NON ABBIAMO BISOGNO
Encíclica de S.S.
Pío XI para la Acción Católica de Italia –
29 -6-1931
No tenemos necesidad de anunciar los acontecimientos, que en los últimos
tiempos se han desarrollado en esta ciudad de Roma
debemos satisfacer
las obligaciones que el ministerio apostólico Nos impone para con la verdad y
la justicia.
Ya muchas veces,
Venerables Hermanos, de la manera más explícita y asumiendo toda la responsabilidad
de lo que decíamos, hemos significado Nos y hemos protestado contra la campaña
de falsas e injustas acusaciones que precedió a la disolución de las
Asociaciones Juveniles y Universitarias de la Acción Católica, disolución
ejecutada por vías de hecho y con procedimientos que daban la impresión de que
se actuaba contra una vasta y peligrosa asociación delincuente.
Todo este
lamentable conjunto de irreverencias y de violencias tenía que ser con una tal
intervención de miembros e insignias del partido, con tal uniformidad de un
extremo a otro de Italia y con tal condescendencia de las Autoridades y de las
fuerzas de seguridad pública, que necesariamente hacían pensar en disposiciones
venidas de arriba. Fácilmente admitimos, como era fácil de prever, que estas
disposiciones pudieron y hasta debieron necesariamente ser sobrepasadas. Hemos
debido recordar estas cosas antipáticas y penosas, porque se ha intentado hacer
creer al público y al mundo que la deplorable disolución de las Asociaciones a
Nos tan queridas se había llevado a cabo sin incidentes y casi como una cosa
normal.
5. Pero la
realidad es que se ha atentado muy de otro modo y en las más vastas
proporciones contra la verdad y la justicia. Si no todas, ciertamente las
principales falsedades y verdaderas calumnias esparcidas por la prensa hostil
de partido -la única libre, y con frecuencia mandada o casi obligada, para
hablar de todo y atreverse a todo- han
sido recogidas en un mensaje, aunque "no oficial" (cautelosa
calificación) y suministradas al público por los más poderosos medios de
difusión que al presente se conocen.
El mensaje en
cuestión decía, entre otras cosas, que las revelaciones de la prensa, que era
contraria del partido, habían sido confirmadas casi en su totalidad, en sustancia,
por lo menos, precisamente por el Observatore Romano. La verdad es que el
Observatore Romano ha demostrado, cuando la ocasión lo requería, que las
pretendidas revelaciones eran otras tantas invenciones o en todo y por todo, o
al menos en la interpretación dada a los hechos. Basta leer sin mala fe y con
la más modesta capacidad de comprensión.
El mensaje insiste
en la "negra ingratitud" de los Sacerdotes que se ponen contra el
partido, el cual ha sido -dice- para toda Italia la garantía de la libertad
religiosa. El Clero, el Episcopado y
esta misma Santa Sede nunca han dejado de apreciar la importancia de todo
cuanto en estos años se ha hecho, en beneficio de la religión, y frecuentemente
han manifestado vivo y sincero reconocimiento por ello. Si se quiere hablar
de ingratitud, la ingratitud ha sido y sigue siendo -para con la Santa Sede- la
de un partido y la de un régimen que, a juicio del mundo entero, ha sacado de
sus relaciones amistosas con la Santa Sede, en la nación y fuera de ella, un
aumento de prestigio y de crédito que a muchos en Italia y en el extranjero les
parecían excesivos, como les parecía demasiado grande el favor y demasiado
amplia la confianza por parte Nuestra.
El mensaje
recuerda la comparación, pregonada ya tantas veces, entre Italia y los demás
Estados en los que la Iglesia se halla realmente perseguida, y contra los
cuales no se han escuchado palabras como las pronunciadas contra Italia donde
(dice) la Religión ha sido restablecida. Ya hemos dicho que guardamos y
guardaremos perenne gratitud y memoria por todo cuanto en Italia se ha hecho en
beneficio de la Religión, aunque también en beneficio, si no simultáneo al
menos no menor, y tal vez mayor, del partido y del régimen.
7. Con indecible
dolor vemos cómo en Italia, y aun en esta nuestra Roma, se desencadena una
verdadera y real persecución contra lo que la Iglesia y su Jefe consideran como
más precioso y más querido en materia de su libertad y de sus derechos,
libertad y derechos que son también los de las almas, y más especialmente los
de las almas de los jóvenes, particularmente confiados a la Iglesia y a su
Cabeza por el Divino Creador y Redentor.
Como es notorio,
repetida y solemnemente hemos Nos afirmado y declarado que la Acción Católica,
tanto por su naturaleza y su esencia (participación y colaboración del estado
seglar en el apostolado jerárquico) como por Nuestras precisas y categóricas
normas y prescripciones, está fuera y por encima de toda política de partido.
La Acción Católica
tenía -dice el mensaje- banderas, insignias, tarjetas de adheridos y todos los
demás signos exteriores de un partido político. Como si las banderas, las
insignias, las tarjetas de adheridos y otras parecidas formalidades exteriores
no fuesen hoy día comunes, en todos los países del mundo, a las más variadas
asociaciones y actividades que nada tienen ni quieren tener de común con la
política: deportivas y profesionales, civiles y militares, comerciales e
industriales, escolares hasta de niños pequeños, religiosas con religiosidad la
más piadosa y devota y casi infantil, como la de los Cruzados de la Eucaristía.
8. El mensaje ha
comprendido toda la debilidad e inconsistencia del motivo aducido; y como
tratando de defender su argumentación, aún añade otros tres nuevos motivos.
El primero es que
los jefes de la Acción Católica eran casi todos miembros y hasta jefes del
Partido Popular, que ha sido -dice- uno de los más acérrimos enemigos del
partido fascista. Esta acusación ha sido lanzada más de una vez contra la
Acción Católica Italiana, pero siempre en términos generales y sin precisar
nombre alguno.
Ante todo, hemos
comprobado que, cuando aún subsistía el Partido Popular -y cuando el nuevo
partido no existía en modo alguno-, según disposiciones publicadas en 1919,
quien hubiese ocupado cargos directivos en el Partido Popular no podía ocupar
al mismo tiempo funciones directivas en la Acción Católica.
También hemos
comprobado, Venerables Hermanos, que los casos de ex-dirigentes locales
(seglares) del Partido Popular, llegados a ser más tarde directivos locales de
Acción Católica, entre los señalados -como más arriba hemos dicho- por la
prensa enemiga, se reducen a cuatro, repetimos, cuatro: exiguo número,
comparado con las 250 Juntas Diocesanas, 4.000 Secciones de hombres católicos y
más de 5.000 Círculos de la Juventud Católica masculina. Y aun debemos añadir
que en los cuatro casos notados se trata siempre de individuos que jamás dieron
lugar a dificultad alguna y de los que algunos simpatizan francamente con el
régimen y con el partido fascista, siendo bien vistos por éstos.
Disuelto y
desaparecido el Partido Popular, los que ya pertenecían a la Acción Católica,
continuaron perteneciendo a ella, sometiéndose con perfecta disciplina a su ley
fundamental, es decir, absteniéndose de toda actividad política; y esto mismo
hicieron los que entonces solicitaron afiliarse a aquélla.
Por lo contrario,
Nos, la Iglesia, la Religión, los fieles cristianos (y no solamente Nos) no
podemos estar agradecidos a quien, después de haber disuelto el socialismo y la
masonería, enemigos Nuestros (pero no sólo Nuestros) declarados, les ha abierto
una amplia entrada, como todos ven y deploran, haciéndose ellos tanto más
fuertes, peligrosos y nocivos cuanto más ocultos, a la vez que más favorecidos
por el nuevo uniforme.
9. El mensaje
denuncia que una parte considerable de los actos y de la organización (en la
Acción Católica) eran de naturaleza política, y no tenían nada que ver con la
"educación religiosa y la propagación de la fe". Aparte la manera inhábil
y confusa con que parece aludirse a los objetivos de la Acción Católica, todos
cuantos conocen y viven la vida contemporánea, saben que no existe iniciativa
ni actividad -desde las más espirituales y científicas hasta las más materiales
y mecánicas- que no necesite organización y actos correspondientes, y que ni
éstos ni aquélla se identifican con la finalidad de las diversas iniciativas y
actividades, al no ser sino medios con que mejor alcanzar los fines que cada
una se propone.
10. Quedan luego
los círculos de la juventud católica masculina, esta misma juventud católica
que en las publicaciones juveniles del partido y en los discursos y circulares
de los llamados "jerarcas" son propuestos y señalados al desprecio y
a la mofa (con qué sentido de responsabilidad pedagógica, por no hablar sino
tan sólo de ésta, cualquiera lo ve) como una turba de miedosos, sólo buenos
para llevar velas y rezar rosarios en las procesiones; puede ser que por tal
motivo hayan sido en los últimos tiempos con tanta frecuencia y con valor tan
poco noble asaltados y maltratados hasta sangrientamente, abandonados sin
defensa por quienes debían y podían protegerlos y defenderlos, aunque sólo
fuera por tratarse de quienes, inermes y pacíficos, eran asaltados por gentes
violentas y casi siempre armadas.
Precisa cerrar los
ojos a esta verdad y ver -mejor dicho, inventar- política allí donde no hay
sino religión y moral, para concluir, como lo hace el mensaje, que se había
creado la situación absurda de una fuerte organización a las órdenes de un
Poder "extranjero", el "Vaticano", cosa que ningún gobierno
de este mundo hubiera permitido.
Ante tales hechos
y ante tal documentación, o sea, con los ojos y las manos sobre la realidad,
Nos hemos dicho siempre, y lo volvemos a repetir, que el acusar a la Acción
Católica Italiana de hacer política era y es una verdadera y pura calumnia. Los
hechos han demostrado qué se pretendía y se preparaba con ello: pocas veces se
habrá cumplido en proporciones tan grandes la fábula del lobo y el cordero; y
la historia no lo olvidará.
11. Por lo que
toca a Nos, seguros hasta la evidencia de estar y mantenernos en el terreno
religioso, jamás hemos creído que pudiéramos ser considerados como un
"poder extranjero", y menos aún por católicos y por católicos italianos.
Para afirmar,
pues, que ningún gobierno del mundo hubiera dejado subsistir la situación
creada en Italia por la Acción Católica, es necesario ignorar u olvidar
absolutamente que la Acción Católica subsiste, vive y actúa en todos los
Estados del mundo, incluso en China -imitando frecuentemente en sus líneas
generales y hasta en sus mínimos detalles a la Acción Católica Italiana, y
algunas veces, con formas y peculiaridades de organización más acusadas aún que
en Italia. En ningún país del mundo ha sido considerada jamás la Acción
Católica como un peligro para el Estado; en ningún país del mundo la Acción
Católica ha sido tan odiosamente perseguida (no encontramos otra palabra que
responda mejor a la realidad y a la verdad de los hechos) como en esta Nuestra
Italia y en esta Nuestra misma Sede episcopal de Roma; y ésta sí que es
verdaderamente una situación absurda, no creada por Nos pero sí contra Nos.
12. Y ahora una
primera reflexión y conclusión: todo esto no es sino un pretexto o una
acumulación de pretextos; más aún, Nos atrevemos a decir que la misma Acción
Católica es un pretexto; lo que se pretendía y lo que se intentó hacer fue el arrancar a la Acción Católica, y por
medio de ella a la Iglesia, la juventud, toda la juventud.
13. Henos, pues, aquí
en presencia de todo un conjunto de auténticas afirmaciones y de hechos no
menos auténticos, que ponen fuera de toda duda el proyecto -ya en tan gran
parte realizado- de monopolizar por
completo la juventud, desde la más primera niñez hasta la edad adulta, en favor
absoluto y exclusivo de un partido, de un régimen, sobre la base de una
ideología que declaradamente se resuelve en una verdadera y propia estatolatría
pagana, en contradicción no menos con los derechos naturales de la familia
que con los derechos sobrenaturales de la Iglesia.
14. La Iglesia de
Jesucristo jamás ha discutido al Estado sus derechos y sus deberes (los de
éste) sobre la educación de los ciudadanos y Nos mismo los hemos recordado y
proclamado en Nuestra reciente Encíclica
sobre la educación cristiana de la juventud; derechos y deberes
incontestables, mientras se mantengan dentro de los límites de la competencia
peculiar del Estado, competencia que a su vez se halla claramente delimitada
por los fines propios del mismo Estado - fines, que ciertamente no son tan sólo
corpóreos y materiales pero que por sí mismos se hallan necesariamente
contenidos dentro de los límites de lo natural, de lo terreno, de lo temporal.
El divino mandato universal, que la Iglesia ha recibido del mismo Jesucristo
incomunicable e insustituiblemente, se extiende -en cambio- a lo eterno, a lo
celestial, a lo sobrenatural, orden éste de cosas que por una parte es
obligatorio estrictamente a toda criatura racional y al que por otra parte todo
lo demás debe subordinarse y coordinarse.
Decíamos que los
últimos acontecimientos han acabado por demostrar, sin duda alguna, todo cuanto
en pocos años se ha podido no ya salvar sino perder y destruir, en materia de
verdadera religiosidad y de educación, no decimos ya cristiana, sino
sencillamente moral y cívica.
Una concepción del
Estado que obligue a que le pertenezcan las generaciones juveniles enteramente
y sin excepción, desde su primera edad hasta la edad adulta, es inconciliable
para un católico con la doctrina católica; y no es menos inconciliable con el
derecho natural de la familia. Para un católico es inconciliable con la
doctrina católica el pretender que la Iglesia, el Papa, deban limitarse a las
prácticas exteriores de la religión (misa y sacramentos), y que todo lo
restante de la educación pertenezca al Estado.
Las doctrinas y
máximas erróneas y falsas, que acabamos de señalar y de lamentar, ya se Nos
presentaron muchas veces durante los últimos años; y, como es sabido, Nos no
hemos faltado jamás, con la ayuda de Dios, a Nuestro deber apostólico de
examinarlas y contraponerlas con justos llamamientos a las verdaderas doctrinas
católicas y a los inviolables derechos de la Iglesia de Jesucristo y de las
almas redimidas con su sangre divina.
Pero no obstante,
los juicios, las previsiones y sugestiones que de diversas partes, aun muy
dignas de toda consideración, llegaban hasta Nos, siempre Nos abstuvimos de
llegar a condenaciones formales y explícitas: aun más, llegamos a creer hasta
posibles, y favorecer aun por parte Nuestra, compatibilidades y cooperaciones
que para otros resultaban inadmisibles. Hemos obrado así porque siempre
pensábamos y más bien deseábamos que siempre quedase siquiera la posibilidad de
la duda de que se trataba de afirmaciones y actitudes exageradas, esporádicas,
de elementos sin la debida representación -en resumen, de afirmaciones y
actitudes imputables en su parte censurable más bien a las personas y a las
circunstancias que a una sistematización verdadera y propiamente programática.
16. Los últimos
acontecimientos, y las afirmaciones que los han precedido, acompañado y
comentado, Nos quitan la tan deseada posibilidad: y tenemos ya que decir y
decimos que no se es católico sino por el bautismo y el nombre -en
contradicción a las exigencias del nombre y a las promesas mismas del bautismo-
cuando se adopta y se desarrolla un programa que hace suyas las doctrinas y las
máximas tan contrarias a los derechos de la Iglesia de Jesucristo y de las
almas, que desconoce, combate y persigue a la Acción Católica, esto es, a
cuanto notoriamente tienen por más caro y más precioso tanto la Iglesia como su
Jefe. Y ahora nos preguntáis ya vosotros, Venerables Hermanos, qué se debe
pensar y juzgar, a la luz de cuanto precede, de una fórmula de juramento que
aun a niños y niñas les impone el cumplir sin discusión algunas órdenes que -lo
hemos visto y lo hemos vivido- pueden mandar, contra toda verdad y justicia, la
violación de los derechos de la Iglesia y de las almas, ya por sí mismos
sagrados e inviolables, así como el servir con todas sus fuerzas, hasta con su
sangre, a la causa de una revolución que a la Iglesia y a Jesucristo les
arranca las almas de la juventud, que educa las fuerzas jóvenes en el odio, en
la violencia, en la irreverencia, sin excluir a la misma persona del Papa, como
tan cumplidamente lo han demostrado los últimos acontecimientos.
Cuando ya la
pregunta ha de plantearse en tales términos, la respuesta, desde el punto de
vista católico y aun meramente humano, es inevitablemente única, y Nos, Venerables
Hermanos, no hacemos sino confirmar la respuesta que ya os habéis dado: Tal
juramento, tal como está formulado, no es lícito.
(Juro seguir sin discusión las órdenes del Duce y
defender con todas mis fuerzas y, si es necesario, con mi sangre la causa de la
revolución fascista.)
Conociendo las
múltiples dificultades de la hora presente y sabiendo que la inscripción en el
partido y el juramento son para muchísimos, condición indispensable para su
carrera, para su pan y para su vida, Nos hemos buscado un medio que devuelva la
paz a las conciencias, reduciendo al mínimum posible las dificultades
exteriores. Nos parece que ese medio, para los que están ya inscritos en el
partido, podría ser el hacer personalmente ante Dios y ante su propia
conciencia esta reserva: "a salvo las leyes de Dios y de la Iglesia",
o también: "a salvo los deberes de buen cristiano", con el firme
propósito de declarar aun exteriormente esta reserva cuando llegara a ser
necesario.
17. Y por ello,
añadimos que con todo cuanto hemos venido diciendo hasta aquí, Nos no hemos
querido condenar ni el partido ni el régimen como tal.
Hemos querido
señalar y condenar todo lo que en el programa y acción de ellos hemos visto y
comprobado que era contrario a la doctrina y a la práctica católica y, por lo
tanto, inconciliable con el nombre y con la profesión de católicos. Y con esto
Nos hemos cumplido un deber preciso del Ministerio Apostólico para con todos
aquellos hijos Nuestros que pertenecen al partido, a fin de que puedan salvar
su propia conciencia de católicos.
Ni se diga que
Italia es católica, pero anticlerical, aunque lo entendamos tan sólo en una
medida digna de particular atención. Vosotros, Venerables Hermanos, que vivís
en las grandes y pequeñas diócesis de Italia, en contacto continuo con las
buenas gentes de todo el País, sabéis y veis todos los días hasta qué punto
son, si no se las excita ni se las extravía, ajenas a todo anticlericalismo.
Todo el que conoce un poco íntimamente la historia de la Nación sabe que el
anticlericalismo ha tenido en Italia la importancia y la fuerza que le
confirieron la masonería y el liberalismo que lo engendraron. En nuestros días,
por lo demás, el entusiasmo unánime que
unió y transportó de alegría a todo el país hasta un extremo jamás conocido en
los días del Tratado de Letrán, no hubiera dejado al anticlericalismo
medios de levantar la cabeza, si ya al día siguiente de estos Convenios no se
le hubiera evocado y alentado. Además, durante los últimos acontecimientos,
disposiciones y órdenes le han hecho entrar en acción y le han hecho cesar,
como todos han podido ver y comprobar. Y, sin duda alguna, hubiera pasado y
bastaría siempre para tenerlo a raya la centésima o la milésima parte de las
medidas prolongadamente infligidas a la Acción Católica y coronadas
recientemente de la manera que todo el mundo sabe.