y la tentación de no hacer lo que hay que
hacer
Por Santiago
Lucero Torres
Foro Patriótico,
06/09/2026
Las declaraciones
de Donald Trump sobre una eventual revisión de la posición de Estados Unidos
respecto de las islas Malvinas despertaron en la Argentina un entusiasmo
comprensible. Pero conviene no apurarse. Malvinas es demasiado importante como
para interpretar cada gesto desde Washington como aquello que nos gustaría que
fuera.
El episodio nació
en el marco de una presión mucho más amplia de Estados Unidos sobre sus aliados
europeos. Washington dejó trascender que podría revisar su respaldo diplomático
a determinadas posesiones de ultramar como parte de la discusión sobre gasto
militar y compromisos dentro de la OTAN. Malvinas apareció en ese contexto como
una herramienta de presión sobre Londres, no como consecuencia de una repentina
revisión por parte de EE.UU. de los derechos argentinos en el Atlántico Sur.
Trump, consultado
sobre el tema, mantuvo una necesaria ambigüedad. Dijo que Estados Unidos revisa
permanentemente sus posiciones y no profundizó. Y eso nos obliga a separar el
dato del deseo. Hasta ahora, Washington no modificó formalmente su posición
histórica sobre la cuestión Malvinas.
Tampoco sería la
primera vez que Estados Unidos usa las Malvinas para incomodar a Londres.
Durante la administración Obama acompañó llamados a la negociación e incluso
Hillary Clinton ofreció mediar. Nada de eso alteró la posición británica. Y
mucho antes, en 1982, cuando fracasó la mediación de Alexander Haig, Washington
terminó brindando apoyo decisivo al Reino Unido. Los antecedentes nos obligan a
mirar estos gestos con bastante cautela.
Pero tampoco hay
que subestimarlos. La política estadounidense volvió a poner al Hemisferio
Occidental en el centro de su estrategia y, dentro de esa lógica, la
permanencia de una potencia europea en el Atlántico Sur puede empezar a ser
vista de otra manera en Washington. Eso no significa que Estados Unidos haya
adoptado la posición argentina, pero sí que se abre un escenario novedoso y que
tiene que ser trabajado con inteligencia.
Hay una convicción
que sostengo desde hace años y que estos acontecimientos vuelven a poner en
evidencia. Las Malvinas se recuperan en Washington. No porque Estados Unidos
vaya a entregarnos las islas, sino porque el Reino Unido difícilmente se siente
alguna vez a discutir seriamente la soberanía mientras tenga asegurado el
respaldo estratégico estadounidense. El día en que Washington considere más
conveniente para sus propios intereses una solución negociada que la
continuidad indefinida del statu quo, la posición británica habrá cambiado de
manera sustancial. Pero esto es solamente una parte del problema. La otra, y
más importante, depende completamente de nosotros.
La Argentina tiene
que volver a estar en condiciones de defender lo que dice que le pertenece y,
antes incluso, aquello sobre lo que hoy ejerce soberanía efectiva. Durante los
próximos años nuestro territorio debería incorporar una enorme cantidad de
nueva infraestructura crítica. Vaca Muerta, la minería, los puertos, las redes
energéticas, los gasoductos, las plantas de GNL, las centrales eléctricas, las
comunicaciones, los corredores logísticos y la infraestructura antártica van a
multiplicar activos estratégicos que alguien tiene que proteger. Hay una
inconsistencia grave en pretender convertirnos en una potencia energética,
minera y de alimentos, con un sistema de defensa diseñado para un país cuyos
dirigentes de repente decidieron que ya no existen amenazas.
Necesitamos
recuperar la capacidad de controlar nuestro espacio aéreo y nuestro mar,
proteger nuestras rutas marítimas, recursos naturales e infraestructura
estratégica. Eso requiere radares, satélites, inteligencia, ciberdefensa,
comunicaciones seguras y sistemas modernos de comando y control. Pero también
aviones de combate y patrullaje, drones, buques de superficie, submarinos,
defensa antiaérea, artillería de largo alcance, cohetería, misiles y capacidad
para operar de manera sostenida en el Atlántico Sur y la Antártida.
También requiere
recuperar una base industrial y tecnológica para la defensa. INVAP, FAdeA,
Tandanor, Fabricaciones Militares, nuestros astilleros, universidades, empresas
tecnológicas y una industria privada de defensa mucho más importante tienen que
formar parte de ese esfuerzo. No con la fantasía de fabricar todo en la
Argentina, ni la coartada de industria nacional boba. Se trata de decidir qué
capacidades no podemos perder, en cuáles necesitamos autonomía y en cuáles
podemos asociarnos con países aliados o comprar en góndola.
Además, hay otro
factor que la política no ha querido ver, y es que la disuasión también pasa
por la economía. Después de 1982 el Reino Unido tuvo que realizar un esfuerzo
extraordinario para asegurar las islas. Sólo en 1983/84 el gasto de defensa
vinculado con Malvinas fue de 637 millones de libras y al año siguiente 644
millones. A medida que la Argentina dejó de representar una preocupación
militar concreta, ese costo cayó abruptamente. A fines de los años ochenta ya
rondaba los 60 a 100 millones de libras anuales.
Gran Bretaña
construyó Mount Pleasant, consolidó su dispositivo militar y, con el tiempo,
comprendió algo todavía más conveniente: no necesitaba mantener indefinidamente
el esfuerzo de los primeros años porque la propia dirigencia política argentina
se ocupó de degradar durante décadas su sistema de defensa. No hizo falta que
Londres destruyera nuestros aviones, nuestros buques, nuestros submarinos ni
nuestra industria de defensa. Lo hicimos nosotros mismos.
Gobiernos de
distinto signo político postergaron inversiones, desprogramaron capacidades sin
reemplazarlas y aceptaron como normal que un país con casi cinco mil kilómetros
de litoral marítimo, enormes recursos naturales, presencia antártica y un
conflicto de soberanía pendiente prácticamente renunciara a la disuasión. Ese
terminó siendo uno de los mejores aliados de la ocupación británica.
Por eso una
política seria sobre Malvinas debería perseguir también un objetivo muy
concreto: que sostener militarmente la ocupación vuelva a ser una decisión
costosa para el Reino Unido y sus contribuyentes. Estoy hablando de construir
suficiente capacidad nacional para que ningún planificador británico pueda
partir de la premisa de que la Argentina carecerá indefinidamente de medios
para proteger sus intereses en el Atlántico Sur y/o recuperarlos.
La disuasión
funciona precisamente cuando evita la guerra. Una Argentina capaz de controlar
su espacio aéreo, vigilar su mar, operar submarinos, disponer de aviación de
combate moderna, desarrollar misiles y drones y mantener una presencia
permanente en el Atlántico Sur modifica inevitablemente los cálculos de
cualquiera que pretenda proyectar poder sobre nuestros espacios de interés.
Ahí se encuentran
las dos políticas. Malvinas se recupera en Washington, porque la relación
estratégica entre Estados Unidos y el Reino Unido es una pieza central del
problema, pero también se recupera reconstruyendo poder argentino. Una cosa sin
la otra es insuficiente. La diplomacia sin poder termina convirtiéndose en una
sucesión de declaraciones. Y el poder sin una estrategia diplomática
inteligente conduce a aventuras que nuestra historia ya conoce bastante bien.
Por eso cualquier
cambio favorable en la posición estadounidense debe ser aprovechado y trabajado
diplomáticamente, pero sin construir nuestra política alrededor de una
expectativa que dependa de Donald Trump, de su relación con Londres o de una
discusión circunstancial dentro de la OTAN. La única variable sobre la que la
Argentina tiene verdadero control sigue siendo su propio poder nacional. Una
economía que funcione, presencia efectiva en el Atlántico Sur, capacidad
militar creíble, infraestructura patagónica, desarrollo científico y
tecnológico, marina mercante, energía, industria para la defensa y una política
exterior seria y sostenida.
Trump puso
Malvinas sobre la mesa. Es una oportunidad y debemos prestarle atención. Pero
no confundamos una oportunidad con un cambio histórico que todavía no ocurrió.
Nuestra obligación es trabajar para que, si ese momento llega, encuentre a una
Argentina capaz de aprovecharlo.