sábado, 7 de marzo de 2026

MÁSCARA Y ROSTRO

 

 DE LA GEOPOLÍTICA INTERNACIONAL

 

Horacio Cagni

7-3-2026

 

Ninguna fuerza es superior a la fuerza

                                                Nietzsche

 

Si hay algo que reafirma el aforismo de este notable filósofo alemán es la actual política internacional y sus fundamentos geopolíticos y geoestratégicos. En su exteriorización, resulta evidente el retorno de los criterios de la geopolítica clásica. Pero no se trata sólo de la relación entre geografía y política, sino del relevamiento y la revalorización no ya del paisaje sino lo que hay bajo él sin verso: los recursos estratégicos escasos.

La geopolítica como ciencia, escuela, doctrina, nunca murió. Después de haber sido denostada como subproducto del nazifascismo y de las autocracias, la realidad ha demostrado su creciente vigencia como motor y fundamento del accionar de las potencias actuales, muchas vencedoras de la segunda guerra mundial, como Rusia, China y la presunta megademocracia, los Estados Unidos.


En el caso de la República Imperial estadounidense (más Raymond Aron) desde siempre se ha regido por los criterios del realismo político y la geopolítica clásica, sólo que revestido de la defensa de la democracia, la libertad, la paz mundial, los derechos humanos, los modos éticos y altruistas y demás fraseología al uso aplicados a la política internacional. Pero la esencia de su accionar ha sido siempre la misma: la defensa de sus intereses mediante el ejercicio de la persuasión y, si es necesario, el uso de la fuerza.


Para abordar los acontecimientos internacionales -estatales o supraestatales-   es menester despojarse de las ideologías y subjetividades éticas y ubicar, evaluar y estudiar las relaciones de fuerza. Es decir, seguir la escuela del realismo político.

Si bien el realismo político –al igual que todo ismo– es una expresión ambigua, en el léxico político es un concepto central, que apela “al modo de ser de las relaciones de poder, consideradas independientemente de los deseos y preferencias de los actores o de las teorías, más o menos explícitamente normativas, de los espectadores”. Es la realidad, entonces, la que opone resistencia a los deseos y pulsiones subjetivas. En tanto el realismo político, como el gnoseológico, se retrotrae a la realidad -entendida de cualquier modo–, le asigna un valor positivo. Ni qué decir que esta escuela de pensamiento y de acción se nutre de las grandes enseñanzas de la historia.


Hans J. Morgenthau era un alemán de origen judío que huyó del nazismo y se refugió en los Estados Unidos, siendo profesor en Chicago desde 1943. En 1960 publicó una obra considerada un vademécum del realismo político: La política de las naciones. La lucha por el poder y por la paz. Allí formula los seis principios del realismo político, que constituyen la piedra miliar de esta escuela. En síntesis: 1) La política está gobernada por leyes objetivas, es racional. 2) El rasgo principal del realismo político es el interés. 3) El interés definido como poder es una categoría objetiva y universal. El poder es el control del hombre por el hombre. 4) El realismo político no es inmoral, pero su objeto de estudio no es la moral. 5) El realismo político no identifica las aspiraciones morales de una nación con las leyes que gobiernan el universo. 6) El realismo político supone la autonomía de la esfera política.


Existe la tendencia a considerar la política exterior de la gran potencia estadounidense, superstita del mundo bipolar fenecido, como el producto de poderes indirectos que, a través de los distintos componentes de la constelación de poder, actúan en el empíreo internacional con el basamento puro y exclusivo de la fuerza. No obstante, es menester considerar que el realismo político estadounidense tiene bases teóricas complejas y firmes. Intelectuales de enjundia como el citado Morgenthau y George Kennan antes, y Zbigniew Brzezinski y Henry Kissinger después -muchos de ellos europeos emigrados a los Estados Unidos-, han sido las mentes ocultas tras el accionar político de Washington en el mundo.


Resulta interesante rescatar a otros pensadores, de probada influencia en la derecha norteamericana, sobre todo en los neoconservadores y los “halcones” del Pentágono y la Casa Blanca. Robert Kaplan, viajero incansable de los teatros de guerra antiguos y modernos, Victor Davis Hanson, historiador y acérrimo defensor del occidente atlantista, Leo Strauss y su relectura actual del gran historiador y militar griego Tucídides, o Donald Kagan, el mayor experto en la Guerra del Peloponeso, de la cual extrae enseñanzas para la política estadounidense actual, como afirma:   “Las personas más enérgicas y libres de una nación poderosa como Estados Unidos, no permitirán que el orden mundial se destruye y la perjudiquen y corre peligro su seguridad, por lo que rechazarán cualquier liderazgo que se disponga a hacerlo”.


Cierto es que las invariantes de la política exterior norteamericana se mantienen en el tiempo. En una contribución anterior se reflexionó extensamente sobre la Doctrina Monroe y su implementación por el actual gobierno estadounidense convirtiéndola en Doctrina Donroe (por el presidente Donald Trump). El desprecio por Europa, base de la Doctrina Spykman, que en esencia es rodear e inficionar con bases y alianzas al viejo continente en beneficio de Washington, o el aggiornamiento de la doctrina aérea de Alejandro de Severski, en su momento mediante bombarderos de gran radio de acción y ahora con misiles, drones y geovisión satelital; los proyectos de creación de cúpulas de defensa antimisilística son también hijos legítimos de esta doctrina. No obstante, hay una cuestión de fondo que parece novedosa en el accionar de la superpotencia americana: la aplicación directa de la amenaza y la fuerza bruta en la medida que sean necesarias para la consecución de los objetivos políticos.


Europa, luego de la sangrienta Guerra de los 30 años (Siglo XVII) – auténtica guerra de reafirmación nacional con vestimenta católica o protestante- creada, a través del sofisticado instrumento del ius publicum europeo una instancia neutral, el Estado-nación moderno. Pero las guerras napoleónicas y dos terribles guerras civiles devenidas en mundiales -como lo señalan Ernst Nolte y Enzo Traverso- entre 1914 y 1945 demostraron la decadencia y el fracaso de esta estupenda creación del derecho público europeo. El desenlace entronizó dos grandes superpotencias extraeuropeas, los Estados Unidos y la Unión Soviética. A ello siguió la exaltación del nacionalismo panislámico, la descolonización y la emergencia de la India y sobre toda China. Ni siquiera la autoimplosión de la URSS facilitó el camino a una auténtica unidad europea, la UE se amplió, pero la expansión trajo aparejados más problemas que soluciones, como el caso de la ampliación de la OTAN y la desconfianza rusa que culminara en la actual guerra ruso-ucraniana. Entre Donald Trump y Vladimir Putin, Europa parece desconcertada jugando un rol de segundo orden.

El presidente estadounidense hace gala de un desprecio olímpico no solo por Europa sino por las organizaciones supranacionales al estilo de las Naciones Unidas, reducido a un mero organismo discursivo e ineficaz, que no sólo no solucionó los conflictos sino que los agravó. Desde la creación de la ONU hubo más de medio centenar de conflictos armados, con millones de muertos, y las Naciones Unidas tomaron parte en muchos de ellos.


Trump también desconfía de la OTAN, un organismo creado en 1941 por las potencias atlantistas que enfrentaban al Tercer Reich, que en el bipolarismo alcanzó su cenit, pero que actualmente Europa, en su rusofobia de casi mil años, necesita pero que para Estados Unidos es un último económico y geopolítico. Trump lo dijo claramente: si los europeos quieren la OTAN que la paguen ellos.

El reclamo del presidente histriónico sobre Groenlandia es sintomático. Las riquezas de la gran isla, un manto de hielo con poca población, son de difícil acceso y onerosa explotación. La presencia de los rompehielos rusos o chinos es más al norte. No se trata sólo de satisfacer el ego molestando a los europeos, Trump quiere una OTAN plenamente subordinada o quebrarla.


Otra cosa es el continente americano. La Doctrina Donroe no es otra cosa que el reordenamiento, realineamiento y reafirmación del hemisferio tras los intereses geopolíticos de Washington. Para eso Trump tiene gobiernos vasallos, como el argentino, o la intervención directa de sus fuerzas armadas en donde sea necesario. Es el caso de Venezuela y el violento cambio de régimen con el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa. En una operación quirúrgica que cumple con los presupuestos de la Nueva estrategia de Seguridad Nacional elaborada por el gobierno de Trump.

La excusa para el panintervencionismo es el combate contra el narcotráfico, cuyo testimonio es el hundimiento de varias barcazas que presuntamente comerciaban droga en el Caribe. Pero en realidad es el cumplimiento de una de las premisas de la Nueva Estrategia de Seguridad Nacional: impedir que “competidores no hemisféricos” actúen en el patio trasero ampliado de los Estados Unidos. En el caso venezolano, advertir a China que se está dispuesto a todo el uso de la fuerza para desplazarla del tablero del juego geopolítico comercial en el cual ambas potencias compiten.


Y últimamente la operación militar norteamericano-israelí contra Irán. La nación persa no es Venezuela. Es una potencia regional, con elementos notables de poder nacional como población, territorio, recursos naturales, fuerzas armadas y tecnología propia, etc. La justificación que hace Trump del ataque es similar a la del anterior presidente Bush (Jr.): la presencia de armas de destrucción masiva, en este caso nucleares del arsenal iraní, cosa difícilmente comprobable.


Sabido es que estaba en curso una negociación diplomática al respecto, pero esto era contrario a los intereses israelíes. Teherán y Tel Aviv tienen una larguísima confrontación por la preeminencia regional, y además de enfrentar al terrorismo sostenido por el gobierno iraní, el gobierno ultra de Netanyahu, totalmente desprestigiado por las matanzas de palestinos en Gaza, necesita tener continuos enemigos externos para perpetuarse en el poder, así que pena de ser juzgado por innumerables causas en su propio país y en la Corte Internacional de Justicia.


Eso no le importa a Trump, a él le interesa privar a China del suministro de petróleo iraní, un 15% de las demandas de Pekín para su gran maquinaria multipropósito. Se trata de una guerra preventiva “a la romana”, adelantarse a los acontecimientos futuros, ya que en más o menos una década, a este paso, China superará en poder económico e industrial a los EE.UU. De hecho, los chinos están incorporando a marcha forzada energías no renovables, sobre todo solar, a su parque energético.

El ataque a Irán parece haberse adelantado por presión sobre Trump de su par israelí. Renace el concepto de “país llave” de la geopolítica clásica. Un país llave es un trampolín de ataque o un dique de defensa regional de una potencia. Lo fue Alemania Occidental, Japón, Israel y Brasil en la guerra fría. Por una paradoja, Israel es el país llave de EE.UU. en el área ya su vez éste lo es de Israel, al brindarle protección y apoyo ilimitado.


Más allá de las invariantes de la política internacional, algo parece novedoso: la ausencia de normativas jurídicas y buenos modales que caracterizan al gobierno de Trump. El profesor Federico Merke en el último diplo de Le Monde señala: “El problema no es que Estados Unidos viole el derecho internacional, ya que lo hizo muchas veces, sino la predisposición a prescindir de él como marco explicativo”. Y agrega: “América Latina invoca soberanía frente a un actor que ya no se siente atado por ella, invoca multilateralismo frente a alguien que lo concibe como obstáculo, invoca legalidad frente a un liderazgo que privilegia la eficacia política”.


Trump será para los puristas cultores de la ética internacional un matón o un gángster cínico y brutal, per de ser un alocado como muchoso está lejosseñalan. El actual gobierno de Estados Unidos aprendió muchas lecciones del pasado. No actúa como Bush (Jr.) y los neoconservadores tratando de invadir, ocupar y dominar países, como en la fracasada aventura contra el Irak de Saddam Hussein, cuyo costo en vidas y edificios, económico, cultural y político fue elevadísimo. La herencia del intervencionismo yanqui en Afganistán ha sido la estrepitosa retirada de las fuerzas estadounidenses dejando a millas de colaboradores del “occidente” a merced de la piedad de los talibanes…  


Trump prefiere amenazar y en caso necesario intervenir para cambiar regímenes políticos poniendo gobiernos adictos o títulos. Con operaciones militares de precisión y muy limitadas, generalmente a carga de aviones, misiles y drones. De ese modo minimiza los costos, invocando la defensa de los derechos de los pueblos frente a sus gobiernos tiránicos, cambiando o asesinando a los dirigentes -lo hagan los americanos o sus aliados israelíes-, favoreciendo una “revolución democrática” de sus súbditos. Como en el secuestro de Maduro o el asesinato del Ayatollah Khamenei. Es la vieja forma de imponer sátrapas en satrapías de cara lavada, allí donde no puede ayudar amistosamente a la imposición de gobiernos neocoloniales.


Por supuesto, entre pesos pesados ​​no hay confrontación directa. Trump puede pretender asfixiar energéticamente a China, cosa difícil de lograr, pero no transgrede los límites. Con su medio amigo Putin hace negocios -más allá de palabras altisonantes- a costa de ucranianos y europeos en general. En ese orden debe incluirse el proyecto de resurrección del gasoducto ruso a Alemania Nord Stream II, saboteado por ucranianos con ayuda de agentes europeos y de EE.UU. y ahora en manos de un lobby cercano a la familia Trump, que negocia en Washington, Moscú y Berlín.


La privatización de la política trasciende el marco estrecho de la nación para trasladarse al plano internacional. Trump representa la voluntad de poder de un grupo económico ligado al aparato militar industrial y al Pentágono. De hecho, Estados Unidos pasó del 32% del total mundial de exportaciones de armamentos en 2014 al 43% en el 2024. Los poderes indirectos de Carl Schmitt ahora se sacaron la máscara.


Trump como antes Bush (Jr.) prescinde del Sistema de Seguridad Colectiva, que diluía la responsabilidad de los ataques a los estados canallas, en el mecanismo correctivo de seguridad. El da las órdenes como un César romano. No hay ninguna referencia a asesores de gran enjundia junto a él. No los tiene, le basta con Marcos Rubio, su año y otros operadores. Tampoco necesita justificarse en intelectuales como Tucídides, Kissinger o Kagan. Dirigentes como Putin y Xi abren en la gran tradición rusa y china, pero las decisiones las toman ellos. A todos les cabe la expresión del notable jurista Goldschmidt: “el poder normativo de lo fáctico”.


No obstante, parece que Trump y Netanyahu, en su ataque a Irán pueden haber transgredido algún límite. Europa, empezando por Francia, no tiene más remedio que plegarse a ellos tarde o temprano. Un conflicto prolongado, que ya está implicando a varias naciones, puede tener una deriva nuclear. Estamos de nuevo frente a sonámbulos, los sonámbulos que entraron sin medir consecuencias en la Primera Guerra Mundial, que entró en la belle époque para siempre. Sólo que una posible guerra nuclear puede esta vez sepultar al mundo entero.

Y será la demostración final del aforismo nietzscheano: ninguna fuerza es superior a la fuerza.

 

Referencias:

 

Varios Autores: Imperialismo Desatado. Le Monde Diplomatique- Dossier Buenos Aires Febrero 2026.

Morgenthau, Hans: Política entre naciones. La lucha por el poder y por la paz. Olejnik, Barcelona 2021.

Cagni, Horacio: La importancia de la historia clásica y la guerra antigua en el realismo político estadounidense. Enfoques v X, N° 16, Universidad Central de Chile, Santiago 2012.

Cagni, Horacio: La búsqueda de la unidad europea. Evolución de un mito y crisis identitaria.

Diversidad.net. Universidad Nacional de Tres de Febrero. Año 5, N° 9. Diciembre 2014.