viernes, 8 de mayo de 2026

FASCISMO

 

NON ABBIAMO BISOGNO

Encíclica de S.S. Pío XI para la Acción Católica de Italia –

29 -6-1931

 

No tenemos necesidad de anunciar los acontecimientos, que en los últimos tiempos se han desarrollado en esta ciudad de Roma

debemos satisfacer las obligaciones que el ministerio apostólico Nos impone para con la verdad y la justicia.

 

Ya muchas veces, Venerables Hermanos, de la manera más explícita y asumiendo toda la responsabilidad de lo que decíamos, hemos significado Nos y hemos protestado contra la campaña de falsas e injustas acusaciones que precedió a la disolución de las Asociaciones Juveniles y Universitarias de la Acción Católica, disolución ejecutada por vías de hecho y con procedimientos que daban la impresión de que se actuaba contra una vasta y peligrosa asociación delincuente.

 

Todo este lamentable conjunto de irreverencias y de violencias tenía que ser con una tal intervención de miembros e insignias del partido, con tal uniformidad de un extremo a otro de Italia y con tal condescendencia de las Autoridades y de las fuerzas de seguridad pública, que necesariamente hacían pensar en disposiciones venidas de arriba. Fácilmente admitimos, como era fácil de prever, que estas disposiciones pudieron y hasta debieron necesariamente ser sobrepasadas. Hemos debido recordar estas cosas antipáticas y penosas, porque se ha intentado hacer creer al público y al mundo que la deplorable disolución de las Asociaciones a Nos tan queridas se había llevado a cabo sin incidentes y casi como una cosa normal.

 

5. Pero la realidad es que se ha atentado muy de otro modo y en las más vastas proporciones contra la verdad y la justicia. Si no todas, ciertamente las principales falsedades y verdaderas calumnias esparcidas por la prensa hostil de partido -la única libre, y con frecuencia mandada o casi obligada, para hablar de todo y atreverse a todo- han sido recogidas en un mensaje, aunque "no oficial" (cautelosa calificación) y suministradas al público por los más poderosos medios de difusión que al presente se conocen.

 

El mensaje en cuestión decía, entre otras cosas, que las revelaciones de la prensa, que era contraria del partido, habían sido confirmadas casi en su totalidad, en sustancia, por lo menos, precisamente por el Observatore Romano. La verdad es que el Observatore Romano ha demostrado, cuando la ocasión lo requería, que las pretendidas revelaciones eran otras tantas invenciones o en todo y por todo, o al menos en la interpretación dada a los hechos. Basta leer sin mala fe y con la más modesta capacidad de comprensión.

 

El mensaje insiste en la "negra ingratitud" de los Sacerdotes que se ponen contra el partido, el cual ha sido -dice- para toda Italia la garantía de la libertad religiosa. El Clero, el Episcopado y esta misma Santa Sede nunca han dejado de apreciar la importancia de todo cuanto en estos años se ha hecho, en beneficio de la religión, y frecuentemente han manifestado vivo y sincero reconocimiento por ello. Si se quiere hablar de ingratitud, la ingratitud ha sido y sigue siendo -para con la Santa Sede- la de un partido y la de un régimen que, a juicio del mundo entero, ha sacado de sus relaciones amistosas con la Santa Sede, en la nación y fuera de ella, un aumento de prestigio y de crédito que a muchos en Italia y en el extranjero les parecían excesivos, como les parecía demasiado grande el favor y demasiado amplia la confianza por parte Nuestra.


El mensaje recuerda la comparación, pregonada ya tantas veces, entre Italia y los demás Estados en los que la Iglesia se halla realmente perseguida, y contra los cuales no se han escuchado palabras como las pronunciadas contra Italia donde (dice) la Religión ha sido restablecida. Ya hemos dicho que guardamos y guardaremos perenne gratitud y memoria por todo cuanto en Italia se ha hecho en beneficio de la Religión, aunque también en beneficio, si no simultáneo al menos no menor, y tal vez mayor, del partido y del régimen.

7. Con indecible dolor vemos cómo en Italia, y aun en esta nuestra Roma, se desencadena una verdadera y real persecución contra lo que la Iglesia y su Jefe consideran como más precioso y más querido en materia de su libertad y de sus derechos, libertad y derechos que son también los de las almas, y más especialmente los de las almas de los jóvenes, particularmente confiados a la Iglesia y a su Cabeza por el Divino Creador y Redentor.

 

Como es notorio, repetida y solemnemente hemos Nos afirmado y declarado que la Acción Católica, tanto por su naturaleza y su esencia (participación y colaboración del estado seglar en el apostolado jerárquico) como por Nuestras precisas y categóricas normas y prescripciones, está fuera y por encima de toda política de partido.

La Acción Católica tenía -dice el mensaje- banderas, insignias, tarjetas de adheridos y todos los demás signos exteriores de un partido político. Como si las banderas, las insignias, las tarjetas de adheridos y otras parecidas formalidades exteriores no fuesen hoy día comunes, en todos los países del mundo, a las más variadas asociaciones y actividades que nada tienen ni quieren tener de común con la política: deportivas y profesionales, civiles y militares, comerciales e industriales, escolares hasta de niños pequeños, religiosas con religiosidad la más piadosa y devota y casi infantil, como la de los Cruzados de la Eucaristía.


8. El mensaje ha comprendido toda la debilidad e inconsistencia del motivo aducido; y como tratando de defender su argumentación, aún añade otros tres nuevos motivos.

El primero es que los jefes de la Acción Católica eran casi todos miembros y hasta jefes del Partido Popular, que ha sido -dice- uno de los más acérrimos enemigos del partido fascista. Esta acusación ha sido lanzada más de una vez contra la Acción Católica Italiana, pero siempre en términos generales y sin precisar nombre alguno.

Ante todo, hemos comprobado que, cuando aún subsistía el Partido Popular -y cuando el nuevo partido no existía en modo alguno-, según disposiciones publicadas en 1919, quien hubiese ocupado cargos directivos en el Partido Popular no podía ocupar al mismo tiempo funciones directivas en la Acción Católica.


También hemos comprobado, Venerables Hermanos, que los casos de ex-dirigentes locales (seglares) del Partido Popular, llegados a ser más tarde directivos locales de Acción Católica, entre los señalados -como más arriba hemos dicho- por la prensa enemiga, se reducen a cuatro, repetimos, cuatro: exiguo número, comparado con las 250 Juntas Diocesanas, 4.000 Secciones de hombres católicos y más de 5.000 Círculos de la Juventud Católica masculina. Y aun debemos añadir que en los cuatro casos notados se trata siempre de individuos que jamás dieron lugar a dificultad alguna y de los que algunos simpatizan francamente con el régimen y con el partido fascista, siendo bien vistos por éstos.

Disuelto y desaparecido el Partido Popular, los que ya pertenecían a la Acción Católica, continuaron perteneciendo a ella, sometiéndose con perfecta disciplina a su ley fundamental, es decir, absteniéndose de toda actividad política; y esto mismo hicieron los que entonces solicitaron afiliarse a aquélla.

Por lo contrario, Nos, la Iglesia, la Religión, los fieles cristianos (y no solamente Nos) no podemos estar agradecidos a quien, después de haber disuelto el socialismo y la masonería, enemigos Nuestros (pero no sólo Nuestros) declarados, les ha abierto una amplia entrada, como todos ven y deploran, haciéndose ellos tanto más fuertes, peligrosos y nocivos cuanto más ocultos, a la vez que más favorecidos por el nuevo uniforme.

 

9. El mensaje denuncia que una parte considerable de los actos y de la organización (en la Acción Católica) eran de naturaleza política, y no tenían nada que ver con la "educación religiosa y la propagación de la fe". Aparte la manera inhábil y confusa con que parece aludirse a los objetivos de la Acción Católica, todos cuantos conocen y viven la vida contemporánea, saben que no existe iniciativa ni actividad -desde las más espirituales y científicas hasta las más materiales y mecánicas- que no necesite organización y actos correspondientes, y que ni éstos ni aquélla se identifican con la finalidad de las diversas iniciativas y actividades, al no ser sino medios con que mejor alcanzar los fines que cada una se propone.


10. Quedan luego los círculos de la juventud católica masculina, esta misma juventud católica que en las publicaciones juveniles del partido y en los discursos y circulares de los llamados "jerarcas" son propuestos y señalados al desprecio y a la mofa (con qué sentido de responsabilidad pedagógica, por no hablar sino tan sólo de ésta, cualquiera lo ve) como una turba de miedosos, sólo buenos para llevar velas y rezar rosarios en las procesiones; puede ser que por tal motivo hayan sido en los últimos tiempos con tanta frecuencia y con valor tan poco noble asaltados y maltratados hasta sangrientamente, abandonados sin defensa por quienes debían y podían protegerlos y defenderlos, aunque sólo fuera por tratarse de quienes, inermes y pacíficos, eran asaltados por gentes violentas y casi siempre armadas.

Precisa cerrar los ojos a esta verdad y ver -mejor dicho, inventar- política allí donde no hay sino religión y moral, para concluir, como lo hace el mensaje, que se había creado la situación absurda de una fuerte organización a las órdenes de un Poder "extranjero", el "Vaticano", cosa que ningún gobierno de este mundo hubiera permitido.

Ante tales hechos y ante tal documentación, o sea, con los ojos y las manos sobre la realidad, Nos hemos dicho siempre, y lo volvemos a repetir, que el acusar a la Acción Católica Italiana de hacer política era y es una verdadera y pura calumnia. Los hechos han demostrado qué se pretendía y se preparaba con ello: pocas veces se habrá cumplido en proporciones tan grandes la fábula del lobo y el cordero; y la historia no lo olvidará.


11. Por lo que toca a Nos, seguros hasta la evidencia de estar y mantenernos en el terreno religioso, jamás hemos creído que pudiéramos ser considerados como un "poder extranjero", y menos aún por católicos y por católicos italianos.

Para afirmar, pues, que ningún gobierno del mundo hubiera dejado subsistir la situación creada en Italia por la Acción Católica, es necesario ignorar u olvidar absolutamente que la Acción Católica subsiste, vive y actúa en todos los Estados del mundo, incluso en China -imitando frecuentemente en sus líneas generales y hasta en sus mínimos detalles a la Acción Católica Italiana, y algunas veces, con formas y peculiaridades de organización más acusadas aún que en Italia. En ningún país del mundo ha sido considerada jamás la Acción Católica como un peligro para el Estado; en ningún país del mundo la Acción Católica ha sido tan odiosamente perseguida (no encontramos otra palabra que responda mejor a la realidad y a la verdad de los hechos) como en esta Nuestra Italia y en esta Nuestra misma Sede episcopal de Roma; y ésta sí que es verdaderamente una situación absurda, no creada por Nos pero sí contra Nos.

12. Y ahora una primera reflexión y conclusión: todo esto no es sino un pretexto o una acumulación de pretextos; más aún, Nos atrevemos a decir que la misma Acción Católica es un pretexto; lo que se pretendía y lo que se intentó hacer fue el arrancar a la Acción Católica, y por medio de ella a la Iglesia, la juventud, toda la juventud.

 

13. Henos, pues, aquí en presencia de todo un conjunto de auténticas afirmaciones y de hechos no menos auténticos, que ponen fuera de toda duda el proyecto -ya en tan gran parte realizado- de monopolizar por completo la juventud, desde la más primera niñez hasta la edad adulta, en favor absoluto y exclusivo de un partido, de un régimen, sobre la base de una ideología que declaradamente se resuelve en una verdadera y propia estatolatría pagana, en contradicción no menos con los derechos naturales de la familia que con los derechos sobrenaturales de la Iglesia.


14. La Iglesia de Jesucristo jamás ha discutido al Estado sus derechos y sus deberes (los de éste) sobre la educación de los ciudadanos y Nos mismo los hemos recordado y proclamado en Nuestra reciente Encíclica sobre la educación cristiana de la juventud; derechos y deberes incontestables, mientras se mantengan dentro de los límites de la competencia peculiar del Estado, competencia que a su vez se halla claramente delimitada por los fines propios del mismo Estado - fines, que ciertamente no son tan sólo corpóreos y materiales pero que por sí mismos se hallan necesariamente contenidos dentro de los límites de lo natural, de lo terreno, de lo temporal. El divino mandato universal, que la Iglesia ha recibido del mismo Jesucristo incomunicable e insustituiblemente, se extiende -en cambio- a lo eterno, a lo celestial, a lo sobrenatural, orden éste de cosas que por una parte es obligatorio estrictamente a toda criatura racional y al que por otra parte todo lo demás debe subordinarse y coordinarse.

 

Decíamos que los últimos acontecimientos han acabado por demostrar, sin duda alguna, todo cuanto en pocos años se ha podido no ya salvar sino perder y destruir, en materia de verdadera religiosidad y de educación, no decimos ya cristiana, sino sencillamente moral y cívica.

Una concepción del Estado que obligue a que le pertenezcan las generaciones juveniles enteramente y sin excepción, desde su primera edad hasta la edad adulta, es inconciliable para un católico con la doctrina católica; y no es menos inconciliable con el derecho natural de la familia. Para un católico es inconciliable con la doctrina católica el pretender que la Iglesia, el Papa, deban limitarse a las prácticas exteriores de la religión (misa y sacramentos), y que todo lo restante de la educación pertenezca al Estado.

Las doctrinas y máximas erróneas y falsas, que acabamos de señalar y de lamentar, ya se Nos presentaron muchas veces durante los últimos años; y, como es sabido, Nos no hemos faltado jamás, con la ayuda de Dios, a Nuestro deber apostólico de examinarlas y contraponerlas con justos llamamientos a las verdaderas doctrinas católicas y a los inviolables derechos de la Iglesia de Jesucristo y de las almas redimidas con su sangre divina.

 

Pero no obstante, los juicios, las previsiones y sugestiones que de diversas partes, aun muy dignas de toda consideración, llegaban hasta Nos, siempre Nos abstuvimos de llegar a condenaciones formales y explícitas: aun más, llegamos a creer hasta posibles, y favorecer aun por parte Nuestra, compatibilidades y cooperaciones que para otros resultaban inadmisibles. Hemos obrado así porque siempre pensábamos y más bien deseábamos que siempre quedase siquiera la posibilidad de la duda de que se trataba de afirmaciones y actitudes exageradas, esporádicas, de elementos sin la debida representación -en resumen, de afirmaciones y actitudes imputables en su parte censurable más bien a las personas y a las circunstancias que a una sistematización verdadera y propiamente programática.

 

16. Los últimos acontecimientos, y las afirmaciones que los han precedido, acompañado y comentado, Nos quitan la tan deseada posibilidad: y tenemos ya que decir y decimos que no se es católico sino por el bautismo y el nombre -en contradicción a las exigencias del nombre y a las promesas mismas del bautismo- cuando se adopta y se desarrolla un programa que hace suyas las doctrinas y las máximas tan contrarias a los derechos de la Iglesia de Jesucristo y de las almas, que desconoce, combate y persigue a la Acción Católica, esto es, a cuanto notoriamente tienen por más caro y más precioso tanto la Iglesia como su Jefe. Y ahora nos preguntáis ya vosotros, Venerables Hermanos, qué se debe pensar y juzgar, a la luz de cuanto precede, de una fórmula de juramento que aun a niños y niñas les impone el cumplir sin discusión algunas órdenes que -lo hemos visto y lo hemos vivido- pueden mandar, contra toda verdad y justicia, la violación de los derechos de la Iglesia y de las almas, ya por sí mismos sagrados e inviolables, así como el servir con todas sus fuerzas, hasta con su sangre, a la causa de una revolución que a la Iglesia y a Jesucristo les arranca las almas de la juventud, que educa las fuerzas jóvenes en el odio, en la violencia, en la irreverencia, sin excluir a la misma persona del Papa, como tan cumplidamente lo han demostrado los últimos acontecimientos.

Cuando ya la pregunta ha de plantearse en tales términos, la respuesta, desde el punto de vista católico y aun meramente humano, es inevitablemente única, y Nos, Venerables Hermanos, no hacemos sino confirmar la respuesta que ya os habéis dado: Tal juramento, tal como está formulado, no es lícito.

(Juro seguir sin discusión las órdenes del Duce y defender con todas mis fuerzas y, si es necesario, con mi sangre la causa de la revolución fascista.)

 

Conociendo las múltiples dificultades de la hora presente y sabiendo que la inscripción en el partido y el juramento son para muchísimos, condición indispensable para su carrera, para su pan y para su vida, Nos hemos buscado un medio que devuelva la paz a las conciencias, reduciendo al mínimum posible las dificultades exteriores. Nos parece que ese medio, para los que están ya inscritos en el partido, podría ser el hacer personalmente ante Dios y ante su propia conciencia esta reserva: "a salvo las leyes de Dios y de la Iglesia", o también: "a salvo los deberes de buen cristiano", con el firme propósito de declarar aun exteriormente esta reserva cuando llegara a ser necesario.

 

17. Y por ello, añadimos que con todo cuanto hemos venido diciendo hasta aquí, Nos no hemos querido condenar ni el partido ni el régimen como tal.

Hemos querido señalar y condenar todo lo que en el programa y acción de ellos hemos visto y comprobado que era contrario a la doctrina y a la práctica católica y, por lo tanto, inconciliable con el nombre y con la profesión de católicos. Y con esto Nos hemos cumplido un deber preciso del Ministerio Apostólico para con todos aquellos hijos Nuestros que pertenecen al partido, a fin de que puedan salvar su propia conciencia de católicos.


Ni se diga que Italia es católica, pero anticlerical, aunque lo entendamos tan sólo en una medida digna de particular atención. Vosotros, Venerables Hermanos, que vivís en las grandes y pequeñas diócesis de Italia, en contacto continuo con las buenas gentes de todo el País, sabéis y veis todos los días hasta qué punto son, si no se las excita ni se las extravía, ajenas a todo anticlericalismo. Todo el que conoce un poco íntimamente la historia de la Nación sabe que el anticlericalismo ha tenido en Italia la importancia y la fuerza que le confirieron la masonería y el liberalismo que lo engendraron. En nuestros días, por lo demás, el entusiasmo unánime que unió y transportó de alegría a todo el país hasta un extremo jamás conocido en los días del Tratado de Letrán, no hubiera dejado al anticlericalismo medios de levantar la cabeza, si ya al día siguiente de estos Convenios no se le hubiera evocado y alentado. Además, durante los últimos acontecimientos, disposiciones y órdenes le han hecho entrar en acción y le han hecho cesar, como todos han podido ver y comprobar. Y, sin duda alguna, hubiera pasado y bastaría siempre para tenerlo a raya la centésima o la milésima parte de las medidas prolongadamente infligidas a la Acción Católica y coronadas recientemente de la manera que todo el mundo sabe.