en la utilización del término «inculturación»
según Benedicto XVI
Carlos Daniel Lasa
Infocatolica –
28/07/26
El Papa Benedicto
XVI ha mostrado una marcada reserva en lo que respecta al uso y abuso del
término «inculturación».
En este sentido,
son cuatro los aspectos que provocan la discreción señalada: 1) el empleo del
término «inculturación» presupone una idea estática de la cultura; 2) el
vocablo no refiere realmente el encuentro entre el Evangelio y la cultura, el
cual transforma a ambos términos; 3) la palabra empleada entraña el riesgo del
relativismo cultural; 4) supone, además, el peligro de sostener la existencia
de un cristianismo «acultural» que, de hecho, nunca existió.
El término
referido es utilizado frecuentemente por los que adhieren a la denominada
«teología del pueblo», entre los cuales se cuentan el actual Prefecto de la
Doctrina de la Fe, Cardenal Víctor Fernández.
Benedicto entendía
que la utilización de este vocablo podía vehiculizar una idea de verdad como
producto exclusivo de una determinada cultura. En ese caso, el cristianismo
perdía su pretensión de universalidad. Por eso, nos decía, es menester insistir
en este punto: el encuentro entre la fe y las culturas solo es posible porque
la verdad del Evangelio las trasciende, aunque nunca se exprese sino a través
de ellas.
El Papa Benedicto
rechazaba el término inculturación toda vez que este proponía que el contenido
de la fe quedaba determinado o redefinido por cada cultura. Y precisamente es
este el riesgo en la posición del actual Prefecto de la Fe, el Cardenal Víctor
Fernández y de la «teología del pueblo». El referido Cardenal lo ha expresado,
sin titubeos, en la exposición que ofreciera en la Urbaniana y que yo comentara
en Caminante Wanderer.
Para el Papa
Benedicto XVI, y para toda la tradición eclesial antes que él, el Evangelio de
Jesucristo tiene un destino universal. No se dirige únicamente al pueblo de
Israel, sino a toda la humanidad.
Ahora bien, cuando
el cristianismo sale del ámbito judío tiene que expresarse en un lenguaje
comprensible para el mundo mediterráneo cuya lengua era el griego y cuya
cultura estaba profundamente marcada por la filosofía. Pero, según Ratzinger,
esto no significó una simple traducción lingüística. Para él hay un dato clave:
la filosofía griega había descubierto una idea decisiva, y es que el hombre
podía conocer la verdad mediante la razón. Esto por un lado. Por el otro, la
revelación bíblica presentaba a un Dios que había creado al mundo con sabiduría
y que podía ser conocido, aunque de modo imperfecto, por la inteligencia
humana.
Por eso el
fallecido Papa cita frecuentemente el prólogo del Evangelio según San Juan: «En
el principio era el Logos». La elección del término griego Logos no es casual.
Expresa que Dios no es pura voluntad arbitraria ni irracionalidad, sino Razón,
Palabra y Sentido.
Consecuentemente,
los dogmas de la Iglesia católica fueron formulados mediante categorías
griegas, tales como ousía (esencia o sustancia), physis (naturaleza),
hypóstasis (persona), prósopon (persona), logos. Gracias a estas categorías fue
posible expresar con precisión doctrinas como la de la Trinidad, la
Encarnación, la unión de las dos naturalezas en Cristo.
Para Ratzinger,
estos conceptos no son simples envolturas culturales intercambiables, sino
categorías intelectuales que permitieron formular fiel y correctamente la fe.
De allí que, cuando algunos pretenden deshelenizar la fe católica, el riesgo
que se corre, doctrinalmente hablando, es grave.
Algunos teólogos
sostienen que habría que despegar y desembarazar al cristianismo de su herencia
griega para adaptarlo a otras culturas. A esto, Ratzinger responde que una
deshelenización radical significaría abandonar categorías que expresan verdades
objetivas sobre Dios y Cristo. Por ejemplo, si desapareciera o se birlara el
concepto de naturaleza (operación que analizamos en la entrevista realizada a
Mons. Vincenzo Paglia, encomendada por el mismo Papa Francisco, resultaría muy difícil formular el dogma
cristológico del Concilio de Calcedonia. Según el mismo, Cristo posee dos
naturalezas en una sola persona. Lo mismo ocurre con la doctrina trinitaria
elaborada en el Concilio de Nicea.
Los elementos
aportados por el pensamiento griego (que la Iglesia católica debiera conservar
celosamente) son la garantía de la existencia de una verdad objetiva. Una
verdad objetiva que la razón humana puede alcanzar, aunque sea de modo parcial
y humilde. Una verdad que la razón puede alcanzar y que no se contrapone a la fe,
sino que la presupone y la perfecciona.
En este sentido,
resulta inadmisible la asunción de corrientes de pensamiento contemporáneas que
conciben a la verdad como el producto de construcciones culturales o
históricas. Corrientes de pensamiento que, en la elaboración teológica,
reemplazan livianamente la categoría «ser» por la de «estar».
Afirma Ratzinger:
«Lo característico de la filosofía griega era que no se contentaba con las
religiones tradicionales ni con las imágenes del mito, sino que con toda seriedad
planteaba la cuestión acerca de la verdad. Y ya en este lugar podemos ver
quizás el dedo de la Providencia: porque el encuentro entre la fe de la Biblia
y la filosofía griega fue verdaderamente "providencial’.»[1] Y más
adelante concluye: «Por eso, el encuentro con la ontología de los griegos –con
la cuestión acerca del «es»– no es una alienación filosófica de la fe
cristiana, sino que llegó a ser su expresión indispensable.»[2]
El Papa Benedicto
no tenía duda alguna: las categorías griegas, y no la sabiduría sapiencial de
los pueblos a lo largo de los tiempos, han llegado a expresar de manera
normativa el contenido de la revelación cristiana. El encuentro entre la fe
bíblica y la filosofía griega dio lugar a formulaciones dogmáticas que la
Iglesia considera vinculantes. Esas formulaciones pueden traducirse a nuevos
lenguajes y categorías culturales, pero la traducción debe conservar el mismo
contenido de verdad.
Y conservar este
contenido supone privilegiar el «ser» sobre el «estar». Este último, que la
teología del pueblo coloca por encima del ser, denota la idea de
situacionalidad, de facticidad, de historicidad; el primero, por el contrario,
remite a la idea de inmutabilidad, de permanencia. Por eso Ratzinger distingue
entre las formas accidentales de una cultura –que pueden cambiar– y aquellas
categorías racionales que han demostrado ser adecuadas para expresar el núcleo
de la fe. En su opinión, renunciar a estas últimas no supondría una simple
adaptación cultural, sino una modificación del contenido doctrinal mismo. Esta
es la razón más profunda de su cautela frente a ciertos usos demasiado livianos
del término «inculturación».
Si los dogmas han
resistido el paso de los siglos merecen una presunción de sabiduría,
precisamente porque han sobrevivido. No cometamos la torpeza (bastante
frecuente por nuestros días) de derribar la valla, como decía Chesterton, hasta
que no sepamos por qué fue puesta.
La cautela de
Ratzinger, como hemos podido advertir en virtud del contenido de la conferencia
que el Card. Fernández diera en la Universidad Urbaniana, tenía sobrados
fundamentos o sospechas.
Claro está que,
quizás la imaginación de Benedicto nunca llegó tan lejos como las decisiones de
un Papa y la de su Prefecto de la Fe.
Carlos Daniel Lasa
[1] Fe, verdad y
tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo. Salamanca, Ediciones
Sígueme, 2005, 4ª edición, p. 85.
[2]Ibidem, p. 93.