de un profesor tras 40 años de docencia:
“Estamos perpetuando el fracaso, venimos en caída libre”
Por Claudia
Peiró
Foro Patriótico
Manuel Belgrano, 19/04/2026
Este veterano
profesor ha sido testigo de varias gestiones que, desde la transferencia
educativa a las provincias en los 90 no han hecho sino agravar la
descomposición de un sistema que alguna vez fue de excelencia.
Le angustia la
indiferencia de la sociedad ante cada paso hacia el abismo, como la última reforma
bonaerense, herencia dejada por Alberto Sileoni como Director General de
Cultura y Educación (2021-2025), y le enoja aun más el silencio de las
asociaciones e instituciones que se supone trabajan por la educación.
La licuación de la
autoridad docente, el vaciamiento de contenidos y la estigmatización de los
exámenes son algunos de los elementos que conforman un sistema que termina
siendo un simulacro de educación, “cartón pintado, un como si, un hacer de
cuenta que…”
Jorge Angelini
egresó del Instituto Superior del Profesorado Joaquín V. González como profesor
nacional de Castellano, Literatura y Latín. Luego hizo una diplomatura en
Gramática Castellana en la Universidad del Salvador y una especialización en
Enseñanza de la Didáctica en la Universidad Nacional de Córdoba. Fue director
de colegios secundarios en dos ocasiones. Actualmente ejerce la docencia en dos
secundarios privados del centro de Merlo, uno confesional y otro laico, en 3°,
4°, 5° y 6° año de secundaria. También da clase en dos institutos de formación
docente. En uno, confesional, trabaja en la formación de maestras de grado y de
docentes de inicial. Y en el otro, un instituto superior del profesorado, forma
estudiantes para el profesorado de Lengua y Literatura.
La última reforma
del secundario en la provincia de Buenos Aires elimina algunos niveles de las
materias que dicta Angelini. Se trata de sustituir los contenidos duros por
materias que responden más a un enfoque ideológico que al interés educativo.
Aunque afirma no
ver “un freno” a la caída, se define como “un entusiasta”. no piensa en el
retiro y espera irse habiendo visto un mínimo regreso a la escuela de «años
gloriosos” de sus comienzos en la docencia.
— ¿Cuál es tu
balance de estos cuarenta años?
— Estamos
perpetuando el fracaso. Venimos en caída libre, en picada, y mi angustia es que
no veo un freno. Caemos, caemos. Los indicadores de pruebas internacionales
como PISA y nacionales como Aprender nos están demostrando que año a año
estamos peor. Y la sociedad lo mira con pasividad, eso me angustia. En cuarenta
años, hubo algunos aciertos, pero el balance lamentablemente es negativo.
— Pareciera no
haber un diagnóstico claro de la razón por la cual estamos así, por eso algunas
soluciones agravan el problema.
— Se toman medidas
que son parches, nada más. No es buscar una solución, no es un barajar y dar de
nuevo, sino un “barramos la mugre bajo la alfombra y sigamos como si nada”. Es
como si detecto que en Argentina toda la población tiene mucha temperatura,
39°, entonces destruyo los termómetros. Destruyo el elemento que mide la fiebre
y me quedo conforme, porque ya la fiebre no va a aparecer, pero la fiebre está.
— Hubo profesores
que alentaban a los alumnos a no ir a las pruebas PISA o Aprender.
— Sí, sí. Hay una
demonización del examen que viene de años.
— Un profesor
desaprueba a un alumno pero luego viene la intensificación o la instancia final
y otro profesor lo aprueba con un trabajito. ¿Eso es lo que sucede?
— Voy a aclarar
algo sobre esta moda. El término intensificación es un eufemismo, porque puedo
intensificar si hay una base, pero cuando el alumno viene sin ningún contenido,
no estamos intensificando, sino recuperando. Pero recuperar implica que el
alumno desaprobó y ya de por sí decir desaprobado es estigmatizante, es una
palabra que hay que olvidar, entonces se la disfraza con esto de intensificar.
— ¿En qué consiste
la intensificación?
— Que el alumno
rinde temas de las distintas unidades y llegado el mes de julio, si desaprobó,
va dos semanas a recuperar esos contenidos. Viene el segundo cuatrimestre,
misma dinámica. Si desaprueba, tiene dos semanas en noviembre antes de pasar a
diciembre. Ya tenemos un mes de recuperación. Si aún así no aprueba el
contenido —ya no hablamos de materia completa, sino del tema desaprobado—, pasa
a dos semanas en diciembre. Si aún así no aprueba, va dos semanas a febrero.
Así por ejemplo, un chico que está en segundo año y nunca aprobó un tema de
práctica del lenguaje, lo va a ir intensificando durante toda su trayectoria
escolar hasta que lo apruebe. El tema es que la evaluación es un proceso, pero
cuando a mí me llegan alumnos de otro profesor para que yo los evalúe, ¿qué me
pasa? A ese alumno lo recibo de cero porque no fue alumno mío. Entonces, ¿dónde
está el proceso? No hay, es todo cartón pintado, es un como si, un hagamos de
cuenta que… Al chico no se le toma examen, sigue con ese contenido hasta que
esté en 6° y pueda acreditarlo.
— ¿Tampoco hay
repitencia?
— No, no hay
repitencia. Con aprobar una sola materia del año que está cursando,
automáticamente pasa al año siguiente. Hay padres que piden la repitencia.
Cuando ven que el hijo se lleva diez materias, van a la escuela y los
directores les dicen: “No está contemplado en la resolución que el chico repita
aprobando ya una materia”. Tampoco los padres pueden hacer nada. Es realmente
de locos este caos. Este limbo en el que estamos metidos.
— Tengo entendido
que también hay una sobrecarga horaria con el nuevo sistema de
intensificaciones.
— Sí, porque en el
sistema actual tenemos los alumnos que corresponden a nuestro año, pero después
vienen los que intensifican de otros años y los recursantes. Entonces, tenés de
base un curso con 35 estudiantes pero podés llegar a tener 45. Todo por la
misma módica suma. Una sobrecarga docente de la cual los gremios no dijeron
nada y nos entregaron en bandeja. Nadie nos defendió. La sobrecarga nos quemó
la cabeza. Sileoni dijo que esta reforma seguía el modelo de países europeos:
Finlandia, Suecia. Pero allá no tienen más de veinte alumnos por aula. A
nosotros nos imponen un modelo del primer mundo, pero con sueldos del tercer
mundo.
— ¿Cómo era hace
40 años?
— Si nos
remontamos en el tiempo, un descalabro educativo fue la implementación del
tercer ciclo de la educación general básica (EGB) y el polimodal. En los 90. La
ley de transferencia de la educación a las provincias que hizo Menem y que
llevó adelante Susana Decibe. Vino esta atomización. Fue el huevo de la
serpiente. La transferencia de los servicios educativos a cada provincia sin un
órgano central, como era el Ministerio de Educación, fue un caos, que ahora
estoy viendo replicar en la provincia con la nueva secundaria que impulsó
Alberto Sileoni y que sigue sosteniendo (Flavia) Terigi.
— Esta última
reforma agrava el vaciamiento educativo pero no hubo demasiadas críticas.
— Este sistema
provincial es sostenido por la mirada cómplice de inspectores y supervisores,
que son complacientes frente a lo que ven en los colegios, sumado al miedo de
los directivos de enfrentarlo. También hay mucha resignación en los profesores:
“Esto es así, esto no va a cambiar”. Entonces, si quieren promoción y el
trabajito fácil, bueno, sale el trabajito fácil. Lo que más me llama la
atención es la no reacción de los padres. Cuando salió este nuevo régimen
académico en 2024, todos los padres tendrían que haber ido a golpear las
puertas de la Dirección de Escuelas y no irse de ahí hasta que recularan, por
lo menos en los aspectos más significativos. Pero los padres están como anestesiados.
Esto es una estafa al futuro porque no se está preparando a los chicos para
estudios superiores. Dejamos lo mediocre y nivelamos para abajo. Me llama la
atención cómo todos los actores de la comunidad educativa miran para otro lado
y van dejando que esto avance. Me enoja mucho el silencio de la Academia
Nacional de Educación, de los Padres Organizados, de Argentinos por la
Educación, que no toman postura frente a este vale todo, este caos, esta nada
que estamos viviendo en la educación.
— ¿Está desvirtuado
el concepto mismo de educación?
— Sí, porque
educar es enseñar a gestionar el fracaso, preparar a los estudiantes para los
riesgos de la vida real. Pero hoy en las aulas, en general, la educación es
crear comodidad, es que los chicos tengan todo a mano, que no se frustren y que
egresen como entraron, muchas veces sin apropiarse de contenidos verdaderamente
significativos.
— ¿Qué pasa con la
autoridad del maestro, tanto en lo pedagógico como en lo disciplinario?
— La autoridad del
maestro está completamente desgastada, erosionada desde las normativas del
ministerio y muchas veces también desde la familia. Ya el saber es cuestionado.
“¿Esto para qué sirve? ¿Para qué te lo dan? ¿Para qué te lo enseñan? ¿Para qué
te lo exigen? ¿Cómo lo desaprobó por esto?”. Todo eso va sumando a la erosión
del saber y de lo disciplinario. Ahora no hay sanción, se lo llama reparación.
Entonces un chico le pega a otro, ya que estamos en el tema de la violencia, y
hay que llamarlo, hablar, hacerlo reflexionar. Pero como el chico sabe que no
pasa nada si le pega 20 veces a su compañero, eso también desgasta la
autoridad. La falta de límites desgasta la autoridad.
— Es como si la
escuela fuera una terapia de grupo….
— Si por lo menos
uno viera que la “terapia” funciona….pero no es el caso.
— También hay un
permanente adelgazamiento de contenidos.
— Sí, lo vivo en
carne propia. Este año se reforma la currícula del profesorado de Enseñanza de
Secundaria en Lengua y Literatura. Yo dicto Lingüística y Gramática III en
tercer año y Lingüística y Gramática 4 en cuarto año. Con la nueva currícula,
la materia de 3° —Lingüística y Gramática III— desaparece y a mí me reasignan a
Sociolingüística para no quedar desempleado. Pero no es el área que a mí me
interesa. Yo tengo una diplomatura en Gramática Castellana. Tengo estudios en
la Universidad de Córdoba de Didáctica de la Gramática. Todo ese saber que yo
le puedo aportar a mis estudiantes del profesorado va a desaparecer porque desaparece
la materia. Y en 4° año también desaparece Lingüística y Gramática IV y me
reasignan las horas a una materia que se llama Lengua, Poder y Sociedad. Es
decir, que de los cuatro años que había de Gramática en el profesorado van a
quedar dos, en 1° y 2°. Si eso no es adelgazar contenidos, ¿cómo lo podemos
llamar?
— ¿Hay demasiada
psicología en el aula?
— La psicología no
es mala. De hecho, en nuestra carrera estudiamos psicología de la niñez y del
adolescente. Lo malo es el psicologismo que nos invadió, que instaló al alumno
como víctima. Lo llamo la pedagogía de la compasión. El chico no puede, el
chico se frustra, el chico no llega. Eso es lo malo, no la psicología en sí.
— Vamos por
etapas: después de la reforma de los 90, ¿qué trajeron los 2000, los 2010, los
2020?
— Después del
desastre de los 90, la crisis del 2001 impactó en la escuela. Vinieron las
escuelas comedor. Había que subsanar el tema de alimentación, de los chicos que
llegaban a las aulas con hambre. Entonces se corrió el eje. Fue más atender
esas necesidades de alimentación y de contención que de enseñanza. Y lo que en
educación se pierde no es como en economía, que se puede invertir y después
ganar el doble. En educación lo que se pierde tarda años y años en recuperarse
y a veces se pierden generaciones. Así llegamos al 2010. Ahí tuvimos en la
provincia de Buenos Aires la gestión de Mario Oporto, el que instaló al alumno
como sujeto de derechos y no de obligaciones. Porque sí, el alumno tiene el
derecho a la educación, pero también al ingresar al sistema tiene que tener
obligaciones. Te doy algunos ejemplos que recuerdo de la resolución de
evaluación. Por ejemplo, si un alumno desaprobaba tres veces con un profesor,
podía pedir cambio de mesa y rendir con otro. Si la mesa de examen empezaba a
las ocho de la mañana y él llegaba a las once, había que tomarle igual el
examen. Así se fue instalando esto de que el alumno hace lo que quiere, y
nosotros nos plegamos.
— Otro momento de
agravamiento fue la pandemia, el cierre de escuelas.
— En el 2020, con
la pandemia, yo pensaba: cuando acá baje el agua de la inundación se va a ver
toda la suciedad. Y aún hoy la estamos viendo. Después de casi un año y medio
en que el alumno estuvo en casa, porque al cierre de las escuelas, en el 2021
le siguieron las burbujas. No iban todos los chicos a la escuela todos los
días. Toda esa intermitencia repercutió en los comportamientos en el aula. Me
costó un montón en el 2022, 2023, que los chicos tuvieran hábitos de escucha,
que no pidieran de ir al baño a cada rato, que no se pusieran a comer en clase,
porque para ellos era normal, porque durante la educación en la casa prendían
las computadoras pero después si tenían ganas de ir al baño, o de salir un rato
al patio, lo hacían. Y no quiero dejar de mencionar al ministro Nicolás Trotta,
que cuando estábamos remándola para que los chicos se conecten, se enganchen,
entreguen los prácticos que les pedíamos, a mitad de año, en junio, dijo que no
iba a haber nadie desaprobado. Eso fue patear un hormiguero, porque después
teníamos que salir a pescar a los chicos para que se conectaran, para que
cumplieran… total, el ministro había dicho que no iban a desaprobar.
— ¿Algún ministro
rescatable?
— De estos 40 años,
lamentablemente, me quedan los nombres de ministros que categorizo de malos a
pésimos. Que no pueda mencionar un ministro que se haya destacado por hacer un
aporte significativo a la educación es tristísimo, desolador. Hoy el Ministerio
de Educación tampoco existe y tiene rango de Secretaría. Me pregunto si la
sociedad sabrá quién es Carlos Torrendell, porque se lo escucha muy poco. Cada
tanto se lo ve participando del Consejo Federal de Educación, pero no más. En
síntesis, una serie de desaciertos y de gente que le hizo mucho daño a la
educación argentina.
— Decías que
también hubo algún que otro acierto…
— Sí, en 2006,
salió la nueva Ley Nacional de Educación, que derogó la Ley Federal. Eso fue un
acierto. Lo que pasa es quedó en letra muerta, porque la ley dice claramente
que se le tiene que brindar a los estudiantes una educación de calidad. Hoy la
calidad se traduce en caridad educativa. La ley dice que se debe preparar a los
estudiantes para el abordaje de estudios superiores. Eso tampoco está ocurriendo.
— ¿Qué es esta
nueva moda del aprendizaje basado en proyectos?
— El famoso ABP.
En 2019, gestión de María Eugenia Vidal, que fue desastrosa en educación, se
intentó un plan piloto que se llamó Escuelas promotoras. El nombre lo dice:
buscaban que el alumno promocione. La estrategia era trabajar en esas escuelas
piloto con el aprendizaje basado en proyectos. Por suerte eso no se implementó
en los dos colegios donde yo trabajo, pero sí escuché a colegas de otros
colegios. Por ejemplo, tenían que tomar una problemática local. Por ejemplo, la
contaminación del río Reconquista, que pasa por acá. Todas las materias tenían
que trabajar sobre esa problemática: Historia, Geografía, Prácticas del
lenguaje y Literatura, Inglés. Todo debía confluir en un producto final que
fuera el trabajo sobre la contaminación del río Reconquista. Es evidente que se
menoscaban los contenidos fundamentales, porque uno no puede acotar su materia
a una sola problemática.
—¿El
adelgazamiento de contenidos ha sido una constante?
— Claro que sí. Y
en esto del ABP, eran raquíticos los contenidos porque todas las materias
debían tratar esa temática y eso era despojar la currícula. También traía una
dificultad en la evaluación. ¿Cómo se evaluaba un producto final si cada uno
tenía que mirarlo desde su materia, pero a la vez acordar con el otro docente
para poner una nota final? Cuando en el 2022 vino el revoleo de materias,
cuando nos juntaban por áreas, también había que acordar una nota con el
profesor de la disciplina parecida. Por ejemplo, yo tenía que trabajar con
Inglés. Si el alumno aprobaba Inglés pero no Literatura, igual aprobaba esa
área. Así también se adelgazaron los contenidos e incluso se dio por aprobadas
materias que estaban desaprobadas.
— En cuanto a los
institutos docentes: ¿es irrestricto el ingreso? ¿Cómo llegan esos estudiantes
a la carrera docente?
— En 2007, bajo la
gestión de Mario Oporto, se eliminó el examen de ingreso para los profesorados.
Eso se suplantó con cursos nivelatorios no eliminatorios, y actualmente se da
un programa de primer año, es decir, que el alumno ingresante tiene todo el
primer año para adecuarse al sistema superior. Y llegan sí con deficiencias,
como en cualquier carrera. Por eso digo que la ley nacional en la práctica no
se cumple, porque tendrían que egresar con aprendizajes significativos para
transitar estudios superiores sin dificultad y eso no se da. Cuando la señora
Terigi vino a Ituzaingó con el gobernador a inaugurar una escuela, criticó a
los docentes que estamos en contra de este régimen académico permisivo
llamándonos “defensores del dificilismo”, cosa que me hizo mucho ruido, porque
ella, siendo rectora de una universidad [General Sarmiento], tendría que darse
cuenta de que el dificilismo lo tienen los estudiantes por las carencias de un
secundario que no da las habilidades y herramientas mínimas para la
universidad.
— ¿Qué pasa con
los programas de los institutos?
— En uno de los
institutos de formación docente donde trabajo, cuando empecé, el programa, los
contenidos, eran muy completos. En el 2018, gestión Vidal, cambia la currícula,
sacan materias. Por ejemplo, Latín y Lenguas Clásicas. Aun sabiendo que nuestro
idioma viene del latín, lo eliminaron porque era una de las materias filtro,
que hacía que los estudiantes abandonaran. Por apuntar a la cantidad, sacaron
una materia importante. Y este año, se da la segunda reforma, el otro cambio
curricular que ya comenté. En mi caso concreto, eliminan Gramática, y ocupan
esa carga horaria con materias como Pensamiento Político Pedagógico
Latinoamericano o Políticas Inclusivas y Propuestas Pedagógicas Igualitarias.
Según el posicionamiento ideológico, tienen que suprimir algunas materias para
darle carga horaria a otras.
— Pudiendo
jubilarte, ¿por qué decidiste no hacerlo?
— Sí, con este
panorama tan trágico, con esta tragedia educativa, como decía Jaime Etcheverry,
¿por qué permanezco en el sistema? Me sobran años para jubilarme. A los 50 me
podía haber jubilado, ya tengo 10 más. Con 25 de servicio también, y ya tengo
40. No soy masoquista, me considero una persona muy entusiasta por sobre todas
las cosas. Digo entusiasta por el significado etimológico de la palabra. Para
los griegos, entusiasta era el que tenía un dios adentro, “en” es adentro,
“theos”, dios. La persona que desbordaba de ganas de cambio. Bueno, yo me
defino así. Soy entusiasta, y el día que este entusiasmo esté opacado por todo
esto que te dije, que todavía no logra hacer mella en ese entusiasmo mío, ahí
sí me voy a ir. Me gustaría irme habiendo visto un poco de esos años gloriosos
en los que empecé, y hasta el 93, cuando vino la transformación de la que ya
hablamos, para mí esos años fueron excelentes. Después empezó la decadencia
hasta esto de hoy que es irrefrenable, que no sé a dónde va a parar, pero yo
tengo fe de que alguien tome el guante y decida cambiar. A pesar de que no está
entre las preocupaciones de los argentinos. Cuando veo que en las encuestas
sale que la principal preocupación de los argentinos es la desocupación, la
inflación, la inseguridad, la corrupción, y la educación no figura ni siquiera
como un problema en quinto o sexto lugar, me hace acordar a lo que decía
Belgrano, “sin educación nunca seremos más de lo que desgraciadamente somos”.
Me gustaría irme más optimista. Pero el aula me entusiasma, estar con los
adolescentes y mostrarles lo importante que es su lenguaje, que quieran su
código lingüístico, que sean críticos, que entiendan que “quien domina el
lenguaje, maneja el mundo”. Que no sean manejados, que puedan ver las
intenciones de las palabras, lo que esconden. ¿Qué hay detrás? ¿Qué tengo que
inferir cuando tal medio me dice tal cosa? Que sean excelentes usuarios de su
lengua. Soy un entusiasta de que eso se cumpla.
— ¿Cómo te
describirías como profesor?
— Cuando mi abuela
se enteró de que iba a ser profesor de secundaria, me dijo: “Mirá, Jorge, que
se agarran más moscas con miel que con vinagre”. Eso lo pongo en práctica desde
ese momento. Soy un profesor exigente, pero exijo lo que doy. Y es una
exigencia con mucho afecto. Uno de mis momentos inolvidables es a fin de año
cuando entrego diplomas. Es un momento que atesoro, el abrazo que me da el
egresado cuando le doy el diploma y me dice gracias. Esa es otra de las cosas
inolvidables a lo largo de estos 40 años. Entre mis estudiantes, me gané un
respeto genuino, no impuesto. Tengo una base muy sólida en el dominio académico
de las materias que dicto. Durante las horas de clase, la materia es el centro
del trabajo. No hay dispersión hacia otros temas. Creo un clima de cordialidad
en el aula basado en el respeto mutuo. Es uno de los valores que fomento en mis
alumnos. No permito las cargadas, las risas, no permito que se burlen si alguno
pregunta, porque si uno habilita eso, está desalentando la participación por
miedo a las cargadas de los compañeros. Así que en eso soy muy estricto y
entiendo que tengo una autoridad muy serena y eso hace que los estudiantes me
aprecien y yo a ellos. Una vez una antropóloga nos dijo que como docentes
podemos tener dos actitudes: que nos importe el alumno o que lo soportemos. Y
volvemos a la etimología: importar es llevar adentro. A mí me importan porque
yo los llevo conmigo. Los llevo sobre mis hombros. Lo que yo soporto es el
sistema educativo. A mis estudiantes yo los importo.
— ¿Y cómo es tu
vínculo con el sistema educativo?
— Tengo bajo
perfil, soy muy discreto. No soy de los que toman la palabra en las reuniones
docentes o en las jornadas. Observo más de lo que hablo. Pero resisto presiones
o modas educativas, que son eso, modas y, por lo tanto, pasatistas. Estoy
convencido de lo que vengo practicando desde hace años y noto que me da
resultados.
— ¿Buenos
recuerdos de estos años?
— Sí, hay
historias que atesoro en mi corazón. Recuerdo el caso de un estudiante de
secundario que estaba muy comprometido con el tema drogas y me pidió que yo
fuese su tutor en las reuniones que tenía por semana. Después de un año le
dieron el alta. Hoy me lo cruzo por las calles de Merlo y es un eterno
agradecido. También hubo un chico que me eligió como padrino de bautismo. Se
bautizó de grande. Y también dos alumnos que me eligieron como padrino de
confirmación. Además atesoro los más de 20 viajes dentro y fuera de la
provincia, acompañando grupos de estudiantes. Todo eso humaniza el rol docente.
Otra satisfacción de estos años, es que en 2022 publiqué un libro sobre
didáctica de las prácticas del lenguaje, donde reúno todo lo que les digo a mis
estudiantes del profesorado. Son tips de cómo trabajar las prácticas del
lenguaje a partir del texto literario. Me dio muchísima satisfacción poder
reunir años y años de experiencia en algo productivo que sirva a futuras
generaciones. También fui invitado a colaborar en un proyecto de innovación
pedagógica en la Universidad de Zaragoza.
— Desde tu
experiencia, ¿qué medidas habría que tomar para empezar a recuperar la
educación?
— Brevemente: que
vuelva el Ministerio de Educación y que sea un organismo independiente del
gobierno de turno. Que sus autoridades deban acreditar 15 años de experiencia
en aulas. Los 2 últimos años de la secundaria tienen que tener un régimen
preuniversitario y su promedio debe habilitar a qué carrera pueden inscribirse.
Las escuelas tendrían que poder elaborar su propio régimen de promoción y
evaluación acorde a la comunidad educativa a la que pertenecen. El ministerio
fijaría algunas pautas mínimas comunes y permitiría la autonomía institucional.