martes, 12 de enero de 2021

TRUMP

 

Trump el anarquista de la democracia que ha bloqueado el sistema

Brújula cotidiana, 12-01-2021

 

Frente a Trump el sistema de poder se ha bloqueado demostrando que ya no era democracia porque tenía como premisa una idea de libertad comprable. Cuando Juan Pablo II y Benedicto XVI hablaron de la democracia como un posible sistema totalitario se referían a esto. Trump por su parte, incluso con sus particulares corbatas, ha puesto encima de la mesa argumentos que fundamentan la libertad en sí misma y la hacen no comprable por el sistema: la vida, Dios, la nación como una comunidad natural, la fe, la ley natural. Ha sido un rebelde, un anarquista de la democracia.

 

Frente a Trump, el sistema de poder americano ha cerrado filas y ha desterrado de la democracia americana al presidente combatiente, como si ese sistema de poder fuera la democracia americana, cuando en realidad es sólo un sistema de poder. El sistema está hecho de muchas piezas, y junto a los medios de comunicación impone falsedades masivas, con la cultura impone nuevos derechos que no son tales, junto con la policía y el sistema legal calumnia y censura gravemente a los que no se alinean con esos nuevos derechos, coloca a sus propios exponentes de referencia en posiciones clave -como la Corte Suprema de los Estados Unidos- para jugar en el mismo bando, implementa una red de vigilancia de los ciudadanos aunque la sociedad moderna sea líquida, inventa nuevos dogmas falsamente democráticos y condena por herejía a los que no los cumplan, liquida a sus adversarios por el color de su corbata o su peinado, pretende ser pacifista pero en cambio es belicoso, pretende ser patriótico pero en cambio trata bajo la mesa con sus enemigos. El sistema es un sistema, una red que, como diría Gramsci, “piensa con mil cerebros”, al unísono y, cuando llega el momento, todo encaja en la convergencia y el enemigo es aplastado.

 

Trump en un cierto momento se ha salido del camino marcado y ha contradicho el sistema que en América es principalmente liberal, pero que también involucra a la contraparte republicana. Ha sido un anarquista de la democracia americana, un desviado, un hereje, un rebelde, un resistente. Se ha atrevido a meter las manos en la Corte Suprema, se ha atrevido a condenar el aborto y a cortar la financiación de Planned Parenthood, se ha atrevido a retirarse de muchos organismos de la ONU, se ha atrevido a distanciarse de los acuerdos de París y a condenar el ambientalismo ideológico al estilo de Al Gore, se ha atrevido a criticar a China y a pensar en un acuerdo comercial que no dependiera de ella, se ha atrevido a volver a nombrar a Dios en público, se ha atrevido a decir que la globalización que mata a las naciones es una nueva camisa de fuerza, se ha atrevido a demoler todos los lugares comunes que los medios de comunicación difunden diariamente como un nuevo evangelio, y finalmente se ha atrevido a negarse a utilizar el Coronavirus como una oportunidad para un nuevo control social y limitación de la libertad.

 

Contra todo esto el sistema se ha bloqueado, se ha cerrado como los dedos de una mano aplastando una patata. Nancy Pelosi ya había anunciado antes de las elecciones que Biden ganaría en cualquier caso. Para lograr su objetivo esta vez, el sistema también ha utilizado las armas del fraude y la malversación, presa de la ansiedad ante el enorme valor de la disputa en cuestión. Posteriormente ha utilizado los eventos en el Capitolio para denunciar una sedición inexistente y pintar los cuatro años de mandato de Trump como una interrupción de la democracia que los americanos estaban finalmente recuperando gracias a Biden. Más bien ha sido lo contrario: en los cuatro años de Trump la democracia había respirado... quizá demasiado para el sistema.

 

Hoy todo el mundo habla de la crisis de la democracia americana. El sistema ha recuperado el palacio, pero queda una América despreciada, sumariamente etiquetada como populista y nacionalista, retrógrada y vociferante, que se siente (democráticamente) excluida. Es la América de los “descartados” de los que tal vez el Papa Francisco -el Papa de los “descartados”- no se preocupará, dada la oferta expresa de colaboración hecha al Presidente Biden y, por lo tanto, al sistema.

 

Frente a esta división del país, lo más importante es entender que la crisis de la democracia americana es el resultado de una cierta forma de entender la democracia en sí misma. La democracia tiende naturalmente a crear un sistema oligárquico, y de hecho todas las democracias occidentales son sólo eso, especialmente en el actual bloqueo del sistema. Esto sucede porque se refiere a una libertad original considerada como absoluta, por lo tanto no relacionada, por lo tanto comprable. Si la libertad se basa en principios no negociables no puede ser comprada. Si se basa sólo en sí misma puede ser comprada en el mercado político. El sistema ya ha implementado una amplia gama de estrategias para comprar esa libertad, estrategias que pasan por el respeto formal a la democracia. Cuando Juan Pablo II y Benedicto XVI hablaron de la democracia como un posible sistema totalitario se referían a esto. El cierre en forma de pinza del sistema de la democracia americana muestra que ya no era democracia porque tenía como presuposición una idea de libertad como algo comprable.

 

Por otro lado, ¿qué ha hecho Trump que sea importante en los últimos cuatro años, aunque lo haya hecho con sus particulares corbatas y su pelo amarillento al estilo del dueño de un concesionario? Ha presentado argumentos que fundamentan la libertad en sí misma y, por lo tanto, la hacen incomprensible para el sistema: la vida, Dios, la nación como comunidad natural, la fe, la ley natural. Estas son las armas con las que buscó combatir el sistema y revitalizar la democracia. Era un rebelde. Veremos si era un caso aislado o no.

miércoles, 6 de enero de 2021

EL ESTADO SOY YO

 


Por Javier Boher

Alfil, 6-1-21

 

“Te salva el Estado, no el Mercado” fue uno de los mantras predilectos a lo largo de la cuarentena. Miles de militantes de dudosos recursos intelectuales -o morales- se dedicaron a glorificar el rol de ese Leviatán que se alimenta de sus súbditos.

La construcción de un Estado benigno, benefactor o altruista es una idea muy extendida entre todos aquellos que lloraron el corrimiento de lo público en tiempos de menemato. Ese cuento de hadas se ha extendido hasta entrar en contradicción con la habitual tradición realista del peronismo, según la cual el Estado es solamente un instrumento para ejercer el poder.

Esa máscara discursiva ha servido para ocultar todo tipo de tropelías que han confundido los límites del partido con los del Estado, así como las necesidades privadas con los recursos públicos. El Estado no es de nadie y somos todos, pero financia a unos pocos.

El escándalo de Victoria Donda y su empleada es uno más en una larga lista de mamarrachos a los que nos vemos acostumbrado los argentinos. Así como el cuerpo se deforma para tolerar los dolores, nuestra sociedad parece haber hecho lo mismo. Las consecuencias de ello, claro está, se pagan en el largo plazo.

La historia es más o menos la misma que cabría imaginar si los personajes fuesen los que habitualmente demoniza el colectivo kirchnerista. Como cabe esperar de parte de tan monstruoso rejunte de incongruencias, Donda tenía en situación de contratación irregular desde hacía años a su empleada doméstica (“personal de casas de familia”, para estar a tono con la neolengua progresista). Eso -absolutamente reprochable- es una cuestión un poco más mundana, propio de una legislación laboral que desalienta el trabajo en blanco.

Lo más grave (más allá de las desgracias de la empleada) fue cómo pretendió arreglarlo la titular del INADI. La ex diputada buscó la forma de convencer a la damnificada de cambiarle los años que faltaban de aportes por un plan social o un contrato en el organismo que preside: el Estado soy yo, decía Luis XIV.

Posteriormente -y sin reparar en lo que estaba revelando- afirmó que esa es la forma de entrar a dicho cuerpo, que ha sabido fungir como comisariado político en cuestiones del lenguaje, con mecanismos extorsivos que presagiaban la posterior cultura de cancelación que se ha instalado en la sociedad.

Donda nunca se dio cuenta de que lo que dijo sobre el funcionamiento del Estado está mal, porque en su mente así es como funcionan las cosas. El Estado sirve para acomodar militantes, resolver problemas particulares o perseguir a los que piensan distinto. Así lo han vivido siempre todos los partidos políticos, pero al menos antes tenían el decoro de ocultarlo. “Son las reglas de la política”, dicen los fanáticos de la escrupulosidad nórdica que le pone límites a los políticos de “Borgen”, mientras acá celebran el obsceno despilfarro del dinero que le sacan a los contribuyentes

Nada cabe esperar respecto a esta situación, porque aunque no todos los políticos sean iguales, el grueso de ellos tiene las mismas mañas. La culpa, obviamente, recae en una ciudadanía pacífica, sumisa y timorata, que no se anima a exigir con mayor vehemencia la rendición de cuentas a sus dirigentes.

En estos meses vimos a un senador acusado de violación no renunciar a su cargo, a un diputado besándole los senos a su compañera, a una diputada bonaerense envuelta en un supuesto episodio de violencia vehicular, a un intendente del conurbano apañando el tráfico de droga en una ambulancia, a un ministro comprando con sobreprecios, a un presidente violando la cuarentena… Sólo un pueblo muy apático puede permitir que esas cosas sucedan en sus narices.

Difícilmente el gobierno le pida a Donda la renuncia, que deja en claro dos cosas. La primera es que la avalan. Todo el discurso honestista, contra la explotación laboral y por la igualdad de oportunidades para los inmigrantes y la gente pobre se va a la basura. Todo jarabe de pico.

La segunda, y mucho más grave, es la que se ve con todos los hechos relatados previamente. La ley pasa a ser optativa y sin consecuencias reales, porque los políticos no reciben sanciones por su sistemática violación de las normas y la confianza pública.

Hay un viejo dicho anarquista que dice que las cosas van a cambiar cuando se cuelgue al último general con las tripas del último cura. Los tiempos han cambiado y el poder ya no reside en los cuarteles ni en las iglesias, sino en las urnas. No hace falta colgar a nadie para que las cosas cambien. Eso sí, seguramente serviría reclamarles más enfáticamente cada vez que traicionen al ciudadano que les puso el voto.

martes, 5 de enero de 2021

ARGENTINA: UN PAÍS QUE SE DISUELVE


 No advertirlo es suicida.

Enrique Guillermo Avogadro

5-1-21

 

La vieja parábola de la rana sumergida en agua calentada lentamente para que no reaccione, hasta que el calor la termina matando, es perfectamente aplicable al proceso argentino. En rigor, la comparación más acertada -tal vez, más dolorosa- es la de un caracol o una babosa a la que se le echa sal encima y se va secando sin remedio, hasta su muerte.

 

Hay que ser voluntariamente ciego para no advertirlo. El país se va disolviendo lenta pero inexorablemente, deslizándose hacia la pobreza extrema alcanzando a cada vez más argentinos. Y no es un ritmo inadvertido, sino persistente y sólido.

 

Todo lo que significa el país moderno, vital, pujante y vinculado al mundo está siendo desmantelado y con él, su base productiva.

 

El campo, la industria, los servicios, los emprendedores, ven cómo se los expropia para ampliar la economía asistencial, sin estímulo alguno ni compensación que permita continuar generando riqueza.

 

Repartir lo ajeno, aún a costa de destrozar la actividad productiva. Esa es la constante.

 

El símbolo de la relación con el mundo, la moneda nacional, ha caído en un año a la mitad de su valor real. Los salarios han acompañado este derrumbe, pero también la rentabilidad empresaria, el valor de los activos físicos y el valor de las empresas. No por la pandemia, sino por la mediocridad. Brasil ha sufrido la pandemia con una intensidad sustancialmente mayor. El valor de su moneda, en un año, pasó de 4,06 a 5,19 reales por dólar. El peso pasó de 63,20 a 166. Su deterioro ha superado el 50 %. El propio valor "oficial" del peso ha perdido en dos meses (del 1 de noviembre al 31 de diciembre) el 10 % de su valor. Proyectando este deterioro, a fin de año superará otra caída a la mitad de su valor, o más.

 

Los activos inmobiliarios han perdido el 50 % de su valor, y quien sostenga que sólo lo han hecho en un 30 % simplemente se ilusiona con el valor que se demanda por quien quiere vender, ignorando que las operaciones no se hacen porque nadie paga en la Argentina esos montos.

 

El país no vale. Todos quieren vender y nadie comprar. Irse, no venir.

 

El sueldo medio de la economía, que compartía el primer lugar en América Latina con Uruguay y Chile, hoy es sólo superior al de Venezuela. La jubilación mínima -que superaba los 250 dólares hace un año y medio- hoy apenas supera los 100 -Uruguay y Chile nos duplican-. Todos los pasivos, de todos los niveles, han visto caer su ingreso a la mitad en valores reales.

 

La capitalización bursátil, que se encontraba hace un año en 10 billones de pesos argentinos nominales, hoy apenas supera los 9 billones, lo que en términos de valor real -comparado con el promedio de divisas- significa que cayó a menos de la mitad: eso es lo que valen hoy las empresas argentinas, la mitad que hace un año.

 

La deuda pública, por su parte, ha crecido en 20.000 millones de dólares en un año y quien le presta a la Argentina demanda una tasa de interés del 15 % en dólares -se han colocado bonos hasta el 17 %, o sea un riesgo país de 1700 puntos- mientras los países del entorno regional pagan por su deuda entre 2 y 3 % (entre 200 y 300 puntos de riesgo-país). Todo eso es fruto de la falta de acuerdo estratégico nacional que inspire confianza a quien pueda prestarnos. En lugar de perseguir ese acuerdo estratégico para reducir el peso de la deuda en el presupuesto público, el oficialismo prefiere ajustar los gastos, centralmente sobre quienes tienen menos posibilidad de defensa, los pasivos, en un círculo vicioso retractivo que termina inexorablemente en la miseria.

 

A la producción agropecuaria, base fundamental del financiamiento de toda la estructura industrial argentina, se le ha anulado su rentabilidad y ha perdido más de la mitad de su valor. Cabe sólo observar lo que significa el nivel de retenciones, aplicadas sobre el valor "oficial" de la divisa, para entender el empobrecimiento de las empresas agropecuarias, cuyo capital es carcomido por una presión impositiva desbordada, muy superior a la ya apabullante presión fiscal que sufre toda la economía. Se le paga $ 60 por dólar al que exporta, pero se le cobran $ 140 cuando debe comprar sus insumos.

 

En síntesis, la Argentina se va disolviendo lentamente, impulsada hacia la insignificancia como país y a la masificación de la pobreza como sociedad.

 

En el debate económico, por su parte, concepciones que atrasan ocho décadas y se imponen con prepotencia impiden cualquier mesa de diálogo. La obsesiva insistencia en combatir la pobreza fabricando dinero no es sostenida en ningún lugar del mundo, salvo en la dictadura venezolana, e impulsa un proceso inflacionario que carcome sueldos, rentabilidades, capitales instalados, impuestos, jubilaciones y títulos.

 

No hay, por lo demás, señal alguna que siembre optimismo. No existe un apoyo público a la actividad económica -todo lo contrario- por lo que sería voluntarista imaginar la reversión de la tendencia. El aislamiento creciente anula cualquier posibilidad de financiamiento y la estrábica política exterior incrementa la desconfianza, junto a iniciativas que señalan la anulación de la seguridad jurídica ante la presión constante del oficialismo sobre el poder judicial.

 

La proyección de la tendencia nos indica que a fines del año que se inicia, la divisa argentina habrá perdido otro 50 % de su valor real -según los cálculos de los economistas más optimistas-. Y en un par de años más, para el 2023, su nivel de paridad será similar al de la moneda venezolana. O sea, cercana a cero. Al terminar el período de gobierno de Alberto Fernández, Argentina será Venezuela y sólo podrán sobrevivir los que acepten la lógica del rebaño recibiendo las limosnas de un Estado en manos del autoritario populismo cleptómano.

 

Las fuerzas políticas y sociales que sostienen este rumbo no se caracterizan por lo ideológico, sino que conforman un conglomerado heterogéneo cuya línea unificadora es la destrucción del estado de derecho y la instalación de la ley de la selva. Rentistas autodefinidos "empresarios", mafias varias nuevas y viejas, corporaciones gremiales putrefactas, financistas sin escrúpulos, caciques de tolderías varias disciplinadas por planes y bolsones de comida, logias políticas sin ningún compromiso con el país que sólo ven al Estado como un botín de guerra, todas ellas bendecidas por el "pobrismo" de la línea hoy hegemónica de la iglesia católica, para la cual la pobreza extrema es preferible a cualquier "desigualdad", aún aquella resultado del esfuerzo de trabajo, de la inversión productiva y del compromiso con el progreso económico. Desigualdad que, por supuesto, no se exige a los -y "las"- sátrapas, que exhiben sin pudor su ambiciosa angurria burlándose de las leyes, de la moral y de la miseria.

 

Existe un solo camino de reversión y hoy aparece como imposible: un consenso estratégico entre los argentinos con vocación patriótica más cercanos a los niveles de decisión. La polarización impulsada por la mafia corporativa del populismo la hace imposible. La banalidad con que es mirada la política por gran cantidad de ciudadanos hace el resto.

 

La generalización descalificadora hacia el espacio público de quienes debieran aportar racionalidad al debate por su nivel cultural, su preparación y sus conocimientos desalienta a quienes toman al compromiso público como lo que debiera ser: un servicio a la sociedad. Y un coro de repetidores-operadores desde los medios masivos hacen el resto, quitando nivel al debate nacional del que se ha ausentado toda reflexión de futuro o mirada estratégica.

 

Quedan y son importantes los que luchan, y luchan, y luchan, peleando contra la montaña. Cual Quijotes contra molinos de viento, su prédica es comprendida por el país democrático con visión de futuro, pero no alcanza ante la apabullante presencia mediática de la banalidad comprada. Pero, fundamentalmente, por la ingenua -y voluntarista- actitud de una dirigencia timorata, cuando no acomodaticia, que podría incidir fuertemente en la construcción de una unidad de los que importan pero que, sin embargo, privilegia la perspectiva del "botín" por sobre el interés nacional.

 

El país, mientras tanto, se sigue disolviendo lentamente. Y los argentinos, empobreciéndose, aún aquellos que conforman la carne de cañón de la corporación de la decadencia.

 



EDUARDO DUHALDE PRESENTÓ

 


“LA GUERRA O LA PAZ: EL DILEMA DE LA PREVENCIÓN DE LAS ADICCIONES”

MPA, 9 diciembre, 2020

 

El expresidente de la nación, Eduardo Duhalde, presentó su libro “La Guerra o la Paz. El Dilema de la prevención de las adicciones” en el marco de un encuentro organizado por el Movimiento Productivo Argentino.

 

Participaron también del encuentro el ex secretario del SEDRONAR, Dr Horacio Pacheco; el ex secretario de Prevención de las Adicciones del gobierno bonaerense, Dr. Juan Yaría; la exsubsecretaria de Prevención del SEDRONAR, Dra. Mónica Marchiani; el vicerrector económico de la Universidad del Salvador, Dr. Eduardo Lucero Schmindt; y el periodista, Alberto Munney.

 

En este libro, el expresidente condensa el resultado de más de 35 años de trabajo sobre la prevención de las adicciones y la lucha contra el narcotráfico. Siendo éste su séptimo libro en la materia:

 

• “Los políticos y las drogas” (1988);

• “Hacia un mundo sin drogas” (1994);

• “Familia, Sociedad, Política y Drogas”(1997);

• “Los políticos y las drogas. 20 años después” (2010);

• “Es hora de que me escuchen” (2010);

• “Humanización o Megabarbarie” (2011).

EL SUBVERSIVO ACTO DE APRENDER

 


Por Javier Boher

Alfil, 5-1-21

 

2020 ha sido un año mayormente para el olvido. Las consecuencias sanitarias, económicas y psicológicas siguen sin mostrarse en su real magnitud en un país que prefiere esquivar los datos duros. Sin embargo, algo de lo que no se habla todo lo que se debe es el desastre educativo.

Después de un año en el que sólo se dictaron presencialmente 10 de los 180 días que se deberían dictar, nada se sabe sobre la vuelta a clases. En el país de las corporaciones, los padres no han logrado erigirse en una que desafíe a los sindicatos docentes y a los políticos.

Hace apenas dos días -y por el azar de la vida- me tocó dialogar con un inspector de escuelas primarias. El señor no parecía estar muy contento con la suspensión de la presencialidad, pero fue tajante respecto al regreso de las clases: no van a volver.

Lo central de sus argumentos se resumen en algo bastante básico: a la provincia le cuesta menos plata que todos estén en sus casas. Se dieron de baja miles de licencias, se redujeron los costos operativos y se pueden ahorrar millones de pesos en obras.

Esa idea -absolutamente verosímil- pasa por alto las consecuencias reales, permanentes y nocivas de la indefinida suspensión de la presencialidad. En un país en el que se gobierna con las encuestas, es lógico que a nadie le importe el impacto educativo. Si los políticos no ven que la virtualidad educativa les resta votos, difícilmente se preocupen por pensar otras alternativas.

Por la perversión de esa estructura corporativa, todos los que ejercemos la docencia desde la vocación (resignando calidad de vida en pos de ofrecer a otras personas un bien superior) sentimos el desgaste de una forma que bastardean y desgasta los verdaderos mecanismos de aprendizaje.

La escuela que enseña es la que está abierta y con los chicos adentro, no la que depende de quién tiene conectividad, quién tiene un docente más comprometido, quién tiene una dinámica familiar que acompaña, quién tiene el nivel educativo suficiente para acomodar con las tareas. Si los guardapolvos se pensaron para igualar a todos en ese espacio de liberación que es la escuela, la virtualidad acentuó las diferencias y -lo peor de todo- la mayoría no se preocupó en absoluto.

La educación es un servicio esencial, fundamental para darle a la población las herramientas necesarias para desarrollar una ciudadanía de verdad, creando adultos responsables, capaces y comprometidos con el trabajo, todos valores ajenos al proyecto de país que impulsa un gobierno dispuesto a destruir el legado educativo que siempre llenó de orgullo a los argentinos.

Como todo lo que deciden en una mesa chica a espaldas de las necesidades de la población, los ministros de educación armaron un pacto que es virtualmente irrompible: se comprometieron a una serie de indicadores que coartan la libre acción de cada provincia, licuando responsabilidades en políticos que no saben -ni les saber- cómo se puede volver al aula.

La educación es un acto de libertad, de darle a otro un peldaño para llegar más lejos. No se trata de adoctrinamiento ni de “pensamiento crítico” como eufemismo para ocultar ideologías que justifican la dominación. La educación es la lucha contra el pobrismo y sus consecuencias, que tiene que ver con el enriquecimiento de los que toman decisiones y el uso discrecional de los resortes del Estado como si fuesen propios.

Aprender siempre fue un acto revolucionario, porque entender cómo funciona el mundo ayuda a mejorarlo. El mejor lugar para aprender es aquel en el que enseñan a reclamarle a los gobiernos, a pedir por los derechos, a evitar ser pisoteados por los matones de turno.

La ridícula situación por la que escuelas que permanecieron cerradas pudieron abrir como escuelas de verano con sólo una semana de diferencia deja a la vista lo demencial y arbitrario de todo el asunto. En un país en el que están desesperados por cerrar las escuelas, no falta mucho para que aparezcan las escuelas clandestinas. Si estudiar puede ser multado, no queda nada más subversivo que el acto de aprender

sábado, 2 de enero de 2021

DESDE LA VEREDA DE ENFRENTE

 


El peronismo no existe más.

Por Claudio Chavez

Infobae, 2 de Enero de 2021

 

Cuando Alberto Fernández asuma la conducción nacional del peronismo y Máximo Kirchner el de la provincia de Buenos Aires, se habrá coronado de manera incontrastable el final anunciado: el peronismo no existe más. Algo que se viene observando desde hace más de quince años.

 

¿Es esto bueno o malo? Ni bueno, ni malo, es lo que es. Así pasó con el mitrismo, el roquismo, el radicalismo y naturalmente con el peronismo. La historia se abre paso de manera similar al proceso de destilación: algunas sustancias se evaporan y otras se condensan. Fin. Se trata de entender y no de juzgar.

 

La diosa Clío, implacable cuando considera que ya es tiempo, cerró una etapa y lo hizo a su modo, dando señales que algunos percibieron y otros no. Hoy se muestra brutal y descarnada. ¡Ya es hora! ¡No va más!

 

La muerte siempre es difícil de aceptar especialmente cuando los mayores se van dando cuenta que quedan solos. Los peronistas sin peronismo y los antiperonistas sin enemigos. De manera que unos y otros se las arreglan para no velarlo. Unos creen que es posible resucitarlo y otros creen que el kirchnerismo es peronismo. Fatal coincidencia.

 

El kirchnerismo

 

El kirchnerismo es una formación política que ya lleva diecisiete años y se ha ganado su lugar en la historia argentina. De modo que requiere una aproximación más rigurosa.

 

Hunde sus raíces en el giro a la izquierda que el peronismo realizó a comienzos de los sesenta en pleno auge de la Guerra Fría, cuando el marxismo asomaba como una posibilidad creíble y Perón declaraba: ¨La revolución mundial va hacia formas socialistas; es legítimo asociarse a Rusia…¨. Por la misma época, el exiliado se aproximaba a los Países No Alineados, perdiendo sentido su Tercera Posición, pues los no Alineados habían dejado de serlo, al caer en manos del mariscal Tito, Mao Zedong y Fidel Castro, es decir, la izquierda.

 

El general Perón en el exilio y en sus ansias de volver al poder cobijó en su movimiento a la derecha que venía de origen y a la izquierda en ascenso, categorías políticas centrales por aquellos años, en la Argentina y el mundo. Lo que hizo creer en la década del 60, y está escrito en miles de textos, que este movimiento, auto titulado nacional, con características policlasistas era además poliideológico. Error conceptual que en la década del 60 se transformó en error estratégico.

 

En el peronismo de origen, desde que Perón apareció en la Secretaría de Trabajo, el marxismo y la lucha de clases se transformaron en los enemigos a vencer. En las elecciones de 1946, fecha fundacional del Justicialismo, Perón enfrentó a la izquierda reunida en la Unión Democrática y a los grupos de poder y grandes diarios que en términos generales siempre han tenido una mirada progresista, hasta el día de hoy. El mismísimo embajador norteamericano, Spruille Braden, era progre, su principal asesor, presente en la Argentina por aquellos años, era Gustavo Durán un ex oficial del ejército republicano y miembro del Partido Comunista español. Para decirlo claramente Perón fue identificado en la Argentina y en el mundo como la manifestación personal y política de la centro derecha.

 

Ciertamente sumó militantes de un amplio espectro ideológico, pero no conformaron corrientes orgánicas dentro del partido. Fueron cooptados uno a uno. La línea la marcaba Perón al crear de un día para otro el partido Peronista. En definitiva la esencia del peronismo, en lo que a cuadrante político corresponde, fue la derecha y eso lo tuvieron claro la Iglesia, las FF.AA. y los gremios, razón de su apoyo.

 

En la década del 60 esto cambió. Un sector de la intelectualidad argentina atravesada por la moda marxistoide mundial y el castrismo se acercó al peronismo. El General exiliado les dio cabida.

 

Los proscriptores, esto es el antiperonismo, debieran, también, hacerse cargo de esto. Como decía el general Aramburu: acá nos equivocamos todos.

 

Pícaramente, Perón aseguraba que, no obstante esta variopinta generalidad, peronistas éramos todos. Claro, al comienzo fue una gracia, al final una tragedia. Cuando los echó del partido y luego de la Plaza, fue tarde. Como guerrilla perdieron fuerza, como expresión ideológica no, y siguieron colgados del peronismo genérico.

 

Siempre estuvieron, es una realidad ideológica, política y cultural argentina. A la caída del Muro de Berlín no se escondieron más tras la monserga de la Tercera Posición, asumieron lo que siempre fueron: marxistas mistongos.

 

El prototipo del kirchnerista modelo es Horacio Verbitsky, Montonero, Camporista y autor de algunos discursos de Esteban Righi. Como dice en su libro ¨Vida de Perro¨ dejó de ser peronista luego de Ezeiza, cuando el general tomó partido contra las organizaciones armadas. Esto es, cuando Perón volvió a las fuentes, a su origen, la derecha. Un ejemplo basta para pintar de cuerpo entero la ideología del kirchnerismo.

 

Dice Verbitsky sobre el problema central de aquellos años, la idea de socialismo nacional: ¨Es una expresión que se emparenta con lo que luego Hugo Chávez plantearía sobre el socialismo del siglo XXI, es decir el reconocimiento de una matriz socialista que luego cada nación podría adaptar con sus propias características. Eso era lo que entendíamos nosotros. Perón cuando hablaba del socialismo nacional, hablaba de la socialdemocracia sueca, noruega, un divague que no tenía nada que ver.¨

 

El kirchnerismo retomó, en el siglo XXI, la tradición cultural de las organizaciones guerrilleras, pero sin armas. La derrota que le infringió el Ejército Nacional no tuvo ni tiene vuelta atrás y frente a la caída del Muro de Berlín se centraron en la interpretación de la historia, los derechos humanos y la alteración de valores, instalando centralmente un relativismo moral y un igualitarismo discursivo demoledor de la espina dorsal de la Patria, tal cual lo viene realizando el progresismo mundial con quien se han asociado. Lo que el progresismo pone en juego, es la vida, la familia y el trabajo. En estos puntos han encontrado amigos insospechados del ámbito político y cultural argentino responsables de que el kirchnerismo gobierne.

 

Llegados al poder, su relato tiene raíces. En su linaje histórico cultural se entrecruzaban varias corrientes: Rodolfo Puiggros, Juan J. Hernández Arregui, Arturo Jauretche, John W. Cook. Contemporáneos de menor jerarquía son Felipe Pigna, Pacho O´Donnel, Marcelo Gullo, Pablo Vázquez, Eduardo Anguita, Aracelli Bellota, entre otros, que desde el Instituto Dorrego procuraron institucionalizar el relato kirchnerista.

 

Por otro lado, y más independientes, Osvaldo Bayer y Norberto Galasso. Todos ellos abrevan en los estudios historiográficos de la década del 60. Ningún aporte novedoso salió de sus escritos que no sea una revalorización unilateral del sesentismo violento. No hay que olvidar a los Ministros de Cultura del kirchnerismo todos provenientes de la izquierda: Torcuato Di Tella, José Nun, Jorge Coscia y Teresa Parodi y menos a quien de manera directa manejó los medios de comunicación oficial, Tristán Bauer.

 

El kirchnerismo desmontó la identidad peronista de origen que fue la derecha popular con base obrera y empresarial productiva, para transformarla en una corriente progresista encarnada en sectores medios intelectualizados con base en sectores sociales improductivos y marginales.

 

Los que se sientan herederos del peronismo de origen o de algo parecido tendrán por delante una tarea ciclópea: empezar de nuevo desde la vereda de enfrente, no hay avenida del medio.

UN PEOR AÑO

 

 


por Enrique Guillermo Avogadro

 

"Es preferible para los pueblos tener malas leyes con

 buenos jueces que buenas leyes con malos jueces".

 Francesco Carnelutti

 

Este fin de 2020 llegó a la Argentina, como en todo el mundo, con casi nada que celebrar, salvo para quienes aún estamos vivos, que no es poco; en general, no se vieron las cañitas voladoras ni los atronadores petardos de antaño pero, en cambio, fue pródigo en escalofriantes estafas de la política y, sobre todo, de la Justicia a la ciudadanía de a pie.

 

La lista no puede ser más amplia: los reiterados ataques de la PresidenteVice al Poder Judicial y la Procuración General, los inauditos e ilegales privilegios previsionales otorgados a Cristina Fernández y a Amado Boudou, los beneficios veraniegos que éste obtuvo por la insólita curiosidad de un Juez, el regreso del carísimo (para los demás argentinos) capitalismo de amigos, el nuevo recorte a las jubilaciones, las originales moratorias impositivas concedidas a Cristóbal López y sus socios, la pobreza generalizada y la curiosa paz social para el kirchnerismo, la reiterada intervención estatal en la economía y el retorno del populismo extremo, la ideologización criminal de las relaciones exteriores y el peligroso abrazo estratégico con China, etc..

 

El H° Aguantadero sancionó la genocida ley de interrupción voluntaria del embarazo. Creí que los senadores de las provincias del norte, en especial, se opondrían a este adefesio asesino, pero resultó evidente que la fuerte presión del Ejecutivo consiguió conmover la voluntad de los gobernadores, y el Presidente Pinocho tuvo su lamentable logro. Ahora, sólo las acciones de inconstitucionalidad que muchos iniciarán, y jueces con los pantalones bien puestos, podrían detener esta injustificable locura.

 

Cuando comparé las acciones del Gobierno contra la industria de las telecomunicaciones con su conducta frente a YPF, no sabía que también avanzarían contra la eléctrica Edenor; todo el sector de energía quedó en manos, en esta extraña división de facultades, de Cristina Fernández, y las consecuencias de sus desmanejos populistas, que conocimos en el período 2003/2015, con la pérdida del autoabastecimiento, la necesidad de importar gas y electricidad, y los cortes permanentes de suministro, serán reeditadas en un año electoral, como el que ayer comenzó.

 

No respetará tampoco al sistema privado de salud, del cual la clase media depende. Ya es un objetivo primario, como lo demostró la resolución del Ministro de Salud que, publicada en el Boletín Oficial el miércoles por la mañana, autorizaba un muy magro incremento en las cuotas; la PresidenteVice puso el grito en el cielo y ordenó otra resolución, dada a conocer el mismo día por la tarde, que la dejó sin efecto. La conocida desvergüenza de Ginés González García tampoco ahora justificó su renuncia inmediata ante esta reacción que, obviamente, preanuncia que el pobrismo se extenderá a esa área.

 

Hubo algo bueno en la noticia del fallo judicial que ordenó que se paguen a Cristina Fernández dos jubilaciones de privilegio, a las cuales se adicionará su sueldo como Vicepresidente, algo totalmente prohibido por la ley, lo que originará que esta ladrona perciba un haber mensual de dos millones mensuales, sumada a una retroactividad estimada en cien millones, y todo ello exento del impuesto a las ganancias. Y lo bueno fue que se conociera el mismo día en que se sancionó la ley que excluye a la inflación del cálculo de los incrementos de las jubilaciones, en un país donde los expertos creen que superará el 50% este año. Fue tan sonoro el sopapo que propinó a la sociedad que le resultará difícil seguir manteniendo su relato.

 

La absurda curiosidad del Juez Daniel Obligado lo llevó al extremo de preguntarle al propio Amado Boudou, cuya condena quedó irreversiblemente firme por decisión de la Corte, dónde le parecía bien cumplirla, es decir, si quería permanecer en su lujosa mansión o volver a la cárcel. El magistrado, después de demorar un mes en tales diligencias, resolvió que regresara al penal pero, al hacerlo el último día hábil y sin ordenar su inmediata ejecución, permitirá al privilegiado delincuente seguir gozando de su mansión todo el verano, mientras también percibe su jubilación privilegiada.

 

Lo que más llamó la atención del mes de diciembre, marcado por un aumento sideral de la pobreza y de la indigencia, la presencia del hambre en las puertas de todas las ciudades, la creciente inseguridad, la inexistencia del año escolar y la consecuente deserción definitiva de tantos chicos, la caída en el poder adquisitivo del salario y de las jubilaciones y la pérdida de puestos de trabajo, el cierre y la emigración de empresas, fue el atronador silencio de la calle. Con un gobierno no peronista, otro hubiera sido el cantar; basta recordar qué sucedió en diciembre de 2001 y Fernando de la Rúa tuvo que renunciar en medio de saqueos y muertes, o en 2017 cuando fue aprobada una reforma previsional muchísimo más favorable que la de hoy, y quince toneladas de piedras fueron arrojadas sobre la Policía.

 

En fin, lamento arruinarle tan a priori este 2021, pero no será mejor que el que ya vivimos. Sólo espero que hayamos aprendido, mientras nuestra vida se deteriora cada día, que la solución no la aquéllos que, con su afán por el poder y su falta de moral, nos han hundido en esta ciénaga infinita.

 

Bs.As., 2 Ene 21