lunes, 11 de septiembre de 2017

RAÍCES POSMODERNAS


Parte  III


A partir del 8 noviembre 2016 –tras la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales americanas– el mundo comenzó a enterarse de que en Estados Unidos existía una “Derecha Alternativa” (Alt-Right).

Unos meses antes, en plena campaña electoral, Hillary Clinton había denunciado a la Alt-Right como un submundo de racistas, sexistas, chauvinistas y misóginos de extrema derecha: los mimbres de su particular “cesta de deplorables”. En ese preciso momento todas las huestes de un ejército on-line estallaron en chanzas, memes y celebraciones: ya estaban en la primera línea de la política nacional.

¿Qué es exactamente la Alt-Right? La respuesta del mainstream mediático es simple: la Alt-Right es la extrema derecha de toda la vida; una nueva marca (re-branding) del viejo pensamiento reaccionario, retrógrado, ultraconservador, misógino, homófobo, racista, sexista, machista, fascista, nazi, etcétera. Se trata de un diagnóstico tan sutil como el de esos viejos conservadores para los cuales todo el desparrame sesentayochista, libertario y contracultural de las últimas décadas era (y es), única e invariablemente, comunista. La simpleza de análisis responde también, en el caso que nos ocupa, a un interés estratégico: el de reconducir toda esta movida a las conocidas y tranquilizadoras aguas de la extrema derecha, frente a la cual ya todo está dicho y no hay que estrujarse las neuronas.

Pero desde el mainstream también se producen, a veces, diagnósticos sofisticados. Por ejemplo, el de la periodista Angela Nagle cuando escribe: “se equivocan todos los que dictaminan que la nueva sensibilidad de la derecha on-line no es nada más que la vieja derecha, y que no merece ninguna atención o diferenciación. Aunque en mutación constante, (…) este fenómeno tiene mucho más que ver con el eslogan de 1968 ‘prohibido prohibir’ que con cualquier cosa reconocible en la derecha tradicionalista”.[1]

En estas líneas defenderemos que la llamada Alt-Right es un fenómeno específicamente posmoderno. Más aún: que su identidad posmoderna es mucho más nítida que la de sus contrincantes, desde el momento en que la Alt-Right recupera una serie de reflejos contraculturales –una cierta “gramática de la posmodernidad”– que, habiendo surgido en el último tercio del siglo pasado, fue sumergida por la corrección política del mundialismo. En ese sentido, la Alt-Right podría ser un síntoma de formas de agitación metapolítica a proliferar durante los próximos años. Ahí reside, posiblemente, su interés principal.

¿Existe la Alt-Right?

Cualquiera que se acerque de nuevas al fenómeno Alt-Right se verá desconcertado por su carácter escurridizo. Este movimiento no cuenta con una organización centralizada, ni con un corpus dogmático, ni con un programa político. Su expansión es viral y sigue la lógica de las redes. No obstante, para el mainstream mediático no se plantean dudas: la Alt-Right, como tal, no existe. Es un bluff, una reedición de la extrema derecha de toda la vida. ¿Hasta qué punto es esto verdad?

La respuesta no es simple, en la medida en que, como paraguas genérico de la incorrección política, la Alt-Right puede albergar a indeseables compañeros de viaje. Pero siendo eso cierto, este dato no constituye toda la verdad y tampoco es determinante a la hora de definir el fenómeno. Para comprenderlo es preferible alejarse de la sabiduría periodística y de sus simplificaciones interesadas. Conviene tener presente, además, la constante expansión del dominio del “fascismo”: un estigma que se aplica con la mayor alegría a todos los que no comulguen con los dogmas oficiales.

La expresión Alt-Right fue acuñada en 2008 por el politólogo judío-nortemericano Paul Gottfried, quien se refería a la necesidad de construir una “derecha alternativa” frente a los “neocon” del establishment republicano (los cuales, según él, habían “secuestrado” la agenda conservadora americana). Según esta definición amplia, la Alt-Right podría incluir al populismo de Trump y al del periodista Steve Bannon, críticos con la globalización y defensores de un nacionalismo integrador, por encima de diferencias raciales (America First).

No obstante, el término Alt-Right fue rápidamente apropiado por el activista Richard Spencer (antiguo discípulo de Paul Gottfried) en un sentido concreto de reivindicación del etnonacionalismo blanco. Bajo la expresión Alt-Right pasaron a confluir, de forma progresiva, una serie de webs, revistas on-line, bloggers, etc., cuyos intereses gravitan en torno a los temas proscritos de cualquier debate respetable: la crítica de la sociedad multicultural, la crítica de la ideología de género, el estudio de IQ y la biodiversidad humana, el antihumanismo tecnológico o la antiglobalización, por señalar algunos. Algunas de estas iniciativas se inspiraron en corrientes como la “Nueva derecha” francesa. Conviene subrayar que la reivindicación de la identidad blanca se conjuga, en la mayoría de estos casos, con el desprecio a la vieja extrema derecha, a los neonazis, al Ku-Kux-Klan, etc., a quienes se califica de Larpers (Live Action Rol Players), es decir, “jugadores de rol en vivo”. Pero esto no impidió que algunos de estos grupos intentaran apropiarse de la etiqueta Alt-Right, en un intento oportunista de rentabilizar la fórmula y de encubrir, de paso, su indigencia intelectual.[2]

Pero más allá del “núcleo duro” intelectual, el grueso de la Alt-Right está compuesto por lo que Milo Yiannopoulos denomina “conservadores naturales”: todo ese mundo que responde a un instinto natural de defensa de unas identidades que se perciben como amenazadas: la cultura occidental, ciertos grupos demográficos (la clase media blanca, los trabajadores víctimas de la globalización), las identidades sexuales llamadas “tradicionales”, etc. Los “conservadores naturales” se contraponen así a la derecha economicista que no conoce más valores que los del “libre mercado” (a la que denominan cuckservatives: conservadores-cornudos).[3] Algunos de sus más conspicuos representantes –recelosos de la proximidad de la extrema derecha– prefieren identificarse como “conservadores”, “libertarios”, “patriotas”, etc., y componen lo que ha venido a llamarse la “Alt-Lite” (o sea: la versión light de la Alt-Right).

A las dos categorías anteriores conviene añadir también el universo juvenil on-line, blasfemo, inococlasta, carente del bagaje moral y/o religioso de los viejos conservadores y en el fondo profundamente nihilista que conforma una cultura de la incorrección política en Internet. Este sector es el que confiere a esta derecha alternativa su identidad más jocosa y contracultural, y el que la ha dotado de una peculiar eficacia como máquina de guerra metapolítica.

La Alt-Right, en suma, no es una franquicia de contornos definidos y que alguien pueda reclamar como propia. Se trata de una nebulosa cuyo punto de cristalización fue, sin duda alguna, el “momento populista” de la candidatura de Donald Trump en 2016. El magnate de Nueva York se convirtió en el símbolo antisistema para todo un mundo que, hasta entonces, se había mantenido alejado de las instituciones. Seguramente la mejor definición de la Alt-Right sea la de “punto de encuentro”; más exactamente: punto de encuentro digital. Sus componentes forman una “muchedumbre digital” compuesta mayoritariamente de “jóvenes airados” (angry young men) contra la corrección política.

Por lo que se refiere a su modus operandi, la Alt-Right responde a una serie de propiedades que la anclan en una posmodernidad radical. Hemos identificado hasta seis. 



Las seis reglas de la guerra cultural posmoderna


1-           Es la cultura, estúpidos

Hoy más que nunca, Gramsci nos indica el camino. A estas alturas del siglo XXI Gramsci es el único pensador marxista al que podemos considerar, con toda propiedad, nuestro contemporáneo. Todo es política, y en política –hoy más que nunca– todo es cultura. Vivimos en la época de la tecnocracia gris que lo ha invadido todo, en los tiempos “post-heroícos” de la gobernanza y de los pequeños consensos institucionales. En esta tesitura son los imaginarios culturales –las ideas, las creencias, los símbolos y los valores sociales– los que marcan la diferencia entre unas ofertas políticas y otras.

En la política actual –señala Angela Nagle– los líderes progresistas pueden bombardear países siempre que se muestren cool con el matrimonio gay; los líderes de la derecha, por su parte, pueden aplicar políticas neoliberales y devastar formas de vida comunitarias, siempre que digan que defienden a la familia. En realidad, lo que motiva y predispone al votante son las propuestas de vida vehiculadas por unos y otros. La política se vacía en la cultura y los cambios culturales preparan los cambios políticos. Eso es algo que entendieron perfectamente los gramscistas de la “Nueva derecha” en Francia, y es lo que ha aplicado a rajatabla la Alt-Right con su ofensiva cultural frente a la corrección política. Unos y otros lo saben: más que los programas de gobierno, lo determinante a largo plazo es esa aleación de las conciencias a la que llamamos cultura.


2-           La antítesis es más importante que la síntesis

Escribe Milo Yiannopoulos: “escarbando en las profundidades de la derecha alternativa, pronto resulta evidente que el movimiento resulta más fácilmente definible ateniéndonos a lo que se opone que a lo que defiende. Hay una infinidad de desacuerdos entre sus miembros sobre lo que debe construirse, pero una cierta unidad virtual acerca de lo que debe destruirse”. La Alt Right es fundamentalmente antitética, y eso es un sello inequívoco de su posmodernidad.

Pocas cosas hay más naftalinosas, para un posmoderno que se precie, que las cosmovisiones omnicomprensivas en las que todo encaja. Ridículas se revelan las pretensiones morales de legislar sobre las conciencias; más ridículas, todavía, las promesas rosa-bonbón de la humanidad United Colours. Si la Alt-Right ataca al feminismo, al multiculturalismo y al sinfronterismo, lo es ante todo porque éstos conforman un club de creyentes. Si –como sugería Wittgenstein– todo es reconducible a juegos de lenguaje, ¿por qué tomar en serio tanta monserga? Si al final de la jornada preferimos agarrarnos a alguna Idea, mejor que lo sea a aquellas que se apoyen en datos científicos irrebatibles, o bien a las que no renieguen de su fondo último de irracionalidad, de arbitrio y de capricho. La Alt-Right está bien nutrida de ideas, pero que nadie busque pureza, armonía y coherencia entre ellas. Si coherencia hay, solo funciona en una dirección: en su carácter antitético y en su afición a pisotear los dogmas del día. Todos los instrumentos analíticos de la posmodernidad –deconstrucción, análisis de discurso, crítica de la cultura pop– son utilizados por la “derecha alternativa” para denunciar la inconsistencia de la normatividad liberal imperante, sus contradicciones internas, la falsedad de sus presupuestos biológicos y sociológicos. Se trata, ante todo, de una gigantesca empresa de demolición.

Todo lo cual obedece además a una lógica inmemorial. ¿Dónde reside el gran motor de las revoluciones sino en el resentimiento? Marx dedicó toda su vida a criticar el capitalismo, y pocas páginas a describir la sociedad comunista del futuro. Nunca nadie se subió a una barricada para salvar al género humano, ni para edificar un falansterio. Por mucho que los doctrinarios se esfuercen en codificar el futuro, todas las revoluciones consisten en una gran improvisación.


3-           Libertad, desigualdad, identidad

“Los hombres aspiran de entrada a la libertad. Adquirida la libertad, aspiran a la igualdad, porque ésta está amenazada por la libertad. Adquirida la igualdad, aspiran a la identidad, porque ésta está amenazada por la igualdad. Nos encontramos exactamente en este punto”.[4] Estas palabras del fundador de la “Nueva derecha”, Alain de Benoist, nos sitúan en el centro de la problemática posmoderna: cómo fundamentar un proyecto identitario colectivo en una época de hibridización y de homogeneización generalizada. La posmodernidad de la Alt-Right reside, entre otras cosas, en su carácter de proyecto identitario.

La época actual abunda en colectivos desnortados, en identidades en busca de una redefinición. La Alt-Right “se dirige especialmente a aquellos que se sienten atomizados y alienados en la sociedad occidental moderna: a ellos les ofrece orgullo y autoafirmación, en vez de odio y autodesprecio”.[5] En este sentido el movimiento responde a las inquietudes de unos sectores sociales que han sufrido durante décadas los asaltos de la cultura hegemónica, centrada en la demonización del varón blanco occidental y de su huella en la historia. Si los ejecutivos cosmopolitas de la Costa Este o los diseñadores gay de la Sexta Avenida son arquetipos de la América progresista (los “burgueses bohemios” descritos por Richard Brooks en su libro Bobos en el Paraíso), los arquetipos de la Alt-Right apuntan hacia los despreciados redneck, los whitetrash o hillibillies (poderosamente descritos por Jim Goad en su libro Manifiesto Redneck): jóvenes blancos de futuro incierto que habitan zonas herrumbrosas y posindustriales, bajo el cielo épico de los pioneros llegados de Europa. Cuestiones raciales aparte, el populismo americano es –ante todo y sobre todo– una cuestión de clase.[6]

Para la derecha alternativa ha llegado el momento de deconstruir a los deconstructores, de pasar por la criba de la biología y de la genética a las figuraciones identitarias de la ingeniería social progresista. ¿Raza? La palabra maldita, pero sólo si la pronuncia un blanco. La Alt-Right “no tiene inconveniente en defender que la cultura es inseparable de la raza, y que algún grado de separación entre los pueblos es necesario si queremos preservar las culturas”.[7] Algo en lo que coincide con la antropología de Levi-Strauss, o con buena parte de la crítica izquierdista a la “apropiación cultural”, es decir: a la destrucción de los marcadores identitarios mediante su dilución en la cultura de consumo.

¿Ideología de género? Un nuevo discurso asertivo de la identidad masculina se funde con un análisis crítico sobre la desvirilización de las sociedades modernas, dentro de una reivindicación agresiva de la alteridad sexual: es la llamada “manosfera”, la némesis del feminismo radical de izquierda.

En la “era de las tribus” –así califica el sociólogo Michel Maffesoli a la desazón identitaria de la posmodernidad– la Alt-Right asume una dimensión tribal y la aplica sin complejos a la raza blanca: el conjunto de tribus que, según las previsiones demográficas, se convertirán en minoritarias durante las próximas décadas. Los sectores etnonacionalistas de la Alt-Right reclaman para ellas aquello que, al fin y al cabo, otras minorías también reclaman: una política asertiva de la propia identidad y el derecho de autodeterminación para un futuro que, si bien parece todavía lejano, se aleja cada día más de la política-ficción.


4-           La imposibilidad del conservadurismo

Pensar que puede haber una “posmodernidad conservadora” es un oxímoron, una contradicción en los términos. Por supuesto, la posmodernidad puede utilizar ideas, palabras o conceptos más o menos “reaccionarios”, más o menos “progresistas”; pero si lo hace, es ante todo como “juegos de lenguaje”, como “tropos” que se sitúan dentro de un discurso global que en sí mismo no puede ser ni “conservador” ni “progresista”, sencillamente porque se mueve en un marco diferente.

Lo cierto es que, desde una perspectiva de derecha alternativa, muy poco hay ya que “conservar”. La llamada a defender un “pasado común” –el grito de guerra habitual de todos los conservadores– es irrelevante, desde el momento en que ese pasado común ya no existe (entendámonos: no es que sea falso, sino que ya no “irradia” el presente, en un sentido similar al de Nietzsche cuando decía “Dios ha muerto”). La derecha ha perdido todas las batallas culturales desde el fin de la segunda guerra mundial, si bien ha mantenido intactos los poderes ejecutivos y la estructura económica. Esos poderes ejecutivos y esa estructura económica se funden ahora con la izquierda cultural, porque ésta es la que ahora le sirve. ¿Qué hay entonces que conservar?

Cuando la demografía, la migración masiva, la globalización y el multiculturalismo son los factores que moldean el futuro, hablar de “conservadores” versus “progresistas” tiene tanto sentido como hablar de güelfos contra gibelinos. No obstante, ése es el “marco” conceptual que la izquierda quiere conservar, porque a ella le conviene. Ahora bien, la izquierda es el establishment, ergo necesariamente conservadora.

Avanzamos hacia tierra incógnita, no vivimos por tanto en un “momento conservador” sino post-conservador: el de una redefinición integral de posiciones. Cuando en el marco americano la Alt-Right o los llamados “conservadores naturales” rompen con el mesianismo universalista de la “Ciudad en la cima” (la identidad tradicional de los Estados Unidos), cuando reivindican un particularismo de los descendientes de europeos y se permiten incluso mirar con simpatía un movimiento como el Calexit (la independencia de California)…, entonces esa derecha alternativa tiene muy poco de “conservadora” y sí mucho de “antisistema”. Lo cual es indudablemente posmoderno.[8]


5-           Disonancia cognitiva

En la posmodernidad el medio es el mensaje, y la realidad –como decía Baudrillard– ha sido asesinada. En un mundo virtual compuesto de apariencias, de imágenes y de puntos de vista, lo determinante no son los datos, sino la mediación de los mismos; en otras palabras: lo importante es quién fija el “marco” y quién controla las “narrativas” (storytelling). Hasta ahora sólo unos pocos tenían el monopolio de todo ello, de forma que todo conspiraba para bloquear cualquier visión discordante. Pero el año 2016 pasará a la historia como aquel en el que “otras narrativas” (la “posverdad” dicen los cursis) lograron imponerse sobre las verdades oficiales. ¿Cómo fue posible?

Sencillamente, la Alt-Right demostró mayor habilidad que sus rivales a la hora de navegar en un contexto de realidad virtual posmoderna. El “desvío cultural”, el “atasco cultural”, el troleo, los memes: todas las técnicas situacionistas fueron revisitadas por la “derecha alternativa” para demoler las narrativas adversas, y ello de una forma insolente, divertida, proyectando una imagen de fuerza frente a la imagen de sus rivales, hecha de superioridad moral y de indignación virtuosa.

Toda “guerrilla de la comunicación” que se precie tiene un objetivo: provocar situaciones de disonancia cognitiva. La disonancia cognitiva se define como la desarmonía sobrevenida dentro de un sistema de creencias, cuando dos o más cogniciones, simultáneas y contradictorias, afectan a su coherencia interna. Un ejemplo: la gira del periodista y troll Milo Yiannopoulos en 2016 por las universidades americanas puede considerarse un éxito en términos de disonancia cognitiva, y ello en varios sentidos. Por sus características personales –gay judío, británico, cosmopolita, cool– Yiannopoulos es alguien de quien se supone que debe pensar “bien”. Pero como ocurre justo lo contrario, eso provoca una “disonancia cognitiva” que estimula el interés en sus oyentes por el mensaje que tiene que trasmitir. En una dirección opuesta, Yiannopoulos consiguió que todos los intentos de censurarle e impedirle hablar en las universidades revirtieran contra los activistas de los campus, por sus actitudes matoniles, violentas, alérgicas a la libertad de expresión: justo too lo contrario de todo lo que dichos activistas dicen defender. Ante los ojos del país, las universidades “liberales” (que habían dominado la vida intelectual durante décadas) se retrataban como un mundo intolerante y sectario, perdían su aura: disonancia cognitiva pura y dura.


6-           Distanciamiento irónico

En la “guerra cultural” que precedió a la victoria de Trump se enfrentaron dos bandos. Por un lado, una tropa de hirsutos moralistas. Por el otro lado, señala la periodista Angela Nagle, “una extraña vanguardia de videoaficionados teenagers, de amantes del manga con inclinación por las esvásticas, de irónicos conservadores estilo South Park, de gamberros antifeministas, de extraños nerds acosadores, de trolls y de fabricantes de memes, todos ellos rebosantes de humor negro y de amor de la transgresión por la transgresión (lo que hacía difícil saber si verdaderamente tenían ideas políticas o si todo era una broma)”. Lo que parecía reunirlos a todos­ –continúa Angela Nagle– “era la afición a burlarse de la seriedad, de la autosatisfacción moral y del aburrido conformismo intelectual del establishment liberal y de los activistas de la corrección política”.[9]

Distanciamiento irónico: una cualidad típicamente posmoderna, desde el momento en que –como señala el comentarista y blogger Hanzi Freinacht– “todo aquel que carezca de un bien desarrollado sentido de la ironía, así como de un divertido desapego hacia una sinceridad excesiva, es automáticamente percibido como poco fiable”.[10] Evidentemente, todo esto se deriva de la desconfianza posmoderna hacia todo aquello que se perciba como dogmas, como “metanarrativas”, como posiciones inamovibles. Los dioses de la posmodernidad no sonríen a los profetas solemnes, sino a los trolls y los jokers –dos especímenes en los que la Alt-Right ha alcanzado niveles de excelencia–, en un contexto en el que “la interpretación y los juicios de valor se escurren a través de trampas y trucos, de sucesivas capas de autoparodia y de ironía metatextual” (Angela Nagle).

La auténtica risa se abre siempre sobre un fondo de incertidumbre, de desacuerdo con el mundo. La auténtica risa suele ser cruel, y nunca es moral. En la época de la inocencia perdida, acaso sea esa la única vía de rebelión que nos queda. Vivimos anegados de moralina –la “corrección política” es un ejemplo–, pero nuestro mundo no es moral. Para bien o para mal, la “derecha alternativa” –que ha surgido como planta extraña en Estados Unidos– tampoco lo es. ¡Adiós a los conservadores morales y religiosos! ¡Adiós a las entrañables monsergas reaccionarias! Por eso la Alt-Right es posmoderna; por eso es también nihilista, pero de un nihilismo que se revuelve contra sí mismo. La posmodernidad abre esas posibilidades…


¿Reaccionarios, retrógrados, partidarios de la monarquía o simples anarquistas instintivos? Para muchos activistas de la “derecha alternativa”, plantear esta pregunta carece simplemente de sentido. Lo cual no deja de ser rabiosamente posmoderno.



La vía del Joker

Cabe plantearse una hipótesis: muchos americanos votaron a Trump porque, dadas las alternativas, simplemente eso era lo más divertido. Por el mismo motivo y de la misma manera en la que Adan y Eva eligieron comerse la manzana. Y ya sabemos lo que pasó después.

MAGA: una sublime gamberrada ante la tecnocracia global, ante la oligarquía que nos dice que sólo hay un mundo posible: el suyo. Los Think Tanks, Wall Street, Silicon Valley, el club Bilderberg, los “líderes de opinión”, el Smart living, la Europa de los “valores”, los espacios seguros, la OTAN, el New York Times, The Economist, las ONGs, el Dalai Lama, George Soros, Lady Gagá, todos tuvieron que asumirlo. El 8 de noviembre de 2016 la América liberal se desfondaba en ritos de histeria, en terapias de llanto colectivo; ríos de lágrimas inundaban las pantallas del mundo (los funerales de Kim Il Sung fueron un modesto precedente) y se convertían en el hazmerreir de los deplorables del planeta. La risa y el llanto, el llanto y la risa fundidos en un momento jocoso e irrepetible. Los americanos habían decidido activar la opción Joker.

Cabe plantearse –y ésa es la tesis de estas líneas– que el Joker se convierte así en un arquetipo de nuestra época (en el sentido – valga el ejemplo– en que para Ernst Jünger las figuras del “Trabajador”, del “Rebelde” y del “Anarca” sintetizaban el espíritu de una época).

Pero ¿quién es el Joker?

Durante las últimas dos décadas, Hollywood ha producido una serie de películas – los male rampage films tipo American Psycho, El club de la lucha o Gangs de Nueva York– que tienen un estatus “de culto” en el ambiente Alt-Right. Estos films nos presentan a personajes psicóticos o esquizofrénicos en situaciones monstruosas. Pero en todos estos films los monstruos atienden a razones que merecen una cuidadosa reflexión. En realidad, a través de la alienación de sus personajes, lo que estas películas retratan es un vacío metafísico: el profundo vacío de los valores dominantes.

Pero no olvidemos que –como señala el crítico cinematográfico Trevor Lynch– al fin y al cabo “se trata de Hollywood”. En una sociedad “libre” hay verdades peligrosas que no podemos suprimir, pero lo que sí podemos hacer es inmunizarnos contra ellas, exorcizarlas: dejemos que las verdades peligrosas aparezcan en escena, pero sólo en la boca de monstruos.[11]

¿Y qué mayor monstruo que el Joker? En el film El Caballero Oscuro (la segunda parte de la “trilogía Batman”, de Christopher Nolan) el personaje del Joker da todo un recital de filosofía nietzschiana, pero sustituyendo el martillo por la dinamita, por la pólvora y por la gasolina… para derribar a los ídolos.

¿Qué ídolos quiere derribar el Joker?

El Joker se pasea por la pantalla dando ejemplos de actitud anti-utilitarista (la memorable escena en que prende fuego a una montaña de dinero) y de desplantes aristocráticos (“¡solo pensáis en el dinero! Esta ciudad merece un criminal de más clase, y yo se lo voy a dar”). Pero la esencia de su filosofía se comprime en estas frases: “la mafia tiene planes, la policía tiene planes…, ya sabes…, ellos son intrigantes, intrigantes tratando de controlar sus pequeños mundos. Yo no soy un intrigante, yo… sólo trato de mostrar a los intrigantes cuán realmente insignificantes son sus intentos de controlar las cosas (…). Yo soy un agente del caos”.

En su penetrante análisis de la película, el crítico Trevor Lynch nos indica que “el Joker es un rebelde, pero no sólo contra la moral de la modernidad (el igualitarismo de la “moral de esclavos”) , sino también contra su metafísica, contra la idea de que el mundo es, en último término, transparente a la razón, susceptible de planificación y control. Es eso que Heidegger denominaba la Gestell: un término que connota clasificación y disponibilidad, el mundo como una librería bien numerada, catalogada. El “Ser” del hombre moderno es por tanto el vivir clasificado, etiquetado, archivado. (…) Heidegger contemplaba a ese mundo como un infierno inhumano, y el Joker está de acuerdo”.[12]

Vivimos en la época del big data y de la siliconización del mundo. Vivimos en la era del Gestell globalizador: un pensamiento único para un mercado único, sin fronteras; una “gobernanza” que abarcará todo el planeta. Por eso, cada vez que algún cataclismo imprevisto le pone la zancadilla a este proyecto, se escucha la carcajada del Joker. Su figura representa la irrupción de lo trágico en el universo normalizado del “fin de la historia”. 

La risa del Joker no es la risa de Homo Festivus; ésta es una risa de bebé feliz dentro de un festivismo organizado, de un festivismo positivo (en cuanto desprovisto de toda negatividad), de una “sana alegría”, una alegría respetuosa, respetable. “¡Respetad la alegría!” exclamaba hace años un político francés (“¿y porqué habría que ‘respetar la alegría’? ­–se preguntaba Phillippe Muray–; antes se respetaba la pena, el dolor, las conveniencias, las tradiciones, las leyes o el sueño de los vecinos. Ahora se pretende que ‘respetemos la alegría’).[13] Por el contrario, la risa del Joker es una risa cargada de negatividad. Por eso se confunde con tantos “noes”: los “noes” a la constitución europea, el “no” británico (Bréxit), el “no” a Hillary. A medida que la globalización siga desestructurando las sociedades occidentales, a medida que sigan aumentando la rabia y la frustración, es previsible que sigan proliferando los Jokers.

El Joker del cine es un mostruo criminal y despiadado. Pero más allá del retrato de Hollywood, su arquetipo es el de un iniciado. En la era más materialista de la historia, él es el más libre, porque sabe que hay algo peor que la muerte, y que eso es una vida sin libertad y autenticidad. El Joker es el avatar posmoderno de todas las vías contrarias a la modernidad: la vía del kshatriya, la vía del samurái, la vía del guerrero (no es casual que Julius Evola empezase su carrera como dadaísta).

En las cartas del Tarot, el Joker representa el “cero”, el borrón y cuenta nueva, la vuelta al casillero de salida.

En la novela de Umberto Eco, El nombre de la Rosa, la risa –el secreto de la Poética de Aristóteles– se ve por fin liberada de su prisión. La novela concluye con el incendio de la Abadía, el símbolo del viejo orbe medieval. Un nuevo mundo ha de comenzar…

En la mitología germánica, el dios Loki –el Joker del panteón nórdico– precipita el Raggnarok: el crepúsculo de los dioses, la necesaria conclusión que ha de preceder a un nuevo ciclo.

Acaso sea ése el último secreto de la risa del Joker; la seguridad de que, tras la furia y el ocaso, se esconde la promesa de un eterno renacer.


[1] Angela Nagle, Kill all normies. Online culture wars from 4chan and Tumblr to Trump and the Alt Right. Zero books, 2017, Edición Kindle.

[2] Richard Spencer se vio envuelto en una polémica en los días posteriores a la elección de Trump, al exclamar en un acto público “Heil Trump”, “Heil the People” (el llamado “Heilgate”). El episodio –que respondía a una intención paródica y festiva– provocó desavenencias en el ambiente Alt-Right, y no hace sino confirmar que el “troleo” es un arte sutil: no trolea quien quiere, sino quien puede….

[3] En inglés, cuckservative es la unión de las palabras cuckold (cornudo) y conservatives. El cuckservative sería así el conservador del establishment que asiste al espectáculo de su esposa –o de su cultura– siendo penetrada por un extraño (a los efectos, casi siempre un negro).

“Para los conservadores naturales es la cultura –y no la eficiencia económica– el valor superior. Más específicamente, valoran sobre todo las expresiones culturales de su propia tribu. La sociedad pefecta, para ellos, no se indentifica con un PIB en perpetuo crecimiento, sino con la capacidad para producir sinfonías, basílicas y grandes maestros. La tendencia natural conservadora de la Alt-Right valora todas esas apoteosis de la cultura occidental, las declara valiosas y merecedoras de ser preservadas y protegidas” (Milo Yiannopoulos, “El Manifiesto de la Alt Right”, publicado en este periódico).

[4] Alain de Benoist, Dernière année. Notes pour conclure le siècle. L’Age d’Homme, 1999, p. 240.

[5] Vincent Law, “The Alt-Right and Antifa are exactly the same”, en: altright.com.

[6] David Brooks, Bobos en el Paraíso. Grijalbo, 2001. Jim Goad, Manifiesto Redneck. Dirty Works, 2017.  

[7] Milo Yiannopoulos, “El Manifiesto de la Alt-Right”.

[8] La Alt-Right desaprueba el “culto a Reagan” y a la constitución americana, (…) la Alt-Right no es un movimiento cristiano, reconoce la importancia cultural del cristianismo al unir a los pueblos europeos, pero también contempla al cristianismo como una religión feminizada que demuestra demasiada debilidad a la hora de defender a los pueblos blancos; (…) hay un número importante de paganos, agnósticos y ateos en la Alt-Right”. M. Taylors, What is the Alt-Right? Explaining the Alt-Right with Over 200 Citations, 2016. Edición Kindle.

[9] Angela Nagle, Obra citada.

[10] Hanzi Freinacht, “4 things that make the Alt-Right postmodern”.

[11] Trevor Lynch, “The Dark Knight”.

[12] Trevor Lynch, “The Dark Knight”.

[13] Philippe Muray “Respectez joie”, en Causes Toujours,chroniques du XXI siècle, Descartes & Cie, p. 28.