Por Franco
Ricoveri
La Prensa,
14.01.2026
- Abuelo, ¿no
estaríamos mucho mejor si San Martín nos hubiese gobernado en vez de irse del
país?
- ¡Qué complicado
lo que me preguntás! La política argentina de entonces, como la de siempre, era
un asco. Hecha de mentiras, traiciones, protagonizada muchas veces por
personajes incapaces pero ambiciosos. San Martín se va cansado de tanta
porquería. Lo echamos con nuestras trampas, miserias, envidias…Se fue en 1824 y
nunca más volvió. Lo hubiese querido y hasta lo intentó, pero al llegar al
puerto, ni bajar pudo. Desde entonces creo que los argentinos tenemos el deber
de “hacer una Patria sanmartiniana”, cumplir con sus sueños… Ya sabés que
“naturalmente” me cuesta ser optimista, pero lo soy “sobrenaturalmente”. Y si
Dios nos dio una figura tan grande es que espera de nosotros algo inmenso.
Fijate lo que siempre les digo: no hay figura en la Historia contemporánea que
se le compare. ¡Ni siquiera los yanquis tienen un San Martín entre sus
próceres! Y, para no irme por las ramas y contestarte, remarco una sola de sus
muchas virtudes: la coherencia.
Y justamente la
falta de coherencia es lo que destruyó (y destruye) la vida política de las
naciones. A nosotros nos duele especialmente la nuestra, y está bien, pero es
“mal de muchos…”
- … consuelo de
tontos”.
- Exacto. Voy a
contarte lo que pensaba el gran José de San Martín sobre la política. No era un
hombre que se metiera mucho en esas cosas; él mismo decía que de política
entendía “menos que de nada” y que tenía una “espantosa antipatía a todo mando
político”. Pero lo cierto es que cuando tocó juzgar nuestra política, lo hizo
con una claridad impresionante, siempre poniendo por delante el bien del país y
no las banderías de partido.
Mirá, San Martín
no era ni probritánico, ni liberal, ni republicano fervoroso como muchos
quieren pintarlo hoy. Él creía, con toda franqueza, que la Argentina –y las
nuevas naciones americanas– solo encontrarían paz, libertad y prosperidad bajo
una monarquía constitucional.
Lo dijo claro en
1829, cuando le ofrecieron el gobierno de Buenos Aires después del fusilamiento
de Dorrego: “Es conocida mi opinión de que el país no hallará jamás quietud,
libertad ni prosperidad sino bajo la forma monárquica de gobierno”. Ya lo había
sostenido años antes en el Congreso de Tucumán. Y advertía que, si no se
adoptaba eso, vendrían “mil desgracias” antes de llegar al mismo punto. Y
fíjate, han pasado siglos y todavía andamos tropezando con muchas de esas
desgracias que él vaticinó. San Martín siempre actuó no por ambición personal,
sino porque entendía que lo primero era ser independientes; la política debía
subordinarse a eso.
Y así lo hizo toda
su vida: en 1819, cuando le ordenaron volver con el Ejército de los Andes para
imponer la Constitución unitaria de Buenos Aires a las provincias, desobedeció.
Cruzó los Andes, liberó Perú y aseguró la independencia. Muchos lo criticaron,
diciendo que abandonó la patria en guerra civil, pero él sabía que imponer por
la fuerza un unitarismo rechazado por las provincias solo traería más desastre.
Y tenía razón: evitó que el país se desangrara.
EN EL EXILIO
Cuando estaba en
el exilio, tanto unitarios como federales le ofrecieron el mando para pacificar
el país, y él rechazó a ambos. En una carta al general Guido explicó por qué:
el país estaba tan dividido que quien gobernara tendría que apoyarse en una
facción y convertirse en “verdugo” de la otra. Predijo con exactitud lo que
vendría: un gobierno militar fuerte, la necesidad de eliminar a uno de los
partidos. Y eso hizo Rosas. San Martín no solo lo predijo, sino que lo
comprendió y lo admiró.
Vio en Rosas al
hombre que, con mano firme, logró la unidad nacional y defendió la soberanía
contra las potencias europeas. Criticaba duramente a la oligarquía porteña, a
los que sabía responsables de “inmensos males” por su “infernal conducta”:
centralismo egoísta, descuido de la guerra independentista, tratados
humillantes, guerra civil provocada. Decía que preferían ver el país destruido
con tal de que Buenos Aires brillara.
Y cuando los
unitarios se aliaron con Francia durante el bloqueo, San Martín los tildó de
traidores: “lo que no puedo concebir es que haya americanos que por un indigno
espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su patria y reducirla
a una condición peor que la que sufríamos en tiempo de la dominación española;
una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer”.
En 1850, poco
antes de morir, expresó su orgullo por ver la paz, el orden y el honor
restablecidos bajo Rosas. Y en su testamento le legó su sable corvo al
“Restaurador”, reconociéndolo como el continuador de la obra de unidad
nacional. La izquierda siempre lo detestó, pero el liberalismo histórico, en
cambio, quiso sumarlo a sus filas y borrar estas opiniones. Preferían, “una
leyenda cómoda”. Como no pudieron ocultarlo, lo “falsificaron”.
- ¿Cómo?
- Los liberales
argentinos –esos que empezaron con Moreno y Rivadavia y siguen vivos y vivillos–
han “pegado” a San Martín a su ideología como si fuera parte de ella, pero en
realidad lo persiguieron, calumniaron y después, cuando ya no podían borrarlo,
lo falsificaron para justificar sus propios fines. Lo recibieron en 1812
llegando de Londres en un barco inglés, le dieron mando rápido porque servía a
sus planes, pero después lo hostigaron hasta obligarlo a irse a Europa “como a
un facineroso”, según las propias palabras. Y tras su muerte, lo elevaron a los
altares cívicos, inventándole una historia a medida: un San Martín liberal,
masón, amigo de los ingleses, que “renunció” noblemente al poder para no
entrometerse en la política. Pero todo eso es pura mentira…
Escribieron una
historia falsa en donde ellos eran la “civilización” y el interior la “barbarie”,
justificando así traiciones y entregas territoriales. Esa historia oficial
ocultó al San Martín real. Y falsificándolo nos alejó de nuestro pasado
heroico: las victorias de Rosas contra Brasil, Francia e Inglaterra que
salvaron la integridad americana. Nos hizo perder territorio (Patagonia,
Misiones) y nos dejó con problemas de ayer que son los de hoy. ¡Hasta nos alejó
de la heroica derrota de nuestros guerreros de Malvinas!
No hay que
inventar un San Martín liberal, sino reconocer al real: patriota hispánico,
católico en lo profundo, enemigo de la secta liberal-masónica-inglesa y “algo
más” que nos dominó y sigue dominando.
Y reencontrándonos
con el Libertador, haremos lo que se espera: una Patria sanmartiniana.