pero el pacifismo católico lo agrava
Riccardo Cascioli
Brújula cotidiana,
19_06_2026
Con el inicio de
la guerra israelí-estadounidense contra Irán, en el mundo católico se ha
intensificado el debate en torno al tema de la llamada “guerra justa”, con
posturas que oscilan entre el pacifismo absoluto y la justificación de
cualquier guerra que se plantee en defensa de Occidente.
Pero es curioso
que en este debate cuesta mucho partir de las cuatro condiciones establecidas
por el Catecismo de la Iglesia Católica para una legítima defensa armada, que
son las únicas condiciones por las que una guerra puede justificarse, a saber:
“que el daño causado por el agresor a la
nación o a la comunidad de naciones sea duradero, grave y cierto; que todos los
demás medios para ponerle fin se hayan revelado impracticables o ineficaces;
que existan condiciones fundadas de éxito; que el recurso a las armas no
provoque males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar. En
la evaluación de esta condición tiene un peso enorme la potencia de los medios
modernos de destrucción”.
Más adelante
profundizaremos en el “justificacionismo”. En este artículo de hoy, en cambio, merece
la pena detenerse en la deriva pacifista que hoy, gracias también al
pontificado de Francisco, prevalece en la Iglesia y que, en sus formas más
radicales, pretendería condenar incluso la existencia de los ejércitos. Ya
hemos tenido ocasión de refutar, con el Magisterio, ciertas tesis expresadas,
por ejemplo, con motivo del desfile militar celebrado en Italia el pasado 2 de
junio.
Sin embargo, es
importante señalar un error que está en el origen de ciertas derivas y
malentendidos en torno a la cuestión de la guerra. El pacifismo, con su
pretensión de un mundo sin armas, sin agresores ni agredidos, fundado en la
mera voluntad del hombre, es una utopía que niega una realidad ineludible: el
pecado original. Efectivamente, porque la guerra es la consecuencia del pecado
contra Dios y, por lo tanto, como advierte la Constitución pastoral Gaudium
et Spes, “los hombres, en cuanto pecadores, están y estarán siempre bajo la
amenaza de la guerra hasta la venida de Cristo” (n.º 78). Por eso, la idea
de un mundo sin guerras o sin amenaza de guerras es una utopía peligrosa que
tal vez resulte comprensible en John Lennon, pero mucho menos cuando la
proclaman los pastores de la Iglesia.
El compromiso para
evitar las guerras o, mejor dicho, por la paz, es algo completamente diferente.
Pero significa una sola cosa: la conversión a Cristo. La paz —advierte el
Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia— “lejos de ser una construcción
humana, es un don divino supremo ofrecido a todos los hombres, que implica la
obediencia al plan de Dios” (n.º 489).
El pretexto que
muchos esgrimen es “el poder de los medios modernos de destrucción”, por
decirlo con palabras del Catecismo, para negar la mera posibilidad de
justificar una guerra. Así lo ha escrito también el Papa Francisco en la
encíclica Fratelli Tutti, afirmando que hoy “es muy difícil sostener los
criterios racionales madurados en otros siglos para hablar de una posible
‘guerra justa’”. Sin embargo, el Catecismo considera la existencia de las
armas de destrucción masiva como un elemento adicional de reflexión y prudencia
en torno a la decisión de intervenir militarmente para defenderse, y no, desde
luego, como la negación de la posibilidad de una legítima defensa.
El hecho de que
las situaciones contingentes cambian puede llevar a detallar aún más la
doctrina de la legítima defensa, pero no puede modificar sus criterios. Un
ejemplo de ello son las intervenciones al respecto de Juan Pablo II y Benedicto
XVI. El primero, teniendo en cuenta a principios de los años 90 del siglo
pasado las atrocidades que se estaban produciendo en la guerra en los Balcanes,
introdujo el concepto de “ingerencia humanitaria”, definiéndola como “un deber
y un derecho (…) para desarmar a quien quiere matar. Esto no es favorecer la
guerra, sino impedirla”.
Obviamente,
también este principio tiene sus condiciones, que Juan Pablo II aclaró en el
mensaje para la Jornada de la Paz del 1 de enero de 2000: las acciones para
desarmar al agresor “deben estar circunscritas en el tiempo y ser precisas en
sus objetivos, llevarse a cabo en pleno respeto del derecho internacional,
estar garantizadas por una autoridad reconocida a nivel supranacional y, en
cualquier caso, no dejarse nunca en manos de la mera lógica de las armas” (n.º
11). Posteriormente, Benedicto XVI, en su importante discurso ante la Asamblea
General de las Naciones Unidas del 18 de abril de 2008, retomó el concepto
refiriéndose a la “responsabilidad de proteger” (para un análisis más detallado
de este tema, véase La Bussola mensile n.º 29, abril de 2026). Por lo demás,
como explica también el Compendio de la Doctrina Social, “el derecho al uso de
la fuerza con fines de legítima defensa va unido al deber de proteger y ayudar
a las víctimas inocentes que no pueden defenderse de la agresión” (n.º 504).
Precisamente esta
precisión nos brinda la oportunidad de señalar un malentendido típico del
pacifismo, incluido el católico: a saber, la confusión o incluso la
equiparación entre el uso de la fuerza y la violencia. Son dos conceptos que
deben mantenerse bien diferenciados, porque el uso de la fuerza, en ciertos
casos, no solo es legítimo, sino incluso obligatorio (como ya se ha explicado
anteriormente), mientras que la violencia, la intención de destruir vidas
humanas o la indiferencia ante ello nunca son justificables. “La violencia es
mala, la violencia como solución a los problemas es inaceptable, la violencia
es indigna del hombre —decía Juan Pablo II durante su viaje a Irlanda en 1979—.
La violencia es una mentira, pues es contraria a la verdad de nuestra fe, a la
verdad de nuestra humanidad. La violencia destruye aquello que pretende
defender: la dignidad, la vida y la libertad de los seres humanos”.
Y esto también es
válido en tiempos de guerra, en los que hay que hacer todo lo posible para
garantizar lo antes posible las condiciones de la paz y en los que no se suspende
el derecho humanitario y —como subraya de nuevo la Gaudium et Spes— “no todo se
vuelve lícito entre los beligerantes cuando, por desgracia, la guerra ya ha
estallado” (n.º 79).
Por lo tanto, se
puede sostener sin duda alguna que la mayoría de las guerras actuales no son
justas; también cabe debatir si ciertas defensas de las fronteras nacionales
respetan realmente todas las condiciones para una auténtica legítima defensa.
Sin embargo, lo que es contrario a la visión católica es este pacifismo
imperante en la Iglesia que, por un lado, predica el desarme total (a ser
posible, unilateral) y, por otro, paradójicamente, acaba apoyando a regímenes
sanguinarios y violentos.
(continuará)