sobre el papel de las emociones en el acto de
fe
“Cor ad cor
loquitur”
(El corazón habla
al corazón)
Esta nota
doctrinal fue aprobada por los obispos
españoles, miembros de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe en
su reunión CCLXV del 20 de febrero de 2026.
por InfoVaticana |
03 marzo, 2026
1. Cor ad cor
loquitur fue el lema cardenalicio escogido por el recién declarado doctor de la
Iglesia, san Juan Enrique Newman, inspirándose en san Francisco de Sales, quien
definía la vida espiritual como un encuentro con Dios “de corazón a
corazón”[1], un movimiento del corazón de Dios al corazón del hombre y, a la
inversa, del corazón del hombre al corazón de Dios; un intercambio incesante
que afecta a la persona en el conjunto de sus dimensiones: afectiva,
intelectual y volitiva[2]. El mismo Jesús, cuando le preguntan por el
mandamiento principal de la Ley, dice: «Amarás al señor tu Dios con todo tu
corazón, con toda tu alma, con toda tu mente» (Mt 22,37). La fe implica a toda
la existencia humana, pues es la entrega del hombre “entero” a Dios como
respuesta obediente y libre a la revelación (Rom 1,5 ,26)[3]. Es Dios el que
toma la iniciativa de salir al encuentro del hombre, y adelanta su gracia para
que, con el auxilio interior del Espíritu Santo, el corazón del ser humano se
oriente y se dirija hacia Dios, permitiéndole entrar en comunión íntima con
él[4]. Junto a los aspectos fiduciales (confianza en Dios) se dan en la fe
elementos cognoscitivos (adhesión a Dios, confesión de fe) y también emociones
y sentimientos (gozo espiritual, amor o paz, entre otros).
2. Los Obispos de
la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española
ofrecemos estas reflexiones acerca de la integralidad de la experiencia de fe,
que es fruto del encuentro con el auténtico rostro de Jesucristo encarnado:
«Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no
creado, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo, y
por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre»
(Credo niceno-constantinopolitano).
Motivación
pastoral de esta reflexión
3. En los últimos
años se aprecian signos que indican un renacer de la fe cristiana,
especialmente entre los jóvenes españoles de la llamada “generación Z”,
aquellos nativos digitales nacidos entre mediados de los 90 y la primera década
del 2000. La Iglesia valora la creatividad de las diversas iniciativas de primer
anuncio que el Espíritu Santo ha suscitado en muchos movimientos y asociaciones
eclesiales para facilitar a tantas personas el encuentro con Cristo o la
revitalización de su fe. Estos nuevos métodos o herramientas de evangelización
representan un soplo de aire fresco para la Iglesia, que, como Madre, vuelve
una y otra vez a «ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y
conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia
aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud»[5].
La Iglesia valora
la creatividad de las diversas iniciativas de primer anuncio que el Espíritu
Santo ha suscitado en muchos movimientos y asociaciones eclesiales para
facilitar a tantas personas el encuentro con Cristo o la revitalización de su
fe.
4. En todos estos
métodos, en mayor o menor grado, tienen un peso importante las emociones y los
sentimientos, que provocan un primer “impacto” en la persona y conducen a la
conversión y a la adhesión a Cristo. A ello le ha de seguir la configuración de
la vida de los cristianos con el Señor, el discipulado en la Iglesia y al
apostolado como testigos de Cristo muerto y resucitado en medio del mundo. Sin
embargo, no son pocos, incluso entre los promotores de estas experiencias, que
han advertido del riesgo de un reduccionismo “emotivista” de la fe, que lleva a
muchas personas a convertirse en consumidores de experiencias de impacto y
buscadores insaciables de la complacencia del sentimiento espiritual. El
anuncio de Cristo no busca de modo directo provocar sentimientos, sino
testimoniar un acontecimiento que ha transformado la historia y es capaz de
transformar la existencia de todo ser humano ocupando el centro de su vida: que
«tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree
en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Este es el gran
impacto que renueva la mente y el pensamiento, amplía el horizonte de la
libertad, ofrece un nuevo sentido a la vida y, en función de ello, da una nueva
consistencia al obrar de las personas.
5. En determinados
momentos de la historia de la Iglesia la balanza se ha inclinado hacia el
asentimiento intelectual a unas verdades reveladas o al compromiso y a la
acción, con incidencia en la vida espiritual de los fieles, la reflexión teológica,
la catequesis o el apostolado. En nuestros días, en cambio, la experiencia de
fe se centra en el universo emocional y sentimental de la persona, lo que
podría interpretarse como uno de los “signos de los tiempos” o una llamada que
anima a recuperar la importancia de los sentimientos y a integrarlos, sin
menoscabo de la razón, en la vida cristiana. Al mismo tiempo, advertimos la
necesidad de regular y discernir las emociones porque pueden ser un obstáculo
para el crecimiento espiritual.
6. Valorando
positivamente todo lo que de bueno están aportando estos métodos de primer
anuncio en el contexto de una sociedad fuertemente secularizada, los obispos de
esta Comisión, como pastores del pueblo de Dios, ofrecemos esta Nota con el fin
de ayudar al discernimiento y acompañar en la maduración de estas experiencias
apostólicas para que puedan crecer y prestar un mejor servicio a tantas
personas que se acercan a la Iglesia —como la mujer samaritana— buscando «un
surtidor de agua que salta hasta la vida eterna» (Jn 4,14).
Creer con el
corazón
a) La
absolutización de lo emotivo en la postmodernidad
7. Expertos y
analistas de nuestro tiempo vienen advirtiendo que en la llamada cultura
postmoderna se ha producido una absolutización de la afectividad, reduciéndola
a los sentimientos y a las emociones, e incluso se ha llegado a sostener su
irracionalidad, lo que ha sido denominado como “emotivismo”[6], es decir, la
reducción de la afectividad a la emoción. El hombre postmoderno rechaza el
objetivismo racionalista para convertirse en un sujeto emotivo, que pasa del
“pienso luego existo” al “siento luego existo”, del “logos” a la “emoción”.
Pero los sentimientos y las emociones, si bien son parte del mundo afectivo, no
son capaces de abarcarlo en su totalidad.
8. El hombre
“emotivista” se experimenta fragmentado, porque las emociones por sí mismas son
inconexas y no le pueden ofrecer una visión holística de la realidad. Se
percibe desorientado, porque se deja arrastrar por las emociones a cada momento
sin ningún horizonte y se identifica con ellas[7]; y vive en la inmediatez y la
inconstancia absolutizando el instante (en tanto que perdura la emoción).
Aplicado a la vida espiritual, el “emotivista religioso” hace depender la fe de
la intensidad de la emoción, reduciéndola a la medida del sentimiento[8] y a lo
placentera que pueda resultar, lo que se refuerza cuando se trata de
experiencias compartidas. Es importante no confundir estas vivencias con el
arrobamiento místico o la experiencia del gozo espiritual que acompaña en los
santos la revelación privada. Ya en el año 2003 la Conferencia Episcopal
Española advertía en el Directorio de pastoral familiar de la Iglesia en España
de que «esta concepción (meramente “emotivista”) debilita profundamente la
capacidad del hombre para construir su propia existencia, porque otorga la
dirección de su vida al estado de ánimo del momento, y se vuelve incapaz de dar
razón del mismo. Este primado operativo del impulso emocional en el interior
del hombre, sin otra dirección que su misma intensidad, trae consigo un
profundo temor al futuro y a todo compromiso perdurable»[9].
Resulta
determinante encontrar un equilibrio dentro de la vida espiritual entre los
aspectos intelectivos, volitivos y sentimentales. Los sentimientos no pueden desligarse
ni de la verdad ni del bien.
9. Conviene tener
presente que las emociones y los sentimientos tienen un papel importante en la
vida humana y espiritual. El cuerpo humano y las emociones son partes
integrales de la vida psíquica y espiritual del ser humano. Las emociones no
pueden ignorarse ni trivializarse porque son intrínsecas a nuestra existencia.
Ahora bien, resulta determinante encontrar un equilibrio dentro de la vida
espiritual entre los aspectos intelectivos, volitivos y sentimentales. Los
sentimientos no pueden desligarse ni de la verdad ni del bien. A este respecto,
el papa Francisco afirmaba en la encíclica Lumen fidei (2013):
La fe sin verdad
no salva, no da seguridad a nuestros pasos. Se queda en una bella fábula,
proyección de nuestros deseos de felicidad, algo que nos satisface únicamente
en la medida en que queramos hacernos una ilusión. O bien se reduce a un
sentimiento hermoso, que consuela y entusiasma, pero dependiendo de los cambios
en nuestro estado de ánimo o de la situación de los tiempos, e incapaz de dar
continuidad al camino de la vida[10].
10. Por otra
parte, el “emotivista” resulta más fácilmente manipulable. Muchos discursos
sociales y políticos actuales apelan con frecuencia a las emociones (miedo,
esperanza, indignación) con el fin de generar determinados comportamientos y
adhesiones. También en la vida espiritual existe el peligro de pretender
suscitar algunos comportamientos mediante un “bombardeo emocional”, lo cual
podría considerarse una forma de “abuso espiritual”. Tal abuso puede
manifestarse en forma “presión emocional del grupo”, que hace que los
individuos se vean obligados a “sentir” lo mismo que los demás para no
automarginarse de la experiencia. E incluso a través de la utilización de
falsas experiencias sobrenaturales o místicas (“falso misticismo”[11]), que
desvirtúan una auténtica visión de Dios, como medios para ejercer dominio sobre
las conciencias anulando la autonomía de las personas o para cometer otro tipo
de abusos, lo que debe ser considerado de especial gravedad moral[12].
b) La importancia
de los sentimientos en la vida espiritual
11. Los
sentimientos juegan un papel importante en la vida humana y espiritual, y son
fundamentales en la vida interior de toda persona humana. La fe cristiana, arraigada
en la encarnación, no los puede ni dejar de lado ni ignorar. Dios nos alcanza
también en nuestro sentir, en nuestra subjetividad, en nuestra intimidad, en
nuestra emocionalidad. Lo afectivo constituye un campo fundamental en la vida
espiritual, en la relación con Dios y con los demás, en la maduración creyente
de la persona. Sin embargo, los sentimientos no pueden determinar toda o casi
toda la vida cristiana, pues, en ocasiones, la misma ausencia de sentimientos
es parte del itinerario espiritual.
12. Los métodos de
evangelización, a los que nos hemos referido, ayudan a descubrir la importancia
del aspecto emotivo de la vida cristiana. Por influjo de la modernidad
ilustrada, se dio una tendencia a subrayar los aspectos intelectuales o éticos
de la fe, considerando los sentimientos como algo marginal en la experiencia de
fe. La piedad popular y algunas prácticas espirituales alimentaron una
espiritualidad más vinculada a los sentimientos, a la imaginación y al corazón.
13. El reto será
siempre facilitar el encuentro con Dios sin abusar de las emociones, al mismo
tiempo que sin menospreciar la fuerza de la fe para suscitarlas. Sería
contradecir la misma Palabra de Dios, que tiene muy en cuenta la dimensión
afectiva de la relación entre Dios y el ser humano.
14. El Antiguo
Testamento describe el amor de Dios hacia su pueblo en múltiples pasajes, como
el de una madre que se apiada del hijo de sus entrañas (cf. Is 49,14-15), como
el de un padre que toma entre sus brazos a su hijo pequeño y cuida de él (cf.
Os 11,1.3-4) o como el de un amado que graba a la amada como un sello en su
corazón (cf. Cant 2,2; 6,2; 8,6). Este amor exige por parte del hombre la
respuesta de un corazón nuevo, de un corazón de carne (cf. Ez 36,26).
15. En el Nuevo
Testamento, el Verbo encarnado asume también los sentimientos de la condición
humana. En muchos pasajes vemos cómo Jesús se compadeció de aquellos que
andaban como ovejas sin pastor (cf. Mt 9,36), experimentó la angustia y la
tristeza en el Huerto de los Olivos (cf. Lc 22,39-44; Mt 26,37), lloró por
Jerusalén (cf. Lc 19,41-44) y por la pérdida de su amigo Lázaro (cf. Jn 11,35),
amó a los discípulos y los llamó amigos (cf. Jn 13,23; 15,15), miró con ira y
se sintió dolido ante la dureza del corazón de los demás (cf. Mc 3,5) o por ver
el Templo transformado en un mercado (cf. Mt 21,12-13; Mc 11,15-18; Jn
2,13-22), etc[13]. Como dirá san Agustín, él asumió también los sentimientos
humanos para redimirlos: «tomó estos afectos de la humana flaqueza, lo mismo
que la carne de la debilidad humana (…), de suerte que, si a alguno le
aconteciere contristarse y dolerse en las tentaciones humanas, no se juzgase
por esto ajeno a su gracia»[14]. Como recuerda el Concilio Vaticano II,
«realmente, el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo
encarnado (…), él manifiesta plenamente el hombre al propio hombre (…), pues en
él la naturaleza humana ha sido asumida, no absorbida, (…) ha sido elevada a
una dignidad sin igual»[15]. No es de extrañar que san Pablo recomendase a los
filipenses: «Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús»
(Flp 2,5). Negar, por tanto, las emociones en el acto de fe, sería renegar de
la condición humana, que ha sido asumida por el Verbo encarnado, el Hombre
perfecto (cf. Ef 4,13), el mismo que «trabajó con manos de hombre, pensó con
inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de
hombre»[16], y por eso puede sanar de su desorden a la afectividad humana,
iluminarla y elevarla. Como dirá la encíclica Dilexit nos (2024), «el Hijo
eterno de Dios, que me trasciende sin límites, quiso amarme con un corazón
humano. Sus sentimientos se vuelven sacramento de un amor infinito y
definitivo»[17].
Negar, por tanto,
las emociones en el acto de fe, sería renegar de la condición humana, que ha
sido asumida por el Verbo encarnado, el Hombre perfecto (cf. Ef 4,13), el mismo
que «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con
voluntad de hombre, amó con corazón de hombre».
c) Recuperar el
corazón
16. La
afectividad, dimensión esencial del ser humano, junto con la razón y la
voluntad, integra las emociones y los sentimientos en la verdad del ser humano,
creado «a imagen y semejanza de Dios» (Gn 1,26), profundamente amado en la
realidad de su existencia. Por ser una dimensión fundamental de la persona, no
puede quedar excluida del acto de fe, ya que Dios sale al encuentro de cada
hombre y de cada mujer en la integridad de su ser, y les habla de corazón a
corazón. Pues el corazón es el centro de la persona, el lugar de las
decisiones, de la verdad, del encuentro y de la Alianza, que solo puede ser
sondeado y conocido por el Espíritu de Dios[18].
17. El magisterio
de los pontífices más recientes está impregnado de una llamada a la
recuperación del corazón en la vida cristiana. Ya Pío XII en la encíclica
Haurietis aquas (1956), sobre la devoción al Corazón de Cristo,alertaba del
peligro del naturalismo y del sentimentalismo, y presentaba el Corazón del
Verbo encarnado como signo y símbolo del triple amor con que ama Cristo: el
amor divino (como Dios), el amor espiritual humano (la caridad de su voluntad
humana) y el amor sensible (afectos y emociones)[19]. De esta forma, se
invitaba a los fieles a alcanzar la armonía del amor en Cristo. Posteriormente,
son significativas las encíclicas de Juan Pablo II Redemptor hominis (1979) al
volver sobre la dimensión humana del misterio de la Redención y, especialmente,
Dives in misericordia (1980) dedicada al amor misericordioso de Dios. Por su
parte, Benedicto XVI hizo referencia en varias de sus encíclicas a esta
cuestión, de manera peculiar en Deus caritas est (2005), pero también en Spe
salvi (2007) y Lumen fidei (2013), escrita entre Benedicto XVI y Francisco, a
la que ya se ha hecho referencia. Más recientemente el papa Francisco, en su
encíclica Dilexit nos (2024) nos propuso recuperar la importancia del corazón
en la vida cristiana, pues —como dice san Pablo— «si profesas con tus labios
que Jesús es Señor, y crees con tu corazón que Dios lo resucitó de entre los
muertos, serás salvo» (Rom 10,9). En el corazón es «donde cada persona hace su
síntesis; allí donde los seres concretos tienen la fuente y la raíz de todas
las demás potencias, convicciones, pasiones, elecciones»[20]. Todo se unifica
en el corazón, que es «el núcleo de cada ser humano, su centro más íntimo; no
solo el núcleo del alma, sino de toda la persona en su identidad única que es
anímica y corpórea (…) Es la sede del amor con la totalidad de sus componentes
espirituales, anímicos y también físicos»[21].
18. Desde el
corazón, en el que se integran las dimensiones afectiva y corporal, la racional
e intelectual, así como la volitiva y el compromiso[22], la experiencia de fe
se convierte en un acontecimiento totalizante, que permite afirmar al creyente:
«Encontré al amor de mi alma. Lo abracé y no lo solté» (Cant 3,4). Se trata de
un hecho que siempre desborda y trasciende, y hace gustar de antemano el gozo y
la luz de la vida eterna.
19. La
afectividad, como dimensión humana fundamental en armonía con la razón y la
voluntad, supera al mero sentimentalismo y libera a la fe de las redes del
subjetivismo y del emotivismo. El amor auténtico siempre conduce a la verdad.
Como afirmaba el papa Benedicto XVI:
Sin la verdad, la
caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio
vacío que se rellena arbitrariamente (…), es presa de las emociones y las
opiniones contingentes de los sujetos (…). La verdad libera a la caridad de la
estrechez de una emotividad que la priva de contenidos relacionales y sociales,
así como de un fideísmo que mutila su horizonte humano y universal. En la
verdad, la caridad refleja la dimensión personal y al mismo tiempo pública de
la fe en el Dios bíblico, que es a la vez “Agapé” y “Lógos”: Caridad y Verdad,
Amor y Palabra[23].
20. Creer con el
corazón es el mejor antídoto contra los dos grandes enemigos de la vida
espiritual apuntados por el papa Francisco: el neo-gnosticismo y el
neo-pelagianismo. El primero concibe la salvación como algo puramente interior,
cerrando al sujeto en la inmanencia de su propia razón o sentimientos. El
pelagianismo, por su parte, acentúa el carácter radicalmente autónomo del
individuo, que pretende alcanzar la salvación por sus propias fuerzas. Esto se
traduce, entre otras cosas, en una autocomplacencia por los frutos alcanzados,
en la obsesión por la ley y en la ostentación en el cuidado de la liturgia, de
la doctrina y del prestigio de la Iglesia[24].
Criterios
teológico-pastorales para el discernimiento
21. A la luz de lo
expuesto, ofrecemos unos criterios que pueden ayudar a enriquecer la
experiencia de fe de las nuevas iniciativas de evangelización surgidas
recientemente en el ámbito del primer anuncio:
a) Por Cristo, al
Padre, en el Espíritu
22. La vida
cristiana comienza «en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt
28,19), tal y como sucede en el sacramento del bautismo. Es la fe trinitaria
que la Iglesia transmite la que ha de ser profesada no solo con los labios,
sino pasándola por el corazón y por la razón.
23. Toda la vida
de fe está impregnada por la Santísima Trinidad: la oración está dirigida al
Padre, por el Hijo, en el Espíritu; la liturgia es eminentemente trinitaria,
«por Cristo, con él y en él, a ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del
Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos»; la
comunidad eclesial está llamada a reflejar la comunión de las Personas divinas;
y el destino del cristiano es trinitario, la plena unidad con Dios Padre, Hijo
y Espíritu Santo, y con todo el género humano. Por ello es importante que la
oración cristiana no pierda su identidad trinitaria[25], y que el primer
anuncio, así como los procesos de discipulado, presenten a Jesucristo, al que
conocemos por la acción del Espíritu, que nos revela el rostro del Padre. Solo
de esta manera se puede experimentar la plenitud del amor de Dios: «porque el
amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que
se nos ha dado» (Rom 5,5).
b) Dimensión
personal
24. Como decía el
papa Benedicto XVI, «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o
una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona,
que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva»[26].
La fe, ciertamente, no se reduce al asentimiento teórico a determinados dogmas,
sino que es un acto por el que toda la persona se entrega libremente a Dios,
que se nos revela y se nos entrega en Cristo. También el Catecismo de la
Iglesia Católica recordaba que «no creemos en fórmulas, sino en las realidades
que estas expresan y que la fe nos permite “tocar”»[27].
La fe,
ciertamente, no se reduce al asentimiento teórico a determinados dogmas, sino
que es un acto por el que toda la persona se entrega libremente a Dios, que se
nos revela y se nos entrega en Cristo.
25. Puesto que
Dios sale al encuentro del hombre en su totalidad, en este encuentro
intervienen también los sentimientos, propios de la dimensión afectiva del ser
humano. Invitamos, por ello, a aprender a discernir los sentimientos en la vida
espiritual a partir de los grandes maestros de espiritualidad. El mismo san
Ignacio de Loyola animaba a discernir entre estados de consolación y desolación
del alma, o a situarse en la santa indiferencia ante una elección de vida, con
el deseo de servir a Dios como fin primero y principal al que todo se
subordina[28]. Otros, como santa Teresa de Jesús o san Juan de la Cruz, vivirán
la purificación de los sentidos en las “noches del espíritu” o tendrán que
enfrentarse, como santa Teresa de Lisieux o santa Teresa de Calcuta, a largos
periodos de oscuridad espiritual.
26. De todo ello,
se deduce que se ha de ser precavido ante los sentimientos y las emociones que
simplemente proporcionan bienestar al sujeto. Cristo, por el contrario, llama a
cargar con la cruz y a seguirlo. A una fe basada solo en sentimientos
agradables y positivos le repugna la cruz. No se puede entender la vida
cristiana sin compartir la cruz y completar en nuestra carne los sufrimientos
de Cristo (cf. Col 1,24).
c) Dimensión
objetiva de la fe
27. El encuentro
con Cristo conlleva la aceptación de la verdad de su persona y su mensaje. En
el diálogo con Marta, tras la muerte de Lázaro, Jesús le dice: «Yo soy la
resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que
está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» (Jn 11,26). Y
Marta le contesta: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios,
el que tenía que venir al mundo» (Jn 11,27). No hay encuentro con Cristo sin
profesión de fe, si solo se tiene en cuenta el aspecto subjetivo, pero no se
profundiza en el contenido de la fe y en la doctrina. La formación es el medio
primordial que permite integrar la verdad en el amor. Si el acto de fe como
adhesión personal a Cristo pierde su profunda unidad con la verdad salvadora
que nos ha traído, se transforma en un acto vacío y ciego.
28. La vivencia
emocional de la fe se ha de asentar en la verdad objetiva del kerygma, cuyo
contenido se encuentra en la Palabra de Dios transmitida e interpretada por la
Iglesia. Todo ello invita a apostar con determinación por una formación
integral y continua, que incluya todas las dimensiones de la persona
(intelectual, afectiva, relacional y espiritual)[29]. Resulta particularmente
oportuno iniciar itinerarios catecumenales y procesos formativos de discipulado
y acompañamiento en la maduración de la fe con aquellos que han realizado una
primera conversión al Señor.
d) Dimensión
eclesial
29. Por la misma
lógica de la encarnación, el encuentro con Dios es siempre mediado. Jesucristo,
el mediador de la salvación, sigue saliendo al encuentro del ser humano a
través de la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos y el
servicio a los hermanos en la Iglesia. No es posible una experiencia ni un
conocimiento de Dios directos ni de manera individualista. Nadie se ha hecho
cristiano a sí mismo, ni es creyente por sí solo. Creemos gracias a que alguien
nos habló del Señor y nos transmitió la fe de la Iglesia en el ámbito de la
familia, de una parroquia, de un grupo o un movimiento eclesial. La misma
profesión de fe es un acto personal y eclesial simultáneo, de forma que cuando
el cristiano dice “creo”, al mismo tiempo, dice “creemos”, como atestigua el
símbolo de Nicea en su versión griega, resaltando así la dimensión eclesial del
acto de fe.
30. Este “creemos”
no significa uniformidad. La imagen paulina del cuerpo de Cristo es muy
elocuente para expresar la unidad en la necesaria diversidad. Todos, aunque
distintos, somos miembros del único cuerpo, cuya cabeza es Cristo (cf. 1 Cor
12,12; Ef 1,18); de tal manera que la diversidad no es contraria a la unidad
del cuerpo, sino que la enriquece: «hay diversidad de carismas, pero un mismo
Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor» (1 Cor 12,4-5).
Una auténtica vivencia eclesial de la fe no absolutiza el carisma del propio
grupo, sino que lo pone al servicio de la unidad de la Iglesia; y no excluye
otros carismas, sino que aprecia la riqueza que aporta al conjunto. Igual se
puede decir de los métodos evangelizadores: ninguno ha de considerarse como
absoluto, y se ha de admitir que lo que sirve para unos, no ha de ser
necesariamente válido o útil para otros.
30. Este “creemos”
no significa uniformidad. La imagen paulina del cuerpo de Cristo es muy
elocuente para expresar la unidad en la necesaria diversidad. Todos, aunque
distintos, somos miembros del único cuerpo, cuya cabeza es Cristo (cf. 1 Cor
12,12; Ef 1,18); de tal manera que la diversidad no es contraria a la unidad
del cuerpo, sino que la enriquece: «hay diversidad de carismas, pero un mismo
Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor» (1 Cor 12,4-5).
Una auténtica vivencia eclesial de la fe no absolutiza el carisma del propio
grupo, sino que lo pone al servicio de la unidad de la Iglesia; y no excluye
otros carismas, sino que aprecia la riqueza que aporta al conjunto. Igual se
puede decir de los métodos evangelizadores: ninguno ha de considerarse como
absoluto, y se ha de admitir que lo que sirve para unos, no ha de ser
necesariamente válido o útil para otros.
31. Es importante
valorar la capacidad que tienen estas nuevas iniciativas evangelizadoras para
integrar en la vida comunitaria. Como afirma el Concilio Vaticano II, «estos
carismas, tantos los extraordinarios como los ordinarios y comunes, hay que
recibirlos con agradecimiento y alegría, pues son muy útiles y apropiados a las
necesidades de la Iglesia». Ahora bien, «el juicio de su autenticidad y la
regulación de su ejercicio pertenece a los que dirigen la Iglesia. A ellos
compete sobre todo no apagar el Espíritu, sino examinarlo todo y quedarse con
los buenos (cf. 1 Tes 5,12.19-21)»[30]. Será, por tanto, un signo de
eclesialidad que estos nuevos métodos sean sometidos al discernimiento de la
autoridad de los obispos y los órganos diocesanos competentes.
32. Los frutos de
los nuevos métodos de evangelización, por tanto, pueden medirse por su
capacidad de integrar en la comunidad y de despertar la pregunta por la propia
vocación y misión en la Iglesia y en el mundo (“¿para quién soy yo?”). Es
decir, por su capacidad de generar y acompañar las diversas vocaciones que el
Espíritu ha suscitado en el cuerpo de la Iglesia (cf. 1 Cor 12,11).
Los frutos de los
nuevos métodos de evangelización, por tanto, pueden medirse por su capacidad de
integrar en la comunidad y de despertar la pregunta por la propia vocación y
misión en la Iglesia y en el mundo (“¿para quién soy yo?”).
e) Dimensión ética
y caritativa
33. El verdadero
encuentro con Cristo no solo transforma la interioridad del creyente, sino que
lo impulsa al compromiso concreto con la Iglesia y el mundo. La fe no puede
quedarse en una experiencia meramente emocional, sino que se traduce en la
caridad hacia los más pobres, en el testimonio y el servicio que transfiguran
el mundo haciendo presentes en él los valores del Reino. Si no somos capaces de
“tocar la carne de los últimos”, no estamos siendo fieles al Evangelio[31]. El
corazón cristiano es un “corazón que ve” dónde hay necesidad de amor y actúa en
consecuencia[32].
34. Son numerosos
los textos de la Palabra de Dios que iluminan esta dimensión de la fe. Entre
ellos, estos de los apóstoles Juan y Santiago: «Si alguno dice: “Amo a Dios”, y
aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien
ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Jn 4,20-21). «Así es también la fe:
si no tiene obras, está muerta por dentro» (Sant 2,17). Por eso, el compromiso
con la Iglesia y con el mundo, sea en el ámbito familiar, laboral, en la
sociedad, en la vida pública, con los más pobres y los enfermos, en la defensa
de la dignidad humana, la promoción de la paz o el cuidado de la creación, se
convierte en criterio de discernimiento para valorar la autenticidad de la fe y
de estas nuevas iniciativas eclesiales.
f) Dimensión
celebrativa
35. El creyente,
además, ha de cuidar la dimensión celebrativa del acto de fe con una liturgia
viva en la que festeje comunitariamente la gratuidad del encuentro con Cristo,
que hace que la vida del creyente, alentada por la oración, se convierta, por la
misericordia de Dios, en un «sacrificio vivo, santo, agradable a Dios» (Rom
12,1).
36. Las
iniciativas de evangelización han de cuidar de no fomentar una oración
“espiritualista” desencarnada o unas celebraciones litúrgicas intimistas y
efectistas. Se corre el peligro de reducir la liturgia a un mero
“devocionalismo” que potencia el subjetivismo sentimental frente a lo
comunitario, objetivo y sacramental[33]. En algunos ambientes se detecta un
recurso excesivo a elementos de tipo emotivo, incluyendo prácticas de culto a
la Eucaristía fuera de la misa que desvirtúan y descontextualizan el sentido
propio de la adoración al Santísimo Sacramento. La adoración eucarística, sea
de forma privada o pública, prolonga e intensifica lo acontecido en la
celebración litúrgica, pues adoramos a aquel que hemos recibido[34]. Esta
relación intrínseca invita a cuidar la dimensión comunitaria de la adoración
eucarística, ya que la relación personal con Jesús sacramentado pone al fiel en
comunión con toda la Iglesia, al hacerle tomar conciencia de su pertenencia al
Cuerpo de Cristo[35]. El sentido netamente eclesial de la adoración eucarística
implica el respeto y la fidelidad a las normas litúrgicas[36], que evitará el
subjetivismo y la arbitrariedad de formas del culto eucarístico así como el uso
de elementos extraños a lo dispuesto en el Ritual. Todo ello plantea el reto de
garantizar, tanto a los fieles como a los ministros ordenados, una buena
formación litúrgica que ayude a situar la celebración de la Eucaristía, especialmente
la dominical, en el centro de la vida personal, comunitaria y eclesial[37].
37. La belleza de
la liturgia no es meramente formal, sino la belleza profunda que procede del
encuentro sacramental con el misterio de Dios. Por eso, la liturgia ha de ser mistagógica,
ayudándonos, a través de palabras y gestos, a conducirnos a Dios, a
maravillarnos ante él y a adentrarnos en su belleza.
Exhortamos a
abrazar la fe en la totalidad de sus dimensiones, reconociendo y valorando la
importancia de las emociones y los sentimientos en el marco de una sana
afectividad en la experiencia creyente, lo que permitirá el encuentro
transformador con Cristo “de corazón a corazón”.
Con corazón de
pastores
38. Con auténtico
corazón de pastores, los obispos de la Comisión Episcopal para la Doctrina de
la Fe de la Conferencia Episcopal Española exhortamos a abrazar la fe en la
totalidad de sus dimensiones, reconociendo y valorando la importancia de las
emociones y los sentimientos en el marco de una sana afectividad en la experiencia
creyente, lo que permitirá el encuentro transformador con Cristo “de corazón a
corazón”.
39. Invitamos a
contemplar a la Virgen María, en quien se realiza de manera perfecta el acto de
fe. Ella acogió el anuncio del ángel Gabriel y le dio su asentimiento diciendo:
«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Y,
porque ha creído, todas las generaciones hasta nuestros días la proclaman
bienaventurada (cf. Lc 1,45.)
__________________________
[1] Cf. Francisco
de Sales, Tratado del Amor de Dios, libro X, 3 y 9.
[2] Cf. Juan
Enrique Newman, Ensayo para contribuir a una Gramática del Asentimiento
(Madrid: Encuentro 2010).
[3] Cf. Catecismo
de la Iglesia Católica, nn. 142-143.
[4] Cf. Concilio
Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum, n. 5.
[5] Benedicto XVI,
Carta Porta fidei (2011), n. 2.
[6] Cf. Alasdair
MacIntyre, «Emotivismo: contenido social y contexto social», en Id. Tras la
virtud (Barcelona: Austral 2013) 40-55.
[7] Cf. Zygmunt
Bauman, Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos (Madrid:
Fondo de Cultura Económica de España 2005).
[8] Cf. Juan José
Pérez-Soba, «Conversación junto al pozo. Cómo hablar de fidelidad al emotivista
postmoderno», Scripta Theologica 52 (2020) 170-173.
[9] Conferencia
Episcopal Española, Directorio de pastoral familiar de la Iglesia en España
(Madrid: Edice 2003), n. 19.
[10] Francisco,
Encíclica Lumen fidei (2013), n. 24.
[11] Cf. Cf. Pío
XII, Encíclica Haurietis aquas (1956), n. 28; Francisco, Dilexit nos (2024), n.
86.
[12] Cf.
Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Normas para proceder en el discernimiento
de presuntos fenómenos sobrenaturales (2024), art. 16; Folio para la Audiencia
con el Santo Padre: “Falso misticismo y abuso espiritual” (2024).
[13] Completan
estos textos el capítulo II de la encíclica del papa Francisco Dilexit nos
(2024), en el que se hace referencia a los gestos y palabras de amor de Jesús
en los Evangelios, reflejos del Corazón de Cristo (cf. nn. 32-47).
[14] Agustín de
Hipona, Enarr. in Ps. 87, 3.
[15] Concilio
Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 22.
[16] Ibid., n. 22.
[17] Francisco,
Dilexit nos (2024), n. 60.
[18] Cf. Catecismo
de la Iglesia Católica, n. 2563.
[19] Cf. Pío XII,
Encíclica Haurietis aquas (1956), nn. 3, 15-16.
[20] Francisco,
Encíclica Dilexit nos (2024), n. 9.
[21] Ibid., n. 21.
[22] El magisterio
de Juan Pablo II ha sido muy rico en el campo de la afectividad. Desarrolla con
profundidad la comprensión del amor humano revalorizando el cuerpo desde el
trasfondo de una antropología teológica inspirada en la Palabra de Dios (pueden
verse las 129 catequesis centradas en la teología del cuerpo impartidas por
Juan Pablo II en las audiencias de los miércoles entre septiembre de 1979 y
noviembre de 1984).
[23] Benedicto
XVI, Encíclica Caritas in veritate (2009), n. 3.
[24] Cf.
Francisco, Exhortación apostólica Gaudete et exsultate (2018), nn. 36, 57;
Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Placuit Deo (2018), nn. 3-4.
[25] Cf. Comisión
Episcopal para la Doctrina de la Fe, «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo»
(Sal 42,3). Orientaciones doctrinales sobre la oración cristiana (2019), nn.
21-38.
[26] Benedicto
XVI, Encíclica Deus caritas est (2005), n. 1
[27] Catecismo de
la Iglesia Católica, n. 170.
[28] Cf. Ignacio
de Loyola, Ejercicios Espirituales, n. 169.
[29] Cf. XVI
Asamblea del Sínodo de los Obispos, Documento final (2024), n. 143.
[30] Concilio
Vaticano II, Constitución dogmática Lumgen gentium, n. 12.
[31] Cf. León XIV,
Exhortación apostólica Dilexi te (2025), n. 48.
[32] Cf. Benedicto
XVI, Encíclica Deus caritas est (2005), n. 31.
[33] Cf.
Francisco, Carta apostólica Desiderio desideravi (2022), n. 28.
[34] Cf. Juan
Pablo II, Encíclica Ecclesia de Eucharistia (2003) n. 25; Congregación para el
Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Redemptionis
Sacramentum (2004), n. 134; Benedicto XVI, Exhortación apostólica Sacramentum
caritatis (2007), n. 66.
[35] Benedicto
XVI, Exhortación apostólica Sacramentum caritatis (2007), n. 68.
[36] Cf. Sagrada
Congregación para el Culto Divino, Ritual Romano. Ritual de la sagrada Comunión
y del culto al Misterio eucarístico fuera de la Misa (1973), nn. 82-100.
[37] Cf.
Francisco, Carta apostólica Desiderio desideravi (2022), nn. 34-47.