miércoles, 21 de octubre de 2020

COSME BECCAR VARELA

 

 


Sesenta años del país: política, catolicismo e Iglesia

 

José Claudio Escribano

(La Nación, 31 de agosto de 2020)

 

Las categorías de tiempo y espacio que rigen la humanidad se vieron en apuros para encuadrar la fuerte, llamativa personalidad de Cosme Beccar Varela en los 82 años que alcanzó de vida.

 

Era un caballero. Pero un caballero del Medioevo en el espacio público en que suscitaba su aparición comprensible perplejidad: hosco, agrio, sin límites en la persistencia de sus actitudes y palabras críticas y de arrojo intrépido frente a los adversarios. Razonablemente mundano, hasta ceremonioso, con los amigos y gente que respetaba. Pero estos también podían, en el instante más inesperado, ser arrastrados por “Cosmín” a la liza a fin de dirimir querellas que cabían más en la propia imaginación que en la de otros. En un país desde hace tiempo sin polemistas natos, como la tradición ha identificado en algunos países europeos –Francia, el Reino Unido–, “Cosmín” llenó casi el cupo de una generación de argentinos.

 

Provenía de una de las familias argentinas más antiguas. Entre sus antepasados se contaban la figura romántica de Florencio Varela, el poeta Juan Cruz Varela y Horacio Beccar Varela, su abuelo, fundador hace cien años de uno de los estudios jurídicos de mayor nombradía. Con su padre, Cosme “Bachicha” Beccar Varela, se retiraron del viejo bufete familiar en 1979 y fundaron C&C, especializado en asuntos bancarios, inversiones, seguros y minería, que hoy continúa uno de los cuatro hijos de “Cosmín”.

 

Cuando, en 1967, se puso al frente de la Sociedad Argentina de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad (FTP), la capa escarlata, la boina roja enjarretada en la cabeza y los lienzos púrpura, con la imagen tan hispánica como británica del león rampante, fueron el distintivo apropiado para ese grupo católico de la época. Así entrazados, sus miembros salían de la sede tudor en la avenida Figueroa Alcorta en proselitismo por las calles. No podía negarse que llamaban la atención, y en no pocos casos eran observados con aireado rechazo por quienes simplifican los fenómenos ciudadanos con expresiones del tipo “gente de mente cerrada”.

 

Aquella vestimenta colectiva parecía confeccionada a medida de la figura desafiante y espigada de “Cosmín” Beccar Varela. De extremarse un paso más la versión perdurable de que constituían con aquel vestuario un cuadro anacrónico en el mundo que se preparaba para el mayo francés de 1968, se hubiera dicho que “Cosmín” interpretaba a Godofredo de Bouillón, el cruzado que hace mil años retuvo para la Cristiandad el Santo Sepulcro. Seguramente no le habría incomodado la comparación como líder natural de una facción alistada siempre para el combate, aunque sin otras armas que la determinación y las sobradas certidumbres –demasiadas– sobre las ideas que encarnaban.

 

Como Godofredo, “Cosmín” reunía valor, fortaleza física, intemperancia y fogosidad desbordante en la defensa de su fe. Dentro del vasto y complejo universo del catolicismo, el único eje doctrinario pertinente de los largos sesenta años de luchas desde que en 1956 fundó con otros 50 muchachos la revista Cruzada –y por la cual conoció a su mujer– es la influencia que ejerció el indiscutible jefe del integrismo católico brasileño, Plinio Correa de Oliveira.

 

El peso intelectual de Correa de Oliveira se extendería también a grupos del catolicismo chileno, español y portugués, todos más definidos por la militancia activa y perseverante que por el número de prosélitos que cosechaban. La línea doctrinaria del numen brasileño pasó por la brega sin cuartel no solo contra el comunismo, sino también contra los partidos de mera tendencia socialista, cuya proscripción procuró en amparo discutible del derecho natural a la propiedad privada y las tradiciones familiares.

 

Correa de Oliveira había puesto su movimiento bajo la advocación de la Virgen de Fátima y terminó en conflictos con los obispos brasileños y denunciando al Vaticano por su política de diálogo con los gobiernos comunistas de la época. No debe olvidarse que en ese terreno la Santa Sede había logrado preservarse –salvo en casos excepcionales, como el de Hungría, por la resistencia del cardenal Józef Mindszenty– el privilegio de una única vía de negociación en cuanto a los intereses de la Iglesia y los fieles, además de servir de eco a la diplomacia occidental en delicados asuntos. El caso de Cuba ha sido un ejemplo de esto.

 

Con la declinación y muerte de Correa de Oliveira, en 1995, la TFP entró en crisis. También en la Argentina. “Cosmín” procuró hasta donde pudo mantenerse al margen de las reyertas, pero su hijo Mario, sacerdote, quedó vinculado con la fracción de sesgo más estrictamente religioso, la de los Heraldos del Evangelio (Evangelium Preconium). Otro grupo se confinó a Europa, donde varios de sus miembros litigan ante los tribunales por cuestiones de familia de trascendencia colectiva.

La leyenda sobre el uso del cilicio –una aplicación para producir mortificación corporal en quien la porta– ha persistido como caracterización de prácticas habituales en la desaparecida TFP. Se la toma como referencia del rigor al que se sometían sus miembros en prueba de compromiso religioso. Quienes hoy pueden hablar con algún conocimiento de causa sobre aquellos años más que desmentir la leyenda declaran que “el sacrificio, la limosna y la abstinencia” han sido tres normas de cumplimiento para quienes han sabido respetar el magisterio de la Iglesia.

“Cosmín” estaba casado con María Josefina Amadeo, hija de Mario

Amadeo, canciller del presidente Lonardi, embajador de Frondizi ante las Naciones Unidas y de Onganía en Brasil, y tal vez el intelectual de mayor ascendencia por años en el nacionalismo argentino. Muchas veces se ha asociado a la TFP con ese tipo de nacionalismo, de tono más bien aristocrático. Sin embargo, en 1970 Beccar Varela, Jorge Storni, Carlos Ibarguren (n.) y Ernesto Burini publicaron un libro que implícitamente rectificaba esas apreciaciones: “El nacionalismo, una incógnita en permanente evolución”.

 

En palabras de “Cosmín”, el nacionalismo lo ha sido todo, y en el fondo, nada: en los treinta, hispanista; más tarde, fascista; al fin, peronista. La autocrítica había comenzado en parte con Mario Amadeo, que en Ayer, hoy y mañana, publicado en 1956, reconoció que los nacionalistas solo habían prestado a la libertad el lugar que le debían cuando advirtieron que había sido perdida en manos de Perón.

 

Al rechazar in totum la modernidad, y ni qué decir la Ilustración y la Revolución Francesa, es posible que la unción por el tradicionalismo y los fueros medievales haya contribuido a afirmar en Beccar Varela una conciencia paternalista del capitalismo, opuesta a las hegemonías monopólicas y el colectivismo, y reivindicativa de los derechos individuales económicos más allá de las restricciones de la doctrina social de la Iglesia. Su punto de partida fue, pues, distinto del de los nacionalistas aferrados sin concesiones al concepto de Estado-nación.

 

“Sí, señor –dijo “Cosmín” a un periodista en 1970–, estoy librando una guerra santa contra comunistas, peronistas, socialistas, radicales, demócratas cristianos y otros agentes de la subversión”.

 

No se tomaba demasiado trabajo en distinguir matices y este mismo diario –que era bien o mal su diario de lectura infaltable– fue objeto a menudo de invectivas que cruzaban la raya de lo admisible en las polémicas. Así como revoleaba denuedos podía convocar días después como si nada a un diálogo civilizado.

 

Porfió en una enemistad absoluta con los sacerdotes de la Teología para la Liberación y con la demagogia clerical, punto que subraya la naturaleza política de una parte sustancial de su prédica. Cuando los montoneros secuestraron al expresidente Aramburu, un periodista le preguntó qué palpitaba al respecto. “Ustedes saben dónde está –contestó–. Búsquenlo en las sacristías”.

 

Beccar Varela no tuvo nada en particular para decir del Opus Dei, salvo reconocerle “la fidelidad doctrinaria” a la Iglesia. Como otros católicos de su formación abrió los ojos ante la irrupción del lefebvrismo. De hecho, había recibido a monseñor Marcel Lefebvre en su domicilio de la calle Montevideo cuando vino a la Argentina en 1974. Pero tomó distancias al regresar este dos años después.

 

Se abstuvo de criticar a la Santa Sede en su decisión de excomulgar a Lefebvre y a los obispos que este había nombrado en 1988 en su fraternidad San Pío X, medida que alcanzó a sacerdotes ordenados también en lo que se consideró una falta disciplinaria grave al orden jurídico de la Iglesia. Para gentes en la línea de pensamiento de Beccar Varela fue un alivio la indicación de Juan Pablo II al cardenal Ratzinger de buscar una aproximación con Lefebvre, sobre todo cuando algunos estudiosos de la Iglesia, como el teólogo y politicólogo francés Jean-yves Calvez, interpretaban que no había materia cismática que juzgar. Se avanzó en el camino de la reconciliación y se levantaron las excomuniones. En la Argentina, donde el lefebvrismo tiene por lo menos cinco prioratos, la Secretaría de Culto lo reconoció en 2015 como persona jurídica con el aval del cardenal primado Mario Poli, que bien debía saber la opinión de Bergoglio.

 

En los últimos años se acentuaron las críticas de Beccar Varela a la conducción de la Iglesia. Su medio de expresión era una página de internet que publicaba regularmente desde 2000 con el nombre de La Botella al Mar. Por momentos declaraba infecunda su prédica, que no llegaba más que a los 4000 suscriptores de forma gratuita de esa página. Allí tanto denunciaba que “la libertad de prensa es un cuento chino” –a raíz de que su botella boyaba en pleno mar sin llegar a orillar los medios– como la apostasía en que a su juicio se incurría en la Iglesia por las tesis “falsas” del progresismo.

 

En uno de los últimos números de La Botella al Mar, “Cosmín” hizo durísimas críticas al papado de Bergoglio. Se detuvo, como siempre, en la frontera con la ruptura. “Es prudente –escribió al final de las argumentaciones– seguir aguantando a este clero infiel en los templos de siempre, haciendo actos continuos de fe y rezando para que Dios abrevie estos días de inequidad”. No cuesta imaginar que Pío XII estuvo entre los pontífices modernos preferidos de este batallador que estuvo en la primera línea de combate en 1986 en los medios públicos contra la ley de divorcio.

 

Había debutado en disturbios callejeros al prevenir con otros cientos de católicos desde las escalinatas de ingreso a la Catedral, el 12 de junio de 1955, que una turba de la Alianza Libertadora Nacionalista, fuerza de choque del peronismo, la tomara por asalto. Se refugió luego en el templo y salió con garantías otorgadas por la policía al obispo auxiliar Manuel Tato de que podría abandonar sin problemas la Plaza de Mayo. Terminó en la cárcel de Devoto y de allí fue derivado a una cárcel de menores.

 

Escribió tres libros: Buenos Aires reconquistada, Dónde está el pueblo y Aquellas aguas trajeron otros lodos. Este hombre por tantos motivos criticados, pero de vida personal íntegra, fue un lector voraz. Difícilmente haya otro vecino de Buenos Aires que pueda ir como él a un café de la ciudad –Josefina’s, de Juncal y Talcahuano, en su caso– y pasarse mañanas leyendo la Suma Teológica de Santo Tomas, cuyos quince tomos devoró. Por entonces ya había digerido por entero la monumental Historia Universal de la Iglesia Católica, escrita en el siglo XIX por Rene Francois Rohrbacher. Se dice que por influencia de Rohrbacher se produjo en Francia el desvanecimiento del galicismo, la tendencia dispuesta desde el siglo XVII en la iglesia francesa a separarse de Roma y fortalecer de ese modo el centralismo del poder político. Autor grato para ese tipo de lector.

 

Cosme Beccar Varela jugó al rugby en el SIC y como golfista fue más afortunado que con su candidatura presidencial en 2003 por el Partido de la Recuperación: se enorgullecía de que su handicap hubiera estado por un tiempo por debajo de un dígito y haber conquistado dos medallas por hoyo en uno.

 

Había nacido en San Isidro el 28 de enero de 1938. Sus restos fueron inhumados en el cementerio de la Recoleta.

(La Nación, 31 de agosto de 2020)