Fernando C. Díaz
Abajo
Comisión Episcopal
para la Pastoral Social y la promoción humana (España)
11 / 05 / 2026
Introducción
El nacimiento de
la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) se sitúa normalmente en la publicación
de la encíclica de León XIII Rerum novarum, en 1891, aunque hay que reconocer
que esta encíclica tuvo antecedentes que posibilitaron su publicación. Desde
antes, un amplio movimiento, sobre todo en Europa, de pensamiento social
cristiano fue poniendo voz a las situaciones de explotación que vivía el mundo
obrero, y ante el que la Iglesia va reconociendo que no debe callar, y que la
injusticia que provoca esas situaciones reclama de la iglesia una actitud
profética, de denuncia de estas, y de anuncio de caminos y soluciones que
aporten, desde la luz del evangelio, otra mirada y otra respuesta.
La DSI, por otra
parte —la llamemos doctrina, pensamiento, enseñanza— surge y se va
desarrollando al hilo de los acontecimientos históricos en los que se
desenvuelve la vida social de la humanidad, en cada momento y en cada contexto
socio político y cultural, por lo que hay una conexión también entre los
grandes acontecimientos de la historia y el desarrollo del pensamiento social
cristiano.
Pero en la DSI no
todo tiene el mismo valor, ni la misma vocación de permanencia. Existen
diversos niveles: hay principios fundamentales que son inmutables en el tiempo,
aplicables en todo momento histórico, pero que, en conjunción con el tiempo y
el espacio, determinan unos concretos criterios de juicio sobre la realidad, y
unos más concretos aún caminos de acción y aplicación de esos principios a la
realidad. Desde sus orígenes ha habido principios que, de forma estable, han
ido configurando su pensamiento y criterios de juicio que han ido evolucionando
en función de la realidad social con la que se confrontaba.
Una panorámica de
esta evolución
El contexto en el
que ve la luz la encíclica Rerum novarum es el de la revolución industrial, y
el de la aparición de dos grandes sistemas económicos y de pensamiento que
generarán también realidades políticas diversas: el capitalismo y el
socialismo, y respuestas eclesiales de diferente calado. Antes de su aparición
han visto la luz pronunciamientos de Pío IX. Hay cuestiones políticas y
económicas que están relacionadas y que requieren clarificar conceptos y
situaciones políticas antes de abordar otras cuestiones sociales.
La cuestión social
es objeto de atención antes de León XIII, quien recoge mucho de este
pensamiento social que se va generando: Ketteler, obispo de Maguncia,
(1811-1877), la Unión de Friburgo (1884-91) y la acción social de millares de
católicos que de manera callada fueron realizando en la práctica, una doctrina
y una praxis social, como los Círculos Obreros Católicos en Francia.
Rerum novarum,
tras un largo proceso de elaboración, surge en un contexto de discrepancias
entre católicos acerca de cuestiones como la conveniencia de una democracia
cristiana en relación con la participación de los católicos en las cuestiones
políticas, o la confesionalidad de los sindicatos o las distintas posturas
existentes la cuestión del salario familiar.
Una primera fase
de la DSI es la que podemos llamar de la ideología católica (1891 a 1931). Es
la etapa de los primeros planteamientos. La cuestión social se presenta como un
conflicto entre socialismo y liberalismo. Antes de abordar directamente la
cuestión social, León XIII entiende que es necesario tener un cuerpo doctrinal
solido en materia política y adopta una postura más matizada ante el liberalismo.
RN condena las
filosofías del liberalismo y del socialismo, afirma la primacía de los valores
morales. Aparece una nueva forma de plantearse la cuestión social tras la
revolución industrial con expresiones muy cercanas a las de Marx. Desacredita
la abolición de la propiedad privada. Llama a superar la lucha de clases, y
recuerda el carácter funcional de la abundancia de bienes, a la vez que formula
una crítica del estado clasista. Defiende la propiedad privada.
Rechaza la oferta
y la demanda como criterio para establecer la cuantía del salario. Se decanta
por el salario familiar, aunque deja abierta esta cuestión. Defiende el derecho
de asociación de los obreros. Invoca el principio de subsidiariedad, y delimita
la competencia de la Iglesia en la cuestión social. Aparentemente
antisocialista es claramente anticapitalista pues:
La oferta y la
demanda no es válida como ley moral. El estado debe intervenir en la economía,
y el obrero no es inferior, pero en cambio, lo es el explotador.
Su clave de
lectura es la dignidad del trabajador y del trabajo. Defiende los derechos de
los trabajadores: a sindicatos, al descanso, al salario.
Más tarde la DSI
se encontrará en la primera mitad del siglo XX con la trágica experiencia de la
I Guerra Mundial y la crisis de los sistemas económicos, especialmente la
conocida crisis financiera de 1929, junto con la aparición de los
totalitarismos.
En ese contexto
aparece Quadragesimo anno (1931), de Pío XI. Las circunstancias han cambiado,
el capitalismo ha experimentado sus primeras crisis y el socialismo ha
experimentado cambios, manifestados en la II y la III Internacional. El
objetivo de QA es triple: recordar los frutos producidos por RN, aclarar las
dudas que han surgido en su interpretación, y restaurar el orden social
evaluando las tres ideologías y sistemas señalados, aunque su finalidad
primordial se centra en este tercer aspecto. QA es una encíclica muy crítica
con los tres sistemas políticos (fascismo, nacionalsocialismo y comunismo),
frente a los que específicamente se posicionará en otros documentos: Non
abbiamo bisogno (1931) Divini Redemptoris (1937) y Mit brennender Sorge (1937),
y aborda otras cuestiones relativas a la propiedad, al salario, y a la
confesionalidad de los sindicatos. Se trata de actualizar la DSI concibiendo la
cuestión social como una confrontación de ideologías y sistemas sobre los que
el cristiano debía actuar.
Esta segunda fase
de la DSI es la que podemos llamar de la nueva cristiandad (1931-1958) Es la
fase de Pío XI y Pío XII. La cuestión social se transforma en una confrontación
entre dos modos de entender la democracia, entre dos sistemas económicos
contrapuestos: capitalismo y comunismo. Pío XI en QA condena ambas ideologías y
propone una tercera vía: la civilización cristiana, que suponga la creación de
un nuevo orden social.
Frente al
capitalismo, defiende la ilicitud moral de la ley de la oferta y la demanda.
Frente a los colectivismos marxistas propone una colaboración que supere la
lucha de clases, y frente al naciente totalitarismo, expone el principio de
subsidiariedad. Se decide claramente por el salario familiar, por la función
social de la propiedad, y deja vía libre a la afiliación a sindicatos no
confesionales.
La segunda Guerra
Mundial y la posterior guerra fría entre bloques determina otra etapa de la
evolución de la DSI. Pío XII no fue un pontífice de encíclicas, pero su
magisterio social quedó plasmado en radiomensajes y discursos que, en el
contexto bélico, señalará los principios básicos para la instauración de un
nuevo orden después de la guerra, llegando a afirmar en el discurso La
solennitá (1-6-1941) el derecho fundamental de todos los seres humanos al uso
de los bienes materiales. Los bienes creados por Dios para todos han de llegar
a todos con equidad, según los principios de la justicia y la caridad. Se trata
del concepto del destino universal de los bienes.
En los años 50 del
siglo pasado las reconstrucciones postbélicas y el desarrollo de la tecnología
y la técnica, hacen acuñar a Pio XII la expresión “espíritu técnico” que, como
una forma de materialismo, proporciona una equivocada visión del mundo y ciega
al ser humano ante la realidad de Dios. Se plantea igualmente el sentido de la
paz, y aparecen los primeros pronunciamientos sobre la movilidad humana, las
migraciones, y el concepto de bien común.
Fase del diálogo
(1958-1978)
Es la fase de Juan
XXIII, del Concilio Vaticano II y de Pablo VI. La cuestión social cambia y
asume dimensiones planetarias. Se trata del equilibrio entre Norte rico y Sur
empobrecido, por lo que se impone la construcción de un nuevo orden mundial.
Empiezan a entrar en crisis las ideologías, y se inician procesos de
globalización mundial. El magisterio pasa a pensar en la necesidad del diálogo
(MM 1961, PT 1963, LG 1964, GS 1965, PP 1967, OA 1971).
Con Pablo VI
cambia además el método de elaboración de la DSI: del método deductivo se pasa
al método inductivo; no se parte de los grandes principios de la revelación y
del derecho natural para deducir un modelo de sociedad válido para todos los
tiempos, sino que se parte de la lectura creyente de los signos de los tiempos,
para interpretarlos a la luz del evangelio. Ver-juzgar-actuar.
Hay quien sitúa
esta fase hasta el año 1969, el optimismo ambiental de la década de los 60,
abriendo (1971 a 1989) otra fase de crisis en la Iglesia y la sociedad, y desde
1989 una fase de posicionamiento ante un nuevo orden internacional
La década de los
años 60 es la llamada etapa del optimismo ambiental. Es la época de la
distensión, de los cambios sociales, del Concilio Vaticano II, del desarrollo.
Es la época del pontificado de Juan XXIII y de Pablo VI, y de la aparición de
grandes documentos del magisterio: Mater et Magistra (1961) de Juan XXIII,
Pacen in Terris (1963), Gaudium et Spes (1965), o Populorum progressio (1967)
de Pablo VI. Son años de cambios científicos, técnicos, económicos y sociales,
y de cambios políticos. Son años en los que se produce, además de la abundancia
de documentos de la DSI, un cambio en su talante, inspirándose más en la
Revelación, con expresiones menos condenatorias, con un eco más positivo en su
recepción por la sociedad. Su estilo es más cercano, se dirigen a toda la
humanidad, no solo a la Iglesia, son más fácilmente comprensibles, y cada uno
de ellos aporta novedades respecto a las enseñanzas anteriores.
Tras el concilio
vino el postconcilio y la crisis (1971-1989) en la sociedad y en la Iglesia,
cuyo punto de inflexión en lo eclesial puede situarse en la publicación de
Humanae vitae. En la sociedad viene el paso de la opulencia occidental a la
crisis, con la llamada crisis del petróleo (1973), que genera el paro, el
desencanto, la caída de valores tradicionales. El final de esta crisis será
también el derrumbamiento del marxismo en Europa.
Se ha vivido
también la crisis postconciliar de la Acción Católica en España (1967), la
desarticulación de la Acción Católica especializada. Ha comenzado a ver la luz
la teología de la liberación en América Latina (1971) y se realiza la
Conferencia del episcopado de Medellín (1968) y la de Puebla (1979). El mundo
ya no se organiza en bloques Este-Oeste, sino Norte-Sur. La ecología comienza a
tomar carta de naturaleza como preocupación humana.
En ese contexto,
ve la luz Octogésima adveniens (1971), y el mismo año tiene lugar el Sínodo
sobre la justicia en el mundo. Cuatro años después, Pablo VI publicará
Evangelii nuntiandi (1975).
Fase del humanismo
global (1978-2013)
La fase de Juan
Pablo II y Benedicto XVI. La cuestión social trasciende las dimensiones cuantitativas,
para plantearse como un problema de calidad humana de la vida y acabar
transformándose en una cuestión antropológica. El bien común abarca también los
bienes relacionales e inmateriales. Los tres modelos históricos implosionan: el
de cristiandad, el socialismo real, con la caída del muro de Berlín, y el
capitalismo económico liberal, con la explosión de las burbujas y las sucesivas
crisis. CV planteará el desafío del siglo XXI: un nuevo modelo de desarrollo
mundial fundamentado en un humanismo nuevo. El desafío reside sobre todo en la
concepción de la vida humana, una concepción superadora del individualismo, y
capaz de posibilitar la unidad en la diversidad.
Al inicio de su
pontificado, Juan Pablo II publicará Redemptor hominis, y Laborem exercens tres
años después, en 1981. Sollicitudo rei socialis verá la luz en 1987
Con la caída del
muro de berlín (1989) llegan los cambios en el este de Europa y aparecen nuevas
controversias entre los católicos. ¿Equidistancia entre colectivismo y
capitalismo?
La Guerra del
Golfo (1990-1991), el golpe de estado en Rusia o la IV Conferencia del CELAM
son otros acontecimientos que están en el caldo de cultivo en el que verá la
luz Centesimus Annus (1991)
Posteriormente, se
publicará el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia (CDSI) en 2004 y Deus
Caritas est, en 2006, de Benedicto XVI, quien definirá la cuestión social como
cuestión antropológica en Caritas in Veritate.
La revolución del
papa Francisco y las cosas nuevas de León XIV
A partir de aquí
nos resulta más conocido, por cercano, el contexto social y político, que
podemos definir como un cambio de época: Nuevo orden internacional. Un mundo en
crisis: Crisis de las democracias, Crisis ecosocial, Crisis del capitalismo
(2007) Crisis de la COVID (2020) y la aparición de nuevos totalitarismos.
Es la época del
pontificado de Francisco que vivimos con una III Guerra mundial fragmentada,
con el fenómeno de las migraciones, con la preocupación por el cuidado de la
creación y el cambio climático, que empezaremos a contemplar como una sola
crisis ecosocial. La DSI se enriquecerá con los textos de Evangelii Gaudium,
Laudato Si-Laudate Deo, Fratelli Tutti, Dilexit Nos, o los discursos y mensajes
a los movimientos populares, y, en su estela, León XIV, nos ha ofrecido hasta
ahora Dilexi Te y discursos a los movimientos populares.
El testimonio vivo
del Evangelio es más eficaz que cualquier tratado teológico. Francisco retoma
el espíritu del concilio inacabado, para resituar la evangelización ante el
siglo XXI. ¿Qué Iglesia necesita este tiempo para ser evangelizado?
EG planteará el
contenido social de la evangelización. LS nos mostrará que todo está conectado,
que vivimos una sola crisis ecosocial, un cambio de época y de paradigma. Y nos
llamará a situarnos desde las periferias y los pobres, para ser una Iglesia
pobre y de los pobres. FT nos ofrecerá todo un proyecto sociopolítico para
afrontar el cambio de época, desde la fraternidad y el bien común, desde la
vida buena y la amistad social. Críticará el paradigma tecnocrático, y
formulará la crítica más clara hasta ahora del sistema capitalista: esta
economía mata.
León XIV, de
momento, ha explicitado dos acentos: una paz desarmada y desarmante, necesitada
de un nuevo orden global, y la importancia central del trabajo en la DSI y en
la evangelización. Lean su discurso al V encuentro de Movimientos Populares en
Roma, en 2025, y el discurso al cuerpo diplomático de enero de 2026.
Este recorrido de
la DSI que arranca con las res novae de León XIII, llega hasta las cosas nuevas
de León XIV, en un camino marcado por la continuidad y la novedad. La DSI
incorpora los planteamientos precedentes para actualizar su discurso y hacerlo
legible en las circunstancias histórico sociales de cada momento, respondiendo
a las circunstancias y situaciones que toca vivir en cada época. Aparece en el
horizonte todo el desafío de la inteligencia artificial, del mismo modo que
apareció la crisis ecosocial y la necesidad de un cuidado de la creación y de
los otros, de la casa común y de quienes la habitamos. Y siempre desde las
mismas claves que son sus principios:
La dignidad de la
persona
El bien común
El destino
universal de los bienes
La solidaridad
La participación y
la subsidiariedad
Y desde los
valores que los sustentan: la verdad, la libertad, la justicia, por la vía de
la caridad.
Podemos establecer
ciertos paralelismos entre el momento histórico en que ve la luz RN y nuestra
época actual. Hemos hecho alusión a ello. Lo más significativo es la llamada
revolución industrial, y la situación a la que habían llegado los obreros a
causa del nuevo régimen económico. El papa León XIII puntualiza la importancia
de la cuestión: «el cambio operado en las relaciones mutuas entre patronos y
obreros; la acumulación de las riquezas en manos de unos pocos y la pobreza de
la inmensa mayoría; la mayor confianza de los obreros en sí mismos y la más
estrecha cohesión entre ellos, juntamente con la relajación de la moral, han
determinado el planteamiento de la contienda.»
Las descripción de
la situación es altamente preocupante: «es urgente proveer de la manera
oportuna al bien de las gentes de condición humilde, pues es mayoría la que se
debate indecorosamente en una situación miserable y calamitosa, ya que,
disueltos en el pasado siglo los antiguos gremios de artesanos, sin ningún
apoyo que viniera a llenar su vacío, desentendiéndose las instituciones
públicas y las leyes de la religión de nuestros antepasados, el tiempo fue
insensiblemente entregando a los obreros, aislados e indefensos, a la inhumanidad
de los empresarios y a la desenfrenada codicia de los competidores. Hizo
aumentar el mal la voraz usura, que, reiteradamente condenada por la autoridad
de la Iglesia, es practicada, no obstante, por hombres codiciosos y avaros bajo
una apariencia distinta. Añádase a esto que no sólo la contratación del
trabajo, sino también las relaciones comerciales de toda índole se hallan
sometidas al poder de unos pocos, hasta el punto de que un número sumamente
reducido de opulentos y adinerados ha impuesto poco menos que el yugo de la
esclavitud a una muchedumbre infinita de proletarios.»
Critica la
solución socialista (RN 2) que es acabar con la propiedad privada de los
bienes. Desde el punto de vista del obrero la propiedad privada es útil, es
buena para los trabajadores. (RN 3) Critica la excesiva intromisión del estado,
y salvaguarda la familia frente a la sociedad.
«Tengan presente
los ricos y los patronos que oprimir para su lucro a los necesitados y a los
desvalidos y buscar su ganancia en la pobreza ajena no lo permiten ni las leyes
divinas ni las humanas. Y defraudar a alguien en el salario debido es un gran
crimen, que llama a voces las iras vengadoras del cielo. «He aquí que el
salario de los obreros… que fue defraudado por vosotras, clama; y el clamor de
ellos ha llegado a los oídos del Dios de los ejércitos» (RN 15)
A nadie le está
permitido violar impunemente la dignidad humana, de la que Dios mismo dispone
con gran reverencia (RN 30)
Lo primero que se
ha de hacer es librar a los pobres obreros de la crueldad de los ambiciosos,
que abusan de las personas sin moderación, como si fueran cosas para su medro
personal. O sea, que ni la justicia ni la humanidad toleran la exigencia de un
rendimiento tal, que el espíritu se embote por el exceso de trabajo y al mismo
tiempo el cuerpo se rinda a la fatiga. (RN 31)
Si el obrero,
obligado por la necesidad o acosado por el miedo de un mal mayor, acepta, aun
no queriéndola, una condición más dura, porque la imponen el patrono o el
empresario, esto es ciertamente soportar una violencia, contra la cual reclama
la justicia. (RN 32)
Salario familiar:
Si el obrero percibe un salario lo suficientemente amplio para sustentarse a sí
mismo, a su mujer y a sus hijos, (RN 33)
Plantea la
necesidad de asociaciones de obreros.
RN plantea todavía
la cuestión social como un tema exclusivo entre obreros y patronos pero, aún
con sus limitaciones supone un avance importante respecto a las ideas entonces
vigentes en la Iglesia y en la sociedad. Fue un estímulo para el pensamiento y
la acción social en la Iglesia y la sociedad. Desconcertó a muchos (fue
criticada por obreros, por patronos, por la sociedad, y por la Iglesia) pero
estimuló muchas iniciativas. Al cumplirse sus cien años, Juan Pablo II, en CA,
ha destacado:
Que su clave de
lectura es la dignidad del trabajador y del trabajo
Además del derecho
a la propiedad privada —siempre supeditado al destino universal de los bienes y
al bien común— defiende otros derechos del trabajador: asociarse en sindicatos,
el descanso, la adecuación d el trabajo a las condiciones del trabajador, el
salario justo —salario familiar—, y que el trabajo permita cumplir los deberes
religiosos.
Otra clave de
lectura es la relación entre el estado, que se supone democrático, y los
ciudadanos.
De fondo está la
concepción de la persona humana y su libertad.
Más de ciento
treinta años después, la DSI ha avanzado de modo importante, en la comprensión
de los problemas, en la metodología inductiva, en la inclusión de cuestiones
que no aparecían en sus comienzos, en la amplitud de los destinatarios, y en la
cosmovisión que ofrece. Sobre todo con el papa Francisco, se ha dado un paso de
gigante, no en incorporar temas nuevos, sino en los acentos.
Francisco y León.
Dilexi te
Más de 130 años
después, las “cosas nuevas” siguen apareciendo. Se destacan: nuevas tecnologías
que transforman la vida, economías que descartan a las personas, trabajos
precarizados, —es decir, que son inestables, inseguros, frágiles, o
temporales—, migraciones masivas, y crisis climática que golpea, sobre todo, a
los pobres.
Francisco nos ha
dejado textos fundamentales para la DSI. Desde EG, cuyo capítulo IV, sobre el
contenido social de la evangelización es una guía de reflexión y acción, hasta
Laudato si, Laudato Deo, Fratelli Tutti, Dilexit nos. Y los discursos y
mensajes a los encuentros de movimientos populares, además de los mensajes de
las Jornadas de las Migraciones y de las Jornadas de la Paz, o los discursos al
Cuerpo Diplomático de cada año de su pontificado.
Francisco no hace
aportaciones especialmente novedosas a la DSI, pero nombra de modo nuevo las
realidades sociales que estamos llamados a contemplar, reconocer, y transformar
mediante nuestro compromiso, y nos ofrece una renovada perspectiva eclesial
desde la que mirar esa realidad; esa realidad poliédrica: como Iglesia en
salida, como Iglesia, pueblo de Dios en marcha a la que la constituye la
misión, desde las periferias, pobre y de los pobres. Francisco nos enseña a
leer la realidad de manera global: todo está conectado, nadie se salva solo,
existe una única crisis ecosocial. Se trata de abrir procesos de cuidado de la
vida y la creación. Y, en todo ello, el gran tema es el trabajo, y los derechos
básicos: tierra, techo, trabajo. Y nos recuerda que nuestra tarea es
evangelizar, que nuestra razón de ser es esa: la tarea del Reino.
Como León XIV
indica en Dilexi te, la base de esta exhortación la puso Francisco, en
continuidad con Dilexit nos. Se aprecia esta continuidad en la misma estructura
del texto, y en la profusión de citas del magisterio de Francisco, al que el
texto remite continuamente. Hay insistencias que nos resultan conocidas, pero
que León XIV destaca de manera personal en una exhortación de carácter
doctrinal, social y pastoral, imbuida de una reflexión teológica que ha
persistido en la Iglesia a través de los siglos.
Hay una
insistencia de fondo:
Jesús se
identifica «con los más pequeños de la sociedad» y con su amor, entregado hasta
el final, muestra la dignidad de cada ser humano, sobre todo cuando es «más
débil, miserable y sufriente». Contemplar el amor de Cristo «nos ayuda a
prestar más atención al sufrimiento y a las carencias de los demás, nos hace
fuertes para participar en su obra de liberación, como instrumentos para la
difusión de su amor (DT 2). Nuestra contemplación del amor de Dios no se reduce
a un acto íntimo, sin trascendencia, sino que nos sitúa en la misma dinámica de
su amor, nos lleva a hacer operante ese amor. Y, al identificarse con los
últimos, nos permite reconocerle en ellos, y servirle en ellos (DT 5) y nos
permite acercarnos a ellos diciéndoles también “Yo te he amado”. Es nuestro
camino de santificación (DT 3)
Parte el Papa de
una constatación previa: Aunque el dolor de los pobres nos interpela
continuamente (DT 9) el compromiso en favor de los pobres y con el fin de
remover las causas sociales y estructurales de la pobreza, sigue siendo
insuficiente (DT 10), y es necesario asociar a este compromiso un cambio de
mentalidad que pueda incidir en la transformación cultural (DT 11), porque,
entretanto, sigue creciendo la desigualdad, el descarte y la indiferencia.
Quizá constatamos que han crecido obras de beneficencia, de asistencia a los
pobres, pero van siendo cada vez menos las que se plantean, además, un
compromiso transformador de esas realidades.
En nuestro mundo
nos vamos acostumbrando y haciendo irrelevante la pobreza, cuyo rostro se va
haciendo más multiforme cada vez. Los pobres no existen por casualidad (DT 14)
y hemos de enfrentar los prejuicios ideológicos con que es observada esta
realidad. Especialmente los cristianos -nos advierte el Papa- llegamos por
contagio de esas actitudes a conclusiones engañosas. (DT 15). No es posible
olvidar a los pobres si no queremos salir fuera de la corriente viva de la
Iglesia que brota del Evangelio y fecunda todo momento histórico (DT 15)
El Papa señala
diversas manifestaciones de la pobreza que son especialmente llamativas en el
primer mundo, en Europa. Son empobrecimientos económicos y sociales que
reflejan las crecientes desigualdades (DT 12): las familias que no llegan a
final de mes (los trabajadores pobres); la “doble pobreza” de las mujeres
pobres. Y señala que hay reglas económicas que están en la base de la
inequidad. (DT 13). Y, por tanto, la pobreza no es fruto de la casualidad (DT
14), o de meras decisiones personales. Hay un sistema que empobrece, que
expulsa y descarta a millones de personas de la vida digna. Por eso no es
admisible la culpabilización y criminalización de la pobreza.
Dios es amor
misericordioso (DT 16). La primera consecuencia nos hace conscientes de que
solo podemos ser la Iglesia de Jesucristo y fieles a su evangelio si somos la
Iglesia de los pobres, si vamos caminando por la estela que la Iglesia ha
recorrido desde los primeros tiempos, para descubrir que nuestra identidad se
asienta en el anuncio del evangelio a quienes son sus destinatarios
privilegiados, con quienes hemos de ir aprendiendo a ser Iglesia pobre y de los
pobres. La clave de la encarnación sustenta toda la propuesta. No podemos rezar
ni celebrar la fe si se oprime a los más débiles (DT 17)
El recorrido
bíblico (DT 24-34) y patrístico (DT 39-48) de la exhortación nos ayuda a
reconocer estas huellas que nos preceden y desde la que seguir encontrando
orientación para actualizar hoy la experiencia de sabernos y sentirnos amados
por Dios, y la experiencia de vivir desde ese amor que se hace ofrenda personal
y comunitaria para acercar el reino de Dios a esta historia concreta,
enfatizando que solo el evangelio vivido así, nos hace Iglesia de Jesucristo.
Aunque muchas veces nos parezca que la Iglesia sigue estando muy alejada de los
pobres, el recorrido por la historia nos muestra que nunca ha dejado de estar
cerca a través de personas, congregaciones, obras, presencias… en las
periferias.
Otra clave de
lectura es recordar que la opción fundamental por los pobres no es una mera
categoría sociológica, sino fundamentalmente cristológica y eclesiológica (DT
99), lo que hace que no sea algo accesorio a la fe y la vida eclesial, sino
algo esencial que constituye nuestra vida y misión. Existe un vínculo
inseparable entre nuestra fe y los pobres (DT 35). Es -citando a San Juan Pablo II- una forma
especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana (DT 87). La opción
preferencial por los pobres genera una renovación extraordinaria tanto en la
Iglesia como en la sociedad, cuando somos capaces de liberarnos de la
autorreferencialidad y conseguimos escuchar su grito. (DT 7) Teológicamente
podemos hablar de una opción preferencial de Dios por los pobres. (DT 16)
Es Dios mismo
quien opta por los pobres porque es amor misericordioso y se hace cargo de
nuestra condición humana y, por tanto, de nuestra pobreza. (DT 16) Él mismo se
hizo pobre. Jesús de Nazaret realizó plenamente la predilección de Dios por los
pobres (DT 18) Es Mesías de los pobres y para los pobres (DT 19). Los pobres
son la misma carne de Cristo (DT 110). Por eso no cabe reducir la fe a una
relación intimista y desencarnada de la historia que nos desvincula de los
pobres, o de la tarea del Reino de Dios. (DT 21). El camino de nuestra
redención está signado por los pobres. (DT 17) En efecto, Dios muestra
predilección hacia los pobres, a ellos se dirige la palabra de esperanza y de
liberación del Señor y, por eso, aun en la condición de pobreza o debilidad, ya
ninguno debe sentirse abandonado. Y la Iglesia, si quiere ser de Cristo, debe
ser la Iglesia de las Bienaventuranzas, una Iglesia que hace espacio a los
pequeños y camina pobre con los pobres, un lugar en el que los pobres tienen un
sitio privilegiado (cf. St 2,2-4). (DT 21)
No hay vivencia de
la fe sin concretar el amor en el compromiso cotidiano por denunciar las
injustas estructuras de pecado, y por construir, compartiendo la vida de los
pobres, una comunidad humana acogedora de los últimos, que sea comunidad
social, más allá de los límites eclesiales, porque la salvación no es una idea
abstracta, sino una acción concreta (DT 52). No se puede rezar ni ofrecer
sacrificios mientras se oprime a los más débiles y a los más pobres. (DT 17)
«De nuestra fe en
Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y excluidos, brota la
preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad».
(DT 21).
Basta que hagamos
un recorrido por la Biblia, desde el AT hasta el Apocalipsis aparece nítida esa
preferencia de Dios por los pobres, que nos pone, como Iglesia, en la necesidad
de mostrar esa misma preferencia. El amor al prójimo representa la prueba
tangible de la autenticidad del amor a Dios. (DT 26) Y, apunta el papa León que
lo que dice la Palabra revelada «es un mensaje tan claro, tan directo, tan
simple y elocuente, que ninguna hermenéutica eclesial tiene derecho a relativizarlo.
(DT 31) Existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres (DT 36)
Los santos Padres
eran de una claridad meridiana: la caridad no es una vía opcional, sino el
criterio del verdadero culto. (Crisóstomo) (DT 42) Para san Agustín (DT 43) la
limosna es justicia restaurada. La teología patrística fue práctica, apuntando
a una Iglesia pobre y para los pobres, recordando que el Evangelio sólo se
anuncia bien cuando llega a tocar la carne de los últimos, y advirtiendo que el
rigor doctrinal sin misericordia es una palabra vacía. (DT 48). Alumbró el
cuidado de los pobres, de los enfermos, de los encarcelados, de los migrantes,
el cuidado de la educación de los niños y jóvenes de las periferias… como una
respuesta a la exclusión y a la indiferencia. (DT 67)
Del mismo modo que
a lo largo de la historia ha sido y sigue siendo referente la vida monástica, y
otros testigos de la pobreza evangélica (DT 53-72), hoy son un referente los
movimientos populares para que en nuestra realidad podamos sintonizar con el
lamento de los pobres, de manera especial con las mujeres y los migrantes, y
los habitantes de las periferias existenciales (DT 75), y con ellos generar
alternativas de dignidad humana en la lucha por la justicia.
No se trata de “llevarles
a Dios”, sino de encontrarlo entre ellos. Servir a los pobres no es un gesto de
arriba hacia abajo, sino un encuentro entre iguales, donde Cristo se revela y
es adorado. San Juan Pablo II nos recordaba que «en la persona de los pobres
hay una presencia especial [de Cristo], que impone a la Iglesia una opción
preferencial por ellos». Por lo tanto, cuando la Iglesia se inclina hasta el
suelo para cuidar de los pobres, asume su postura más elevada. (DT 79)
La experiencia de
los movimientos populares nos recuerda la necesidad de luchar contra las causas
estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, la tierra y
la vivienda, la negación de los derechos sociales y laborales. (DT 81).
Tendríamos que pensar de qué modo orientar nuestra acción evangelizadora en el
mundo obrero a los movimientos populares, tal como hemos comenzado a hacer
(asociación de víctimas de accidentes de trabajo, asociación de barrios
ignorados, sindicatos de inquilinos, plataformas anti desahucios, colectivos de
trabajadores inmigrantes, sobre todo trabajadoras del hogar…)
El Papa reconoce
que los movimientos de trabajadores, de mujeres y de jóvenes, así como la lucha
contra la discriminación racial, han dado lugar a una nueva conciencia de la
dignidad de los marginados. También el aporte de la DSI. (DT 82)
El Concilio abordó
este como uno de los temas fundamentales: «siempre, pero sobre todo hoy, el
misterio de Cristo en los pobres», y «no se trata de un tema más, sino que en
cierto sentido es el único tema de todo el Vaticano II» (DT 84)
Desde aquí, hemos
de acoger el testimonio de la Iglesia latinoamericana y la teología de la
liberación, que abrieron camino como un referente inexcusable en la opción por
los pobres. (DT 90) con una actitud profética que denuncia el pecado social, el
pecado estructural -junto al pecado personal- que están en la raíz de la
injusticia y la pobreza.
En la encíclica
Dilexit nos, el papa Francisco ha recordado cómo el pecado social toma la forma
de “estructura de pecado” en la sociedad, que «muchas veces […] se inserta en
una mentalidad dominante que considera normal o racional lo que no es más que
egoísmo e indiferencia. Este fenómeno se puede definir “alienación social”» (DT
93) y tiene que ver con la clave que, por ejemplo, planteamos en la HOAC del
cambio de mentalidad. Hemos de hacer germinar otra manera de pensar en nuestra
sociedad. Quizá hemos de hacer germinar el simple pensamiento. Que seamos
capaces de pensar.
Por esto es
necesario un compromiso por resolver las causas estructurales de la pobreza.
(DT 94) Es responsabilidad de todos los miembros del pueblo de Dios hacer oír,
de diferentes maneras, una voz que despierte, que denuncie y que se exponga,
aun a costa de parecer diferentes; aun a costa de parecer “estúpidos”. Las
estructuras de injusticia deben ser reconocidas y destruidas con la fuerza del
bien, a través de un cambio de mentalidad, pero también con la ayuda de las
ciencias y la técnica, mediante el desarrollo de políticas eficaces en la
transformación de la sociedad. (DT 97)
El trabajo humano
decente -clave esencial de toda la cuestión social- sigue siendo un elemento
esencial en el camino de recuperación y sanación de la dignidad herida de toda
persona empobrecida. (DT 115) Necesitamos contemplar las situaciones de los
trabajadores. (DT 89)
No se trata de
llevarles a Dios, sino de encontrarlo entre ellos (DT 79), considerando a los
pobres como sujetos (DT 99-102) y no como meros objetos de una acción
asistencial y benéfica. Siempre debe recordarse que la propuesta del Evangelio
no es sólo la de una relación individual e íntima con el Señor. La propuesta es
más amplia: «es el Reino de Dios (cf. Lc 4,43); se trata de amar a Dios que
reina en el mundo. En la medida en que Él logre reinar entre nosotros, la vida
social será ámbito de fraternidad, de justicia, de paz, de dignidad para todos.
Entonces, tanto el anuncio como la experiencia cristiana tienden a provocar
consecuencias sociales. Buscamos su Reino». (DT 97)
Los pobres no son
un problema social; son de los nuestros. (DT 104) Esto exige acompañar la vida
de las personas encarnándonos con ellas. En este sentido, el Papa recuerda que
los movimientos de trabajadores han dado lugar a una nueva conciencia de la
dignidad de los marginados (DT 82) y reclama el aporte de la DSI, así como el
trabajo por el bien común que posibilita amar al prójimo más eficazmente (DT
88).
Replantea el Papa
la eficaz aportación de la limosna, entendida, como encuentro, contacto e
identificación con la situación de los demás (DT 115) que nos permite tocar la
carne sufriente de los pobres. (DT 119) la limosna no exime de sus
responsabilidades a las autoridades competentes, ni elimina el compromiso
organizado de las instituciones, y mucho menos sustituye la lucha legítima por
la justicia. Sin embargo, invita al menos a detenerse y a mirar al pobre a la
cara, a tocarle y compartir con él algo de lo suyo. (DT 116)
Para esto resulta
imprescindible seguir vinculando fe y vida y, sobre todo, el culto y la vida,
la celebración y el compromiso, la acogida de la vida en la oración, y la
espiritualidad que ha de sustentar la presencia de los cristianos en la vida
pública (DT 114). Es la espiritualidad del Buen Samaritano, que nos impide
reducir la fe al ámbito privado, como si los creyentes no tuviéramos que
preocuparnos de todo lo que afecta a la sociedad y a los ciudadanos. (DT 112)
El hecho es que
muchas formas de indiferencia que hoy encontramos «son signos de un estilo de
vida generalizado, que se manifiesta de diversas maneras, quizás más sutiles.
(DT 107)
La pobreza sigue
clamando justicia, solidaridad, frente a las estructuras de pecado (DT 90) y es
preciso seguir denunciando la dictadura de una economía que mata (DT 90-94)
reconquistando nuestra dignidad moral y espiritual. Y ante ello tenemos que
tener la creatividad y la audacia necesaria para encontrar y concretar caminos
para el amor. Por su naturaleza, el amor cristiano es profético, hace milagros,
no tiene límites: es para lo imposible. El amor es ante todo un modo de
concebir la vida, un modo de vivirla. Pues bien, una Iglesia que no pone
límites al amor, que no conoce enemigos a los que combatir, sino sólo hombres y
mujeres a los que amar, es la Iglesia que el mundo necesita hoy. (DT 120)
Llamadas y
desafíos
No andamos escasos
de doctrina social en la Iglesia. Quizá lo más perentorio y necesario sea, como
propone el Papa en esta exhortación, hacerla vida, una vida en que podamos
escuchar también cada uno de nosotros: “Te he amado”. Por eso concluyo
simplemente enunciando las llamadas que percibo para nuestra Iglesia; para
nuestros movimientos apostólicos y nuestras comunidades parroquiales.
Hacer una lectura
creyente de la realidad, situándonos desde las periferias.
Mirar la realidad
como Dios la mira, uniendo los sentimientos de indignación y compasión. Activar
los criterios de la DSI.
Para reconocer la
presencia de Cristo en los pobres y servirles.
Desde la
vinculación de caridad y justicia. En actitud profética.
Atentos a las
tentaciones:
No dejarnos
atrapar por el discurso neoliberal (culpar a los pobres)
Reducir la
compasión al asistencialismo
Para provocar
Un camino de
encarnación y acompañamiento
Con los pobres
Propiciando un
cambio de mentalidad y la conversión de las estructuras, lo que requiere luchar
contra las causas estructurales de la pobreza
Que visibilice
nuestro ser Iglesia y nos convierta en la iglesia de los pobres. Acompañar a
los Movimientos populares
Vinculando fe y
vida, culto y vida.
Todo ello porque
la opción por los pobres es la misma opción de Dios. Dios es parcial. Y para
nosotros esa opción es una opción profundamente espiritual porque nace de la
experiencia del amor de Dios en nuestra vida.