DE LA REGIÓN DEL DONBÁS AL MAR CASPIO
Por Gabriel
Camilli
La Prensa,
02.08.2026
Durante buena
parte del siglo XX resultaba relativamente sencillo identificar dónde comenzaba
y dónde terminaba una guerra. Existía un frente definido, un teatro de
operaciones delimitado y unos beligerantes claramente identificables. La Guerra
de Corea era Corea; Vietnam era Vietnam; nuestra "Guerra Justa" por
la recuperación de nuestras Islas Malvinas; la Guerra del Golfo se libraba en
el golfo Pérsico. Incluso cuando las grandes potencias actuaban por medio de
aliados, cada conflicto conservaba una identidad propia.
Hoy esa forma de
interpretar la realidad comienza a resultar insuficiente.
Los
acontecimientos de las últimas semanas ofrecen un ejemplo elocuente. Mientras
las fuerzas rusas continúan su ofensiva sobre distintos sectores del frente
—desde Sumy hasta Donetsk—, intensificando al mismo tiempo los ataques contra
infraestructura logística, energética y centros de producción de drones,
Ucrania reivindica operaciones de largo alcance sobre objetivos situados en el
mar Caspio, utilizados —según Kiev— para abastecer el esfuerzo militar ruso.
Casi simultáneamente, el presidente Volodímir Zelensky vuelve a reunirse con
Donald Trump para asegurar la continuidad del apoyo político, financiero e
industrial estadounidense.
A primera vista
parecen hechos inconexos. Sin embargo, forman parte de una misma secuencia
estratégica.
Durante años
distintos autores (no es nuestro caso) han insistido en clasificar los
conflictos como si cada uno pudiera comprenderse de manera aislada: la guerra
de Ucrania por un lado, la crisis de Oriente Medio por otro, las tensiones en
el Indo-Pacífico en un tercer plano. Sin embargo, son los propios protagonistas
quienes comienzan a demostrar que esas fronteras analíticas se vuelven cada vez
más difusas.
Un diario italiano
resumió el episodio del Caspio con una frase que merece atención:
"Para Kiev,
las dos guerras son una sola".
No se trata
únicamente de una expresión periodística. Resume una realidad cada vez más
visible: la logística iraní pasa a ser considerada un objetivo de la campaña
ucraniana porque forma parte del esfuerzo militar ruso; del mismo modo, Moscú
interpreta el fortalecimiento de la cooperación militar occidental con Ucrania
como un componente de una competencia estratégica más amplia.
Las alianzas
Las alianzas ya no
son circunstanciales. Constituyen verdaderos sistemas de poder.
Rusia coordina
crecientemente sus capacidades militares e industriales con Irán y Corea del
Norte (¿y China?). Ucrania profundiza su integración tecnológica, financiera y
militar con Estados Unidos y varios países europeos. La transferencia de
armamento evoluciona hacia programas de coproducción, intercambio tecnológico e
integración de las bases industriales de defensa. La guerra deja de medirse
únicamente por la cantidad de brigadas desplegadas y pasa a depender también de
la capacidad para sostener la producción, proteger las cadenas logísticas,
asegurar el abastecimiento energético y mantener la innovación tecnológica.
Por eso, los
partes diarios de operaciones adquieren un significado que trasciende las
cifras de bajas o los kilómetros conquistados. Observados en perspectiva,
muestran una tendencia constante: la presión rusa ya no se limita al frente de
contacto. Los ataques buscan degradar depósitos de municiones, infraestructura
energética, instalaciones de producción de drones, nodos ferroviarios y
puertos. El objetivo no consiste únicamente en derrotar unidades militares,
sino en erosionar progresivamente el conjunto del Poder Nacional ucraniano.
Ofensiva ucraniana
¿Odesa en el punto
de mira y posible punto de inflexión en la guerra?
La ofensiva
ucraniana en el mar de Azov le ha dado a Moscú una justificación para atacar el
sistema de exportación de grano ucraniano en la región de Odesa, mientras que
Kiev está perdiendo terreno en el Donbás.
Ponemos a
consideración del lector estos indicadores: entre los principales
acontecimientos que quizá están destinados a cambiar el rostro del conflicto
ucraniano está la serie de ataques lanzados tanto por Kiev como por Moscú
contra los puertos y la red comercial de transporte marítimo del adversario en
el mar Negro.
La ofensiva más
dura es la que las fuerzas rusas han lanzado cerca del puerto de Odesa y de los
puertos cercanos de Yuzhny, Chornomorsk y Nikolayev.
Debido a las
operaciones militares rusas con drones, la capacidad de almacenamiento del
puerto de Odesa se ha reducido en un tercio, según fuentes citadas por el
Financial Times, mientras que los armadores se niegan a enviar sus barcos a la
región por temor a que sean alcanzados.
Los ataques a
barcos y la destrucción sistemática de puentes ferroviarios y cruces de
carreteras en la parte occidental del óblast de Odesa parecen ser una maniobra
rusa para aislar la ciudad del resto de Ucrania, creando las condiciones para
un bloqueo total, terrestre y marítimo, del puerto más importante del país.
El Financial Times
advierte de que la ofensiva rusa amenaza "una de las rutas de exportación
de grano más importantes del mundo, que también es una fuente vital de ingresos
para Ucrania".
Kiev ya tiene un
enorme déficit por cuenta corriente, pues debe importar mucho más de lo que
puede exportar. El presupuesto estatal ucraniano está sostenido casi en su
totalidad por gobiernos occidentales.
Estaremos
observando este desarrollo operativo en los próximos días para ofrecer a
nuestros lectores análisis certeros.
Corredor logístico
Pero este fenómeno
no es exclusivo de Europa oriental. Los ataques en el mar Rojo, las operaciones
en el golfo Pérsico, la creciente importancia del mar Caspio como corredor
logístico y las disputas tecnológicas vinculadas al espacio y al ciberespacio
muestran que los distintos escenarios se encuentran cada vez más
interrelacionados. Las decisiones adoptadas en uno de ellos repercuten casi de
inmediato sobre los demás.
Hace ya varias
décadas, André Beaufre advertía que la estrategia debía comprenderse como una
dialéctica de voluntades que emplean todos los instrumentos del poder
disponibles. Más recientemente, Colin Gray insistió en que ninguna guerra puede
analizarse separando lo militar de lo político, lo económico o lo tecnológico.
Incluso la noción de "guerra irrestricta", desarrollada por los
coroneles chinos Qiao Liang y Wang Xiangsui, anticipaba un escenario donde la
confrontación trascendería ampliamente el campo de batalla convencional.
Los
acontecimientos actuales parecen confirmar esa evolución.
No asistimos únicamente
a una guerra por el control de determinados territorios del Donbás. Tampoco
exclusivamente a una disputa entre Israel e Irán, ni a una competencia
tecnológica entre Washington y Pekín. Lo que comienza a delinearse es una
confrontación estratégica de alcance global, desarrollada simultáneamente en
múltiples teatros de operaciones y mediante instrumentos militares, económicos,
tecnológicos, financieros, diplomáticos e informativos.
La reciente
reunión entre Volodímir Zelensky y Donald Trump constituye otro indicio de esta
transformación. Si durante los primeros años del conflicto el debate giraba
principalmente en torno al envío de sistemas Patriot, HIMARS o carros de
combate, hoy la discusión se desplaza hacia la coproducción de armamento, la
transferencia tecnológica y la integración de las bases industriales de
defensa. Paralelamente, diversos centros de estudios estratégicos
estadounidenses vienen advirtiendo sobre la disminución de las reservas de
misiles interceptores y las dificultades para sostener el ritmo de producción
que exige una guerra convencional de alta intensidad. El problema ya no
consiste únicamente en disponer de armas sofisticadas, sino en contar con la
capacidad industrial necesaria para fabricarlas en cantidad suficiente y durante
largos períodos. La guerra vuelve a depender, una vez más, de la potencia
económica e industrial de las naciones.
Estrategia
Esta constatación
representa, en realidad, un regreso a las enseñanzas clásicas de la estrategia.
Clausewitz recordaba que la guerra es la continuación de la política por otros
medios, y que su desarrollo depende de la capacidad del Estado para sostener el
esfuerzo nacional. Raymond Aron insistía en que el poder militar descansa sobre
fundamentos económicos e industriales, mientras que Beaufre concebía la
estrategia como la utilización coordinada de todos los instrumentos del Poder
Nacional. Durante años se creyó que la revolución tecnológica bastaría para
garantizar la superioridad militar. Sin embargo, la experiencia de Ucrania demuestra
que la innovación solo resulta decisiva cuando está respaldada por fábricas
capaces de producir en serie, cadenas logísticas resilientes, acceso a materias
primas críticas y una economía preparada para sostener un conflicto prolongado.
En definitiva, la guerra del siglo XXI vuelve a poner en primer plano un
principio que parecía olvidado: ninguna tecnología puede sustituir la fortaleza
integral del Poder Nacional.
Quizá la mayor
dificultad no sea comprender la guerra del presente, sino abandonar las
categorías intelectuales del pasado.
Seguimos
preguntándonos dónde está el frente principal cuando, en realidad, la guerra ya
no posee un único frente. Seguimos buscando una batalla decisiva cuando la
estrategia contemporánea procura desgastar lentamente las capacidades
materiales, industriales y psicológicas del adversario. Seguimos hablando de
conflictos regionales cuando las alianzas, las cadenas logísticas, la industria
de defensa y la innovación tecnológica han terminado por integrarlos en un mismo
sistema estratégico.
Del Donbás al mar
Caspio no existe solamente una continuidad geográfica. Existe, sobre todo, una
continuidad estratégica que integra frentes militares, corredores logísticos,
industrias de defensa, cadenas de abastecimiento, tecnología y alianzas
políticas. Comprender esa convergencia será indispensable para interpretar no
solo la guerra en Ucrania, sino el nuevo orden internacional que comienza a
configurarse ante nuestros ojos. Quizá la principal lección de este conflicto
sea que la estrategia ha regresado al centro de la política internacional y,
con ella, la importancia decisiva del Poder Nacional en todas sus dimensiones.
Gabriel Camilli
Cnl My (R) -
Director del Instituto ELEVAN.