un empresario francés que fue inspiración para el Papa León XIII y para la Doctrina Social de la Iglesia.
Religión en
Libertad, 22.08.2026
El viaje de León
XIV a Rímini de este sábado 22 de agosto incluye una parada breve, pero cargada
de simbolismo. El Papa visitará la exposición «Léon Harmel: la profecía de
una empresa», dedicada a uno de los grandes pioneros del catolicismo social y a
un empresario que influyó en el pensamiento de León XIII y en el nacimiento de
la Doctrina Social de la Iglesia.
La visita está
prevista entre las 15.15 y las 15.30 horas, dentro de la presencia del
Pontífice en el encuentro organizado por Comunión y Liberación. No está
previsto un discurso formal, pero la elección de la exposición conecta
directamente con una de las preocupaciones centrales del actual pontificado:
cómo afrontar desde el cristianismo una nueva revolución industrial, esta vez
protagonizada por la inteligencia artificial.
Y para ello León
XIV vuelve la mirada a un empresario del siglo XIX.
Una fábrica
diferente en plena Revolución Industrial
Léon Harmel nació
en 1829 en La Neuville-lès-Wasigny, en las Ardenas francesas, y murió en Niza
en 1915. Industrial del sector textil y ferviente católico, convirtió la
fábrica familiar de Val-des-Bois, cerca de Reims, en un peculiar laboratorio de
lo que décadas después se conocería como catolicismo social.
Tras heredar la
empresa de su padre, desde la década de 1860 impulsó escuelas para las familias
de sus trabajadores, sistemas de asistencia y seguros y diferentes fórmulas de
organización colectiva.
Pero Harmel quiso
ir más allá del paternalismo empresarial habitual en la época. Su propósito era
que los propios obreros participasen activamente en la vida de la empresa.
En 1883 creó un
consejo de fábrica que involucraba a los trabajadores en la administración y en
las decisiones de la comunidad laboral. La iniciativa se adelantó varias
décadas a los consejos de empresa y a algunas de las fórmulas de diálogo social
que terminarían incorporándose al derecho laboral europeo.
Miembro de la
Tercera Orden de San Francisco, Harmel estaba convencido de que los graves
problemas sociales provocados por la industrialización no podían resolverse ni
mediante un liberalismo económico ajeno a las necesidades de los trabajadores
ni mediante la lucha de clases.
Su alternativa
partía de la concepción cristiana de la persona y de una empresa entendida como
comunidad humana, no únicamente como instrumento para obtener beneficios.
Su pensamiento
quedó resumido en una máxima que recuerda Ubaldo Casotto, responsable de la
exposición de Rimini: «La fe nos lleva a creer que lo que es bueno para las
personas también lo es para el negocio».
Una concepción
que, más de un siglo después, adquiere una sorprendente actualidad ante el
debate sobre el impacto de la tecnología y la inteligencia artificial en el
empleo.
La influencia de
Harmel trascendió pronto los muros de su fábrica. Se convirtió en una persona
cercana a León XIII y, desde 1885, organizó peregrinaciones de trabajadores
franceses a Roma.
Aquellos
encuentros permitieron que las inquietudes y aspiraciones del mundo obrero
llegaran directamente hasta el Papa.
La experiencia del
empresario francés contribuyó así al ambiente intelectual y social que
desembocaría en Rerum novarum, publicada por León XIII en 1891 y considerada el
gran texto fundacional de la moderna Doctrina Social de la Iglesia.
La encíclica
abordó cuestiones entonces explosivas como las relaciones entre capital y
trabajo, el salario justo, los derechos de los trabajadores, la propiedad
privada y las asociaciones obreras.
La figura de
Harmel adquiere además un significado especial durante el actual pontificado.
«Léon Harmel es el
nombre que me vino a la mente cuando oí a León XIV explicar por qué eligió este
nombre, en continuidad con León XIII, el Papa de Rerum novarum y de la Doctrina
Social de la Iglesia», explica Casotto.
Desde el comienzo
de su pontificado, León XIV ha relacionado la elección de su nombre con el
desafío que supone la revolución tecnológica y, especialmente, la inteligencia
artificial.
Si León XIII tuvo
que responder a las profundas transformaciones sociales provocadas por la
industrialización del siglo XIX, León XIV afronta ahora una transformación
capaz de alterar nuevamente el trabajo, las relaciones económicas y la propia
concepción de la persona.
Por eso, la
exposición de Rimini no presenta a Harmel únicamente como una figura histórica.
Su experiencia empresarial sirve para plantear una pregunta plenamente
contemporánea: ¿es posible poner los avances económicos y tecnológicos al
servicio de la persona en lugar de convertir a la persona en un instrumento de
la economía?
Más de un siglo
después de su muerte, León XIV recupera así la figura del empresario católico
que intentó responder a esa misma pregunta en las fábricas de la primera
Revolución Industrial.