DIVINI REDEMPTORIS
- Carta encíclica
del Papa Pío XI - Sobre el comunismo
ateo –
19 -3-1937
1.La promesa de un
Redentor ilumina la primera página de la historia de la humanidad; por eso la
segura esperanza de tiempos mejores alivió el pesar del paraíso perdido y
acompañó al género humano en su atribulado camino, hasta que, cuando vino la
plenitud de los tiempos, el Salvador del mundo, viniendo a la tierra, colmó la
expectación e inauguró una nueva civilización universal, la civilización
cristiana, inmensamente superior a la que hasta entonces trabajosamente había
alcanzado el hombre en algunos pueblos más privilegiados.
2. Pero, como
triste herencia del pecado original, quedó en el mundo la lucha entre el
bien y el mal; y el antiguo tentador nunca ha desistido de engañar a la
humanidad con falaces promesas. Por eso en el curso de los siglos se han ido
sucediendo unas a otras las convulsiones hasta llegar a la revolución de
nuestros días, desencadenada ya, /o que amenaza, puede decirse, / en todas
partes y que supera en amplitud y violencia a cuanto hubo de sufrirse en las
precedentes persecuciones contra la Iglesia.
Pueblos enteros
están en peligro de caer de nuevo en una barbarie peor que aquella en que aun
yacía la mayor parte del mundo al aparecer el Redentor.
3. Este peligro
tan amenazador, es el comunismo
bolchevique y ateo, que tiende a derrumbar el orden social y a socavar los
fundamentos mismos de la civilización cristiana.
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Los bolcheviques
eran una facción dentro del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR),
dirigida desde un principio por Lenin. Este grupo era contrapuesto a los
mencheviques, dirigidos por Mártov.
La división se
produjo en el Segundo Congreso del partido, celebrado entre Bruselas y Londres
en 1903. Las tesis propuestas por Lenin fueron:
La lucha por la
dictadura del proletariado como instrumento necesario de la revolución para
avanzar hacia el socialismo.
La
alianza de la clase obrera con el campesinado para derribar la autocracia rusa,
llevar a término los
objetivos democráticos de la revolución y enfrentar las vacilaciones y
traiciones de la burguesía.
***
4. Frente a esta
amenaza, la Iglesia católica no podía callar y no calló; su misión es la defensa
de la verdad y de la justicia y de todos aquellos bienes eternos que el
comunismo ateo desconoce y combate. Desde los tiempos en que algunos grupos
intelectuales pretendieron liberar la civilización humana de las cadenas de la
moral y de la religión, por lo que hace al comunismo, ya desde el 1846 Nuestro
venerado Predecesor Pío IX, de s. m., pronunció una solemne condenación,
confirmada después en el Syllabus, contra la nefanda doctrina del llamado
comunismo, tan contraria al mismo derecho natural, la cual, una vez admitida,
llevaría a la radical subversión de los derechos, bienes y propiedades de todos
y aun de la misma sociedad humana.
Más tarde, otro Predecesor Nuestros, León
XIII, en la encíclica Quod Apostolici muneris, lo definía mortal pestilencia que serpentea por las más íntimas
entrañas de la sociedad humana y conduce al peligro extremo de la ruina; y
con clarividencia indicaba que el ateísmo de las masas populares en la
época del tecnicismo, traía su origen de aquella filosofía, que de
siglos atrás se afanaba por lograr que la ciencia y la vida se separasen de la
fe y de la Iglesia.
8. El comunismo de
hoy, de modo más acentuado que otros movimientos similares del pasado, contiene
en sí una idea de falsa redención. Un seudo-ideal de justicia, de igualdad y de
fraternidad en el trabajo, impregna toda su doctrina y toda su actividad con
cierto falso misticismo que comunica a las masas, halagadas por falaces
promesas, un ímpetu y entusiasmo contagiosos, especialmente en tiempos como los nuestros, en los que /a la defectuosa
distribución de los bienes de este mundo / ha seguido una miseria, que no es la
normal.
9. La doctrina,
que el comunismo oculta bajo apariencias a veces tan seductoras, se funda hoy
esencialmente en los principios del
materialismo, llamado dialéctico e histórico, ya proclamados por Marx, y
cuya única genuina interpretación pretenden poseer los teorizantes del
bolchevismo. Esta doctrina enseña que no existe más que una sola realidad,
la materia, con sus fuerzas ciegas: la planta, el animal, el hombre son el
resultado de su evolución.
La misma sociedad
humana no es sino una apariencia y una forma de la materia, que evoluciona del
modo dicho, y que por ineludible necesidad tiende, en un perpetuo conflicto de fuerzas, hacia la síntesis final: una sociedad
sin clases. En semejante doctrina es evidente que no queda ya lugar
para la idea de Dios: no existe diferencia entre el espíritu y la materia, ni
entre el cuerpo y el alma; ni sobrevive el alma a la muerte, ni por
consiguiente puede haber esperanza alguna de otra vida. Insistiendo en el
aspecto dialéctico de su materialismo, los comunistas sostienen que los
hombres pueden acelerar el conflicto que ha de conducir al mundo hacia la
síntesis final.
De ahí sus
esfuerzos para hacer más agudos los antagonismos que surgen entre las diversas
clases de la sociedad; la lucha de clases, con sus odios y destrucciones, toma
el aspecto de una cruzada por el progreso de la humanidad. En cambio, todas las fuerzas, sean las que fueren, que
se oponen a esas violencias sistemáticas, deben ser aniquiladas como enemigas
del género humano.
10. El comunismo,
además, despoja al hombre de su libertad,
principio espiritual de su conducta moral, quita toda dignidad a la persona
humana y todo freno moral contra el asalto de los estímulos ciegos. No reconoce
al individuo, frente a la colectividad, ningún derecho natural de la
personalidad humana, porque ésta, en la teoría comunista, es sólo una simple
rueda engranada en el sistema. En las relaciones de los hombres entre sí,
sostiene el principio de la absoluta igualdad, rechazando toda jerarquía y autoridad
establecida por Dios, incluso la de los padres; todo eso que los hombres llaman
autoridad y subordinación se deriva de la colectividad como de su primera y
única fuente.
Ni concede a los individuos derecho alguno de
propiedad sobre los bienes naturales y sobre los medios de producción, porque, al ser éstos una fuente de otros bienes, su
posesión conduciría al predominio de un hombre sobre los demás. Por eso
precisamente, por ser la fuente originaria de toda esclavitud económica,
deberá ser destruida radicalmente tal forma de propiedad privada.
12.. El comunismo
reconoce a la colectividad el derecho, o más bien, el arbitrio ilimitado de
obligar a los individuos al trabajo colectivo, sin atender a su bienestar
particular, aun contra su voluntad y hasta con la violencia. En esa
sociedad, tanto la moral como el orden jurídico ya no serían sino una emanación
del sistema económico de cada momento; es decir, de origen terreno, mudable y
caduco. En una palabra: se pretende introducir una nueva época y una nueva
civilización, fruto exclusivo de una evolución ciega -una humanidad sin Dios.
13. en aquella
utópica sociedad no habrá diferencia alguna de clases, el Estado político,
que ahora se concibe sólo como instrumento de la dominación de los capitalistas
para esclavizar a los proletarios, perderá toda su razón de ser y "se
disolverá"; pero hasta que no se realice aquella feliz condición, el Estado
y el poder estatal es para el comunismo el medio más eficaz y universal de
conseguir su fin.
16. conviene
recordar que los trabajadores estaban ya preparados por el abandono religioso y
moral en el que los había dejado la economía liberal. Con los turnos de
trabajo, incluso el domingo, no se les daba tiempo ni aun para cumplir sus más
graves deberes religiosos de los días festivos; Ya se recogen los frutos de
errores tantas veces denunciados por Nuestros Predecesores y por Nos mismo; no
cabe maravillarse de que, en un mundo, hace ya tiempo tan intensamente
descristianizado, se propague, inundándolo todo, el error comunista.
25. Expuestos ya
los errores y los medios violentos y engañosos del comunismo bolchevique y
ateo, es hora ya, Venerables Hermanos, de oponerles brevemente la verdadera
noción de la Civitas humana,
29. Dios destinó al hombre para vivir en la
sociedad civil, exigida por su propia naturaleza. En el plan del Creador, la
sociedad es un medio natural que el hombre puede y debe usar para obtener su
fin, pues la sociedad humana es para el hombre, y no al contrario. Lo cual no ha de entenderse en el sentido del
liberalismo individualista, que subordina la sociedad al uso egoísta del
individuo; sino sólo en el sentido de que, /por la unión orgánica con la
sociedad,/se haga posible a todos, mediante la mutua colaboración, la
realización de la verdadera felicidad terrena; además, que en la sociedad se
desarrollan todas las cualidades individuales y sociales innatas en la
naturaleza humana, las cuales, superando el interés inmediato del momento, reflejan
en la sociedad la perfección divina, lo cual no puede verificarse en el hombre
aislado.
Sólo -y no la
colectividad en sí-, sólo el hombre, la
persona humana, está dotado de razón y de voluntad moralmente libre.
31. Los principios
directivos del orden económico-social fueron expuestos en la Encíclica social
de León XIII sobre la cuestión obrera, y, adaptados a las exigencias de los
tiempos presentes, en nuestra Encíclica Quadragesimo anno. /Ademas, insistiendo
de nuevo en la doctrina secular de la Iglesia sobre el carácter individual y
social de la propiedad privada, hemos precisado el derecho y la dignidad del
trabajo, las relaciones de apoyo mutuo y de ayuda que deben existir entre
los poseedores del capital y los trabajadores, el salario debido en estricta
justicia al obrero, para sí y para su familia.
32. En la misma
Encíclica demostramos que los medios para salvar al mundo actual de la triste ruina en que el liberalismo amoral lo ha hundido,
no consisten ni en la lucha de clases ni
en el terror, mucho menos aún en el abuso autocrático del poder estatal, /sino
en la penetración de la justicia social y del sentimiento de la caridad
cristiana en el orden económico y social. /Demostramos cómo debe restaurarse la
verdadera prosperidad según los
principios de un sano corporativismo que respete la debida jerarquía
social, y cómo todas las corporaciones deben unirse en unidad armónica,
La misión más
genuina y principal del poder público y civil consiste en promover eficazmente
la armonía y la coordinación de todas las fuerzas sociales.
37. Fiel a estos
principios, la Iglesia ha regenerado a la sociedad humana; bajo su influencia surgieron admirables obras de caridad,
potentes gremios de artesanos y trabajadores de toda categoría, despreciados
como algo medieval por el liberalismo del siglo pasado, pero que hoy son
admiración de nuestros contemporáneos, que en muchos países tratan de
restablecer siquiera en su idea fundamental.
Y cuando otras
corrientes ponían obstáculos a la obra e impedían el influjo saludable de la
Iglesia, ésta, siempre y hasta nuestros días, continuó amonestando a los
extraviados. Baste recordar con qué firmeza, energía y constancia Nuestro
predecesor León XIII reivindicó para el obrero el derecho de asociación que el
liberalismo, dominante en los Estados más o menos poderosos, se empeñaba en
negarle.
Y este influjo de
la doctrina de la Iglesia es, aun en estos tiempos, más grande de lo que
parece, porque grande y cierto, aunque invisible y difícil de calcular, es el
predominio de las ideas sobre los hechos.
41. Como en los
periodos más borrascosos de la historia de la Iglesia, así hoy todavía el
remedio fundamental está en una sincera renovación de la vida privada y
pública, según los principios del Evangelio, en todos aquellos que se glorían
de pertenecer al redil de Cristo, para
que sean verdaderamente la sal de la tierra que preserva a la sociedad humana
de una corrupción total.
44. Y aquí
queremos, Venerables Hermanos, insistir más particularmente sobre dos
enseñanzas del Señor, que tienen especial conexión con las actuales condiciones
del género humano: el desprendimiento de
los bienes terrenos y el precepto de la caridad. Bienaventurados los pobres de espíritu, fueron las primeras
palabras que salieron de los labios del Divino Maestro en su sermón de la
montaña. /Y esta lección es más necesaria que nunca en estos tiempos de
materialismo sediento de bienes y placeres de esta tierra. Todos los
cristianos, ricos y pobres, deben tener siempre fija la mirada en el cielo,
recordando que no tenemos aquí ciudad permanente, sino que vamos tras de la
futura. Los ricos no deben poner su
felicidad en las cosas de la tierra, ni enderezar sus mejores esfuerzos a
conseguirlas, sino que, considerándose
sólo como administradores que saben cómo han de dar cuenta al supremo
Dueño, se sirvan de ellas como de preciosos medios que Dios les otorga para
hacer el bien; y no dejen de distribuir
a los pobres lo superfluo, según el precepto evangélico.
De lo contrario,
se verificará en ellos y en sus riquezas la severa sentencia de Santiago
apóstol: Ea, pues, ricos, llorad, levantad el grito en vista de las
desdichas que han de sobreveniros. Podridos están vuestros bienes, y vuestras
ropas han sido roídas por la polilla. El oro y la plata vuestra se han
enmohecido; y el orín de estos metales dará testimonio contra vosotros, y
devorará vuestras carnes como un fuego. Os habéis atesorado ira para los
últimos días.
45. Pero también
los pobres, a su vez, aunque se esfuercen, según las leyes de la caridad y de
la justicia, por proveerse de lo necesario y aun por mejorar de condición, /deben
también permanecer siempre pobres de espíritu, estimando más los bienes espirituales
que los bienes y goces terrenos.
Recuerden, además,
que nunca se conseguirá hacer desaparecer del mundo las miserias, los
dolores, las tribulaciones a que están sujetos también los que exteriormente
aparecen muy felices. Esperad también vosotros con paciencia y reanimad
vuestros corazones, porque la venida del Señor está cerca. Sólo así se cumplirá
la consoladora promesa del Señor: Bienaventurados los pobres. Y no es éste un
consuelo y una promesa vana, como son las promesas de los comunistas, sino que
son palabras de vida, que encierran una realidad suprema, palabras que se
verifican plenamente aquí en la tierra y después en la eternidad.
Muchos son, de
hecho, los pobres que en estas palabras y en la esperanza del reino de los
cielos -proclamado ya propiedad suya, porque es vuestro el reino de Dios-
hallan una felicidad que tantos ricos no encuentran en sus riquezas, siempre
inquietos al estar atormentados porque desean tener aún más.
46. Todavía más
importante para remediar el mal de que tratamos, o, por lo menos, más
directamente ordenado a curarlo, es el precepto de la caridad. /Nos referimos a
esa caridad cristiana, paciente y benigna, que evita toda apariencia de
protección humillante y toda ostentación: esa caridad que desde los comienzos
del Cristianismo ganó para Cristo a los más pobres entre los pobres, los
esclavos: y damos las gracias a todos cuantos, en las obras de beneficencia,
desde las Conferencias de San Vicente de Paul hasta las grandes y recientes
organizaciones de asistencia social, han ejercitado y ejercitan las obras de
misericordia corporal y espiritual.
Cuanto más
experimenten en sí mismos los obreros y los pobres lo que el espíritu de amor,
animado por la virtud de Cristo, hace por ellos, tanto más se despojarán del
prejuicio de que el Cristianismo ha perdido su eficacia y que la Iglesia está
de parte de quienes explotan su trabajo.
47. Pero cuando
vemos, /por un lado, una muchedumbre de indigentes que, por causas ajenas a su
voluntad, están realmente oprimidos por la miseria; y por otro lado, junto a
ellos, tantos que se divierten inconsideradamente y gastan enormes sumas en
cosas inútiles, /no podemos menos de reconocer con dolor que no sólo no es bien
observada la justicia, sino que tampoco se ha profundizado lo suficiente en el
precepto de la caridad cristiana, ni se vive conforme a él en la práctica
cotidiana.
51. En efecto, además
de la justicia conmutativa, existe la justicia social, que impone también
deberes a los que ni patronos ni obreros se pueden sustraer. Y precisamente
es propio de la justicia social el
exigir de los individuos todo cuanto es necesario al bien común. Pero, así
como en el organismo viviente no se provee al todo si no se da a cada parte y a
cada miembro cuanto necesitan para ejercer sus funciones, así tampoco se puede
proveer al organismo social y al bien de toda la sociedad si no se da a cada
parte y a cada miembro, es decir, a los hombres dotados de la dignidad de
persona, cuanto necesitan para cumplir sus funciones sociales.
La realización de
la justicia social dará como fruto una intensa actividad de toda la vida
económica desarrollada en la tranquilidad y en el orden, y se pondrá así de
relieve la salud del cuerpo social, del mismo modo que la salud del cuerpo
humano se reconoce en la actividad armónica, al mismo tiempo que plena y
fructuosa, de todo el organismo.
58. Procurad,
Venerables Hermanos, que los fieles no se dejen engañar. El comunismo es intrínsecamente perverso; y no se puede admitir que
colaboren con él, en ningún terreno, quienes deseen salvar la civilización
cristiana.
64. Para el trabajo formativo, urgente y
necesario como nunca, y que debe preceder siempre a la acción directa y
efectiva, servirán ciertamente los círculos de estudio, las semanas
sociales, los cursos sistematizados de conferencias y todas las demás
iniciativas aptas para dar a conocer la solución cristiana de los problemas
sociales.
81. Y para
apresurar la paz de Cristo en el reino de Cristo, por todos tan deseada,
ponemos la gran acción de la Iglesia católica contra el comunismo ateo mundial
bajo la égida del poderoso Protector de
la Iglesia, San José. El pertenece a la clase obrera y él experimentó el
peso de la pobreza en sí y en la Sagrada Familia, de la que era jefe solícito y
amante; a él le fue confiado el divino Niño, cuando Herodes envió sus sicarios
contra El.
Con una vida de
absoluta fidelidad en el cumplimiento del deber cotidiano, ha dejado un ejemplo
de vida a todos los que tienen que ganar el pan con el trabajo de sus manos, y mereció ser llamado el Justo, ejemplo
viviente de la justicia cristiana que debe dominar en la vida social.