de Giovanni Reale sobre unas raíces que se
silenciaron
Por Carlos Daniel
Lasa *
La Prensa,
25.10.2026
Cuando la Unión
Europea redactó su Constitución decidió no nombrar al cristianismo como una de
sus principales raíces fundantes. Dos décadas después, desde Múnich, un
funcionario norteamericano le recordó a Europa aquello que ella misma parecía
haber olvidado (u omitido deliberadamente).
Hay libros que
nacen de un debate concreto y terminan hablando de algo mucho más grande. Eso
es lo que ocurre con Raíces culturales y espirituales de Europa, del filósofo
italiano Giovanni Reale, catedrático de Historia de la Filosofía Antigua.
El disparador fue
puntual: entre 2003 y 2004, mientras se redactaba el Tratado por el que se
establecía una Constitución para Europa, un grupo de países -con Francia a la
cabeza, fiel a su “tradición” laicista- se opuso a que el preámbulo mencionara
explícitamente las “raíces cristianas” del continente, o siquiera a Dios.
El texto que
finalmente se aprobó habló, en cambio, de una “herencia cultural, religiosa y
humanista” genérica y desabrida: se nombró sin problema el legado helénico y
romano, se mencionó la Ilustración, pero el cristianismo quedó disuelto en un
adjetivo sin sustantivo propio.
Para Reale, esa
omisión no fue un detalle diplomático. Fue un error histórico y filosófico de
fondo, gravísimo, y el síntoma de algo más inquietante.
DOS RAICES, UN
MISMO TRONCO
La tesis del libro
es, en el fondo, sencilla de enunciar y profunda en sus consecuencias. Europa
-sostiene Reale- tiene raíces culturales y raíces espirituales, y ninguna de
las dos es negociable si se quiere entender qué es realmente este continente.
Las raíces
culturales son filosóficas y nacen en Grecia: con Sócrates, con Platón, con
siglos de pensamiento que Reale sintetiza con la precisión de quien lleva toda
una vida estudiándolos. Las raíces espirituales, por su parte, son cristianas y
aportan algo que ninguna otra tradición legó a Occidente con la misma fuerza:
el concepto mismo de persona, con su dignidad irreductible, su interioridad, su
valor por sí misma más allá de cualquier utilidad o función social.
De la unión de
esas dos raíces -la razón griega y la fe cristiana- nace, para Reale, la
identidad europea real. No la de los tratados comerciales ni la de las
fronteras administrativas, sino la que se juega en lo verdaderamente radical
(en el sentido etimológico de la palabra): aquello que está en la raíz.
Por eso el autor
insiste en este punto: pensar a Europa solo en términos históricos o políticos
es quedarse nadando en la superficie. Lo que sostiene al verdadero edificio no
son los tratados, sino los pensadores imperecederos y la religión revelada que,
durante dos milenios, modelaron el modo de ser europeo y su forma de entender
al ser humano.
NEUTRALIDAD QUE NO
ES NEUTRAL
Aquí está el
nervio de la crítica de Reale a la Constitución europea. Cuando el preámbulo
evita nombrar al cristianismo, no está siendo neutral: está tomando partido.
Silenciar una raíz -argumenta- no es un acto de respeto hacia la pluralidad,
sino una forma de amnesia que falsea la identidad real del continente. Sin el
cristianismo no se explica el concepto europeo de persona, ni buena parte de su
arte, ni su derecho, ni su filosofía moral, ni sus instituciones. Omitirlo en
el documento que se suponía debía fundar políticamente a Europa no es, para
Reale, un ejercicio de laicidad sino la imposición encubierta de un laicismo
militante: el que trata a la religión como un asunto privado, casi vergonzante,
sin lugar en el espacio público.
Además, Reale
advierte sobre el riesgo que esto implica: una Europa que reniega de su propia
memoria espiritual corre el peligro de construirse sobre una base puramente
económico-burocrática, vacía de sentido, incapaz de generar la cohesión moral
que toda unión política verdadera necesita para sostenerse en el tiempo.
VEINTE AÑOS
DESPUES, EL ECO LLEGA DESDE MUNICH
La advertencia de
Reale, escrita a mediados de la década de 2000, encontró una resonancia
inesperada en febrero de 2026, cuando el secretario de Estado norteamericano,
Marco Rubio, subió al atril de la Conferencia de Seguridad de Múnich y le habló
a Europa en términos que parecían tomados directamente del libro. “Somos parte
de una civilización, la occidental -dijo-. Estamos unidos por los vínculos más
hondos que cualquier nación podría compartir, fraguado a lo largo de siglos de
historia, fe cristiana, cultura, legado, idiomas y linaje compartidos.” Y
agregó, en el mismo tono de recordatorio histórico: “Fue aquí, en Europa, donde
se plantaron las semillas de la libertad que cambiaron el mundo”.
No es casual que
un funcionario estadounidense tuviera que ir al suelo alemán a decir en voz
alta lo que la propia Constitución europea había preferido callar dos décadas
antes. Rubio subrayó la importancia de la fe cristiana y mostró los signos que
manifiestan el vacío identitario que atraviesa a las sociedades occidentales
desde otros frentes. Habló de “una visión dogmática de comercio libre y sin
restricciones” que debilitó las economías europeas y sus cadenas de producción.
Y fue más lejos todavía al referirse a la inmigración masiva: “No era ni es una
preocupación limítrofe con un impacto nimio -advirtió-. Era y sigue siendo una
crisis que está transformando y debilitando todas las sociedades occidentales.”
Finalmente, formuló un llamado que bien podría haber firmado el propio Reale:
despertar a una Europa “orgullosa de su legado e historia”, con la voluntad de
recuperar la libertad que la vio nacer.
El paralelismo es
elocuente. Donde Reale hablaba de amnesia filosófica -de una identidad que se
falsea al silenciar su propia raíz-, Rubio describe, dos décadas más tarde, las
consecuencias prácticas de ese olvido: una Europa que subordinó su cohesión
cultural a un dogma económico. Una Europa que dejó pasar transformaciones
demográficas y sociales de fondo sin nombrarlas, del mismo modo que antes había
silenciado a su propio fundamento espiritual.
Es el mismo
diagnóstico, contado desde dos disciplinas distintas: la filosofía y la
geopolítica llegan, por caminos separados, al mismo punto de alarma.
LAS PREGUNTAS QUE
QUEDAN ABIERTAS
De esta doble
advertencia -la del filósofo y la del diplomático- se desprenden interrogantes
que hoy resultan más urgentes que en 2004. ¿Puede la materia en la que está
basada Europa -su bienestar, su mercado, su burocracia- vencer a un espíritu
compacto como el que representa el Islam? ¿Dónde se pone la unidad dentro de
una Europa que cultiva un liberalismo político y cultural, y que asume, como
principio, la relativización de todos los valores? ¿Puede un hombre, individual
o colectivo, edificarse como tal negando las raíces constitutivas de su propio
ser?
Son preguntas
incómodas, y ni Reale ni Rubio pretenden cerrarlas con una respuesta única. Sin
embargo, ambos las dejan resonando como una misma advertencia, formulada desde
Roma y desde Múnich con veinte años de distancia: “¿Hacia dónde vas, Europa?
¿No estás poniendo ya las bases de tu propia autodestrucción al vaciarte de
aquello que te dio forma?”
Porque si así
fuera, el Islam no tendría que conquistar nada: le bastaría con encontrar, del
otro lado, una civilización sin resistencia ni identidad, sin memoria ni
horizonte.
Europa: alea iacta
est!
* Doctor en
Filosofía de la Universidad Católica de Córdoba.