sábado, 7 de febrero de 2026

ACUERDO CON EEUU


 ¿Integración comercial o nuevo acto de sumisión?

 

Walter Curia

Perfil, 7-2-2026

 

El debate sobre el precio de la ropa es en esencia un debate sobre el modelo de país. Sobre qué tipo de economía quiere darse la Argentina. Es una discusión que vuelve una y otra vez. La posición del Gobierno fue de absoluto desprecio por los productores argentinos, si tomamos los ejemplos del jefe de Gabinete Manuel Adorni y del ministro de Economía Luis Caputo, dos que deberían empezar a serenarse. Federico Sturzenegger, hay que decirlo, le subió la vara cuando puso como modelo a David Ricardo y la teoría de las ventajas comparativas. Mejor así (aunque la teoría no siempre se traslada a la práctica).

 

Como economía con una base industrial estructuralmente heterogénea, de más de un siglo de historia, hoy desplazada, en palabras del reconocido especialista Bernardo Kosakoff, hacia un modelo de ensamblaje, y con un sector informal excluido; un sector agroindustrial de alta competitividad internacional; buen desarrollo en economía del conocimiento y en el umbral de la explosión de su potencialidad energética y minera; el desafío actual de la Argentina es cómo pararse frente a un orden internacional incierto, de gran volatilidad y al que Donald Trump busca incansablemente dirigir hacia el proteccionismo.

 

El Gobierno todo lo copia del de Estados Unidos, al punto que este jueves replicó la creación de una agencia de “respuesta oficial rápida” al periodismo, una nota aparte. Es raro que no imite lo que está pasando en ese país con la economía.

 

El 2 de abril del año pasado Donald Trump inició una guerra comercial contra el mundo, y llamó a esa fecha “Día de la Liberación”. Subió aranceles a las importaciones a niveles nunca vistos en el último medio siglo con el doble propósito de reducir el déficit crónico de la balanza comercial y reindustrializar la economía estadounidense después de décadas de relocalizaciones de empresas en China.

 

¿Debería seguir Argentina un camino similar al de Trump? Sin duda que no. La argentina es una de las economías más cerradas del mundo, y aún en el marco de un repliegue general, una apertura razonable podría redundar en un mayor dinamismo de su comercio internacional y en un atractivo para la llegada de inversiones.

 

Tras 25 años de negociaciones, la Argentina acaba de participar del acuerdo histórico que selló el Mercosur con la Unión Europea que se propone eliminar aranceles para más del 90% de productos y fortalecer el comercio y la inversión.

 

El acuerdo, que aún requiere aprobación parlamentaria, crea una zona de libre comercio de 700 millones de personas. Además, es un acuerdo estratégico y geopolítico: supone un límite potencial a la ambición de Trump de consolidar América Latina, el Hemisferio Occidental, como su “esfera de influencia”, límite con el que parecen comprometidas la UE y Brasil, la principal economía de la región.

No es desde luego el compromiso de Javier Milei.

 

La Argentina y los Estados Unidos firmaron este jueves el Acuerdo sobre Comercio e Inversión Recíproco, cuyo marco se conoció en noviembre pasado junto a similares alcanzados por Washington con Ecuador, El Salvador, y Guatemala, países aliados de Trump en América latina de escasísima relevancia en el comercio internacional.

 

El acuerdo, que ocupa 37 páginas y un anexo tarifario, fue subido ayer a la web por la Oficina del Representante Comercial de los Estados Unidos (USTR), en idioma inglés. Resulta, en sentido contrario al acuerdo Mercosur-UE, también un acuerdo geopolítico-estratégico.

 

En los enunciados, se propone profundizar el comercio y la inversión bajo criterios de reciprocidad, competitividad y armonización regulatoria. Pero la asimetría es evidente y el acuerdo se acerca más a una integración condicionada de la Argentina a los intereses de Estados Unidos que a un acuerdo de libre comercio (de hecho, no lo es).

 

Como ya se dejaba ver en el acuerdo marco de noviembre, el texto impone extensos compromisos a la Argentina en relación a la apertura de su mercado a bienes norteamericanos en materia de servicios, propiedad intelectual, economía digital, trabajo, medio ambiente, denominaciones de origen y obligaciones con terceros países (China). Sobresalen los compromisos asumidos por la Argentina con estándares, certificaciones y prácticas estadounidenses en materia de regulación, con la consiguiente pérdida o disminución de autonomía.

 

En materia de inversión, a través de instituciones como el Banco de Exportación e Importación de los Estados Unidos (EXIM Bank) y la Corporación Financiera Internacional para el Desarrollo, en colaboración con el sector privado, Estados Unidos “considerará apoyar el financiamiento de inversiones en sectores clave de Argentina”.

 

Julieta Zelikovich, doctora en Relaciones Internacionales, magister en Relaciones Comerciales Internacionales, enumeró los compromisos de uno y otro país contenidos en el acuerdo en un post en X: “Obligaciones de Argentina: 113 (son más xq hay listados de cosas). Obligaciones de EEUU: 10 (8 de esas son mutuas con Argentina... Así que en realidad son 2). Acuerdo de sumisión comercial y económica”.

 

En clave promocional, un comunicado de la Cancillería argentina a poco de conocido el acuerdo destacó que se trata del primer en su tipo en la región que incluye compromisos de inversiones de EE.UU. Y subraya que la Argentina podrá colocar el año próximo 80 mil toneladas más de carne en el mercado estadounidense, y llevando el acceso actual hasta las 100.000 toneladas, con un incremento de 800 millones de dólares en las exportaciones.

 

“Estados Unidos eliminará los aranceles recíprocos para 1.675 productos argentinos en una amplia gama de sectores productivos, lo que permitirá recuperar exportaciones por 1.013 millones de dólares”, dice ese texto. Indica que Argentina eliminará 221 aranceles a “máquinas, material de transporte, dispositivos médicos y productos químicos”, reducirá al 2% otros 20 productos, “principalmente autopartes”, y “otorgará cuotas para vehículos, carne y otros productos agrícolas”.

 

El acuerdo deja extrañamente abierta la discusión sobre el acceso de acero y aluminio argentino a los Estados Unidos, dos productos a los que Trump impuso aranceles de 50%. “El Gobierno de los Estados Unidos ratificó su compromiso de revisar oportunamente”, dice. Uno de los allí aludidos es Techint, de Paolo Rocca, el nuevo enemigo que se construyó el Gobierno.

 

La Cancillería afirma que el acuerdo con los Estados Unidos de Trump forma parte de la estrategia de inserción internacional de la Argentina y busca legitimar que es compatible con los compromisos con el Mercosur y el acuerdo con la Unión Europea. Pero las dos cuestiones presentan dudas. Ya se puede augurar un trabajoso paso por el Congreso para su aprobación.

EL CASO ROCCA


 y la Argentina cobarde

 

Gustavo González

Presidente y CEO de Editorial Perfil

 

Perfil, 6-2-2026

 

No es que Javier Milei quiera destruir a la industria nacional.

 

Eso es solo una consecuencia de su política de apertura indiscriminada de importaciones asociada con la caída del consumo interno, lo que en estos dos años ya generó el cierre de 21 mil empresas y la pérdida de 270 mil empleos, según datos oficiales.

 

Así, la destrucción de la industria sería un daño colateral de un proceso virtuoso originado en el libre mercado global, que permite que los países más desarrollados compitan con las firmas de un país empobrecido como la Argentina

Es el modelo contra el que Donald Trump viene luchando: terminar con la lógica librecambista y aplicar severas trabas para defender a las empresas y al empleo de los estadounidenses.

 

Milei anti-Trump. Milei hace lo contrario. Por eso es un aliado ideal para los Estados Unidos: mientras que allá bloquean el ingreso de mercaderías importadas, aquí se les abren las puertas.

 

Si Trump fuera argentino, sería el presidente que Paolo Rocca elegiría para que lo protegiera de la avanzada china y de otros poderosos competidores. Pero se tiene que contentar con un hombre al que apoyó y que hoy lo destrata e insulta.

 

Aunque Milei no cambió. Es el mismo anarcocapitalista de la campaña que intenta llevar a la práctica sus promesas de acabar con un Estado que pretende intermediar en los conflictos entre los países, las empresas y los ciudadanos.

 

Su reacción frente a la derrota de Techint ante la india Welspun en la provisión de caños para un gasoducto desde Vaca Muerta fue la de aplaudir las reglas del mercado abierto internacional que pregona. Que haya o no habido dumping, como deslizan desde la multinacional argentina, es un problema solo para aquellos que no entienden que –para un libertario como Milei– todas las herramientas son válidas si sirven para competir y ganar mercados.

 

Es cierto que, a su ideología, él le agrega su habitual falta de respeto hacia los que piensan distinto. Sea el mayor empresario del país o los economistas y periodistas “ensobrados y operadores”.

 

Es la dramática coherencia que en esta columna siempre se le reconoce.

 

Si Milei hubiera tratado de presionar para revertir la decisión del consorcio comprador de los caños o si se hubiera quejado luego del resultado del concurso, entonces sí llamaría la atención por su giro ideológico. De igual forma, si hubiera expresado su satisfacción por el resultado de la licitación sin insultar a nadie, también hubiera sorprendido.

 

Pero Milei es el mismo, pese al shock que sus ataques generaron en el establishment.

 

El mismo que les dijo en la cara lo que iba a hacer con igual virulencia verbal que ahora. Es el mismo al que una parte del empresariado aplaude en cada evento en el que se burla de otros empresarios, políticos, economistas y periodistas.

 

Y es el mismo frente al cual otros empresarios solo critican por lo bajo por temor a incomodarlo.

 

El silencio. Cada vez que en estos dos años se preguntaba en ese establishment por qué festejaban a un hombre que les prometía ir en contra de sus intereses o por qué no criticaban en público lo que pensaban en privado, la respuesta era similar: el Presidente les parecía un líder disruptivo capaz de llevar adelante transformaciones liberales que los beneficiarían a ellos y al país. Además de ser conscientes de su baja tolerancia a las ideas ajenas.

 

Creer que Milei era liberal y republicano fue el justificativo que se dieron para convencerse de que aplaudirlo o silenciar las críticas era lo mejor.

 

El siguiente error fue suponer que lo podían cambiar o controlar.

 

Por eso, el “Don Chatarrín” cayó como una bomba entre las familias y las organizaciones empresariales. El grupo Techint es el mayor empleador privado del país (25 mil trabajadores en forma directa, unos 80 mil incluyendo las pymes que viven en su entorno). Que la única reacción generada en el círculo rojo haya sido la carta del titular de la UIA, Martín Rappallini, sobre el rol de los empresarios y sin hacer referencia a los agravios (cuatro días después del primer ataque) es una señal inequívoca del desconcierto y del temor que cunde en esos sectores.

 

El resto fue silencio. No hubo nadie relevante del empresariado local y del mundo económico que haya salido en defensa del mayor empresario nacional. Ni siquiera de la política: una ingratitud manifiesta frente a un grupo que históricamente aportó dinero a las campañas de los partidos tradicionales. También lo hizo con La Libertad Avanza.

 

La falta de solidaridad contrastó con un Milei que volvió a atacar a Rocca otras dos veces. En la última llegó a replicar en sus redes, sin presentar pruebas, la acusación de que el dueño de Techint había estado involucrado en una operación para derrocarlo: “Jubilate, tano. Perdiste”, terminaba el mensaje difundido por Milei.

 

La crisis. Lo que subyace detrás de los ataques oficiales y el malestar empresarial es la crisis económica.

 

La semana que pasó se conoció el último informe de la consultora Equilibra. Señala que la actividad económica está estancada desde el tercer trimestre de 2023, que solo se expandieron 19 de los 55 sectores productivos y que las importaciones de origen chino crecieron por sobre las demás, en especial después de las restricciones arancelarias de Trump al gigante asiático.

 

Según los últimos datos interanuales del Indec, la industria retrocedió un 8,7% y la construcción un 4,7%. La caída afectó a 15 de los 16 sectores de la industria manufacturera. En el caso de textiles, automotores y productos metalmecánicos, la retracción se acerca o supera el 20%. El consumo cayó un 1,4%. Todo en comparación a un 2024 ya en baja en su actividad económica. La industria, la construcción y el comercio explican casi el 50% del PBI nacional.

 

Más allá de los genuinos debates sobre por qué Techint perdió esa obra (¿precios excesivos?, ¿dumping indio?, ¿materiales subsidiados provistos por China?) o sobre si un Estado debe, o no, intervenir de alguna forma en defensa del trabajo nacional, lo llamativo es la soledad en la que quedó rodeado uno de los hombres más poderosos del país.

 

Ni siquiera los medios y periodistas que más relación tienen con él salieron en su defensa. ¿Qué hubiera pasado si la ofensa hubiera provenido de otro presidente; Cristina Kirchner, por ejemplo? ¿O es que el temor que hoy les infunde Milei es superior al que sentían en los años duros del menemismo y el kirchnerismo?

 

En el mismo ánimo de naturalizar o silenciar los desbordes presidenciales, casi pasó desapercibido que el Poder Ejecutivo acaba de decretar que 2026 será denominado en todos los documentos públicos como el “Año de la grandeza”.

 

Naturalizar lo ridículo. Es la contradicción que se mencionó en una columna anterior entre el Milei anti-Estado y el Milei estatista.

 

Así como refuerza al Estado en materias como seguridad, espionaje y control mediático, también lo hace avanzando con la simbología de lo público sobre el calendario. Al igual que hacen los gobiernos estatistas que él tanto detesta. Como el norcoreano Kim Jong-un (“el Año de la prosperidad”, “el Año de la gran victoria”), la Cuba de los Castro (“el Año de la solidaridad”, “el Año del esfuerzo decisivo”) o la Venezuela de Maduro (“el Año del Comandante eterno” o “el Año de la ofensiva revolucionaria”).

 

Por oportunismo o cobardía, cuando los gobiernos se muestran empoderados, hasta sus mayores ridiculeces son aplaudidas o silenciadas.

 

Hasta que un día se recuerdan.

 

Todas juntas.

LA FECUNDIDAD

 


 SIGUE CAYENDO: CIFRAS DEL 2024

 

NOTIVIDA, Año XXVI, Nº 1403, 6 de febrero de 2026

 

Por Mónica del Río

 

Nota: Las cifras y gráficos de este informe son de elaboración propia y han sido confeccionados en base a las estadísticas vitales 2024, publicadas recientemente por el Ministerio de Salud de la Nación. Si utiliza los datos que publicamos, cite la fuente.

 

Promedio de hijos por mujer

La Tasa Global de Fecundidad (TGF) mide el número de hijos que en promedio tendría cada mujer al final de su vida reproductiva.

Para que una población se mantenga estable en el tiempo, la TGF debe alcanzar 2,1 hijos por mujer (suponiendo mortalidad constante y ausencia de migración). Por debajo de ese umbral de reemplazo generacional, el crecimiento poblacional se desacelera y finalmente se inicia un proceso de despoblamiento.


Desde 2020, todos los distritos del país se encuentran por debajo de ese nivel de recambio.

En 2024, el promedio nacional (1,185) muestra una caída del 49% respecto de 2014, lo que significa que en apenas una década la fecundidad global se redujo prácticamente a la mitad.

 

Fecundidad en las provincias


Distritos con menor fecundidad:


Ciudad de Buenos Aires (0,93); Tierra del Fuego (0,95); Jujuy (1,14) y La Pampa (1,16).


Distritos con mayor fecundidad:


Chaco (1,73); Misiones (1,71); Formosa (1,55); San Juan (1,48) y Corrientes (1,44).

La caída de la natalidad no se revertirá mientras no se indaguen con objetividad sus causas profundas. Pretender paliar la tendencia apelando a una eventual “ventana de oportunidad”, como suele denominarse al “bono demográfico”, es insuficiente.


La única estrategia capaz de frenar —o al menos ralentizar— esta crisis poblacional es un plan integral de promoción de la familia, que reconozca la sacralidad de la vida humana, restituya la autoridad de los padres y revalorice la maternidad como vocación esencial.


De lo contrario, el país se encamina hacia un futuro marcado por el despoblamiento y el debilitamiento de sus estructuras sociales.