rompe el silencio sobre la doctrina social
Stefano Fontana
Brújula cotidiana,
26_05_2026
Magnifica
humanitas, la nueva encíclica del papa León presentada ayer, 25 de mayo, en el
Vaticano y firmada el 15 del mismo mes (la misma fecha en que se firmó la Rerum
novarum), es claramente una encíclica “social”. Esto hay que subrayarlo porque,
dada la pausa impuesta a la Doctrina social durante el pontificado de
Francisco, ahora tenemos un nuevo comienzo. Y esto ya es, de por sí, una buena
noticia.
La nueva encíclica
social merece gran atención porque lleva a cabo dos operaciones estrechamente
relacionadas entre sí. La primera es volver a presentar el marco de lo que es
la Doctrina social de la Iglesia: naturaleza, fundamentos y principios. A este
fin se dedican dos capítulos, una parte significativa del texto. Objetivamente,
era necesario. Por lo demás, el vínculo que ha establecido el actual pontífice
con León XIII (empezando por el nombre) hacía que retomar la tradición del
magisterio social petrino fuera necesaria y previsible. Habrá tiempo para
examinar con calma en qué medida la nueva presentación de la Doctrina Social
está en continuidad con la leonina, pero su continuación orgánica debe acogerse
sin duda con espíritu positivo.
La segunda
operación consiste en abordar el tema de la Inteligencia Artificial (IA) no
como un tema circunscrito, un ámbito concreto de la vida social actual, sino
como expresión de una tendencia que pretende “recrear” a la humanidad, un
proyecto de palingenesia. La palabra “gnosis” no aparece en la encíclica, pero
esta valoración global y la intención declarada de crear un mundo nuevo la
evocan. La encíclica muestra esta dimensión sobre todo en los párrafos
relativos al transhumanismo y al poshumanismo del hombre “desencarnado” (nn.
115-117), pero no solo ahí, y deja claro que la IA no debe verse como una
reforma, sino como una revolución que pretende sustituir definitivamente a Dios
por el hombre. Del análisis que la encíclica realiza sobre todas sus
consecuencias en los distintos ámbitos de la vida, sin excluir ninguno, se
confirma que se trata de un rediseño de lo humano. Ningún aspecto quedará al
margen. Por eso, según el Papa León, hay que abordarla con una sabiduría capaz
de iluminar las cosas a 360 grados, no solo con recetas operativas ni tampoco
solo éticas.
Aquí se unen las
dos operaciones de la encíclica. La nueva supuesta sabiduría de la IA que, como
una religión de tipo gnóstico, tiende a desarrollarse de manera exasperada y
sin dejar residuos, se mide por el “patrimonio sapiencial” de la Doctrina
social de la Iglesia, que “nace de la fe y de su inteligencia de la realidad”
(dos bellas expresiones de la encíclica). El nuevo desafío, parece decir León,
es tan radical y omnicomprensivo, tan alternativo al proyecto de Dios, que
exige un salto cualitativo de la humanidad no solo de tipo ético, sino también
espiritual.
Esta dimensión del
problema que llamamos espiritual y religiosa en sentido cristiano está
ampliamente presente en la encíclica, sobre todo en la introducción y en la
conclusión.
En la
introducción: la torre de Babel y la construcción de los muros de Jerusalén
narradas en el libro de Nehemías representan, por un lado, el desafío del
hombre a Dios, y, por otro, la construcción de la humanidad según Dios. En la
conclusión: la encarnación de Dios que hace “magnífica” a la humanidad, como
misterio de misericordia. En la encíclica, la centralidad del Dios de
Jesucristo es muy clara: “La verdad que no debemos perder es la de Dios y del
ser humano, tal y como Cristo nos los ha revelado” (n. 237). Frente a los
deseos idólatras de potenciar lo humano, la encíclica afirma que solo la Gracia
hace al hombre “más que humano” (n. 127).
En otras partes,
la encíclica hace algunas concesiones a una visión existencial de la Doctrina
social. En los números 25, 26 y 27 se explica “la Doctrina social como
discernimiento comunitario”. Véase el siguiente pasaje: “La comprensión de
la verdad como don que hay que compartir y no como posesión que hay que
reivindicar, libera a la Iglesia de la tentación de añorar formas de presencia
basadas en el poder”. León XIII tendría algo que objetar o, al menos, alguna
aclaración que pedir. Aquí, más que León XIII o León XIV, parece hablar el
Papa Francisco, a quien Magnifica humanitas se esfuerza por situar en
continuidad con la historia de la Doctrina social de la Iglesia.
Un cierto lenguaje
dictado por la sinodalidad moderna se ha infiltrado también aquí: “La Doctrina Social se presenta en su
faceta más auténtica no como un manual de principios y normas que hay que
aplicar, sino como un camino de discernimiento comunitario” (n. 27). Esto, sin
embargo, no significa que no exprese verdades íntimas y propias que no nacen
“de las preguntas” de la historia, aunque deba entrar en relación con estas
preguntas para evangelizar. La definición de la Doctrina social como
“teología de la comunión en la historia” no es, en nuestra opinión, del todo
clara.
Son de notable
valor las aplicaciones de los principios de la Doctrina social tanto a la vida
de la Iglesia como al tema de la IA (resumidos en el n. 109) y la recuperación
de la teología de la creación, con los párrafos dedicados a la aceptación del
límite humano (n.º 118 ss), cuyo abandono había sido denunciado por Benedicto
XVI, aunque es una verdadera lástima que en la encíclica no se hable
explícitamente del derecho natural y de la ley natural (conceptos implícitos en
el de creación), ni siquiera entre los fundamentos de la Doctrina social (nn.
48-50).
Los capítulos
cuarto y quinto abordan consideraciones más profanas e indicaciones de
actitudes prácticas: democracia, ecología, alianza educativa, centralidad de la
escuela, peligro del control social, nuevas formas de esclavitud, armas y
guerra, desorden mundial, dignidad del trabajo frente a los peligros del
desempleo, que Juan Pablo II retomó y desarrolló ampliamente (nn. 151-156). Son
los temas en los que la prensa insistirá más, pero también son aquellos en los
que la tensión doctrinal y religiosa debe llegar a un acuerdo con la
contingencia de las situaciones y con la enormidad del trabajo que hay que
realizar para contrarrestar o, al menos, reducir las preocupantes tendencias en
curso. Son indicaciones que abren posibilidades, pero que también dicen que por
nosotros mismos quizá no podamos lograrlo.
Esto explica el
entrelazamiento en todo el texto (incluso en los últimos capítulos que
pretenden ser más prácticos) entre las valoraciones éticas y operativas
necesarias para controlar el fenómeno tras haberlo considerado controlable, y
la idea de que aquí está en juego algo más poderoso, cuya solución requiere
esta vez recurrir a una ayuda más que humana.