domingo, 6 de febrero de 2011

PONENCIA

"Conciencia cristiana y cultura política en las enseñanzas de San Josemaría Escrivá de Balaguer"

Monseñor Ángel Rodríguez Luño, decano de la facultad de Teología de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma)
46 Jornadas de Cuestiones Pastorales, celebradas del 25 y 26--11 en Castelldaura.

1. La formación de la conciencia en materia social y política

Conviene aclarar inicialmente qué significado puede tener la expresión "cultura polí­tica" en las presentes reflexiones. En los escritos de San Josemaría Escrivá de Balaguer no se encuen­tran lo que comúnmente llamamos "ideas u opiniones políticas", es decir, consideraciones dirigidas a proponer o a sugerir una solución concreta a un determinado problema político, en concurrencia con otras soluciones posibles y legítimas para un ciudadano católico. En este sentido afirmó más de una vez: «Yo no hablo nunca de política»[1], y siempre se negó a intervenir en el juego de las opiniones que suelen determinar la adscripción de los ciudada­nos a un determinado partido político, a un sindicato, a un movimiento cultural, etc., con el propósito de contribuir noblemente a la configuración política del propio país. Nunca per­mitió que sus palabras o su actividad fuesen interpretadas en sentido político, ni quiso in­fluir en modo alguno sobre los demás en ese plano. Tampoco preguntó a nadie por sus pre­ferencias políticas. Más adelante quedarán claras las importantes razones a las que respon­de esta línea de conducta.

Los escritos de San Josemaría contienen, en cambio, abundantes enseñanzas acerca de la acción social y política de los ciudadanos, que se dirigen a exponer los puntos capita­les de la ética social y política, así como de la doctrina social de la Iglesia, en cuanto que tales enseñanzas forman parte «de los medios espirituales necesarios para vivir como bue­nos cristianos en medio del mundo»[2]. Se trata, escribía una vez, de enseñar a «com­portarse como buenos cristianos: conviviendo con todos, respetando la legítima libertad de todos y haciendo que este mundo nuestro sea más justo»[3]. Conviene precisar que la actividad de San Josemaría no tuvo como finalidad directa la consecución de objetivos concretos de justicia social y política. Sus enseñanzas constituyen más bien una apremiante llamada «a una plenitud de vida cristiana que, por verificarse en medio del mundo, connota constantemente frutos de transformación social, de instauración de la justicia, de fraternidad y de paz»[4]. Queda siempre bien claro que la llamada a la plenitud de vida cristiana trasciende las realizaciones en el plano social y político, que vienen a ser «como efectos que advienen a modo de redundancia o añadidura, respecto a la realidad central: la radical identificación con Cristo»[5].

El modo de armonizar la legítima libertad política de los ciudadanos con la forma­ción ético-social que constituye como el común denominador de la cultura política de los católicos, nos parece una nota muy característica de San Josemaría, cuya adecuada com­prensión requiere un breve esclarecimiento de las relaciones que existen entre la fe cristia­na y la política.

2. Fe y política

Las relaciones entre fe cristiana y política han de colocarse en un cuadro teológico fundamental[6]. Éste es, para San Josemaría, la llamada universal a la santidad, dinamismo profundo de la vida moral cristiana, que comporta una intensa concentración cristológi­ca. Cornelio Fabro, autor de uno de los mejores estudios teológicos sobre los escritos de San Josemaría, advierte en ellos la presencia constante y unificante de «una comprensión singularmente rica y coherente del misterio de Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre», que permite encontrar en la «Encarnación del Verbo el fundamento perennemente actual y operativo de la transformación cristiana del hombre y, a través del trabajo humano, de to­das las realidades creadas»[7]. La coexistencia armónica de la plenitud divina y humana en Cristo se convierte en paradigma de la armonía de lo sobrenatural y de lo humano en la existencia y actividades del cristiano. Glosando un pasaje de la Epístola a los Colosenses (1, 19-20), San Josemaría afirma: «Hablando con rigor, no se puede decir que haya realidades -buenas, nobles, y aun indiferentes- que sean exclusivamente profanas, una vez que el Verbo de Dios ha fijado su morada entre los hijos de los hombres, ha tenido hambre y sed, ha trabajado con sus manos, ha conocido la amistad y la obediencia, ha experimentado el do­lor y la muerte»[8]. No sólo no hay contraposición entre la vida de relación con Dios y el empeño por colaborar con los demás en la construcción del bien común, sino que este empeño se convierte en camino de unión con Dios, sea porque se trata de un deber cívico de todos los ciudadanos que en los cristianos queda asumido también por la caridad, sea porque los ciudadanos cristianos lo ejercen de acuerdo con su conciencia informada por los valores evangélicos, que de este modo producen resultados concretos en el ámbito social[9].

Si San Josemaría rechaza cualquier visión del cristianismo que no perciba «su rela­ción con las situaciones de la vida corriente, con la urgencia de atender a las necesidades de los demás y de esforzarse por remediar las injusticias»[10], rechaza con no menos fuerza cualquier planteamiento que olvide la trascendencia de la fe cristiana y de la misión de la Iglesia respecto a las diferentes síntesis político-culturales concretas presentes en el mundo a lo largo de la historia. Los fieles laicos están llamados a «santificar desde dentro todas las estructuras temporales, llevando allí el fermento de la Redención»[11], pero su cometido en la tierra, precisa San Josemaría, no se puede pensar como «el brotar de una corriente político-religiosa -sería una locura-, ni siquiera aunque tenga el buen propósito de infundir el es­píritu de Cristo en todas las actividades de los hombres»[12]. Identificar plenamente la fe cristiana con una concreta síntesis cultural o con un determinado proyecto político, por muy bueno que fuese, sería algo en sí mismo ajeno a la verdad enseñada por Cristo, y tarde o temprano causaría un gran mal a la Iglesia y a las almas.

La cuestión tiene otro importante aspecto que conviene considerar. San Josemaría te­nía una clara conciencia de que las actividades sociales y políticas no son simples enuncia­ciones de principios perennes, sino concretas realizaciones de bienes humanos y sociales en un contexto histórico, geográfico y cultural determinado, marcadas por una contingen­cia al menos parcialmente insuperable, que por otra parte es característica de todo lo prácti­co. Por eso, afirmaba que «nadie puede pretender en cuestiones temporales imponer dog­mas, que no existen. Ante un problema concreto, sea cual sea, la solución es: estudiarlo bien y, después, actuar en conciencia, con libertad personal y con responsabilidad también personal»[13]. Pero con esto no pretendía decir que todos los asuntos sociales son contingen­tes, ya que propagaba a los cuatro vientos, sin respetos humanos, las exigencias éticas uni­versalmente válidas. Su pensamiento queda claramente reflejado en estas palabras: «No me olvides que, en los asuntos humanos, también los otros pueden tener razón: ven la misma cuestión que tú, pero desde distinto punto de vista, con otra luz, con otra sombra, con otro contorno. -Sólo en la fe y en la moral hay un criterio indiscutible: el de nuestra Madre la Iglesia»[14].

Por esta razón, San Josemaría afirmó y defendió el derecho y el deber de la Jerarquía de la Iglesia de pronunciar juicios morales sobre asuntos temporales, cuando ello era exigi­do por la fe o la moral cristianas[15]. Es más, enseñó constantemente que los fieles tienen en­tonces la obligación moral de aceptar esos juicios doctrinales[16], e incorporó a sus enseñan­zas orales y escritas los contenidos fundamentales del magisterio pontificio y episcopal en materia social. Esta función del magisterio eclesiástico se refiere a los principios dogmáti­cos y morales, y a los hechos o proyectos que entran claramente en contradicción con ellos, pero no se extiende -salvo en alguna circunstancia de gravedad excepcional- a la elec­ción de una opción política determinada si existen varias que son perfectamente compati­bles con la conciencia cristiana.

De este modo queda claro que cuanto se dirá a continuación no mira a sugerir opcio­nes políticas concretas, sino a subrayar algunos principios de ética social y política que in­forman la conciencia cristiana.

3. Participación y solidaridad

La concentración cristológica antes mencionada determina la visión que San Josema­ría tiene de lo que significa para un cristiano estar en el mundo y vivir en el mundo o, con otras palabras, su concepción de la secularidad. Ésta se traduce en el imperativo de la res­ponsabilidad y de la participación: vivir en el mundo significa sentirse responsable de él, asumiéndose la tarea de participar en las actividades humanas -profesionales, cultura­les, sociales y políticas- para configurarlas de acuerdo con la justicia, la libertad y los de­más valores evangélicos. Y así escribe: «Como cristiano, tienes el deber de actuar, de no abste­nerte, de prestar tu propia colaboración para servir con lealtad, y con libertad perso­nal, al bien común»[17]. El trabajo en favor del bien común requiere empeño y generosidad, por lo que la pasividad, la pereza, el "dejar hacer", son tentaciones siempre al acecho ante las que un cristiano no debe ceder. «Los hijos de Dios, ciudadanos de la misma categoría que los otros, hemos de participar ‘sin miedo' en todas las actividades y organizaciones ho­nestas de los hombres, para que Cristo esté presente allí. Nuestro Señor nos pedirá cuenta estrecha si, por dejadez o como­didad, cada uno de nosotros, libremente, no procura inter­venir en las obras y en las decisiones humanas, de las que dependen el presente y el futuro de la socie­dad»[18].

Al hablar de participación, San Josemaría no se refería sólo a los ciudadanos, siem­pre pocos, que se dedican profesionalmente a la política, ni tampoco quería decir que con­venía dedicarse a ella, lo que no sería bueno para los que carecen de las aptitudes necesa­rias; pensaba simplemente en el ciudada­no que cumple sus deberes cívicos y ejercita sus derechos, y tanto en un caso como en el otro es co­herente con su concepción del mundo, del hombre y del bien común político, asociándose libremen­te con quienes -cristianos o no- comparten esas ideas y están dispuestos a realizarlas. En este sentido lamentaba que es frecuente «aun entre católicos que parecen responsables y piadosos, el error de pensar que sólo están obligados a cumplir sus deberes familiares y religiosos, y apenas quieren oír hablar de deberes cívicos»[19].

En realidad no se trata de un deber específico de los cristianos, sino de un deber ge­neral de todos los ciudadanos, que los cristianos deben santificar. Los sistemas políticos ac­tuales presuponen la participación de los ciudadanos, y sin ella no pueden funcionar ade­cuadamente. La expansión exagerada del aparato estatal, o el predominio de soluciones que no responden al sentir común, sino a la opinión de una minoría de activistas, se debe en buena parte «a la inhibición de los ciudadanos, a su pasividad para defender los derechos sagrados de la persona humana. Esta inactividad, que tiene su origen en la pereza mental y en la voluntad inerte, se da también en los ciudadanos católicos, que no acaban de ser conscientes de que hay otros pecados -y más graves- que los que se cometen contra el sexto precepto del Decálogo»[20].

Parte muy importante de la participación en la vida social y política es el trabajo de promoción social, la lucha contra la injusticia, la corrupción, la violencia y la falta de equi­dad en la distribución de los bienes económicos y culturales. «Se comprende muy bien la impaciencia, la angustia, los deseos in­quietos de quienes, con un alma naturalmente cristia­na, no se resignan ante la injusticia personal y social que puede crear el corazón humano. Tantos siglos de convivencia entre los hombres y, toda­vía, tanto odio, tanta destrucción, tanto fanatismo en los ojos que no quieren ver y en corazones que no quieren amar. Los bienes de la tierra, repartidos entre unos pocos; los bienes de la cultura, ence­rrados en ce­náculos. Y, fuera, hambre de pan y de sabiduría, vidas humanas que son santas, porque vie­nen de Dios, tratadas como simples cosas, como números de una estadística»[21]. San Jose­maría estimuló a muchas personas para que dedicasen su actividad profesional a tareas de promoción social de carácter educativo, sanitario, asistencial, etc.,[22] dando útiles sugeren­cias para que esas tareas se desarrollasen de modo eficaz, valorizando los recursos locales y la dignidad de cuantos se benefician de ellas.

4. Libertad, responsabilidad y pluralismo

El principio de libertad, junto con el de participación a que nos acabamos de referir, ocupa un lugar central en las enseñanzas de San Josemaría. Él ve la libertad como un bien humano y cristiano de la máxima importancia. «Repito y repetiré sin cesar que el Señor nos ha dado gratuitamente un gran regalo sobrenatural, la gracia divina; y otra maravillosa dádiva humana, la libertad personal, que exige de nosotros -para que no se corrompa, convirtiéndose en libertinaje- integridad, empeño eficaz en desenvolver nuestra conducta dentro de la ley divina, ‘porque donde está el Espíritu de Dios, allí hay libertad' (2 Cor III, 17). [...] Algunos de los que me escucháis me conocéis desde muchos años atrás. Podéis atestiguar que llevo toda mi vida predicando la libertad personal, con personal responsabi­lidad. La he buscado y la busco, por toda la tierra, como Diógenes buscaba un hombre. Y cada día la amo más, la amo sobre todas las cosas terrenas: es un tesoro que no apreciaremos nunca bastante»[23].

Amar la libertad implica necesariamente amar «el pluralismo que la libertad lleva consigo»[24]. Pluralismo no es sinónimo de conflicto o de tensión: «El hecho de que alguno piense de distin­ta manera que yo -especialmente cuando se trata de cosas que son objeto de la libertad de opinión- no justifica de ninguna manera una actitud de enemistad perso­nal, ni siquiera de frialdad o de indiferencia. Mi fe cristiana me dice que la caridad hay que vivirla con to­dos, también con los que no tienen la gracia de creer en Jesucristo»[25]. Un cris­tiano no considera al adversario político como un enemigo, no le odia ni le maltrata, le deja hablar, le escucha, y en ningún caso recurre a la difamación ni a la calumnia, así como tampoco utiliza cuestiones privadas irrelevantes para el bien común como un arma política.

San Josemaría ve siempre la libertad acompañada por la responsabilidad. En un texto que se ha hecho célebre por su claridad, afirmaba que a un ciudadano cristiano bien inten­cionado «jamás se le ocurre creer o decir que él baja del templo al mundo para representar a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos problemas [...]. Esto sería clericalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas. Tenéis que difundir por todas partes una verda­dera mentalidad laical, que ha de llevar a tres conclusiones: a ser lo suficientemente honra­dos, para pechar con la propia responsabilidad personal; a ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la fe, que proponen -en materias opinables- soluciones diversas a la que cada uno de nosotros sostiene; y a ser lo suficientemente católicos, para no servirse de nuestra Madre la Iglesia, mezclándola en banderías humanas»[26].

Esta última consideración, cuya sustancia ha sido recogida por el Código de Derecho Canónico del 1983[27], merecería un amplio comentario, que aquí no podemos hacer. Quizá alguien piense que ese modo de proceder llevaría a debilitar la presencia de los cristia­nos -y de los valores que para los cristianos son importantes- en la vida social y políti­ca. Pero en realidad sucede lo contrario. Querer imponer una única opinión sobre asuntos contingentes, llevaría a desunir a los cristianos en lo que, en cambio, es verdaderamente irrenunciable. «Así ocurre con frecuencia -escribía en una ocasión- que se ven católicos que sienten con mucha más fuerza la afinidad ideológica con otros hombres -aun enemi­gos de la Iglesia- que el mismo vínculo de la fe con sus her­manos católicos; y que, a la vez que disimulan las diferencias en lo esencial que les sepa­ran de personas de otras reli­giones, o sin religión ninguna, no saben aprovechar el denomi­nador común que tienen con los demás católicos, para convivir con ellos y no exasperar las posibles diferencias de opi­nión en lo contingente»[28].

5. Libertad y formación cristiana

El énfasis en el principio de libertad y de responsabilidad personales presupone en el ciudadano cristiano la preocupación de adquirir una sólida formación, de manera que su actividad constituya efectivamente una positiva contribución al recto orden de la vida social. San Josemaría sentía vivamente la necesidad de proporcionar a todos esa formación. «Os diré, a este propósito, cuál es mi gran deseo: querría que, en el catecismo de la doctrina cristiana para los niños, se enseñara claramente cuáles son estos puntos firmes, en los que no se puede ceder, al actuar de un modo o de otro en la vida pública; y que se afirmara, al mismo tiempo, el deber de actuar, de no abstenerse, de prestar la propia colaboración para servir con lealtad, y con libertad personal, al bien común. Es éste un gran deseo mío, porque veo que así los católicos aprenderían estas verdades desde niños, y sabrían practicarlas luego cuando fueran adultos»[29]. Ese deseo hoy se ha hecho realidad, pues el Catecismo de la Iglesia Católica y diversos catecismos nacionales conceden la debida atención a los temas sociales y políticos[30]. El problema es de capital importancia, porque de la adecuada formación de los fieles depende que su presencia en la vida pública dé como resultado la ordenación cristiana del mundo, y no la «secularización» de los cristianos.

Cuando se habla aquí de formación, no se entiende propiamente la comunicación de soluciones concretas prefabricadas e irreformables, cerradas al diálogo constructivo. Formar es más bien promover una sensibilidad hacia las exigencias del bien común, así como estimular un pensamiento que, a la luz de la fe, permita progresar en la comprensión de la realidad y del cambio social. San Josemaría Escrivá de Balaguer veía en esta formación una fuente y un motivo de solidaridad, es decir, de participación solidaria en la empresa colectiva de búsqueda de la verdad. «En este ayudarse los unos a los otros ocupa un puesto importante el contribuir a conocer, a descubrir, la verdad. Nuestra inteligencia es limitada, sólo podemos -con esfuerzo y dedicación- llegar quizá a distinguir una parcela de la realidad, pero son muchas las cosas que se nos escapan. Una manifestación más de la solidaridad entre los hombres es hacer comunes los conocimientos, participar a los otros las verdades, que hemos llegado a encontrar, hasta constituir así ese patrimonio común que se llama civilización, cultura»[31].

6. Verdad y caridad

En la vida social puede existir, además del pluralismo de opciones políticas, una di­versidad de creencias religiosas y de ideas morales: en un mismo Estado, en una misma ciudad, en el seno de una misma familia, frecuentemente conviven y colaboran personas que tienen creencias religiosas o morales diferentes de las que en conciencia consideramos verdaderas. Esta convivencia puede crear y crea de hecho ten­siones y problemas de varia naturaleza. La doctrina de la Iglesia Católica sobre el derecho a la libertad religiosa[32], sobre la cooperación al mal[33] o sobre el comportamiento ante las leyes injustas[34], por ejemplo, constituye un criterio de acción para algunas de las situaciones que pueden plantearse.

Los problemas históricamente ligados a las diferencias religiosas y morales, junto con factores de tipo ideológico, han originado la mentalidad, muy extendida en algunos ambientes, de que la convicción de que existe una verdad sobre el bien de la persona y de las comunidades humanas acaba traduciéndose en injustas relaciones de dominio o de vio­lencia entre los hombres. De esa idea, que ahora no nos detenemos a valorar, pueden surgir diversas actitudes: unos consideran que una cierta dosis de agnosticismo o de relativismo es un bien, o al menos un mal menor necesario para la convivencia democrática[35], por lo que piensan que de las verdades últimas es mejor no hablar en el ámbito público, llegando a veces a exigir, como condición para cualquier forma de diálogo, la disponibilidad del interlocutor a renunciar o, al menos, a poner entre paréntesis las convicciones constitutivas de la propia identidad; si alguien no está dispuesto a hacerlo, lo acusan de ser un mal ciudadano, un enemigo de la convivencia. Ante esta perspectiva, otros se cierran al diálogo, porque no quieren o no saben dar ciertas explicaciones, por miedo o porque se sienten sometidos a un chantaje moral, o bien entienden que el diálogo es un bien por el que vale la pena ceder, es decir, renunciar, al menos externa y tácticamente, a la propia identidad, aunque esta actitud implique una cierta doblez, poco leal tanto hacia las propias convicciones como hacia los mismos interlocutores.

Es éste un problema hacia el que San Josemaría demostró una sensibilidad muy deli­cada. Dos enseñanzas neotestamentarias están en la base de sus reflexiones: la advertencia del Señor de que no existe un verdadero dilema entre lo que se debe a Dios y lo que se debe al César[36], y la enseñanza de San Pablo de que la verdad ha de ser expuesta con cari­dad, sin herir[37]. Siguiendo esta enseñanza paulina, él no tenía dificultades para armonizar el derecho a mantener su propia identidad intelectual y espiritual y el deber de hablar sencillamente o de colaborar con quien tiene ideas diferentes. «Siempre suelo insistir, para que os quede bien clara esta idea, en que la doctrina de la Iglesia no es compatible con los errores que van contra la fe. Pero ¿no podemos ser amigos leales de quienes practiquen esos errores? Si te­nemos bien firme la conducta y la doctrina, ¿no podemos tirar con ellos del mismo carro, en tantos campos?»[38].

Sin duda pensaba que la colaboración con personas de diversas creencias podía ser en muchas ocasiones una oportunidad de difundir la verdad y de disipar prejuicios y ma­lentendidos. En todo caso, era imperativo mantener una línea de conducta evangélica; de ahí «la cristiana preocupación por hacer que desaparezca cualquier forma de intolerancia, de coacción y de violencia en el trato de unos hombres con otros. También en la acción apostólica -mejor: principalmente en la acción apostólica-, queremos que no haya ni el menor asomo de coacción. Dios quiere que se le sirva en libertad y, por tanto, no sería recto un apostolado que no respetase la libertad de las conciencias»[39].

Distinguió con extrema claridad la relación íntima de la conciencia personal con la verdad de la relación entre personas. La primera está presidida por el poder normativo de la verdad, porque nunca es honrado no ser coherente con lo que en conciencia se juzga verda­dero; la segunda, por la justicia y por las exigencias inalienables de la dignidad de la perso­na. Y por eso hablaba, pensando en la primera de esas dos relaciones, de la santa intransi­gencia, término con el que denominaba la coherencia, la sinceridad, a la que se opone la villanía, es decir, la actitud de quien estando convencido de que dos más dos son cuatro dice que son tres y medio por debilidad o por comodidad. Pero siempre añadía que la in­transigencia referida a un aserto doctrinal no es santa si no va unida a la transigencia ama­ble con la persona que sostiene una posición diversa de la nuestra y que consideramos erró­nea[40].

Su actitud en este punto era firme y clara, y no admitía excepciones. Consideraba la intolerancia una injusticia ante la que se debía reaccionar. «Por eso, cuando alguno intenta­ra maltratar a los equivocados, estad seguros de que sentiré el impulso interior de ponerme junto a ellos, para seguir por amor de Dios la suerte que ellos sigan»[41]. Supo vivir de modo práctico estas enseñanzas; ello es un hecho histórico, pues en 1950 obtuvo el permiso de la Santa Sede para que el Opus Dei admitiese como cooperadores a hombres y mujeres no ca­tólicos y no cristianos[42], y así se ha hecho desde entonces.

Todo esto hace ver, en definitiva, que amaba el diálogo abierto, leal y sincero. Creía en él como medio de cohesión social y como ocasión de entendimiento y de apostolado. Sin duda advertía que el bien común de la sociedad, y sobre todo de una sociedad compleja como la actual, exige relacionar adecuadamente un conjunto de instancias y puntos de vista diferentes, que no deben cerrarse en sí mismos ni obrar de modo puramente autoreferen­cial. Pero veía sobre todo que la condescendencia demostrada por Dios al querer que su Verbo eterno se hiciese también palabra humana, hacía del diálogo humano un criterio de conducta vinculante para la conciencia cristiana. ­

Los escritos de San Josemaría tratan también otros aspectos de la vida social (como son, por ejemplo, la opinión pública, la libertad de enseñanza, etc.), sobre los que ahora no podemos detenernos. Pensamos sin embargo que los temas tratados son suficientemente representativos de lo que era para él la cultura política propia de la conciencia cristiana.

BARCELONA, sábado, 5 de febrero de 2011 (ZENIT.org).-
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[1] San Josemaría Escrivá, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, 11ª ed., Rialp, Madrid 1976, n. 48; cfr. también Id., Es Cristo que pasa. Homilías, Rialp, Madrid 1973, n. 183.

[2] Conversaciones, cit., n. 27.

[3] Ibid., n. 27.

[4] A. De Fuenmayor - V. Gómez-Iglesias - J.L. Illanes, El itinerario jurídico del Opus Dei. Histo­ria y defensa de un carisma, Eunsa, Pamplona 1989, p. 59

[5] Ibidem.

[6] En estas páginas retomamos con abundantes modificaciones lo que ya tratamos en A. Rodríguez Luño, Cultura política y conciencia cristiana. Ensayos de ética política, Rialp, Madrid 2007, pp. 51-86. Sobre estos aspectos del mensaje de San Josemaría puede verse J.M. Pero-Sanz - J.M. Aubert - T. Gu­tiérrez Calzada, Acción social del cristiano. El beato Josemaría Escrivá y la Doctrina social de la Igle­sia, Palabra, Madrid 1996 (con amplia bibliografía).

[7] C. Fabro, La tempra di un padre della Chiesa, en C. Fabro - S. Garofalo - M. A. Raschini, Santi nel mondo. Studi sugli scritti del beato Josemaría Escrivá, Ares, Milano 1992, p. 115.

[8] Es Cristo que pasa, cit., n. 112.

[9] Cfr. Ibid., n. 125.

[10] Ibid., n. 98.

[11] Ibid., n. 183.

[12] Ibid., n. 183.

[13] Conversaciones, cit., n.77.

[14] San Josemaría Escrivá, Surco, Rialp, Madrid 1986, n. 275.

[15] Cfr. Conversaciones, cit., n. 11.

[16] Cfr. Ibid.,n. 29.

[17] San Josemaría Escrivá, Forja, 13ª ed., Rialp, Madrid 2003, n. 714.

[18] Ibid., 715; cfr. también nn. 717-718.

[19] Carta 9-I-1932, n. 46, citado en Cultura política y conciencia cristiana, cit., p. 76.

[20] Carta 9-I-1959, n. 40, citado en Cultura política y conciencia cristiana, cit., p. 77.

[21] Es Cristo que pasa, cit., n. 111.

[22] Cfr. por ejemplo las iniciativas mencionadas en Conversaciones, cit., n. 71.

[23] Es Cristo que pasa, cit., n. 184.

[24] Conversaciones, cit., n. 98.

[25] Ibidem.

[26] Ibid., n. 117.

[27] Código de Derecho Canónico, c. 227: «Los fieles laicos tienen derecho a que se les reconozca en los asuntos terrenos aquella libertad que compete a todos los ciudadanos; sin embargo, al usar de esa libertad, han de cuidar de que sus acciones estén inspiradas por el espíritu evangélico, y han de prestar atención a la doctrina propuesta por el Magisterio de la Iglesia, evitando a la vez presentar como doctri­na de la Iglesia su propio criterio, en materias opinables».

[28] Carta 30-IV-1946, n. 21, citado en Cultura política y conciencia cristiana, cit., p. 71.

[29] Carta 9-I-1932, n. 45, citado en Cultura política y conciencia cristiana, cit., pp. 71-72.

[30] Una preocupación semejante se advierte en Juan Pablo II, Exhort. Apost. Christifideles laici, 30-XII-1988, nn. 59-60.

[31] Carta 24-X-1965, n. 17, citado en Cultura política y conciencia cristiana, cit., pp. 72-73

[32] Cfr. Concilio Vaticano II, Declaración Dignitatis humanae, 7-XII-1965.

[33] Cfr. por ejemplo Juan Pablo II, Enc. Evangelium vitae, 25-III-1995, n. 74.

[34] Cfr. Ibid., nn. 71-73.

[35] Cfr. la valoración crítica de esa tesis contenida en la Enc. Centesimus annus, n. 46.

[36] Cfr. Mt 22, 15-22.

[37] Cfr. Ef 4, 15; Forja, n. 559.

[38] Carta 16-VII-1933, n. 14, citado en Cultura política y conciencia cristiana, cit., p. 83.

[39] Carta 9-I-1932, n. 66, citado en Cultura política y conciencia cristiana, cit., pp. 83-84.

[40] Cfr. Carta 16-VII-1933, nn. 8 y 12; citado en Cultura política y conciencia cristiana, cit., pp. 84-85.

[41] Carta 31-V-1954, n. 19, citado en Cultura política y conciencia cristiana, cit., p. 70.

[42] Cfr. Conversaciones, cit., n. 29; cfr. también el n. 22.


sábado, 5 de febrero de 2011

PERSPECTIVA DE FAMILIA


En la línea ideológica del constructivismo ateo surgió, hace décadas, la destructiva “perspectiva de género” que reemplaza la realidad biológica del sexo por el “género” una construcción social histórica cambiante. Esa nueva mirada o “perspectiva” afecta de un modo particular la noción de persona, sexualidad y familia. En ella se fundan leyes como la que en nuestro país legalizó el seudo matrimonio homosexual.
Por eso, parlamentarios de distintos países reunidos en Acción Mundial de Parlamentarios y Gobernantes por la Vida y la Familia, entidad presidida durante sus primeros cuatro años de vida por la senadora argentina Liliana Negre de Alonso, desde ayer presidente honoraria de la entidad, se comprometieron, entre otras cosas, a abogar para que se instaure la “Perspectiva de Familia” en las políticas públicas y en la sociedad, y a denunciar las ayudas al desarrollo y la cooperación condicionadas a la imposición de la “ideología de género”.

El grupo parlamentario que desde ayer preside el diputado español Miguel Ángel Pintado Barbanoj, realizó durante los días 3 y 4 de febrero su III Encuentro Internacional en el Senado argentino con la presencia, entre otros, de legisladores de Italia, Paraguay, España, Brasil, Portugal, El Salvador, Uruguay y México.
Al término del Encuentro los parlamentarios presentes aprobaron por unanimidad la “Declaración de Buenos Aires” que transcribimos completa a continuación:

DECLARACIÓN de BUENOS AIRES
“La Familia y la Vida en la ideología de género”

La constatación de la imposición creciente de la ideología de género en la mayor parte del mundo y sus nocivos efectos en la integridad de la familia y el matrimonio natural; la multiplicación y exaltación del individualismo; la intromisión del Estado en la familia y en los ámbitos íntimos de la vida personal; la pérdida del sentido de lo natural; la injerencia en la soberanía de las naciones; y la separación entre ley y verdad, nos interpelan a:
DECLARAR el firme compromiso de Acción Mundial de Parlamentarios y Gobernantes por la Vida y la Familia, a fin de que:

- Se promueva el derecho a la vida humana desde su concepción, como fundamento esencial de la vida en democracia.
- Se adopte el Enfoque o Perspectiva de Familia como base del ordenamiento jurídico de los Estados.
- Se fomente la promoción y estabilidad del matrimonio, así como el derecho de la familia a ser protegida por la sociedad y el Estado, removiendo las trabas y obstáculos que a diario debe afrontar.
- Se proteja el derecho preferente de los padres a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos, como proclama la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
- Se facilite ejercer el derecho a la maternidad, muy especialmente en aquellos lugares donde las madres se encuentra con grandes obstáculos, así como en aquellas sociedades que poseen tasas de fecundidad por debajo de la indispensable reposición generacional.
- Se exija que las ayudas al desarrollo y la cooperación se produzcan con absoluto respeto a la soberanía de los países receptores.
- Se hará público cuando las ayudas al desarrollo y la cooperación se condicionen imponiendo políticas anti familia o ideología de género.
- Se dará conocimiento de las organizaciones y connacionales que reciban dinero foráneo para impulsar cambios en nuestras normas legales, fomentando acciones contra la vida y la familia.
En todo caso, abogamos porque se instaure el Enfoque o Perspectiva de Familia en las políticas públicas y en la sociedad.
Buenos Aires, 4 de Febrero de 2011

NOTIVIDA, Año XI, Nº 748, 5 de febrero de 2011

viernes, 4 de febrero de 2011

LOS JUECES Y LOS EMBRIONES



Silvio Pedro Montini (Abogado; docente)

El 24 de enero último se publicó un artículo del sacerdote José Amado Aguirre, que elude la cuestión central referida a que los jueces no pueden ignorar el Derecho; efectúa consideraciones acerca de lo que dicen los códigos Civil y Penal y lo que enseñan los teólogos, y se equivoca al decir: “Nuestra fe católica ya no se puede imponer…”. La realidad es que nunca se pudo ni se debió imponer, más allá de que muchas veces los cristianos no respetamos esa enseñanza de Jesús.

Sin embargo, lo fundamental es que la destrucción o no de los embriones y el aborto provocado son cuestiones netamente jurídicas y corresponde que lo teológico se reserve para el ámbito religioso.

Los jueces son seres humanos, por lo que también se equivocan, ante lo cual el sistema legal prevé la posibilidad de recurrir a un tribunal de superior jerarquía si quien se considera perjudicado cree que en lo resuelto hay un error. Lo que no pueden ni deben los jueces es ignorar el Derecho.

Leyes vigentes.
¿Qué duda puede haber en relación con los embriones o el aborto, si según el artículo 2 de la ley 23.849, “se entiende por niño todo ser humano desde el momento de la concepción y hasta los 18 años”. Si no protegemos al niño, en estado embrionario o fetal, existe abandono o, en su caso, asesinato del ser humano, que es ese niño.

El criterio que fija esa norma coincide con lo dispuesto por el artículo 70 del Código Civil, en el sentido de que la existencia de las personas comienza desde la concepción en el seno materno y se basa en la realidad que tuvo en cuenta Tabaré Vázquez, médico de profesión y ex presidente de Uruguay, para vetar la ley de aborto aprobada por el Parlamento de su país en 2008.

Tabaré Vázquez dijo en esa oportunidad: “(...) la legislación no puede desconocer la realidad de la existencia de vida humana en su etapa de gestación, tal como de manera evidente lo revela la ciencia. La biología ha evolucionado mucho. Descubrimientos revolucionarios, como la fecundación in vitro y el ADN con la secuencia del genoma humano, dejan en evidencia que desde el momento de la concepción hay allí una vida humana nueva, un nuevo ser. Tanto es así que en los modernos sistemas jurídicos, el ADN se ha transformado en la ‘prueba reina’ para determinar la identidad de las personas, independientemente de su edad, incluso en hipótesis de devastación, o sea cuando prácticamente ya no queda nada del ser humano, aun luego de mucho tiempo (…)”. Tabaré Vázquez señala luego que el Pacto de San José de Costa Rica “contiene disposiciones expresas, como su artículo segundo y su artículo cuarto, que obligan a proteger la vida del ser humano desde su concepción”. En la Argentina, el Pacto de San José de Costa Rica integra la Constitución Nacional (artículo 75, inciso 22).

Los más necesitados.
En cuanto a la protección de la vida, hay que tener en cuenta que el “verdadero grado de civilización de una nación se mide por cómo protege a los más necesitados. Por ello, se debe proteger más a los más débiles”, señaló Tabaré Vázquez al fundamentar el veto comentado.

Si el Derecho protege a las personas, pero los asesores de menores o los jueces desconocen el vigente, el grado de civilización queda seriamente comprometido.

En su caso, si los sacerdotes quieren opinar sobre cuestiones jurídicas, también deben conocer el Derecho (dejando lo teológico para el ámbito específico de su ministerio) y no tildar de “simple embrión”, como hace Aguirre en su artículo, a un niño por nacer y mucho menos sostener (como también hace Aguirre) “la licitud de legalizar otros casos de aborto”, además de los despenalizados, ignorando lo que disponen la ley mencionada y la Constitución Nacional.

La Voz del Interior, 4-2-11

sábado, 29 de enero de 2011

EL GOBIERNO DEL LÍBANO, EN MANOS DE HIZBOLLAH

Claudio Fantini

Por primera vez, el partido del fundamentalismo chiíta designó al primer ministro, controlando totalmente el gobierno. Las circunstancias lo habían colocado en una disyuntiva shakespeareana. Saad Hariri tuvo que optar entre intentar descubrir a los asesinos de su padre o salvar su gobierno y la endeble paz en el Líbano.

Cuando un puñado de sicarios acribilló en 2005 a Rafik Hariri en Beirut, los más enconados enemigos del millonario sunita eran Hizbollah y sus dos patrocinadores externos: los regímenes de Siria e Irán.

Hariri había ganado el respaldo de muchos sectores por haber impulsado y financiado la reconstrucción del país, devastado por 15 años de guerra civil. Estaba usando su influencia política para reclamar la retirada del ejército sirio y el desarme de la milicia de Hizbollah, cuando lo emboscaron y balearon frente al tradicional Hotel San Jorge.

Su muerte logró lo que estaba buscando en vida: la retirada siria de todo el territorio libanés. Pero también puso el país al borde de una nueva confrontación sectaria. Si no estalló abiertamente, fue por el acuerdo que estableció un gobierno de coalición entre las fuerzas enemigas. Lo encabezó el hijo del líder asesinado e incluyó al partido milicia de los chiítas que comanda el jeque Hassan Nasrala.

Parece mentira que semejante alianza gubernamental haya durado casi seis años, sin embargo así fue. Las tensiones comenzaron cuando el Tribunal Internacional para el Líbano avanzó en la investigación del magnicidio y reclamó una serie de colaboraciones del gobierno. El primer ministro Saad Hariri aceptó colaborar, pero Hizbollah empezó a presionar en sentido contrario.

Afirmando que dicha investigación estaba manipulada para culpar a Hizbollah de haber planeado y financiado el asesinato, el llamado Partido de Dios dio un ultimátum a Saad Hariri: si no bloqueaba la investigación, caería el gobierno. Como el primer ministro mantuvo la decisión de colaborar con el esclarecimiento del magnicidio, Hizbollah retiró sus 10 ministros, activando la cláusula por la cual si renuncia la tercera parte del gabinete, cae el gobierno.

El partido militarizado del fundamentalismo chiíta logró sacar del poder a los sunitas contrarios al eje Damasco-Teherán-Hizbollah, colocando como primer ministro a Najib Mikati, un millonario sunita que amasó buena parte de su fortuna haciendo negocios con iraníes y sirios. Pero su rechazo a la investigación que lleva adelante el tribunal de la ONU, agigantó la sensación de que detrás de los sicarios que acribillaron a Hariri estaba el poderoso Hizbollah.

Nuevo escenario. El nuevo primer ministro es sunita, pero no representa a esa comunidad en la medida en que lo representa el apellido Hariri. Para muchos, Mikati es un suní al servicio de ese estado dentro del estado que es Hizbollah. Pero los chiítas radicales pudieron formar gobierno sin genuinos representantes de los sunitas, por ser la fuerza más poderosa del país de los cedros.

Con ese poder pusieron a su servicio a los chiítas moderados de Amal, la ex milicia liderada por Najib Berry; al líder druso Walit Jumblait y al general cristiano Michel Aoun, para muchos un traidor a la comunidad maronita.

De este modo, por primera vez el partido militarizado de Hassan Nasrala controla la totalidad del gobierno libanés. Por lo tanto, no sólo está en condiciones de obstruir la investigación que la ONU lleva adelante para esclarecer el magnicidio perpetrado en 2005. En este nuevo escenario político, Hizbollah estaría también en condiciones de promover otro enfrentamiento con Israel, pero esta vez arrastrando al ejército del Líbano, que representa a las cuatro etnias del país (sunitas, chiítas, maronitas y drusos), y que no participó de las últimas confrontaciones bélicas que los milicianos del Partido de Dios mantuvieron con el ejército israelí.

El Estado judío también mira con preocupación hacia Egipto, cuyo gobierno se sacude por las réplicas del sismo que tumbó al déspota tunecino Sine Ben Alí.

No es común que un estallido social derribe a un autócrata en el mundo árabe. Eso fue lo que ocurrió en Túnez, quizá porque a su sociedad la moldeó el modelo modernista de Habib Bourguiba.

La egipcia es una seudodemocracia en la que Hosni Mubarak se dispone a pasar la autoridad a su hijo Gamal; pero a diferencia de Túnez, de caer este gobierno, la única fuerza en condiciones de conquistar el poder es la Hermandad de los Musulmanes, fundada por Hasan al-Bana en la primera mitad del siglo 20 y matriz de todas las organizaciones fundamentalistas de Medio Oriente.

Desde los acuerdos firmados por Anuar el Sadat y Menahem Beguin, resulta impensable una guerra como las que Egipto e Israel sostuvieron en 1948, 1956, 1967 y 1973. Pero si el Partido Nacional Demócrata (nasserista) perdiera el poder y no lo reemplazara otra fuerza secular del nacionalismo árabe, sino los Hermanos Musulmanes, una quinta guerra egipcio-israelí dejaría de parecer imposible.

Más aún si en Beirut se consolida el gobierno controlado por el partido del chiísmo integrista que hizo caer al primer ministro Saad Hariri por empeñarse en descubrir a los asesinos de su padre.

*Director del Departamento de Ciencia Política de la UES21

La Voz del Interior, 29-1-11

FRANCIA LE DICE NO AL MATRIMONIO HOMOSEXUAL



El Consejo Constitucional francés ha decidido que la prohibición del matrimonio entre dos personas del mismo sexo no viola la Constitución del país, y solo el Parlamento puede decidir un cambio en la legislación, según la resolución publicada en su página web.

Los nueve "Sabios" que lo componen recordaron que según los artículos 75 y 144 del Código Civil, "el matrimonio es la unión de un hombre y una mujer". Además el órgano francés indicó que el legislador, "en el ejercicio de su competencia, estimó que la diferencia de situación entre las parejas del mismo sexo y las parejas compuestas por un hombre y una mujer podría justificar una diferencia de trato en cuanto a las reglas de derecho de la familia".

"No corresponde al Consejo Constitucional substituir su apreciación (la del legislador) a la hora de tener en cuenta esta diferencia de situación", explicó refiriéndose al Parlamento.

La resolución viene por el recurso de inconstitucionalidad interpuesto por una pareja de hecho de lesbianas contra esos dos artículos por la falta de seguridad jurídica de sus cuatro hijos.

Corinne Cestino y Sophie Hasslauer, que viven juntas desde hace 14 años, creen que el matrimonio "es la única solución para proteger a sus hijos, poder compartir la autoridad parental, regular los problemas de herencia y custodia ante el eventual fallecimiento de uno de las dos", según el diario Le Figaro.

Según un sondeo de TNS Sofres publicado por Canal +, el 58 por ciento de los franceses se muestran favorables al matrimonio homosexual, frente al 45 por ciento registrado en 2006. La adopción de niños por parte de una pareja homosexual consiguió la aceptación del 49 por ciento, frente al 30 por ciento de 2001.

El matrimonio homosexual está permitido en Europa en Bélgica, Países Bajos, Noruega, Suecia y España. En el resto del mundo, es legal en Sudáfrica, Argentina, Canadá y algunos estados de Estados Unidos.

PARÍS, 29 Ene. 11 (ACI/Europa Press)

viernes, 28 de enero de 2011

CASI LA MITAD DE LA DEUDA ESTÁ EN MANOS DEL PROPIO ESTADO


El recurso de colocar papeles en organismos estatales –la ANSeS es sólo uno de ellos– para financiar los gastos del Gobierno hizo que casi la mitad de la deuda esté en manos del propio sector público : los últimos datos oficiales, a septiembre de 2010, revelan que sobre una deuda total de U$S 160.890 millones, US$ 76.500 millones están en cabeza del Banco Central, la ANSeS y el Banco Nación, entre otros.

Esto deriva en situaciones paradójicas. Por ejemplo, por el pago de intereses de los bonos que se ajustan por el crecimiento de la economía, este año habrá que pagar $ 36.265 millones. Un 20% de ese monto lo van a cobrar dependencias del propio Estado , como es el caso de la ANSeS y en menor medida el Banco Nación, por los bonos y letras que tienen en su poder. Esto se debe a esas dependencias tienen papeles cuyos intereses se capitalizan o rinden menos que los que están en poder de inversores privados.

Por el otro lado, cuando el INDEC manipula los índices de precios afecta a los bonos que se ajustan por la inflación que, en una gran proporción, ahora están en manos de la ANSeS. Ocurre que, justamente por esa manipulación, los acreedores privados se fueron desprendiendo de los bonos CER.

El mecanismo de financiarse con los excedentes de algunos organismos públicos avanzó en paralelo con la dependencia cada vez mayor del ahorro nacional respecto de la ANSeS. Según el Informe de Política Fiscal Nacional que publicó ayer la consultora Economía y Regiones, “analizando la composición del superávit por organismos públicos, se puede ver con claridad que tanto en 2009 como en 2010 el superávit de la ANSeS representó más del 60% del ahorro anual”.

Pero el trabajo advierte que “durante 2011 se observará una fuerte caída en este tipo de financiamiento , lo cual impactará significativamente en las cuentas nacionales”.

Así, prevé que “el flujo de intereses del Fondo de Garantía de Sustentabilidad apenas crecería 7,5% , alcanzando los 8.600 millones de pesos”. Esto se vincula con una caída interanual de 2 puntos en la suba de la recaudación impositiva, motivada por la desaceleración del crecimiento económico (+ 5,5% del PBI, según la consultora) ante una base de comparación más alta. Además, las utilidades del BCRA llegarían a $ 8.400 millones, apenas un tercio de los $ 23.500 millones devengados en 2010.

Clarín, 28-1-11

EL GOBIERNO TOMÓ US$ 631 MILLONES DE LOS JUBILADOS PARA CUBRIR GASTOS


Por Ismael Bermúdez


El Gobierno volvió a financiarse con plata de la ANSeS para cubrir gastos y vencimientos de la deuda pública .

Esta vez tomó U$S 631,6 millones –el equivalente a más de $ 2.500 millones– en un préstamo a cuatro meses a través de la colocación de una Letra del Tesoro a una tasa anual del 5%.

La Resolución es del 23 de noviembre de 2010 pero recién fue oficializada ayer tras ser publicada en el Boletín Oficial De no haberle dado ese destino, con estos U$S 631,6 millones, ANSeS podría duplicar el Presupuesto de este año para cancelar las sentencias favorables a los jubilados o más que triplicar las prestaciones por desempleo , que están congeladas hace años con un tope de 400 pesos por mes.

No es la primera vez que el Gobierno recurre al sistema jubilatorio. Unas semanas antes, el 4 de noviembre, el Gobierno había tomado otros U$S 240 millones a 90 días a una tasa anual del 4,5%.

Además de estas dos Letras, la ANSeS tiene colocados en papeles del Estado –entre bonos y Letras–unos $ 100.000 millones de los 170.000 millones que maneja el Fondo de Garantía de Sustentabilidad (FGS). Ese fondo se nutrió primero con los excedentes del sistema y luego con la transferencia de los fondos que estaban en manos de las AFJP. Los otros 70.000 millones están invertidos en acciones, obligaciones negociables, plazos fijos y préstamos a empresas privadas.

El objetivo inicial del Fondo era garantizar el pago de las jubilaciones y pensiones y también contribuir al financiamiento del Estado y de la actividad privada.

Por eso, cuando se creó, el Fondo tenía un tope equivalente a un año de jubilaciones y pensiones porque, se sostuvo, que el excedente debía servir para mejorar el pago de las prestaciones. Pero luego ese límite fue derogado porque la prioridad pasó a ser financiar los gastos del Estado y al sector privado.

Actualmente la ANSES paga las jubilaciones y pensiones con la plata que recauda por aportes y contribuciones y por los impuestos que van a la Seguridad Social. Así, le queda un excedente, que el año pasado fue de 16.000 millones de pesos. Sin embargo, ese superávit lo obtiene porque no está pagando los haberes de acuerdo a lo que marca la legislación previsional y los fallos de la Corte .

Tampoco la ANSeS es el único organismo al que el Tesoro recurre colocando Letras para financiar el pago de los vencimientos de la deuda pública. Por ejemplo, durante 2010, entre otros organismos, el Tesoro colocó Letras por valor de $ 2.130 millones en el PAMI y $ 1.512 millones más U$S 52 millones en el Fondo Fiduciario de Reconstrucción de Empresas.

También el Banco Central es otro gran financista del Estado a través del permanente uso de las reservas para cancelar los vencimientos de la deuda.

Según las cifras oficiales, casi la mitad de la deuda pública de U$S 160.890 millones está en manos del BCRA, ANSeS y otros organismos públicos (ver aparte).

Clarín, 28-1-11