y la Argentina cobarde
Gustavo González
Presidente y CEO
de Editorial Perfil
Perfil, 6-2-2026
No es que Javier
Milei quiera destruir a la industria nacional.
Eso es solo una
consecuencia de su política de apertura indiscriminada de importaciones
asociada con la caída del consumo interno, lo que en estos dos años ya
generó el cierre de 21 mil empresas y la pérdida de 270 mil empleos, según
datos oficiales.
Así, la
destrucción de la industria sería un daño colateral de un proceso virtuoso
originado en el libre mercado global, que permite que los países más
desarrollados compitan con las firmas de un país empobrecido como la Argentina
Es el modelo
contra el que Donald Trump viene luchando: terminar con la lógica librecambista
y aplicar severas trabas para defender a las empresas y al empleo de los
estadounidenses.
Milei anti-Trump.
Milei hace lo contrario. Por eso es un aliado ideal para los Estados Unidos:
mientras que allá bloquean el ingreso de mercaderías importadas, aquí se les
abren las puertas.
Si Trump fuera
argentino, sería el presidente que Paolo Rocca elegiría para que lo protegiera
de la avanzada china y de otros poderosos competidores. Pero se tiene que
contentar con un hombre al que apoyó y que hoy lo destrata e insulta.
Aunque Milei no
cambió. Es el mismo anarcocapitalista de la campaña que intenta llevar a la
práctica sus promesas de acabar con un Estado que pretende intermediar en los
conflictos entre los países, las empresas y los ciudadanos.
Su reacción frente
a la derrota de Techint ante la india Welspun en la provisión de caños para un
gasoducto desde Vaca Muerta fue la de aplaudir las reglas del mercado abierto
internacional que pregona. Que haya o no habido dumping, como deslizan desde la
multinacional argentina, es un problema solo para aquellos que no entienden que
–para un libertario como Milei– todas las herramientas son válidas si sirven
para competir y ganar mercados.
Es cierto que, a
su ideología, él le agrega su habitual falta de respeto hacia los que piensan
distinto. Sea el mayor empresario del país o los economistas y periodistas
“ensobrados y operadores”.
Es la dramática
coherencia que en esta columna siempre se le reconoce.
Si Milei hubiera
tratado de presionar para revertir la decisión del consorcio comprador de los
caños o si se hubiera quejado luego del resultado del concurso, entonces sí
llamaría la atención por su giro ideológico. De igual forma, si hubiera
expresado su satisfacción por el resultado de la licitación sin insultar a
nadie, también hubiera sorprendido.
Pero Milei es el
mismo, pese al shock que sus ataques generaron en el establishment.
El mismo que les
dijo en la cara lo que iba a hacer con igual virulencia verbal que ahora. Es el
mismo al que una parte del empresariado aplaude en cada evento en el que se
burla de otros empresarios, políticos, economistas y periodistas.
Y es el mismo frente
al cual otros empresarios solo critican por lo bajo por temor a incomodarlo.
El silencio. Cada
vez que en estos dos años se preguntaba en ese establishment por qué festejaban
a un hombre que les prometía ir en contra de sus intereses o por qué no criticaban
en público lo que pensaban en privado, la respuesta era similar: el Presidente
les parecía un líder disruptivo capaz de llevar adelante transformaciones
liberales que los beneficiarían a ellos y al país. Además de ser conscientes de
su baja tolerancia a las ideas ajenas.
Creer que Milei
era liberal y republicano fue el justificativo que se dieron para convencerse
de que aplaudirlo o silenciar las críticas era lo mejor.
El siguiente error
fue suponer que lo podían cambiar o controlar.
Por eso, el “Don
Chatarrín” cayó como una bomba entre las familias y las organizaciones
empresariales. El grupo Techint es el mayor empleador privado del país (25 mil
trabajadores en forma directa, unos 80 mil incluyendo las pymes que viven en su
entorno). Que la única reacción
generada en el círculo rojo haya sido la carta del titular de la UIA, Martín
Rappallini, sobre el rol de los empresarios y sin hacer referencia a los
agravios (cuatro días después del primer ataque) es una señal inequívoca del
desconcierto y del temor que cunde en esos sectores.
El resto fue
silencio. No hubo nadie relevante del empresariado local y del mundo económico
que haya salido en defensa del mayor empresario nacional. Ni siquiera de la
política: una ingratitud manifiesta frente a un grupo que históricamente aportó
dinero a las campañas de los partidos tradicionales. También lo hizo con La
Libertad Avanza.
La falta de
solidaridad contrastó con un Milei que volvió a atacar a Rocca otras dos veces.
En la última llegó a replicar en sus redes, sin presentar pruebas, la acusación
de que el dueño de Techint había estado involucrado en una operación para
derrocarlo: “Jubilate, tano. Perdiste”, terminaba el mensaje difundido por
Milei.
La crisis. Lo que
subyace detrás de los ataques oficiales y el malestar empresarial es la crisis
económica.
La semana que pasó
se conoció el último informe de la consultora Equilibra. Señala que la
actividad económica está estancada desde el tercer trimestre de 2023, que solo
se expandieron 19 de los 55 sectores productivos y que las importaciones de
origen chino crecieron por sobre las demás, en especial después de las
restricciones arancelarias de Trump al gigante asiático.
Según los últimos
datos interanuales del Indec, la industria retrocedió un 8,7% y la construcción
un 4,7%. La caída afectó a 15 de los 16 sectores de la industria manufacturera.
En el caso de textiles, automotores
y productos metalmecánicos, la retracción se acerca o supera el 20%. El consumo
cayó un 1,4%. Todo en comparación a un 2024 ya en baja en su actividad
económica. La industria, la construcción y el comercio explican casi el 50% del
PBI nacional.
Más allá de los
genuinos debates sobre por qué Techint perdió esa obra (¿precios excesivos?,
¿dumping indio?, ¿materiales subsidiados provistos por China?) o sobre si un
Estado debe, o no, intervenir de alguna forma en defensa del trabajo nacional,
lo llamativo es la soledad en la que quedó rodeado uno de los hombres más
poderosos del país.
Ni siquiera los
medios y periodistas que más relación tienen con él salieron en su defensa.
¿Qué hubiera pasado si la ofensa hubiera provenido de otro presidente; Cristina
Kirchner, por ejemplo? ¿O es que el temor que hoy les infunde Milei es superior
al que sentían en los años duros del menemismo y el kirchnerismo?
En el mismo ánimo
de naturalizar o silenciar los desbordes presidenciales, casi pasó
desapercibido que el Poder Ejecutivo acaba de decretar que 2026 será denominado
en todos los documentos públicos como el “Año de la grandeza”.
Naturalizar lo ridículo.
Es la contradicción que se mencionó en una columna anterior entre el Milei
anti-Estado y el Milei estatista.
Así como refuerza
al Estado en materias como seguridad, espionaje y control mediático, también lo
hace avanzando con la simbología de lo público sobre el calendario. Al igual
que hacen los gobiernos estatistas que él tanto detesta. Como el norcoreano Kim
Jong-un (“el Año de la prosperidad”, “el Año de la gran victoria”), la Cuba de
los Castro (“el Año de la solidaridad”, “el Año del esfuerzo decisivo”) o la
Venezuela de Maduro (“el Año del Comandante eterno” o “el Año de la ofensiva
revolucionaria”).
Por oportunismo o
cobardía, cuando los gobiernos se muestran empoderados, hasta sus mayores
ridiculeces son aplaudidas o silenciadas.
Hasta que un día
se recuerdan.
Todas juntas.