reafirma los
principios no negociables en el Congreso español
Stefano Fontana
Brújula cotidiana,
09_06_2026
Ayer, 8 de junio
de 2026, el Papa León XIV ha pronunciado un largo y sustancioso discurso ante
el Congreso de los Diputados, donde se ha reunido con los miembros del
Parlamento español, que le dedicaron un largo aplauso al final de su
intervención. En los viajes pontificios, los discursos ante los parlamentos de
las naciones visitadas son momentos de gran relevancia en el ámbito de la
Doctrina Social de la Iglesia y se refieren directamente a la relación entre la
fe católica y la vida política, entre la Iglesia y el mundo. Al igual que ocurrió
con los discursos de Benedicto XVI en el Westminster Hall de Londres (2010) y
en el Bundestag de Berlín (2011), también este discurso de León supone una
profundización adicional de esta relación y, por lo tanto, hay que leerlo con
atención.
En las últimas
décadas, España ha vivido un proceso acelerado y radical de secularización que
ha supuesto el fin de la anterior sociedad cristiana y también el derrocamiento
de la ética pública, como siempre ocurre en estos casos. La laicización ha
generado un nihilismo moral, sobre todo tras la introducción de leyes contra la
vida y la familia. Recientemente, las aperturas a un posible
“redimensionamiento” de la inviolabilidad del secreto sacramental de la
Confesión han ido acompañadas del proyecto de incluir en la Constitución el
derecho al aborto, como ya ocurrió en Francia. El Papa se ha dirigido a esta
España, que ya no es una nación cristiana, y lo ha hecho siguiendo tres líneas
temáticas: en primer lugar, ha recordado la historia cristiana de la nación,
durante la cual la Iglesia y la religión católica han animado una civilización
luminosa; a continuación ha descrito el marco de principios y valores que,
incluso tras ese periodo de cristiandad, deben mantenerse como expresión de la
naturaleza del hombre; y por último, ha hablado de lo que la religión aún puede
aportar a la sociedad española si se le concede libertad.
En cuanto al
primero de estos puntos, León ha recordado a Don Quijote, a santa Teresa de
Ávila, a Miguel de Unamuno, a la Escuela de Salamanca, en particular la obra
del fraile dominico Francisco de Vitoria, que contribuyó a fundar el derecho
internacional moderno sobre el “valor irreducible de todo ser humano y sobre
los límites morales del poder”. En realidad, el pensamiento de Vitoria no era
moderno, sino que seguía vinculado a una visión interna de la societas
christiana, y la justa apelación a él no debe llevar a superponer el derecho
natural cristiano y el derecho moderno de los Estados soberanos. A este
respecto, al Papa León se le escapa un “mea culpa” por la Iglesia, que no
habría estado completamente a la altura de esta tradición, al igual que en la
Magnifica humanitas había pedido perdón por el retraso con el que había luchado
contra la esclavitud: afirmaciones poco fiables desde el punto de vista
histórico. Aparte de esto, el Papa ha hecho bien en recordar esta historia
pasada, al decir que “pertenece a las grandes herencias de España”.
El paso al segundo
punto indicado anteriormente se produce precisamente en torno a la
inviolabilidad de la persona humana como criterio último de la justicia,
inviolabilidad en la que convergen la Revelación y la razón, que “puede
reconocerla como exigencia inscrita en la verdad del hombre”. La parte más
sustancial del discurso se ha centrado precisamente en dirigir “una palabra
fuerte y decidida a quienes tienen la gran responsabilidad de ordenar
jurídicamente la convivencia social”.
Estas palabras
“fuertes y decididas” se refieren a la defensa de la vida humana en todas sus
fases, y que no “deja en la sombra a un niño aún no nacido”; posteriormente, la
protección de la familia, “primera realidad humana y fundamento natural de la
comunidad”; y, por último, la educación, en la que hay que “respetar siempre el
derecho primario e inalienable de los padres a elegir el tipo de instrucción y
formación que se impartirá a los hijos”.
No hay duda de que
en este discurso se reiteran de manera inequívoca los “principios no
negociables”, aunque sin llamarlos así. Esto es válido incluso si el discurso
pasa inmediatamente a hablar del “trágico drama migratorio”, equiparándolo a
los tres anteriores, mientras que entre ellos hay una diferencia notable, dado
que en los tres primeros nos encontramos ante absolutos morales negativos.
Resulta interesante, sin embargo, el realismo con el que se ofrecen
indicaciones para abordar el problema: que haya “posibilidades reales de
integración” y que se promueva “el derecho a permanecer en la propia tierra”.
El tercer punto ha
llevado al Papa León a reflexionar sobre las sociedades democráticas y su
concepto de libertad, sobre todo de la libertad religiosa. León aborda la
cuestión no basándose en los derechos del catolicismo, sino en la libertad de
religión, para la cual “la fe no pretende imponerse con privilegios o
coacciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio”.
Aquí se abre una
cuestión relevante en la que hay que profundizar. A pesar de la referencia
inicial a la contribución del catolicismo a la grandeza de la civilización
española, a pesar de las observaciones finales del Papa que, inspirándose en
los frisos y pinturas que adornan la sala de las Cortes, ha recordado que “la
libertad moderna fue preparada también por una larga educación de la
conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana”, en el discurso no
surge ninguna referencia directa a la religión católica como religio vera que
desempeña por tanto un papel único en la purificación de la razón política, y
que no estámotivado únicamente por razones culturales e históricas.
Cuando se
reivindican sus derechos, se hace solo en referencia al principio de la
libertad religiosa, es decir, con un criterio válido para todas las religiones,
y utilizando las palabras fe o religión en sentido general. Pero si el
catolicismo es la religio vera y si, por ello, la política lo necesita, su
posición en la vida pública cambia, tanto respecto a la autoridad como a las
demás religiones. En este punto se observa cierta diferencia con Benedicto XVI
y sus discursos ante otros parlamentos.