lunes, 16 de marzo de 2026

EL PAPA

 

es necesario fomentar la cohesión social y proteger a los más vulnerables

 

Thulio Fonseca - Ciudad del Vaticano

 

En la mañana de este viernes, 13 de marzo, el Papa León XIV recibió en audiencia a los miembros del Consejo Directivo de la Fundación Católica, junto con representantes de la Sociedad Católica de Seguros, agradeciéndoles su compromiso en favor de una presencia activa de los católicos en la sociedad italiana.

 

En su breve saludo, el Pontífice destacó la importancia de conocer y valorar la historia del movimiento católico en el país, recordando las iniciativas sociales surgidas a raíz de la encíclica Rerum novarum de León XIII, como cooperativas, cajas rurales y sociedades de ayuda mutua orientadas a la promoción de la justicia social.

 

León XIV también evocó la fundación, en 1896, de la Sociedad Católica de Seguros, en Verona, y destacó la labor más reciente de la Fundación Católica, especialmente junto a las comunidades y familias en situación de vulnerabilidad.

 

Formación y coherencia evangélica

El Papa animó a continuar con las iniciativas de formación para los jóvenes a través de itinerarios educativos, culturales y de participación, y mencionó la Academia para el Tercer Sector, organizada en colaboración con la Universidad Católica del Sagrado Corazón de Milán, con perspectivas de expansión a Roma.

 

Al final, el Santo Padre agradeció el apoyo al Festival de la Doctrina Social y a la Muestra sobre los Poetas Sociales, y exhortó a los presentes a mantener siempre el espíritu evangélico, para que haya coherencia entre los objetivos y los medios empleados. Encomendando a todos a la intercesión del Beato Giuseppe Toniolo, impartió su bendición apostólica a los participantes y a sus familias.

 

Historia

La Fundación Católica es una entidad filantrópica creada en 2006 por iniciativa de la Sociedad Católica de Seguros, fundada en Verona en 1896 como una histórica compañía de seguros italiana de inspiración católica, constituida como cooperativa para promover la solidaridad, la protección económica y el apoyo a las comunidades.

 

La Fundación tiene como objetivo apoyar proyectos sociales, educativos y culturales, especialmente en el ámbito del tercer sector, prestando especial atención a las personas, las familias y las comunidades en situación de mayor vulnerabilidad social.

LA VIDA PÚBLICA


 Más allá del templo

 

Carlos Anaya Moreno

CEO de Geo Enlace, empresa de Internet de las cosas desde el año de 2010; y fundador de la Unión de Servicios Solidarios-Banco de Tiempo (2018). Se desempeñó como director General del Registro Nacional de Población de 2004 a 2010. Actualmente, es cofundador de metododelcaso.org y miembro de “Laicos en la Vida Pública”. 

 

 

E-consulta Marzo 11, 2026

 

¿Alguna vez has sentido que tu fe se queda guardada en la banca del templo el lunes por la mañana?

 

Es una sensación común. Participamos en la misa dominical, escuchamos el Evangelio y rezamos, pero al salir a la vida cotidiana —al trabajo, a la política, a los debates sociales o incluso a los hospitales— parece que la fe queda en pausa. Sin embargo, la tradición cristiana afirma exactamente lo contrario.

 

Desde finales del siglo XIX, la Iglesia ha desarrollado una reflexión profunda sobre cómo el Evangelio puede iluminar la vida social. Esta reflexión se conoce como Doctrina Social de la Iglesia (DSI). No se trata de una ideología ni de un programa político, sino de una orientación moral que busca promover el bien común, la dignidad humana y la justicia social.

 

El documento que sintetiza esta tradición es el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, publicado por el Vaticano en 2004. Allí se afirma que la Iglesia ofrece principios para interpretar la realidad social a la luz del Evangelio y orientar la acción de los cristianos en el mundo.

 

En palabras del propio documento: “La doctrina social de la Iglesia pertenece al ámbito de la teología moral y tiene como finalidad interpretar las realidades sociales a la luz del Evangelio.” (Pontificio Consejo Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 72)

 

Si queremos comprender cómo la fe puede transformar la vida pública, conviene empezar por cuatro verdades fundamentales que la Doctrina Social propone.

 

1. La persona humana es el centro de todo (no solo de las iglesias)

En el corazón de la Doctrina Social de la Iglesia hay una afirmación radical: la persona humana es el centro de toda organización social. Esto significa que la economía, el Estado, las leyes y las instituciones no existen para sí mismas. Su razón de ser es servir a la persona humana.

 

El Compendio lo formula con claridad: “La persona humana es el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales.” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 106)

 

Esta afirmación tiene una fuerza revolucionaria. En muchos sistemas sociales modernos, las personas terminan subordinadas a la lógica de las instituciones: se vuelven números en estadísticas, clientes en bases de datos o recursos humanos en estructuras productivas. La Doctrina Social propone invertir esta lógica.

 

Cada persona tiene un valor único porque ha sido creada a imagen de Dios. El Concilio Vaticano II expresó esta convicción con una frase memorable: “El hombre es la única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma.” (Gaudium et Spes, 24)

 

Si tomamos esta idea en serio, las consecuencias son profundas. Significa que:

Las políticas públicas deben evaluar su impacto en la dignidad humana.

Las empresas deben poner a la persona antes que al beneficio.

Las tecnologías deben desarrollarse respetando la libertad y los derechos humanos.

En términos prácticos, esto implica repensar la forma en que organizamos nuestras ciudades, nuestros sistemas laborales y nuestras instituciones.

 

Por ejemplo, cuando una empresa adopta políticas de conciliación familiar, o cuando una ciudad diseña transporte público accesible para personas con discapacidad, se está aplicando este principio de la Doctrina Social.

 

2. La salud es un acto de solidaridad (no solo administración)

La dignidad humana se vuelve particularmente visible cuando una persona se encuentra enferma o vulnerable. La medicina moderna ha logrado avances extraordinarios en tecnología y tratamiento, pero también enfrenta un riesgo: convertir al paciente en un simple expediente médico.

 

La Doctrina Social de la Iglesia recuerda que la salud es antes que nada una relación humana de cuidado y solidaridad. San Juan Pablo II lo expresó de manera clara: “El respeto a la dignidad de la persona humana exige que el enfermo sea considerado siempre como sujeto y no como objeto.” (Juan Pablo II, Evangelium Vitae, n. 87). Esto significa que los sistemas de salud deben garantizar algo más que procedimientos técnicos.

 

La medicina humanizada implica:

Centralidad del paciente: El paciente no es un caso clínico sino una persona con historia, familia y dignidad.

Superación del tecnicismo: La tecnología médica es valiosa, pero no sustituye la relación humana entre médico y paciente.

Solidaridad social: El acceso a la salud es una responsabilidad colectiva.

El Papa Francisco ha recordado que el cuidado de los enfermos forma parte esencial de la misión social de la Iglesia: “La atención a los enfermos es una dimensión esencial de la misión de la Iglesia.” (Francisco, Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo, 2020)

 

En hospitales, clínicas y comunidades, miles de médicos, enfermeras y voluntarios viven diariamente este principio de solidaridad. Cuando un sistema sanitario pone al paciente en el centro, la medicina deja de ser una simple administración de recursos y se convierte en un acto de humanidad compartida.

 

3. Una economía que no se trata solo de dinero: El poder de las cooperativas

En el debate económico actual suele asumirse que el crecimiento del mercado es el indicador principal del progreso. Sin embargo, la Doctrina Social de la Iglesia propone una visión más amplia.

 

El Papa Pablo VI señaló en su encíclica Populorum Progressio: “El desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico desarrollo debe promover a todos los hombres y a todo el hombre.” (Populorum Progressio, 14)

 

El verdadero desarrollo incluye dimensiones humanas fundamentales:

Educación

Salud

Dignidad laboral

Participación social

En este contexto, las cooperativas representan un modelo económico particularmente interesante. Las cooperativas se basan en la participación democrática de sus miembros y en la distribución equitativa de beneficios. No buscan únicamente maximizar ganancias, sino fortalecer el bienestar comunitario.

 

El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia reconoce explícitamente su valor: “La experiencia cooperativa demuestra que es posible una economía basada en la participación y en la corresponsabilidad.” (Compendio DSI, n. 339)

 

Un ejemplo contemporáneo de esta lógica es el desarrollo de iniciativas comunitarias como cooperativas locales de producción, ahorro o servicios, donde los miembros participan en las decisiones económicas. Estas experiencias muestran que es posible construir economías más humanas, donde la cooperación sustituya la lógica de la competencia destructiva.

 

4. La política como forma de caridad

Quizá una de las ideas más sorprendentes de la Doctrina Social de la Iglesia es su visión de la política. En un contexto donde la política suele asociarse con corrupción, conflicto o lucha de poder, la Iglesia propone una perspectiva radicalmente distinta.

 

La política puede ser una forma de servicio al prójimo. El Papa Francisco lo expresó con claridad en la encíclica Fratelli Tutti: “La política es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común.” (Fratelli Tutti, 180)

 

Este concepto se conoce como caridad política. Significa que participar en la vida pública -votar, dialogar, promover leyes justas o trabajar por el bien común- puede ser una expresión concreta del amor cristiano.

 

El Compendio de la Doctrina Social subraya además que la participación ciudadana es esencial para la democracia: “La participación es uno de los pilares de todos los ordenamientos democráticos.” (Compendio DSI, n. 190)

 

Cuando los ciudadanos se involucran en la vida pública con espíritu de servicio, la política deja de ser una lucha de intereses y se convierte en una herramienta para construir justicia social.

 

Los cuatro pilares: un mapa para la acción

Para aplicar estos principios en la vida cotidiana, la Doctrina Social de la Iglesia se apoya en cuatro pilares fundamentales.

1. Dignidad humana: Reconoce el valor infinito de cada persona.

2. Bien común: Busca condiciones sociales que permitan el desarrollo de todos.

3. Solidaridad: Expresa el compromiso de trabajar por el bienestar colectivo.

4. Subsidiariedad: Promueve la participación activa de las comunidades en la organización social.

 

Estos principios no son abstractos. Funcionan como un mapa para orientar la acción de los cristianos en la vida pública.

 

Conclusión: Cuando el Evangelio sale a la calle

La fe cristiana no fue pensada para quedarse encerrada dentro de los templos. Jesús habló de justicia, de solidaridad, de cuidado de los pobres y de responsabilidad social. La Doctrina Social de la Iglesia recoge esa tradición y la aplica a los desafíos contemporáneos.

 

Cuando los cristianos viven su fe en la economía, en la política y en el servicio social, el Evangelio deja de ser un discurso y se convierte en una fuerza capaz de transformar la sociedad.

 

Al final, el verdadero impacto de la fe no se mide en la oración o en los ritos religiosos.

 

Se mide en algo mucho más concreto: En una sociedad donde la dignidad humana se vuelve una realidad cotidiana y donde nadie queda fuera.

¿HACIA DÓNDE IRÁ LA DERECHA?


Ernesto Bohoslavsky y Sergio Morresi exponen el recorrido histórico de las ramas liberal-conservadora y nacionalista-reaccionaria. Examinan desde sus tensas relaciones hasta su actual convergencia, que marcaría una nueva etapa.

 

Por Agustín De Beitia

La Prensa, 15.03.2026

 

Con el ascenso de las derechas en el mundo, tanto académicos como periodistas y analistas políticos pasaron del desconcierto inicial a un interés creciente por interpretar este fenómeno al que muchos siguen viendo como algo anómalo. En la Argentina son numerosos los títulos que se publicaron en los últimos años con la intención de examinar este evidente avance discursivo o electoral de la derecha, tanto a escala local como global.

 

La rebeldia se volvió de derecha, de Pablo Stefanoni, Está entre nosotros. ¿De dónde sale y hasta dónde puede llegar la extrema derecha que no vimos venir, de Pablo Seman o Desquiciados: los vertiginosos cambios que impulsa la extrema derecha, compilado por Alejandro Grimson, son títulos que hablan de un estupor. Con o sin ese pasmo, el renovado interés por el tema terminó por engrosar la bibliografía que ya existía desde décadas anteriores, proveniente del ámbito de la historia y de las ciencias sociales.

 

El historiador Ernesto Bohoslavsky y el politólogo Sergio Morresi, ambos profesores e investigadores del Conicet, consideraron entonces oportuno reconstruir la historia de las derechas con una obra que ofreciera una nueva síntesis de la bibliografía conocida. El resultado es Historia de las derechas en Argentina. De fines del siglo XIX a Milei (Fondo de Cultura Económica, 310 páginas). La obra repasa la historia argentina, centrando la mirada en la pluralidad de fuerzas que se manifestaron dentro de este sector, en sus transformaciones y estrategias de gravitación.

 

INTERROGANTES

 

Las preguntas que se plantean son interesantes: ¿desde cuándo existe la derecha en Argentina? ¿De cuántas derechas hablamos y qué significa ser de derecha? Pero también ¿por qué las derechas vuelven a ser una fuerza decisiva?

 

La primera dificultad que se les presenta, claro, es definir qué es ser de derechas y más todavía en nuestro país, donde hasta hace muy poco tiempo nadie osaba reivindicarse como tal.

 

Los autores admiten que en el mundo académico se viene buscando identificar cuáles son las ideas comunes, los rasgos, las actitudes, que identifican a este campo ideológico. Estos rasgos serían, para algunos, el mayor o menor apego a la religión; para otros, la creencia en el carácter natural o conveniente de las desigualdades; y para otros, una cierta mirada antropológica, resumen los autores.

 

Bohoslavsky y Morresi se decantan por considerar que el mínimo común que hay entre todas las fuerzas de derecha, aquello que las define, es su “rechazo” o “desconfianza” hacia la “igualdad y la inclusión en términos sociales, económicos o políticos". Una caracterización que resulta equívoca, porque asimila posturas que no son asimilables, pero que les sirve a ellos para navegar entre las discusiones alegando que el espacio ideológico donde conviven esas fuerzas sería como un campo magnético que atraería a los desiguales.

 

Bajo este supuesto, sostienen que en nuestro país hubo a lo largo de la historia, en esencia, dos grandes familias de derechas en tensión, la liberal-conservadora y la nacionalista-reaccionaria, cada una con sus subgrupos internos, que con Milei por primera vez "parecen haber abandonado su recíproca belicosidad y han unificado consignas".

 

Los autores observan, con razón, que en La Libertad Avanza "conviven ideas y prácticas que por muchas décadas eran consideradas incompatibles: libre mercado y antiglobalismo, nacionalismo conservador y alineamiento con Estados Unidos e Israel, antiestatismo y exaltación de las Fuerzas Armadas". Habría que reconocer a los autores que, ya solo por constatar estas paradojas -que son a la vez inexplicables e ineludibles- se acercan mucho a la perplejidad mayor que presenta hoy nuestra realidad y que no se atreven a afrontar ni siquiera los protagonistas.

 

"El tiempo dirá -advierten con prudencia- si estamos ante el final de la división en dos familias o si solo se trató de un breve idilio iniciado durante la pandemia del covid-19".

 

Para desembocar en esa constatación, rastrean los orígenes y el derrotero de estas dos familias. Y lo hacen remontándose hasta fines del siglo XIX, cuando se consolidó finalmente un orden político estable, después de décadas de conflicto interno, bajo el liderazgo de fuerzas políticas liberal-conservadoras.

 

El presupuesto desde el que parten es que la Argentina tuvo “de alguna manera muchas fundaciones”, empezando -dicen los autores- por 1810 con el primer gobierno criollo. Es importante señalar que no se consideran, así, los 300 años de historia transcurridos desde la fundación de Buenos Aires, ni el quiebre que significó la Revolución, ni nuestra ascendencia española, ni la tradición. Se interesan en cambio en otros “hitos fundaciones” hacia adelante hasta 1912 con la sanción de la ley Sáez-Peña que abrió el camino para ampliar el derecho al voto.

 

 

GRAMATICA LIBERAL

 

A partir de ese presupuesto señalan que, desde aquel “primer” hito “fundacional” de 1810 hasta 1916, se fue dando una “hegemonía de una gramática liberal”, según la cual “la Argentina nació liberal” y tendría un destino en esa línea ideológica, gramática que -dicen- no fue discutida. ¿Y por qué no?

 

Según los autores, porque ese liberalismo era un entramado de posturas diferentes, donde había algunos más proclives a la modernidad y otros a la tradición.

 

El argumento es que ni las élites argentinas tuvieron un afán reformista tan radical como en Chile, México o Colombia, ni debieron enfrentarse a un conservadurismo puro, en toda regla, porque la Iglesia católica no tenía tampoco la fortaleza suficiente para ponerle un freno a las autoridades republicanas.

 

Con este punto de partida, la tesis que sostienen para su primer período de estudio, que va de 1880 a 1916, es que hubo entonces “un liberalismo no tan liberal” o “no tan anticlerical”, precisamente por aquel entramado de intereses mencionado antes, que fue armonizado por el Partido Autonomista Nacional.

 

“No tan liberal” como pudo haber sido, parecen querer decir. Porque sí admiten que hubo reformas de alto impacto, como el matrimonio civil o la instrucción pública laica obligatoria, que valoran en forma positiva. Y, en paralelo con este liberalismo “no tan liberal”, hubo -según sostienen- un “Episcopado que tampoco fue tan duro” porque, durante el orden conservador, para unos y otros la preocupación era el desafío que planteaban “la cuestión obrera” y el radicalismo.

 

Cuando se produjo finalmente el auge del radicalismo en las primeras décadas del siglo pasado, en un contexto en que las fuerzas liberal-conservadoras ya no podían fidelizar a un electorado que se había ampliado, sobrevino el cimbronazo de la Primera Guerra Mundial y su impacto en el comercio. Fue entonces que “germinó” -dicen los autores- en el seno de esa “sociabilidad liberal-conservadora” una sensibilidad nacionalista-reaccionaria, disconforme primero con la calidad moral y política de la ciudadanía y luego con la experiencia republicana.

 

“Germinó” es la palabra que usan para aludir a una reacción nacionalista contra el orden conservador y contra el positivismo, que reivindicó a la Argentina concebida como inseparable del legado hispano-católico. Un legado que había fructificado en estas tierras durante 300 años -un período que todavía hoy es mayor al de toda nuestra vida independiente-, pero que los autores llaman “mito” fundador.

 

Como parte de esa reacción mencionan desde los Cursos de Cultura Católica (1922), que fueron un intento del mundo católico por influir en la cultura, hasta la Liga Patriótica Argentina (1919), dirigida por Manuel Carlés, fuerza paraestatal de choque, nacida tras la Semana Trágica para enfrentar el desorden y la agitación de trabajadores extranjeros, en un contexto de temor a una intentona soviética.

 

En esa reacción ubican también a un nacionalismo antiliberal, antidemocrático y antipopular que los autores ven como “la derecha más extrema”. En ese último sector mencionan al grupo que se nucleó en La Nueva República, donde estaba entre otros el historiador Julio Irazusta. De todas esas vertientes de desencanto con el régimen conservador se llega, según Bohoslavsky y Morresi, a la primera “tentación autoritaria” y a la dictadura de Uriburu.

 

ESTRATEGIAS

 

La travesía que proponen los autores -aun cuando está concebida para un paladar progresista-, es un sustrato que resulta auspicioso para ulteriores reflexiones.

 

Bohoslavsky y Morresi avanzan a lo largo de seis capítulos analizando estas dos corrientes, las ideas, debates, prácticas políticas y estrategias que utilizaron para afrontar la coyuntura nacional o global.

 

Después de repasar el orden conservador de 1880-1916, los autores se detienen en el período 1930-1943, marcado por el regreso del conservadurismo, el fraude y la corrupción, en un contexto de creciente impugnación que provenía del nacionalismo reaccionario, un sector contrario tanto a esa clase política dominante como al régimen liberal y republicano todo, al que consideraban necesario combatir con medidas extraordinarias.

 

Sobre ese auge nacionalista que, dicen, tuvo un proceso de popularización a mediados de los años treinta, sostienen que no llegó a traducirse en un éxito electoral en gran parte por su tendencia a la fragmentación. Pero afirman que sí dio lugar a un revisionismo histórico que trazó una filiación histórica “novedosa” al postular que hay un país auténtico y potente, sepultado bajo las instituciones liberales y republicanas. Y admiten que, si bien no logró muchos adherentes, a partir de fines de los años 50, y tras una serie de transmutaciones, llegó a trascender su esfera de influencia y “comenzó a formar parte del sentido común de una parte importante de la ciudadanía”.

 

El repaso histórico que proponen continúa, a la sombra de la Segunda Guerra Mundial, con el golpe del 43 y luego con “el terremoto” que significó el peronismo y sus oscilaciones a lo largo de los años, que cristalizó diferentes posturas en las derechas. Estas posturas van desde la oposición que encarnó la tradición liberal-conservadora, que consideró siempre al peronismo como “inadmisible”, hasta los matices que se manifestaron dentro de la familia nacionalista. Así, figuras como Ernesto Palacio se incorporarían al peronismo, mientras que otras como el padre Leonardo Castellani mantendría un “apoyo selectivo y crítico”, y otras como los hermanos Irazusta llevarían adelante críticas intransigentes.

 

El recorrido que ofrecen ambos profesores avanza por la Guerra Fría y muestran cómo el factor aglutinante de la política fue cambiando del antiperonismo al anticomunismo, sobre todo con el regreso a la presidencia de Perón.

 

Parecen sorprendidos al constatar que, en ese proceso, el gobierno peronista -“de forma paradójica”, dicen- fuera convergiendo ideológicamente con las voces del nacionalismo reaccionario que denunciaban la infiltración comunista y reclamaban medidas represivas. Algo “en lo que coincidían varios políticos radicales y liberal-conservadores”. Es muy notable el reconocimiento de que llegó a formarse una “coalición contrarrevolucionaria” que incluía a buena parte de la clase política.

 

Tras analizar el intento refundacional del Proceso militar y su crueldad, en los últimos capítulos se analizan los años de la vuelta a la democracia, del neoliberalismo (1983-2001), y del renacimiento de las derechas (2001-2023).

 

En coyunturas tan cambiantes, los autores del estudio señalan que las derechas, sin llegar a formar coaliciones estables o duraderas como en Chile, Colombia, Uruguay o México, oscilaron entre la tentación “purista” -el mantenimiento de sus principios innegociables, “aun cuando estos cambiaran con el tiempo”-, y la tentación “pragmática” para dar lugar a una “convergencia” que permitiera derrotar o contener a un enemigo compartido, aunque fuera de modo transitorio.

 

Ejemplos de “convergencia” serían las presidencias de Yrigoyen y los primeros meses de la dictadura de Uriburu (1928-1931), como así también el inicio de la Revolución Argentina (1966-1969) y el último proceso militar (1976-1978). Y, en menor medida, también sería expresión de una convergencia la que se produjo contra los gobiernos kirchneristas.

 

DEMOCRACIA

 

En ese contexto, se considera la relación irregular que las fuerzas de este campo ideológico tuvieron con la democracia, principalmente -dicen- por su propia fragmentación y por no forjar una alternativa perdurable. Lo que se tradujo en buena parte del siglo pasado en esfuerzos por “copar, condicionar o ingresar a gobiernos de partidos mayoritarios o promover dictaduras”. Pero admiten que esa relación irregular con la democracia lo fue, en ambas “familias”, por motivos diferentes.

 

En el caso de los nacionalistas, recelosos de comunistas y liberales por igual, los autores ven que muchas veces adoptaron esa actitud por su convicción de que se debe superar el régimen “demoliberal” y el pluralismo democrático al que consideran peligroso. En cambio, en el caso de los liberal-conservadores señalan que impulsaron estrategias no democráticas para imponer ideas que no tenían arraigo, y lo hicieron en nombre de la república o del crecimiento económico.

 

Esta dinámica irregular con la democracia, según observan, se rompió desde 1983. En el período posterior destacan el crecimiento de la Ucede, cuyos postulados ayudaron a moldear una mentalidad que impregnó toda la década siguiente. Y luego la creación del Pro, al que los autores ya se animan a calificar como la experiencia de derecha más “longeva” en muchos años, si bien admiten que en el presente su continuidad no está asegurada.

 

El Pro sería, según estos autores, la primera expresión, aunque germinal, de “un pueblo de derecha”, al que ven como posperonista más que antiperonista, microfragmentado y sin pertenencia de clase.

 

Lo que siguió a esa experiencia es la curiosa convergencia del presente entre las dos familias de la derecha, o lo que los autores denominan el “fusionismo”. Esta novedosa composición tiene, entre otras singularidades marcadas por los autores, una expresión juvenil, popular, surgida de las redes, orgullosa, chabacana, provocativa -tanto hacia la izquierda como hacia la derecha dominante-, encarnada sobre todo por los llamados “picantes del liberalismo”.

 

Lo que ven como novedoso en este fenómeno de la nueva derecha sería su pragmatismo, al que ven replicado en amplios sectores sociales, y que -a juicio de los investigadores- parece señalar el inicio de una etapa distinta a las anteriores. Esto es lo que abre el interrogante de hacia dónde irán las derechas y si asistimos al inicio de un proceso no ya de convivencia sino de integración.

 

Bohoslavsky y Morresi no responden esa pregunta, que es un poco prematura en este momento, aunque el creciente rumbo de divergencia entre Milei y Villarruel parece apuntar a lo contrario. Pero el recorrido histórico que proponen es muy interesante y deja otras preguntas abiertas. Por ejemplo: si la inclinación de los conservadores a sumarse a gobiernos de impronta liberal no ha impedido históricamente el crecimiento de la otra familia de la derecha, y si no hay otros factores que han pesado más que el sólo “purismo doctrinal” para explicar la falta de avance de este último sector.

 

Hacia el final del ensayo los autores se acercan a explorar esa posibilidad al mencionar dos interpretaciones sobre por qué las derechas no lograron imponer a sus líderes en elecciones abiertas: una es la fragmentación y la otra es la fortaleza de la élite económica para “controlar el juego”. Una élite -dicen- que comparte con la rama liberal “afinidades electivas”, y que “cumple el papel de una derecha no electoral”.

 

Tirar de este último hilo, ver hasta dónde llega en el exterior, obligaría a un replanteo mayor que ayudaría a entender muchas cosas, no sólo el presente sino incluso la desconfianza creciente de algunos sectores en el sistema.

 

En cualquier caso, la rareza de la alianza que sostiene a Milei se presenta en este ensayo como el punto de llegada, aunque bien podría suponerse que fue más bien el punto de largada “para imaginar otros caminos posibles”, como admiten explícitamente los autores.

domingo, 15 de marzo de 2026

CONFERENCIA

  El 5 de este mes, el Centro de Estudios Cívicos cumplió 45 años desde su fundación (5-3-1981). Continuamos tratando de cumplir con el objetivo: analizar la realidad argentina desde la perspectiva de la Doctrina Social de la Iglesia, deseando contribuir al logro del bien común de nuestra nación.

Una de las acciones es el Ciclo de Conferencias; el próximo martes 24, desde las 10 horas, y en nuestra sede, exprondrá Mario Meneghini sobre "Dilemas éticos de la guerra antisubversiva". Luego de la disertación, se abrirá el diálogo sobre el tema, siempre en un clima de respeto mutuo, intentando la mayor objetividad en las conclusiones.

Solicitamos a los interesados, avisar previamente su asistencia (cecivicos@gmail.com).