a hablarnos a los argentinos
En un artículo publicado en la fecha por la Prensa, el Coronel Mayor (R) Camilli, incluye una reflexión importante para nuestra Patria.
Debido a las
grandes carencias y crisis post-1982, durante mucho tiempo hemos pensado la
Defensa en términos presupuestarios y de adquisición de sistemas: cuántos
aviones, cuántos buques, cuántos blindados. Todo ello importa. Sin medios no
existe Defensa. Pero esta guerra demuestra que existe un capital estratégico
mucho más difícil de adquirir: el capital humano.
Una Nación que
pretenda defender un territorio enorme, una extensa costa marítima, la
Patagonia, sus recursos naturales, el Atlántico Sur, sus intereses antárticos y
sostener su reclamo soberano sobre Malvinas necesita radares, satélites,
aviones, buques, drones, comunicaciones e inteligencia artificial. Pero antes
necesita hombres y mujeres.
Necesita
oficiales, suboficiales, soldados, marinos y aviadores. Necesita ingenieros,
técnicos, científicos y especialistas. Necesita formarlos, retenerlos y lograr
que la experiencia adquirida pase de una generación a la siguiente. Y necesita
comprender que la Defensa Nacional no comienza cuando estalla una guerra. Para
entonces, muchas de las capacidades fundamentales ya deberían existir.
Si una nación
pierde durante décadas su cultura de Defensa, sus cuadros experimentados, sus
especialistas y su capital humano, reconstruirlos puede demandar una
generación. Ésa quizá sea una de las enseñanzas más duras que llegan hoy desde
Ucrania.
Durante años
observamos fascinados la revolución de los drones, la aparición de la
inteligencia artificial, los sistemas autónomos, las redes de sensores y la
creciente transparencia del campo de batalla. Todo ello está transformando la
guerra y sería absurdo ignorarlo. Pero quizás estuvimos mirando solamente una
mitad del problema. La otra mitad sigue siendo el hombre. Sus virtudes, sus
valores patrióticos y su hidalguía. No son máquinas, son alma y materia.
Y mientras el
mundo discute algoritmos, enjambres de drones y armas autónomas, la vieja
aritmética de la guerra continúa formulando preguntas mucho más incómodas:
cuántos hombres tiene una nación, cuántos puede perder, cuántos puede
reemplazar, cuánto tarda en formarlos y durante cuánto tiempo puede continuar
haciéndolo. Cuando esa ecuación deja de cerrar, ya no está solamente en juego
una batalla ni una línea sobre el mapa. Puede comenzar a estar en juego el
futuro mismo de una nación.