martes, 1 de febrero de 2022

DOCTRINA WOKE

 


fundamentalismo identitario y hostilidad racial en los campus universitarios de EEUU

Este estudio publicado en El Confidencial, tiene claro que la cultura woke es producto de la revolución cultural llevada adelante por la nueva izquierda marxista acuñada en la Escuela de Frankfurt. A esta mixtura de ideologías se le llama “progresista” o “progre” lo mismo que a las personas que adhieren a ella.

El pensamiento de base de estos artículos es la defensa de las libertades fundadas en la Revolución Francesa, la ilustración y el liberalismo. Digamos que es una de las tantas facetas de lo que hoy se ha dado en llamar “conservadurismo”, es decir que buscan “conservar” la sociedad que conocieron y vivieron.

Este artículo no participa de nuestra postura de católicos que defendemos los derechos de Dios y de la Iglesia. Sin embargo, lo damos a leer porque tiene muchos datos importantes para conocer la forma en que trabaja y hasta dónde llega la dialéctica marxista para alcanzar sus objetivos de destruir las sociedades a fin de fundar “un paraíso en la tierra”.

 

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De “El Confidencial”: 01/12/2021

Inauguramos una serie sobre cómo la ideología de la teoría crítica racial se ha ido fraguando en las universidades progresistas y extendiéndose después por la cultura y las instituciones de EEUU

Lo que solía considerarse una crisis de libertad de expresión en los campus universitarios de élite de Estados Unidos, con sus escraches y sus códigos del lenguaje, sus “espacios seguros” ([1]) y sus advertencias de “contenidos sensibles” ([2]), está cristalizando en una sólida ortodoxia identitaria. Algunos de los campus universitarios más selectos de los estados demócratas empiezan a mostrar los rasgos de pequeños regímenes fundamentalistas.

Guiados por una teoría que no permite la duda, y al abrigo de la indignación desatada por casos como el asesinato de George Floyd, sus rectorías han creado poderosos comités, ideologizando los temarios, e incluso organizado confesiones públicas de prejuicios raciales. Un verdadero clima dogmático que, como tal, no tolera herejías. Esta ideología, que suele aparecer bajo los nombres de 'teoría crítica racial', 'movimiento de la justicia social', 'antirracismo' o, más sencillamente, 'wokismo', se ha ido fraguando en las universidades progresistas y extendiéndose por la cultura y las instituciones de EEUU.

Este capítulo primero -dedicado a las universidades y las empresas- servirá de introducción.

En el segundo, veremos cuál es el origen de este credo, por qué ha cuajado ahora, y por qué está siendo criticado por los veteranos de los derechos civiles.

El tercero irá dedicado a su desembarco en las escuelas primarias,

Y el cuarto, a las fundaciones e iniciativas que están surgiendo para contrarrestarlo. La mayoría de profesores y empleados que denuncian este ambiente aparentemente hostil lo hacen de forma anónima. Algunos pocos, como Jodi Shaw - coordinadora de Apoyo a los Estudiantes de Smith College - y Aaron Kindsvatter -profesor de pedagogía terapéutica en la Universidad de Vermont- optaron por hacerlo a cara descubierta

“Empecé a sentirme mal cuando nuestra universidad adoptó la idea de que nos teníamos que ceñir a los estándares DEI (Diversidad, Equidad e Inclusión)”, dice Aaron Kindsvatter. “Me preocupaba cómo iba a ponerme firme con lo que esperaban de mí. DEI es una especie de nombre en clave de la retórica y las ideas de la izquierda más extremista, y querían que sólo enseñara eso. Me ponía enfermo intentando buscar una manera de mantener una conversación con la clase sin adoctrinarla con estas ideas”.

El profesor Aaron Kindsvatter dice que durante dos años y medio padeció problemas de estómago (…) del estrés que le producía pensar en dar clase y en enfrentarse a una facultad donde se sentía cada vez más aislado. Como consecuencia de los cambios departamentales efectuados en 2018 y 2019, debía basar el temario según las instrucciones de Ibram X. Kendi y Robin Jeanne DiAngelo, autores, respectivamente, de 'Cómo ser antirracista' y 'Fragilidad blanca': los dos superventas de la teoría crítica racial.

Según Kendi y DiAngelo, en Estados Unidos el racismo de los blancos determina todas las interacciones humanas. Es una fuerza tan sutil y tan penetrante, tan imbricada en las instituciones y en las costumbres, que la única manera de reducirla es entrenando nuestros sentidos: aprendiendo a localizarlo, cuestionarlo y combatirlo; aprendiendo a ser 'woke', a estar 'despiertos' ante las terribles agresiones que anidan en las palabras y en los comportamientos.

Ambos libros presentan, de manera transparente, una visión binaria del mundo. “No hay neutralidad en la lucha contra el racismo”, escribe Ibram X. Kendi. “Uno o bien permite que las inequidades raciales sigan perseverando, como racista, o bien se enfrenta a las inequidades raciales, como antirracista. No hay término medio (...). La declaración de neutralidad del ‘no racista’ es una máscara del racismo”.

Para Robin Jeanne DiAngelo, no existe una persona blanca que no sea racista: ni siquiera ella, que suele reconocer abiertamente su “visión racista del mundo”. Porque el racismo, además de ser inherente a los caucásicos ([3]), es incurable. Lo único que pueden hacer los blancos es mantenerlo a raya con un riguroso entrenamiento mental. Un examen constante de sus prejuicios, difíciles confesiones en grupo, y otras técnicas que ella ofrece en su libro y en sus charlas a empresas y universidades. La dinámica es la misma que con Kendi. Se trata de una doctrina perfecta, incuestionable, en la que solo hay dos opciones: o confesar el racismo o no, en cuyo caso el blanco estaría dando muestras de “fragilidad blanca”: estaría negando la realidad. DiAngelo y Kendi no se han inventado la teoría crítica racial, que lleva 30 años desarrollándose (o más de 60, si buscamos su semilla en los posmodernistas franceses). Lo que han hecho ha sido darle una dimensión práctica, un manual de acción aplicable a todos los aspectos de la existencia.

Jodi Shaw, antigua coordinadora del Smith College, un bucólico y exclusivo campus universitario femenino de Massachusetts, conoce bien estas tácticas. En enero de 2020 tuvo que asistir, junto al resto de empleados, a un curso obligatorio sobre sensibilización racial. Durante el ejercicio, el 'educador antirracista' fue pidiendo a los empleados de Smith que expresaran en público los sentimientos raciales que habían experimentado en su niñez. Cuando llegó el turno de Shaw, esta dijo que se sentía incómoda y que prefería pasar. El educador lo entendió como un claro síntoma de 'fragilidad blanca', y acusó a Shaw de usar este ardid como un “juego de poder” propio de los blancos.

La negativa de Shaw a participar resultaba ser una agresión racista. “En Estados Unidos, es ilegal preguntarle a alguien por su raza en una entrevista de trabajo, y sin embargo querían que la raza formara parte de mi empleo”, dice Shaw, y asegura que, en otras circunstancias, no le hubiera importado hablar a unos desconocidos de sus sentimientos raciales, pero, a esas alturas, ya había sido trastocada por un año y medio de hostigamiento racial.

Los problemas de Shaw y de otros empleados comenzaron en verano de 2018, cuando una estudiante afroamericana, Oumou Kanoute, dijo haber sido víctima de racismo porque un conserje y un policía del campus le preguntaron qué hacía en un comedor vedado, en ese momento, a los estudiantes. Kanoute desveló en Facebook la identidad del conserje y lo acusó de racista. Mientras Kanoute concedía entrevistas a ABC News, CNN o 'The Washington Post', Smith College adoptaba un frenesí de medidas para combatir el “racismo sistémico”. Entre ellas, la segregación de las residencias de estudiantes, talleres de sensibilización racial y un “equipo de respuesta al sesgo” ([4]), que permitía denunciar anónimamente cualquier mensaje, imagen o palabra considerados discriminatorios por algún individuo o colectivo.

Tres meses después del incidente con Kanoute, la investigación oficial concluyó que no había habido discriminación. Pero la maquinaria DEI ya era imparable. De repente, el criterio racial pasó a ser la base de todas las decisiones del campus, no solo en las contrataciones y asignaciones de tareas: cualquier actividad o medida caía bajo alguna de las categorías 'woke', como “apropiación cultural” ([5]), y tenía que ser cancelada o repensada. Shaw describe, en su queja oficial ante el estado de Massachusetts, las amenazas contra profesores y empleados que no se ajustaban a la ortodoxia, y cómo los conflictos entre alumnos se resolvían en base a sus etnias, y las acusaciones constantes de “privilegio blanco” a personas como ella, madre soltera de dos hijos que ganaba 45.000 dólares brutos al año (menos de los 78.000 que cuesta la matrícula anual en Smith). Shaw, armada con la Ley de los Derechos Civiles de 1964, denunció estas circunstancias ante la dirección, pero el campus estimó que Shaw carecía de “competencia cultural” y fue recortándole, sin avisar, sus responsabilidades.

 La dinámica es el miedo”, dice Jodi Shaw. “Sé de profesores que cambiaron el temario para evitar posibles reacciones de los estudiantes. El personal se lo piensa dos veces antes de dirigirse a los alumnos, porque saben lo que les puede suceder”. La exempleada añade que este “ambiente racialmente hostil” le dejó una costosa factura física y mental, de la que aún se está recuperando.

La primera vez que Aaron Kindsvatter escuchó el término 'whiteness', o blancura, aplicado al color de la piel, fue cuando un colega de su facultad ofreció a los profesores blancos ayuda para luchar con esta condición. “En ese momento, creí que esa persona no estaba pensando, que se había dejado llevar por la pasión, y que yo me iba a olvidar”. “Pero empecé a escuchar más y más al respecto y, recientemente, en las notas de una de las reuniones de nuestra Facultad de Educación, el comité responsable de la implementación declaró que la mayoría de las personas de la universidad eran cómplices de supremacía blanca y que deberían mejorar para apoyar a los colegas y profesores de color”.

El pasado junio, el Comité de Diversidad, Equidad e Inclusión de la universidad dio un curso titulado 'Centrando la conversación en la blancura'. Trataba de cómo la blancura llevaba siglos oprimiendo a la humanidad con sus dos esencias, que son el racismo y el capitalismo. “El racismo es el agua en la que nadamos”, dijo Paul Marcus, “educador antirracista blanco”, en la charla. “Mantener la blancura se vuelve crucial a la hora de facilitar el crecimiento económico y el capitalismo. Racismo y capitalismo están estrechamente entreverados”.

La presión a los profesores para que adoptasen estos puntos de vista. Cuando Aaron Kindsvatter trató de alternar los textos de Kendi y DiAngelo con los de otros pensadores que daban una perspectiva distinta sobre el racismo -como los afroamericanos Shelby Steele o Coleman Hughes- Kindsvatter recibió una advertencia por enseñar “materiales controvertidos” en sus clases. La asfixia académica aumentaba a la par que sus dolores de estómago, y decidió colgar su testimonio en YouTube: 'Racismo y religión secular en la Universidad de Vermont'. El profesor, hablando pausadamente, dice que no quiere que su alocución se malinterprete y que espera que los alumnos sepan que él comprende las injusticias a las que han podido ser sometidos. Después, advierte sobre los peligros de asociar una serie de “males sociales” a una raza determinada, e invita a la facultad a iniciar un diálogo al respecto.

 48 horas después, varios grupos estudiantiles cursaron una petición en los más puros términos “antirracistas”: “La mentalidad de ‘no veo la raza’ del profesor Aaron Kindsvatter ha probado ser dañina contra cualquier tipo de justicia racial societaria y por esa razón estamos exigiendo su dimisión inmediata” porque “Un miembro de la facultad, especialmente uno que enseña cursos de terapia, no puede tener esta ideología empleada por supremacistas blancos”. El rector y la decana de la universidad agradecieron, en un comunicado, a los estudiantes que “plantaron cara a las posiciones defendidas en el vídeo” y prometieron que los alumnos se iban a sentir “seguros y apoyados”.

Kindsvatter seguía así la estela de Jodi Shaw, que visiblemente exhausta, se había decidido a tirar de la manta en Smith College y que en su primer vídeo de YouTube expresaba: “Pido a Smith College que deje de reducir mi persona a una categoría racial. Dejad de decirme lo que debo pensar y sentir sobre mí misma”. … “Dejad de pretender que sabéis quién soy o cuál es mi cultura en base al color de mi piel. Dejad de pedirme que proyecte estereotipos y suposiciones sobre otros en base a su color de piel”.

Smith College respondió diciendo que Shaw no representaba a la universidad y prometiendo a sus estudiantes de color que haría todo lo posible para mantenerlos seguros. Al vídeo siguió un pesado tira y afloja con la administración y Jodi Shaw acabó dejando su empleo. Las desventuras de Shaw y Kindsvatter no representan una dinámica racial de gente de color contra gente blanca. Tanto Vermont como Massachusetts están entre los estados más blancos de Estados Unidos: la mayoría de las prácticas expuestas en este artículo han sido ideadas y aplicadas por blancos, como blancos son ambos rectores y la mayoría de los profesores y personal de ambas instituciones. De la misma forma, numerosos intelectuales negros y veteranos de los derechos civiles han sido críticos con estas políticas y con esta ideología, que además suele considerarlos personas marginadas, débiles e indefensas ante todo tipo de abusos.

 “La mayoría de la gente en todos los grupos raciales no es proclive a dejarse arrastrar por las teorías queer (=raro) ([6]) o racial”, afirma Helen Pluckrose, coautora del libro 'Cynical Theories' y fundadora de Counterweight, una asociación sin ánimo de lucro que asesora a quienes se están viendo discriminados por la teoría crítica racial, tanto dentro como fuera de las universidades. Counterweight -al igual que otras fundaciones- se creó tras los sucesos del verano pasado. El asesinato de George Floyd a manos del policía Derek Chauvin desató la mayor ola de protestas en EEUU desde los años sesenta (…) Los partidarios de la doctrina 'woke', graduados en estas universidades, habrían aprovechado la indignación para promover su agenda por los cuatro rincones de Estados Unidos.

Counterweight recibe diariamente una media de 30 o 40 peticiones de ayuda por parte de personas que están siendo obligadas a aceptar, en su universidad o lugar de trabajo, una ideología racial con la que no están de acuerdo. El 70% de estas quejas viene de Estados Unidos. Tres de cada cuatro, del mundo empresarial. “Realmente, nuestra prioridad son los empleados, y particularmente las personas que no tienen las habilidades para defenderse ante los argumentos de la teoría”, dice Pluckrose. “Tenemos a gente de los servicios de emergencia, ingenieros, bibliotecarios... Personas de todas las facetas de la vida”.

Diez días después de la muerte de Floyd, Robin Jeanne DiAngelo impartió una conferencia ante 184 congresistas demócratas. “A todos los blancos que estáis escuchando ahora mismo, creyendo que no me estoy dirigiendo a vosotros”, declaró, “os estoy mirando directamente a los ojos y diciendo: eres tú”. DiAngelo no tenía tiempo de atender las innumerables peticiones que se acumulaban en su buzón. Google, Amazon, Facebook, Microsoft, Netflix, American Express, Nike, Under Armour, Goldman Sachs o CVS fueron algunas de las empresas que solicitaron su ayuda para entender mejor el racismo. DiAngelo y Kendi parlamentaban diariamente en los grandes canales de televisión y sus libros eran propulsados a la cumbre de los más vendidos, hasta el punto de que las editoriales tuvieron dificultades en abastecer la demanda de tantos lectores interesados.

El buzón de Helen Pluckrose también se llenó de mensajes. Pero, en su caso, se trataba de personas agobiadas por los talleres antirracistas que sus empresas, colegios o fundaciones les hacían cursar. Una práctica común en estos talleres, según los testimonios recopilados por Pluckrose, es pedir a los blancos que escriban largas redacciones sobre los actos de racismo que habían infligido durante sus vidas. A los negros, por el contrario, redacciones sobre los crímenes de los que se supone que habían sido víctimas. Los talleres que imparte la propia DiAngelo están entre los más agresivos, e incluyen interrogatorios y confesiones públicas que suelen acabar en lágrimas. Con algunas diferencias: a los negros se les permite llorar frente a los asistentes. A los blancos se les pide que, sin van a llorar, salgan de la sala.

Adam Steinbaugh, abogado de la Fundación para los Derechos Individuales en la Educación (FIRE, por sus siglas en inglés), encargada de defender la libertad de expresión en el campus, reconoce que siempre es difícil medir la evolución de la libertad de expresión en las universidades. Actualmente, convivirían dos tendencias: en algunos campus universitarios tratan de reforzar activamente el derecho de alumnos y profesores a hablar sin ser víctimas del acoso o de la censura. Otros, sin embargo, ven crecer el número de incidentes relacionados con profesores a los que se les presiona para que cambien “el contenido o punto de vista de sus enseñanzas”.

Jodi Shaw dice “Estoy inundada de 'e-mails' de personas que se sienten aisladas, que no tienen con quién hablar o que han perdido el empleo. Y no se atreven a hablar entre ellos por miedo a sufrir represalias. Me pasaba en Smith. Hablé con muchas personas que se sentían de manera parecida a como me sentía yo, pero que nunca hablaban entre ellas”. Otra organización, CriticalRace.org, ha diseñado un mapa de Estados Unidos en el que se pueden seguir todas las iniciativas de la teoría crítica racial que se emprenden en las universidades americanas. Una base de datos que, según su responsable, William Jacobsen, sirve como guía para todos aquellos estudiantes o padres de estudiantes que quieran saber qué centros han tomado el rumbo 'woke'. Pero quizá no haga falta visitar estos enlaces o ponerse en contacto con estos grupos porque la doctrina 'woke' se palpa en los principales medios de comunicación, y en los recovecos del día a día en Estados Unidos. En todos los sectores se transita una línea que divide la noble preocupación por la desigualdad y el racismo, de la ciega devoción a un dogma identitario.

Doctrina 'woke' (II): los orígenes del gran despertar. Poder, neolengua y culto al agravio

El Confidencial -  Actualizado: 01/12/2021

La gran ventaja del movimiento ‘woke’ es que resulta contraintuitivo. A primera vista, parece una continuación de las marchas por los derechos civiles. El imaginario es el mismo: las manifestaciones y los carteles vibrantes, la celebración de la diversidad y la cruzada por un mundo más justo. Es como si hubiera recogido el legado de Martin Luther King, que a su vez lo había heredado de los abolicionistas, y le hubiera dado un sabor más dinámico, más contemporáneo. El “arco moral de la historia” avanza imparable y ninguna persona decente querría estar del lado contrario. Esta percepción es muy común y muy comprensible.

 El racismo es real, como lo son las agresivas desigualdades sistémicas de Estados Unidos, y la energía del movimiento que lucha contra estas fuerzas, hoy, está en la izquierda identitaria. Es ‘woke’. Hasta el punto de que sus tropas se han extendido a Hollywood, los medios de comunicación y hasta las grandes corporaciones: volcadas en brazos de casi todas las consignas que salen de Black Lives Matter. ¿Problemas? Claro. También el Dr. King y los suyos cometieron algunas tropelías, cayeron en algún exceso de celo. Pero quizás ahora mismo este clima de tensión nos acabe llevando, en el medio plazo, a una sociedad más justa y equilibrada.

A medida que pasa el tiempo, sin embargo, una parte de la propia izquierda ve cómo crece el lado negativo de la balanza ‘woke’: sus vertientes radicales se generalizan, las cazas de brujas son cada vez más draconianas ([7]), hay extraños rituales colectivos y una cambiante neolengua que solo entiende una pequeña casta difusa, erigida en portavoz de los oprimidos. Lo que parecía un movimiento civil adquiere, en su versión más dura, los contornos de una secta; un culto a la indignación y a la diferencia que nada tiene que ver con el activismo tradicional, o que parece, incluso, su perfecto reverso.

Por ejemplo: numerosos colegios de Estados Unidos están poniendo en práctica los llamados “grupos de afinidad racial”. Es decir, celebran sesiones en las que separan a los niños por razas: los blancos con los blancos y los de color con los de color, con la idea de “empoderarlos” y “desarrollar su identidad” para que puedan enfrentarse a una vida plagada de opresiones. Así, a los niños blancos se les enseña a vigilar su racismo; a los niños de color, a vigilar el racismo de los niños blancos. Sé que en España, donde decir “conversos y conversas” en un libro de texto causa revuelo, esto puede ser difícil de creer. Pero si algo bueno tienen los activistas ‘woke’ es que están tan convencidos de tener razón que son muy transparentes en sus prácticas. Lo documentan todo ellos mismos. “Las investigaciones demuestran que los niños, a la edad de tres años, están activamente involucrados en entender su mundo”, dice la guía de preguntas y respuestas sobre los “grupos de afinidad racial” que se aplican en la escuela pública Beverly Cleary, en Portland. “Es importante apoyar a los niños para que adquieran conciencia de las diferencias mutuas y conectarlos positivamente con su propia identidad. Los niños son empoderados para afrontar y desafiar el prejuicio y la ignorancia con las herramientas y experiencias que les damos”. Esto está pasando en escuelas de Oregón, Nueva York o Illinois. Por eso, como veremos en el siguiente capítulo, dedicado a las escuelas e institutos, esta ideología está alarmando especialmente a los padres de niños birraciales. Consideran que ellos tiraron barreras al formar una familia; unas barreras que este adoctrinamiento está volviendo a levantar.

El ‘wokeism’ radical no estaría completando el trabajo de Martin Luther King. Lo estaría deshaciendo. Entonces, ¿por qué “grupos de afinidad racial”? ¿Qué conjunto de ideas puede estar detrás de la segregación y otras iniciativas? En este capítulo estudiaremos el origen de la ideología ‘woke’, las razones por las que parece tratarse de un culto y los motivos por los que ha cuajado en este particular momento de la historia. El ‘wokeism’ es, en resumen, posmodernismo aplicado; de ahí su carácter abstruso, deshilvanado y lleno de contrasentidos. Como el propio posmodernismo. Esta corriente filosófica, nacida en Francia en los años 60, se considera la reacción teórica a una serie de cambios trascendentales: las guerras mundiales habían quebrado el mito del progreso perpetuo de Occidente; el marxismo había perdido su brillo; el tercer mundo se emancipaba y surgían países y puntos de vista nuevos; la tecnología transformaba la vida diaria, etc. Muchas certezas reventaron en pedacitos. Ya nada era sólido, ni auténtico, y filósofos como Jacques Derrida, Jean-François Lyotard o Michel Foucault ([8]) se pusieron a deconstruir esta realidad frustrante. Toda la realidad: lenguaje, historia, literatura, instituciones. Disputaron y dieron la vuelta a todo, en un perpetuo juego de imaginación y pesimismo. Cuestionaban las raíces mismas de la Edad Moderna. De ahí su etiqueta de filósofos 'posmodernos'.

Praxis revolucionaria

Esta fase “altamente deconstructiva” del posmodernismo, como dicen Helen Pluckrose y James Lindsay en su libro 'Cynical Theories', se apagó en los años 80. Pero algunas de sus ideas sobrevivieron. Se mezclaron con la escuela crítica de los neomarxistas, de donde sacaron más concreción y una finalidad política, y han ido ganando fuerza en distintas disciplinas académicas relacionadas con el género, la raza o la descolonización. En la última década estas ideas han dado el salto de los departamentos universitarios al mundo real. Han desarrollado una “praxis revolucionaria”.

Conceptos de esta praxis revolucionaria

Uno.

El testimonio de la persona considerada oprimida es sagrado e incuestionable. Según Lindsay y Pluckrose, el constante ejercicio posmoderno del escepticismo hizo que “la frontera entre lo que es objetivamente verdadero y lo que es subjetivamente experimentado dejase de ser aceptada”. Por eso el ‘wokeism’ rechaza la existencia de una gran verdad objetiva y le rinde obediencia, por el contrario, a la “experiencia vivida”. El testimonio personal es igual o más válido que cualquier esforzado razonamiento empírico. Un talismán impermeable a la duda. El pensador que dio a la subjetividad una aplicación práctica fue Derrick Bell, primer profesor titular afroamericano de la Universidad de Harvard. Bell adoptó la subjetividad y la experiencia personal como elementos clave para entender la relación entre los sistemas legales y las minorías. Un negro, decía, no podía ser juzgado por los mismos parámetros legales que un blanco, pues su experiencia era distinta. Bell cuestionó los conceptos de racionalidad y neutralidad jurídica, y movió el centro de gravedad de su teoría al subjetivismo. La idea de Bell, esbozada en los años 70, echó a volar y acabó conformando uno de los mantras ([9]) identitarios más poderosos: el convencimiento de que la autenticidad, el valor, el oro, está en lo padecido. Como apunta el historiador Mark Lilla en 'El regreso liberal', cada vez es más común empezar una alocución de esta forma: “Como mujer soltera...” o “Como hombre asiático...”. Una manera, según Lilla, de arrogarse una posición privilegiada y levantar una barrera contra posibles críticas.

Dos.

Tu identidad racial, sexual o de género definirá el 100% de tu existencia. Viniendo del punto anterior, ¿qué pasaría si nos encontrásemos con dos testimonios personales mutuamente excluyentes? ¿A quién creeríamos? La profesora Kimberlé Crenshaw solucionó este problema en 1989, cuando acuñó el concepto de 'interseccionalidad' ([10]). Esta idea explica cómo las características dadas de la raza, el género o la orientación sexual se solapan entre sí para crear una jerarquía de la opresión. Así, una mujer negra lesbiana estaría más oprimida que una mujer negra, a su vez más oprimida que una mujer blanca, a su vez más oprimida que un hombre. Algo que te ha dado el azar, como la pigmentación cutánea, tiene una importancia mucho mayor que, por ejemplo, la riqueza, el carácter o el trabajo duro. Cuando la poeta Amanda Gorman decidió que sus poemas tenían que ser traducidos por mujeres jóvenes, activistas y, a ser posible, negras, la idea subyacente era esa: la interseccionalidad. Estas características predominaron sobre la experiencia o el talento de los traductores, y algunos perdieron su encargo.

Tres.

La opresión es como el aire: está en todas partes. Otro de los conceptos posmodernos que más han influido en el movimiento ‘woke’ es el de las “epistemes” ([11]), desarrollado por Michel Foucault. El pensador decía que no hay conocimiento objetivo, sino solo epistemes: es decir sistemas de conocimiento creados por grupos concretos para defender su poder. Para el ‘wokeism’, la episteme actual, la Ilustración, el movimiento filosófico de los siglos XVII y XVIII sobre el que se fundamenta Occidente, con sus valores de libertad individual, secularismo o fe en el método científico, solo sería un artificio del hombre blanco hetero occidental: un vasto y sutil régimen autoritario. El solo hecho de vivir en los términos de esta episteme, con sus ideas y su lenguaje, resultaría opresivo para quienes no son hombres blancos heteros.

Cuatro.

“El lenguaje es violencia”. Dado que el conocimiento es opresivo, los ‘woke’ están obsesionados con las palabras. Las palabras son armas: instrumentos afilados que un grupo ha creado para mantener su dominio. De ahí, por ejemplo, que el ‘wokeism’ de género, prevalente en España, rechace el uso del masculino por defecto para designar el plural, y prefiera llegar al mayor grado posible de concreción, como: “niños, niñas y niñes”. Sería una manera de cuestionar la supuesta episteme creado por el “heteropatriarcado”.

Aquí está la explicación de las “microagresiones”, de la corrección política y de uno de los mantras del ‘wokeism’: El lenguaje es violencia. Lo cual aporta la coartada para escraches y cancelaciones. Se trata de hacer la revolución, y esta solo se hace atacando la raíz, a los mismísimos pilares de una sociedad. Estas premisas contextualizan las decisiones de segregar a los alumnos, o la declaración de que las matemáticas, la meritocracia o la puntualidad son racistas, o de que la familia nuclear es una construcción del hombre blanco occidental y que una alternativa sería vivir en formato 'pueblo', como se enseña a los niños en el distrito escolar público de Búfalo.

Se trata de hacer la revolución, y esta solo se hace atacando la raíz, a los mismísimos pilares de una sociedad. Desmontándolo todo para volverlo a montar desde cero. Una nueva episteme. He aquí la diferencia fundamental entre el movimiento de los derechos civiles y la vertiente radical del movimiento ‘woke’. El primero actuaba dentro de la democracia liberal: quería perfeccionarla. Extender sus derechos y libertades a las mujeres y a las minorías, como se hizo sucesivamente a lo largo del siglo XX y se trata de hacer todavía. El segundo, en cambio, considera que la democracia liberal está podrida de raíz. No quiere mejorar ni ampliar sus valores; quiere destruirlos y construir otros nuevos. Pero hay un quinto punto en la filosofía de los identitarios radicales.

Cinco.

Nada de lo anterior, en realidad, tiene sentido. En la elaboración de estos puntos ya hay algunas contradicciones. El testimonio personal es sagrado, pero a las personas se nos encierra en categorías raciales totalmente rígidas. Nuestra individualidad es sagrada solo cuando encaja en estos estereotipos preconcebidos. Si un intelectual afroamericano como Glenn Loury o Coleman Hughes rechaza estas ideas y denuncia paternalismo en ellas, por ejemplo, es automáticamente excluido y tachado de “negro que se odia a sí mismo”. El profesor de Lingüística de la Universidad de Columbia John McWhorter, progresista afroamericano que se ha echado sobre los hombros la tarea de derribar lo que él llama el 'neorracismo', dice que estas interminables contradicciones hacen del ‘wokeism’ una religión. Es algo en lo que solo se puede tener fe, porque no tiene sentido. Aquí van cinco tautologías ([12]) de las 10 que presenta McWhorter:

1.       “Apoya que la gente negra cree sus propios espacios y mantente fuera de ellos. Pero busca amigos negros. Si no lo haces, eres un racista”.

2.       “Debes de esforzarte eternamente en entender las experiencias de los negros. Pero jamás podrás entender lo que es ser negro, y si crees que lo entiendes, eres un racista”.

3.       “Cuando los blancos se van de vecindarios negros, es huida blanca. Pero cuando los blancos se mudan a vecindarios negros, es gentrificación ([13])”.

4.      “Si eres blanco y solo sales con gente blanca, eres un racista. Pero si eres blanco y sales con una persona negra, estás, aunque sea interiormente, exotizándola como un 'otro”.

5.       “Los negros no pueden ser hechos responsables de todo lo que hace cualquier persona negra. Pero todos los blancos deben de reconocer su complicidad personal en la perfidia de la historia de la ‘blancura”.

Es posible que esta madeja de contradicciones se deba a que el identitarismo no nace del mundo real, sino de los monocultivos universitarios. Son ideas levantadas sobre ideas levantadas sobre ideas que ya originalmente eran complejas y provocadoras: un intento de asombrar a la burguesía parisina de los años 60. Para probar precisamente este punto, que la teoría crítica racial o sexual o de género solo es un montón de aire caliente, tres académicos pergeñaron el siguiente ardid: escribieron 20 trabajos universitarios absolutamente delirantes y absurdos, pero envueltos en las más genuinas obsesiones identitarias, con su neolengua y su odio feroz a los enemigos de la humanidad: la blancura y el patriarcado. El profesor de Filosofía Peter Boghossian, el doctor en Matemáticas James Lindsay y la investigadora Helen Pluckrose escribieron estos trabajos en 10 meses y los presentaron a las más prestigiosas revistas académicas de la teoría crítica. En uno de ellos, titulado 'Entrando por la puerta de atrás: retando la homohisteria, la transhisteria y la transfobia del hombre hetero a través del uso receptivo de juguetes sexuales penetrantes', los autores aducían que un hombre hetero podía ser curado de sus prejuicios introduciéndose objetos cada vez más grandes en el ano. El documento fue escrito, en parte, con pasajes de Mein Kampf en lenguaje feminista. Fue un éxito. Fue aceptado, revisado, aprobado y publicado (luego, cuando los autores anunciaron su broma al mundo, retractado).

Pero el trabajo que realmente triunfó se titulaba 'Reacciones humanas a la cultura de la violación y la performatividad 'queer' en los parques urbanos de perros en Portland, Oregón'. La supuesta autora, Helen Wilson, había pasado más de 1.000 horas observando cómo fornicaban los perros de Portland, examinando sus genitales y estudiando las reacciones de sus dueños, que, cuando un perro montaba a una perra, lo permitían. Pero no cuando un perro montaba a otro perro. Un signo inequívoco de su machismo. El trabajo sugería tratar como perros a los hombres, correa al cuello incluida, para curar su toxicidad. A los editores de 'A Journal of Feminist Geography' les encantó. El 'paper' no solo superó el proceso de revisión académica, sino que además recibió un premio. Los falsos autores no esperaban que, de sus 20 trabajos, cuatro llegaran a publicarse, tres estuvieran en proceso de hacerlo y otros cuatro hubieran sido considerados. El destape de la broma dolió mucho en el mundo ‘woke’, y a Boghossian le abrieron un expediente por “mala conducta” en la Universidad Estatal de Portland, donde daba clases.

“Algo va mal en la universidad, especialmente en ciertos campos dentro de las humanidades”, escribieron los tres autores al revelar el tinglado. “Los estudios que están menos basados en encontrar la verdad y más en atender a los agravios sociales se han establecido firmemente, o se han vuelto completamente dominantes, dentro de estos campos”. Pluckrose, Lindsay y Boghossian aclaran que no todas las investigaciones y métodos que se utilizan en estas disciplinas, los estudios raciales, sexuales o de género, están en la vertiente extremista y pseudocientífica de la teoría crítica, que es adonde iba dirigido específicamente su troleo.

Profesores hostigados por la teoría crítica, como Aaron Kindsvatter, sugieren que su vaguedad es intencional. Al identitarismo le interesaría estar cimentado sobre arenas movedizas, envuelto en una jerga escolástica y preñado de tautologías y contradicciones. Sería un territorio traicionero que facilita las inquisiciones diarias; nadie está nunca en terreno seguro. Cualquier persona es susceptible de caer en desgracia, lo cual preserva el poder de la turba y de sus ideólogos. Al identitarismo le interesaría estar cimentado sobre arenas movedizas, envuelto en una jerga escolástica y preñado de contradicciones Hace unas tres décadas que estas ideas circulan por las universidades estadounidenses, sobre todo las más elitistas, en los estados demócratas.

Phillip Roth ya describió en su novela 'La mancha humana', del año 2000, una caza de brujas en un campus neoyorquino, donde se acusa a un profesor de racista por un banal malentendido. El legendario ensayista Harold Bloom, de la Universidad de Yale, echaba pestes de lo que él llamaba la “escuela del resentimiento”, obsesionada con derribar el canon europeo por la identidad racial de sus autores. Estas universidades eran ya monocultivos endogámicos ([14]) donde resultaba difícil encontrar una opinión discordante.

Según los datos del Higher Education Research Institute, en 2014 había seis profesores de izquierdas por cada profesor conservador en los campus de EEUU. Si miramos a las humanidades la asimetría era mucho mayor, y en las exclusivas universidades de Nueva Inglaterra, donde se tienden a concentrar estos problemas, la proporción llega a ser de 28 docentes progresistas por cada docente conservador. La manera de pensar de aproximadamente la mitad de la población de EEUU ha desaparecido de estos campus; se ha extinguido. En 2014 había seis profesores de izquierdas por cada profesor conservador en los campus de EEUU Pero el cuadro, así, no está completo. Algo pasó para que estas ideas acabasen trasladándose al mundo real: a las oficinas de las empresas, las redacciones de los periódicos y los consejos de las fundaciones, dando pie a una nueva y poderosa narrativa cultural en la izquierda. Al cuadro le falta un ejército. Unos creyentes. Uno de los primeros en captar que algo no andaba como debería fue Greg Lukianoff, abogado y presidente de FIRE (Fundación para los Derechos Individuales en Educación). Lukianoff observó que, desde 2014, los ataques a la libertad de expresión en las universidades estadounidenses se habían disparado:

1.       Proliferaban las desinvitaciones, los escraches y varios métodos de censura y presión a las rectorías. Lukianoff vio también que los estudiantes se habían vuelto de cristal.

2.       El contenido de algunos libros, como 'El gran Gatsby' (1974) o 'Matar a un ruiseñor' (1963), los afectaba profundamente; en ellos aparecían palabras y escenas aparentemente traumáticas, hasta el punto de que los profesores ponían avisos de sensibilidad en ellos.

3.       Tercera observación de Lukianoff: los servicios de ayuda psicológica de las universidades no daban abasto. Cualquier incidente, imagen, comentario o pregunta sospechosa era una “microagresión” y acababa con una visita al terapeuta del campus.

4.      Lukianoff, además, había sido depresivo, y percibía en muchos alumnos tendencias propias de la depresión: lo veían todo en blanco y negro, eran tremendistas y querían que el mundo se adaptase a sus caprichos.

Greg Lukianoff y un profesor de Psicología Política de Yale, Jonathan Haidt, unieron fuerzas para entender lo que estaba pasando. Su libro, 'The Coddling of the American Mind' ('El consentimiento de la mente americana'), identifica algunos motivos por los que la Generación Z, nacida después de 1995, habría desarrollado unos rasgos psicológicos bastante diferenciados con respecto a las generaciones anteriores. Una de las razones es lo que ellos llaman la “crianza paranoica” desarrollada en los años 90. A raíz de dos famosos casos de secuestro, la televisión desarrolló todo un género de crónica negra, las fotos de los niños perdidos empezaron a pegarse en las paredes y cartones de leche, y la paternidad ya no volvió a ser lo mismo. El mundo de jugar hasta el anochecer sin supervisión adulta, ensayando los peligros y ventajas de una futura vida independiente, pasó a la historia. Una burbuja protectora cubrió las infancias de la Generación Z. Se trata, además, de la primera generación nacida con internet. Cuando tenían uso de razón, los Z ya aprendían, jugaban y hasta socializaban por el ordenador. Cuando alcanzaron la adolescencia, el iPhone se había convertido en parte de nuestras vidas. Sus identidades se desarrollaron en un ecosistema diferente: con avatares, placeres instantáneos, comparaciones constantes y el poder de blindarse de aquello que no les gustaba, pero que quizás les hubiera servido para generar algunos callos. Estos y otros factores pueden explicar, dicen Lukianoff y Haidt, por qué esta generación sufre muchos más problemas psicológicos que cualquiera de las anteriores. Entre 2005 y 2017, la proporción de jóvenes de entre 12 y 17 años que sufrió un “gran episodio depresivo en el último año” subió un 50%, hasta el 13,2% de los encuestados. Los casos de suicidio adolescente también se dispararon.

Además, las universidades a las que entraron en 2013 también habían cambiado. No solo eran monolitos progresistas, sino que, además, se parecían más que nunca a una empresa. Tenían que tener al cliente (el estudiante) contento: cómodo, querido, protegido y hasta obedecido. Una matrícula anual en EEUU puede costar hasta 75.000 dólares. Y los campus se pelean por ofrecer el mayor confort posible. Aquí se habría producido la magia, el conjuro: la coincidencia en el tiempo de una ideología centrada en la identidad, el agravio y la terrible y constante opresión a la que nos somete el sistema, y una generación preparada para hacer suyos estos presupuestos: que de alguna forma son la vívida imagen del internet con el que crecieron. Un espacio posmoderno de pequeñas subjetividades, donde construir y deconstruir es posible, y donde los relatos más delirantes son el pan de cada día. “Ocurre algo curioso cuando tomas a seres humanos jóvenes, cuyas mentes han evolucionado para la guerra tribal y una forma de pensar de nosotros/ellos, y llenas esas mentes de dimensiones binarias”, dijo Jonathan Haidt durante una conferencia. “Les dices que un lado de cada binario es bueno y el otro es malo. Enciendes sus antiguos circuitos tribales, preparándoles para la batalla. Muchos estudiantes encuentran esto excitante; los inunda de una sensación de significado y propósito”. Desde 2018, estas remesas de graduados se suman al mercado laboral, llevando sus reivindicaciones y métodos al tejido institucional de Estados Unidos; doblando un brazo a los consejeros delegados, a los editores, a los alcaldes. Y desembarcando, también, a las escuelas primarias.

 

Doctrina 'woke' (III): vuelve la segregación racial a las escuelas de EEUU

Historias que reflejaban, sobre todo desde el asesinato de George Floyd hace un año, una toma de control ideológica en numerosos colegios e institutos norteamericanos.

 “Hay un policía asesino sentado en cada escuela donde aprenden los niños blancos (...). A los niños blancos se les deja sin supervisión y tranquilos en sus escuelas, casas y comunidades para que se unan, refuercen y protejan sistemas que arrebatan la vida negra. (...). Estoy harta de que los blancos se regodeen en su depravación autorizada por el Estado (...). ¿Dónde está la urgencia para reformar las escuelas donde se adoctrina a los niños blancos en la muerte negra y se les protege de las consecuencias? (...). Id a reformar a los niños blancos. Porque ahí está el problema: en los niños blancos que son criados desde la infancia para violar cuerpos negros sin remordimientos ni rendición de cuentas. Ese policía no aprendió a quitarle la vida a George Floyd en su entrenamiento policial o en el trabajo. Pasó toda su vida preparándose para ese momento, con sus padres y su familia, profesores, entrenadores, vecindarios e iglesias”.

Este artículo, escrito el pasado junio por Nahliah Webber, directora ejecutiva de Orleans Public Education Network, circuló entre los padres y profesores de la escuela Collegiate School, en el Upper West Side de Manhattan. La propia escuela los animó a leerlo, dos veces. La segunda vez, la madre de dos alumnos, Megyn Kelly, decidió quitar a sus hijos del centro.

Conocemos el testimonio de Kelly porque es una mujer rica, famosa, acostumbrada a la polémica y dueña de una empresa mediática. Hasta 2017 fue presentadora del canal conservador Fox News y hoy tiene su podcast, donde explicó las razones por las que había retirado a sus hijos. El artículo en cuestión fue la gota que colmó el vaso. ¿Es que nos tendremos que creer que las escuelas de Estados Unidos se han convertido en madrasas de la izquierda identitaria?

Pero las personas que desde hace años monitorean la libertad de expresión en las universidades, llevaban tiempo recibiendo testimonios de padres y profesores preocupados. Historias que reflejaban, sobre todo desde el asesinato de George Floyd, una toma de control ideológica en numerosos colegios e institutos. “Un profesor de escuela puede requerir que un niño blanco de 12 años confiese su privilegio blanco”, dice a El Confidencial Erika Sanzi, directora de relaciones de Parents Defending Education, una asociación sin ánimo de lucro que trata de limitar el adoctrinamiento en las escuelas. “Ha habido muchos ejemplos de estas cosas, que tienen distintos nombres. Los llaman ‘matrices de opresión’, o ‘mesas de privilegio’, o ‘jerarquía de privilegio’, y ensalzan las características inmutables: la raza, el género, la orientación sexual y si eres o no transgénero. Lo que hacen es enseñar a los niños quiénes son los opresores y quiénes los oprimidos”.

Parents Defending Education (PDE) no tiene ni un mes de historia. Fue fundada el pasado 30 de marzo por Nicole Neily.  Ese mismo día, sin ni siquiera haberse anunciado en los medios de comunicación, empezó a recibir mensajes de padres y profesores alarmados por la imposición de la ortodoxia racial en las escuelas.

Activismo político en las clases

“Siempre hemos sabido que el sector de la educación tiende a la izquierda. Pero ahora ha cambiado hasta el punto de que hay activismo político en las clases, donde a los estudiantes se les pide que sean lobistas ([15])”, dice Erika Sanzi. “Sus deberes consisten en escribir cartas y hacer llamadas telefónicas a los legisladores en contra de determinada propuesta de ley. También conozco un caso en el que se pidió a los estudiantes de quinto curso [10 años de edad] que escribiesen cartas a sus congresistas pidiéndoles que cancelasen el Día de Colón y lo cambiasen por el Día de los Pueblos Indígenas”. Sanzi aclara que cambiar el Día de Colón o discutir una ley no es algo malo en sí mismo; lo malo es obligar a menores, muchos de los cuales todavía creen en Papá Noel, a que se conviertan en activistas. O pedirles que confiesen en clase su orientación sexual para que el profesor sepa si hay que ponerlos en el grupo de los opresores o en el de los oprimidos. Porque de ello depende, además, su evaluación.

Antes de seguir, otras aclaraciones: criticar programas que se autodenominan “antirracistas” no implica negar la existencia del racismo, como tampoco implica rechazar en bloque las iniciativas a favor de una mayor diversidad e inclusividad, sino solo aquellas que pueden estar quebrantando la Ley de los Derechos Civiles de 1964. La propia PDE sugiere una lista de organizaciones que trabajan por la diversidad sin incurrir por ello en la segregación o el hostigamiento racial a los niños. El adoctrinamiento no se da, ni mucho menos, en todas las escuelas e institutos del país, pero sí en los suficientes como para distinguir un patrón nacional claro y en expansión. Solo en Manhattan hay varios conflictos abiertos. (…)

"Acoso" a los alumnos

Paul Rossi, profesor de Matemáticas de Grace Church School, una escuela e instituto del East Village, cuenta que, durante una reunión segregada de Zoom, en la que solo podía haber profesores y alumnos de raza blanca, decidió preguntar a los presentes qué pensaban de encasillar a las personas con base en su raza. “Parece que mis preguntas rompieron el hielo”, dice Rossi. “Estudiantes e incluso unos pocos profesores ofrecieron un amplio abanico de preguntas y observaciones. Muchos estudiantes dijeron que el debate fue más sustancial y productivo de lo que esperaban”. La alegría de Rossi duró poco. Sus preguntas fueron filtradas a la dirección, que lo reprendió por “dañar” a los estudiantes, dado que estas eran cuestiones de “vida y muerte”, y le recordó que su deber, como profesor, era “servir el bien mayor y la verdad más alta”. El jefe de estudios le dijo a Rossi que sus declaraciones durante la reunión de Zoom podrían constituir un caso de “acoso” a los alumnos. Pero no valía con amonestarlo en privado. Según Rossi, “el director de la escuela mandó a todos los consejeros del instituto que leyesen en alto una reprimenda pública de mi conducta a cada uno de los estudiantes de la escuela. Fue una experiencia surrealista, caminar yo solo por los pasillos y escuchar las palabras que llegaban desde cada aula”. Días después de publicar el texto, Rossi fue relevado de sus labores de profesor para el resto del año. El director de Grace Church, George P. Davison, recomendó a Rossi que se quedase en casa por “motivos de seguridad”.

Grace Church es un caso precoz de ortodoxia racial. “En 2014 asistí a un seminario obligatorio de teoría crítica racial titulado ‘Deshaciendo el racismo”, dice Paul Rossi. “Era un seminario de tres días, todo el día, muy de extrema izquierda, explícitamente racializado, en el que la identidad blanca era resaltada y la blancura tratada como una propiedad de la sociedad”. Un año después, la dirección de Grace acudió a un retiro organizado por Carle Institute, un grupo especializado, según su página web, en “educar” a los docentes blancos en “el desarrollo de su identidad blanca” para poder dar clase a estudiantes de color. A la vuelta del retiro, Grace Church anunció que se convertiría en una “escuela antirracista”. La decisión se tomó sin debate alguno, dice Rossi, y en parte por razones prácticas. “Dado que las universidades ya eran muy ‘woke’, queríamos crear estudiantes que fuesen vendibles a esas universidades”.

Ese fue el principio de la pesadilla que ha terminado con Rossi en un “limbo”, apartado de sus quehaceres e incluso amenazado. “Empezamos a tener más y más programas antirracistas en los cursos, e incluso fuera de las clases”, recuerda. “Se crearon ‘grupos de afinidad’, reuniones segregadas solo de blancos, o solo de BIPOC [neolengua 'woke’ para personas ‘no blancas’], y todo se volvió más y más extremo”. El profesor asegura que “la línea entre expresión y violencia se volvió más borrosa”, de manera que “el lenguaje ‘del daño’ se usaba para silenciar a los estudiantes”. Por ejemplo: uno de los alumnos preguntó en clase “cómo se convierte un hombre en una mujer”. La pregunta, según Rossi, hizo que el profesor castigara al alumno después de clase “por hacer daño a la comunidad LGBT” y le hiciera una advertencia. El caso de Grace Church forma parte de un patrón. Solo entre las escuelas de élite de Manhattan está el incidente de Dalton School, donde varios padres publicaron un manifiesto contra la imposición de la ortodoxia racial en las aulas; Riverdale School, donde, entre otras cosas, el vídeo de comienzo de temporada animaba a los niños a vigilarse unos a otros en busca de comportamientos sospechosos; Collegiate School, o Brearley School. Eso de los que han salido a la luz. En Manhattan.

Espacios seguros

Los programas DEI ([16]) (Diversidad, Equidad e Inclusión) que se están practicando en escuelas e institutos de todo Estados Unidos no son idénticos entre sí. Pero podemos identificar algunos elementos comunes, presentes en colegios privados y públicos, desde Nueva York a California pasando por Illinois, Virginia o Nueva Jersey.

El primer paso, como decía Erika Sanzi, suele ser clasificar a los niños en base a sus características inmutables. Es habitual que se celebren sesiones o comidas segregadas por raza (los “grupos de afinidad racial”) (…9 El objetivo de la llamada Iniciativa de Equidad Racial de Excelencia Inclusiva es proporcionar “espacios seguros” (sin miembros de otras razas) para que cada grupo racial pueda compartir sus experiencias, “afirmar su identidad” y “construir comunidad”. Siempre coordinados por un miembro del comité DEI.

Otras veces la segregación es más sofisticada. En el área de Cupertino, en Silicon Valley, donde está la sede de Apple y la familia media gana 172.000 dólares anuales, la Meyerholz Elementary School enseña a sus alumnos (de cinco a nueve años) a “deconstruir sus identidades interseccionales” ([17]). Es decir, les da un “mapa de la identidad” donde se incluyen las diferentes razas, géneros, idiomas, religiones, estructuras familiares y grados de capacidad física, y se les pide a los niños que marquen las suyas con un círculo. Luego, en base a la intersección de estas características (por ejemplo: asiática, mujer, familia tradicional, cristiana, etc.), se les adjudica un puesto en la jerarquía de la opresión.

La palabra clave en estas prácticas es “deconstruir”. Como vimos en los dos capítulos anteriores, los radicales ‘woke’ en su vertiente racial consideran que todos los males sociales provienen de la “blancura”: la cultura de la raza blanca, que nos ha traído el colonialismo, la esclavitud, el capitalismo y el racismo, y que tiene su fundación en valores mucho más sutiles, como son el perfeccionismo, la meritocracia, la “adoración de la palabra escrita”, el “derecho al confort” y la objetividad. Así que la misión de una verdadera educación “antirracista” es desmantelar estos valores supremacistas blancos, y hacerlo de raíz: desde los dos años de edad. Antes de que el niño se haga mayor y sea un caso irreparable de opresión y toxicidad. El pasado octubre la red de colegios del Distrito Escolar Unificado de San Diego, que reúne a 106.000 estudiantes, dejó de tener en cuenta, a la hora de poner nota, la media de los trabajos entregados durante el año, la impuntualidad y el comportamiento de los alumnos en clase. Penalizar por estas infracciones a los estudiantes de color, considerados víctimas de todo tipo de desventajas sistémicas, sería someterlos al yugo de la blancura. “Si realmente vamos a ser un distrito escolar antirracista, tenemos que enfrentarnos a prácticas como estas que existen desde hace años y años”, declaró Richard Barrera, vicepresidente del distrito. “Creo que esto refleja la realidad de lo que los estudiantes nos han descrito [‘experiencia vivida’] y es un cambio pendiente desde hace mucho tiempo".

Cómo “desmantelar la supremacía blanca" en las matemáticas

Pero estos solo son ajustes superficiales. Académicos de la Universidad de Claremont y las organizaciones UnboundEd y Quetzal Education Consulting presentaron una guía sobre cómo “desmantelar la supremacía blanca” en la enseñanza de matemáticas. Dado que la objetividad es un constructo ([18]) blanco, en el documento se recomienda a los docentes que dejen de centrarse en que los alumnos alcancen la “respuesta correcta”.

Dice el documento: “Vemos que la cultura supremacista blanca en la clase de matemáticas se manifiesta cuando: a) el foco se pone en obtener la respuesta ‘correcta’, b) la práctica independiente se valora más que el trabajo en equipo o la colaboración” c) o “las estructuras de participación refuerzan las formas de ser dominantes”.

Entre las soluciones que se proponen, están: a) “Cultivar la identidad matemática”, b) “adaptar las políticas de deberes a las necesidades de los estudiantes de color” c) y “exponer a los estudiantes a ejemplos de personas que han usado las matemáticas como resistencia. Aportar oportunidades de aprendizaje que usan las matemáticas como resistencia”.

A pesar de ser un manual relativamente reciente, ya ha circulado con fruición por los comités DEI [Diversidad, Equidad e Inclusión]” de los colegios. De hecho, el Departamento de Educación de Oregón lo ha incluido en una 'newsletter' (boletín informativo) de recomendaciones a los profesores del estado. Porque el ‘wokeism’ también se extiende a las alturas administrativas.

La Asamblea Estatal de Illinois, por ejemplo, ha renovado los criterios para otorgar la licencia a futuros docentes. Desde ahora, los educadores tendrán que ser “conscientes de los efectos del poder, del privilegio, y de la necesidad del activismo y de la acción social” de los estudiantes. Otros elementos habituales de los programas DEI, que consisten en aplicar la narrativa “antirracista” a todas las asignaturas, no solo a las matemáticas; en buscar cuotas raciales ([19]) perfectas en todos los estamentos del colegio; en hacer firmar a los profesores y alumnos documentos en los que reconocen todo tipo de injusticias históricas, y aceptan que, si no son “culturalmente sensibles”, se les haga rendir cuentas; administrar sesiones de “instrucción antirracista”; crear “espacios seguros” y servicios de ayuda psicológica a las minorías; pagar la deuda estudiantil de los alumnos negros, y crear un comité que “audite y suplemente” dichas medidas.

La toma ideológica de los centros tiene dos vertientes: la primera, de manera orgánica, con cada remesa de profesores jóvenes graduados en universidades ‘woke’. Habría una brecha generacional bastante pronunciada entre estos docentes jóvenes y militantes, y quienes ya están en la cuarentena. La segunda, vía de entrada es cuando los comités escolares, para demostrar su compromiso contra el racismo en un momento de presión social, como el verano de 2020, contratan a “consejeros de equidad (o igualdad)”. Estos llegan, hacen y deshacen, y todo empieza a envolverse en la neolengua ‘woke’; incluso los mensajes internos y las comunicaciones del director.

Paul Rossi, al hacer pública la situación en Grace Church School y al haber sido suspendido de empleo, se ha unido a la Fundación Contra la Intolerancia y el Racismo para ayudar a otras personas en sus circunstancias. “Estoy siendo abrumado por la gente de clase media, de clase media-baja, gente familiar, que está viendo cómo esta ideología se introduce en sus distritos escolares, en las juntas escolares... Debido a la pandemia, han podido ver en las pantallas del ordenador de sus hijos temarios racializados extremadamente perturbadores”, dice Rossi. “Las mismas cosas que sucedieron en mi escuela están sucediendo por todo el país. Colegios públicos, privados e incluso algunos católicos”.

Andrew Guttman, el padre de una niña de Brearley School, publicó una carta en la que decía que ya no volvería a matricular a su hija en este colegio del Upper East Side. “No puedo tolerar una escuela que no solo juzga a mi hija por el color de su piel, sino que la anima y le pide que prejuzgue a otros por el suyo”, dijo Guttman. “Me opongo al uso vacuo, inapropiado y fanático (...) de palabras como ‘equidad’, ‘diversidad’ e ‘inclusividad’. Si la administración de Brearly estuviera realmente preocupada por la llamada ‘equidad’, estaría debatiendo sobre cómo anular sus preferencias de admisión de herencias, parientes y aquellas familias con bolsillos especialmente hondos”.

Paradojas del 'wokeism'

Esta es una de las paradojas del ‘wokeism’: que los vengadores de los oprimidos proliferan en ambientes elitistas. Los “consultores de equidad” pueden llegar a cobrar más de 10.000 dólares por una charla y suelen venir de los campus más exclusivos. Nahliah Webber, es autora de un artículo citado al principio, en el que pide al Gobierno que “marque en rojo” los barrios donde la blancura es más tóxica y los declare “incapacitados para la vida”, hizo su máster en la Teacher’s School de la Universidad de Columbia. Un año de matrícula en esta facultad vale 75.000 dólares.

“Como inmigrante de primera generación que vino a Estados Unidos sin absolutamente nada en los bolsillos y sin ni siquiera hablar inglés, no soy una persona privilegiada”, dice una madre de Nueva Jersey, de origen eslavo. “Mejorar en la vida me ha llevado, como a mis parientes y a la mayoría de mis amigos, muchos años de trabajo duro, sacrificio y lucha contra las circunstancias y contra la discriminación. Así que oír hablar de boca de un engreído acerca de los ‘privilegiados’ caucásicos que tienen que ‘deshacer su racismo interior’ me resulta insultante”.

'Guerras' escolares

La inmensa mayoría de las denuncias, se hacen de forma anónima para evitar represalias. Si un padre o una madre denuncia el programa DEI de la escuela a la que van sus hijos, corre el peligro de ser acusado públicamente de racismo. Un grupo de padres de Loudoun, en Virginia, se organizó para contrarrestar la teoría crítica racial que se estaba comiendo los temarios y las políticas escolares. Poco después, un grupo de Facebook llamado Padres antirracistas de Loudoun, de 600 miembros, llamó a hacer una lista de esos padres que se oponían a la nueva ortodoxia racial: una lista pública que incluyese sus direcciones, números de teléfono y lugares de trabajo. Parents Defending Education recibe a diario quejas de todas partes, desde Florida a Ohio, Texas, Minnesota o Tennessee. A veces por cosas inocuas en las que PDE no se implica, como el hecho de que un profesor recomiende puntualmente un libro “antirracista”; otras, por casos extremos como el de las escuelas de élite de Manhattan o el distrito escolar público de Evanston, en Illinois. El distrito escolar número 65, que engloba una veintena de colegios públicos en esta localidad periférica de Chicago, confeccionó parte del temario junto a activistas de Black Lives Matter. Como resultado, a los niños de cuatro y cinco años se les lee en clase libros infantiles como “Un libro sobre la blancura” de Anastasia Higginbotham, en el que una madre blanca sale apagando la televisión cuando un policía blanco está disparando a un hombre negro, y asegura a su hija pequeña que ellos no son racistas. En el libro se pide a los niños blancos que firmen un “contrato que los ata a la blancura”, sostenido por un demonio. Si el niño blanco firma este pacto con el diablo, obtiene “tierras robadas, riquezas robadas, favores especiales” y el derecho de afectar “indefinidamente” las vidas de “todos los humanos de color”.

Los padres de los niños, tienen que examinarlos en casa acerca de qué es la blancura y cómo se manifiesta en la vida diaria. Cuando algunos padres (de forma anónima) transmiten su preocupación, la respuesta habitual, en este caso de la junta escolar del distrito, es que sentirse “incómodos” es parte del “viaje a la equidad”. Por ejemplo, en palabras de uno de los miembros de la junta, cuando “tu hijo llega a casa y señala un privilegio que has tenido desde hace mucho, pero del que no te habías dado cuenta”.

Una de las madres del distrito, sin embargo, decidió quejarse abiertamente de lo que sucedía en las aulas. Natural de Evanston, Ndona Muboyayi dice haberse criado en un hogar “afrocéntrico”. Recuerda que, cuando era niña, en su casa había muñecas negras y libros de historia y cultura negra. Su padre es congoleño y Muboyayi es militante del NAACP: la más famosa asociación defensora de los derechos civiles de los afroamericanos, fundada hace más de un siglo por W.E.B. DuBois, padre del activismo negro. El pasado 3 de abril, Muboyayi, que se ha presentado a las elecciones a la junta escolar, manifestó sus dudas sobre la enseñanza “antirracista” que recibían sus hijos en Evanston. Según Muboyayi, a su hijo de 11 años, que siempre ha querido ser abogado, se le están quitando las ganas por la insistencia de los profesores en la discriminación, el odio y las constantes barreras que la gente blanca pone a los negros a cada paso de su existencia. “Mis hijos siempre se han sentido orgullosos de quiénes son”, dice a 'The Atlantic'. “Entonces, de repente, se empezaron a cuestionar a sí mismos por lo que les enseñaban en la escuela al llegar aquí”. Muboyayi había vuelto a Evanston después de vivir unos años en el extranjero.

Propaganda divisionista

La afroamericana, de 44 años, dice estar a favor de que se enseñen las luces y sombras de la historia: la esclavitud, las leyes de Jim Crow, pero “de forma equilibrada con el resto de la verdad”. En lugar de eso, en la escuela enseñan que “todos los blancos son privilegiados y parte de un sistema de supremacía blanca”. “He pasado mucho tiempo en África Central porque mi padre es del Congo”. “Y parte de la propaganda que se está difundiendo ahora mismo aquí en Evanston es similar a parte del divisionismo que tuvo lugar en Ruanda antes de la masacre. No estoy diciendo que eso vaya a pasar aquí, pero cuando uno empieza a etiquetar a la gente de forma negativa en base a su raza o su grupo étnico, esto lleva a la división y a la destrucción, no a buscar un terreno común y soluciones positivas”.

Especialmente difícil lo tienen, según varias de las personas entrevistadas para esta serie, los niños birraciales. “Uno de nuestros primeros casos fue el de una mujer blanca que me contó que su hijo de ocho años estaba disgustado”, dice Helen Pluckrose, que ayuda a las personas a defenderse del adoctrinamiento ‘woke’ en sus colegios o centros de trabajo. “El niño es mestizo y le habían contado que la blancura es una fuerza opresiva y antinegra, y salió de clase con la impresión de que la gente blanca era inherentemente mala y la gente negra estaba destinada a fracasar en todo”. Su madre era blanca y su padre negro: ambos le habían enseñado que la raza no importa. Ahora el colegio le estaba diciendo exactamente lo opuesto. “A los estudiantes birraciales se les da a elegir en qué grupo segregado quieren estar”, dice Erika Sanzi, de PDE. “Algunos deciden que van a ir con los blancos, pero luego el personal les dice que no: tú tienes que ir con el grupo BIPOC porque tú eres de color. Y luego le dicen: jamás podrás ser tú mismo entre gente blanca”. Si por algún lado se está rompiendo el silencio y los temores frente a la doctrina ‘woke’, es por los padres de los niños a quienes se encasilla en rígidas categorías raciales y se les hace ver el mundo como una lucha de poder entre tribus. “Aquí es donde la gente tiende a ser más franca”, dice Helen Pluckrose. “Si estás intentando salvar tu empleo, quizás lo dejes correr. Si a tu hijo le están diciendo cosas horribles, ahí es cuando la gente será realmente honesta y no se morderá la lengua”.



[1] También llamado espacio positivo o zona neutral designa un ambiente que permite a las personas generalmente marginadas, debido a una o más pertenencias a ciertos grupos sociales, reunirse para comunicarse en torno a sus experiencias de marginación.

[2] Conceptos que podrían resultar insultantes, desagradables o molestos para algunas personas.

[3] Históricamente, el término caucásico se usaba para describir a la población de Eurasia Occidental Dicho grupo humano correspondía a lo que también se ha definido como "raza" blanca.

[4] Los sesgos cognitivos se refieren a ideas que nos hacen ser parciales. Estos pensamientos, junto con ciertas circunstancias externas, crean lo que se conoce como sesgos de respuesta.

[5] La apropiación cultural es una forma de dominio cultural. Consiste en la explotación (sea por beneficio económico o placer personal) de creaciones, rituales, atuendos, productos, etcétera, pertenecientes a una comunidad históricamente vulnerada.

[6] Las teorías queer son un construccionismo donde el sexo es parte del género y se identifica con él. La teórica queer Judith Butler dice: “quizá esta construcción llamada "sexo" esté tan culturalmente construida como el género; tal vez siempre fuera género, con la consecuencia de que la distinción entre sexo y género no existe” (¡!). Recordemos al cantante austríaco Thomas Neuwirth que “construyó” el personaje llamado Conchita Wurst, Su novedad radica en un tratamiento moderno de la androginia: vestimenta femenina y barba.

 

[7] Draconiano: Se aplica a la ley o castigo que es muy cruel o severo. Viene de Dracón, Legislador ateniense que redactó un código célebre por su severidad (621 a.J.C.).

[8] Recordemos que estos pensadores pertenecieron a la Escuela de Frankfurt cuya meta fue intentar cambios sociales masivos que desembocaran en el Marxismo, pero no en términos económicos si no en términos culturales (ver apunte Neomarxismo de 2017).  

[9] Mantra: literalmente 'pensamiento'. En el hinduismo y el budismo, sílabas, palabras o frases sagradas.

[10] La interseccionalidad es un enfoque que subraya que el sexo, el género, la etnia, la clase, la orientación sexual y otras categorías, están interrelacionadas.

[11] Episteme: Conjunto de conocimientos que condicionan las formas de entender e interpretar el mundo en determinadas épocas .

[12] Tautología: repetición innecesaria de un pensamiento usando las mismas o similares palabras y que, por tanto, no avanza información.

[13] Rehabilitación.

[14] 2ª acepción: La endogamia es una práctica según la cual un grupo de individuos rechaza o niega la incorporación de individuos ajenos al propio grupo. La palabra, como tal, se compone del prefijo endo-, que significa 'dentro', y -gamia, que significa 'unión'.

[15] Activistas, grupo de presión

[16] DEI = Diversidad, Equidad, Inclusión

[17] Interseccionalidad: es el estudio de las identidades sociales y sus sistemas de opresión, dominación o discriminación. La teoría examina cómo interaccionan en múltiples y simultáneos niveles las secciones biológicas, sociales y culturales como el sexo, el género, la etnia, la clase, la discapacidad, la orientación sexual, la religión, la casta, la edad, la nacionalidad y otros ejes de identidad.

[18]  Constructos: construcciones personales basadas en la experiencia a través de los cuales se mantiene la identidad. Puede decirse que en ellos se incluyen las creencias más profundas, las que dan sentido al individuo y que, por lo tanto, no se pueden modificar con facilidad.

[19] Las cuota raciales en el empleo y la educación son requisitos numéricos para contratar, promover, admitir y/o graduar a miembros de un grupo racial en particular .