lunes, 14 de diciembre de 2020

LA PANDEMIA COMO QUIEBRE ANTROPOLÓGICO

 


Filósofos, historiadores y escritores constatan que la plaga forzó a tolerar prácticas inhumanas e inaceptables. La vida fue reducida a su dimensión biológica, mientras todos los esfuerzos se orientaron a impedir cualquier reflexión espiritual.

POR AGUSTÍN DE BEITIA

La Prensa, 06.12.2020

 

Ahora que asistimos en nuestro país a la desescalada del confinamiento impuesto por la epidemia del coronavirus puede que olvidemos la excepcional situación social que creó ese aislamiento en el mundo entero. La magnitud del impacto que tendrá a varias escalas aún debe ser estudiada, aunque no son pocos los que hablan ya de un quiebre antropológico.

 

Considerar lo que estamos viviendo bajo ese prisma es insoslayable para atisbar hacia dónde marchamos. Sobre todo ante una pesadilla cuyo fin se presenta solo como un espejismo, como sugieren las nuevas restricciones ya impuestas en Europa y la insistencia con que se nos advierte que la vida tal como la conocimos ya no volverá, sino que dará paso a una "nueva normalidad", ese eufemismo que quiere perpetuar un nuevo ordenamiento social.

Sobre el efecto negativo de estas reclusiones masivas habló incluso alguien impensado como el presidente francés, Emmanuel Macron, quien no se distinguió precisamente por su independencia de criterio para enfrentar la plaga. "Hemos recluido a la mitad del planeta para salvar sus vidas. No hay precedentes en nuestra historia. Y eso, yo creo que tiene un impacto, diría, antropológico, muy profundo", expresó el 16 de abril en una entrevista con el Financial Times. Macron hizo visible ese peligro pero no fue, claro, el único ni tampoco el primero en señalarlo.

 

Es posible que la idea la haya tomado prestada del historiador Stéphane Audoin-Rouzeau, quien la había expresado cuatro días antes en una entrevista con Mediapart, según apuntó la periodista Pauline Porro en el semanario francés Mariane.

 

Audoin-Rouzeau, historiador de la guerra de 1914 a 1918, había trazado en esa larga entrevista un paralelo entre la experiencia social de este año y la que vivió la población civil durante la Gran Guerra, para concluir que estamos en medio de un "quiebre antropológico" sin retorno.

 

Al valorar la gravedad de lo sucedido este año, el historiador aludió a la amplitud del impacto económico, político y social, pero señaló que a todo eso hay que añadir "desde un punto de vista antropológico el riesgo de una crisis comparable a la que se produjo después de la primera guerra mundial, que fue un golpe a la idea de progreso".

 

"En mi opinión -continuó Audoin-Rouzeau- nuestras sociedades están sufriendo una conmoción antropológica de primer orden. Hicieron todo lo posible para desterrar la muerte de sus horizontes, se confiaron de manera creciente en el poder de los números y las promesas de inteligencia artificial. Pero se nos ha recordado nuestra animalidad fundamental, la base biológica de nuestra humanidad. Somos atacados por enfermedades contra las cuales los medios de lucha siguen siendo rústicos frente a nuestro supuesto poder tecnológico".

 

TRANSGRESION

Siempre en el plano antropológico, Audoin-Rouzeau observó también que la pandemia produjo una mayor tolerancia a la transgresión cultural. "Sorprende -dijo- la aceptación de los métodos para acompañar la muerte de Covid-19. La obligación de apoyar a los moribundos y muertos es una característica fundamental de todas las sociedades humanas. Sin embargo, se decidió que las personas morirían sin la ayuda de sus seres queridos, y que este no-acompañamiento continuaría en parte durante los entierros, reducidos al mínimo".

 

"Para mí, fue una gran transgresión antropológica. Si nos hubieran planteado esto hace meses, habríamos protestado designando estas prácticas como inhumanas e inaceptables. Al enfrentar el peligro los umbrales de tolerancia cambiaron a una velocidad muy impresionante, al ritmo de lo que experimentamos durante las guerras", señaló.

 

Contra quienes podrían pensar que hoy estamos ya recuperando nuestro ritmo de vida, y que todo esto va quedando atrás, habría que recordar que esta ultrajante disposición de los entierros sin casi familiares sigue vigente en nuestro país (salvo, por lo visto, para las personalidades públicas). Y que fue hace solo unos días que el padre de la niña Abigail Jiménez, de 12 años, debió cargar en brazos durante 5 kilómetros a su hija, enferma de cáncer, porque le prohibían regresar en auto a Santiago del Estero desde Tucumán sin autorización del Comité de Emergencia.

 

Audoin-Rouzeau es de los que cree que este tiempo signado por la pandemia será largo. "La historia nos enseña que después de las grandes crisis, el paréntesis nunca se cierra. Habrá un "día después", claro, pero no será como el día anterior", pronosticó.

 

Al respecto, recordó que "lo propio de los períodos de guerra -y a su juicio estos lo son- es que su tiempo se vuelve infinito. Uno no sabe cuándo van a terminar. Uno espera simplemente que terminará "pronto". Para la Navidad de 1914, después de la ofensiva de primavera de 1917, etc. Es por una adición de cortos términos que uno entra en el largo plazo de la guerra".

 

A un diagnóstico similar sobre lo que hemos vivido llegó el filósofo francés Robert Redeker, autor de El eclipse de la muerte. En su opinión, lo que hemos visto durante estos meses fue "una revolución sanitarista" y su resultado fue, en efecto, una "inversión antropológica sin precedentes".

 

REVOLUCION SANITARISTA

"Antes -dijo el filósofo en un reciente artículo en Le Figaro-, los "padres se desangraban" trabajando y vivían "orientados hacia un futuro que se desarrollaba más allá de su propia existencia". Pero hoy, "para preservar la supervivencia de los mayores, hemos decidido detener la vida".

"Recortamos la vida de todos -llegando a limitar la convivencia familiar-, hasta reducirla a su dimensión biológica". Una vida biológica en nombre de la cual "se ordena a las generaciones activas una serie de sacrificios: el de la vitalidad (la economía, el deporte, los espectáculos, el encuentro entre amigos, el mirar escaparates, el paseo por las calles), el de la prosperidad, el de la humanidad (las relaciones sociales que hay que reducir al mínimo), el de la familia, sin olvidar el de los viajes, la creatividad, los cafés y restaurantes, las libertades más elementales (hasta imponer la grotesca obligación de pedir autorización para tomar aire durante una hora por día)".

 

Por todo esto, Redeker considera que se trata de una revolución y predice: "Ya no viviremos después como vivíamos antes".

 

"Nuestra forma de estar con los demás habrá sido transformada profundamente, aunque solo sea porque se nos ha inoculado la experiencia deshumanizante del miedo al prójimo", "el miedo molecular". Y por otro lado, añade, "todo sucede como si una parte de nuestra sociedad ya no quisiera el relevo de las generaciones".

 

GOLPE DE ESTADO

La idea de que la vida fue reducida a su dimensión biológica fue retomada por numerosos filósofos. Pero quien ha demostrado una mayor penetración para interpretar el fenómeno en todo su alcance es el escritor español Juan Manuel de Prada, quien no duda en calificar a la pandemia como un experimento. En su caso, habla de "un golpe de Estado antropológico".

 

A eso se refirió en varias entrevistas que concedió con motivo de la publicación de Cartas del sobrino a su diablo, libro que reúne una serie de notas satíricas inspiradas en el clásico de C.S. Lewis Cartas del diablo a su sobrino que el escritor español escribió para el diario ABC en torno a la plaga y a todo lo que ella propicia y desvela.

 

De Prada está convencido de que "la crisis que estamos viviendo es el desencadenamiento de algo que llevaba mucho tiempo larvándose". La peste, según su interpretación, ha venido a favorecer toda una serie de transformaciones sociales, económicas y políticas que benefician "a un reinado plutocrático, o eso que llaman el globalismo".

 

En su libro, editado por Homo Legens, es el entonces joven e inexperto diablo Orugario, ahora crecido y con aire superado, el que escribe las cartas a su tío Escrutopo, demostrando "lo divertido que está en España, donde encuentra un terreno apropiado para sus estrategias de destrucción".

El libro es un homenaje a Lewis, entonces, que le sirve para poner de relieve algunas enseñanzas que deja esto que está sucediendo. Y lo que está sucediendo no es, en su opinión, precisamente lo que se dice. No es el peligro de un golpe de Estado comunista, como insistieron muchos partidos de derecha en los días iniciales del confinamiento, sino algo mucho más profundo. "Un golpe de Estado antropológico" que "busca robustecer ese reinado plutocrático".

 

En una de las entrevistas señaló que el objetivo último de cuanto estamos viendo es "la desespiritualización". Esta es la razón por la que "los medios de comunicación, en todo momento, buscaron que la gente no pensase en términos espirituales. Es decir, que no contemplase el fenómeno de la muerte como una realidad que nos invita a la transformación interior. Los medios se han dedicado a mantener a la gente entretenida, a intentar que no reflexione sobre las realidades profundas de la vida", indicó.

 

"Hay una labor constante de cegar las vías a través de las cuales el ser humano se confronta con estas realidades, que inevitablemente te conducen a hacerte preguntas de índole espiritual", continuó. "Aniquilar la conciencia es una meta de este golpe de Estado antropológico".

 

"En España -citó como ejemplo- llevamos mucho tiempo aceptando que nuestros viejos mueran en morideros, a los que llamamos residencias. Es posible que un 10% de los ancianos requiera una atención específica por su deterioro, pero el otro 90% tendría que estar siendo atendido por sus hijos, que es la primera obligación natural de cualquier persona. Bueno, a esos viejos, en estos días, los dejaron morir en esos morideros, en medio de las agonías más atroces, y sin ningún tipo de consuelo espiritual. Y eso lo hemos aceptado como si fuera lo más normal".

 

Esos "morideros" existen, a su juicio, porque "se ha perdido el sentido de la tradición", una de cuyas calamidades es "la ruptura de los vínculos familiares, del amor que se profesan entre sí las generaciones", mientras se exalta el individualismo, esa idea del superhombre, que no necesita a nadie."Los viejos, en ese contexto, se convierten en despojos humanos, porque nadie quiere cuidar de ellos, que es algo terrible. El deber de piedad que los hijos tienen con los padres ha sido totalmente abolido. Esta es una de las mayores expresiones de bestialismo que uno pueda imaginar", acota.

 

Este bestialismo es el que ha llevado a De Prada a afirmar que el mal ya no necesita de máscaras, no necesita hacerse pasar por el bien, como procuraba el viejo diablo Escrutopo en el libro de Lewis. Por eso De Prada concibió a su Orugario mucho más desenfadado. A su juicio, entre el momento en que Lewis escribió su libro y hoy el terreno ya fue tan abonado, es tal la ofuscación moral, que "hoy puedes hacer con los hombres lo que quieras", dice. "Es lo que hemos visto con la gente denunciando a sus vecinos", prosigue. Y, podríamos agregar, es lo que hemos visto con el anuncio de Suiza de que no ingresaría a ancianos en terapia intensiva si había saturación de camas por el coronavirus.

 

En uno de sus múltiples artículos sobre la pandemia, De Prada se refirió también a las transformaciones económicas que ya existían y se aceleraron, con el cierre de tantos negocios, el empobrecimiento general y su contracara, la mayor riqueza y acumulación de poder de unos pocos.

Es difícil no ver, en esta pandemia, y aquí mismo, en la Argentina, la secuencia que él enumera, desplegada a un ritmo vertiginoso. Desaparición de la pequeña propiedad, compra de sus negocios quebrados a precio de ganga, ofrecimiento a los trabajadores despedidos de "empleos extenuadores de repartidores de pizzas en globo o delicias semejantes". Y, todo, para que luego los gobernantes de turno, que trabajan para la plutocracia transnacional y han colaborado en la destrucción de esa pequeña propiedad, desarrollen su retórica "comunista" demagógica repartiendo limosnas y derechos de bragueta a unas masas cada vez más alimañizadas.

 

El escritor ve que todo este proceso favorece el desarrollo de una nueva tiranía gigantesca y universal, mucho más interesada en matar las almas que los cuerpos. El objetivo es erigir un Estado Mundial ateo que, según vislumbra, "se impondrá sin aspavientos, con la misma discreción con que se ha privado de sacramentos en estos días a los agonizantes".

 

La pandemia puede haber acelerado los tiempos con miras a ese objetivo. Lo que es indudable es que también forzó, a quienes aún se resistían a hacerlo, a adoptar un estilo de vida que ya ha conducido a la bancarrota humana. Es el quiebre antropológico que algunos supieron advertir.