Por Hugo Esteva
La Prensa,
28.12.2024
Entiendo que haber
trabajado hace ya casi veinticinco años en el grupo que posiblemente por
primera vez empleó las redes neuronales en medicina en nuestro país, me
autoriza a dar una opinión en este 2024 en que nos han atosigado con artículos
-habitualmente confusos y especialmente multiplicados hacia las Fiestas- sobre
Inteligencia Artificial (IA).
Nuestros estudios
mostraron entonces que para esas aplicaciones la IA era útil y tuvieron buena
repercusión internacional. Pero como sucede con frecuencia en nuestra
distorsionada Universidad de Buenos Aires (UBA), no hubo después con qué pagar
a unos jóvenes especialistas electrónicos -los únicos que hubieran cobrado-
para que nos ayudaran con su conocimiento específico a seguir adelante.
Una pena, porque
habíamos logrado un primer instrumento útil para, por ejemplo, medir con
precisión el riesgo quirúrgico individual, cosa nada despreciable en nuestra
concreta tarea cotidiana. Pero, claro, la UBA está dedicada a tareas gremiales,
administrativas y políticas mucho más demandantes y no puede desviar sus
fondos.
Volviendo a
nuestra IA, cabe recordar que desde la antigüedad la inteligencia se define
como compuesta por razón e intuición, dos elementos bien distintos que pesan de
manera singular en cada caso y cuya distinción ha llegado a tiempos modernos.
Se cita a Albert
Einstein habiendo dicho: “La mente intuitiva es un don sagrado y la mente
racional es un siervo fiel, hemos creado una sociedad que honra al siervo y ha
olvidado el don” (Díaz I. La intuición es el mayor indicador de inteligencia.
Forbes 7/III/2017). Lo que debería ser suficiente para nuestros contemporáneos;
pero hay más.
>La IA se
atribuye engañosamente todo el nombre de inteligencia, cuando en realidad no
goza sino de la razón que, como se ve, es parte y la más débil. Digo a
propósito débil porque, con todo lo útil que puede llegar a ser bien empleada,
como cuando maneja en instantes las cantidades que nuestra cabeza difícilmente
podría llegar a abarcar, su versión artificial se ve limitada por su mecanismo
intrínseco (pasa corriente, no pasa corriente; aún con sus infinitas
combinaciones). La razón puede ser lanzada hasta loables extremos de la
discusión, pero no más. La intuición, en cambio, ilumina a la inteligencia
porque le permite ver por encima de los límite racionales.
¿Qué hubiera
entonces sido del arte sin la intuición? Una triste fuente seca, a lo sumo. ¿Y
qué sería de pueblos enteros, como el gallego, que ven mucho más de lo que
pueden explicar? ¿O imagina alguien a un gallego -o un asturiano, no entremos
en la pelea- descubriendo sin observación intuitiva cómo evitar que las ratas
subieran por las columnas (pegoyos) del hórreo para comerle el grano de su
esfuerzo?
HASTA MÁS ACÁ
La IA sacará pues
todo el jugo a sus infinitas combinaciones (00,11,10,01,000,001, etc.), pero
hasta ahí nomás. Crecerá gigantescamente, pero “hasta más acá”. Puede ser un
gran instrumento, pero puede hacer mucho mal. Primero porque no es siquiera
inteligencia -es la más modesta razón, en todo caso-; pero además porque limita
la libertad de espíritu, lo que es grave. Mentira y encierro: mal futuro si el
alma humana sólo se queda con eso.
Entretanto, para
lo que sí parece servir eficazmente es para los engaños: cualquier día lo van a
hacer aparecer a uno trepándose a un árbol como el más genuino de los monos. Y
eso, que podrá enredar "a piacere" lo doméstico, puede ser negocio y
escándalo en materia política. En fin, habrá el hombre de cuidarse de esta arma
que, bien usada, será provechosa.
Entretanto, un
consejo para profesores que no quieran ser timados desde internet por
estudiantes habilidosos, que los hay cada vez más. Como toda la vida, de
sorpresa, una manãna cualquiera párense frente al aula y ordenen: “¡Saquen una
hoja!”. Eso sí, den un tema distinto a cada fila de bancos y vigilen que los de
atrás no se copien de los de adelante. Sería raro que les pudieran meter
también ahí a la Inteligencia Artificial.