lunes, 28 de septiembre de 2026

UCRANIA COMIENZA

 

 

 a hablarnos a los argentinos


En un artículo publicado en la fecha por la Prensa, el Coronel Mayor (R) Camilli, incluye una reflexión importante para nuestra Patria.

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Debido a las grandes carencias y crisis post-1982, durante mucho tiempo hemos pensado la Defensa en términos presupuestarios y de adquisición de sistemas: cuántos aviones, cuántos buques, cuántos blindados. Todo ello importa. Sin medios no existe Defensa. Pero esta guerra demuestra que existe un capital estratégico mucho más difícil de adquirir: el capital humano.

 

Una Nación que pretenda defender un territorio enorme, una extensa costa marítima, la Patagonia, sus recursos naturales, el Atlántico Sur, sus intereses antárticos y sostener su reclamo soberano sobre Malvinas necesita radares, satélites, aviones, buques, drones, comunicaciones e inteligencia artificial. Pero antes necesita hombres y mujeres.

 

Necesita oficiales, suboficiales, soldados, marinos y aviadores. Necesita ingenieros, técnicos, científicos y especialistas. Necesita formarlos, retenerlos y lograr que la experiencia adquirida pase de una generación a la siguiente. Y necesita comprender que la Defensa Nacional no comienza cuando estalla una guerra. Para entonces, muchas de las capacidades fundamentales ya deberían existir.

 

Si una nación pierde durante décadas su cultura de Defensa, sus cuadros experimentados, sus especialistas y su capital humano, reconstruirlos puede demandar una generación. Ésa quizá sea una de las enseñanzas más duras que llegan hoy desde Ucrania.

 

Durante años observamos fascinados la revolución de los drones, la aparición de la inteligencia artificial, los sistemas autónomos, las redes de sensores y la creciente transparencia del campo de batalla. Todo ello está transformando la guerra y sería absurdo ignorarlo. Pero quizás estuvimos mirando solamente una mitad del problema. La otra mitad sigue siendo el hombre. Sus virtudes, sus valores patrióticos y su hidalguía. No son máquinas, son alma y materia.

 

Y mientras el mundo discute algoritmos, enjambres de drones y armas autónomas, la vieja aritmética de la guerra continúa formulando preguntas mucho más incómodas: cuántos hombres tiene una nación, cuántos puede perder, cuántos puede reemplazar, cuánto tarda en formarlos y durante cuánto tiempo puede continuar haciéndolo. Cuando esa ecuación deja de cerrar, ya no está solamente en juego una batalla ni una línea sobre el mapa. Puede comenzar a estar en juego el futuro mismo de una nación.