LIBERTAS
Carta Encíclica
del Sumo Pontífice León XIII -Acerca de la libertad humana- 20-6-1888
1. La libertad, bien aventajadísimo de la
naturaleza y propio únicamente de los que gozan de inteligencia o razón, da
al hombre la dignidad de estar en manos de su propio arbitrio y tener la
potestad de sus acciones; pero interesa en gran manera el modo con que se
ha de ejercer semejante dignidad, porque del uso de la libertad se originan,
así como bienes sumos, males también sumos. En manos del hombre está, en
efecto, obedecer a la razón, seguir el bien moral, tender derechamente a su
último fin; pero igualmente puede inclinarse a todo lo demás, y yendo tras
apariencias engañosas de bien, perturbar el orden debido y correr a su
perdición voluntariamente.
Jesucristo,
libertador del linaje humano, restituyendo y aumentando la antigua dignidad de
la naturaleza, ayudó muchísimo a la misma voluntad humana, y añadiéndole de una
parte los auxilios de su gracia, y proponiéndole por otra la felicidad
sempiterna en los cielos, la elevó a cosas mejores.
De semejante modo
la Iglesia, porque oficio suyo es propagar por toda la duración de los siglos
los beneficios que por Jesucristo adquirimos, ha merecido bien y merecerá bien
siempre de don tan excelente de la naturaleza.
A pesar de esto,
se encuentran no pocos que piensan que la Iglesia es obstáculo para la libertad
del hombre; y la causa de que así piensen está en el perverso juicio que se
forman de la libertad. Porque, o la adulteran en su noción misma,/ o con la
opinión que de ella tienen la dilatan más de lo justo, /pretendiendo que
alcanza a gran número de cosas, en las cuales, si se ha de juzgar rectamente,
no puede ser libre el hombre.
3. El juicio de
todos y el sentido común, que es voz certísima de la naturaleza, solamente en
los que son capaces de inteligencia o de razón reconoce esta libertad, y en
ella está la causa de ser tenido el hombre por verdadero autor de cuanto
ejecuta. Y con razón, en efecto, porque cuando los demás animales se dejan
llevar sólo de sus sentidos, y sólo por el impulso de la naturaleza buscan
diligentísimamente lo que les aprovecha, y huyen de sus contrarios, el hombre
tiene por guía a la razón en cada una de las acciones de su vida.
Pero la razón
juzga, que de cuantos bienes hay sobre la tierra, todos y cada uno pueden ser y pueden igualmente no ser, /y
juzgando, por lo mismo, que ninguno de ellos se ha de tomar necesariamente, /da
poder y opción a la voluntad para elegir lo que quiera. Ahora bien; el
hombre puede juzgar de la contingencia, como la llaman, de estos bienes como
decíamos, a causa de tener un alma por naturaleza simple, espiritual, capaz de
pensar, la cual, pues ésta es su naturaleza, /no trae su origen de las cosas
corpóreas ni depende de ellas en su conservación, antes creada por Dios sin
intermedio alguno, /y traspasando a larga distancia la condición común de los
cuerpos, tiene un modo de vivir propio suyo /y un modo no menos propio de
obrar, con lo cual, abarcando con el juicio las razones inmutables y necesarias
de lo bueno y lo verdadero, conoce con evidencia no ser en manera alguna
necesarios aquellos bienes particulares. /
Y así cuando se
establece que el alma del hombre está libre de toda composición perecedera y
goza de la facultad de pensar, juntamente se constituye con toda firmeza en su
propio fundamento la libertad natural.
5. La libertad,
pues, es propia como hemos dicho, de los que participan de inteligencia o
razón, y mirada en sí misma no es otra
cosa sino la facultad de elegir lo conveniente a nuestro propósito, ya que sólo
es señor de sus actos el que tiene facultad de elegir una cosa entre muchas.
Ahora bien; como
todo lo que se adopta con el fin de alcanzar alguna cosa tiene razón del bien
que llamamos útil y este es por naturaleza acomodado para mover propiamente el
apetito, por eso el libre albedrío es propio de la voluntad, o mejor, es la
voluntad misma en cuanto tiene al obrar la facultad de elección. Pero de ningún modo se mueve la voluntad si no va
delante iluminando a manera de antorcha, el conocimiento intelectual; es
decir, que el bien apetecido por la voluntad es el bien precisamente en cuanto
conocido por la razón.
Tanto más, cuanto
en todos los actos de nuestra voluntad siempre antecede a la elección el juicio
acerca de la verdad de los bienes propuestos y de cuál ha de anteponerse a los
otros; y ningún hombre juicioso duda de que el juzgar es propio de la razón y no de la voluntad.
Con todo, puesto
que una y otra facultad distan de ser perfectas, puede suceder, y sucede, en
efecto, muchas veces, que el entendimiento propone a la voluntad lo que en
realidad no es bueno, pero tiene varias apariencias de bien, y a ello se aplica
la voluntad. /Pero, así como el poder errar y el errar de hecho es vicio
que arguye un entendimiento no del todo perfecto, /así el abrazar un bien
engañoso y fingido, por más que sea indicio de libre albedrío, como la
enfermedad es indicio de vida, es, sin embargo, un defecto de la libertad.
Así también la
voluntad, por lo mismo que depende de la razón, siempre que apetece algo /que
de la recta razón se aparta, /inficiona en sus fundamentos viciosamente la
libertad /y usa de ella perversamente. Y esta es la causa porque Dios,
infinitamente perfecto, el cual por ser sumamente inteligente y la bondad por
esencia es sumamente libre, en ninguna manera puede querer el mal de culpa,
como tampoco lo pueden los bienaventurados del cielo, a causa de la
contemplación del bien sumo.
Sabiamente
advertían contra los Pelagianos SAN AGUSTÍN y otros que, si el poder declinar
lo bueno fuese según la naturaleza y perfección de la libertad, entonces Dios,
Jesucristo, los ángeles, los bienaventurados en todos los cuales no se da
semejante poder, /o no serían libres, o lo serían con menor perfección que el
hombre viador e imperfecto./ Acerca de esto tiene el DOCTOR ANGÉLICO largas y
repetidas disertaciones, de donde se puede deducir y concluir que el poder pecar no es libertad, sino
servidumbre.
Sobre las palabras
de Cristo, Señor nuestro, el que comete
el pecado es siervo del pecado, dice sutilísimamente: /cada cosa es aquello
que según su naturaleza le conviene, por donde, cuando se mueve por cosa
extraña, no obra según su propia naturaleza, sino por ajeno impulso, y esto es
servil. Pero el hombre es racional por naturaleza. Cuando, pues, se mueve según
razón, lo hace de propio movimiento y obra como quien es, cosa propia de la
libertad; pero, cuando peca obra fuera
de razón, y entonces se mueve como por impulso de otro, sujeto en confines
ajenos; y por esto "el que hace el pecado es siervo del pecado".
Con claridad bastante /vio esto la filosofía de los antiguos, singularmente los
que enseñaban que sólo era libre el
sabio; y es cosa averiguada que llamaban sabio a aquel cuyo modo de vivir era
según la naturaleza, esto es, honesto y virtuoso.
6. Puesto que la libertad es en el hombre de tal
condición, pedía ser fortificada con defensas y auxilios a propósito para
dirigir al bien todos sus movimientos y apartarlos del mal; de otro modo
hubiera sido gravemente dañoso al hombre el libre albedrío.
Y en primer lugar
fue necesaria la ley, esto
es, una norma de lo que había de hacerse y omitirse, la cual no puede darse
propiamente en los animales, que obran forzados de la necesidad, como que todo
lo hacen por instinto, ni de si mismos pueden obrar de otro modo alguno.
Esta ordenación de la razón es lo que se llama ley, por lo cual la razón de ser necesaria al hombre la
ley ha de buscar primera y radicalmente en el mismo libre albedrío para que
nuestras voluntades no discrepen con la recta razón. /Y no podría decirse ni
pensarse mayor ni más perverso contrasentido que el pretender exceptuar de la
ley al hombre,/ porque es de naturaleza libre; y si así fuera, se seguiría que
es necesario para la libertad el no ajustarse a la razón, cuando, al contrario,
es certísimo que el hombre, precisamente porque es libre, ha de estar sujeto a
la ley,/la cual queda así constituida guía del hombre en el obrar, moviéndole a
obrar bien con el aliciente del premio y alejándole del pecado con el terror
del castigo.
Tal es la ley natural, primera entre todas, la cual
está escrita y grabada en la mente de cada uno de los hombres, por ser la misma
razón humana mandando obrar bien y vedando pecar. Pero esos mandatos de la humana razón no pueden tener
fuerza de ley sino por ser voz e intérprete de otra razón más alta a que deben
estar sometidos nuestro entendimiento y nuestra libertad.
Como que la fuerza
de la ley, que está en imponer obligaciones y adjudicar derechos, se apoya del
todo en la autoridad, esto
es, en la potestad verdadera de establecer deberes, y conceder derechos, y dar
sanción además, con premios y castigos, a lo ordenado; y es claro que nada de
esto habría en el hombre, si se diera a sí mismo norma para las propias
acciones, como su legislador.
Síguese pues, que
la ley natural es la misma ley eterna, ingénita en las criaturas racionales,
inclinándolas a las obras y fin debidos, como razón eterna que es de Dios,
Creador y Gobernador del mundo universo.
7. Y lo dicho de Libertad en cada individuo
fácilmente se aplica a los hombres unidos en sociedad civil; pues lo que en
los primeros hace la razón y ley natural, eso mismo hace en los asociados la
ley humana, promulgada para el bien común de los ciudadanos. De estas leyes
humanas hay algunas cuyo objeto es lo que de su naturaleza es bueno o malo, y
ordenan, con la sanción debida, seguir lo uno y huir de lo otro; pero este
género de decretos no tienen su principio de la sociedad humana, porque ésta,
así como no engendró a la naturaleza humana, tampoco crea el bien que le es
conveniente, ni el mal que se le opone, sino más bien son anteriores a la misma
sociedad, y proceden enteramente de la ley natural, y, por tanto, de la ley
eterna.
Así que los
preceptos de derecho natural, comprendidos en las leyes humanas, no tienen
fuerza tan sólo de éstas, sino principalmente comprenden aquel imperio, mucho
más alto y augusto, que proviene de la misma ley natural y eterna. En
semejantes leyes apenas queda al legislador otro oficio que el de hacerlas
cumplir a los ciudadanos organizando la administración pública de manera que, contenidos
los perversos y viciosos, abracen lo que es justo, apartados del mal por el
temor, o a lo menos, no sirvan de ofensa y daño a la sociedad.
Otras ordenaciones
hay/ de la potestad civil que no dimanan del derecho natural inmediata y
próximamente, sino remotamente y por modo indirecto, y ordenan varias cosas, a
las cuales no ha provisto la naturaleza sino de un modo general y vago.
Por ejemplo, manda
la naturaleza que los ciudadanos ayuden a la tranquilidad y prosperidad del
Estado; pero hasta qué punto, de que modo y en qué cosas, /no es el derecho
natural, sino la sabiduría humana quien lo determina; y en estas reglas
peculiares de la vida, ordenadas prudentemente y propuestas por la legítima
potestad, /es en donde se contiene propiamente la ley humana. La cual manda
a los ciudadanos conspirar al fin que la comunidad se propone, y les prohíbe
apartarse de el, y mientras sigue sumisa y se conforma con las
proscripciones de la naturaleza, se guía para lo bueno y se aparta de lo malo.
8. la libertad, no sólo de los particulares, sino
de la comunidad y sociedad humana, no tiene absolutamente otra norma y regla
que la ley eterna de Dios; y, si ha de tener nombre verdadero de libertad en la
sociedad misma, no ha de consistir en
hacer lo que a cada uno se le antoja, de donde resultaría grandísima confusión
y turbulencias, opresoras al cabo de la sociedad; sino en que, por medio de
las leyes civiles, pueda cada uno fácilmente vivir según los mandamientos de la
ley eterna.
Y la libertad, en los que gobiernan, no está en que
puedan mandar temeraria y antojadizamente, cosa no menos perversa que dañosa en sumo grado a la
sociedad, antes bien, toda la fuerza de las leyes humanas ha de estar/ en que
se las vea dimanar de la eterna, y no sancionar cosa alguna que no se contenga
en esta como en principio universal de todo derecho.
9. También se ha
manifestado siempre la grandísima fuerza de la Iglesia en guardar y defender la
libertad civil v política de los pueblos. Y en esta materia no hay para qué enumerar
los méritos de la Iglesia. Basta recordar, como trabajo y beneficio
principalmente suyo, la abolición de la
esclavitud, vergüenza antigua de todos los pueblos del gentilismo.
La igualdad ante
la ley, la verdadera fraternidad de los hombres las afirmó Jesucristo el
primero, de cuya voz fue eco la de los Apóstoles, que predicaban no haber ya
judío, ni griego, ni escita, sino todos hermanos en Cristo.
10. Es, además,
obligación muy verdadera la de prestar reverencia a la autoridad y obedecer con
sumisión las leyes justas, quedando así los ciudadanos libres de la injusticia
de los inicuos, gracias a la fuerza y vigilancia de la ley. La potestad
legítima viene de Dios y el que resiste a la potestad resiste a la ordenación
de Dios, con lo cual queda muy ennoblecida la obediencia, ya que ésta se
presta a la más justa y elevada autoridad; pero cuando falta el derecho de
mandar, o se manda algo contra la razón, contra le ley eterna, o los
mandamientos divinos, es justo no obedecer a los hombres, se entiende, pero
obedecer a Dios.
Cerrado así el
paso a la tiranía, no lo absorberá todo el Estado, y quedarán salvos los
derechos de los particulares, de la familia, de todos los miembros de la
sociedad, dándose a todos, parte en la libertad verdadera, que está, como hemos
demostrado, en poder cada uno vivir según las leyes y la recta razón.
LOS ERRORES DEL
LIBERALISMO ACERCA DE LA LIBERTAD.
11. Si los que a
cada paso disputan acerca de la libertad /entendieran la honesta y legítima
como acabamos de describirla, /nadie osaría acusar a la Iglesia, de aquello que
como suma injusticia propalan, de ser enemiga de la libertad de los individuos
o de la sociedad; pero hay ya muchos
imitadores de Lucifer, cuyo es aquel nefando grito: no serviré, que con
nombre de libertad defienden una licencia absurda. Tales son los partidarios de ese sistema tan extendido y poderoso que,
tomando nombre de la libertad, quieren ser llamados Liberales.
Grados:
25. …la especie
peor del liberalismo consiste en rechazar por completo la suprema autoridad
de Dios…tanto en la vida pública como en la vida privada.
26. La segunda
clase: aquellos liberales q reconocen la necesidad de someterse a Dios,
pero rechazan las normas de dogma y moral
27. Otros
admiten la existencia de la Iglesia, pero afirman q solo le corresponde función
rectora para quienes voluntariamente se le sujetan.
…..
Errores de
católicos franceses
NOTRE CHARGE
APOSTOLIQUE - San PIO X - Sobre los
errores de "Le Sillon" (Surco) y la democracia
23
de agosto de 1910
Y en realidad de
verdad "Le Sillon" enarbolo entre clases obreras el estandarte de
Jesucristo, el signo de salvación para os individuos y las naciones,
alimentando su actividad social en las fuentes de la gracia, imponiendo respeto
de la Religión a las gentes menos favorables, acostumbrando a los ignorantes y
a los impíos a oir hablar de Dios, y a menudo, en conferencias de controversia,
ante un auditorio hostil, surgiendo, excitado por una pregunta o por un
sarcasmo, para confesar su fe denodada y arrogantemente. Estos eran los buenos
tiempos de "Le Sillon", este su lado bueno, que explica los alientos
y las aprobaciones que ni el Episcopado ni la Santa Sede le regatearon,
mientras este fervor religioso pudo velar el verdadero caracter del movimiento
sillonista.
4. nuestras
esperanzas se han visto en gran parte defraudadas. Llego un día en que "Le
Sillon" descubrio para ojos perspicaces, algunas tendencias alarmantes.
"Le Sillon" se extraviaba. ¿Podria suceder otra cosa? Sus fundadores,
jóvenes, entusiastas y llenos de confianza en sí mismos, no estaban bastante
pertrechados de ciencia histórica, de sana filosofia y de teología solida ni
para afrontar sin peligro los difíciles problemas sociales y que los arrastraba
a su actitud y su corazón, ni para precaverse, en el terreno de la doctrina y
de la obediencia, contra las infiltraciones liberales y protestantes.
9 En efecto,
"Le Sillon" se propone el mejoramiento y regeneración de las clases
obreras. Mas sobre esta materia están ya fijados los principios de la doctrina
católica, y ahí esta la historia de la civilización cristiana para atestiguar
su bienhechora fecundidad. Nuestro Predecesor, de feliz memoria, los recordo en
paginas magistrales, que los católicos aplicados a las cuestiones sociales
deben estudiar y tener siempre presentes. El enseño especialmente que la
democracia cristiana debe "mantener la diversidad de clases, propias
ciertamente de una sociedad bien consituida, y querer para la sociedad humana
aquella forma y condición que Dios, su Autor, le senalo" . Anatematizo una
"cierta democracia cuya perversidad llega al extremo de atribuir a la
sociedad las soberania del pueblo y procurar la supresión y nivelación de las
clases".
(1) León XIII,
Encíclica Graves de Communi, 18-1-1901.
10.Ya sabemos que
se lisonjean (los sillonistas) de levantar la dignidad humana y la condición,
harto menospreciada, de las clases trabajadoras; de procurar que sean justas y
perfectas las leyes del trabajo y las relaciones entre el capital y los
salarios, de reinar, en fin, sobre la tierra una justicia mejor y mayor
caridad; y de promover en la humanidad, con movimientos sociales hondos y
fecundos, un progreso inesperado. Nos, ciertamente, no vituperamos esos
esfuerzos, que serian a todos visos excelentes si los sillonistas no olvidaran
que el progreso de un ser consiste en vigorizar sus facultades naturales con
nuevas fuerzas, y en facilitar el ejercicio de su actividad en los limites y
leyes de su constitución; pero que si, al contrario, se hieren sus organos
esenciales y se violan los limites de su actividad, se le empuja, no hacia el
progreso, sino hacia la muerte. Esto es, sin embargo, lo que ellos quieren hacer
de la sociedad humana; su sueño consiste en cambiar sus cimientos naturales y
tradicionales y en prometer una ciudad futura edificada sobre otros principios
que se atreven a declarar mas fecundos, mas beneficiosos que aquellos sobre los
que descansa la actual sociedad cristiana.
11. No, Venerables
Hermanos - es preciso reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquia
social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no
se edificara la ciudad de modo distinto de como Dios la edifico; no se
edificara la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos;
no, la civilización no esta por inventar
ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y
existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se
trata mas que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos
naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopia
malsana, de la rebeldia y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo (Ep 1,10
(restaurarlo todo en Cristo"))
21. Le Sillon
coloca primordialmente la autoridad publica en el pueblo, del cual deriva inmediatamente
a los gobernantes, de tal manera sin embargo, que continua residiendo en el
pueblo. De esta manera la democracia es la única que inaugurara el reino de la
perfecta justicia! ¿No es esto una injuria hecha a las restantes formas de
gobierno, que quedan rebajadas de esta suerte al rango de gobiernos impotentes
y peores? Pero, además, "Le Sillon" tropieza también en este punto
con la enseñanza de León XIII. Habria podido leer en la encíclica ya citada
sobre el poder politico que, "salvada la justicia, no esta prohibida a los
pueblos la adopción de aquel sistema de gobierno que sea mas apto y conveniente
a su manera de ser o a las instituciones y costumbres de sus mayores" (1)
y la encíclica hace alusión a la triple forma de gobierno de todos conocida.
Supone, pues, que la justicia es compatible con cada una de ellas. Y la
encíclica sobre la condición de los obreros, ¿no afirma claramente la
posibilidad de restaurar la justicia en las organizaciones actuales de la
sociedad, al indicar los medios de esta restauracion? Ahora bien, sin duda
alguna, León XIII hablaba no de una justicia cualquiera, sino de la justicia
perfecta. Al enseñar, pues, que la
justicia es compatible con las tres formas de gobierno conocidas, ensenaba que,
en este aspecto, la democracia no goza de un privilegio especial. Los
sillonistas, que pretenden lo contrario o bien rehusan oir a la Iglesia o bien
se forman de la justicia y de la igualdad un concepto que no es católico.
(1) León XIII,
Encíclica Diuturnud illud, 29-6-1881.
*****
Para quienes crean que, con el
tiempo, la iglesia modificó su posición, recordemos otro documento 90 años
después:
-Octogesima adveniens- Pablo VI,
1971
El cristiano que quiere vivir su fe
en una acción
política, concebida como servicio,
tampoco
puede adherirse sin contradicción
sistemas
ideológicos que se oponen a su fe y
a su concepción
del hombre… (26)
…ni a la
ideología marxista, a su materialismo ateo, a su
dialéctica de violencia …,
ni a la ideología
liberal,
que cree exaltar la libertad individual
substrayéndola
a toda limitación, estimulándola
con la
búsqueda exclusiva del interés y
del poder,
y considerando las solidaridades sociales
como consecuencias más o menos
automáticas
de iniciativas individuales y no ya como un
fin
y un criterio más elevado del valor de la
organización social. (p. 26)
***
Dudas sobre el
capitalismo
Enc. Centesimus annus- Juan Pablo II, 1991
Un siglo después
de la Libertas, 1888
42., ¿se puede
decir quizá que, después del fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea el
capitalismo, y que hacia él estén dirigidos los esfuerzos de los países que
tratan de reconstruir su economía y su sociedad? ¿Es quizá éste el modelo que
es necesario proponer a los países del Tercer Mundo, que buscan la vía del
verdadero progreso económico y civil?
La respuesta
obviamente es compleja.
*Si por
«capitalismo» se entiende un
sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa,
del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para
con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la
economía, la respuesta ciertamente es positiva,
aunque quizá sería
más apropiado hablar de «economía de empresa», «economía de mercado», o
simplemente de «economía libre».
*Pero si por
«capitalismo» se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito
económico, no está encuadrada en un
sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana
integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro
es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa.
La solución
marxista ha fracasado, pero permanecen en el mundo fenómenos de marginación y
explotación, especialmente en el Tercer Mundo, así como fenómenos de alienación
humana, especialmente en los países más avanzados; contra tales fenómenos se
alza con firmeza la voz de la Iglesia.
Ingentes
muchedumbres viven aún en condiciones de gran miseria material y moral. El
fracaso del sistema comunista en tantos países elimina ciertamente un obstáculo
a la hora de afrontar de manera adecuada y realista estos problemas; pero eso
no basta para resolverlos.
Es más, existe el
riesgo de que se difunda una ideología radical de tipo capitalista, que rechaza incluso el tomarlos en consideración,
porque a priori considera condenado al fracaso todo intento de afrontarlos y, de
forma fideísta (al margen de la razón), confía su solución al libre desarrollo
de las fuerzas de mercado.