Por Héctor Aguer
Arzobispo Emérito de La Plata
La Prensa,
24.08.2026
¿Qué significa
para el país que León XIV nos visite? El nuestro es un pueblo, hasta ahora,
mayoritariamente católico, a pesar de una historia complicada que ha procurado
borrar la herencia hispánica.
La presencia del
Papa puede despertar en el pueblo la conciencia de su catolicidad. Esto es lo
más importante que puede ocurrir a tantas familias que el actual gobierno ha
desplazado. La miseria cunde en el pueblo argentino bajo el pretexto del
neoliberalismo. Pero no se pueden arrebatar los valores espirituales a quienes,
bautizados en la infancia, han seguido siempre practicando la fe. Esto es lo
que perdura, y que puede reanimarse con la visita de León XIV.
Esta presencia no
va a inducir directamente una mejora en el ámbito temporal, pero no será
posible sostener que el neoliberalismo asegure el futuro a tantos hombres que
buscan trabajo. Según la Doctrina Social de la Iglesia, el trabajo es
primordial. En las primeras páginas de la Biblia se lee que Dios creó al hombre
y lo puso en la tierra para que con su trabajo la haga crecer y expandirse. En
la Argentina de hoy falta trabajo; muchas empresas nacionales tienen que cerrar
porque no pueden hacer frente a la competencia, sobre todo a la que procede de
China.
Los valores
espirituales recuerdan al pueblo que ellos sostienen el esfuerzo cotidiano, y
que éste vale la pena y puede superar a la ideología que se ha impuesto. La
democracia no puede reducirse al predominio de ciertos factores ideológicos que
resultan elegidos en un turno electoral. La visita de León XIV puede recordar
los valores permanentes que asisten a las familias, en las cuales el varón
aporta lo necesario para la mujer y los hijos. Estos son los principios de la
Doctrina Social de la Iglesia, que se fue formulando lentamente y que los Papas
como León XIII reivindicaron. La Argentina del siglo XX los incorporó a la vida
social y el neoliberalismo no los podrá desplazar. La presencia entre nosotros
de León XIV debería recordarnos lo mejor de nuestra historia.
En su segunda
visita a la Argentina, San Juan Pablo II, el 10 de abril de 1987 (hace casi 40
años), nos hizo un apremiante llamado: “¡Iglesia en Argentina! ´Levántate y
resplandece, porque ha llegadο tu luz,
y la gloria del Señor alborea sobre ti´” (cf. Is 60, 1)... ¡Cómo
pido a Dios que Argentina camine en la luz de Cristo! Cuatro décadas después,
aún es una tarea pendiente.
La Iglesia en nuestro país sufre, especialmente
desde los años sesenta del siglo pasado, una sangría constante de fieles. El
número de quienes se reconocen como católicos ha disminuido del 90 al 57 por
ciento; con tendencia a la baja.
El anuncio de Jesucristo ha sido seriamente
comprometido, y hasta desfigurado con ciertas prácticas episcopales de hablar
solo de "lo político y social". Y las corrientes progresistas como la
"teología de la liberación", y en su versión criolla de la
"teología del pueblo" han vaciado seminarios, congregaciones religiosas,
y parroquias. También entre nosotros se cumple aquello de "la Iglesia hizo
la opción por los pobres, y los pobres hicieron la opción por los pentecostales".
A este complejo panorama se le suma que, desde
2013, se ha producido una inflación de obispos. ¡En algunas diócesis hay más
obispos que seminaristas! Y el nombramiento de jóvenes obispos auxiliares, de
la línea del pontificado anterior, hace que humanamente hablando no puedan
esperarse, en los próximos años, rectificaciones de rumbo. Menuda tarea tiene
León XIV, por delante, para nuestro país. Solo el anuncio y testimonio lúcido,
claro y coherente de Jesucristo, hará que la Iglesia argentina recupere algo
del terreno perdido. Y vuelva a tener cierto peso en la sociedad. Es el mismo
Señor quien nos llama a ser “sal de la tierra y luz del mundo” (cf. Mt 5,
13-24).
.