como instrumento de obediencia
Por Victorio
Pirilo
La Prensa,
13.08.2026
La duda deja de
ser una virtud cuando el poder consigue transformarla en culpa. Desde ese
momento, pensar deja de ser un ejercicio de libertad para convertirse en una
forma de obediencia; ya no es necesario encarcelar a los disidentes ni
clausurar cada voz incómoda; ese procedimiento pertenece a los autoritarismos
de otra época, el poder moderno perfeccionó el método: no prohíbe pensar,
simplemente establece qué conviene pensar y quien se aparta del guion deja de
ser un ciudadano que ejerce su libertad para convertirse en alguien sospechoso.
La censura
contemporánea tampoco necesita uniformes ni decretos, se disfraza de consenso,
de corrección moral, de responsabilidad institucional; pero existe algo todavía
más peligroso que el silencio impuesto: el silencio voluntario de una sociedad
que termina controlándose a sí misma mientras conserva la ilusión de ser libre.
Todo poder
necesita construir enemigos. Primero fueron los bárbaros, después los herejes y
más tarde los subversivos. Hoy alcanza con fabricar un adversario útil, alguien
sobre quien descargar toda la indignación colectiva, mientras la sociedad se
entretiene con el escándalo cuidadosamente elaborado, el poder real continúa
avanzando sobre la economía, la riqueza nacional, la justicia, la cultura y hasta
sobre la conciencia de los ciudadanos. La cortina de humo nunca fue un
accidente: demasiadas veces es una herramienta de gobierno.
Las crisis tampoco
son siempre producto del azar, algunas son administradas, otras amplificadas y
algunas incluso provocadas para generar el miedo necesario que permita
justificar decisiones que ya estaban tomadas.
El miedo es un
extraordinario arquitecto de la resignación; un pueblo atemorizado termina
aceptando aquello que, en circunstancias normales, jamás hubiera tolerado.
CONCENTRACIÓN DEL
PODER
Y entonces aparece
la gran ficción de nuestro tiempo: la ilusión de elegir. Al ciudadano se lo
invita a votar, opinar y discutir, pero casi siempre dentro de un territorio
previamente delimitado por quienes concentran poder económico, político y
comunicacional, se celebra una libertad que rara vez se pregunta quién fijó sus
límites. Cambian los candidatos, los discursos y las consignas; permanece,
demasiadas veces, el mismo mecanismo.
Es como un hámster
corriendo dentro de una rueda: se mueve permanentemente, se agota, cree
avanzar, pero continúa exactamente en el mismo lugar.
La mentira tampoco
necesita ya esconder la verdad, su objetivo es mucho más ambicioso:
sustituirla. Se multiplican las versiones, los relatos, las interpretaciones y
las verdades parciales hasta que la verdad termina convertida en una opinión
más, cuando finalmente aparece un dato imposible de refutar, ya nadie sabe
diferenciarlo de la propaganda. Ese es uno de los mayores triunfos del poder:
no lograr que todos crean en la misma mentira, sino conseguir que nadie sepa
dónde termina la mentira y comienza la verdad.
También las
palabras fueron confiscadas: libertad, democracia, república, justicia,
derechos: conceptos que alguna vez tuvieron un contenido preciso y que hoy son
utilizados, con demasiada frecuencia, como simples herramientas de propaganda.
Se pronuncian palabras nobles para justificar decisiones que contradicen
exactamente aquello que esas palabras representan.
Así, la obediencia
deja de presentarse como una imposición y comienza a parecer una elección
personal y el ciudadano termina defendiendo con entusiasmo las mismas
estructuras que reducen su dignidad y limitan sus posibilidades.
Durante más de
cuatro décadas, la Argentina padeció una degradación política persistente.
Gobiernos de signos diferentes prometieron refundaciones, cambios históricos y
nuevos comienzos, mientras administraban —con distintas formas y velocidades—
problemas que nunca terminaron de resolverse: concentración económica,
endeudamiento, dependencia y deterioro institucional. Cambiaron los nombres,
las banderas y las consignas; los privilegios de quienes nunca abandonaron los
espacios centrales del poder permanecieron.
Y aquello que
alguna vez pudo justificarse como excepcional, urgente o necesario, con el paso
del tiempo terminó mostrando su verdadero costo y, muchas veces, recibió el
juicio de la propia historia.
La usura y las
grandes empresas pueden desplazarse libremente por las fronteras, los pueblos,
en cambio, no siempre tienen esa posibilidad. La esclavitud no desapareció
completamente: cambió de forma, modificó su lenguaje y aprendió a presentarse
bajo nuevas denominaciones.
CONFORMISMO
La decadencia
nacional tampoco puede explicarse únicamente por la ineptitud de determinados
dirigentes. Existe una responsabilidad colectiva cuando una sociedad es
acostumbrada durante décadas a elegir administradores del fracaso en lugar de
exigir constructores de futuro. La política, que debería ser una herramienta de
transformación, terminó convirtiéndose demasiadas veces en una sofisticada
administración de la resignación.
El drama argentino
no consiste solamente en haber sido gobernado por dirigentes mediocres,
pendencieros o incapaces y lo verdaderamente preocupante es que esa mediocridad
haya dejado de provocar indignación.
Cuando un pueblo
se acostumbra al deterioro, cuando empieza a considerar inevitable la
degradación moral, intelectual y económica, el poder ya no necesita imponerse
mediante la fuerza, le alcanza con gobernar desde la costumbre; porque no
existe esclavitud más perfecta que aquella en la que los propios esclavos
agradecen las cadenas convencidos de que son alas.
A Winston
Churchill se le atribuye, aunque sin respaldo histórico confiable, una frase
según la cual la diferencia entre los seres humanos y los animales sería que
estos últimos nunca permitirían que el más estúpido de la manada los condujera.
La frase
probablemente no sea de Churchill. Pero más allá de su autoría, plantea una
pregunta incómoda.
¿Hasta qué punto
una sociedad es responsable de quienes la gobiernan?
Quizás allí se
encuentre una de las grandes tragedias argentinas de los últimos cincuenta
años: no solamente haber padecido malos gobiernos, sino haber llegado al punto
en que la mediocridad dejó de escandalizarnos y cuando una sociedad deja de
escandalizarse frente a su propia decadencia, la democracia puede seguir
funcionando formalmente, pero ya no necesariamente significa que el pueblo sea
quien decide. En la Argentina está plenamente probado un dilema planteado por
Aristófanes en su obra “Los Caballeros” que reza de la siguiente forma: “Solo
los peores llegan a los mejores cargos”.
Victorio Pirilo
Secretario general
del Sindicato de Trabajadores Municipales de Vicente López (StmVL)