lunes, 2 de noviembre de 2026

BLACH BLOC


 grupo ideológico organizado mundialmente con el fin de vandalizar vs la revolución molecular disipada

 

Por Verónica Costales Cepeda 

Foro Patriotico, 01/11/2026

 

¿Qué es el Black Bloc?

El Black Bloc es un grupo ideológico organizado a nivel mundial cuyo método de acción es la vandalización durante protestas y manifestaciones.

 

Esta corriente surgió en los años 80 en Alemania Occidental y se extendió por toda Europa como una red de colectivos autonomistas que operaban en protestas contra desalojos de inmuebles ocupados, la energía atómica y la limitación de derechos.

 

Alcanzó proyección global durante las movilizaciones contra la Organización Mundial del Comercio (OMC) en Seattle en 1999, y desde entonces ha operado de forma coordinada en distintas protestas en Europa y América Latina.

 

Se articula en torno a tendencias anarquistas, anticapitalistas, antifascistas y autonomistas que rechazan a los partidos tradicionales, a las instituciones y a los modelos jerárquicos.

 

Quienes integran este grupo utilizan atuendo oscuro y ocultan su rostro con capuchas, bufandas o pasamontañas para resguardar su anonimato, evitar ser identificados por la justicia y actuar como un bloque compacto y homogéneo.

 

Operan sin voceros oficiales ni sedes públicas, organizados en células autónomas que se activan de manera concertada durante las marchas para ejecutar sus acciones.

 

Se colocan habitualmente al frente o al cierre de las manifestaciones para ejecutar acciones directas, que incluyen el levantamiento de barricadas, la destrucción y saqueo de bienes de grandes empresas como bancos, cadenas comerciales y franquicias, y la confrontación directa con los cuerpos de seguridad.

 

El marco estratégico: la Revolución Molecular Disipada

 

Para entender su alcance actual no basta con la táctica callejera del Black Bloc. Esta táctica se inscribe en un modelo estratégico más amplio conocido como Revolución Molecular Disipada (RMD).

 

Conceptualizada a partir de Félix Guattari y sistematizada en América Latina por el chileno Alexis López, la RMD plantea un nuevo modelo de acción revolucionaria horizontal.

 

Según esta doctrina, la desestabilización ya no se organiza en grandes movimientos centralizados con un líder visible, sino en múltiples núcleos dispersos o «moléculas» que actúan de manera simultánea y sin dirección única.

 

Es molecular porque los participantes son numerosos, heterogéneos y no responden a una jerarquía concreta. Es disipada porque normaliza de forma gradual y cotidiana disposiciones y conductas para alterar el estado de normalidad social del sistema dominante, hasta lograr que sea derogado y sustituido. Las protestas se coordinan, escalan en violencia y luego se dispersan, lo que impide hacer seguimiento y detener a los responsables.

 

Este esquema opera en tres fases:

 

1. Escalamiento: bloqueos, plantones y manifestaciones iniciales.

2. Copamiento: ataques a instituciones estratégicas, bancos, comercios y sedes policiales.

3. Saturación: multiplicación de focos de conflicto en distintas ciudades a la vez para desbordar la capacidad de respuesta del Estado y generar percepción de ingobernabilidad.

 

La unión de ambos modelos configura una estrategia híbrida que hemos visto en Otavalo, en Chile en 2019, en Colombia en 2021 y ahora en Europa: la técnica del Black Bloc – anonimato, confrontación directa y ataque simbólico – con el marco de la RMD – dispersión, saturación y caos planificado. A ello, según declaraciones oficiales en varios países, se suma en ocasiones la infiltración de criminalidad organizada transnacional que eleva el nivel de violencia.

 

En los sucesos agresivos acontecidos actualmente en Europa su accionar ha quedado evidenciado.

 

En Francia, durante las protestas del 17 de octubre de 2026, células del Black Bloc actuaron en París, Lille y Marsella, incendiando las oficinas del banco Qonto, saqueando un local de McDonald’s, destrozando oficinas de correos y protagonizando el intento de asalto al ayuntamiento histórico de Limoges con fuegos artificiales, morteros y un ariete de 200 kilos.

 

En Barcelona, este 24 de octubre de 2026, el fenómeno se ha replicado bajo la misma lógica molecular. Una concentración no autorizada de cerca de 600 jóvenes, la mayoría vestidos de negro y con el rostro cubierto, convocados por redes sociales bajo el lema «Institut Indignats» como espejo de las protestas francesas, derivó en graves disturbios en la plaza de Cataluña y el Portal de l’Àngel. Según el balance de la consellera de Interior Núria Parlon y el alcalde Jaume Collboni, los grupos levantaron barricadas con contenedores, papeleras y motos, quemaron mobiliario urbano, marquesinas de autobús y toldos de terrazas, y vandalizaron y saquearon 14 comercios del centro. Los Mossos d’Esquadra desplegaron furgones blindados y realizaron cerca de un centenar de detenciones, un 25% de ellas a menores de edad. El Ayuntamiento anunció que se los procesará judicialmente, ya que los hechos «no pueden quedar impunes».

 

Los hechos registrados en Francia y Barcelona no son episodios aislados de indignación juvenil, sino la materialización del binomio Black Bloc y Revolución Molecular Disipada. Confirman el patrón de una red ideológica que opera de forma descentralizada pero con el mismo objetivo en todo el mundo: instrumentalizar cualquier convocatoria social legítima – vivienda, costo de vida, trabajo – para imponer la violencia, el saqueo y la destrucción como método para quebrar el orden público y mostrar al Estado como incapaz.

 

Su vestimenta negra y el anonimato no son una simple medida de protección, sino una táctica deliberada para dificultar la acción policial y judicial, propia de la guerra irregular urbana. Lejos de fortalecer las demandas legítimas, su intervención desacredita las manifestaciones pacíficas, provoca una mayor represión, justifica la criminalización de la protesta y genera rechazo ciudadano, dejando como único resultado comercios destruidos, mobiliario quemado y un centenar de detenidos.

 

El desafío para los Estados radica en entender que ya no enfrentan una simple protesta, sino una nueva forma de conflicto asimétrico donde se diluyen las fronteras entre protesta política, subversión y vandalismo organizado.

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Black Bloc: grupo ideológico organizado mundialmente con el fin de vandalizar vs la revolución molecular disipada

 

Por Verónica Costales Cepeda | 01/11/2026

 

 

¿Qué es el Black Bloc?

 

El Black Bloc es un grupo ideológico organizado a nivel mundial cuyo método de acción es la vandalización durante protestas y manifestaciones.

 

Esta corriente surgió en los años 80 en Alemania Occidental y se extendió por toda Europa como una red de colectivos autonomistas que operaban en protestas contra desalojos de inmuebles ocupados, la energía atómica y la limitación de derechos.

 

Alcanzó proyección global durante las movilizaciones contra la Organización Mundial del Comercio (OMC) en Seattle en 1999, y desde entonces ha operado de forma coordinada en distintas protestas en Europa y América Latina.

 

Se articula en torno a tendencias anarquistas, anticapitalistas, antifascistas y autonomistas que rechazan a los partidos tradicionales, a las instituciones y a los modelos jerárquicos.

 

Quienes integran este grupo utilizan atuendo oscuro y ocultan su rostro con capuchas, bufandas o pasamontañas para resguardar su anonimato, evitar ser identificados por la justicia y actuar como un bloque compacto y homogéneo.

 

Operan sin voceros oficiales ni sedes públicas, organizados en células autónomas que se activan de manera concertada durante las marchas para ejecutar sus acciones.

 

Se colocan habitualmente al frente o al cierre de las manifestaciones para ejecutar acciones directas, que incluyen el levantamiento de barricadas, la destrucción y saqueo de bienes de grandes empresas como bancos, cadenas comerciales y franquicias, y la confrontación directa con los cuerpos de seguridad.

 

El marco estratégico: la Revolución Molecular Disipada

 

Para entender su alcance actual no basta con la táctica callejera del Black Bloc. Esta táctica se inscribe en un modelo estratégico más amplio conocido como Revolución Molecular Disipada (RMD).

 

Conceptualizada a partir de Félix Guattari y sistematizada en América Latina por el chileno Alexis López, la RMD plantea un nuevo modelo de acción revolucionaria horizontal.

 

Según esta doctrina, la desestabilización ya no se organiza en grandes movimientos centralizados con un líder visible, sino en múltiples núcleos dispersos o «moléculas» que actúan de manera simultánea y sin dirección única.

 

Es molecular porque los participantes son numerosos, heterogéneos y no responden a una jerarquía concreta. Es disipada porque normaliza de forma gradual y cotidiana disposiciones y conductas para alterar el estado de normalidad social del sistema dominante, hasta lograr que sea derogado y sustituido. Las protestas se coordinan, escalan en violencia y luego se dispersan, lo que impide hacer seguimiento y detener a los responsables.

 

Este esquema opera en tres fases:

 

1. Escalamiento: bloqueos, plantones y manifestaciones iniciales.

2. Copamiento: ataques a instituciones estratégicas, bancos, comercios y sedes policiales.

3. Saturación: multiplicación de focos de conflicto en distintas ciudades a la vez para desbordar la capacidad de respuesta del Estado y generar percepción de ingobernabilidad.

 

La unión de ambos modelos configura una estrategia híbrida que hemos visto en Otavalo, en Chile en 2019, en Colombia en 2021 y ahora en Europa: la técnica del Black Bloc – anonimato, confrontación directa y ataque simbólico – con el marco de la RMD – dispersión, saturación y caos planificado. A ello, según declaraciones oficiales en varios países, se suma en ocasiones la infiltración de criminalidad organizada transnacional que eleva el nivel de violencia.

 

En los sucesos agresivos acontecidos actualmente en Europa su accionar ha quedado evidenciado.

 

En Francia, durante las protestas del 17 de octubre de 2026, células del Black Bloc actuaron en París, Lille y Marsella, incendiando las oficinas del banco Qonto, saqueando un local de McDonald’s, destrozando oficinas de correos y protagonizando el intento de asalto al ayuntamiento histórico de Limoges con fuegos artificiales, morteros y un ariete de 200 kilos.

 

En Barcelona, este 24 de octubre de 2026, el fenómeno se ha replicado bajo la misma lógica molecular. Una concentración no autorizada de cerca de 600 jóvenes, la mayoría vestidos de negro y con el rostro cubierto, convocados por redes sociales bajo el lema «Institut Indignats» como espejo de las protestas francesas, derivó en graves disturbios en la plaza de Cataluña y el Portal de l’Àngel. Según el balance de la consellera de Interior Núria Parlon y el alcalde Jaume Collboni, los grupos levantaron barricadas con contenedores, papeleras y motos, quemaron mobiliario urbano, marquesinas de autobús y toldos de terrazas, y vandalizaron y saquearon 14 comercios del centro. Los Mossos d’Esquadra desplegaron furgones blindados y realizaron cerca de un centenar de detenciones, un 25% de ellas a menores de edad. El Ayuntamiento anunció que se los procesará judicialmente, ya que los hechos «no pueden quedar impunes».

 

Los hechos registrados en Francia y Barcelona no son episodios aislados de indignación juvenil, sino la materialización del binomio Black Bloc y Revolución Molecular Disipada. Confirman el patrón de una red ideológica que opera de forma descentralizada pero con el mismo objetivo en todo el mundo: instrumentalizar cualquier convocatoria social legítima – vivienda, costo de vida, trabajo – para imponer la violencia, el saqueo y la destrucción como método para quebrar el orden público y mostrar al Estado como incapaz.

 

Su vestimenta negra y el anonimato no son una simple medida de protección, sino una táctica deliberada para dificultar la acción policial y judicial, propia de la guerra irregular urbana. Lejos de fortalecer las demandas legítimas, su intervención desacredita las manifestaciones pacíficas, provoca una mayor represión, justifica la criminalización de la protesta y genera rechazo ciudadano, dejando como único resultado comercios destruidos, mobiliario quemado y un centenar de detenidos.

 

El desafío para los Estados radica en entender que ya no enfrentan una simple protesta, sino una nueva forma de conflicto asimétrico donde se diluyen las fronteras entre protesta política, subversión y vandalismo organizado.

lunes, 26 de octubre de 2026

LA ADVERTENCIA


 de Giovanni Reale sobre unas raíces que se silenciaron

 

Por Carlos Daniel Lasa *

La Prensa, 25.10.2026

 

Cuando la Unión Europea redactó su Constitución decidió no nombrar al cristianismo como una de sus principales raíces fundantes. Dos décadas después, desde Múnich, un funcionario norteamericano le recordó a Europa aquello que ella misma parecía haber olvidado (u omitido deliberadamente).

 

Hay libros que nacen de un debate concreto y terminan hablando de algo mucho más grande. Eso es lo que ocurre con Raíces culturales y espirituales de Europa, del filósofo italiano Giovanni Reale, catedrático de Historia de la Filosofía Antigua.

 

El disparador fue puntual: entre 2003 y 2004, mientras se redactaba el Tratado por el que se establecía una Constitución para Europa, un grupo de países -con Francia a la cabeza, fiel a su “tradición” laicista- se opuso a que el preámbulo mencionara explícitamente las “raíces cristianas” del continente, o siquiera a Dios.

 

El texto que finalmente se aprobó habló, en cambio, de una “herencia cultural, religiosa y humanista” genérica y desabrida: se nombró sin problema el legado helénico y romano, se mencionó la Ilustración, pero el cristianismo quedó disuelto en un adjetivo sin sustantivo propio.

 

Para Reale, esa omisión no fue un detalle diplomático. Fue un error histórico y filosófico de fondo, gravísimo, y el síntoma de algo más inquietante.

 

DOS RAICES, UN MISMO TRONCO

La tesis del libro es, en el fondo, sencilla de enunciar y profunda en sus consecuencias. Europa -sostiene Reale- tiene raíces culturales y raíces espirituales, y ninguna de las dos es negociable si se quiere entender qué es realmente este continente.

 

Las raíces culturales son filosóficas y nacen en Grecia: con Sócrates, con Platón, con siglos de pensamiento que Reale sintetiza con la precisión de quien lleva toda una vida estudiándolos. Las raíces espirituales, por su parte, son cristianas y aportan algo que ninguna otra tradición legó a Occidente con la misma fuerza: el concepto mismo de persona, con su dignidad irreductible, su interioridad, su valor por sí misma más allá de cualquier utilidad o función social.

 

De la unión de esas dos raíces -la razón griega y la fe cristiana- nace, para Reale, la identidad europea real. No la de los tratados comerciales ni la de las fronteras administrativas, sino la que se juega en lo verdaderamente radical (en el sentido etimológico de la palabra): aquello que está en la raíz.

 

Por eso el autor insiste en este punto: pensar a Europa solo en términos históricos o políticos es quedarse nadando en la superficie. Lo que sostiene al verdadero edificio no son los tratados, sino los pensadores imperecederos y la religión revelada que, durante dos milenios, modelaron el modo de ser europeo y su forma de entender al ser humano.

 

NEUTRALIDAD QUE NO ES NEUTRAL

Aquí está el nervio de la crítica de Reale a la Constitución europea. Cuando el preámbulo evita nombrar al cristianismo, no está siendo neutral: está tomando partido. Silenciar una raíz -argumenta- no es un acto de respeto hacia la pluralidad, sino una forma de amnesia que falsea la identidad real del continente. Sin el cristianismo no se explica el concepto europeo de persona, ni buena parte de su arte, ni su derecho, ni su filosofía moral, ni sus instituciones. Omitirlo en el documento que se suponía debía fundar políticamente a Europa no es, para Reale, un ejercicio de laicidad sino la imposición encubierta de un laicismo militante: el que trata a la religión como un asunto privado, casi vergonzante, sin lugar en el espacio público.

 

Además, Reale advierte sobre el riesgo que esto implica: una Europa que reniega de su propia memoria espiritual corre el peligro de construirse sobre una base puramente económico-burocrática, vacía de sentido, incapaz de generar la cohesión moral que toda unión política verdadera necesita para sostenerse en el tiempo.

 

VEINTE AÑOS DESPUES, EL ECO LLEGA DESDE MUNICH


La advertencia de Reale, escrita a mediados de la década de 2000, encontró una resonancia inesperada en febrero de 2026, cuando el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, subió al atril de la Conferencia de Seguridad de Múnich y le habló a Europa en términos que parecían tomados directamente del libro. “Somos parte de una civilización, la occidental -dijo-. Estamos unidos por los vínculos más hondos que cualquier nación podría compartir, fraguado a lo largo de siglos de historia, fe cristiana, cultura, legado, idiomas y linaje compartidos.” Y agregó, en el mismo tono de recordatorio histórico: “Fue aquí, en Europa, donde se plantaron las semillas de la libertad que cambiaron el mundo”.

 

No es casual que un funcionario estadounidense tuviera que ir al suelo alemán a decir en voz alta lo que la propia Constitución europea había preferido callar dos décadas antes. Rubio subrayó la importancia de la fe cristiana y mostró los signos que manifiestan el vacío identitario que atraviesa a las sociedades occidentales desde otros frentes. Habló de “una visión dogmática de comercio libre y sin restricciones” que debilitó las economías europeas y sus cadenas de producción. Y fue más lejos todavía al referirse a la inmigración masiva: “No era ni es una preocupación limítrofe con un impacto nimio -advirtió-. Era y sigue siendo una crisis que está transformando y debilitando todas las sociedades occidentales.” Finalmente, formuló un llamado que bien podría haber firmado el propio Reale: despertar a una Europa “orgullosa de su legado e historia”, con la voluntad de recuperar la libertad que la vio nacer.

 

El paralelismo es elocuente. Donde Reale hablaba de amnesia filosófica -de una identidad que se falsea al silenciar su propia raíz-, Rubio describe, dos décadas más tarde, las consecuencias prácticas de ese olvido: una Europa que subordinó su cohesión cultural a un dogma económico. Una Europa que dejó pasar transformaciones demográficas y sociales de fondo sin nombrarlas, del mismo modo que antes había silenciado a su propio fundamento espiritual.

 

Es el mismo diagnóstico, contado desde dos disciplinas distintas: la filosofía y la geopolítica llegan, por caminos separados, al mismo punto de alarma.

 

LAS PREGUNTAS QUE QUEDAN ABIERTAS

De esta doble advertencia -la del filósofo y la del diplomático- se desprenden interrogantes que hoy resultan más urgentes que en 2004. ¿Puede la materia en la que está basada Europa -su bienestar, su mercado, su burocracia- vencer a un espíritu compacto como el que representa el Islam? ¿Dónde se pone la unidad dentro de una Europa que cultiva un liberalismo político y cultural, y que asume, como principio, la relativización de todos los valores? ¿Puede un hombre, individual o colectivo, edificarse como tal negando las raíces constitutivas de su propio ser?

 

Son preguntas incómodas, y ni Reale ni Rubio pretenden cerrarlas con una respuesta única. Sin embargo, ambos las dejan resonando como una misma advertencia, formulada desde Roma y desde Múnich con veinte años de distancia: “¿Hacia dónde vas, Europa? ¿No estás poniendo ya las bases de tu propia autodestrucción al vaciarte de aquello que te dio forma?”

 

Porque si así fuera, el Islam no tendría que conquistar nada: le bastaría con encontrar, del otro lado, una civilización sin resistencia ni identidad, sin memoria ni horizonte.

Europa: alea iacta est!

 

* Doctor en Filosofía de la Universidad Católica de Córdoba.

 

 

viernes, 23 de octubre de 2026

BRASIL Y ARGENTINA

 

 ante el desorden mundial

 

Por Gabriel Camilli

La Prensa, 20.10.2026

 

La transformación del orden internacional exige que la Argentina y Brasil revisen el lugar que ocupan en el mundo y, sobre todo, las capacidades que necesitan desarrollar para defender sus intereses. Esta fue una de las ideas centrales que expuse en el 1° Simposio de Geopolítica, Seguridad y Conflictos, realizado el 14 de octubre en el auditorio Interlegis del Senado Federal, en Brasilia, organizado por el Instituto de Altos Estudios de Geopolítica, Seguridad y Conflictos (GSEC) y la Associação dos Delegados de Polícia do Brasil (Adepol-BR).

 

Como presidente del Instituto ELEVAN y único expositor extranjero invitado, presenté mis diez tesis sobre los desafíos estratégicos de América del Sur. El punto de partida es que atravesamos una etapa de competencia entre grandes potencias, reconfiguración de alianzas y disputa por recursos, tecnologías y espacios de influencia. En este escenario, la autonomía de nuestros países no puede reducirse a una declaración diplomática: requiere una visión común y capacidades concretas para sostener decisiones propias.

 

No se trata de promover un aislamiento regional ni de sustituir una dependencia por otra. Se trata de evitar que la falta de alternativas económicas, tecnológicas, industriales o militares limite nuestra libertad de acción. La pregunta decisiva es si América del Sur será capaz de actuar como sujeto estratégico o continuará respondiendo a prioridades definidas fuera de la región.

 

LA AUTONOMIA COMO CONDICION DE UNA POLITICA PROPIA

Durante el panel en el que expuse, el periodista Breno Altman coincidió con el diagnóstico general y subrayó una cuestión de fondo: las diez tesis planteadas difícilmente puedan concretarse si América del Sur no supera su relación de dependencia y su condición subordinada frente a Estados Unidos. Su intervención introdujo un debate necesario sobre la soberanía regional y la capacidad de nuestros países para establecer sus propias prioridades.

 

La discusión no debe interpretarse como una invitación a convertir la relación con Washington en una confrontación permanente. La cuestión es más profunda: ningún país puede sostener una política exterior autónoma si carece de alternativas, depende de proveedores únicos para sus necesidades esenciales o no dispone de una base productiva capaz de respaldar sus decisiones. La autonomía exige diversificar relaciones, fortalecer las instituciones regionales y desarrollar instrumentos propios.

 

En este marco, la Argentina y Brasil ocupan una posición singular. Por su dimensión territorial, sus recursos, sus capacidades científicas y sus estructuras productivas, pueden impulsar una cooperación que trascienda los intercambios comerciales. Pero para ello necesitan continuidad política, objetivos compartidos y una evaluación realista de sus vulnerabilidades.

 

IA Y SISTEMA DE ARMAS AUTOCTONOS

Otro aporte significativo del simposio fue el tratamiento de la inteligencia artificial y los sistemas de armas autónomos letales, conocidos internacionalmente como LAWS. María Cecilia Cavalcante y Andrea Catani Carbone, representantes del Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil, abordaron esta problemática y la posición brasileña en las discusiones multilaterales desarrolladas en el marco de la Convención sobre Ciertas Armas Convencionales.

 

La cuestión tiene implicaciones que van más allá de la innovación tecnológica. La incorporación de inteligencia artificial a los sistemas militares plantea interrogantes sobre el control humano del uso de la fuerza, la responsabilidad por las decisiones, el cumplimiento del derecho internacional humanitario y los riesgos de una aceleración de la competencia armamentística.

 

Aquí existe una oportunidad para la cooperación entre la Argentina y Brasil. Ambos países podrían profundizar consultas diplomáticas, intercambios científicos y análisis conjuntos sobre los efectos de estas tecnologías, así como coordinar posiciones en los foros internacionales. El objetivo debería ser contribuir a que el desarrollo tecnológico no elimine la responsabilidad humana ni debilite las normas que regulan los conflictos armados.

 

La experiencia de cooperación nuclear argentino-brasileña constituye un antecedente valioso. Demostró que dos países pueden construir confianza mutua, mecanismos institucionales y capacidades tecnológicas en un ámbito sensible, sin renunciar a sus intereses nacionales. No se trata de trasladar mecánicamente ese modelo a otro campo, sino de recuperar su principal enseñanza: la cooperación sostenida puede convertir una cuestión potencialmente conflictiva en una oportunidad estratégica.

 

TIERRAS RARAS: DE LOS RECURSOS NATURALES A LA CAPACIDAD INDUSTRIAL

La dimensión económica e industrial de la autonomía apareció también en la presentación de Albert Caballé Marimón, del Instituto GSEC, titulada Tierras raras: oportunidad estratégica para Brasil. Su exposición puso de relieve un problema fundamental: disponer de recursos naturales no equivale a dominar las tecnologías necesarias para transformarlos en productos de alto valor agregado.

 

Las tierras raras son insumos relevantes para la electrónica, los motores eléctricos, las energías renovables, los sensores, los radares y diversas aplicaciones aeroespaciales y de defensa. Sin embargo, el desafío no termina en la extracción minera. La separación, el refinado, la producción de materiales y aleaciones y la fabricación de componentes son etapas esenciales de una cadena industrial que permanece concentrada en pocos países.

 

La experiencia brasileña presentada por Caballé Marimón ilustra la distancia que puede existir entre una importante riqueza geológica y la capacidad de convertirla en autonomía tecnológica. Un país puede disponer de minerales estratégicos y, aun así, depender del exterior para procesarlos y fabricar los componentes que necesita. Exportar recursos sin desarrollar las etapas industriales posteriores puede perpetuar esa vulnerabilidad.

 

Este planteo abre una línea de trabajo de interés para la Argentina y Brasil. La cooperación podría explorar proyectos de investigación, formación de especialistas, procesamiento de minerales críticos, desarrollo de materiales avanzados y aplicaciones industriales, siempre sobre la base de estudios de viabilidad, capacidades existentes y beneficios recíprocos. No significa que ambos países deban producirlo todo ni que cada proyecto tenga que ser binacional. Significa identificar dónde la complementación puede reducir dependencias y generar conocimiento, empleo y valor agregado en la región.

 

La cuestión de las tierras raras conecta así la política industrial con la defensa y la seguridad. La autonomía no depende únicamente de disponer de recursos o adquirir sistemas de armas, sino también de contar con conocimientos, proveedores, infraestructura y capacidad de mantenimiento y producción. Sin esa base, las decisiones estratégicas quedan condicionadas por cadenas de suministro externas.

 

DE LAS COINCIDENCIAS A UNA AGENDA COMUN

Los debates del simposio permitieron observar distintas dimensiones de un mismo problema. La discusión sobre la dependencia regional, el futuro de las armas autónomas y la importancia de los minerales críticos conduce a una conclusión compartida: la soberanía necesita instrumentos materiales, científicos, industriales y diplomáticos que la hagan efectiva.

 

Para la Argentina y Brasil, esto supone recuperar una perspectiva estratégica de largo plazo. La cooperación debe identificar prioridades concretas, establecer mecanismos de coordinación y sostener proyectos más allá de los cambios de gobierno. La investigación científica, la industria, la formación de recursos humanos, la seguridad de las cadenas de suministro y la coordinación internacional son ámbitos en los que el trabajo conjunto puede producir resultados.

 

Ninguna alianza elimina las diferencias de intereses ni garantiza por sí sola el éxito. Pero la ausencia de cooperación puede dejar a ambos países más expuestos a decisiones externas y a una competencia tecnológica en la que otros actores cuentan con mayores escalas de producción e inversión.

 

Las diez tesis que presenté parten de esa preocupación: América del Sur necesita comprender el cambio del escenario internacional y actuar en consecuencia. No basta con describir el desorden mundial ni con reivindicar una autonomía abstracta. Hay que construirla mediante instituciones confiables, capacidades industriales, conocimiento propio y acuerdos regionales sostenidos. La Argentina y Brasil tienen la oportunidad de transformar su proximidad geográfica y sus intereses compartidos en una herramienta estratégica. El desafío consiste en pasar de las declaraciones a los proyectos, y de los recursos disponibles a las capacidades efectivas. En un mundo donde la tecnología, la industria y la seguridad están cada vez más vinculadas, la autonomía no se proclama: se construye.

 

Gabriel Camilli

Cnl My (R) - Director del Instituto ELEVAN.­

jueves, 22 de octubre de 2026

ADHESIÓN

 El Centro de Estudios Cívicos, de Córdoba, desea adherir a la iniciativa del Instituto de Filosofía Práctica, que publicamos a continuación. Desde hace  45 años procuramos contribuir a la difusión y defensa de la identidad nacional.


Dr. Mario Meneghini

Director 

DNI 6.519.656

 

www.foroazulyblanco.blogspot.com

foroazulyblanco@gmail.com



PENSAR LA ARGENTINA

UNA TAREA NECESARIA

 

Muchos de quienes fundaron, integraron y pertenecen hoy como socios activos al Instituto de Filosofía Práctica, reconocen la influencia que el P. Leonardo Castellani ejerció en su formación filosófica, cultural, política y también social.

 

Algunos recordamos todavía cuando, en la trastienda de la Librería Huemul y con cierta solemnidad, cerraba sus alocuciones o tertulias diciéndonos: “Ustedes, jóvenes, tienen el sagrado deber de pensar la Argentina”.

 

Nos parecía entonces que en tal exhortación se aludía a una cosa o empresa no acabada, invertebrada, trunca, incompleta, incluso frustrada; por lo tanto era fácil deducir que el cura se refería a la patria, a la Argentina, como un terruño abandonado o, peor, fracasado y, para colmo, sin saber qué hacer con ella.

 

El mismo Castellani sintetizó su pensamiento con crudeza: “La República Argentina –escribió- no es una nación, sino un problema.”

 

Casi setenta años después ese problema no ha dejado de agravarse. Es preciso destacar que nuestra nación ha ido creciendo sin guía, a trompicones y sin un modelo adecuado, con una administración pública inexperta o –peor- corrupta, lo cual ha otorgado a la gobernabilidad nacional su reputación cuasi anárquica que improvisa siguiendo al ministro de turno.

 

No es fácil señalar con precisión el origen de nuestra incapacidad para manejar “la cosa pública”. Es común atribuir esa deficiencia al gobierno, cualquiera que fuere. Pero después de tantos fracasos debemos pensar si no se trata de un problema colectivo. Desde la casa al colegio, a la universidad o a la escuela técnica, son pocos los que han comprendido la importancia de la “cosa nuestra”. Los romanos y los griegos la discutían abiertamente en la calle, nosotros la delegamos en los “políticos profesionales”.

 

No ignoramos la presión que ejercen las naciones y los capitales poderosos sobre los países de cuarta categoría o en desarrollo. La Argentina no logra escapar a la ley de hierro de la oligarquía, ya que a la muy grave situación en que se encuentra, se ha sumado la crisis que hoy afecta casi a todo el planeta.

 

La corrupción, la ignorancia y la opresión siempre van acompañadas de la desidia, la apatía y el rechazo a asumir la responsabilidad por la cosa pública. Al haber abandonado nuestras raíces fundacionales, a pesar de sus notables riquezas naturales, el país se encuentra prisionero de manipuleos económicos y políticos. El acceso a medios de información, a estudios y evaluaciones, nos permitiría conocer las situaciones en las que estamos viviendo. Ello además fortalecería la conciencia pública y obligaría al Estado, que debiera estar al servicio de la Nación, a defender los bienes públicos y la sustentabilidad del país.

 

El sagrado deber de pensar la Patria impulsa a nuestro Instituto y a otras asociaciones amigas —tales como la Academia del Plata, el Instituto ELEVAN, la Asociación de Abogados por la Justicia y la Concordia, CIES, Fundación Aletheia y otras que están evaluando su participación —, a llevar adelante un programa de análisis, estudio e investigación, que procurará llegar a conclusiones indisputables sobre las causas y efectos del fracaso sistémico en que ha incurrido la Argentina y, a partir de ese diagnóstico, hacer de ella una nación noble, virtuosa, augusta e insigne.

 

Creemos que estamos ante una situación crítica: el mundo actual, con su desorden cada vez mayor, cambio de paradigmas, ausencia de las nociones de bondad, verdad y belleza, nos está afectando seriamente en nuestro ser nacional. Son tiempos en los que se requiere una nación fuerte, segura de sí misma, capaz de afrontar los desafíos que el mundo plantea con mayor valentía y coraje.

 

El programa PENSAR LA ARGENTINA será presentado por el Presidente del INFIP el jueves 29 de octubre a las 18.30, en nuestra sede, Viamonte 1596 piso 1º, CABA. Contamos con su presencia y agradeceremos confirmarla  al teléfono 4371-3315 o al email: correoinfip@gmail.com

 


Buenos Aires, 19 de octubre de 2026.


Gerardo Palacios Hardy

Presidente


Juan Antonio Vergara del Carril

Vicepresidente