el mes de la Reina del Rosario
Ermes Dovico
Brújula cotidiana,
01_10_2026
Octubre es el mes
de la Virgen del Rosario por excelencia, el mes en el que —más que en cualquier
otro— estamos especialmente llamados a cultivar esta devoción mariana, a tomar
el rosario y a meditar sobre los misterios de nuestra salvación. Pero, ¿por qué
octubre? Las razones son fundamentalmente dos, y están relacionadas entre sí.
El mérito de haber elegido y consagrado este mes a Nuestra Señora del Rosario le
corresponde a León XIII (1810-1903). En el fondo de su elección se encuentra la
festividad homónima instituida por san Pío V en el siglo XVI y celebrada por la
Iglesia el 7 de octubre (o, durante un cierto período, el primer domingo del
mes), dedicada originalmente a “Santa María de la Victoria”, en agradecimiento
por la intercesión de la Madre de Dios en la batalla de Lepanto (7 de octubre
de 1571), cuando la flota cristiana de la Liga Santa derrotó a la flota del
Imperio Otomano, frenando así el avance de los musulmanes hacia Europa.
Pero volvamos al
Papa León XIII, el sucesor de Pedro al que con razón se le ha denominado “el
Papa del Rosario”, ya que dedicó varias encíclicas y otros documentos
magisteriales a la promoción de esta oración tan poderosa como medio de
salvación eterna y remedio contra los males que afligen a la Iglesia y al mundo
entero. La encíclica con la que el Papa Pecci estableció por primera vez que
todo el mes de octubre se dedicara a Nuestra Señora del Rosario es la Supremi
Apostolatus, publicada el 1 de septiembre de 1883. Habían pasado 13 años
desde la Brecha de Porta Pia, pero ciertamente no había pasado la larga época
anticlerical que había conducido a aquel acontecimiento.
En aquel tiempo la
Esposa de Cristo veía sus derechos amenazados y, como escribió León, estaba
“atormentada por graves calamidades”. De ahí la necesidad de animar a los
obispos y, a través de ellos, a todos los fieles a pedir con mayor fuerza la
ayuda de la Virgen. El Papa explicaba: “Ha sido en todo tiempo una costumbre
muy loable e inviolable del pueblo católico recurrir a María en los
acontecimientos inquietantes y dudosos, y refugiarse en su bondad maternal.
Esto demuestra la esperanza firmísima, es más, la plena confianza, que la
Iglesia católica siempre ha depositado con todo derecho en la Madre de Dios. De
hecho, la Virgen Inmaculada, elegida para ser Madre de Dios y, por ello mismo,
convertida en corredentora del género humano, goza ante su Hijo de un poder y
una gracia tan grandes que ninguna criatura, ni humana ni angélica, ha podido
jamás ni podrá alcanzar jamás una mayor”.
En cuanto a los
motivos que le habían llevado a escribir la encíclica, León XIII citaba los
peligros a los que estaban cada vez más expuestas “la piedad cristiana, la
moral pública y la propia fe”. Y añadía entonces su mayor preocupación: “El
hecho más doloroso y triste de todos es que tantas almas, redimidas por la
sangre de Jesucristo, como si estuvieran arrastradas por el torbellino de esta
época aberrante, se precipitan hacia una conducta cada vez peor y caen en la
ruina eterna”. A raíz de esta situación desastrosa, el Papa exhortaba a los
fieles a rezar constantemente el rosario y, además, establecía: “Que todo el
mes de octubre del presente año [1883] sea dedicado y consagrado a la Reina
celestial del Rosario”. Ya desde la Supremi Apostolatus, León XIII enriquecía
la práctica de esta devoción vinculándola a diversas indulgencias, que luego se
confirmaron en las encíclicas sucesivas.
Asimismo, ya en
una de las encíclicas del año siguiente, Superiore Anno (30 de agosto de
1884), el Papa Pecci confirmó la consagración de todo el mes de octubre a
Nuestra Señora del Rosario, constatando con alegría el fervor con el que los
fieles habían respondido a sus exhortaciones contenidas en la Supremi
Apostolatus y exhortándolos a perseverar en la oración para obtener la ayuda
celestial y no quedarse atrás, en cuanto a voluntad, respecto a los “enemigos
del nombre cristiano” que “ponen tanta obstinación en sus designios”.
En varias
ocasiones, a lo largo de su prolongado pontificado, León XIII volvió a abordar
el tema, renovando las prescripciones ya establecidas anteriormente. Lo hizo
también mediante intervenciones que, aunque no se centraban directamente en el
Santo Rosario, sí recordaban su importancia: véase la Quamquam Pluries (15
de agosto de 1889), la primera encíclica que presenta una doctrina orgánica
sobre san José, en la que el Papa pedía, entre otras cosas, que se añadiera a
la recitación del Rosario durante el mes de octubre (“que en el pasado ya hemos
decretado sagrado a la Virgen María del Rosario”) la oración A ti, oh
bienaventurado José.
Concluimos, entre
otros muchos documentos sobre el tema, con una breve mención a la encíclica Octobri
mense (22 de septiembre de 1891), en la que León XIII, además de afirmar la
verdad de que María Santísima es mediadora de todas las gracias, invitaba de
nuevo a los cristianos a ser constantes en el rezo del Rosario, que —a través
de la “devota meditación” de sus misterios— alimenta la fe, la protege de la
ignorancia y refuerza los valores morales. La oración nunca debe abandonarse,
ni hay que desanimarse si parece que el mal prevalece sobre el bien, porque es
precisamente la súplica a Dios —unida a la penitencia, como recordaba León
aludiendo a la enseñanza de los santos— la que cambia para mejor el curso de
los acontecimientos:
“La mente humana
no puede comprender, por ahora, los designios superiores de la Providencia
divina, pero en el momento oportuno, cuando Dios mismo revele benévolamente las
razones y las concatenaciones de las cosas, quedará claro cuán grandes han
sido, a este respecto, la eficacia y la utilidad de la oración”.