viernes, 8 de mayo de 2026

FASCISMO

 

NON ABBIAMO BISOGNO

Encíclica de S.S. Pío XI para la Acción Católica de Italia –

29 -6-1931

 

No tenemos necesidad de anunciar los acontecimientos, que en los últimos tiempos se han desarrollado en esta ciudad de Roma

debemos satisfacer las obligaciones que el ministerio apostólico Nos impone para con la verdad y la justicia.

 

Ya muchas veces, Venerables Hermanos, de la manera más explícita y asumiendo toda la responsabilidad de lo que decíamos, hemos significado Nos y hemos protestado contra la campaña de falsas e injustas acusaciones que precedió a la disolución de las Asociaciones Juveniles y Universitarias de la Acción Católica, disolución ejecutada por vías de hecho y con procedimientos que daban la impresión de que se actuaba contra una vasta y peligrosa asociación delincuente.

 

Todo este lamentable conjunto de irreverencias y de violencias tenía que ser con una tal intervención de miembros e insignias del partido, con tal uniformidad de un extremo a otro de Italia y con tal condescendencia de las Autoridades y de las fuerzas de seguridad pública, que necesariamente hacían pensar en disposiciones venidas de arriba. Fácilmente admitimos, como era fácil de prever, que estas disposiciones pudieron y hasta debieron necesariamente ser sobrepasadas. Hemos debido recordar estas cosas antipáticas y penosas, porque se ha intentado hacer creer al público y al mundo que la deplorable disolución de las Asociaciones a Nos tan queridas se había llevado a cabo sin incidentes y casi como una cosa normal.

 

5. Pero la realidad es que se ha atentado muy de otro modo y en las más vastas proporciones contra la verdad y la justicia. Si no todas, ciertamente las principales falsedades y verdaderas calumnias esparcidas por la prensa hostil de partido -la única libre, y con frecuencia mandada o casi obligada, para hablar de todo y atreverse a todo- han sido recogidas en un mensaje, aunque "no oficial" (cautelosa calificación) y suministradas al público por los más poderosos medios de difusión que al presente se conocen.

 

El mensaje en cuestión decía, entre otras cosas, que las revelaciones de la prensa, que era contraria del partido, habían sido confirmadas casi en su totalidad, en sustancia, por lo menos, precisamente por el Observatore Romano. La verdad es que el Observatore Romano ha demostrado, cuando la ocasión lo requería, que las pretendidas revelaciones eran otras tantas invenciones o en todo y por todo, o al menos en la interpretación dada a los hechos. Basta leer sin mala fe y con la más modesta capacidad de comprensión.

 

El mensaje insiste en la "negra ingratitud" de los Sacerdotes que se ponen contra el partido, el cual ha sido -dice- para toda Italia la garantía de la libertad religiosa. El Clero, el Episcopado y esta misma Santa Sede nunca han dejado de apreciar la importancia de todo cuanto en estos años se ha hecho, en beneficio de la religión, y frecuentemente han manifestado vivo y sincero reconocimiento por ello. Si se quiere hablar de ingratitud, la ingratitud ha sido y sigue siendo -para con la Santa Sede- la de un partido y la de un régimen que, a juicio del mundo entero, ha sacado de sus relaciones amistosas con la Santa Sede, en la nación y fuera de ella, un aumento de prestigio y de crédito que a muchos en Italia y en el extranjero les parecían excesivos, como les parecía demasiado grande el favor y demasiado amplia la confianza por parte Nuestra.


El mensaje recuerda la comparación, pregonada ya tantas veces, entre Italia y los demás Estados en los que la Iglesia se halla realmente perseguida, y contra los cuales no se han escuchado palabras como las pronunciadas contra Italia donde (dice) la Religión ha sido restablecida. Ya hemos dicho que guardamos y guardaremos perenne gratitud y memoria por todo cuanto en Italia se ha hecho en beneficio de la Religión, aunque también en beneficio, si no simultáneo al menos no menor, y tal vez mayor, del partido y del régimen.

7. Con indecible dolor vemos cómo en Italia, y aun en esta nuestra Roma, se desencadena una verdadera y real persecución contra lo que la Iglesia y su Jefe consideran como más precioso y más querido en materia de su libertad y de sus derechos, libertad y derechos que son también los de las almas, y más especialmente los de las almas de los jóvenes, particularmente confiados a la Iglesia y a su Cabeza por el Divino Creador y Redentor.

 

Como es notorio, repetida y solemnemente hemos Nos afirmado y declarado que la Acción Católica, tanto por su naturaleza y su esencia (participación y colaboración del estado seglar en el apostolado jerárquico) como por Nuestras precisas y categóricas normas y prescripciones, está fuera y por encima de toda política de partido.

La Acción Católica tenía -dice el mensaje- banderas, insignias, tarjetas de adheridos y todos los demás signos exteriores de un partido político. Como si las banderas, las insignias, las tarjetas de adheridos y otras parecidas formalidades exteriores no fuesen hoy día comunes, en todos los países del mundo, a las más variadas asociaciones y actividades que nada tienen ni quieren tener de común con la política: deportivas y profesionales, civiles y militares, comerciales e industriales, escolares hasta de niños pequeños, religiosas con religiosidad la más piadosa y devota y casi infantil, como la de los Cruzados de la Eucaristía.


8. El mensaje ha comprendido toda la debilidad e inconsistencia del motivo aducido; y como tratando de defender su argumentación, aún añade otros tres nuevos motivos.

El primero es que los jefes de la Acción Católica eran casi todos miembros y hasta jefes del Partido Popular, que ha sido -dice- uno de los más acérrimos enemigos del partido fascista. Esta acusación ha sido lanzada más de una vez contra la Acción Católica Italiana, pero siempre en términos generales y sin precisar nombre alguno.

Ante todo, hemos comprobado que, cuando aún subsistía el Partido Popular -y cuando el nuevo partido no existía en modo alguno-, según disposiciones publicadas en 1919, quien hubiese ocupado cargos directivos en el Partido Popular no podía ocupar al mismo tiempo funciones directivas en la Acción Católica.


También hemos comprobado, Venerables Hermanos, que los casos de ex-dirigentes locales (seglares) del Partido Popular, llegados a ser más tarde directivos locales de Acción Católica, entre los señalados -como más arriba hemos dicho- por la prensa enemiga, se reducen a cuatro, repetimos, cuatro: exiguo número, comparado con las 250 Juntas Diocesanas, 4.000 Secciones de hombres católicos y más de 5.000 Círculos de la Juventud Católica masculina. Y aun debemos añadir que en los cuatro casos notados se trata siempre de individuos que jamás dieron lugar a dificultad alguna y de los que algunos simpatizan francamente con el régimen y con el partido fascista, siendo bien vistos por éstos.

Disuelto y desaparecido el Partido Popular, los que ya pertenecían a la Acción Católica, continuaron perteneciendo a ella, sometiéndose con perfecta disciplina a su ley fundamental, es decir, absteniéndose de toda actividad política; y esto mismo hicieron los que entonces solicitaron afiliarse a aquélla.

Por lo contrario, Nos, la Iglesia, la Religión, los fieles cristianos (y no solamente Nos) no podemos estar agradecidos a quien, después de haber disuelto el socialismo y la masonería, enemigos Nuestros (pero no sólo Nuestros) declarados, les ha abierto una amplia entrada, como todos ven y deploran, haciéndose ellos tanto más fuertes, peligrosos y nocivos cuanto más ocultos, a la vez que más favorecidos por el nuevo uniforme.

 

9. El mensaje denuncia que una parte considerable de los actos y de la organización (en la Acción Católica) eran de naturaleza política, y no tenían nada que ver con la "educación religiosa y la propagación de la fe". Aparte la manera inhábil y confusa con que parece aludirse a los objetivos de la Acción Católica, todos cuantos conocen y viven la vida contemporánea, saben que no existe iniciativa ni actividad -desde las más espirituales y científicas hasta las más materiales y mecánicas- que no necesite organización y actos correspondientes, y que ni éstos ni aquélla se identifican con la finalidad de las diversas iniciativas y actividades, al no ser sino medios con que mejor alcanzar los fines que cada una se propone.


10. Quedan luego los círculos de la juventud católica masculina, esta misma juventud católica que en las publicaciones juveniles del partido y en los discursos y circulares de los llamados "jerarcas" son propuestos y señalados al desprecio y a la mofa (con qué sentido de responsabilidad pedagógica, por no hablar sino tan sólo de ésta, cualquiera lo ve) como una turba de miedosos, sólo buenos para llevar velas y rezar rosarios en las procesiones; puede ser que por tal motivo hayan sido en los últimos tiempos con tanta frecuencia y con valor tan poco noble asaltados y maltratados hasta sangrientamente, abandonados sin defensa por quienes debían y podían protegerlos y defenderlos, aunque sólo fuera por tratarse de quienes, inermes y pacíficos, eran asaltados por gentes violentas y casi siempre armadas.

Precisa cerrar los ojos a esta verdad y ver -mejor dicho, inventar- política allí donde no hay sino religión y moral, para concluir, como lo hace el mensaje, que se había creado la situación absurda de una fuerte organización a las órdenes de un Poder "extranjero", el "Vaticano", cosa que ningún gobierno de este mundo hubiera permitido.

Ante tales hechos y ante tal documentación, o sea, con los ojos y las manos sobre la realidad, Nos hemos dicho siempre, y lo volvemos a repetir, que el acusar a la Acción Católica Italiana de hacer política era y es una verdadera y pura calumnia. Los hechos han demostrado qué se pretendía y se preparaba con ello: pocas veces se habrá cumplido en proporciones tan grandes la fábula del lobo y el cordero; y la historia no lo olvidará.


11. Por lo que toca a Nos, seguros hasta la evidencia de estar y mantenernos en el terreno religioso, jamás hemos creído que pudiéramos ser considerados como un "poder extranjero", y menos aún por católicos y por católicos italianos.

Para afirmar, pues, que ningún gobierno del mundo hubiera dejado subsistir la situación creada en Italia por la Acción Católica, es necesario ignorar u olvidar absolutamente que la Acción Católica subsiste, vive y actúa en todos los Estados del mundo, incluso en China -imitando frecuentemente en sus líneas generales y hasta en sus mínimos detalles a la Acción Católica Italiana, y algunas veces, con formas y peculiaridades de organización más acusadas aún que en Italia. En ningún país del mundo ha sido considerada jamás la Acción Católica como un peligro para el Estado; en ningún país del mundo la Acción Católica ha sido tan odiosamente perseguida (no encontramos otra palabra que responda mejor a la realidad y a la verdad de los hechos) como en esta Nuestra Italia y en esta Nuestra misma Sede episcopal de Roma; y ésta sí que es verdaderamente una situación absurda, no creada por Nos pero sí contra Nos.

12. Y ahora una primera reflexión y conclusión: todo esto no es sino un pretexto o una acumulación de pretextos; más aún, Nos atrevemos a decir que la misma Acción Católica es un pretexto; lo que se pretendía y lo que se intentó hacer fue el arrancar a la Acción Católica, y por medio de ella a la Iglesia, la juventud, toda la juventud.

 

13. Henos, pues, aquí en presencia de todo un conjunto de auténticas afirmaciones y de hechos no menos auténticos, que ponen fuera de toda duda el proyecto -ya en tan gran parte realizado- de monopolizar por completo la juventud, desde la más primera niñez hasta la edad adulta, en favor absoluto y exclusivo de un partido, de un régimen, sobre la base de una ideología que declaradamente se resuelve en una verdadera y propia estatolatría pagana, en contradicción no menos con los derechos naturales de la familia que con los derechos sobrenaturales de la Iglesia.


14. La Iglesia de Jesucristo jamás ha discutido al Estado sus derechos y sus deberes (los de éste) sobre la educación de los ciudadanos y Nos mismo los hemos recordado y proclamado en Nuestra reciente Encíclica sobre la educación cristiana de la juventud; derechos y deberes incontestables, mientras se mantengan dentro de los límites de la competencia peculiar del Estado, competencia que a su vez se halla claramente delimitada por los fines propios del mismo Estado - fines, que ciertamente no son tan sólo corpóreos y materiales pero que por sí mismos se hallan necesariamente contenidos dentro de los límites de lo natural, de lo terreno, de lo temporal. El divino mandato universal, que la Iglesia ha recibido del mismo Jesucristo incomunicable e insustituiblemente, se extiende -en cambio- a lo eterno, a lo celestial, a lo sobrenatural, orden éste de cosas que por una parte es obligatorio estrictamente a toda criatura racional y al que por otra parte todo lo demás debe subordinarse y coordinarse.

 

Decíamos que los últimos acontecimientos han acabado por demostrar, sin duda alguna, todo cuanto en pocos años se ha podido no ya salvar sino perder y destruir, en materia de verdadera religiosidad y de educación, no decimos ya cristiana, sino sencillamente moral y cívica.

Una concepción del Estado que obligue a que le pertenezcan las generaciones juveniles enteramente y sin excepción, desde su primera edad hasta la edad adulta, es inconciliable para un católico con la doctrina católica; y no es menos inconciliable con el derecho natural de la familia. Para un católico es inconciliable con la doctrina católica el pretender que la Iglesia, el Papa, deban limitarse a las prácticas exteriores de la religión (misa y sacramentos), y que todo lo restante de la educación pertenezca al Estado.

Las doctrinas y máximas erróneas y falsas, que acabamos de señalar y de lamentar, ya se Nos presentaron muchas veces durante los últimos años; y, como es sabido, Nos no hemos faltado jamás, con la ayuda de Dios, a Nuestro deber apostólico de examinarlas y contraponerlas con justos llamamientos a las verdaderas doctrinas católicas y a los inviolables derechos de la Iglesia de Jesucristo y de las almas redimidas con su sangre divina.

 

Pero no obstante, los juicios, las previsiones y sugestiones que de diversas partes, aun muy dignas de toda consideración, llegaban hasta Nos, siempre Nos abstuvimos de llegar a condenaciones formales y explícitas: aun más, llegamos a creer hasta posibles, y favorecer aun por parte Nuestra, compatibilidades y cooperaciones que para otros resultaban inadmisibles. Hemos obrado así porque siempre pensábamos y más bien deseábamos que siempre quedase siquiera la posibilidad de la duda de que se trataba de afirmaciones y actitudes exageradas, esporádicas, de elementos sin la debida representación -en resumen, de afirmaciones y actitudes imputables en su parte censurable más bien a las personas y a las circunstancias que a una sistematización verdadera y propiamente programática.

 

16. Los últimos acontecimientos, y las afirmaciones que los han precedido, acompañado y comentado, Nos quitan la tan deseada posibilidad: y tenemos ya que decir y decimos que no se es católico sino por el bautismo y el nombre -en contradicción a las exigencias del nombre y a las promesas mismas del bautismo- cuando se adopta y se desarrolla un programa que hace suyas las doctrinas y las máximas tan contrarias a los derechos de la Iglesia de Jesucristo y de las almas, que desconoce, combate y persigue a la Acción Católica, esto es, a cuanto notoriamente tienen por más caro y más precioso tanto la Iglesia como su Jefe. Y ahora nos preguntáis ya vosotros, Venerables Hermanos, qué se debe pensar y juzgar, a la luz de cuanto precede, de una fórmula de juramento que aun a niños y niñas les impone el cumplir sin discusión algunas órdenes que -lo hemos visto y lo hemos vivido- pueden mandar, contra toda verdad y justicia, la violación de los derechos de la Iglesia y de las almas, ya por sí mismos sagrados e inviolables, así como el servir con todas sus fuerzas, hasta con su sangre, a la causa de una revolución que a la Iglesia y a Jesucristo les arranca las almas de la juventud, que educa las fuerzas jóvenes en el odio, en la violencia, en la irreverencia, sin excluir a la misma persona del Papa, como tan cumplidamente lo han demostrado los últimos acontecimientos.

Cuando ya la pregunta ha de plantearse en tales términos, la respuesta, desde el punto de vista católico y aun meramente humano, es inevitablemente única, y Nos, Venerables Hermanos, no hacemos sino confirmar la respuesta que ya os habéis dado: Tal juramento, tal como está formulado, no es lícito.

(Juro seguir sin discusión las órdenes del Duce y defender con todas mis fuerzas y, si es necesario, con mi sangre la causa de la revolución fascista.)

 

Conociendo las múltiples dificultades de la hora presente y sabiendo que la inscripción en el partido y el juramento son para muchísimos, condición indispensable para su carrera, para su pan y para su vida, Nos hemos buscado un medio que devuelva la paz a las conciencias, reduciendo al mínimum posible las dificultades exteriores. Nos parece que ese medio, para los que están ya inscritos en el partido, podría ser el hacer personalmente ante Dios y ante su propia conciencia esta reserva: "a salvo las leyes de Dios y de la Iglesia", o también: "a salvo los deberes de buen cristiano", con el firme propósito de declarar aun exteriormente esta reserva cuando llegara a ser necesario.

 

17. Y por ello, añadimos que con todo cuanto hemos venido diciendo hasta aquí, Nos no hemos querido condenar ni el partido ni el régimen como tal.

Hemos querido señalar y condenar todo lo que en el programa y acción de ellos hemos visto y comprobado que era contrario a la doctrina y a la práctica católica y, por lo tanto, inconciliable con el nombre y con la profesión de católicos. Y con esto Nos hemos cumplido un deber preciso del Ministerio Apostólico para con todos aquellos hijos Nuestros que pertenecen al partido, a fin de que puedan salvar su propia conciencia de católicos.


Ni se diga que Italia es católica, pero anticlerical, aunque lo entendamos tan sólo en una medida digna de particular atención. Vosotros, Venerables Hermanos, que vivís en las grandes y pequeñas diócesis de Italia, en contacto continuo con las buenas gentes de todo el País, sabéis y veis todos los días hasta qué punto son, si no se las excita ni se las extravía, ajenas a todo anticlericalismo. Todo el que conoce un poco íntimamente la historia de la Nación sabe que el anticlericalismo ha tenido en Italia la importancia y la fuerza que le confirieron la masonería y el liberalismo que lo engendraron. En nuestros días, por lo demás, el entusiasmo unánime que unió y transportó de alegría a todo el país hasta un extremo jamás conocido en los días del Tratado de Letrán, no hubiera dejado al anticlericalismo medios de levantar la cabeza, si ya al día siguiente de estos Convenios no se le hubiera evocado y alentado. Además, durante los últimos acontecimientos, disposiciones y órdenes le han hecho entrar en acción y le han hecho cesar, como todos han podido ver y comprobar. Y, sin duda alguna, hubiera pasado y bastaría siempre para tenerlo a raya la centésima o la milésima parte de las medidas prolongadamente infligidas a la Acción Católica y coronadas recientemente de la manera que todo el mundo sabe.

 

 

 

NAZISMO

 

MIT BRENNENDER SORGE –

Carta encíclica de S.S. Pío XI

- sobre la situación de la Iglesia en el Reich Germánico-

14 -3-1937

 

Con viva preocupación y con asombro creciente venimos observando, hace ya largo tiempo, la vía dolorosa de la Iglesia y la opresión progresivamente agudizada contra los fieles, de uno u otro sexo, que le han permanecido devotos en el espíritu y en el actuar; y todo esto en medio de aquella nación y de aquel pueblo, al que San Bonifacio llevó un día el luminoso mensaje, la buena nueva de Cristo y del Reino de Dios.

 

2. Cuando, en el verano de 1933, a instancia del Gobierno del Reich, aceptamos el reanudar las gestiones para un Concordato, tomando por base un proyecto elaborado ya varios años antes, y llegamos así a un acuerdo solemne que satisfizo a todos vosotros, tuvimos por móvil la obligada solicitud de tutelar la libertad de la misión salvadora de la Iglesia en Alemania y de asegurar la salvación de las almas a ella confiadas, y al mismo tiempo el sincero deseo de prestar un servicio capital al pacífico desenvolvimiento y al bienestar del pueblo alemán.

 

A pesar de muchas y graves consideraciones, determinamos entonces, no sin una propia violencia, a no negar Nuestro consentimiento. Queríamos ahorrar a Nuestros fieles, a Nuestros hijos y a Nuestras hijas de Alemania, en la medida humanamente posible, las situaciones violentas y las tribulaciones que, en caso contrario, se podían prever con toda seguridad según las circunstancias de los tiempos. Y con hechos queríamos demostrar a todos que, buscando únicamente a Cristo y cuanto a Cristo pertenece, no rehusábamos tender a nadie, si él mismo no la rechazaba, la mano pacífica de la Madre Iglesia.

 

3. Si el árbol de la paz, por Nos plantado en tierra alemana con pura intención, no ha producido los frutos por Nos anhelados en interés de vuestro pueblo, no habrá nadie en el mundo entero, con ojos para ver y oídos para oír, que pueda decir, todavía hoy, que la culpa es de la Iglesia y de su Cabeza Suprema. La experiencia de los años transcurridos hace patentes las responsabilidades, y descubre las maquinaciones que, ya desde el principio, no se propusieron otro fin que una lucha hasta el aniquilamiento.

 

10. Quien, con una confusión panteísta, identifica a Dios con el universo, materializando a Dios en el mundo o deificando al mundo en Dios, no pertenece a los verdaderos creyentes.

11. Ni tampoco lo es quien, siguiendo una pretendida concepción precristiana del antiguo germanismo, pone en lugar del Dios personal el hado sombrío e impersonal, negando la sabiduría divina y su providencia, la cual con fuerza y dulzura domina de un confín al otro del mundo (5) y todo lo dirige a buen fin: ese hombre no puede pretender que sea contado entre los verdaderos creyentes.

 

12. Si la raza o el pueblo, si el Estado o una forma determinada del mismo, si los representantes del poder estatal u otros elementos fundamentales de la sociedad humana tienen en el orden natural un puesto esencial y digno de respeto: con todo, quien los arranca de esta escala de valores terrenales elevándolos a suprema norma de todo, aun de los valores religiosos, y, divinizándolos con culto idolátrico, pervierte y falsifica el orden creado e impuesto por Dios, está lejos de la verdadera fe y de una concepción de la vida conforme a ella.

 

19. En Jesucristo, Hijo de Dios encarnado, apareció la plenitud de la revelación divina: En diferentes ocasiones y de muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por medio de los profetas. En la plenitud de los tiempos nos ha hablado a nosotros por medio de su Hijo (12). Los libros santos del Antiguo Testamento son todos palabra de Dios, parte sustancial de su revelación.

Sólo la ceguera y el orgullo pueden hacer cerrar los ojos ante los tesoros de saludables enseñanzas encerradas en el Antiguo Testamento. Por eso, el que pretende desterrar de la Iglesia y de la escuela la historia bíblica y las sabias enseñanzas del Antiguo Testamento, blasfema la palabra de Dios, blasfema el plan de la salvación dispuesto por el Omnipotente y erige en juez de los planes divinos un angosto y mezquino pensar humano. Ese tal niega la fe en Jesucristo, nacido en la realidad de su carne, el cual tomó la naturaleza humana de un pueblo, que más tarde había de crucificarle.

 

20. La revelación, que culminó en el Evangelio de Jesucristo, es definitiva y obligatoria para siempre, no admite complementos de origen humano y, mucho menos, sucesiones o sustituciones por revelaciones arbitrarias, que algunos corifeos modernos querrían hacer derivar del llamado mito de la sangre y de la raza.

 

31. La cruz de Cristo, por más que su solo nombre haya llegado a ser para muchos locura y escándalo (26), sigue siendo para el cristiano la señal sacrosanta de la redención, la bandera de la grandeza y de la fuerza moral. A su sombra vivimos, besándola morimos; sobre nuestro sepulcro estará como pregonera de nuestra fe, testigo de nuestra esperanza, aspiración hacia la vida eterna.

34. Sobre la fe en Dios, genuina y pura, se funda la moralidad del género humano. Todos los intentos de separar la doctrina del orden moral de la base granítica de la fe, para reconstruirla sobre la arena movediza de normas humanas, conducen, pronto o tarde, a los individuos y a las naciones a la decadencia moral. El necio que dice en su corazón: No hay Dios, se encamina a la corrupción moral (28). Y estos necios, que presumen separar la moral de la religión, constituyen hoy legión. No se percatan, o no quieren percatarse, de que, el desterrar de las escuelas y de la educación la enseñanza confesional, o sea, la noción clara y precisa del cristianismo, impidiéndola contribuir a la formación de la sociedad y de la vida pública, es caminar al empobrecimiento y decadencia moral.

Solidarizar la doctrina moral con opiniones humanas, subjetivas y mudables en el tiempo, en lugar de cimentarla en la santa voluntad de Dios eterno y en sus mandamientos, equivale a abrir de par en par las puertas a las fuerzas disolventes. Por lo tanto, fomentar el abandono de las normas eternas de una doctrina moral objetiva, para la formación de las conciencias y para el ennoblecimiento de la vida en todos sus planos y ordenamientos, es un atentado criminal contra el porvenir del pueblo, cuyos tristes frutos serán muy amargos para las generaciones futuras.

 

35. Se fíja aquí Nuestro pensamiento en lo que se suele llamar derecho natural, impreso por el dedo mismo del Creador en las tablas del corazón humano (29), y que la sana razón humana no obscurecida por pecados y pasiones es capaz de descubrir. A la luz de las normas de este derecho natural puede ser valorado todo derecho positivo, cualquiera que sea el legislador, en su contenido ético y, consiguientemente, en la legitimidad del mandato y en la obligación que importa de cumplirlo. Las leyes humanas, que están en oposición insoluble con el derecho natural, adolecen de un vicio original, que no puede subsanarse ni con las opresiones ni con el aparato de fuerza externa. Según este criterio, se ha de juzgar el príncipe: "Derecho es lo que es útil a la nación".

Cierto que a este principio se le puede dar un sentido justo, si se entiende que lo moralmente ilícito no puede ser jamás verdaderamente ventajoso al pueblo. Hasta el antiguo paganismo reconoció que, para ser justa, esta frase debía ser traspuesta y decir: Nada hay que sea ventajoso si no es al mismo tiempo moralmente bueno; y no por ser ventajoso es moralmente bueno, sino que por ser moralmente bueno es también ventajoso (30). Este principio, descuajado de la ley ética, equivaldría, por lo que respecta a la vida internacional, a un eterno estado de guerra entre las naciones; además, en la vida nacional, pasa por alto, al confundir el interés y el derecho, el hecho fundamental de que el hombre como persona tiene derechos recibidos de Dios, que han de ser defendidos contra cualquier atentado de la comunidad que pretendiese negarlos, abolirlos o impedir su ejercicio.

Despreciando esta verdad se pierde de vista que, en último término, el verdadero bien común se determina y se conoce mediante la naturaleza del hombre con su armónico equilibrio entre derecho personal y vínculo social, como también por el fin de la sociedad, determinado por la misma naturaleza humana. El Creador quiere la sociedad como medio para el pleno desenvolvimiento de las facultades individuales y sociales: y así, de ella tiene que valerse el hombre, ora dando, ora recibiendo, para el bien propio y el de los demás. Hasta aquellos valores más universales y más altos que solamente pueden ser realizados por la sociedad, no por el individuo, tienen, por voluntad del Creador, como fin último el hombre, así como su desarrollo y perfección natural y sobrenatural. El que se aparte de este orden conmueve los pilares en que se asienta la sociedad y pone en peligro la tranquilidad, la seguridad y la existencia de la misma.

 

37. Los padres, conscientes y conocedores de su misión educadora, tienen, antes que nadie, derecho esencial a la educación de los hijos, que Dios les ha dado, según el espíritu de la verdadera fe y en consecuencia con sus principios y sus prescripciones. Las leyes y demás disposiciones semejantes que no tengan en cuenta la voluntad de los padres en la cuestión escolar, o la hagan ineficaz con amenazas o con la violencia, están en contradicción con el derecho natural y son íntima y esencialmente inmorales.

42. Si el Estado organiza a la juventud en asociación nacional obligatoria para todos, en ese caso, dejando a salvo siempre los derechos de las asociaciones religiosas, los jóvenes tienen el derecho obvio e inalienable, y con ellos sus padres, responsables de ellos ante Dios, de exigir que esta asociación esté libre de toda tendencia hostil a la fe cristiana y a la Iglesia, tendencia que hasta un pasado muy reciente, y aun hasta el presente, angustia a los padres creyentes con un insoluble conflicto de conciencia, por cuanto no pueden dar al Estado lo que se les pide en nombre del Estado, sin quitar a Dios lo que a Dios pertenece.

43. Nadie piensa en poner tropiezos a la juventud alemana en el camino que debiera conducirla a la realización de una verdadera unidad nacional y a fomentar un noble amor por la libertad y una inquebrantable devoción a la patria. No es lícito a quien canta el himno de la fidelidad a la patria terrenal convertirse en tránsfuga y traidor con la infidelidad a su Dios, a su Iglesia y a su patria eterna.

 

 Dirigimos una palabra de particular gratitud y de exhortación a los sacerdotes de Alemania, a los cuales, con sumisión a sus Obispos, corresponde mostrar a la grey de Cristo los rectos senderos, en tiempos difíciles y en circunstancias duras, con la solicitud diaria, con la paciencia apostólica.

A todos aquellos, que han conservado para con sus Obispos la fidelidad prometida en la ordenación, a aquellos que, en el cumplimiento de su oficio pastoral, han tenido y tienen que soportar dolores y persecuciones -algunos hasta ser encarcelados o mandados a campos de concentración-, a todos éstos llegue la expresión de la gratitud y el encomio del Padre de la Cristiandad.

 

Fieles seglares

36. Se ofrecen a Nuestra vista en inmenso desfile Nuestros amados hijos e hijas, a quienes los sufrimientos de la Iglesia en Alemania y los suyos nada han quitado de su entrega a la causa de Dios, nada de su tierno afecto hacia el Padre de la Cristiandad, nada de su obediencia a los Obispos y sacerdotes, nada de su alegre prontitud en permanecer en lo sucesivo, pase lo que pase, fieles a lo que han creído y a lo que han recibido como preciosa herencia de sus antepasados. Con Corazón conmovido les enviamos Nuestro paternal saludo.

 

48. Va también un saludo particularmente cordial a los padres católicos. Sus derechos y sus deberes en la educación de los hijos, que Dios les ha dado, están en el punto agudo de una lucha tal que no se puede imaginar otra mayor. La Iglesia de Cristo no puede comenzar a gemir y a lamentarse solamente cuando se destruyen los altares y manos sacrílegas incendian los santuarios. Cuando se intenta profanar, con una educación anticristiana, el tabernáculo del alma del niño, santificada por el bautismo, cuando se arranca de este templo vivo de Dios la antorcha de la fe y en su lugar se coloca la falsa luz de un sustitutivo de la fe, que no tiene nada que ver con la fe de la cruz, entonces ya está cerca la profanación espiritual del templo, y es deber de todo creyente separar claramente su responsabilidad de la parte contraria y su conciencia de toda pecaminosa colaboración en tan nefasta destrucción.

 

50. Hemos pesado cada palabra de esta Encíclica en la balanza de la verdad y, al mismo tiempo, del amor. No queríamos ser culpables, con un silencio inoportuno, por no haber aclarado la situación; ni de haber endurecido, con un rigor excesivo, el corazón de aquellos que, estando confiados a Nuestra responsabilidad pastoral, no Nos son menos amados porque caminen ahora por las vías del error y porque se hayan alejado de la Iglesia.

 

TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN

 

LIBERTATIS NUNTIUS

- Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe - Sobre algunos aspectos de la "Teología de la liberación" - 6-8-1984

 

El Evangelio de Jesucristo es un mensaje de libertad y una fuerza de liberación.

En los últimos años esta verdad esencial ha sido objeto de reflexión por parte de los teólogos, con una nueva atención rica de promesas.

La liberación es ante todo y principalmente liberación de la esclavitud radical del pecado. Su fin y su término es la libertad de los hijos de Dios, don de la gracia. Lógicamente reclama la liberación de múltiples esclavitudes de orden cultural, económico, social y político, que, en definitiva, derivan del pecado, y constituyen tantos obstáculos que impiden a los  hombres vivir según su dignidad.

Discernir claramente lo que es fundamental y lo que pertenece a las consecuencias es una condición indispensable para una reflexión teológica sobre la liberación.

En efecto, ante la urgencia de los problemas, algunos se sienten tentados a poner el acento de modo unilateral sobre la liberación de las esclavitudes de orden terrenal y temporal, de tal manera que parecen hacer pasar a un segundo plano la liberación del pecado, y por ello no se le atribuye prácticamente la importancia primaria que le es propia.

La presentación que proponen de los problemas resulta así confusa y ambigua. Además, con la intención de adquirir un conocimiento más exacto de las causas de las esclavitudes que quieren suprimir, se sirven, sin suficiente precaución crítica, de instrumentos de pensamiento que es difícil, e incluso imposible purificar, de una inspiración ideológica incompatible con la fe cristiana y con las exigencias éticas que de ella derivan.

La presente Instrucción tiene un fin preciso y limitado: atraer la atención de los pastores, de los teólogos y de todos los fieles, sobre las desviaciones y los riesgos de desviación, ruinosos para la fe y para la vida cristiana, que implican ciertas formas de teología de la liberación que recurren, de modo insuficientemente crítico, a conceptos tomados de diversas corrientes del pensamiento marxista.

Esta llamada de atención de ninguna manera debe interpretarse como una desautorización de todos aquellos que quieren responder generosamente y con auténtico espíritu evangélico a «la opción preferencial por los pobres».

 

 De ninguna manera podrá servir de pretexto para quienes se atrincheran en una actitud de neutralidad y de indiferencia ante los trágicos y urgentes problemas de la miseria y de la injusticia. Al contrario, obedece a la certeza de que las graves desviaciones ideológicas que señala conducen inevitablemente a traicionar la causa de los pobres.

Hoy más que nunca, es necesario que la fe de numerosos cristianos sea iluminada y que éstos estén resueltos a vivir la vida cristiana integralmente, comprometiéndose en la lucha por la justicia, la libertad y la dignidad humana, por amor a sus hermanos desheredados, oprimidos o perseguidos.

Más que nunca, la Iglesia se propone condenar los abusos, las injusticias y los ataques a la libertad, donde se registren/ y de donde provengan, y luchar, con sus propios medios, /por la defensa y promoción de los derechos del hombre, especialmente en la persona de los pobres.

 

Ya no se ignora, aun en los sectores todavía analfabetos de la población, que, gracias al prodigioso desarrollo de las ciencias y de las técnicas, la humanidad, en constante crecimiento demográfico, sería capaz de asegurar a cada ser humano el mínimo de los bienes requeridos por su dignidad de persona humana.

El escándalo de irritantes desigualdades entre ricos y pobres ya no se tolera, sea que se trate de desigualdades entre países ricos y países pobres o entre estratos sociales en el interior de un mismo territorio nacional. Por una parte, se ha alcanzado una abundancia, jamás conocida hasta ahora, que favorece el despilfarro; por otra, se vive todavía en un estado de indigencia marcado por la privación de los bienes de estricta necesidad, de suerte que no es posible contar el número de las víctimas de la mala alimentación.

 

 De este modo con frecuencia la aspiración a la justicia se encuentra acaparada por ideologías que ocultan o pervierten el sentido de la misma, proponiendo a la lucha de los pueblos para su liberación fines opuestos a la verdadera finalidad de la vida humana, y predicando caminos de acción que implican el recurso sistemático a la violencia, contrarios a una ética respetuosa de las personas.

 

Tomada en sí misma, la aspiración a la liberación no puede dejar de encontrar un eco amplio y fraternal en el corazón y en el espíritu de los cristianos.

Así, en consonancia con esta aspiración, ha nacido el movimiento teológico y pastoral conocido con el nombre de «teología de la liberación», religiosa y cultural del cristianismo, y luego en otras regiones del Tercer Mundo como también en ciertos ambientes de los países industrializados.

 

Sin duda, para señalar el carácter radical de la liberación traída por Cristo, ofrecida a todos los hombres, ya sean políticamente libres o esclavos, el Nuevo Testamento no exige en primer lugar, como presupuesto para la entrada en esta libertad, un cambio de condición política y social.

Sin embargo, la Carta a Filemón muestra que la nueva libertad, traída por la gracia de Cristo, debe tener necesariamente repercusiones en el plano social.

 

Consecuentemente no se puede restringir el campo del pecado, cuyo primer efecto es introducir el desorden en la relación entre el hombre y Dios, a lo que se denomina «pecado social». En realidad, sólo una justa doctrina del pecado permite insistir sobre la gravedad de sus efectos sociales.

 No se puede tampoco localizar el mal principal y únicamente en las «estructuras» económicas, sociales o políticas malas, como si todos los otros males se derivasen, como de su causa, de estas estructuras, de suerte que la creación de un «hombre nuevo» dependiera de la instauración de estructuras económicas y sociopolíticas diferentes.

Ciertamente hay estructuras inicuas y generadoras de iniquidades, que es preciso tener la valentía de cambiar. Frutos de la acción del hombre, las estructuras, buenas o malas, son consecuencias antes de ser causas. La raíz del mal reside pues, en las personas libres y responsables, que deben ser convertidas por la gracia de Jesucristo, para vivir y actuar como criaturas nuevas, en el amor al prójimo, la búsqueda eficaz de la justicia, del dominio de sí y del ejercicio de las virtudes.

 

Cuando se pone como primer imperativo la revolución radical de las relaciones sociales y se cuestiona, a partir de aquí, la búsqueda de la perfección personal, se entra en el camino de la negación del sentido de la persona y de su trascendencia, y se arruina la ética y su fundamento que es el carácter absoluto de la distinción entre el bien y el mal.

Por otra parte, siendo la caridad el principio de la auténtica perfección, esta última no puede concebirse sin apertura a los otros y sin espíritu de servicio.

Juan Pablo II, en el discurso de Puebla, ha recordado cuáles son los tres pilares sobre los que debe apoyarse toda teología de la liberación auténtica:

 la verdad sobre Jesucristo, /la verdad sobre la Iglesia,/ la verdad sobre el hombre.

 

El celo y la compasión que deben estar presentes en el corazón de todos los pastores corren el riesgo de ser desviados y proyectados hacia empresas tan ruinosas para el hombre y su dignidad como la miseria

 que se combate, si no se presta suficiente atención a ciertas tentaciones.

El angustioso sentimiento de la urgencia de los problemas no debe hacer perder de vista lo esencial, ni hacer olvidar la respuesta de Jesús  al Tentador (Mt 4, 4): «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Dt 8, 3).

Así, ante la urgencia de compartir el pan, algunos se ven tentados a poner entre paréntesis y a dejar para el mañana la evangelización: en primer lugar, el pan, la Palabra para más tarde.

Es un error mortal el separar ambas cosas hasta oponerlas entre sí.

 Desde un punto de vista descriptivo, conviene hablar de las teologías de la liberación, ya que la expresión encubre posiciones teológicas, o a veces también ideológicas, no solamente diferentes, sino también a menudo incompatibles entre sí.

El presente documento sólo tratará de las producciones de la corriente del pensamiento que, bajo el nombre de «teología de la liberación»  proponen una interpretación innovadora del contenido de la fe y de la existencia cristiana que se aparta gravemente de la fe de la Iglesia, aún más, que constituye la negación práctica de la misma.

 

 Préstamos no criticados de la ideología marxista y el recurso a las tesis de una hermenéutica bíblica dominada por el racionalismo son la raíz  de la nueva interpretación, que viene a corromper lo que tenía de auténtico el generoso compromiso inicial en favor de los pobres.

 

La impaciencia y una voluntad de eficacia han conducido a ciertos cristianos, desconfiando de todo otro método, a refugiarse en lo que ellos llaman «el análisis marxista».

En el caso del marxismo, tal como se intenta utilizar, la crítica previa se impone tanto más cuanto que el pensamiento de Marx constituye una concepción totalizante del mundo en la cual numerosos datos de observación y de análisis descriptivo son integrados en una estructura filosófico-ideológica, que impone la significación y la importancia relativa que se les reconoce.

 

Recordemos que el ateísmo y la negación de la persona humana, de su libertad y de sus derechos, están en el centro de la concepción marxista.

En la lógica del pensamiento marxista, «el análisis» no es separable de la praxis y de la concepción de la historia a la cual está unida esta praxis.

El análisis es así un instrumento de crítica, y la crítica no es más que un momento de combate revolucionario. Este combate es el de la clase del Proletariado investido de su misión histórica.

 

La doctrina social de la Iglesia es rechazada con desdén. Se dice que procede de la ilusión de un posible compromiso, propio de las clases medias que no tienen destino histórico.