LIBERTATIS NUNTIUS
- Instrucción de la Congregación para la
Doctrina de la Fe - Sobre algunos aspectos de la "Teología de la
liberación" - 6-8-1984
El Evangelio de
Jesucristo es un mensaje de libertad y una fuerza de liberación.
En los últimos
años esta verdad esencial ha sido objeto de reflexión por parte de los
teólogos, con una nueva atención rica de promesas.
La liberación es ante todo y principalmente liberación
de la esclavitud radical del pecado.
Su fin y su término es la libertad de los hijos de Dios, don de la gracia. Lógicamente reclama la liberación de múltiples
esclavitudes de orden cultural, económico, social y político, que, en definitiva, derivan del pecado, y constituyen
tantos obstáculos que impiden a los hombres vivir según su dignidad.
Discernir
claramente lo que es fundamental y
lo que pertenece a las consecuencias es una condición indispensable para una
reflexión teológica sobre la liberación.
En efecto, ante la
urgencia de los problemas, algunos se sienten tentados a poner el acento de
modo unilateral sobre la liberación de las esclavitudes de orden terrenal y
temporal, de tal manera que
parecen hacer pasar a un segundo plano la liberación del pecado, y por ello no
se le atribuye prácticamente la importancia primaria que le es propia.
La presentación
que proponen de los problemas resulta así confusa y ambigua. Además, con la
intención de adquirir un conocimiento más exacto de las causas de las
esclavitudes que quieren suprimir, se
sirven, sin suficiente precaución crítica, de instrumentos de pensamiento que es difícil, e incluso imposible
purificar, de una inspiración
ideológica incompatible con la fe cristiana y con las exigencias éticas
que de ella derivan.
La presente
Instrucción tiene un fin preciso y limitado: atraer la atención de los
pastores, de los teólogos y de todos los fieles, sobre las desviaciones y los riesgos de desviación, ruinosos para la
fe y para la vida cristiana, que implican ciertas formas de teología de la
liberación que recurren, de modo insuficientemente crítico, a conceptos tomados
de diversas corrientes del
pensamiento marxista.
Esta llamada de
atención de ninguna manera debe interpretarse como una desautorización de todos
aquellos que quieren responder generosamente y con auténtico espíritu
evangélico a «la opción preferencial por los pobres».
De ninguna manera podrá servir de pretexto
para quienes se atrincheran en una actitud de neutralidad y de indiferencia
ante los trágicos y urgentes problemas de la miseria y de la injusticia. Al
contrario, obedece a la certeza de que las graves desviaciones ideológicas que
señala conducen inevitablemente a traicionar la causa de los pobres.
Hoy más que nunca,
es necesario que la fe de numerosos cristianos sea iluminada y que éstos estén
resueltos a vivir la vida cristiana integralmente, comprometiéndose en la lucha
por la justicia, la libertad y la dignidad humana, por amor a sus hermanos
desheredados, oprimidos o perseguidos.
Más que nunca, la Iglesia
se propone condenar los abusos, las injusticias y los ataques a la libertad,
donde se registren/ y de donde provengan, y luchar, con sus propios medios, /por
la defensa y promoción de los derechos del hombre, especialmente en la persona
de los pobres.
Ya no se ignora,
aun en los sectores todavía analfabetos de la población, que, gracias al
prodigioso desarrollo de las ciencias y de las técnicas, la humanidad, en constante crecimiento demográfico, sería capaz de
asegurar a cada ser humano el mínimo
de los bienes requeridos por su dignidad de persona humana.
El escándalo de
irritantes desigualdades entre ricos y pobres ya no se tolera, sea que se trate
de desigualdades entre países ricos y países pobres o entre estratos sociales
en el interior de un mismo territorio nacional. Por una parte, se ha alcanzado
una abundancia, jamás conocida hasta ahora, que favorece el despilfarro; por
otra, se vive todavía en un estado de indigencia marcado por la privación de
los bienes de estricta necesidad, de suerte que no es posible contar el número
de las víctimas de la mala alimentación.
De este modo con frecuencia la aspiración a la
justicia se encuentra acaparada por ideologías que ocultan o pervierten el
sentido de la misma, proponiendo a la lucha de los pueblos para su liberación
fines opuestos a la verdadera finalidad de la vida humana, y predicando caminos de acción que implican
el recurso sistemático a la violencia, contrarios a una ética respetuosa de las
personas.
Tomada en sí
misma, la aspiración a la liberación no puede dejar de encontrar un eco amplio
y fraternal en el corazón y en el espíritu de los cristianos.
Así, en
consonancia con esta aspiración, ha nacido el movimiento teológico y pastoral
conocido con el nombre de «teología de
la liberación», religiosa y cultural del cristianismo, y luego en otras
regiones del Tercer Mundo como también en ciertos ambientes de los países
industrializados.
Sin duda, para
señalar el carácter radical de la liberación traída por Cristo, ofrecida a
todos los hombres, ya sean políticamente libres o esclavos, el Nuevo Testamento
no exige en primer lugar, como presupuesto para la entrada en esta libertad, un
cambio de condición política y social.
Sin embargo, la Carta a Filemón muestra que la nueva
libertad, traída por la gracia de Cristo, debe tener necesariamente
repercusiones en el plano social.
Consecuentemente
no se puede restringir el campo del pecado, cuyo primer efecto es introducir el
desorden en la relación entre el hombre y Dios, a lo que se denomina «pecado
social». En realidad, sólo una justa doctrina del pecado permite insistir sobre
la gravedad de sus efectos sociales.
No se puede tampoco localizar el mal principal
y únicamente en las «estructuras» económicas, sociales o políticas malas, como
si todos los otros males se derivasen, como de su causa, de estas estructuras, de suerte que la creación de un «hombre nuevo» dependiera de la instauración de estructuras
económicas y sociopolíticas diferentes.
Ciertamente hay
estructuras inicuas y generadoras de iniquidades, que es preciso tener la
valentía de cambiar. Frutos de la acción del hombre, las estructuras, buenas
o malas, son consecuencias antes de ser causas. La raíz del mal reside pues,
en las personas libres y responsables, que deben ser convertidas por la gracia
de Jesucristo, para vivir y actuar como criaturas nuevas, en el amor al
prójimo, la búsqueda eficaz de la justicia, del dominio de sí y del ejercicio
de las virtudes.
Cuando se pone
como primer imperativo la revolución radical de las relaciones sociales y se
cuestiona, a partir de aquí, la búsqueda de la perfección personal, se entra en
el camino de la negación del sentido de la persona y de su trascendencia, y se
arruina la ética y su fundamento que es el carácter absoluto de la distinción
entre el bien y el mal.
Por otra parte,
siendo la caridad el principio de la auténtica perfección, esta última no puede
concebirse sin apertura a los otros y sin espíritu de servicio.
Juan Pablo II, en
el discurso de Puebla, ha recordado cuáles
son los tres pilares sobre los que debe apoyarse toda teología de la liberación
auténtica:
la verdad sobre
Jesucristo, /la verdad sobre la Iglesia,/ la verdad sobre el hombre.
El celo y la
compasión que deben estar presentes en el corazón de todos los pastores corren
el riesgo de ser desviados y proyectados hacia empresas tan ruinosas para el
hombre y su dignidad como la miseria
que se combate, si no se presta suficiente
atención a ciertas tentaciones.
El angustioso
sentimiento de la urgencia de los problemas no debe hacer perder de vista lo
esencial, ni hacer olvidar la respuesta de Jesús al Tentador (Mt 4, 4): «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Dt 8, 3).
Así, ante la
urgencia de compartir el pan, algunos se ven tentados a poner entre paréntesis
y a dejar para el mañana la evangelización: en primer lugar, el pan, la Palabra
para más tarde.
Es un error mortal
el separar ambas cosas hasta oponerlas entre sí.
Desde un punto de vista descriptivo, conviene
hablar de las teologías de la liberación,
ya que la expresión encubre posiciones teológicas, o a veces también
ideológicas, no solamente diferentes, sino también a menudo incompatibles entre
sí.
El presente
documento sólo tratará de las producciones de la corriente del pensamiento que,
bajo el nombre de «teología de la liberación» proponen una interpretación innovadora del
contenido de la fe y de la existencia cristiana que se aparta gravemente de la
fe de la Iglesia, aún más, que constituye la negación práctica de la misma.
Préstamos no criticados de la ideología
marxista y el recurso a las tesis de una hermenéutica bíblica dominada por el
racionalismo son la raíz de la nueva
interpretación, que viene a corromper lo que tenía de auténtico el generoso
compromiso inicial en favor de los pobres.
La impaciencia y
una voluntad de eficacia han conducido a ciertos cristianos, desconfiando de
todo otro método, a refugiarse en lo que ellos llaman «el análisis marxista».
En el caso del
marxismo, tal como se intenta utilizar, la crítica previa se impone tanto más
cuanto que el pensamiento de Marx constituye una concepción totalizante del
mundo en la cual numerosos datos de observación y de análisis descriptivo son
integrados en una estructura filosófico-ideológica, que impone la significación
y la importancia relativa que se les reconoce.
Recordemos que el
ateísmo y la negación de la persona humana, de su libertad y de sus derechos,
están en el centro de la concepción marxista.
En la lógica del
pensamiento marxista, «el análisis» no es separable de la praxis y de la
concepción de la historia a la cual está unida esta praxis.
El análisis es así
un instrumento de crítica, y la crítica no es más que un momento de combate
revolucionario. Este combate es el de la clase del Proletariado investido de su
misión histórica.
La doctrina social de la Iglesia es rechazada con
desdén. Se dice que procede
de la ilusión de un posible compromiso, propio de las clases medias que no
tienen destino histórico.