que no hacen justicia!
La Prensa,
23.04.2026
Señor director:
La aritmética
judicial parece regirse a menudo por reglas propias, esto es, no con fundamento
en las matemáticas, sino en meras ocurrencias, cuando no en groseros
exabruptos.
Esa aritmética se
potenció a través de los años con el cuento chino de la Política de Estado de
Derechos Humanos.
Un ejemplo
emblemático de lo afirmado es el caso
del cabo Julio Narciso Flores, quien en 1976 había cumplido apenas 18 años.
Ocho meses antes había egresado como cabo en Mantenimiento de Aeronaves.
Carecía de poder decisorio alguno, no mandaba. Era tan sólo un cabo mecánico,
un técnico, que prestó servicios para la Fuerza Aérea apenas tres años.
Su superior
absoluto en la cadena de mando, el brigadier Agosti, procesado como autor de
delitos de lesa humanidad, recibió en su momento una condena de cuatro años y
seis meses. El cabo Flores, con la misma tipificación, fue condenado a
veinticinco años de prisión efectiva. Y el Tribunal de San Martín, que lo
condenó, le acaba de denegar por enésima vez la prisión domiciliaria.
En estructuras
jerárquicas las decisiones no nacen en los niveles más bajos. Salvo en este
caso, en el cual quien ocupaba un rol técnico y subalterno, aparece soportando
el peso mayor. La figura de un “cabo mecánico”, con ínfima antigüedad y mínima
capacidad de decisión, contrasta con la desmesurada sanción impuesta.
Queda claro que la
negativa a concederle tan siquiera un paliativo -como sería la reclusión en su
casa- dice a los gritos, en su abominable parquedad, que el Cabo Flores debe
morir donde se encuentra, esto es, en la cárcel.
Estos jueces tan
obscenos como prevaricadores confirman lo que tantas veces hemos dicho. Sus
sentencias no son el resultado de un análisis jurídico, sino lisa y llanamente
la imposición de una dogmática ideológica.
Tampoco es un
hecho aislado. El Tribunal de San Martín ha dado muestras abundantes de su
perseverancia para sentenciar contra legem. ¿Quién puede olvidar, acaso, cuándo
condenó a quien tuvo a su cargo la recuperación del Regimiento de La Tablada,
bajo la siniestra mirada, audiencia tras audiencia, de los terroristas que
intentaron coparlo?
Estos dramas, que
sufren brutalmente los acusados de “lesa humanidad” y sus familias, contrastan
con la indiferencia generalizada de la sociedad, que disfruta de una libertad
que no ganó.
Quizás la historia
pondrá las cosas en su lugar y bautizará a estos jueces con el mote que
merecen: mercaderes de la ley, sicarios de una política de odio y venganza,
perjuros, impostores, traidores.
Desde estas
líneas, apenas una voz entre muchas, se intenta sostener algo de esa pálida y
frágil llama de justicia, con la esperanza de que no llegue el día en que ya no
queden justos a quienes salvar ni razones para librar una y otra vez el buen
combate.
Alberto Solanet
Presidente de la
Asociación de Abogados por la Justicia y la Concordia.