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lunes, 30 de marzo de 2026

EL PAPA LEÓN XIV

 

 pide al Principado de Mónaco ser un laboratorio de la Doctrina Social de la Iglesia

 

Por Victoria Cardiel

Aci Prensa, 28 de marzo de 2026

 

León XIV pidió al Principado de Mónaco que sea un laboratorio de la Doctrina Social de la Iglesia, abogando por la redistribución de la riqueza, la ecología integral y la defensa de la vida humana.

 

"Gracias a una fe antigua serán, así, expertos en las cosas nuevas; no tanto persiguiendo los bienes que pasan, a menudo novedades que envejecen en una temporada, cuanto hallándose preparados de frente a desafíos sin precedentes, que sólo se afrontan con un corazón libre y con una inteligencia iluminada", aseveró el Pontífice en francés en su primer discurso.

 

El Pontífice citó San Pablo VI que en el 75º aniversario de la encíclica de su predecesor, León XIII, l Rerum novarum, reseñó que para caminar "se necesita la luz, para promover un progreso social se necesita una doctrina […]; es el pensamiento el que guía la vida".

 

Además, hizo referencia al tamaño del país —Mónaco es el segundo país más pequeño del mundo, después del Vaticano— y señaló que en la Biblia “los pequeños marcan la historia”.

 

Del mismo modo, aseveró que es necesario confiar en la providencia de Dios, “aun cuando predomina el sentido de impotencia o de insuficiencia, porque nosotros creemos que el Reino de Dios es semejante a una semilla minúscula que se convierte en árbol”.

 

Antes de su alocución, el Santo Padre recorrió las calles de Mónaco en un vehículo blindado —donde le esperaban cientos de fieles con pequeñas banderas, tanto de Mónaco como de la Ciudad del Vaticano— hasta llegar al Palacio del Príncipe.

 

Allí fue acogido por el príncipe Alberto II, la princesa Charlène y sus dos hijos gemelos, mientras una orquesta interpretaba los himnos nacionales.

 

Por otro lado, también defendió que el modo de abordar los problemas típicos del Magisterio social de la Iglesia es útil incluso en sociedades poco religiosas.

 

La gran luz del Evangelio brilla incluso en sociedades poco religiosas

 

“Incluso en una cultura poco religiosa, muy secularizada, el modo de abordar los problemas típicos del Magisterio social puede revelar a nuestro tiempo —un tiempo en el cual a muchas personas les resulta difícil esperar— la gran luz que viene del Evangelio”, señaló el Pontífice

 

“La fe católica —ustedes son de los pocos países del mundo que la tienen como religión de Estado— nos sitúa ante la soberanía de Jesús, que compromete a los cristianos a ser en el mundo un reino de hermanos y hermanas, una presencia que no aplasta, sino que libera; que no separa, sino que une; dispuesta a proteger siempre con amor toda vida humana, en cualquier momento y condición, para que nadie sea excluido jamás de la mesa de la fraternidad”, dijo el Pontífice.

 

La Constitución del Principado de Mónaco reconoce al catolicismo como religión de Estado, lo que permitió que el príncipe Alberto II rechazara una ley que pretendía legalizar el aborto en el principado, después de que el Consejo Nacional aprobara una reforma para promulgar esta norma el pasado mes de mayo.

 

Alberto II protagonizó un choque institucional e hizo valer sus prerrogativas constitucionales, subrayando que su profunda fe católica y el reconocimiento oficial de la religión en el principado le impedían rubricar una norma que por primera vez despenalizaba el aborto en algunos supuestos.

 

El Santo Padre también se refirió así a una de las características del Principado de Mónaco: sus ventajas impositivas.

 

De hecho, este pequeño país en el corazón de Europa está entre los países con mayor Producto Interno Bruto (PIB) por habitante y una de sus notas más destacadas es que los residentes monegascos no pagan impuestos sobre la renta.

 

En este sentido, el Pontífice señaló que entre los habitantes del Principado de Mónaco “no pocos ocupan cargos de considerable influencia en el ámbito económico y financiero” y llamó a una redistribución justa de la riqueza.

 

“Cada talento, cada oportunidad, cada bien depositado en nuestras manos tiene un destino universal, una exigencia intrínseca de no ser retenido”, en el pequeño Estado—uno de los países más ricos del mundo.

 

“Como Jesús sugiere en la parábola de los talentos, cuánto nos ha sido confiado no debe enterrarse, sino que debe ponerse en circulación y multiplicarse en el horizonte del Reino de Dios”, insistió desde el balcón del Palacio del Príncipe, residencia de la familia del príncipe Alberto II.

 

El Papa –flanqueado por Alberto II de Mónaco y la princesa Charlène, vestida de blanco y con mantilla– dejó claro que dicho horizonte “es más amplio que el horizonte privado y no se refiere a un mundo utópico”.

 

“El Reino de Dios, al que Jesús ha consagrado su vida, está cerca, porque está en medio de nosotros y sacude las configuraciones injustas del poder, las estructuras de pecado que excavan abismos entre pobres y ricos, entre privilegiados y descartados, entre amigos y enemigos”, aseveró.

 

Así, León XIV constató que el Principado “posee en su independencia una vocación al encuentro y al cuidado de la amistad social, hoy amenazados por un ambiente generalizado de cerrazón y autosuficiencia”.

 

“El don de la pequeñez y una herencia espiritual viva comprometen su riqueza al servicio del derecho y de la justicia, especialmente en un momento histórico en el que la ostentación de la fuerza y la lógica de la prevaricación perjudican al mundo y amenazan la paz”, aseveró finalmente el Papa.

lunes, 16 de marzo de 2026

EL PAPA

 

es necesario fomentar la cohesión social y proteger a los más vulnerables

 

Thulio Fonseca - Ciudad del Vaticano

 

En la mañana de este viernes, 13 de marzo, el Papa León XIV recibió en audiencia a los miembros del Consejo Directivo de la Fundación Católica, junto con representantes de la Sociedad Católica de Seguros, agradeciéndoles su compromiso en favor de una presencia activa de los católicos en la sociedad italiana.

 

En su breve saludo, el Pontífice destacó la importancia de conocer y valorar la historia del movimiento católico en el país, recordando las iniciativas sociales surgidas a raíz de la encíclica Rerum novarum de León XIII, como cooperativas, cajas rurales y sociedades de ayuda mutua orientadas a la promoción de la justicia social.

 

León XIV también evocó la fundación, en 1896, de la Sociedad Católica de Seguros, en Verona, y destacó la labor más reciente de la Fundación Católica, especialmente junto a las comunidades y familias en situación de vulnerabilidad.

 

Formación y coherencia evangélica

El Papa animó a continuar con las iniciativas de formación para los jóvenes a través de itinerarios educativos, culturales y de participación, y mencionó la Academia para el Tercer Sector, organizada en colaboración con la Universidad Católica del Sagrado Corazón de Milán, con perspectivas de expansión a Roma.

 

Al final, el Santo Padre agradeció el apoyo al Festival de la Doctrina Social y a la Muestra sobre los Poetas Sociales, y exhortó a los presentes a mantener siempre el espíritu evangélico, para que haya coherencia entre los objetivos y los medios empleados. Encomendando a todos a la intercesión del Beato Giuseppe Toniolo, impartió su bendición apostólica a los participantes y a sus familias.

 

Historia

La Fundación Católica es una entidad filantrópica creada en 2006 por iniciativa de la Sociedad Católica de Seguros, fundada en Verona en 1896 como una histórica compañía de seguros italiana de inspiración católica, constituida como cooperativa para promover la solidaridad, la protección económica y el apoyo a las comunidades.

 

La Fundación tiene como objetivo apoyar proyectos sociales, educativos y culturales, especialmente en el ámbito del tercer sector, prestando especial atención a las personas, las familias y las comunidades en situación de mayor vulnerabilidad social.

lunes, 1 de diciembre de 2025

LA ACdP

 

de Jerez inicia un curso sobre Doctrina Social de la Iglesia

 

Diócesis de Asidonia-Jerez, 24-11-25

 

La diócesis de Asidonia-Jerez, conocida también simplemente por diócesis de Jerez, es una jurisdicción de la Iglesia católica de España que comprende el norte de la provincia de Cádiz, tomando como límite y frontera natural el curso del río Guadalete.

 

El ciclo de cinco sesiones, impartido por Miguel Ángel García Mercado, comenzará el próximo 27 de noviembre.

 

El Centro de Jerez de la Asociación Católica de Propagandistas, en colaboración con la Fundación Universitaria San Pablo CEU, ofrece un curso de Doctrina Social de la Iglesia que se desarrollará en cinco sesiones entre noviembre de 2025 y marzo de 2026. El curso se impartirá en la sede de la Asociación con inicio a las 20:00 horas.

 

El curso será impartido por Miguel Ángel García Mercado, catedrático de Filosofía y jefe de estudios del Seminario Diocesano de Cádiz, quien abordará de manera rigurosa y amena los aspectos básicos de la Doctrina Social de la Iglesia.

 

El programa se estructura en cinco sesiones temáticas. La primera, titulada «¿Qué es la Doctrina Social de la Iglesia?» , tendrá lugar el 27 de noviembre y servirá para introducir los elementos básicos, los principios de Subsidiariedad, Participación y Solidaridad, así como los documentos más importantes de la DSI.

 

Las siguientes sesiones abordarán temas como « Personas y Derechos » (11 de diciembre), donde se reflexionará sobre la dignidad humana; « El Bien Común» ( 15 de enero), que analizará la relación entre persona y sociedad; « Pobreza y Exclusión Social » (12 de febrero), centrado en el destino universal de los bienes y los principios de subsidiariedad y solidaridad; y finalmente «Dilexi Te» . El Papa Francisco y el Papa León ante los pobres» (12 de marzo), que examinará las claves más actuales para lograr la inclusión y la paz social.

 

Al finalizar el curso, los participantes recibirán un diploma acreditativo de la Asociación Católica de Propagandistas.

lunes, 27 de octubre de 2025

JORNADAS SOCIALES

 

Von Büren: el pensamiento de Tomás de Aquino es la inspiración de la doctrina social de la Iglesia

Germán Masserdotti

Religión en libertad, 25.10.2025

 

El 27 y el 28 de octubre de este año se desarrollarán las XIII Jornadas Sociales organizadas por la Universidad Santo Tomás de Aquino (UNSTA) con sede en Tucumán (Argentina) bajo el subtítulo Jesucristo, nuestra Esperanza, en el camino histórico de la Doctrina Social de la Iglesia. La idea central responde a la celebración del Año Jubilar en curso.

 

Hemos hablado al respecto con Ricardo von Büren, director del Instituto Enrique Shaw para el Estudio y la Difusión de la Doctrina Social de la Iglesia de la UNSTA.

 

-¿Cuál es el objetivo de estas Jornadas?

-Las Jornadas son un espacio académico propicio para el encuentro amistoso entre todos aquellos que se sienten interpelados por la realidad social y buscan respuestas a las problemáticas contemporáneas a la luz de las enseñanzas del magisterio católico.

 

»Como dijo Francisco: “La doctrina social está anclada en la Palabra de Dios, para orientar los procesos de promoción humana a partir de la fe en el Dios hecho hombre. Por eso hay que seguirla, amarla y desarrollarla: retomemos la doctrina social, démosla a conocer: ¡es un tesoro de la tradición de la Iglesia!”.

 

-¿Por qué la esperanza?

-Normalmente, y este año no es la excepción, la temática convocante la fija la realidad eclesial misma. En el marco del Jubileo de la Esperanza, tomamos el título de un pasaje del apóstol Pablo, que dice, justamente: “Jesucristo es nuestra Esperanza” (1 Tim 1, 1). Este pasaje, por otra parte, ha dado el nombre a las Catequesis de los Miércoles, que con una impronta decididamente cristológica, pronunciara el Papa Francisco desde diciembre de 2024 y hasta su muerte, y que han sido continuadas luego hasta hoy, manteniendo el signo cristológico, por el Papa León XIV.

 

»Por eso mismo, las Jornadas se abren con una conferencia magistral de un reconocido especialista en Patrística, el presbítero Edgardo Morales, evocando el Concilio de Nicea, del que estamos celebrando los 1700 años de su realización, y que tanta importancia tiene para la clarificación de la Revelación, especialmente en materia cristológica.

 

»Y luego, se desarrolla tres mesas paneles a cargo de docentes de la UNSTA (frailes, sacerdotes regulares y laicos), en las que se analizará el pensamiento social de diversos Papas anteriores al Concilio Vaticano II (León XIII, Pío XI y Pío XII), del magisterio conciliar (en los Gravissimum Educationis y Gaudium et Spes y Evangelii nuntiandi de San Pablo VI) y finalmente, del magisterio contemporáneo de San Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco.

 

- Es habitual que una virtud como la caridad tenga un lugar en la Doctrina Social de la Iglesia, tanto sea en relación con la justicia como en sí misma considerada. La esperanza, a primera vista, no pareciera vinculada a la Doctrina Social de la Iglesia. ¿Es correcto pensar así?

-Es cierto, Francisco, recogiendo la enseñanza de sus predecesores, reconocía en la Caridad la vía maestra de la Doctrina Social de la Iglesia. De allí que los vínculos entre ambas son muy fuertes y también muy visibles.

 

»Otro tanto habría que decir respecto de la Fe.

 

»Y también es cierto que sobre la Esperanza y su vínculo con la Doctrina Social de la Iglesia se ha escrito poco, lamentablemente, cuando esta virtud teológica tiene un lugar muy importante en el entramado doctrinal de la enseñanza católica, e incluso como animadora de la conducta pública de los cristianos al propiciar su presencia en el mundo sin ser del mundo. Esto es, testimoniar a Cristo en el ámbito de las realidades temporales con la mirada puesta en el Cielo.

 

»En ese sentido, y como un aporte para ir llenando este vacío, hace unos días, el martes 21 de octubre pasado, desde la UNSTA y junto a la UCAV (Universidad Católica de Ávila, España), co-organizamos los VIII° Diálogos Académicos Internacionales, que tuvieron como temática La Esperanza y la Doctrina Social de la Iglesia, y en las que se expuso sobre esta virtud teológica en la obra de Santo Tomás de Aquino (Fray Julio Söchting OP), de San Juan Pablo II (padre Francisco Javier Calvo), de Benedicto XVI (padre Luis Carlos Hernández) y de Francisco (Ricardo von Büren).

 

»Entiendo que profundizar el estudio de la virtud teológica de la Esperanza es un desafío abierto para quienes se dedican a la Doctrina Social de la Iglesia, particularmente en estos tiempos posmodernos de secularización e inmanentismo y dominados por la acedia, vicio que ha adquirido ribetes sociales en la civilización actual.

 

- ¿En qué medida cultiva la esperanza cristiana alguien que, con la mejor de las intenciones, busca que se acaben todas las injusticias en este mundo? Algo por el estilo ¿no sería una ilusión?

-No lo creo. Ocurre que en el marco de la enseñanza del magisterio, a la Esperanza se le reconoce una doble dimensión: sólo humana, por un lado, y humano-cristiana, por el otro.

 

La primera, meramente natural, es propia de aquellos que no se inspiran en la Fe, pero que sin embargo trabajan por edificar un mundo mejor.

Y la segunda, la de quienes se sostienen en la Esperanza en Cristo, lo que les hace gozar de un “plus”, que les viene del don de Dios que los impulsa a trabajar con una fuerza y ​​una perspectiva trascendente, de índole sobrenatural.

»El magisterio nos muestra que de ningún modo es una ilusión poner en la Esperanza cristiana los anhelos de quienes se ocupan y preocupan por las cuestiones sociales de nuestro tiempo. Por el contrario, es un sólido fundamento para los dirigentes sociales y políticos dedicados a la gestión del bien común. Porque en el fondo, detrás de las cuestiones temporales existen personas concretas, de carne y hueso, insertas en sus peculiares circunstancias vitales, que para nosotros deben ser “otros Cristos”.

 

- Usted ha profundizado en el pensamiento de Carlos Alberto Sacheri en su tesis doctoral. ¿Cuál fue la contribución concreta de Sacheri sobre la Doctrina Social de la Iglesia y la esperanza como virtud teológica?

-Sacheri ha abordado el tema de la Esperanza en varios lugares, distinguiendo, con su proverbial claridad conceptual y expositiva, sus dimensiones naturales y sobrenaturales.

 

En el primer caso, en Filosofía e Historia de las ideas filosóficas, Sacheri recuerda que "la esperanza nos mantiene en tensión, en función de un bien que no podemos alcanzar hoy pero que podemos dentro de cierto tiempo o a través de una serie de actos. Y el hombre vive esperando. Toda la vida social está fundada en la confianza, que implica una esperanza, porque si uno se atuviera a lo que ve en el contorno inmediato no esperaría nada, pero no podría vivir porque tendría un horizonte excesivamente limitado".»

Pero además Sacheri ha hablado de la dimensión trascendente de esta virtud, como en su disertación de 1968 Esperanza cristiana y mesianismos temporales, que le invita a leer.

 

-¿Qué aporta el pensamiento del Doctor Angélico a la Doctrina Social de la Iglesia?

-Mucho. La UNSTA se define a sí misma como una universidad católica, pero también dominicana y tomista, y por ello, impregnada de las enseñanzas del Aquinate. A principios de este año 2025, hemos concluído la celebración del Trienio Tomista para conocer mejor su vida y su obra.

 

»En relación a la Doctrina Social de la Iglesia, entendemos que el pensamiento de Tomás de Aquino es la inspiración filosófico-teológica en la que el magisterio se sostiene al formularla. (Me he referido a esto, con mayor amplitud, en mi libro La Doctrina Social de la Iglesia y la pluralidad de sus multas). Lo que no debe llamar la atención porque, de hecho y de derecho, así sucede con la enseñanza católica en general.

 

»El influjo tomista sobre la Doctrina Social de la Iglesia se advierte en el sentido que las expresiones persona, orden, autoridad, justicia, prudencia, bien común, razón, ley o voluntad, tienen en el magisterio social católico, en el que asumen un indudable sabor tomista en la letra y en el espíritu con el que son utilizados, tanto en las enseñanzas de los romanos pontífices como en las conciliares y episcopales. Por ello, estima que el estudio de la doctrina del Aquinate es un requisito de rigor científico para comprender adecuadamente qué enseña la Iglesia a través de su Doctrina Social y cuáles son los objetivos que persigue con su apostolado social.

 

»Me parece oportuno terminar esta conversación citando al Papa Francisco, quien en un todo conforme con lo que decimos, nos exhorta: “Siguiendo los pasos de mis antecesores, les recomiendo: ¡Vayan a Tomás!”.

lunes, 20 de octubre de 2025

UN NUEVO MUNDO


 ¿Es posible?: una crítica al orden global desde la Doctrina Social de la Iglesia

 

La mañana, 15 de octubre de 2025

 

En el día de ayer en la ciudad de Buenos Aires tuvo lugar la presentación del libro Un nuevo mundo, ¿es posible?: Doctrina Social de la Iglesia, Derecho Natural y Multipolaridad de los autores Lorenzo Carrasco y Jaime García Neumann. Publicado por la editorial Capax Dei y el Movimiento de Solidaridad Iberoamericana (MSIa). Fue presentada por el Lic. Guido Manini Ríos y el Dr. Rafael Breide Obeid, organizados por el Foro Argentino de Estudios Geopolíticos, en pleno barrio de Recoleta, donde La Mañana estuvo presente.

 

La obra reúne ensayos y comentarios de varios autores, Lorenzo Carrasco, Jaime García Neumann, monseñor Carlos Lara López, quienes invitan a una reflexión tendiente a contribuir a la configuración del nuevo mundo multipolar en ciernes.

 

Colectivismo marxista y liberalismo individualista: dos caras de una misma moneda anticivilizatoria

 

“Al terminar la II Guerra mundial sellando la derrota del nazi-fascismo, claramente se abrió la posibilidad del surgimiento de un nuevo orden mundial capaz de organizar la sociedad humana en base a otros principios fuera del ámbito de la incesante búsqueda de hegemonía e independiente de las ideologías predominantes que de alguna manera salían victoriosas del enfrentamiento mundial”, contextualiza a modo de introducción la obra.

 

“Ni el colectivismo marxista ni el liberalismo individualista –dos caras de una misma anticivilizatoria– tenían la legitimidad para conducir al mundo al orden de plenitud que se vislumbraba en el horizonte y que, trágicamente, se confirmó 80 años después: primero, con la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética y, en la actualidad con el declive hegemónico de Estados Unidos y sus monedas trasatlánticas. Frías, ambos lados, cegados por el poder, mantuvieron sus ansias de dominio global a través de un innegable condominio de poder mundial”, explica Lorenzo Carrasco.

 

En este largo período de letargo histórico, sin dejar de reconocer los extraordinarios avances técnicos y científicos ocurridos, “no se sembraron las raíces sanas de un orden internacional cooperativo que pudiera frenar, en su carrera por la gloria, a los Jinetes del Apocalipsis: la guerra, el hambre, la peste y la muerte, que, al contrario, cabalgaron libremente escondidos debajo del paraguas nuclear de una doctrina malvada, la de la Destrucción Mutuamente Asegurada”, cuyo apropiado acrónimo en inglés es MAD. (demente).

 

El mismísimo origen de la Doctrina Social de la Iglesia, concebida a partir de la encíclica Rerum Novarum, del papa León XIII del 15 de mayo de 1891, “ya ​​nos decía que los dos sistemas, marxistas y liberales, aparentemente antagónicos, se alimentaban mutuamente; atropellando, cada uno a su manera, genuinos valores del ser humano que solo pueden ser defendidos dentro de un orden divino”.

 

“Estos llamados, enriquecidos a lo largo del siglo XX en diversos documentos vaticanos de gran influencia en el mundo político y económico occidental, fueron no solo desoídos sino vehementemente combatidos o archivados bajo la clasificación de 'lecturas utópicas'”, reflexiona Carrasco y agrega: “Lo anterior no sorprende ya que el Concilio Vaticano II y su Constitución Gaudium et Spes fueron deliberadamente deformadas con la anuencia de los dos bandos. Liberación redujo el reino de Dios al mundo material. Este mundo engañoso empapado de un progreso positivista material terminó despreciando cada rastro de un orden apoyado en valores morales, y la ley natural quedó encadenada en los sótanos de la academia”.

 

Despreciar la naturaleza divina del hombre terminó repudiando también su naturaleza natural.

 

“En la reinante anticultura de la posmodernidad, el hombre puede ser cualquier cosa, excepto un ser humano íntegro; lo moderno es un ser desfigurado en sus características étnicas, raciales, tonalidad de la piel, preferencias de las más diversas aberraciones sexuales y realidad clasificada por una infinita serie de siglas: ideología de género, LGBT+, transexualidad o identidad asociada a otras especies, en una variedad que depende de 'ser despertado' (woke) a esases”, explica Carrasco.

 

“¿Pero realmente el poder material es tan poderoso como se considera a sí mismo?, o ¿es únicamente una ilusión más en los caminos desviados de la humanidad?”, se preguntan los autores.

 

“Lo que deliberamos en este libro es que estamos transitando por el final de una época del mundo occidental, que fue el líder natural de la humanidad, no obstante que, hoy por hoy, se ha extraviado precisamente por abandonar en conciencia los principios universales trascendentes que le dieron origen: el Estado nacional que ya no responde a la protección y fomento del bien común, y por eso, representa una amenaza a la constitución y reproducción de la célula mater de la humanidad, la familia”.

 

Los autores sostienen "que el extremo al que ha llegado el mundo occidental ha vulnerado los propios medios de subsistencia, sin perder, en un primer momento, su poder económico material o su poderío bélico. La inteligencia ha sido menor que su delirio de señorío, que al final lo traicionó".

 

"Tal abandono del sentido de trascendencia espiritual y reverencia al 'aquí y ahora', no comenzó en nuestra contemporaneidad, sino que ha sido la trayectoria, con altas y bajas, de más de 350 años de supremacía creciente del liberalismo radical inglés y su hermano gemelo, el iluminismo francés. Esta pareja transgénero, practicando la máxima de Thomas Hobbes 'El hombre es un lobo para el hombre', pervirtió en cadena la naturaleza humana, el sistema de relaciones internacionales y también las instituciones políticas representativas”.

 

Iberoamérica y un mundo multipolar

 

"No obstante, la hora de la dulce venganza de la ley natural parece haber arribado. Y es una llegada inesperada de vientos que provienen del extremo oriente y de la región euroasiática. El surgimiento económico de China, que supo aprovecharse como nadie de la globalización y el libre comercio, corazón del propio sistema financiero occidental, y la reconstrucción cristiana de Rusia, resistiendo los intentos de desmembramiento del mayor país del mundo y convirtiéndose en la mayor potencia militar-tecnológica, provocaron, ante la ceguera de las potencias hegemónicas atlánticas, la construcción natural de un polo económico y militar que exige un cambio en las estructuras del poder mundial Es desde ahí que se oyen los clamores de un mundo multipolar cooperativo al cual se unen cada vez más naciones en todo el planeta”.

 

“¿Qué tan novedoso es para nosotros en Iberoamérica este mundo multipolar? –se pegunta el autor–, siendo parte de un occidente profundo bien diferente, por sus raíces, al mundo de las potencias mal llamadas del occidente cristiano. Como el lector encontrará en estas páginas, los principios proclamados de la multipolaridad en los foros euroasiáticos son compatibles con la Doctrina Social de la Iglesia, enriquecida con la escolástica hispana de la Escuela de Salamanca. Proféticamente abordados, son principios cristianos para conformar un nuevo mundo, sujeto a normas universales y autoridades legítimas”.

 

La obra trae a la memoria las enseñanzas del teólogo español Francisco de Vitoria (1483-1546), cuyos ideales de la 'Comunidad del orbe' y el 'Derecho de gentes' –antípodas del mundo hobbesiano– que colocando el Derecho natural como guía del Estado nacional soberano y de las relaciones internacionales.

 

"¿No son estos los principios que moldean el nuevo orden internacional que debe surgir en la transición epocal? Siempre y cuando superemos los tambores de guerra que las oligarquías hegemónicas colonialistas tocan, desesperada y desafinadamente, al borde de su tumba. Definitivamente, ¡un Nuevo Mundo es posible!", expresa el autor con esperanza.

 

Los autores

 

Lorenzo Carrasco es periodista y presidente del Movimiento de Solidaridad Iberoamericana y de la editorial Capax Dei, con sede en Brasil. Conferencista internacional de asuntos estratégicos, en diversas ocasiones ha rendido testimonio en Comisiones de Investigación del Congreso de Brasil. Con el tema a quién sirve las organizaciones no gubernamentales y las amenazas que enfrenta la Amazonia. Es autor del libro Conselho Indigenista Missionário-Filho da mentira.

 

Jaime García Neumann se licenció en teología y en filosofía en Colombia; se graduó en planificación económica en la Universidad Central de Venezuela y es doctor en Filosofía jurídica y política por la Universidad de Valencia, España, donde ha sido profesor e investigador. Ha publicado libros y artículos sobre la leyenda negra, geopolítica y geoeconomía.

lunes, 15 de septiembre de 2025

LAS ENSEÑANZAS DEL MAGISTERIO


 SOBRE EL BIEN COMÚN TEMPORAL

 

Ignacio Barreiro Carámbula

Speiro

 

1. Introducción

 

Quisiera exponer con precisión las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia sobre el bien común temporal. Lo que presenta alguna dificultad merced a las oscilaciones interpretativas que este concepto fundamental ha sufrido desde los últimos decenios del siglo XIX y, sobre todo, en la segunda mitad del pasado, particularmente preocupantes por ciertos enfoques subjetivistas. Esto se ve en particular en ciertos activistas políticos que cubren su cristianismo con un espíritu democrático y su democracia con una visión socialista[1]. Esta experiencia histórica nos hace comprender que la democracia contemporánea no puede servir como elemento definitorio del bien común[2]. Mientras que una interpretación del magisterio contemporáneo de la Iglesia en continuidad con la tradición muestra inalterado el concepto objetivo del bien común.

 

El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, del Pontificio Consejo Justicia y Paz, de 2 de abril de 2004, tras cierto eclipse del concepto fundamental del bien común, le dedica una importante sección, como parte de la presentación de los principios que deben regir la doctrina social de la Iglesia[3]. Reitera la afirmación evidente de que «ninguna forma expresiva de la sociabilidad –desde la familia, pasando por el grupo social intermedio, la asociación, la empresa de carácter económico, la ciudad, la región, el Estado, hasta la misma comunidad de los pueblos y de las naciones– puede eludir la cuestión acerca del propio bien común, que es constitutivo de su significado y auténtica razón de ser de su misma subsistencia»[4].

2. Fin natural de la sociedad civil

Existe un fin natural de la sociedad civil que es el bien común de todos los integrantes de la colectividad. Es el bien universal que trasciende y al mismo tiempo mantiene a todos los bienes particulares[5]. Basándose en las enseñanzas de San Agustín y Santo Tomás de Aquino, Pío XII afirma en el Mensaje natalicio de 1942 que «dos elementos primordiales rigen, pues, la vida social: la convivencia en el orden, y la convivencia en la tranquilidad»[6]. El bien común puede ser llamado también bien general o bien público. León XIII utiliza como término equivalente la expresión salud pública, señalando «que la custodia de la salud pública no es sólo la suprema ley, sino la razón total del poder»[7].

Es importante establecer inicialmente que –pese a lo que manifiestan algunos exponentes del pensamiento católico influidos por el socialismo– no hay contradicción ni oposición entre el bien común y el bien individual. En primer lugar es evidente que el bien propio no puede existir sin el bien común de la familia, de la ciudad o del reino. En segundo lugar, porque como el hombre es parte de la casa y de la ciudad, es preciso que juzgue de lo que es bueno para él a la luz de la prudencia que tiene por objeto el bien de la multitud: porque la buena disposición de la parte se toma en relación al todo[8]. Esto demuestra también que es un bien relacional, que existe en la relación social concreta. Pues es evidente que «el hombre se valoriza no aislándose sino poniéndose en relación con los otros y con Dios»[9]. Esta valoración se realiza dentro de una sociedad histórica concretamente marcada por vivencias personales que tienen profundas raíces en un vivir colectivo.

 

El bien común se realiza en una sociedad en la medida que ésta sea regida por el orden natural de las cosas como muestra León XIII[10]. La determinación del bien común, como a su vez enseñó Pío XI, le corresponde a la ley natural, pero cuando la necesidad lo exige y la ley natural misma no lo determina es cometido del Estado[11]. O sea que la sociedad políticamente organizada llenaría o integraría el vacío del derecho natural. Un vacío que es causado por acontecimientos que no tienen claros antecedentes en el pasado ya los cuales hay que dar una respuesta adecuada.


Una definición del bien común que en cierta forma ha pasado a considerar clásica, pese a sus debilidades, pues en cierto modo lo cosifica y no entra en su sustancia, establece que consiste en «el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones ya cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección» [12]. Toda sociedad al bien común busca su perfección, el llegar a ser buscar completo. Como dice León XIII, «porque la perfección de toda sociedad está en buscar y conseguir aquello para que fue instituida, de modo que sea causa de los movimientos y actos sociales la misma causa que originó la sociedad» [13]. Esta enseñanza responde a una afirmación totalmente lógica de Santo Tomás de Aquino, que el fin u objeto de cada criatura es ser completamente aquello para la cual Dios la ha creado [14].

 

3. Bien común temporal y bien eterno

Si bien nuestro estudio tiene como objeto el bien común temporal, se debe tener presente que éste siempre debe estar en conformidad con el bien supremo e inmutable que lleva el hombre a su destino eterno, pues Dios en si mismo es el bien común del hombre[15]. Como enseña León XIII «la sociedad no ha sido instituida por la naturaleza para que la busque el hombre como fin, sino para que en ella y por ella posea medios eficaces para su propia perfección. Si, pues, alguna sociedad, buscase solo las ventajas materiales y el culto de la vida de lujo y la abundancia y se ignorase a Dios o se menospreciase las leyes morales, se desvía lastimosamente del fin que su naturaleza misma le prescribe, mereciendo, no ya el concepto de comunidad o reunión de hombres, sino más bien el de engañosa imitación y simulacro de sociedad»[16]. Pío XII, por su parte, explica en el ya citado Mensaje de Navidad de 1942 que «una doctrina o construcción social que nigue esa interna y esencial conexión con Dios de todo cuanto se refiere al hombre, o prescinda de ella, sigue un falso camino y, mientras construye con una mano, prepara con la otra los medios que tarde o temprano pondrán en peligro y destruirán su obra»[17]. Este venerable pontífice señala en este mismo documento que la vida social exige de por sí una unidad interior que solo es posible cuando la sociedad se mantiene fiel a Dios, supremo regulador de todo cuanto al hombre se refiere[18]. Juan XXIII, a continuación, afirma lógicamente que «la paz no puede realizarse en la sociedad humana si primero no se da en el interior de cada hombre, es decir, si primero no guarda cada uno en sí mismo el orden que Dios ha establecido»[19]. Es evidente que si buscamos la instauración del reino de Dios en la sociedad primero se tiene que establecer en el alma de cada componente de la sociedad o en un número sustancial de sus miembros.

 

Juan Pablo II, en Centesimus annus, analizando las causas de la caída del comunismo, demuestra cómo una sociedad no puede vivir sin Dios en el vacío provocado por el ateísmo[20]. Concluye este análisis indicando cómo el Reino de Dios tiene que tener un efecto concreto en la vida de sociedad temporal iluminando el orden de la sociedad humana penetrándola con las energías de la gracia[21].

 

Ahora bien, si por un lado debe existir una clara distinción entre los poderes civiles y eclesiásticos como se puede ver en el constante magisterio de la Iglesia[22], por otro lado no podemos hablar de una separación entre la Iglesia y el Estado, pues es natural que ambos colaboren dentro de sus respectivas competencias y se mantenga la unidad católica de la sociedad que es una parte integral de la tradición de las Españas. Se podrían y deberían hacer aquí muchas e importantes distinciones sobre los deberes de los dirigentes de la sociedad política y los deberes de la jerarquía de la Iglesia. Una de las primeras consideraciones es que en una sociedad católica las autoridades civiles deben actuar también como miembros de la Iglesia. En una sociedad en que la mayoría de sus miembros no sean católicos, los dirigentes políticos que se proclaman católicos tienen un deber de coherencia y las autoridades eclesiásticas, como ha destacado bien el cardenal Raymond Burke[23], tienen el derecho y el deber de exigirles que cumplan sus deberes con coherencia con la fe que profesan tener.

 

4. Reino social de Cristo

La Iglesia insiste que la mayor expresión del bien común se da en la instauración del Reino social de Cristo, como ha enseñado constantemente el Magisterio. Pío XI insta fuertemente a todos los hombres a que se unan en la «buena y pacífica batalla de Cristo, y todos, bajo la guía del magisterio de la Iglesia, en conformidad con el ingenio, las fuerzas y la condición de cada uno, traten de hacer algo por esa restauración cristiana de la sociedad humana, que León XIII propugnó por medio de su inmortal encíclica Rerum novarum; no se busquen a sí mismos o su provecho, sino los intereses de Cristo (cfr. Flp. 2,21); no pretendan imponer en absoluto sus propios pareceres, sino muéstrense dispuesto a renunciar a ellos, por buenos que sean, si el bien común así parezca requerirlo, para que en todo y sobre todo reine Cristo, impere Cristo, a quien se debe el honor y la gloria y el poder por los siglos (Ap. 5,13)»[24].

 

Pío XI repropone esta doctrina tanto en su encíclica programática, Ubi arcano[25], como en su encíclica de fondo sobre esta cuestión Quas primas[26]. Si bien las circunstancias económicas de la sociedad habían mejorado en 1925, la situación moral de la sociedad requiere un fuerte reclamo. A este mundo dominado por lo material, y carente de luces divinas, Pío XI le daba una esperanza con la encíclica Quas primas[27]. Pío XI enseña entonces que «la verdadera unión de todo en orden al bien común único podrá lograrse sólo cuando las partes de la sociedad se sientan miembros de una misma familia e hijos todos de un mismo Padre celestial, y todavía más, un mismo cuerpo en Cristo, siendo todos miembros los unos de los otros (Rom. 12,5), de modo que, si un miembro padece, todos padecen con él (1 Cor. 12,26)»[28].

 

Hemos de tener una visión precisa de la sociedad ideal donde Cristo reina. En la encíclica Quas primas, en que Pío XI expone espléndidamente el dogma de la realeza social de Cristo, afirma que todos los hombres están bajo la autoridad de Cristo, tanto considerados individualmente, como colectivamente[29]. Agrega después que «erraría gravemente el que negase a Cristo-Hombre el poder sobre todas las cosas humanas y temporales, puesto que el Padre le confirió un derecho absolutismo sobre las cosas creadas, de tal suerte que todas están sometidas a su arbitrio»[30]. Y subraya: «Cristo es la fuente del bien público y privado. Fuera de Él no hay que buscar la salvación en ningún otro; pues no se ha dado a los hombres otro debajo nombre del cielo por el cual debamos salvarnos»[31]. Finalmente, indica la responsabilidad de los gobernantes al indicar que se deben persuadir «de que ellos mandan, más que por derecho propio por mandato y en representación del Rey divino, a nadie se le ocultará cuán santa y sabiamente habrán de usar de su autoridad y cuán gran cuenta deberá tener, al dar las leyes y exigir su cumplimiento, con el bien común y con la dignidad humana de sus inferiores»[32].

 

Benedicto XVI señala que «junto al bien individual, hay un bien relacionado con el vivir social de las personas: el bien común. Es el bien de ese “todos nosotros”, formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social»[33]. E insiste en que el tratar de obtenerlo es una exigencia de justicia y caridad: «El compromiso por el bien común, cuando está inspirado por la caridad, tiene una valencia superior al compromiso meramente secular y político. Como todo compromiso en favor de la justicia, forma parte de ese testimonio de la caridad divina que, actuando en el tiempo, prepara lo eterno. La acción del hombre sobre la tierra, cuando está inspirada y sustentada por la caridad, contribuye a la edificación de esa ciudad de Dios universal hacia la cual avanza la historia de la familia humana»[34]. Esta edificación de la ciudad de Dios de clara matriz agustiniana es parte de la instauración del Reino social de Cristo. La Iglesia continúa sosteniendo esta doctrina, como recientemente Benedicto XVI en Méjico, al afirmar que el poder de Cristo «se funda en un poder más grande que gana los corazones: el amor de Dios que él ha traído al mundo con su sacrificio y la verdad de la que ha dado testimonio. Éste es su señorío, que nadie le podrá quitar ni nadie debe olvidar»[35]. El compromiso de instaurar el reino social de Cristo también surge de la conciencia histórica de que el cristianismo en la misma forma que constituye el bien común de Europa puede y debe constituir el bien común de toda la sociedad humana[36].

 

No podemos estar de acuerdo con el error de muchos de nuestros contemporáneos, que están dispuestos a silenciar los derechos de Jesucristo ante la aparente imposibilidad de obtener su restauración. El católico tiene un generoso espíritu de universalidad, por eso nos es profundamente repugnante los vernos reducidos a un pequeño rebaño. El aceptar esa situación nos llevaría a ser una secta. Sobre todo si alguno cayese en la tentación de pensar que somos el pequeño grupo de los elegidos y que todos los demás hombres son una masa de perdición.

 

5. Naturaleza permanente del bien común

El concepto de bien común en su esencia es estático e incambiable debido a que la naturaleza humana y como consecuencia la ley natural son permanentes. Como enseñó León XIII en Immortale Dei, el poder político ha sido establecido por el supremo Creador para regular la vida pública según las prescripciones de aquel orden inmutable que se apoya y es regido por principios universales; para facilitar a la persona humana, en esta vida presente, la consecución de la perfección física, intelectual y moral, y para ayudar a los ciudadanos a conseguir el fin sobrenatural, que constituye su destino supremo[37]. Pío XII, a su vez señalaba que, a pesar de los cambios y transformaciones históricas, «el fin de toda vida social permanece idéntico, sagrado y obligatorio: el desarrollo de los valores personales del hombre como imagen de Dios; y permanece la obligación de todo miembro de la familia humana de realizar sus inmutables multas, sea el que sea el legislador y la autoridad a quien obedece».

 

Se remonta a Juan XXIII la definición del bien común, que ya hemos mencionado críticamente, como el «conjunto de condiciones sociales que permiten a los ciudadanos el desarrollo expedito y pleno de su propia perfección»[38]. Es una definición de alcance universal y que se puede aplicar a diversos períodos históricos. Aunque incluye elementos que en cierta forma podrían ser cambiantes, con cierto optimismo propio de los inicios de la década del sesenta y al mismo tiempo con cierta cautela habla también de un progreso de la vida social como algo normativo, causado por «la creciente intervención de los poderes públicos, aun en materias que, por pertenecer a la esfera más íntima de la persona humana, son de indudable importancia y no carecen de peligros»[39]. Dando como ejemplo, «el cuidado de la salud, la instrucción, y educación de las nuevas generaciones, la orientación profesional, los métodos para la reeducación y readaptación de los sujetos inhabilitados física o mentalmente». Si bien estos elementos contingentes mejorarían el bien común, no deja el Pontífice al mismo tiempo de criticar cómo han aumentado en forma significativa las regulaciones jurídicas de las relaciones humanas. Observa a continuación incisivamente que este marcado incremento de las normas jurídicas que regulan nuevas áreas de la conducta humana trae como consecuencia que disminuya en forma significativa la capacidad de las personas de pensar autónomamente[40]. En la misma forma que el bien común no puede cambiar en su sustancia la doctrina social de la Iglesia es permanente, como afirmó Juan Pablo II[41] y como recientemente ha enseñado Benedicto XVI: «La doctrina social de la Iglesia ilumina con una luz que no cambia los problemas siempre nuevos que van surgiendo. Eso salvaguarda tanto el carácter permanente como histórico de este “patrimonio” doctrinal que, con sus características específicas, forma parte de la Tradición siempre viva de la Iglesia. La doctrina social está construida sobre el fundamento transmitido por los Apóstoles a los Padres de la Iglesia y acogido y profundizado después por los grandes Doctores cristianos»[42].

 

Con respecto de la inmutabilidad de las enseñanzas morales de la Iglesia, Juan Pablo II hace una afirmación muy importante en Veritatis splendor: «La firmeza de la Iglesia en defensora de las normas morales universales e inmutables no tiene nada de humillante. Está sólo al servicio de la verdadera libertad del hombre. Dado que no hay libertad fuera o contra la verdad, la defensa categórica –esto es, sin concesiones o compromisos–, de las exigencias absolutamente irrenunciables de la dignidad personal del hombre, debe considerarse camino y condición para la existencia misma de la libertad»[43]. Resulta muy importante aquí la reiteración del principio lógico tradicional de que no hay libertad fuera o contra la verdad.

 

6. La protección de los derechos humanos y el bien común

¿Forma parte del bien común la defensa de los auténticos derechos humanos? Juan XXIII, en Pacem in terris, citando a Pío XII, recuerda que un componente fundamental del bien común es la tutela de los derechos humanos. Como consecuencia señala que «la misión principal de los hombres de gobierno debe tender a dos cosas: de un lado, reconocer, respetar, armonizar, tutelar y promover tales derechos; de otro, facilitar a cada ciudadano el cumplimiento de sus respectivos deberes»[44]. Permítaseme, para este análisis, utilizar un importante aporte doctrinal efectuado por Juan Berchmans Vallet de Goytisolo[45].

 

En esta materia dos cosas son muy relevantes para nuestros tiempos: el concepto de armonización de los derechos humanos y el concepto de deber. Es muy importante que el ejercicio de los derechos sea debidamente armonizado, para que el goce de ciertos derechos no se convierta en medio de conculcación de otros derechos básicos. El primer ejemplo de esta armonización de derechos es la protección de la vida del niño en el vientre de su madre. El derecho a la vida de este niño es ciertamente superior en absoluto al derecho a la «privacidad» de la madre o al pseudo-derecho a elegir si continuará o no con su embarazo. Otro caso que debe mencionarse es que el derecho a la libertad de expresión debe ser armonizado con el derecho que tienen todas las personas al goce de su buena reputación. Vivimos en un período en el cual se habla mucho de derechos y se olvida convenientemente una referencia a los deberes que también son inherentes a las personas humanas. El punto de partida es la consideración de los derechos de Dios. Si los derechos del Creador y protector providente del hombre no son respetados por cierto que los auténticos derechos humanos no serán tampoco respetados[46]. Antes de hablar de derechos tenemos como consecuencia que referirnos a nuestros deberes con Dios. Debemos efectuar una consideración plena del hombre en la totalidad de sus dimensiones de ser creado por Dios y destinado a El. Tenemos que concebir al bien común como una realidad objetiva que se impone externamente a los miembros de la sociedad como parte integrante del derecho natural. Esta objetividad del derecho natural nos ayuda a contrastar el problema contemporáneo de una constante acuñación de nuevos y falsos derechos basados ​​en la mera subjetividad humana y en una cultura decadente que estimula el reconocimiento jurídico por el derecho positivo de toda clase de deseos aunque sean totalmente absurdos y sean contrarios a la naturaleza humana.

 

Debemos considerar que la participación de cada ser humano en el bien común es un derecho individual. Como dice Juan Pablo II, es «algo que es debido al hombre porque es hombre, en virtud de su eminente dignidad. Este algo debido conlleva inseparablemente la posibilidad de sobrevivir y de participar activamente en el bien común de la humanidad»[47]. Tenemos que señalar también la contradicción que existe entre la amplia proclamación de estos derechos y su aplicación limitada. Benedicto XVI notó hace unos pocos años que existe «un flagrante contraste entre la atribución equitativa de derechos y el acceso desigual a los medios para lograr esos derechos»[48].

 

 7. Defensa de la vida

 

Existe una absoluta y total relación entre la defensa de la vida inocente y el bien común, como explica con precisión Juan Pablo II: «Trabajar en favor de la vida es contribuir a la renovación de la sociedad mediante la edificación del bien común. En efecto, no es posible construir el bien común sin reconocer y tutelar el derecho a la vida, sobre el que se fundamentan y desarrollan todos los demás derechos inalienables del ser humano. Ni puede tener bases sólidas una sociedad que –mientras afirma valores como la dignidad de la persona, la justicia y la paz– se contradice radicalmente aceptando o tolerando las formas más diversas de desprecio y violación de la vida humana sobre todo si es débil y marginada»[49]. Es evidente que si no se respeta, no se defiende, no se promueve la vida, no puede existir una verdadera paz que es la garantía para la realización del bien común[50].

 

Subraya Benedicto XVI: «La apertura a la vida está en el centro del verdadero desarrollo. Cuando una sociedad se encamina hacia la negación y la supresión de la vida, acaba por no encontrar la motivación y la energía necesarias para esforzarse en el servicio del verdadero bien del hombre. Si se pierde la sensibilidad personal y social para acoger una nueva vida, también se marchan otras formas de acogida provechosas para la vida social»[51]. Esta apertura a la vida se debe entender en dos sentidos. En primer lugar la total y absoluta protección de la vida inocente. En segundo lugar, teniendo en cuenta la tragedia del invierno demográfico que están sufriendo los países del hemisferio norte y ahora tantos países de Hispanoamérica, se debe responder con una gran generosidad en la generación de la vida. Estoy firmemente convencido de que en la defensa de la vida como en la promoción de tantos otros aspectos de la doctrina moral y social católica es un error el excluir una defensa de los aspectos específicamente católicos de esas doctrinas[52], pues debemos ser sanamente realistas, a nadie se le puede ocultar el origen genéticamente católico de esas doctrinas.

 

 8. El derecho a la libertad religiosa

Juan Pablo II, en Centesimus annus, identifica la libertad religiosa con «el derecho de la Iglesia a predicar el Evangelio y el derecho de los hombres que escuchan tal predicación a acogerla y convertirse en Cristo». Luego agregó, dando fuerza a su mensaje: «No es posible ningún progreso auténtico sin el respeto del derecho natural y originario a conocer la verdad y vivir según la misma. A este derecho va unido, para su ejercicio y profundización, el derecho a descubrir y acoger libremente a Jesucristo, que es el verdadero bien del hombre»[53]. Este derecho de la Iglesia como institución, y podemos decir de cada católico de conformidad con el mandato que encontramos al final de los Evangelios, es parte integrante del bien común que tiene que ser garantizado por la sociedad política. La libertad religiosa debe ser entendida, explica P. Pérez Argos[54], como una libertad de coacción externa en materia religiosa. No podemos entender la libertad religiosa como una forma de consagración del indiferentismo. Al mismo tiempo por múltiples razones prudenciales puede ser necesario que se deba ejercer la tolerancia.

 

 9. Expansión de las funciones del Estado en defensa del bien común y principio de subsidiaridad

Tanto León XIII[55] como Pío XI se muestran favorables en una forma cauta y prudencial a la expansión de las funciones del estado en la búsqueda de una mejor defensa del bien común. León XIII afirma el principio de que «no es justo (…) que ni el individuo ni la familia sean absorbidos por el Estado; lo justo es dejar a cada uno la facultad de obrar con libertad hasta donde sea posible, sin daño del bien común y sin injuria de nadie»[56]. Luego reconoce que si se ha «producido o amenaza algún daño al bien común oa los intereses de cada una de las clases que no pueda subsanarse de otro modo, necesariamente deberá afrontarlo el poder público»[57]. Ahora bien, teniendo en cuenta la experiencia histórica del crecimiento incontrolado y aparentemente incontrolable de los poderes del Estado, este principio se debe interpretar en la forma más restringida posible. Pío XI, comentando las enseñanzas de León XIII, señala que este Pontífice «desbordando audazmente los límites impuestos por el liberalismo, enseña valientemente que no debe limitarse a ser un mero guardián del derecho y del recto orden, sino que, por el contrario, debe luchar con todas sus energías para que “con toda la fuerza de las leyes y de las instituciones, esto es, haciendo que de la ordenación y administración misma del Estado brote espontáneamente la prosperidad, tanto de la sociedad como de los individuos”»[58]. Teniendo en cuenta la situación sociopolítica de Europa en la década del treinta era una política prudencialmente certerada una mayor intervención del Estado en la economía, pero éste es un modelo que no necesariamente es siempre aplicable. Un crecimiento constante de la seguridad social no puede considerar que sea parte permanente de la doctrina social de la Iglesia. Más aún se puede sostener que las realidades de la segunda década del siglo XXI llevan necesariamente a una contracción de los presupuestos de seguridad social por razones demográficas y de aumento excesivo de la presión fiscal. Al mismo tiempo teniendo en cuenta el actual invierno demográfico podemos decir que es parte del bien común de las sociedades de nuestro tiempo que la sociedad política le conceda una asistencia económica significativa a las familias numerosas.

 

Si bien Pío XI estimula a una mayor intervención social de los gobiernos, al mismo tiempo introduce una nota de cautela contra el espíritu socialista subrayando como la solución de todos los problemas no puede venir de la intervención del Estado[59]. Por eso promueve, en primer lugar, la aplicación del principio de subsidiaridad para contrapesar el indebido crecimiento del estado; mientras que, en segundo lugar, lo hace para instar el debido orden jerárquico entre las diversas asociaciones que es fundamental para mantener un orden social orgánico[60].

 

Juan XXIII constata en Mater et magistra que «nuestra época registra una progresiva ampliación de la propiedad del Estado y de las demás instituciones públicas. La causa de esta ampliación hay que buscarla en que el bien común exige hoy de la autoridad pública el cumplimiento de una serie creciente de funciones»[61]. Tenemos aquí una constatación y no una aprobación de este crecimiento de las funciones del Estado, pues es discutible que el bien común exija realmente un aumento progresivo de las así llamadas funciones secundarias del Estado. Agrega luego una importante cautela que confirma esta interpretación: «Sin embargo, también en esta materia ha de observarse íntegramente el principio de la función subsidiaria, ya antes mencionado, según el cual la ampliación de la propiedad del Estado y de las demás instituciones públicas sólo es lícita cuando la exige una manifiesta y objetiva necesidad del bien común y se excluye el peligro de que la propiedad privada se reduzca en exceso, o, lo que sería aún peor, se la suprima completamente»[62].

 

10. Posibilidad del bien común en la democracia contemporánea

La Iglesia, desde que ha sido confrontada con la democracia contemporánea, ha mantenido una sabia distancia con respecto de los problemas de esta forma de gobierno para asegurar el debido ejercicio del bien común. León XIII marcó una cierta apertura hacia la democracia[63], pero no debe olvidarse que también había enseñado que «en el ámbito político y civil las leyes tienen como objeto el bien común y son conformadas no a la voluntad y al juicio falaz de la multitud pero a la verdad ya la justicia»[64].

 

Juan Pablo II da diversos criterios para asegurar «la “salud” de una comunidad política en cuanto se expresa mediante la libre participación y responsabilidad de todos los ciudadanos en la gestión pública, la seguridad del derecho, el respeto y la promoción de los derechos humanos»[65]. Estos criterios obviamente no implican una legitimación de la democracia contemporánea; Todo lo contrario, son una forma de apoyar lo que Pío XII llamaría la «sana» democracia o que podríamos también llamar la «democracia clásica».

 

Juan Pablo II presentará, de todos modos, posteriormente juicios muy severos sobre la democracia contemporánea: «Hoy se tiende a afirmar que el agnosticismo y el relativismo escéptico son la filosofía y la actitud fundamental correspondientes a las formas políticas democráticas, y que cuantos están convencidos de conocer la verdad y se adhieren a ella con firmeza no son confiables desde el punto de vista democrático, al no aceptar que la verdad sea determinada por la mayoría o que sea variable según los diversos equilibrios políticos. A este propósito, hay que observar que, si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia»[66]. Habla también con precisión de la «crisis de los sistemas democráticos, que a veces parece que han perdido la capacidad de decidir según el bien común. Los interrogantes que se plantean en la sociedad a menudo no son examinados según criterios de justicia y moralidad, sino más bien de acuerdo con la fuerza electoral o financiera de los grupos que los sostienen. Semejantes desviaciones de la actividad política con el tiempo producen desconfianza y apatía, con lo cual disminuye la participación y el espíritu cívico entre la población, que se siente perjudicada y desilusionada. De ahí viene la creciente incapacidad para cuadrar los intereses particulares en una visión coherente del bien común. Éste, en efecto, no es la simple suma de los intereses particulares, sino que implica su valoración y armonización, hecha según una equilibrada jerarquía de valores y, en última instancia, según una exacta comprensión de la dignidad y de los derechos de la persona»[67]. En estos textos vemos delineada una autentica democracia que no viene sino a prolongar las instrucciones de Pío XI y Pío XII en pro de una democracia sana. Para que la democracia se pueda considerar sana y auténtica el orden político debe estar subordinado al orden moral[68]. En conclusión podemos afirmar que la doctrina pontificia rechaza y condena la democracia moderna y admite la democracia clásica como lo hace con toda forma de gobierno legítimo[69].

11. Defensa de la propiedad privada

Un elemento integral del bien común es la defensa de la propiedad privada, que es un derecho natural que como la familia precede a la sociedad políticamente organizada. Por lo tanto el Estado debe reconocer un derecho preexistente. Un sistema social y económico basado en el derecho natural tiene que tener como fundamento el derecho a la propiedad privada. León XIII pone de manifiesto que «el derecho de poseer bienes en privado no ha sido dado por la ley, sino por la naturaleza, y, por tanto, la autoridad pública no puede abolirlo, sino solamente moderar su uso y compaginarlo con el bien común. Procedería, por consiguiente, de una manera injusta e inhumana si exigiera de los bienes privados más de lo que es justo bajo razón de tributos»[70]. La autoridad pública puede establecer, examinada la verdadera necesidad el bien común y teniendo siempre presente la ley tanto natural como la divina, lo que es lícito y lo que no lo es a los poseedores en el uso de sus bienes[71]. Pío XII manifiesta que no existe un derecho ilimitado de propiedad y su uso y administración tiene que estar subordinada al bien común[72]. Luego subraya que «la Iglesia mira sobre todo a lograr que la institución de la propiedad privada sea efectivamente tal cual debe ser conforme a los designios de la sabiduría divina ya las disposiciones de la naturaleza: un elemento del orden social, un supuesto necesario de las iniciativas humanas, un estímulo al trabajo en beneficio de los finos temporales y trascendentes de la vida y, por tanto, de la libertad y de la dignidad del hombre, creó una imagen de Dios, que desde el principio le asignó para su utilidad un dominio sobre las cosas materiales»[73]. Concluye el Papa sus enseñanzas sobre la propiedad privada afirmando «la necesidad de mantener y de asegurar la propiedad privada de todos, es la piedra angular del orden social».

 

Tenemos que tener presente que la afirmación sobre el destino universal de los bienes contenidos en Gaudium et spes ha sido mal interpretada en una forma colectivista. Esta interpretación socialista de las enseñanzas de la Iglesia en esta materia ya había ya sido denunciada por Pío XI en Quadragesimo anno[74]. Se debe ver también en forma conjunta el derecho a la iniciativa económica que es un elemento importante del bien de toda la sociedad como destacó Juan Pablo II[75].

 

12. El bien común internacional

Durante la Segunda Guerra Mundial, Pío XII demuestra la relación que existe entre «las relaciones internacionales y el orden interno», que «están íntimamente unidos, porque el equilibrio y la armonía entre las naciones dependen del equilibrio interno y de la madurez interior de cada uno de los Estados en el campo material, social e intelectual»[76]. O sea, que hay una estrecha relación entre el bien común nacional y el común universal que es un bien universal, que afecta a toda la familia humana y que no se puede alcanzar aislado del bien común internacional, como sostenía Juan XXIII, explicando que «ningún país puede, separado de los otros, atender como es debido a su provecho y alcanzar de manera completa su perfeccionamiento. Porque la prosperidad o el progreso de cada país son en parte efecto y en parte causa de la prosperidad y del progreso de los demás pueblos»[77]. Juan XXIII, al escribir Mater et magistra en 1963, se lamenta de que no existe una autoridad pública de alcance mundial. Por eso propone una «autoridad general, cuyo poder debe alcanzar vigencia en el mundo entero y poseer medios idóneos para conducir al bien común universal, ha de establecerse con el consentimiento de todas las naciones y no imponerse por la fuerza»[78]. Benedicto XVI ha expresado su preocupación por la promoción del bien común internacional, señalando cómo, «en una sociedad en vías de globalización, el bien común y el esfuerzo por él, han de abarcar necesariamente a toda la familia humana, es decir, a la comunidad de los pueblos y naciones, dando así forma de unidad y de paz a la ciudad del hombre, y haciéndola en cierta medida una anticipación que prefigura la ciudad de Dios sin barreras»[79]. Si bien las consecuencias de la globalización de la sociedad internacional no son para nada un problema nuevo, existe actualmente una creciente amenaza a la identidad cultural de muchas sociedades nacionales. Esta probablemente sea una de las razones que llevan a Benedicto XVI a oponerse a aquellos que propugnan la abolición de los Estados nacionales[80]. Siguiendo la inspiración de Juan XXIII, propone una autoridad política mundial para gobernar la economía mundial, para sanear las economías afectadas por la crisis, para prevenir su empeoramiento y mayores desequilibrios consiguientes, para lograr un oportuno desarme integral, la seguridad alimentaria y la paz, para garantizar la salvaguardia del ambiente y regular los flujos migratorios. Considere que esta autoridad debe estar regulada por el derecho, atenerse de manera concreta a los principios de subsidiaridad y de solidaridad, estar ordenada a la realización del bien común[81]. Creo que tenemos que convenir que el Papa no está llamando a que las Naciones Unidas asuman el gobierno mundial, pues esta claro que esa institución no respeta el principio de subsidiaridad ni si tiene a las demandas de la ley natural[82].Es evidente que no podemos confiar en las Naciones Unidas como un foro idóneo para convertirse en esta autoridad internacional por tantas razones; comenzando por la ideología liberal que está en el origen de esa institución y continúa rigiéndola como se advierte se ha convertido en un instrumento de establecimiento de tantas ideologías antinaturales. Al mismo tiempo tenemos que considerar que si efectuamos un análisis histórico, la idea en sí misma de una autoridad internacional es defendible en cuanto podría conectarse con la tradicional idea de un imperio cristiano.

13. Conclusiones

Para concluir quisiera señalar que el mantenimiento del orden y la justicia son los componentes esenciales del bien común y constituyen los finos primarios de la sociedad política, aunque no sean suficientes para asegurar el bien común de una sociedad. Una sociedad que asegurase a sus miembros solamente el mantenimiento del orden y de la justicia haría una cosa buena en sí misma, pero insuficiente para que sus miembros logren su propia perfección, pues el bien común temporal tiene que necesariamente preparar a la obtención del bien eterno de los miembros de la sociedad.

La mayor expresión del bien común temporal se da en la instauración del Reino social de Cristo, pues el orden, la tranquilidad y el bienestar material de una sociedad solo pueden estar fundados en la ley de Cristo.

Como el establecimiento del bien común depende de la Ley de Dios y de la naturaleza humana y como ambos no se mudan, el bien común es permanente y en su sustancia no está sujeto a cambios, por ende el magisterio de la Iglesia sobre el bien común en su sustancia no puede cambiar. Ahora bien, debido a los cambios accidentales externos de toda la sociedad humana nos encontraremos históricamente con aspectos accidentales del bien común que pueden estar sujetos a cambios. Habría que distinguir aquí entre diversos niveles de magisterio. En materia de doctrina social cuando la Iglesia habla de la sustancia del bien común nos encontramos con el magisterio ordinario de la Iglesia en materia moral. Ahora bien cuando se habla de cuestiones transitorias y accidentales en muchos casos solo tenemos opiniones prudenciales que se deben tratar con el respeto debido al magisterio auténtico de la Iglesia, pero que no tienen un valor magistral permanente.

 

El bien común debe estar sólidamente fundado en el derecho divino y en el derecho natural. Como consecuencia de esto su instauración no se puede limitar a la protección del orden debido y la justicia, sino que la sociedad –al buscar el bien común temporal– deberá empeñarse en una buena administración con la debida prudencia de todos los recursos de la sociedad, en particular de la educación, la salud, la seguridad social y la economía, para asegurar a los miembros de la sociedad los bienes espirituales, culturales y materiales que les corresponden como personas creadas a imagen y semejanza de Dios.

 

[1] Cfr. Frederick D. WILHELMSEN, «Santificado sea tu mundo, en Ciudadano de Roma, La Salle Ilinois, Sherwood Sugden & Company, 1979, pág. 143.

[2] Edoardo CASTAGNA, «Etica, basta la maggioranza?», L'Avvenire, 9 de marzo de 2012, pág. 25.

[3] PONTIFICIO CONSEJO JUSTICIA Y PAZ, Compendio de la doctrina social de la Iglesia, 2 de abril de 2004. Ver el capítulo IV: «Los principios de la doctrina social de la Iglesia», que dedica su sección II a «El principio del bien común», que va de los núms. 164 a 170.

[4] PONTIFICIO CONSEJO JUSTICIA Y PAZ, Compendio de la doctrina social de la Iglesia, cit., núm. 165. Está basado en JUAN XXIII, Carta enc. Pacem in terris: AAS 55 (1963) 272. Cfr. Antonio ARGANDOÑA, «Il bene comune dell'impresa e la teoria dell'organizzazione aziendale», en Responsabilità sociale d'impresa e dottrina sociale della Chiesa cattolica, a cargo de Helen ALFORD, Gianfranco RUSCONI e Eros MONTI, Milán, Fondazione Acli Milanesi, 2010, pág. 97

[5] Thomas GILBY, «Bien común y público (I-II, 90, 2), apéndice 4», en Santo Tomás de Aquino Summa theologiae, vol. 28 (I-II, 90-97), Londres, Blackfriars, 1966, pág. 172.

[6] «Toda convivencia social digna de este nombre, así como tiene su origen en la voluntad de paz, así tiende también a la paz; a aquella tranquila convivencia en el orden en la que Santo Tomás, repitiendo la conocida frase de San Agustín (SANTO TOMÁS, Summa theologica, II-II, q. 29, a. 1, ad I; SAN AGUSTÍN, De civitate Dei, XIX 13, 1), ve la esencia de la paz. Dos elementos primordiales rigen, pues, la vida social: la convivencia en el orden, la convivencia en la tranquilidad». PÍO XII, Mensaje de Navidad de 1942, núm. 5.

[7] LEÓN XIII, Rerum novarum, 15 de mayo de 1891, núm. 26.

[8] S. th., II-II, q. 47, a. 10, anuncio. 2.

[9] BENEDICTO XVI, Cáritas in veritate, 29 de junio de 2009, núm. 53. Cfr. Margaret ARCHER, «L'enciclica di Benedetto provoca la teoría sociale», Vita e Pensiero, tomo XCII, núm. 5 (2009), pág. 54.

[10] «Esto resalta todavía más claro cuando se estudia en sí misma la naturaleza del hombre. Pues el hombre, a compartir con su razón cosas innumerables, enlazando y relacionando las cosas futuras con las presentes y siendo dueño de sus actos, se gobierna a sí mismo con la previsión de su inteligencia, sometida además a la ley eterna y bajo el poder de Dios; por lo cual tiene en su mano elegir las cosas que estime más convenientes para su bienestar, no sólo en cuanto al presente, sino también para el futuro. De donde se sigue la necesidad de que se halle en el hombre el dominio no sólo de los frutos terrenales, sino también el de la tierra misma, pues ve que de la fecundidad de la tierra le son proporcionadas las cosas necesarias para el futuro». LEÓN XIII, Rerum novarum, núm. 5.

[11] PÍO XI, Quadragesimo anno, núm. 49.

[12] Gaudium et spes, núm. 26. Gaudium et spes, en el mismo párrafo, entra en la más compleja cuestión del bien común internacional.

[13] LEÓN XIII, Rerum novarum, núm. 21.

[14] S. th., I, q. 1, a. 1.

[15] Thomas GILBY, «Bien común y público…», loc. cit., pág. 172.

[16] LEÓN XIII, Sapientiae christianae, 10 de enero de 1890.

[17] PÍO XII, Mensaje de Navidad de 1942, núm. 10.

[18] PÍO XII, Mensaje de Navidad de 1942, núm. 11. Pío XII explica «que toda actividad del Estado, política y económica, está sometida a la realización permanente del bien común; es decir, de aquellas condiciones externas que son necesarias al conjunto de los ciudadanos para el desarrollo de sus cualidades y de sus oficios, de su vida material, intelectual y religiosa, en cuanto, por una parte, las fuerzas y las energías de la familia y de otros organismos a los cuales corresponden una precedencia natural no bastan, y, por otra, la voluntad salvífica de Dios no haya determinada en la Iglesia otra sociedad universal al servicio de la persona humana y de la realización de sus finos religiosos». Ibíd., núm. 13.

[19] JUAN XXIII, Pacem in terris, 11 de abril de 1963, núm. 165.

[20] «La verdadera causa de las “novedades”, sin embargo, es el vacío espiritual provocado por el ateísmo, el cual ha dejado sin orientación a las jóvenes generaciones y en no pocos casos las ha inducido, en la insoslayable búsqueda de la propia identidad y del sentido de la vida, a descubrir las raíces religiosas de la cultura de sus naciones y la persona misma de Cristo, como respuesta existencialmente adecuada al deseo de bien, de verdad y de vida que hay en el corazón de todo hombre. Esta búsqueda ha sido reconfortada por el testimonio de cuantos, en circunstancias difíciles y en medio de la persecución, han permanecido fieles a Dios. El marxismo había prometido desenraizar del corazón humano la necesidad de Dios; pero los resultados han demostrado que no es posible lograrlo sin trastocar ese mismo corazón». JUAN PABLO II, Centesimus annus, 1 de mayo de 1991, núm. 24.

 

[21] «Lo que la Sagrada Escritura nos enseña respecto de los destinos del Reino de Dios tiene sus consecuencias en la vida de la sociedad temporal, la cual –como indica la palabra misma– pertenece a la realidad del tiempo con todo lo que conlleva de imperfecto y provisional. El Reino de Dios, presente en el mundo sin ser del mundo, ilumina el orden de la sociedad humana, mientras que las energías de la gracia lo penetran y vivifican. Así se perciben mejor las exigencias de una sociedad digna del hombre; se corrigen las desviaciones y se corrobora el ánimo para obrar el bien. A esta labor de animación evangélica de las realidades humanas están llamados, junto con todos los hombres de buena voluntad, todos los cristianos y de manera especial los seglares». JUAN PABLO II, Centesimus annus, núm. 25.

[22] LEÓN XIII, Inmortale Dei, 1 de noviembre de 1885.

[23] Raymond L. BURKE, «Canon 915: la disciplina respecto a la negación de la Sagrada Comunión a quienes perseveran obstinadamente en pecado grave manifiesto», Periodica de Re Canonica, vol. 96 (2007), págs. 3-58.

[24] PÍO XI, Quadragesimo anno, núm. 147.

[25] PÍO XI, Ubi arcano, 23 de diciembre de 1922.

[26] PÍO XI, Quas primas, 11 de diciembre de 1925.

[27] Georges JARLOT, Pastel XI. Doctrine et action sociale (1922-1939), Roma, Università Gregoriana Editrice, Roma, 1973, pág. 75.

[28] PÍO XI, Quadragesimo anno, núm. 137.

[29] PÍO XI, Quas primas, núm. 6.

[30] PÍO XI, Quas primas, núm. 15.

 [31] PÍO XI, Quas primas, núm. 16.

[32] PÍO XI, Quas primas, núm. 18.

[33] BENEDICTO XVI, Cáritas in veritate, núm. 7.

[34] BENEDICTO XVI, Cáritas in veritate, núm. 7. Esta afirmación nos hace recordar el libro de Joseph RATZINGER, Popolo e casa di Dio in Sant'Agostino, Milán, Jaca Book, 1978.

[35] BENEDICTO XVI, Homilía de la Misa del domingo 25 de marzo de 2012 en León, Méjico. En el Ángelus posterior a esta Misa el Santo Padre recordó que «en tiempos de prueba y dolor, ella ha sido invocada por tantos mártires que, a la voz de “viva Cristo Rey y María de Guadalupe”, han dado testimonio inquebrantable de fidelidad al Evangelio y entrega a la Iglesia».

[36] MA KRAPIEC, OP, «El cristianismo: el bien común de Europa», Angelicum, vol. 68, fasc. 4 (1991), págs. 469-487.

[37] LEÓN XIII, Immortale Dei, 2 de noviembre de 1885. Citado por PÍO XII, Summi Pontificatus, 20 de octubre de 1939, núm. 44.

[38] JUAN XXIII, Mater et magistra, 15 de mayo de 1961, núm. 65.

[39] JUAN XXIII, Mater et magistra, núm. 60.

[40] «Pero, simultáneamente con la multiplicación y el desarrollo casi diario de estas nuevas formas de asociación, sucede que, en muchos sectores de la actividad humana, se detallan cada vez más la regulación y la definición jurídica de las diversas relaciones sociales. Consiguientemente, queda reducida la radio de acción de la libertad individual. Se utilizan, en efecto, técnicas, se siguen métodos y se crean situaciones que hacen extremadamente difícil pensar por sí mismo, con independencia de los influjos externos, obrar por iniciativa propia, asumir convenientemente las responsabilidades personales y afirmar y consolidar con plenitud la riqueza espiritual humana». JUAN XXIII, Mater et magistra, núm. 62.

[41] Juan Pablo II enseña que la doctrina social de la Iglesia, «por un lado, es constante porque se mantiene idéntica en su inspiración de fondo, en sus “principios de reflexión”, en sus fundamentales “directrices de acción” y, sobre todo, en su unión vital con el Evangelio del Señor. Por el otro, es a la vez siempre nueva, dado que está sometida a las necesarias y oportunas adaptaciones sugeridas por la variación de las condiciones históricas así como por el constante flujo de los acontecimientos en que se mueve la vida de los hombres y de las sociedades». Sollicitudo rei socialis, 30 de diciembre de 1987, núm. 3.

[42] BENEDICTO XVI, Cáritas in veritate, núm. 12.

[43] JUAN PABLO II, Veritatis splendor, 6 de agosto de 1993, núm. 96.

[44] «En 1a época actual se considera que el bien común consiste principalmente en la defensa de los derechos y deberes de 1a persona humana. De aquí que la misión principal de los hombres de gobierno debe tender a dos cosas: de un lado, reconocer, respetar, armonizar, tutelar y promover tales derechos; de otro, facilitar a cada ciudadano el cumplimiento de sus respectivos deberes. Tutelar el campo intangible de los derechos de 1a persona humana y hacerle llevar el cumplimiento de sus deberes debe ser oficio esencial de todo poder público». Pacem in terris, núm. 60. La cita en cursiva está tomada de PÍO XII, «Mensaje del 1 de junio de 1941, en la fiesta de Pentecostés»: AAS 33 (1941), 200.

[45] Juan Bms. VALLET DE GOYTISOLO, «Encíclica Centesimus annus y “cosas” nuevas», Verbo, 297-298 (1991), págs. 1056-1059.

[46] JUAN PABLO II, Mensaje del Santo Padre al Cardenal Antonio María Javerre Ortas con ocasión del Congreso por los 1200 años del aniversario de la coronación de Carlomagno, 16 de diciembre de 2000: «No puede olvidarse que fue la negación de Dios y de sus mandamientos la que, el siglo pasado, creó la tiranía de los ídolos, expresada en la glorificación de una raza, de una clase, del Estado, de la nación, del partido, en el lugar del Dios vivo y verdadero. Propiamente a la luz de las desventuras vertidas sobre el siglo XX puede comprenderse cómo los derechos de Dios y del hombre se afirman o caen juntos».

[47] JUAN PABLO II, Centesimus annus, 1 de mayo de 1991, núm. 34.

[48] ​​BENEDICTO XVI, Discurso a los miembros de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales, 4 de mayo de 2009.

[49] JUAN PABLO II, Evangelium vitae, 25 de marzo de 1995, núm. 101. Este derecho también es defendido con fuerza en el núm. 47 de Centesimus annus: «El derecho a la vida, del que forma parte integrante el derecho del hijo a crecer bajo el corazón de la madre, después de haber sido concebido; el derecho a vivir en una familia unida y en un ambiente moral, favorable al desarrollo de la propia personalidad».

[50] Salvatore CIPRESSA, «Diritto alla vita e bene comune», Bio-ethos, núm. 11-12 (2011), pág. 21.

 [51] BENEDICTO XVI, Caritas in veritate, pág. 28.

[52] Miguel AYUSO, «Derecho público cristiano y derecho público eclesiástico», Verbo, 297-298 (1991), pág. 1105.

[53] JUAN PABLO II, Centesimus annus, núm. 29.

[54] Baltasar PÉREZ ARGOS, SJ, «Libertad religiosa, ¿ruptura o continuidad?», Verbo, núm. 229-230 (1984), pág. 1166.

 [55] LEÓN XIII, Rerum novarum, núm. 26.

[56] LEÓN XIII, Rerum novarum, núm. 26.

 

[57] LEÓN XIII, Rerum novarum, núm. 26.

[58] PÍO XI, Quadragesimo anno, núm. 25. La cita es de Rerum novarum, núm. 26.

[59] PÍO XI, Quadragesimo anno, núm. 78.

[60] «Conviene, por tanto, que la suprema autoridad del Estado permita resolver a las asociaciones inferiores aquellos asuntos y cuidados de menor importancia, en los cuales, por lo demás perdería mucho tiempo, con lo cual logrará realizar más libre, más firme y más eficaz todo aquello que es de su exclusiva competencia, en cuanto que sólo él puede realizar, dirigiendo, vigilando, urgiendo y castigando, según el caso requiera y la necesidad exija. Por lo tanto, tengan muy presentes los gobernantes que, mientras más vigorosamente reine, salvado este principio de función “subsidiaria”, el orden jerárquico entre las diversas asociaciones, tanto más firme será no sólo la autoridad, sino también la eficiencia social, y tanto más feliz y próspero el estado de la nación». PÍO XI, Quadragesimo anno, núm. 80.

[61] JUAN XXIII, Mater et magistra, núm. 117.

[62] Ibíd.

[63] LEÓN XIII, Au milieu des sollicitudes, 16 de febrero de 1892. Cfr. Julio MEINVIELLE, Concezione cattolica della politica, edición italiana a cargo del P. Arturo A. Ruiz Freites, IVE, Lamezia Terme, Edizioni Settecolori, 2011, pág. 293, n. 27.

[64] LEÓN XIII, Inmortal Dei.

[65] JUAN PABLO II, Sollicitudo rei socialis, 30 de diciembre de 1987, núm. 44.

[66] JUAN PABLO II, Centesimus annus, núm. 46.

[67] JUAN PABLO II, Centesimus annus, núm. 47.

[68] M. AYUSO, «Derecho público cristiano y derecho público eclesiástico», loc. cit., pág. 1101.

[69] Miguel AYUSO, «Democracia y doctrina católica», Verbo, 297-298 (1991), pág. 1022.

[70] LEÓN XIII, Rerum novarum, núm. 33. Álvaro D'ORS, «Sobre la encíclica Centesimus annus», Verbo, 297-298 (2001), pág. 1071.

 

[71] PÍO XI, Quadragesimo anno, núm. 49.

[72] PÍO XII, «Radiomessaggio nel V Anniversario dall'Inizio della Guerra Mondiale», 1 de septiembre de 1944, en Discorsi e Radiomessaggi di Sua Santità Pio XII. Sesto año de Pontificado 2 de marzo de 1944-1 de marzo de 1945, vol. VI, Roma, Tipografía Poliglota Vaticana, 1961, pág. 125.

[73] Ibíd., pág. 126.

[74] PÍO XI, Quadragesimo anno, núm. 89.

[75] «Es menester indicar que en el mundo actual, entre otros derechos, es reprimido a menudo el derecho de iniciativa económica. No obstante eso, se trata de un derecho importante no sólo para el individuo en particular, sino además para el bien común. La experiencia nos demuestra que la negación de tal derecho o su limitación en nombre de una pretendida “igualdad” de todos en la sociedad, reduce o, sin más, destruye de hecho el espíritu de iniciativa, es decir, la subjetividad creativa del ciudadano. En consecuencia, surge, de este modo, no sólo una verdadera igualdad, sino una “nivelación descendente”. En lugar de la iniciativa creadora nace la pasividad, la dependencia y la sumisión al aparato burocrático que, como único órgano que “dispone” y “decide” –aunque no sea “Poseedor”– de la totalidad de los bienes y medios de producción, pone a todos en una posición de dependencia casi absoluta, similar a la tradicional dependencia del obrero-proletario en el sistema capitalista. Esto provoca un sentido de frustración o desesperación y predispone a la despreocupación de la vida nacional, empujando a muchos a la emigración y favoreciendo, a la vez, una forma de emigración “psicológica”». JUAN PABLO II, Sollicitudo rei socialis.

[76] PÍO XII, Mensaje de Navidad de 1942, núm. 4.

[77] JUAN XXIII, Pacem in terris, núm. 131.

[78] JUAN XXIII, Pacem in terris, núm. 138.

[79] BENEDICTO XVI, Cáritas in veritate, núm. 7.

[80] «El mercado único de nuestros días no elimina el papel de los Estados, más bien obliga a los gobiernos a una colaboración recíproca más estrecha. La sabiduría y la prudencia aconsejan no proclamar apresuradamente la desaparición del Estado». BENEDICTO XVI, Cáritas in veritate, núm. 41.

[81] BENEDICTO XVI, Cáritas in veritate, núm. 67[82] Juan Fernando SEGOVIA, «¿Una nueva doctrina social de la Iglesia para un Nuevo Orden Mundial?», Verbo, n.º 499-500 (2011), pág. 808.