lunes, 11 de mayo de 2026

SÍNTESIS DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA


 

Fernando C. Díaz Abajo


Comisión Episcopal para la Pastoral Social y la promoción humana (España)


11 / 05 / 2026

 

Introducción

 

El nacimiento de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) se sitúa normalmente en la publicación de la encíclica de León XIII Rerum novarum, en 1891, aunque hay que reconocer que esta encíclica tuvo antecedentes que posibilitaron su publicación. Desde antes, un amplio movimiento, sobre todo en Europa, de pensamiento social cristiano fue poniendo voz a las situaciones de explotación que vivía el mundo obrero, y ante el que la Iglesia va reconociendo que no debe callar, y que la injusticia que provoca esas situaciones reclama de la iglesia una actitud profética, de denuncia de estas, y de anuncio de caminos y soluciones que aporten, desde la luz del evangelio, otra mirada y otra respuesta.

 

La DSI, por otra parte —la llamemos doctrina, pensamiento, enseñanza— surge y se va desarrollando al hilo de los acontecimientos históricos en los que se desenvuelve la vida social de la humanidad, en cada momento y en cada contexto socio político y cultural, por lo que hay una conexión también entre los grandes acontecimientos de la historia y el desarrollo del pensamiento social cristiano.

 

Pero en la DSI no todo tiene el mismo valor, ni la misma vocación de permanencia. Existen diversos niveles: hay principios fundamentales que son inmutables en el tiempo, aplicables en todo momento histórico, pero que, en conjunción con el tiempo y el espacio, determinan unos concretos criterios de juicio sobre la realidad, y unos más concretos aún caminos de acción y aplicación de esos principios a la realidad. Desde sus orígenes ha habido principios que, de forma estable, han ido configurando su pensamiento y criterios de juicio que han ido evolucionando en función de la realidad social con la que se confrontaba.

 

Una panorámica de esta evolución

 

El contexto en el que ve la luz la encíclica Rerum novarum es el de la revolución industrial, y el de la aparición de dos grandes sistemas económicos y de pensamiento que generarán también realidades políticas diversas: el capitalismo y el socialismo, y respuestas eclesiales de diferente calado. Antes de su aparición han visto la luz pronunciamientos de Pío IX. Hay cuestiones políticas y económicas que están relacionadas y que requieren clarificar conceptos y situaciones políticas antes de abordar otras cuestiones sociales.

 

La cuestión social es objeto de atención antes de León XIII, quien recoge mucho de este pensamiento social que se va generando: Ketteler, obispo de Maguncia, (1811-1877), la Unión de Friburgo (1884-91) y la acción social de millares de católicos que de manera callada fueron realizando en la práctica, una doctrina y una praxis social, como los Círculos Obreros Católicos en Francia.

 

Rerum novarum, tras un largo proceso de elaboración, surge en un contexto de discrepancias entre católicos acerca de cuestiones como la conveniencia de una democracia cristiana en relación con la participación de los católicos en las cuestiones políticas, o la confesionalidad de los sindicatos o las distintas posturas existentes la cuestión del salario familiar.

 

Una primera fase de la DSI es la que podemos llamar de la ideología católica (1891 a 1931). Es la etapa de los primeros planteamientos. La cuestión social se presenta como un conflicto entre socialismo y liberalismo. Antes de abordar directamente la cuestión social, León XIII entiende que es necesario tener un cuerpo doctrinal solido en materia política y adopta una postura más matizada ante el liberalismo.

 

RN condena las filosofías del liberalismo y del socialismo, afirma la primacía de los valores morales. Aparece una nueva forma de plantearse la cuestión social tras la revolución industrial con expresiones muy cercanas a las de Marx. Desacredita la abolición de la propiedad privada. Llama a superar la lucha de clases, y recuerda el carácter funcional de la abundancia de bienes, a la vez que formula una crítica del estado clasista. Defiende la propiedad privada.

 

Rechaza la oferta y la demanda como criterio para establecer la cuantía del salario. Se decanta por el salario familiar, aunque deja abierta esta cuestión. Defiende el derecho de asociación de los obreros. Invoca el principio de subsidiariedad, y delimita la competencia de la Iglesia en la cuestión social. Aparentemente antisocialista es claramente anticapitalista pues:

 

La oferta y la demanda no es válida como ley moral. El estado debe intervenir en la economía, y el obrero no es inferior, pero en cambio, lo es el explotador.

 

Su clave de lectura es la dignidad del trabajador y del trabajo. Defiende los derechos de los trabajadores: a sindicatos, al descanso, al salario.

 

Más tarde la DSI se encontrará en la primera mitad del siglo XX con la trágica experiencia de la I Guerra Mundial y la crisis de los sistemas económicos, especialmente la conocida crisis financiera de 1929, junto con la aparición de los totalitarismos.

 

En ese contexto aparece Quadragesimo anno (1931), de Pío XI. Las circunstancias han cambiado, el capitalismo ha experimentado sus primeras crisis y el socialismo ha experimentado cambios, manifestados en la II y la III Internacional. El objetivo de QA es triple: recordar los frutos producidos por RN, aclarar las dudas que han surgido en su interpretación, y restaurar el orden social evaluando las tres ideologías y sistemas señalados, aunque su finalidad primordial se centra en este tercer aspecto. QA es una encíclica muy crítica con los tres sistemas políticos (fascismo, nacionalsocialismo y comunismo), frente a los que específicamente se posicionará en otros documentos: Non abbiamo bisogno (1931) Divini Redemptoris (1937) y Mit brennender Sorge (1937), y aborda otras cuestiones relativas a la propiedad, al salario, y a la confesionalidad de los sindicatos. Se trata de actualizar la DSI concibiendo la cuestión social como una confrontación de ideologías y sistemas sobre los que el cristiano debía actuar.

 

Esta segunda fase de la DSI es la que podemos llamar de la nueva cristiandad (1931-1958) Es la fase de Pío XI y Pío XII. La cuestión social se transforma en una confrontación entre dos modos de entender la democracia, entre dos sistemas económicos contrapuestos: capitalismo y comunismo. Pío XI en QA condena ambas ideologías y propone una tercera vía: la civilización cristiana, que suponga la creación de un nuevo orden social.

 

Frente al capitalismo, defiende la ilicitud moral de la ley de la oferta y la demanda. Frente a los colectivismos marxistas propone una colaboración que supere la lucha de clases, y frente al naciente totalitarismo, expone el principio de subsidiariedad. Se decide claramente por el salario familiar, por la función social de la propiedad, y deja vía libre a la afiliación a sindicatos no confesionales.

 

La segunda Guerra Mundial y la posterior guerra fría entre bloques determina otra etapa de la evolución de la DSI. Pío XII no fue un pontífice de encíclicas, pero su magisterio social quedó plasmado en radiomensajes y discursos que, en el contexto bélico, señalará los principios básicos para la instauración de un nuevo orden después de la guerra, llegando a afirmar en el discurso La solennitá (1-6-1941) el derecho fundamental de todos los seres humanos al uso de los bienes materiales. Los bienes creados por Dios para todos han de llegar a todos con equidad, según los principios de la justicia y la caridad. Se trata del concepto del destino universal de los bienes.

 

En los años 50 del siglo pasado las reconstrucciones postbélicas y el desarrollo de la tecnología y la técnica, hacen acuñar a Pio XII la expresión “espíritu técnico” que, como una forma de materialismo, proporciona una equivocada visión del mundo y ciega al ser humano ante la realidad de Dios. Se plantea igualmente el sentido de la paz, y aparecen los primeros pronunciamientos sobre la movilidad humana, las migraciones, y el concepto de bien común.

 

 

Fase del diálogo (1958-1978)

 

Es la fase de Juan XXIII, del Concilio Vaticano II y de Pablo VI. La cuestión social cambia y asume dimensiones planetarias. Se trata del equilibrio entre Norte rico y Sur empobrecido, por lo que se impone la construcción de un nuevo orden mundial. Empiezan a entrar en crisis las ideologías, y se inician procesos de globalización mundial. El magisterio pasa a pensar en la necesidad del diálogo (MM 1961, PT 1963, LG 1964, GS 1965, PP 1967, OA 1971).

 

Con Pablo VI cambia además el método de elaboración de la DSI: del método deductivo se pasa al método inductivo; no se parte de los grandes principios de la revelación y del derecho natural para deducir un modelo de sociedad válido para todos los tiempos, sino que se parte de la lectura creyente de los signos de los tiempos, para interpretarlos a la luz del evangelio. Ver-juzgar-actuar.

 

Hay quien sitúa esta fase hasta el año 1969, el optimismo ambiental de la década de los 60, abriendo (1971 a 1989) otra fase de crisis en la Iglesia y la sociedad, y desde 1989 una fase de posicionamiento ante un nuevo orden internacional

 

La década de los años 60 es la llamada etapa del optimismo ambiental. Es la época de la distensión, de los cambios sociales, del Concilio Vaticano II, del desarrollo. Es la época del pontificado de Juan XXIII y de Pablo VI, y de la aparición de grandes documentos del magisterio: Mater et Magistra (1961) de Juan XXIII, Pacen in Terris (1963), Gaudium et Spes (1965), o Populorum progressio (1967) de Pablo VI. Son años de cambios científicos, técnicos, económicos y sociales, y de cambios políticos. Son años en los que se produce, además de la abundancia de documentos de la DSI, un cambio en su talante, inspirándose más en la Revelación, con expresiones menos condenatorias, con un eco más positivo en su recepción por la sociedad. Su estilo es más cercano, se dirigen a toda la humanidad, no solo a la Iglesia, son más fácilmente comprensibles, y cada uno de ellos aporta novedades respecto a las enseñanzas anteriores.

 

Tras el concilio vino el postconcilio y la crisis (1971-1989) en la sociedad y en la Iglesia, cuyo punto de inflexión en lo eclesial puede situarse en la publicación de Humanae vitae. En la sociedad viene el paso de la opulencia occidental a la crisis, con la llamada crisis del petróleo (1973), que genera el paro, el desencanto, la caída de valores tradicionales. El final de esta crisis será también el derrumbamiento del marxismo en Europa.

 

Se ha vivido también la crisis postconciliar de la Acción Católica en España (1967), la desarticulación de la Acción Católica especializada. Ha comenzado a ver la luz la teología de la liberación en América Latina (1971) y se realiza la Conferencia del episcopado de Medellín (1968) y la de Puebla (1979). El mundo ya no se organiza en bloques Este-Oeste, sino Norte-Sur. La ecología comienza a tomar carta de naturaleza como preocupación humana.

 

En ese contexto, ve la luz Octogésima adveniens (1971), y el mismo año tiene lugar el Sínodo sobre la justicia en el mundo. Cuatro años después, Pablo VI publicará Evangelii nuntiandi (1975).

 

Fase del humanismo global (1978-2013)

 

La fase de Juan Pablo II y Benedicto XVI. La cuestión social trasciende las dimensiones cuantitativas, para plantearse como un problema de calidad humana de la vida y acabar transformándose en una cuestión antropológica. El bien común abarca también los bienes relacionales e inmateriales. Los tres modelos históricos implosionan: el de cristiandad, el socialismo real, con la caída del muro de Berlín, y el capitalismo económico liberal, con la explosión de las burbujas y las sucesivas crisis. CV planteará el desafío del siglo XXI: un nuevo modelo de desarrollo mundial fundamentado en un humanismo nuevo. El desafío reside sobre todo en la concepción de la vida humana, una concepción superadora del individualismo, y capaz de posibilitar la unidad en la diversidad.

 

Al inicio de su pontificado, Juan Pablo II publicará Redemptor hominis, y Laborem exercens tres años después, en 1981. Sollicitudo rei socialis verá la luz en 1987

 

Con la caída del muro de berlín (1989) llegan los cambios en el este de Europa y aparecen nuevas controversias entre los católicos. ¿Equidistancia entre colectivismo y capitalismo?

 

La Guerra del Golfo (1990-1991), el golpe de estado en Rusia o la IV Conferencia del CELAM son otros acontecimientos que están en el caldo de cultivo en el que verá la luz Centesimus Annus (1991)

 

Posteriormente, se publicará el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia (CDSI) en 2004 y Deus Caritas est, en 2006, de Benedicto XVI, quien definirá la cuestión social como cuestión antropológica en Caritas in Veritate.

 

La revolución del papa Francisco y las cosas nuevas de León XIV

 

A partir de aquí nos resulta más conocido, por cercano, el contexto social y político, que podemos definir como un cambio de época: Nuevo orden internacional. Un mundo en crisis: Crisis de las democracias, Crisis ecosocial, Crisis del capitalismo (2007) Crisis de la COVID (2020) y la aparición de nuevos totalitarismos.

 

Es la época del pontificado de Francisco que vivimos con una III Guerra mundial fragmentada, con el fenómeno de las migraciones, con la preocupación por el cuidado de la creación y el cambio climático, que empezaremos a contemplar como una sola crisis ecosocial. La DSI se enriquecerá con los textos de Evangelii Gaudium, Laudato Si-Laudate Deo, Fratelli Tutti, Dilexit Nos, o los discursos y mensajes a los movimientos populares, y, en su estela, León XIV, nos ha ofrecido hasta ahora Dilexi Te y discursos a los movimientos populares.

 

El testimonio vivo del Evangelio es más eficaz que cualquier tratado teológico. Francisco retoma el espíritu del concilio inacabado, para resituar la evangelización ante el siglo XXI. ¿Qué Iglesia necesita este tiempo para ser evangelizado?

 

EG planteará el contenido social de la evangelización. LS nos mostrará que todo está conectado, que vivimos una sola crisis ecosocial, un cambio de época y de paradigma. Y nos llamará a situarnos desde las periferias y los pobres, para ser una Iglesia pobre y de los pobres. FT nos ofrecerá todo un proyecto sociopolítico para afrontar el cambio de época, desde la fraternidad y el bien común, desde la vida buena y la amistad social. Críticará el paradigma tecnocrático, y formulará la crítica más clara hasta ahora del sistema capitalista: esta economía mata.

 

León XIV, de momento, ha explicitado dos acentos: una paz desarmada y desarmante, necesitada de un nuevo orden global, y la importancia central del trabajo en la DSI y en la evangelización. Lean su discurso al V encuentro de Movimientos Populares en Roma, en 2025, y el discurso al cuerpo diplomático de enero de 2026.

 

Este recorrido de la DSI que arranca con las res novae de León XIII, llega hasta las cosas nuevas de León XIV, en un camino marcado por la continuidad y la novedad. La DSI incorpora los planteamientos precedentes para actualizar su discurso y hacerlo legible en las circunstancias histórico sociales de cada momento, respondiendo a las circunstancias y situaciones que toca vivir en cada época. Aparece en el horizonte todo el desafío de la inteligencia artificial, del mismo modo que apareció la crisis ecosocial y la necesidad de un cuidado de la creación y de los otros, de la casa común y de quienes la habitamos. Y siempre desde las mismas claves que son sus principios:

 

La dignidad de la persona

El bien común

El destino universal de los bienes

La solidaridad

La participación y la subsidiariedad


Y desde los valores que los sustentan: la verdad, la libertad, la justicia, por la vía de la caridad.

 

Podemos establecer ciertos paralelismos entre el momento histórico en que ve la luz RN y nuestra época actual. Hemos hecho alusión a ello. Lo más significativo es la llamada revolución industrial, y la situación a la que habían llegado los obreros a causa del nuevo régimen económico. El papa León XIII puntualiza la importancia de la cuestión: «el cambio operado en las relaciones mutuas entre patronos y obreros; la acumulación de las riquezas en manos de unos pocos y la pobreza de la inmensa mayoría; la mayor confianza de los obreros en sí mismos y la más estrecha cohesión entre ellos, juntamente con la relajación de la moral, han determinado el planteamiento de la contienda.»

 

Las descripción de la situación es altamente preocupante: «es urgente proveer de la manera oportuna al bien de las gentes de condición humilde, pues es mayoría la que se debate indecorosamente en una situación miserable y calamitosa, ya que, disueltos en el pasado siglo los antiguos gremios de artesanos, sin ningún apoyo que viniera a llenar su vacío, desentendiéndose las instituciones públicas y las leyes de la religión de nuestros antepasados, el tiempo fue insensiblemente entregando a los obreros, aislados e indefensos, a la inhumanidad de los empresarios y a la desenfrenada codicia de los competidores. Hizo aumentar el mal la voraz usura, que, reiteradamente condenada por la autoridad de la Iglesia, es practicada, no obstante, por hombres codiciosos y avaros bajo una apariencia distinta. Añádase a esto que no sólo la contratación del trabajo, sino también las relaciones comerciales de toda índole se hallan sometidas al poder de unos pocos, hasta el punto de que un número sumamente reducido de opulentos y adinerados ha impuesto poco menos que el yugo de la esclavitud a una muchedumbre infinita de proletarios.»

 

Critica la solución socialista (RN 2) que es acabar con la propiedad privada de los bienes. Desde el punto de vista del obrero la propiedad privada es útil, es buena para los trabajadores. (RN 3) Critica la excesiva intromisión del estado, y salvaguarda la familia frente a la sociedad.

 

«Tengan presente los ricos y los patronos que oprimir para su lucro a los necesitados y a los desvalidos y buscar su ganancia en la pobreza ajena no lo permiten ni las leyes divinas ni las humanas. Y defraudar a alguien en el salario debido es un gran crimen, que llama a voces las iras vengadoras del cielo. «He aquí que el salario de los obreros… que fue defraudado por vosotras, clama; y el clamor de ellos ha llegado a los oídos del Dios de los ejércitos» (RN 15)

 

A nadie le está permitido violar impunemente la dignidad humana, de la que Dios mismo dispone con gran reverencia (RN 30)

 

Lo primero que se ha de hacer es librar a los pobres obreros de la crueldad de los ambiciosos, que abusan de las personas sin moderación, como si fueran cosas para su medro personal. O sea, que ni la justicia ni la humanidad toleran la exigencia de un rendimiento tal, que el espíritu se embote por el exceso de trabajo y al mismo tiempo el cuerpo se rinda a la fatiga. (RN 31)

 

Si el obrero, obligado por la necesidad o acosado por el miedo de un mal mayor, acepta, aun no queriéndola, una condición más dura, porque la imponen el patrono o el empresario, esto es ciertamente soportar una violencia, contra la cual reclama la justicia. (RN 32)

 

Salario familiar: Si el obrero percibe un salario lo suficientemente amplio para sustentarse a sí mismo, a su mujer y a sus hijos, (RN 33)

 

Plantea la necesidad de asociaciones de obreros.

 

RN plantea todavía la cuestión social como un tema exclusivo entre obreros y patronos pero, aún con sus limitaciones supone un avance importante respecto a las ideas entonces vigentes en la Iglesia y en la sociedad. Fue un estímulo para el pensamiento y la acción social en la Iglesia y la sociedad. Desconcertó a muchos (fue criticada por obreros, por patronos, por la sociedad, y por la Iglesia) pero estimuló muchas iniciativas. Al cumplirse sus cien años, Juan Pablo II, en CA, ha destacado:

 

Que su clave de lectura es la dignidad del trabajador y del trabajo

Además del derecho a la propiedad privada —siempre supeditado al destino universal de los bienes y al bien común— defiende otros derechos del trabajador: asociarse en sindicatos, el descanso, la adecuación d el trabajo a las condiciones del trabajador, el salario justo —salario familiar—, y que el trabajo permita cumplir los deberes religiosos.

Otra clave de lectura es la relación entre el estado, que se supone democrático, y los ciudadanos.

De fondo está la concepción de la persona humana y su libertad.

Más de ciento treinta años después, la DSI ha avanzado de modo importante, en la comprensión de los problemas, en la metodología inductiva, en la inclusión de cuestiones que no aparecían en sus comienzos, en la amplitud de los destinatarios, y en la cosmovisión que ofrece. Sobre todo con el papa Francisco, se ha dado un paso de gigante, no en incorporar temas nuevos, sino en los acentos.

 

 

Francisco y León. Dilexi te

 

Más de 130 años después, las “cosas nuevas” siguen apareciendo. Se destacan: nuevas tecnologías que transforman la vida, economías que descartan a las personas, trabajos precarizados, —es decir, que son inestables, inseguros, frágiles, o temporales—, migraciones masivas, y crisis climática que golpea, sobre todo, a los pobres.

 

Francisco nos ha dejado textos fundamentales para la DSI. Desde EG, cuyo capítulo IV, sobre el contenido social de la evangelización es una guía de reflexión y acción, hasta Laudato si, Laudato Deo, Fratelli Tutti, Dilexit nos. Y los discursos y mensajes a los encuentros de movimientos populares, además de los mensajes de las Jornadas de las Migraciones y de las Jornadas de la Paz, o los discursos al Cuerpo Diplomático de cada año de su pontificado.

 

Francisco no hace aportaciones especialmente novedosas a la DSI, pero nombra de modo nuevo las realidades sociales que estamos llamados a contemplar, reconocer, y transformar mediante nuestro compromiso, y nos ofrece una renovada perspectiva eclesial desde la que mirar esa realidad; esa realidad poliédrica: como Iglesia en salida, como Iglesia, pueblo de Dios en marcha a la que la constituye la misión, desde las periferias, pobre y de los pobres. Francisco nos enseña a leer la realidad de manera global: todo está conectado, nadie se salva solo, existe una única crisis ecosocial. Se trata de abrir procesos de cuidado de la vida y la creación. Y, en todo ello, el gran tema es el trabajo, y los derechos básicos: tierra, techo, trabajo. Y nos recuerda que nuestra tarea es evangelizar, que nuestra razón de ser es esa: la tarea del Reino.

 

Como León XIV indica en Dilexi te, la base de esta exhortación la puso Francisco, en continuidad con Dilexit nos. Se aprecia esta continuidad en la misma estructura del texto, y en la profusión de citas del magisterio de Francisco, al que el texto remite continuamente. Hay insistencias que nos resultan conocidas, pero que León XIV destaca de manera personal en una exhortación de carácter doctrinal, social y pastoral, imbuida de una reflexión teológica que ha persistido en la Iglesia a través de los siglos.

 

Hay una insistencia de fondo:

 

Jesús se identifica «con los más pequeños de la sociedad» y con su amor, entregado hasta el final, muestra la dignidad de cada ser humano, sobre todo cuando es «más débil, miserable y sufriente». Contemplar el amor de Cristo «nos ayuda a prestar más atención al sufrimiento y a las carencias de los demás, nos hace fuertes para participar en su obra de liberación, como instrumentos para la difusión de su amor (DT 2). Nuestra contemplación del amor de Dios no se reduce a un acto íntimo, sin trascendencia, sino que nos sitúa en la misma dinámica de su amor, nos lleva a hacer operante ese amor. Y, al identificarse con los últimos, nos permite reconocerle en ellos, y servirle en ellos (DT 5) y nos permite acercarnos a ellos diciéndoles también “Yo te he amado”. Es nuestro camino de santificación (DT 3)

 

Parte el Papa de una constatación previa: Aunque el dolor de los pobres nos interpela continuamente (DT 9) el compromiso en favor de los pobres y con el fin de remover las causas sociales y estructurales de la pobreza, sigue siendo insuficiente (DT 10), y es necesario asociar a este compromiso un cambio de mentalidad que pueda incidir en la transformación cultural (DT 11), porque, entretanto, sigue creciendo la desigualdad, el descarte y la indiferencia. Quizá constatamos que han crecido obras de beneficencia, de asistencia a los pobres, pero van siendo cada vez menos las que se plantean, además, un compromiso transformador de esas realidades.

 

En nuestro mundo nos vamos acostumbrando y haciendo irrelevante la pobreza, cuyo rostro se va haciendo más multiforme cada vez. Los pobres no existen por casualidad (DT 14) y hemos de enfrentar los prejuicios ideológicos con que es observada esta realidad. Especialmente los cristianos -nos advierte el Papa- llegamos por contagio de esas actitudes a conclusiones engañosas. (DT 15). No es posible olvidar a los pobres si no queremos salir fuera de la corriente viva de la Iglesia que brota del Evangelio y fecunda todo momento histórico (DT 15)

 

El Papa señala diversas manifestaciones de la pobreza que son especialmente llamativas en el primer mundo, en Europa. Son empobrecimientos económicos y sociales que reflejan las crecientes desigualdades (DT 12): las familias que no llegan a final de mes (los trabajadores pobres); la “doble pobreza” de las mujeres pobres. Y señala que hay reglas económicas que están en la base de la inequidad. (DT 13). Y, por tanto, la pobreza no es fruto de la casualidad (DT 14), o de meras decisiones personales. Hay un sistema que empobrece, que expulsa y descarta a millones de personas de la vida digna. Por eso no es admisible la culpabilización y criminalización de la pobreza.

 

Dios es amor misericordioso (DT 16). La primera consecuencia nos hace conscientes de que solo podemos ser la Iglesia de Jesucristo y fieles a su evangelio si somos la Iglesia de los pobres, si vamos caminando por la estela que la Iglesia ha recorrido desde los primeros tiempos, para descubrir que nuestra identidad se asienta en el anuncio del evangelio a quienes son sus destinatarios privilegiados, con quienes hemos de ir aprendiendo a ser Iglesia pobre y de los pobres. La clave de la encarnación sustenta toda la propuesta. No podemos rezar ni celebrar la fe si se oprime a los más débiles (DT 17)

 

El recorrido bíblico (DT 24-34) y patrístico (DT 39-48) de la exhortación nos ayuda a reconocer estas huellas que nos preceden y desde la que seguir encontrando orientación para actualizar hoy la experiencia de sabernos y sentirnos amados por Dios, y la experiencia de vivir desde ese amor que se hace ofrenda personal y comunitaria para acercar el reino de Dios a esta historia concreta, enfatizando que solo el evangelio vivido así, nos hace Iglesia de Jesucristo. Aunque muchas veces nos parezca que la Iglesia sigue estando muy alejada de los pobres, el recorrido por la historia nos muestra que nunca ha dejado de estar cerca a través de personas, congregaciones, obras, presencias… en las periferias.

 

Otra clave de lectura es recordar que la opción fundamental por los pobres no es una mera categoría sociológica, sino fundamentalmente cristológica y eclesiológica (DT 99), lo que hace que no sea algo accesorio a la fe y la vida eclesial, sino algo esencial que constituye nuestra vida y misión. Existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres (DT 35).  Es -citando a San Juan Pablo II- una forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana (DT 87). La opción preferencial por los pobres genera una renovación extraordinaria tanto en la Iglesia como en la sociedad, cuando somos capaces de liberarnos de la autorreferencialidad y conseguimos escuchar su grito. (DT 7) Teológicamente podemos hablar de una opción preferencial de Dios por los pobres. (DT 16)

 

Es Dios mismo quien opta por los pobres porque es amor misericordioso y se hace cargo de nuestra condición humana y, por tanto, de nuestra pobreza. (DT 16) Él mismo se hizo pobre. Jesús de Nazaret realizó plenamente la predilección de Dios por los pobres (DT 18) Es Mesías de los pobres y para los pobres (DT 19). Los pobres son la misma carne de Cristo (DT 110). Por eso no cabe reducir la fe a una relación intimista y desencarnada de la historia que nos desvincula de los pobres, o de la tarea del Reino de Dios. (DT 21). El camino de nuestra redención está signado por los pobres. (DT 17) En efecto, Dios muestra predilección hacia los pobres, a ellos se dirige la palabra de esperanza y de liberación del Señor y, por eso, aun en la condición de pobreza o debilidad, ya ninguno debe sentirse abandonado. Y la Iglesia, si quiere ser de Cristo, debe ser la Iglesia de las Bienaventuranzas, una Iglesia que hace espacio a los pequeños y camina pobre con los pobres, un lugar en el que los pobres tienen un sitio privilegiado (cf. St 2,2-4). (DT 21)

 

No hay vivencia de la fe sin concretar el amor en el compromiso cotidiano por denunciar las injustas estructuras de pecado, y por construir, compartiendo la vida de los pobres, una comunidad humana acogedora de los últimos, que sea comunidad social, más allá de los límites eclesiales, porque la salvación no es una idea abstracta, sino una acción concreta (DT 52). No se puede rezar ni ofrecer sacrificios mientras se oprime a los más débiles y a los más pobres. (DT 17)

 

«De nuestra fe en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y excluidos, brota la preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad». (DT 21).

 

Basta que hagamos un recorrido por la Biblia, desde el AT hasta el Apocalipsis aparece nítida esa preferencia de Dios por los pobres, que nos pone, como Iglesia, en la necesidad de mostrar esa misma preferencia. El amor al prójimo representa la prueba tangible de la autenticidad del amor a Dios. (DT 26) Y, apunta el papa León que lo que dice la Palabra revelada «es un mensaje tan claro, tan directo, tan simple y elocuente, que ninguna hermenéutica eclesial tiene derecho a relativizarlo. (DT 31) Existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres (DT 36)

 

Los santos Padres eran de una claridad meridiana: la caridad no es una vía opcional, sino el criterio del verdadero culto. (Crisóstomo) (DT 42) Para san Agustín (DT 43) la limosna es justicia restaurada. La teología patrística fue práctica, apuntando a una Iglesia pobre y para los pobres, recordando que el Evangelio sólo se anuncia bien cuando llega a tocar la carne de los últimos, y advirtiendo que el rigor doctrinal sin misericordia es una palabra vacía. (DT 48). Alumbró el cuidado de los pobres, de los enfermos, de los encarcelados, de los migrantes, el cuidado de la educación de los niños y jóvenes de las periferias… como una respuesta a la exclusión y a la indiferencia. (DT 67)

 

Del mismo modo que a lo largo de la historia ha sido y sigue siendo referente la vida monástica, y otros testigos de la pobreza evangélica (DT 53-72), hoy son un referente los movimientos populares para que en nuestra realidad podamos sintonizar con el lamento de los pobres, de manera especial con las mujeres y los migrantes, y los habitantes de las periferias existenciales (DT 75), y con ellos generar alternativas de dignidad humana en la lucha por la justicia.

 

No se trata de “llevarles a Dios”, sino de encontrarlo entre ellos. Servir a los pobres no es un gesto de arriba hacia abajo, sino un encuentro entre iguales, donde Cristo se revela y es adorado. San Juan Pablo II nos recordaba que «en la persona de los pobres hay una presencia especial [de Cristo], que impone a la Iglesia una opción preferencial por ellos». Por lo tanto, cuando la Iglesia se inclina hasta el suelo para cuidar de los pobres, asume su postura más elevada. (DT 79)

 

La experiencia de los movimientos populares nos recuerda la necesidad de luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, la tierra y la vivienda, la negación de los derechos sociales y laborales. (DT 81). Tendríamos que pensar de qué modo orientar nuestra acción evangelizadora en el mundo obrero a los movimientos populares, tal como hemos comenzado a hacer (asociación de víctimas de accidentes de trabajo, asociación de barrios ignorados, sindicatos de inquilinos, plataformas anti desahucios, colectivos de trabajadores inmigrantes, sobre todo trabajadoras del hogar…)

 

El Papa reconoce que los movimientos de trabajadores, de mujeres y de jóvenes, así como la lucha contra la discriminación racial, han dado lugar a una nueva conciencia de la dignidad de los marginados. También el aporte de la DSI. (DT 82)

 

El Concilio abordó este como uno de los temas fundamentales: «siempre, pero sobre todo hoy, el misterio de Cristo en los pobres», y «no se trata de un tema más, sino que en cierto sentido es el único tema de todo el Vaticano II» (DT 84)

 

Desde aquí, hemos de acoger el testimonio de la Iglesia latinoamericana y la teología de la liberación, que abrieron camino como un referente inexcusable en la opción por los pobres. (DT 90) con una actitud profética que denuncia el pecado social, el pecado estructural -junto al pecado personal- que están en la raíz de la injusticia y la pobreza.

 

En la encíclica Dilexit nos, el papa Francisco ha recordado cómo el pecado social toma la forma de “estructura de pecado” en la sociedad, que «muchas veces […] se inserta en una mentalidad dominante que considera normal o racional lo que no es más que egoísmo e indiferencia. Este fenómeno se puede definir “alienación social”» (DT 93) y tiene que ver con la clave que, por ejemplo, planteamos en la HOAC del cambio de mentalidad. Hemos de hacer germinar otra manera de pensar en nuestra sociedad. Quizá hemos de hacer germinar el simple pensamiento. Que seamos capaces de pensar.

 

Por esto es necesario un compromiso por resolver las causas estructurales de la pobreza. (DT 94) Es responsabilidad de todos los miembros del pueblo de Dios hacer oír, de diferentes maneras, una voz que despierte, que denuncie y que se exponga, aun a costa de parecer diferentes; aun a costa de parecer “estúpidos”. Las estructuras de injusticia deben ser reconocidas y destruidas con la fuerza del bien, a través de un cambio de mentalidad, pero también con la ayuda de las ciencias y la técnica, mediante el desarrollo de políticas eficaces en la transformación de la sociedad. (DT 97)

 

El trabajo humano decente -clave esencial de toda la cuestión social- sigue siendo un elemento esencial en el camino de recuperación y sanación de la dignidad herida de toda persona empobrecida. (DT 115) Necesitamos contemplar las situaciones de los trabajadores. (DT 89)

 

No se trata de llevarles a Dios, sino de encontrarlo entre ellos (DT 79), considerando a los pobres como sujetos (DT 99-102) y no como meros objetos de una acción asistencial y benéfica. Siempre debe recordarse que la propuesta del Evangelio no es sólo la de una relación individual e íntima con el Señor. La propuesta es más amplia: «es el Reino de Dios (cf. Lc 4,43); se trata de amar a Dios que reina en el mundo. En la medida en que Él logre reinar entre nosotros, la vida social será ámbito de fraternidad, de justicia, de paz, de dignidad para todos. Entonces, tanto el anuncio como la experiencia cristiana tienden a provocar consecuencias sociales. Buscamos su Reino». (DT 97)

 

Los pobres no son un problema social; son de los nuestros. (DT 104) Esto exige acompañar la vida de las personas encarnándonos con ellas. En este sentido, el Papa recuerda que los movimientos de trabajadores han dado lugar a una nueva conciencia de la dignidad de los marginados (DT 82) y reclama el aporte de la DSI, así como el trabajo por el bien común que posibilita amar al prójimo más eficazmente (DT 88).

 

Replantea el Papa la eficaz aportación de la limosna, entendida, como encuentro, contacto e identificación con la situación de los demás (DT 115) que nos permite tocar la carne sufriente de los pobres. (DT 119) la limosna no exime de sus responsabilidades a las autoridades competentes, ni elimina el compromiso organizado de las instituciones, y mucho menos sustituye la lucha legítima por la justicia. Sin embargo, invita al menos a detenerse y a mirar al pobre a la cara, a tocarle y compartir con él algo de lo suyo. (DT 116)

 

Para esto resulta imprescindible seguir vinculando fe y vida y, sobre todo, el culto y la vida, la celebración y el compromiso, la acogida de la vida en la oración, y la espiritualidad que ha de sustentar la presencia de los cristianos en la vida pública (DT 114). Es la espiritualidad del Buen Samaritano, que nos impide reducir la fe al ámbito privado, como si los creyentes no tuviéramos que preocuparnos de todo lo que afecta a la sociedad y a los ciudadanos. (DT 112)

 

El hecho es que muchas formas de indiferencia que hoy encontramos «son signos de un estilo de vida generalizado, que se manifiesta de diversas maneras, quizás más sutiles. (DT 107)

 

La pobreza sigue clamando justicia, solidaridad, frente a las estructuras de pecado (DT 90) y es preciso seguir denunciando la dictadura de una economía que mata (DT 90-94) reconquistando nuestra dignidad moral y espiritual. Y ante ello tenemos que tener la creatividad y la audacia necesaria para encontrar y concretar caminos para el amor. Por su naturaleza, el amor cristiano es profético, hace milagros, no tiene límites: es para lo imposible. El amor es ante todo un modo de concebir la vida, un modo de vivirla. Pues bien, una Iglesia que no pone límites al amor, que no conoce enemigos a los que combatir, sino sólo hombres y mujeres a los que amar, es la Iglesia que el mundo necesita hoy. (DT 120)

 

Llamadas y desafíos

 

No andamos escasos de doctrina social en la Iglesia. Quizá lo más perentorio y necesario sea, como propone el Papa en esta exhortación, hacerla vida, una vida en que podamos escuchar también cada uno de nosotros: “Te he amado”. Por eso concluyo simplemente enunciando las llamadas que percibo para nuestra Iglesia; para nuestros movimientos apostólicos y nuestras comunidades parroquiales.

 

Hacer una lectura creyente de la realidad, situándonos desde las periferias.

Mirar la realidad como Dios la mira, uniendo los sentimientos de indignación y compasión. Activar los criterios de la DSI.

Para reconocer la presencia de Cristo en los pobres y servirles.

Desde la vinculación de caridad y justicia. En actitud profética.

Atentos a las tentaciones:

No dejarnos atrapar por el discurso neoliberal (culpar a los pobres)

Reducir la compasión al asistencialismo

Para provocar

Un camino de encarnación y acompañamiento

Con los pobres


Propiciando un cambio de mentalidad y la conversión de las estructuras, lo que requiere luchar contra las causas estructurales de la pobreza

Que visibilice nuestro ser Iglesia y nos convierta en la iglesia de los pobres. Acompañar a los Movimientos populares

Vinculando fe y vida, culto y vida.

Todo ello porque la opción por los pobres es la misma opción de Dios. Dios es parcial. Y para nosotros esa opción es una opción profundamente espiritual porque nace de la experiencia del amor de Dios en nuestra vida.