sábado, 10 de agosto de 2013

LA TOLERANCIA COMO VIRTUD O COMO IDEOLOGÍA



Por Alberto Buela.
Fuente: Revista Arbil

La Iglesia es intolerante en los principios porque cree;
pero es tolerante en la práctica porque ama.
Los enemigos de la Iglesia son tolerantes en los principios porque no creen;
pero son intolerantes en la práctica porque no aman”.

[R.P. Reginald Garrigou-Lagrange O.P.]


El título mismo nos está indicando que existen históricamente dos tipos de tolerancia. Una, la clásica, aquella definida como la aceptación de un mal menor en vistas a evitar uno mayor, y otra, la liberal, como la aceptación de las opiniones contrarias por la igualdad de las personas.

La noción clásica

Tiene una larga historia que hunde sus raíces en la filosofía griega y recorre todo el universo cristiano hasta el siglo fines del siglo XVII. Y es el teólogo Tomás de Aquino quien en su Summa Theologica, Pars 2da.2da. cuestiones X a XII desarrolla más acabadamente este criterio, al preguntarse si los infieles pueden tener dominio sobre los fieles, responde:“ at si praexistant, tolerandi videntur ad scandalum vitandum” (si continúan existiendo, luego de un trabajo de evangelización, se entiende, deben ser tolerados y evitar el escándalo).

La tolerancia está vinculada en este contexto del mundo cristiano del siglo XIII en el trato con los infieles que se dividían en tres grandes categorías: paganos, herejes y judíos- musulmanes. Los primeros no aportan nada útil ni verdadero a la vida de la Cristiandad, y la cuestión se traslada más bien a la relación de los súbditos cristianos con un gobernante pagano, donde el gobernante no pierde sus atributos a causa de su infidelidad, pero la tolerancia se extingue si los cristianos no pueden profesar libremente su fe. La norma es: “dar al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios ”.

La cuestión de la herejía es la más grave pues ella quiebra la unidad de la Cristiandad y socava las bases de la autoridad de la Iglesia. El hereje es en términos politológicos el “enemigo interno”. Y es sabido que éste es el que produce los mayores daños a la comunidad a que pertenece. Era denominado por los romanos con el término inimicus, en tanto que el externo era considerado hostis. Con este último se tiene una guerra pública (quod bellum publicae habemus), con el “enemigo” podemos llegar a tener una “guerra civil”. Esta distinción se conserva en el texto evangélico cuando dice: diligite inimicus vestros (amad a vuestros enemigos) Lucas 6, 77. Así pues, el enemigo interno, está limitado en el Evangelio al enemigo privado que es el que nos odia y con quien tenemos discordias, y al que estamos obligados a perdonar, en tanto que el enemigo externo (hostis) es el que nos opugna, el que nos ofrece lucha, y a ese debemos combatir en guerra.

Ya Platón en la República 470 b 4, realiza esta clara distinción entre los dos tipos de enemistad: la guerra (pólemos) y la discordia (stásis) y los dos tipos de enemigos que la encarnan: los externos o barbárous y los internos o ekzraús. Con estos últimos “no se arrasarán sus campos ni se incendiarán sus viviendas, con los “bárbaros”, “la lucha es a muerte ya sea esclavizándolos ya aniquilándolos”.

El tercer tipo de infieles son los judíos y musulmanes donde la tolerancia encuentra su última justificación, como la admisión condicional al mal. Así en tanto que no se logre la metanoia, la conversión de éstos, se los debe tolerar para evitar males mayores (scandalum vitandum).

Una digresión. La solución católica a la cuestión judía radica en esta idea de conversión de los judíos y son múltiples las órdenes religiosas que tienen por finalidad o carisma el orar por su conversión. De ahí, que la histórica cuestión no puede tener ni una solución pagana – desde la destrucción de Jerusalén por el emperador Tito en el año 70 a la solución nazi de los campos de concentración – que siempre ha fracasado, provocando un mal mayor. Ni tampoco, la solución liberal de sometimiento al poder judío mundial, que es más bien una no-solución como lo vemos hoy. Así, asistimos al aniquilamiento de los  pueblos palestino e iraquí porque el Estado más poderoso de la tierra eligió como estrategia, la de someterse a las decisiones del poder judío mundial, bajo la forma de sionismo.

La idea liberal

La tolerancia liberal tiene su partida de nacimiento en el escrito del filósofo inglés John Locke titulado Carta sobre la tolerancia (1689).

Parte allí de la clara distinción entre sociedad política y eclesiástica, y como el magistrado civil está por su función limitado a “las cosas humanas temporales”, y  no puede tener ninguna injerencia en la salvación de sus gobernados, el pluralismo en el culto a Dios es una cosa que el Estado no puede soslayar, por lo tanto, le corresponde tolerar la diversidad de iglesias.

El segundo argumento, a la vez el más poderoso, sostiene que el fundamento de la política liberal consiste en la persona ejerciendo su capacidad de autodeterminación en libertad e igualdad. Así podemos definir la tolerancia como la capacidad cívico-política de las personas que tienen conciencia recíproca de la libertad e igualdad de que están investidos.

Esta tolerancia liberal está fundada en la ideología del igualitarismo según la cual las personas ya no son iguales en dignidad sino que son per se iguales, cuando en realidad las personas son per se distintas; nuestros rostros y figuras así nos lo indican.

Esta tolerancia lo que hace es introducir la idea de disimulo, de simulacro en la política, pues la tolerancia no es hoy otra cosa que: la disimulada demora en la negación del otro.  Hacemos “como si” respetáramos al otro, cuando en realidad estamos disimulando su negación. Y esta idea de disimulo, de simulacro, encierra la quintaesencia de la noción de ideología entendida como: conjunto de ideas que enmascara la voluntad de poder de un grupo, clase o sector.


Llegamos así al final de esta breve meditación, a aquello que encierra ya el título de la misma. La tolerancia como virtud está vinculada a su  carácter negativo, tolerar el mal menor para evitar el mal mayor. En tanto que, la tolerancia como ideología está vinculada a la sociedad del simulacro, la apariencia, el disimulo, la sospecha, el enmascaramiento. Rasgos típicamente característicos de nuestra sociedad política de nuestros días. -