo ordenado; y es claro que nada de esto habría en el hombre, si se diera a sí mismo norma para las propias acciones, como su legislador.

Síguese pues, que la ley natural es la misma ley eterna, ingénita en las criaturas racionales, inclinándolas a las obras y fin debidos, como razón eterna que es de Dios, Creador y Gobernador del mundo universo.


7. Y lo dicho de Libertad en cada individuo fácilmente se aplica a los hombres unidos en sociedad civil; pues lo que en los primeros hace la razón y ley natural, eso mismo hace en los asociados la ley humana, promulgada para el bien común de los ciudadanos. De estas leyes humanas hay algunas cuyo objeto es lo que de su naturaleza es bueno o malo, y ordenan, con la sanción debida, seguir lo uno y huir de lo otro; pero este género de decretos no tienen su principio de la sociedad humana, porque ésta, así como no engendró a la naturaleza humana, tampoco crea el bien que le es conveniente, ni el mal que se le opone, sino más bien son anteriores a la misma sociedad, y proceden enteramente de la ley natural, y, por tanto, de la ley eterna.


Así que los preceptos de derecho natural, comprendidos en las leyes humanas, no tienen fuerza tan sólo de éstas, sino principalmente comprenden aquel imperio, mucho más alto y augusto, que proviene de la misma ley natural y eterna. En semejantes leyes apenas queda al legislador otro oficio que el de hacerlas cumplir a los ciudadanos organizando la administración pública de manera que, contenidos los perversos y viciosos, abracen lo que es justo, apartados del mal por el temor, o a lo menos, no sirvan de ofensa y daño a la sociedad.


Otras ordenaciones hay/ de la potestad civil que no dimanan del derecho natural inmediata y próximamente, sino remotamente y por modo indirecto, y ordenan varias cosas, a las cuales no ha provisto la naturaleza sino de un modo general y vago.

Por ejemplo, manda la naturaleza que los ciudadanos ayuden a la tranquilidad y prosperidad del Estado; pero hasta qué punto, de que modo y en qué cosas, /no es el derecho natural, sino la sabiduría humana quien lo determina; y en estas reglas peculiares de la vida, ordenadas prudentemente y propuestas por la legítima potestad, /es en donde se contiene propiamente la ley humana. La cual manda a los ciudadanos conspirar al fin que la comunidad se propone, y les prohíbe apartarse de el, y mientras sigue sumisa y se conforma con las proscripciones de la naturaleza, se guía para lo bueno y se aparta de lo malo.

 

8.  la libertad, no sólo de los particulares, sino de la comunidad y sociedad humana, no tiene absolutamente otra norma y regla que la ley eterna de Dios; y, si ha de tener nombre verdadero de libertad en la sociedad misma, no ha de consistir en hacer lo que a cada uno se le antoja, de donde resultaría grandísima confusión y turbulencias, opresoras al cabo de la sociedad; sino en que, por medio de las leyes civiles, pueda cada uno fácilmente vivir según los mandamientos de la ley eterna.


Y la libertad, en los que gobiernan, no está en que puedan mandar temeraria y antojadizamente, cosa no menos perversa que dañosa en sumo grado a la sociedad, antes bien, toda la fuerza de las leyes humanas ha de estar/ en que se las vea dimanar de la eterna, y no sancionar cosa alguna que no se contenga en esta como en principio universal de todo derecho.

 

9. También se ha manifestado siempre la grandísima fuerza de la Iglesia en guardar y defender la libertad civil v política de los pueblos. Y en esta materia no hay para qué enumerar los méritos de la Iglesia. Basta recordar, como trabajo y beneficio principalmente suyo, la abolición de la esclavitud, vergüenza antigua de todos los pueblos del gentilismo.

La igualdad ante la ley, la verdadera fraternidad de los hombres las afirmó Jesucristo el primero, de cuya voz fue eco la de los Apóstoles, que predicaban no haber ya judío, ni griego, ni escita, sino todos hermanos en Cristo.


10. Es, además, obligación muy verdadera la de prestar reverencia a la autoridad y obedecer con sumisión las leyes justas, quedando así los ciudadanos libres de la injusticia de los inicuos, gracias a la fuerza y vigilancia de la ley. La potestad legítima viene de Dios y el que resiste a la potestad resiste a la ordenación de Dios, con lo cual queda muy ennoblecida la obediencia, ya que ésta se presta a la más justa y elevada autoridad; pero cuando falta el derecho de mandar, o se manda algo contra la razón, contra le ley eterna, o los mandamientos divinos, es justo no obedecer a los hombres, se entiende, pero obedecer a Dios.

Cerrado así el paso a la tiranía, no lo absorberá todo el Estado, y quedarán salvos los derechos de los particulares, de la familia, de todos los miembros de la sociedad, dándose a todos, parte en la libertad verdadera, que está, como hemos demostrado, en poder cada uno vivir según las leyes y la recta razón.

 

LOS ERRORES DEL LIBERALISMO ACERCA DE LA LIBERTAD.

11. Si los que a cada paso disputan acerca de la libertad /entendieran la honesta y legítima como acabamos de describirla, /nadie osaría acusar a la Iglesia, de aquello que como suma injusticia propalan, de ser enemiga de la libertad de los individuos o de la sociedad; pero hay ya muchos imitadores de Lucifer, cuyo es aquel nefando grito: no serviré, que con nombre de libertad defienden una licencia absurda. Tales son los partidarios de ese sistema tan extendido y poderoso que, tomando nombre de la libertad, quieren ser llamados Liberales.


Grados:

25. …la especie peor del liberalismo consiste en rechazar por completo la suprema autoridad de Dios…tanto en la vida pública como en la vida privada.


26. La segunda clase: aquellos liberales q reconocen la necesidad de someterse a Dios, pero rechazan las normas de dogma y moral


27. Otros admiten la existencia de la Iglesia, pero afirman q solo le corresponde función rectora para quienes voluntariamente se le sujetan.

…..


Errores de católicos franceses


NOTRE CHARGE APOSTOLIQUE - San PIO X - Sobre los errores de "Le Sillon" (Surco) y la democracia

23               de agosto de 1910


Y en realidad de verdad "Le Sillon" enarbolo entre clases obreras el estandarte de Jesucristo, el signo de salvación para os individuos y las naciones, alimentando su actividad social en las fuentes de la gracia, imponiendo respeto de la Religión a las gentes menos favorables, acostumbrando a los ignorantes y a los impíos a oir hablar de Dios, y a menudo, en conferencias de controversia, ante un auditorio hostil, surgiendo, excitado por una pregunta o por un sarcasmo, para confesar su fe denodada y arrogantemente. Estos eran los buenos tiempos de "Le Sillon", este su lado bueno, que explica los alientos y las aprobaciones que ni el Episcopado ni la Santa Sede le regatearon, mientras este fervor religioso pudo velar el verdadero caracter del movimiento sillonista.


4. nuestras esperanzas se han visto en gran parte defraudadas. Llego un día en que "Le Sillon" descubrio para ojos perspicaces, algunas tendencias alarmantes. "Le Sillon" se extraviaba. ¿Podria suceder otra cosa? Sus fundadores, jóvenes, entusiastas y llenos de confianza en sí mismos, no estaban bastante pertrechados de ciencia histórica, de sana filosofia y de teología solida ni para afrontar sin peligro los difíciles problemas sociales y que los arrastraba a su actitud y su corazón, ni para precaverse, en el terreno de la doctrina y de la obediencia, contra las infiltraciones liberales y protestantes.

 

9 En efecto, "Le Sillon" se propone el mejoramiento y regeneración de las clases obreras. Mas sobre esta materia están ya fijados los principios de la doctrina católica, y ahí esta la historia de la civilización cristiana para atestiguar su bienhechora fecundidad. Nuestro Predecesor, de feliz memoria, los recordo en paginas magistrales, que los católicos aplicados a las cuestiones sociales deben estudiar y tener siempre presentes. El enseño especialmente que la democracia cristiana debe "mantener la diversidad de clases, propias ciertamente de una sociedad bien consituida, y querer para la sociedad humana aquella forma y condición que Dios, su Autor, le senalo" . Anatematizo una "cierta democracia cuya perversidad llega al extremo de atribuir a la sociedad las soberania del pueblo y procurar la supresión y nivelación de las clases".


(1) León XIII, Encíclica Graves de Communi, 18-1-1901.

 

10.Ya sabemos que se lisonjean (los sillonistas) de levantar la dignidad humana y la condición, harto menospreciada, de las clases trabajadoras; de procurar que sean justas y perfectas las leyes del trabajo y las relaciones entre el capital y los salarios, de reinar, en fin, sobre la tierra una justicia mejor y mayor caridad; y de promover en la humanidad, con movimientos sociales hondos y fecundos, un progreso inesperado. Nos, ciertamente, no vituperamos esos esfuerzos, que serian a todos visos excelentes si los sillonistas no olvidaran que el progreso de un ser consiste en vigorizar sus facultades naturales con nuevas fuerzas, y en facilitar el ejercicio de su actividad en los limites y leyes de su constitución; pero que si, al contrario, se hieren sus organos esenciales y se violan los limites de su actividad, se le empuja, no hacia el progreso, sino hacia la muerte. Esto es, sin embargo, lo que ellos quieren hacer de la sociedad humana; su sueño consiste en cambiar sus cimientos naturales y tradicionales y en prometer una ciudad futura edificada sobre otros principios que se atreven a declarar mas fecundos, mas beneficiosos que aquellos sobre los que descansa la actual sociedad cristiana.

 

11. No, Venerables Hermanos - es preciso reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquia social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificara la ciudad de modo distinto de como Dios la edifico; no se edificara la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no esta por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata mas que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopia malsana, de la rebeldia y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo (Ep 1,10 (restaurarlo todo en Cristo"))

 

21. Le Sillon coloca primordialmente la autoridad publica en el pueblo, del cual deriva inmediatamente a los gobernantes, de tal manera sin embargo, que continua residiendo en el pueblo. De esta manera la democracia es la única que inaugurara el reino de la perfecta justicia! ¿No es esto una injuria hecha a las restantes formas de gobierno, que quedan rebajadas de esta suerte al rango de gobiernos impotentes y peores? Pero, además, "Le Sillon" tropieza también en este punto con la enseñanza de León XIII. Habria podido leer en la encíclica ya citada sobre el poder politico que, "salvada la justicia, no esta prohibida a los pueblos la adopción de aquel sistema de gobierno que sea mas apto y conveniente a su manera de ser o a las instituciones y costumbres de sus mayores" (1) y la encíclica hace alusión a la triple forma de gobierno de todos conocida. Supone, pues, que la justicia es compatible con cada una de ellas. Y la encíclica sobre la condición de los obreros, ¿no afirma claramente la posibilidad de restaurar la justicia en las organizaciones actuales de la sociedad, al indicar los medios de esta restauracion? Ahora bien, sin duda alguna, León XIII hablaba no de una justicia cualquiera, sino de la justicia perfecta. Al enseñar, pues, que la justicia es compatible con las tres formas de gobierno conocidas, ensenaba que, en este aspecto, la democracia no goza de un privilegio especial. Los sillonistas, que pretenden lo contrario o bien rehusan oir a la Iglesia o bien se forman de la justicia y de la igualdad un concepto que no es católico.


(1) León XIII, Encíclica Diuturnud illud, 29-6-1881.

*****


Para quienes crean que, con el tiempo, la iglesia modificó su posición, recordemos otro documento 90 años después:

 

-Octogesima adveniens- Pablo VI, 1971

El cristiano que quiere vivir su fe en una acción

política, concebida como servicio, tampoco

puede adherirse sin contradicción sistemas

ideológicos que se oponen a su fe y a su concepción

 del hombre… (26)

ni a la

ideología marxista, a su materialismo ateo, a su

dialéctica de violencia …,

ni a la ideología liberal,

 que cree exaltar la libertad individual substrayéndola

a toda limitación, estimulándola con la

búsqueda exclusiva del interés y del poder,

 y considerando las solidaridades sociales

como consecuencias más o menos automáticas

 de iniciativas individuales y no ya como un fin

 y un criterio más elevado del valor de la

organización social. (p. 26)

***


Dudas sobre el capitalismo

Enc. Centesimus annus- Juan Pablo II, 1991

Un siglo después de la Libertas, 1888

 

42., ¿se puede decir quizá que, después del fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea el capitalismo, y que hacia él estén dirigidos los esfuerzos de los países que tratan de reconstruir su economía y su sociedad? ¿Es quizá éste el modelo que es necesario proponer a los países del Tercer Mundo, que buscan la vía del verdadero progreso económico y civil?

La respuesta obviamente es compleja.


*Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva,

aunque quizá sería más apropiado hablar de «economía de empresa», «economía de mercado», o simplemente de «economía libre».

 


*Pero si por «capitalismo» se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa.

 

La solución marxista ha fracasado, pero permanecen en el mundo fenómenos de marginación y explotación, especialmente en el Tercer Mundo, así como fenómenos de alienación humana, especialmente en los países más avanzados; contra tales fenómenos se alza con firmeza la voz de la Iglesia.

Ingentes muchedumbres viven aún en condiciones de gran miseria material y moral. El fracaso del sistema comunista en tantos países elimina ciertamente un obstáculo a la hora de afrontar de manera adecuada y realista estos problemas; pero eso no basta para resolverlos.


Es más, existe el riesgo de que se difunda una ideología radical de tipo capitalista, que rechaza incluso el tomarlos en consideración, porque a priori considera condenado al fracaso todo intento de afrontarlos y, de forma fideísta (al margen de la razón), confía su solución al libre desarrollo de las fuerzas de mercado.

 

 

 

COMUNISMO

 

DIVINI REDEMPTORIS

- Carta encíclica del Papa Pío XI - Sobre el comunismo ateo –

19 -3-1937

 

1.La promesa de un Redentor ilumina la primera página de la historia de la humanidad; por eso la segura esperanza de tiempos mejores alivió el pesar del paraíso perdido y acompañó al género humano en su atribulado camino, hasta que, cuando vino la plenitud de los tiempos, el Salvador del mundo, viniendo a la tierra, colmó la expectación e inauguró una nueva civilización universal, la civilización cristiana, inmensamente superior a la que hasta entonces trabajosamente había alcanzado el hombre en algunos pueblos más privilegiados.

 

2. Pero, como triste herencia del pecado original, quedó en el mundo la lucha entre el bien y el mal; y el antiguo tentador nunca ha desistido de engañar a la humanidad con falaces promesas. Por eso en el curso de los siglos se han ido sucediendo unas a otras las convulsiones hasta llegar a la revolución de nuestros días, desencadenada ya, /o que amenaza, puede decirse, / en todas partes y que supera en amplitud y violencia a cuanto hubo de sufrirse en las precedentes persecuciones contra la Iglesia.

Pueblos enteros están en peligro de caer de nuevo en una barbarie peor que aquella en que aun yacía la mayor parte del mundo al aparecer el Redentor.

 

3. Este peligro tan amenazador, es el comunismo bolchevique y ateo, que tiende a derrumbar el orden social y a socavar los fundamentos mismos de la civilización cristiana.

***

Los bolcheviques eran una facción dentro del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR), dirigida desde un principio por Lenin. Este grupo era contrapuesto a los mencheviques, dirigidos por Mártov.

La división se produjo en el Segundo Congreso del partido, celebrado entre Bruselas y Londres en 1903. Las tesis propuestas por Lenin fueron:

La lucha por la dictadura del proletariado como instrumento necesario de la revolución para avanzar hacia el socialismo.

La alianza de la clase obrera con el campesinado para derribar la autocracia rusa, llevar a término los objetivos democráticos de la revolución y enfrentar las vacilaciones y traiciones de la burguesía.

***

4. Frente a esta amenaza, la Iglesia católica no podía callar y no calló; su misión es la defensa de la verdad y de la justicia y de todos aquellos bienes eternos que el comunismo ateo desconoce y combate. Desde los tiempos en que algunos grupos intelectuales pretendieron liberar la civilización humana de las cadenas de la moral y de la religión, por lo que hace al comunismo, ya desde el 1846 Nuestro venerado Predecesor Pío IX, de s. m., pronunció una solemne condenación, confirmada después en el Syllabus, contra la nefanda doctrina del llamado comunismo, tan contraria al mismo derecho natural, la cual, una vez admitida, llevaría a la radical subversión de los derechos, bienes y propiedades de todos y aun de la misma sociedad humana.


 Más tarde, otro Predecesor Nuestros, León XIII, en la encíclica Quod Apostolici muneris, lo definía mortal pestilencia que serpentea por las más íntimas entrañas de la sociedad humana y conduce al peligro extremo de la ruina; y con clarividencia indicaba que el ateísmo de las masas populares en la época del tecnicismo, traía su origen de aquella filosofía, que de siglos atrás se afanaba por lograr que la ciencia y la vida se separasen de la fe y de la Iglesia.

8. El comunismo de hoy, de modo más acentuado que otros movimientos similares del pasado, contiene en sí una idea de falsa redención. Un seudo-ideal de justicia, de igualdad y de fraternidad en el trabajo, impregna toda su doctrina y toda su actividad con cierto falso misticismo que comunica a las masas, halagadas por falaces promesas, un ímpetu y entusiasmo contagiosos, especialmente en tiempos como los nuestros, en los que /a la defectuosa distribución de los bienes de este mundo / ha seguido una miseria, que no es la normal.

 

9. La doctrina, que el comunismo oculta bajo apariencias a veces tan seductoras, se funda hoy esencialmente en los principios del materialismo, llamado dialéctico e histórico, ya proclamados por Marx, y cuya única genuina interpretación pretenden poseer los teorizantes del bolchevismo. Esta doctrina enseña que no existe más que una sola realidad, la materia, con sus fuerzas ciegas: la planta, el animal, el hombre son el resultado de su evolución.

La misma sociedad humana no es sino una apariencia y una forma de la materia, que evoluciona del modo dicho, y que por ineludible necesidad tiende, en un perpetuo conflicto de fuerzas, hacia la síntesis final: una sociedad sin clases. En semejante doctrina es evidente que no queda ya lugar para la idea de Dios: no existe diferencia entre el espíritu y la materia, ni entre el cuerpo y el alma; ni sobrevive el alma a la muerte, ni por consiguiente puede haber esperanza alguna de otra vida. Insistiendo en el aspecto dialéctico de su materialismo, los comunistas sostienen que los hombres pueden acelerar el conflicto que ha de conducir al mundo hacia la síntesis final.

De ahí sus esfuerzos para hacer más agudos los antagonismos que surgen entre las diversas clases de la sociedad; la lucha de clases, con sus odios y destrucciones, toma el aspecto de una cruzada por el progreso de la humanidad. En cambio, todas las fuerzas, sean las que fueren, que se oponen a esas violencias sistemáticas, deben ser aniquiladas como enemigas del género humano.

 

10. El comunismo, además, despoja al hombre de su libertad, principio espiritual de su conducta moral, quita toda dignidad a la persona humana y todo freno moral contra el asalto de los estímulos ciegos. No reconoce al individuo, frente a la colectividad, ningún derecho natural de la personalidad humana, porque ésta, en la teoría comunista, es sólo una simple rueda engranada en el sistema. En las relaciones de los hombres entre sí, sostiene el principio de la absoluta igualdad, rechazando toda jerarquía y autoridad establecida por Dios, incluso la de los padres; todo eso que los hombres llaman autoridad y subordinación se deriva de la colectividad como de su primera y única fuente.

Ni concede a los individuos derecho alguno de propiedad sobre los bienes naturales y sobre los medios de producción, porque, al ser éstos una fuente de otros bienes, su posesión conduciría al predominio de un hombre sobre los demás. Por eso precisamente, por ser la fuente originaria de toda esclavitud económica, deberá ser destruida radicalmente tal forma de propiedad privada.

 

12.. El comunismo reconoce a la colectividad el derecho, o más bien, el arbitrio ilimitado de obligar a los individuos al trabajo colectivo, sin atender a su bienestar particular, aun contra su voluntad y hasta con la violencia. En esa sociedad, tanto la moral como el orden jurídico ya no serían sino una emanación del sistema económico de cada momento; es decir, de origen terreno, mudable y caduco. En una palabra: se pretende introducir una nueva época y una nueva civilización, fruto exclusivo de una evolución ciega -una humanidad sin Dios.

 

13. en aquella utópica sociedad no habrá diferencia alguna de clases, el Estado político, que ahora se concibe sólo como instrumento de la dominación de los capitalistas para esclavizar a los proletarios, perderá toda su razón de ser y "se disolverá"; pero hasta que no se realice aquella feliz condición, el Estado y el poder estatal es para el comunismo el medio más eficaz y universal de conseguir su fin.

 

16. conviene recordar que los trabajadores estaban ya preparados por el abandono religioso y moral en el que los había dejado la economía liberal. Con los turnos de trabajo, incluso el domingo, no se les daba tiempo ni aun para cumplir sus más graves deberes religiosos de los días festivos; Ya se recogen los frutos de errores tantas veces denunciados por Nuestros Predecesores y por Nos mismo; no cabe maravillarse de que, en un mundo, hace ya tiempo tan intensamente descristianizado, se propague, inundándolo todo, el error comunista.

 

25. Expuestos ya los errores y los medios violentos y engañosos del comunismo bolchevique y ateo, es hora ya, Venerables Hermanos, de oponerles brevemente la verdadera noción de la Civitas humana,

29.  Dios destinó al hombre para vivir en la sociedad civil, exigida por su propia naturaleza. En el plan del Creador, la sociedad es un medio natural que el hombre puede y debe usar para obtener su fin, pues la sociedad humana es para el hombre, y no al contrario. Lo cual no ha de entenderse en el sentido del liberalismo individualista, que subordina la sociedad al uso egoísta del individuo; sino sólo en el sentido de que, /por la unión orgánica con la sociedad,/se haga posible a todos, mediante la mutua colaboración, la realización de la verdadera felicidad terrena; además, que en la sociedad se desarrollan todas las cualidades individuales y sociales innatas en la naturaleza humana, las cuales, superando el interés inmediato del momento, reflejan en la sociedad la perfección divina, lo cual no puede verificarse en el hombre aislado.

Sólo -y no la colectividad en sí-, sólo el hombre, la persona humana, está dotado de razón y de voluntad moralmente libre.

 

31. Los principios directivos del orden económico-social fueron expuestos en la Encíclica social de León XIII sobre la cuestión obrera, y, adaptados a las exigencias de los tiempos presentes, en nuestra Encíclica Quadragesimo anno. /Ademas, insistiendo de nuevo en la doctrina secular de la Iglesia sobre el carácter individual y social de la propiedad privada, hemos precisado el derecho y la dignidad del trabajo, las relaciones de apoyo mutuo y de ayuda que deben existir entre los poseedores del capital y los trabajadores, el salario debido en estricta justicia al obrero, para sí y para su familia.

 

32. En la misma Encíclica demostramos que los medios para salvar al mundo actual de la triste ruina en que el liberalismo amoral lo ha hundido, no consisten ni en la lucha de clases ni en el terror, mucho menos aún en el abuso autocrático del poder estatal, /sino en la penetración de la justicia social y del sentimiento de la caridad cristiana en el orden económico y social. /Demostramos cómo debe restaurarse la verdadera prosperidad según los principios de un sano corporativismo que respete la debida jerarquía social, y cómo todas las corporaciones deben unirse en unidad armónica,

La misión más genuina y principal del poder público y civil consiste en promover eficazmente la armonía y la coordinación de todas las fuerzas sociales.

 

37. Fiel a estos principios, la Iglesia ha regenerado a la sociedad humana; bajo su influencia surgieron admirables obras de caridad, potentes gremios de artesanos y trabajadores de toda categoría, despreciados como algo medieval por el liberalismo del siglo pasado, pero que hoy son admiración de nuestros contemporáneos, que en muchos países tratan de restablecer siquiera en su idea fundamental.

Y cuando otras corrientes ponían obstáculos a la obra e impedían el influjo saludable de la Iglesia, ésta, siempre y hasta nuestros días, continuó amonestando a los extraviados. Baste recordar con qué firmeza, energía y constancia Nuestro predecesor León XIII reivindicó para el obrero el derecho de asociación que el liberalismo, dominante en los Estados más o menos poderosos, se empeñaba en negarle.

Y este influjo de la doctrina de la Iglesia es, aun en estos tiempos, más grande de lo que parece, porque grande y cierto, aunque invisible y difícil de calcular, es el predominio de las ideas sobre los hechos.

 

41. Como en los periodos más borrascosos de la historia de la Iglesia, así hoy todavía el remedio fundamental está en una sincera renovación de la vida privada y pública, según los principios del Evangelio, en todos aquellos que se glorían de pertenecer al redil de Cristo, para que sean verdaderamente la sal de la tierra que preserva a la sociedad humana de una corrupción total.

 

44. Y aquí queremos, Venerables Hermanos, insistir más particularmente sobre dos enseñanzas del Señor, que tienen especial conexión con las actuales condiciones del género humano: el desprendimiento de los bienes terrenos y el precepto de la caridad. Bienaventurados los pobres de espíritu, fueron las primeras palabras que salieron de los labios del Divino Maestro en su sermón de la montaña. /Y esta lección es más necesaria que nunca en estos tiempos de materialismo sediento de bienes y placeres de esta tierra. Todos los cristianos, ricos y pobres, deben tener siempre fija la mirada en el cielo, recordando que no tenemos aquí ciudad permanente, sino que vamos tras de la futura. Los ricos no deben poner su felicidad en las cosas de la tierra, ni enderezar sus mejores esfuerzos a conseguirlas, sino que, considerándose sólo como administradores que saben cómo han de dar cuenta al supremo Dueño, se sirvan de ellas como de preciosos medios que Dios les otorga para hacer el bien; y no dejen de distribuir a los pobres lo superfluo, según el precepto evangélico.

De lo contrario, se verificará en ellos y en sus riquezas la severa sentencia de Santiago apóstol: Ea, pues, ricos, llorad, levantad el grito en vista de las desdichas que han de sobreveniros. Podridos están vuestros bienes, y vuestras ropas han sido roídas por la polilla. El oro y la plata vuestra se han enmohecido; y el orín de estos metales dará testimonio contra vosotros, y devorará vuestras carnes como un fuego. Os habéis atesorado ira para los últimos días.

 

45. Pero también los pobres, a su vez, aunque se esfuercen, según las leyes de la caridad y de la justicia, por proveerse de lo necesario y aun por mejorar de condición, /deben también permanecer siempre pobres de espíritu, estimando más los bienes espirituales que los bienes y goces terrenos.

Recuerden, además, que nunca se conseguirá hacer desaparecer del mundo las miserias, los dolores, las tribulaciones a que están sujetos también los que exteriormente aparecen muy felices. Esperad también vosotros con paciencia y reanimad vuestros corazones, porque la venida del Señor está cerca. Sólo así se cumplirá la consoladora promesa del Señor: Bienaventurados los pobres. Y no es éste un consuelo y una promesa vana, como son las promesas de los comunistas, sino que son palabras de vida, que encierran una realidad suprema, palabras que se verifican plenamente aquí en la tierra y después en la eternidad.


Muchos son, de hecho, los pobres que en estas palabras y en la esperanza del reino de los cielos -proclamado ya propiedad suya, porque es vuestro el reino de Dios- hallan una felicidad que tantos ricos no encuentran en sus riquezas, siempre inquietos al estar atormentados porque desean tener aún más.

 

46. Todavía más importante para remediar el mal de que tratamos, o, por lo menos, más directamente ordenado a curarlo, es el precepto de la caridad. /Nos referimos a esa caridad cristiana, paciente y benigna, que evita toda apariencia de protección humillante y toda ostentación: esa caridad que desde los comienzos del Cristianismo ganó para Cristo a los más pobres entre los pobres, los esclavos: y damos las gracias a todos cuantos, en las obras de beneficencia, desde las Conferencias de San Vicente de Paul hasta las grandes y recientes organizaciones de asistencia social, han ejercitado y ejercitan las obras de misericordia corporal y espiritual.

Cuanto más experimenten en sí mismos los obreros y los pobres lo que el espíritu de amor, animado por la virtud de Cristo, hace por ellos, tanto más se despojarán del prejuicio de que el Cristianismo ha perdido su eficacia y que la Iglesia está de parte de quienes explotan su trabajo.

 

47. Pero cuando vemos, /por un lado, una muchedumbre de indigentes que, por causas ajenas a su voluntad, están realmente oprimidos por la miseria; y por otro lado, junto a ellos, tantos que se divierten inconsideradamente y gastan enormes sumas en cosas inútiles, /no podemos menos de reconocer con dolor que no sólo no es bien observada la justicia, sino que tampoco se ha profundizado lo suficiente en el precepto de la caridad cristiana, ni se vive conforme a él en la práctica cotidiana.

 

51. En efecto, además de la justicia conmutativa, existe la justicia social, que impone también deberes a los que ni patronos ni obreros se pueden sustraer. Y precisamente es propio de la justicia social el exigir de los individuos todo cuanto es necesario al bien común. Pero, así como en el organismo viviente no se provee al todo si no se da a cada parte y a cada miembro cuanto necesitan para ejercer sus funciones, así tampoco se puede proveer al organismo social y al bien de toda la sociedad si no se da a cada parte y a cada miembro, es decir, a los hombres dotados de la dignidad de persona, cuanto necesitan para cumplir sus funciones sociales.

La realización de la justicia social dará como fruto una intensa actividad de toda la vida económica desarrollada en la tranquilidad y en el orden, y se pondrá así de relieve la salud del cuerpo social, del mismo modo que la salud del cuerpo humano se reconoce en la actividad armónica, al mismo tiempo que plena y fructuosa, de todo el organismo.

 

58. Procurad, Venerables Hermanos, que los fieles no se dejen engañar. El comunismo es intrínsecamente perverso; y no se puede admitir que colaboren con él, en ningún terreno, quienes deseen salvar la civilización cristiana.

 

64. Para el trabajo formativo, urgente y necesario como nunca, y que debe preceder siempre a la acción directa y efectiva, servirán ciertamente los círculos de estudio, las semanas sociales, los cursos sistematizados de conferencias y todas las demás iniciativas aptas para dar a conocer la solución cristiana de los problemas sociales.


81. Y para apresurar la paz de Cristo en el reino de Cristo, por todos tan deseada, ponemos la gran acción de la Iglesia católica contra el comunismo ateo mundial bajo la égida del poderoso Protector de la Iglesia, San José. El pertenece a la clase obrera y él experimentó el peso de la pobreza en sí y en la Sagrada Familia, de la que era jefe solícito y amante; a él le fue confiado el divino Niño, cuando Herodes envió sus sicarios contra El.

Con una vida de absoluta fidelidad en el cumplimiento del deber cotidiano, ha dejado un ejemplo de vida a todos los que tienen que ganar el pan con el trabajo de sus manos, y mereció ser llamado el Justo, ejemplo viviente de la justicia cristiana que debe dominar en la vida social.