Por Miguel
Ángel Iribarne
Foro Patriótico
Manuel Belgrano, 19/04/2026
En uno de sus
Cuadernos de la cárcel, dice Gramsci: «La crisis consiste precisamente en que
lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer; en este interregno se verifican los
fenómenos morbosos más variados«. La constatación, que el italiano refiere al
paso –supuestamente inevitable- del capitalismo al socialismo, puede aplicarse
hoy a las transformaciones situadas en el plano del ordenamiento político del
espacio global.
En efecto, la
conformación, a partir de 1991 de una hegemonía unipolar estadounidense, llegó
en los años inmediatamente sucesivos a su clímax. Nunca como entonces vivimos
tan cerca de un gobierno mundial ni la pax americana pareció tan inconmovible.
La cuota de
dramatismo introducida por las acciones de Al-Qaeda no llegó a cuestionarla. En
realidad no hacía sino verificar la previsión de Julien Freund: a poder global
guerrilla global. La crisis financiera de 2008, el giro asertivo de la política
exterior rusa tras los primeros años de Putin y el imparable ascenso de China
como «fábrica del mundo» fueron, sí, los que gatillaron la crisis hegemónica. Y
ésta manifestó sus rasgos «morbosos» en la extremada polarización de la vida
interna norteamericana, correlativa de una tendencia claramente erosiva de la
«democracia realmente existente» en el ámbito del aliado europeo. Aquélla
alumbró al trumpismo –y a todo lo que MAGA expresa- y ésta trajo consigo el
desfondamiento de los partidos de centro-izquierda y centro-derecha asociados
en la gestión gubernativa prácticamente desde 1945. No hubiera sido extraño –de
vivir Gramsci- que, dada la base iluminista de su pensamiento, hubiera juzgado
«morbosos» ambos desarrollos. Lo que es incuestionable es que con ellos se
manifiesta el comienzo de un interregno histórico que durará hasta que se
consolide un orden nuevo, capaz de mantenerse al menos por algunas generaciones.
Este período intermedio se caracteriza por:
a) una abrupta
caída de la autoridad de las organizaciones multilaterales, la ONU a la cabeza;
b) la disminución
del poder disuasivo de la superpotencia;
c) un sensible
desgaste, en las democracias liberales, de la pretensión representativa de las
respectivas Clases Políticas;
d) un
empobrecimiento general de las capas medias que replantea conflictos en torno
de la distribución de la riqueza que se creían superados ya por el Estado de
Bienestar.
El conjunto
configura en lo interno una crisis de legitimidad de las «democracias realmente
existentes» (sin que exista aun una legitimidad «suplente») y en el orden
global un recrudecimiento de los caracteres estructuralmente «anárquicos» del
conjunto.
El Interregno se
supone llamado a conducirnos del orden viejo al nuevo a través de una fase
anárquica de duración incierta. En nuestro caso ella puede consistir en una
serie de conflictos regionales más o menos encadenados y más o menos
destructivos o en una guerra global.
El perfil del
nuevo orden es casi tan incierto como la duración del Interregno. Lo que
sabemos es que, entretanto, las normas del Derecho Internacional Público han
quedado reducidas a flatus vocis. Sin embargo, nos inclinamos a proponer se
explore la hipótesis, formulada por Carl Schmitt ya en 1939, de los «grandes
espacios» como sucesores de la era westfaliana. Recordemos sus líneas maestras.
En vísperas de una
inminente IIGM, en la Universidad de Kiel, el jurista renano propone un orden
mundial constituido por ámbitos geopolíticos más vastos que los Estados
existentes, en torno a una nación-guía portadora de un principio
político-cultural diferenciado. Este ordenamiento supone la exclusión de toda
intervención de potencias extrañas al espacio, tema vinculado al de las
«esferas de seguridad» hoy tan debatido. Schmitt confesaba que la principal
experiencia histórica que había inspirado su teoría era la Doctrina Monroe de
1823. La presente insistencia del trumpismo en el Hemisferio Occidental, registrada
tanto en la Estrategia de Seguridad Nacional como en actitudes concretas
respecto de Groenlandia, Venezuela, etc., no puede sino corroborar la
extraordinaria actualidad del tema, que se toca –aunque no se identifique- con
el encuentro/choque de civilizaciones teorizado por Huntington.
Junto a EEUU Rusia
y China asoman ya como ejes de sendos «grandes espacios» mientras comienzan a
perfilarse la India y Turquía.
En la vida interna
de los Estados nacionales que en general no desaparecen, pero pueden transformarse
por agregación o desagregación, durante el Interregno probablemente se estén
generando formas políticas nuevas, más acordes que las actuales a la
globalización plural que borrosamente percibimos en el horizonte. Sería
temerario intentar vislumbrarlas, pero hay tres elementos que podemos suponer
presentes en las mismas, a saber: liderazgos políticos fuertemente
personalizados («cesarismos» diría Spengler), como contrapeso weberiano al
aumento de gravitación de los tecnócratas, y una base de democracia entendida
como acercamiento a la población del poder decisorio sobre cuestiones
concretas. Todo ello muy condicionado en sus modalidades por la identidad
político-cultural específica de cada ‘gran espacio’.