miércoles, 21 de enero de 2026

VENEZUELA:


el derecho internacional está en crisis desde hace siglos.

 

Stefano Fontana

Brújula cotidiana, 7-1, 2026

 

La intervención estadounidense en Venezuela, con el secuestro del presidente Nicolás Maduro, se ha considerado generalmente una violación del derecho internacional. Se ha socavado el marco normativo y ha prevalecido una perspectiva basada únicamente en la fuerza. Estas evaluaciones sugieren un análisis más profundo del derecho internacional. Casi parece como si, hasta la intervención de la "Fuerza Delta" en Caracas, este gozara de perfecta salud, se cumpliera generalmente y, sobre todo, sus implicaciones fueran evidentes para todos. El sentido común nos dice que no fue así, y que la erosión del derecho en las relaciones internacionales no solo venía ocurriendo en la práctica desde hacía tiempo, sino que también se había teorizado. La crisis del derecho internacional es de larga data. Carl Schmitt la abordó en su obra El nomos de la tierra (1950), que abordó precisamente las transformaciones del derecho internacional y la disolución del " ius publicum europaeum ".

 

En el siglo XVII, Thomas Hobbes escribió que las relaciones entre los estados son como una guerra de todos contra todos , reflejo de la misma relación que existía entre los hombres en su fase presocial, el estado de naturaleza. La ley y el orden, según él, surgen solo cuando hay alguien capaz de castigar al transgresor. Este alguien es el Leviatán, el poder político absoluto que surge cuando los hombres firman el pactum societatis , basándose en el pactum subiectionis . Pero tal orden y tal ley solo son posibles dentro de cada estado individual; dejan de existir en una dimensión supranacional, cuando los estados vuelven a comportarse entre sí como tantos individuos en un contexto de pura fuerza. Si en el estado de naturaleza un hombre, teniendo la fuerza para hacerlo, toma posesión de la propiedad de otro o incluso de la vida misma, está ejerciendo nada menos que su derecho porque, como dijo Spinoza: tanto por derecho como por fuerza. Lo mismo ocurre entre los estados.

 

La visión de Hobbes imposibilita el derecho internacional porque basa el poder en la convención (de pacto) y la fuerza (de poder). La convención y la fuerza son eficaces, pero carecen de verdad y justicia. Sin embargo, esta forma de pensar no es exclusiva de Hobbes, sino de toda la modernidad política, que, en todo caso, añadió el elemento de la representación convencional basada en el principio liberal de la regla de la mayoría. Ahora bien, el derecho internacional se refiere a un acuerdo de principio entre Estados expresado por una mayoría, que no puede ser derecho verdadero porque no se basa en la justicia, sino en su interpretación. Una intervención que viola la soberanía legítima de un Estado no sería justa si existiera cierto consenso internacional. Este consenso, además, puede lograrse de maneras incómodas. A menudo se alude a la ONU como la autoridad mundial capaz de expresar el derecho internacional. La guerra contra la Libia de Gadafi, que comenzó en 2011, había recibido luz verde del Consejo Permanente de las Naciones Unidas, pero esto no fue suficiente para justificarla bajo el derecho internacional.

 

El derecho internacional clásico tenía un fundamento ético y político objetivo y no se basaba ni en el poder ni en el consenso en el sentido moderno, aunque no excluía ninguno de los dos. Se fundaba en el jus gentium , un orden natural que consideraba a los pueblos y naciones regidos por una lógica interna natural, como organismos vivos sobre los cuales no se podía imponer una lógica diferente, ni siquiera basada en el poder o en algún consenso convencional. Se basaba en la costumbre, no en la práctica. El consentimiento de los soberanos era necesario, pero no constituía el fundamento del derecho internacional. Los soberanos a menudo quebrantaban sus normas, pero no podían destruirlo, precisamente porque no dependía de su consentimiento, sino de él.

 

Esta forma de derecho internacional, expresión del derecho natural, prevaleció , a pesar de las inevitables excepciones prácticas, mientras la sociedad cristiana se mantuvo vigente. Su carácter ético-político, natural y objetivo, fue garantizado, fortalecido y difundido en las mentes y las leyes por la religión cristiana y la Iglesia católica. Francisco de Vitoria intentó modernizarlo, pero el orden que estableció fue barrido por el nacimiento y desarrollo de los estados modernos y dejó de existir definitivamente tras la Paz de Westfalia de 1648 y las teorías de Bodino y Hobbes.

 

El largo período transcurrido desde entonces ha presenciado un aumento progresivo del convencionalismo normativo y la centralización del poder como fundamento de la vida política internacional. Tras los sucesos de Caracas, todo el mundo habla de derecho internacional, pero muchos se remiten al derecho convencional moderno, una tapadera ante la anarquía hobbesiana, en lugar de referirse al derecho internacional basado en el derecho natural. Sobre esta base, la Iglesia Católica puede retomar la tarea de reconciliar doctrinalmente las cuestiones éticas y jurídicas del derecho internacional, redescubriendo a fondo los fundamentos de su doctrina social.

 

 

jueves, 15 de enero de 2026

UN PRÓCER FALSIFICADO


Por Franco Ricoveri

La Prensa, 14.01.2026

 

- Abuelo, ¿no estaríamos mucho mejor si San Martín nos hubiese gobernado en vez de irse del país?

 

- ¡Qué complicado lo que me preguntás! La política argentina de entonces, como la de siempre, era un asco. Hecha de mentiras, traiciones, protagonizada muchas veces por personajes incapaces pero ambiciosos. San Martín se va cansado de tanta porquería. Lo echamos con nuestras trampas, miserias, envidias…Se fue en 1824 y nunca más volvió. Lo hubiese querido y hasta lo intentó, pero al llegar al puerto, ni bajar pudo. Desde entonces creo que los argentinos tenemos el deber de “hacer una Patria sanmartiniana”, cumplir con sus sueños… Ya sabés que “naturalmente” me cuesta ser optimista, pero lo soy “sobrenaturalmente”. Y si Dios nos dio una figura tan grande es que espera de nosotros algo inmenso. Fijate lo que siempre les digo: no hay figura en la Historia contemporánea que se le compare. ¡Ni siquiera los yanquis tienen un San Martín entre sus próceres! Y, para no irme por las ramas y contestarte, remarco una sola de sus muchas virtudes: la coherencia.

 

Y justamente la falta de coherencia es lo que destruyó (y destruye) la vida política de las naciones. A nosotros nos duele especialmente la nuestra, y está bien, pero es “mal de muchos…”

 

- … consuelo de tontos”.

 

- Exacto. Voy a contarte lo que pensaba el gran José de San Martín sobre la política. No era un hombre que se metiera mucho en esas cosas; él mismo decía que de política entendía “menos que de nada” y que tenía una “espantosa antipatía a todo mando político”. Pero lo cierto es que cuando tocó juzgar nuestra política, lo hizo con una claridad impresionante, siempre poniendo por delante el bien del país y no las banderías de partido.

 

Mirá, San Martín no era ni probritánico, ni liberal, ni republicano fervoroso como muchos quieren pintarlo hoy. Él creía, con toda franqueza, que la Argentina –y las nuevas naciones americanas– solo encontrarían paz, libertad y prosperidad bajo una monarquía constitucional.

 

Lo dijo claro en 1829, cuando le ofrecieron el gobierno de Buenos Aires después del fusilamiento de Dorrego: “Es conocida mi opinión de que el país no hallará jamás quietud, libertad ni prosperidad sino bajo la forma monárquica de gobierno”. Ya lo había sostenido años antes en el Congreso de Tucumán. Y advertía que, si no se adoptaba eso, vendrían “mil desgracias” antes de llegar al mismo punto. Y fíjate, han pasado siglos y todavía andamos tropezando con muchas de esas desgracias que él vaticinó. San Martín siempre actuó no por ambición personal, sino porque entendía que lo primero era ser independientes; la política debía subordinarse a eso.

 

Y así lo hizo toda su vida: en 1819, cuando le ordenaron volver con el Ejército de los Andes para imponer la Constitución unitaria de Buenos Aires a las provincias, desobedeció. Cruzó los Andes, liberó Perú y aseguró la independencia. Muchos lo criticaron, diciendo que abandonó la patria en guerra civil, pero él sabía que imponer por la fuerza un unitarismo rechazado por las provincias solo traería más desastre. Y tenía razón: evitó que el país se desangrara.

 

EN EL EXILIO

 

Cuando estaba en el exilio, tanto unitarios como federales le ofrecieron el mando para pacificar el país, y él rechazó a ambos. En una carta al general Guido explicó por qué: el país estaba tan dividido que quien gobernara tendría que apoyarse en una facción y convertirse en “verdugo” de la otra. Predijo con exactitud lo que vendría: un gobierno militar fuerte, la necesidad de eliminar a uno de los partidos. Y eso hizo Rosas. San Martín no solo lo predijo, sino que lo comprendió y lo admiró.

 

Vio en Rosas al hombre que, con mano firme, logró la unidad nacional y defendió la soberanía contra las potencias europeas. Criticaba duramente a la oligarquía porteña, a los que sabía responsables de “inmensos males” por su “infernal conducta”: centralismo egoísta, descuido de la guerra independentista, tratados humillantes, guerra civil provocada. Decía que preferían ver el país destruido con tal de que Buenos Aires brillara.

 

Y cuando los unitarios se aliaron con Francia durante el bloqueo, San Martín los tildó de traidores: “lo que no puedo concebir es que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempo de la dominación española; una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer”.

 

En 1850, poco antes de morir, expresó su orgullo por ver la paz, el orden y el honor restablecidos bajo Rosas. Y en su testamento le legó su sable corvo al “Restaurador”, reconociéndolo como el continuador de la obra de unidad nacional. La izquierda siempre lo detestó, pero el liberalismo histórico, en cambio, quiso sumarlo a sus filas y borrar estas opiniones. Preferían, “una leyenda cómoda”. Como no pudieron ocultarlo, lo “falsificaron”.

 

- ¿Cómo?

 

- Los liberales argentinos –esos que empezaron con Moreno y Rivadavia y siguen vivos y vivillos– han “pegado” a San Martín a su ideología como si fuera parte de ella, pero en realidad lo persiguieron, calumniaron y después, cuando ya no podían borrarlo, lo falsificaron para justificar sus propios fines. Lo recibieron en 1812 llegando de Londres en un barco inglés, le dieron mando rápido porque servía a sus planes, pero después lo hostigaron hasta obligarlo a irse a Europa “como a un facineroso”, según las propias palabras. Y tras su muerte, lo elevaron a los altares cívicos, inventándole una historia a medida: un San Martín liberal, masón, amigo de los ingleses, que “renunció” noblemente al poder para no entrometerse en la política. Pero todo eso es pura mentira…

 

Escribieron una historia falsa en donde ellos eran la “civilización” y el interior la “barbarie”, justificando así traiciones y entregas territoriales. Esa historia oficial ocultó al San Martín real. Y falsificándolo nos alejó de nuestro pasado heroico: las victorias de Rosas contra Brasil, Francia e Inglaterra que salvaron la integridad americana. Nos hizo perder territorio (Patagonia, Misiones) y nos dejó con problemas de ayer que son los de hoy. ¡Hasta nos alejó de la heroica derrota de nuestros guerreros de Malvinas!

 

No hay que inventar un San Martín liberal, sino reconocer al real: patriota hispánico, católico en lo profundo, enemigo de la secta liberal-masónica-inglesa y “algo más” que nos dominó y sigue dominando.

 

Y reencontrándonos con el Libertador, haremos lo que se espera: una Patria sanmartiniana.

martes, 23 de diciembre de 2025

DISCURSO DE PUTIN

 

https://elblogdelbuenamor.com/putin-enjuicia-a-occidente-y-evoca-a-jesucristo-en-cruz/

ESTADISTICAS ACTUALIZADAS

 

 

CENTRO DE ESTUDIOS CIVICOS

FABIELA MENEGHINI

 

1981 – 5 de marzo - 2025


44 años difundiendo la Doctrina Social de la Iglesia

 

Síntesis de Actividades


20    Cursos

20    Reuniones Doctrinarias

13    Seminarios

8     Jornadas

6     Blogs

13    Paneles

71    Conferencias

173   Números del Boletín “Acción”

25   Números de “Orden Natural”, revista virtual

11    Folletos

2     Libros


Curso Virtual de Doctrina Social de la Iglesia (2005)


Curso Virtual de Doctrina Política Católica (2009)


Al estar terminando este año, esperamos, si Dios nos permite, continuar en la misma senda, festejando el 5 de marzo de 2026, los 45 años dedicados a difundir lo aprendido de los maestros con la esperanza de que surjan nuevos difusores abocados a esta tarea, sencilla pero necesaria.

domingo, 21 de diciembre de 2025

AHORA VIENEN POR LA EUTANASIA


Por Agustina Sucri

La Prensa, 1.12.2025

 

Así como en su momento el aborto se convirtió -casi en simultáneo- en distintos países del mundo en una prioridad para la agenda política, ahora parece ser el turno de la eutanasia. Una práctica a la que, al igual que el aborto, han intentado disfrazar con distintos eufemismos como “muerte digna” o “asistencia médica para morir”.

 

Lo cierto es que el mapa de los países que ya cuentan con leyes que legalizaron la eutanasia o el “suicidio asistido” incluye en Europa a los Países Bajos, Bélgica, España, Portugal, Luxemburgo, Suiza, Austria, Alemania e Italia; en Norteamérica a Canadá y algunos estados de Estados Unidos; en Oceanía a Australia y Nueva Zelanda; y en Sudamérica a Colombia, Ecuador y más recientemente Uruguay.   En la Argentina, en tanto, ya hay varios proyectos de ley en trámite.

 

El creciente número de países que están abocados a introducir o revisar este tipo de legislaciones que favorecen la muerte es tan notorio que la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio se vio obligada a comienzos de este mes a publicar una declaración de posición respecto de esta cuestión.

 

La declaración ofrece una perspectiva basada en datos empíricos sobre cómo el suicidio asistido y la eutanasia se relacionan con el suicidio, el comportamiento suicida y los esfuerzos de prevención del suicidio.

 

En concreto, la IASP expresa sus preocupaciones ante el hecho de que “un número cada vez mayor de países y jurisdicciones están introduciendo o revisando leyes relacionadas con el suicidio asistido y la eutanasia, a veces denominadas 'asistencia médica para morir' o términos similares”.

 

“A medida que estas prácticas evolucionan, la Asociación destaca el importante potencial de solapamiento entre la muerte asistida y lo que normalmente se entiende por suicidio, especialmente cuando estas prácticas se ofrecen a personas con enfermedades crónicas que no se encuentran al final de su vida”, afirma la organización. “Las pruebas demuestran que las situaciones que parecen irremediables a menudo pueden cambiar y que las muertes prematuras pueden prevenirse mediante un apoyo, un tratamiento y un seguimiento eficaz”, advierte.

 

Desde la IASP piden que se investigue más sobre la relación entre el suicidio y la muerte asistida, y expresa su preocupación por la falta de pruebas confiables para determinar el pronóstico a largo plazo de las personas cuyo sufrimiento está relacionado únicamente con una enfermedad mental. Basándose en las pruebas actuales, la asociación concluye que el acceso a la muerte asistida no debe extenderse a este grupo.

 

La Asociación hace hincapié en que deben existir apoyos psicosociales, de salud mental, materiales y paliativos adecuados, y que éstos deben ofrecerse siempre de forma sistemática. La declaración refuerza la idea de que la muerte no debe posicionarse como sustituto de una atención insuficiente o de la falta de servicios accesibles.

 

EL CASO DE QUEBEC

Es precisamente este último el escenario que se presenta en Quebec, Canadá, según explicó en una entrevista con La Prensa el periodista y escritor canadiense Jérôme Blanchet-Gravel, quien es además jefe de redacción del medio independiente Libre Média.

En junio de 2015, Quebec se convirtió en la primera jurisdicción canadiense en permitir la muerte asistida médicamente como servicio médico, adelantándose a la acción federal en aquel país.

"Quebec es el 'campeón mundial' de la eutanasia.   Esto fue muy progresivo y   empezamos a ver el impacto de esta ley en los últimos dos años; ahora estamos viendo el resultado social de este fenómeno", lamentó   Blanchet-Gravel.

Para el periodista y escritor canadiense, la eutanasia se ha convertido “en una norma cultural y obedece finalmente a una pulsión de muerte colectiva”.

Además de las leyes provinciales sobre la materia, existe en Canadá desde 2016 una ley federal que, por ejemplo, "va a permitir a partir del 2027 pedir la eutanasia a partir de criterios de salud mental. Es decir, si tienes depresión o ansiedad, vas a poder pedir la eutanasia", remarcó   Blanchet-Gravel.

 

-¿Hay estadísticas actuales de cuántas personas ya se valieron de esa ley para solicitar la “asistencia para morir”? 

-Sí, sabemos perfectamente que casi el 8% de todas las muertes en Canadá son por eutanasia. Y en ciertas regiones de Quebec hablamos del 13%. Obviamente que estas cifras van a ir aumentando. Porque al principio era una medida excepcional, pero ya vemos ahora que se convirtió en muy pocos años en una norma cultural. Al principio presentó la eutanasia como una medida liberal hablando de “tienes el derecho individual a pedir lo que llamamos también el suicidio asistido”. Ese es el problema.

A partir de la filosofía liberal, podemos entender que hay ciertos casos, muy excepcionales, de gente que tiene condiciones médicas muy específicas y tal vez a partir de su propia voluntad individual para tomar esa decisión. No podemos juzgar porque creo que cada persona tiene su propia libertad. El problema es cuando eso se convierte en norma cultural y obedece finalmente a una pulsión de muerte colectiva.

 

- ¿Hay una promoción de la eutanasia? 

- Es muy polémico decir eso. Pero sí, hay presiones sistémicas que promueven la eutanasia, son presiones del sistema. Es muy popular en la izquierda el término “sistémico” y no tenemos que abusar de este concepto. Pero en este ámbito me parece legítimo usar estas palabras y hablar de presiones sistémicas. 

Desde la pandemia, especialmente en Quebec, es como si el sistema ahora fuese más importante que la misma población. Durante toda la pandemia el mensaje del gobierno oficial no era salvar a la gente, sino 'tenemos que salvar el sistema de salud'. Eso lo escuchamos durante dos años. No importaba salvar vidas humanas y vemos que entonces la población está al servicio del sistema. Esto es muy importante de anunciar porque hay gente que me dijo que no es posible que el gobierno vaya a usar la eutanasia para ahorrar dinero y mejorar el sistema de salud. Y yo respondí que si el gobierno pudo encerrar nueve millones de quebequenses durante dos años para salvar el sistema de salud, sí puede usar la eutanasia como herramienta de mejoras del sistema de salud. De eso se trata justamente estas presiones sistémicas, cuando el sistema se vuelve más importante que la persona humana. 

 

- ¿Cómo ha reaccionado la comunidad médica al verso obligado a acceder a este tipo de prácticas que van en contra del principio ético de “primero no dañar”? ¿Hubo alguna resistencia? 

-Desafortunadamente no hay mucha resistencia. Los médicos aquí en Quebec no tienen mucha libertad de expresión porque el Colegio Médico impide a sus miembros hablar. Eso lo vimos también en la pandemia: muy pocos médicos tomaron el riesgo de criticar las medidas sanitarias y el confinamiento del gobierno. Todos tuvieron que obedecer, y es igual con la eutanasia. La verdad, escuchamos muy pocas voces de médicos que están cuestionando esta práctica, que es cada vez más común. 

También está el tema del poder de los médicos. Con la eutanasia, el poder ahora de los médicos se vuelve cada vez más grande. Es un problema. Aquí tocamos el biopoder del filósofo Michel Foucault: cuando el Estado gobierna la salud, gobierna las vidas humanas…

Quebec se convirtió en un poco en una “médicocracia” y creo que no deberíamos dar un poder tan grande a cualquier gobierno en la Tierra, como es el poder de matar o no a personas. 

 

 La gran trampa es que se presenta como algo que decide la propia persona, que de manera voluntaria solicita a los médicos. De esa manera desaparece la figura de homicidio… Pero, además, la paradoja es que ahora los médicos se dediquen a matar en cambio de curar. Aquí en la Argentina, cuando se aprobó la ley del aborto, hubo grupos de médicos -principalmente católicos- que presentaron su objeción de conciencia y se negaron a practicarlos. En el caso de Quebec, me comentaba que tan solo unos pocos se resisten a la eutanasia. ¿Es también por motivos religiosos? 

- No. Hay muy pocas organizaciones religiosas aquí. No hay mucho cristianismo. No conozco ningún médico en Quebec que haya escrito para algún medio o que haya tomado la palabra para contestar a esto. Tal vez haya uno o dos… Tal vez un veterinario (risas). 

Y todos los que cuestionaron las medidas sanitarias en pandemia, son dos o tres que puedo nombrar, como el médico Robert Bélivau. Pero no hay ninguna resistencia, no hay resistencia pública organizada.

Los médicos aquí no son muy valientes. Es el dinero que manda aquí. No es como en México, donde mi esposa es enfermera y ve la diferencia. Aquí el médico que te atiende en la clínica es casi como si te hiciera un favor, son los reyes de la sociedad. Son los nuevos sacerdotes. 

 

- ¿La sociedad avala este estatus de los médicos?

- La gente tiene miedo de criticar a los médicos porque temen que no quieran atenderlos. Tienen miedo de perder a su médico. 

 

- ¿Conoce cómo se pagan estas prácticas de eutanasia a los prestadores médicos? ¿Hay un monto especial destinado a tal fin? 

- Aquí los médicos son pagados, como decimos en francés, al acto. Es decir, que cualquier acto médico, es pagado por el Estado. En Quebec los médicos reciben una remuneración por la práctica de la eutanasia mediante un fondo previsto por la RAMQ, que es el seguro de Salud del gobierno. Se aclara que no existe ninguna prima o incentivo financiero adicional para estas prácticas, se trata de un acto médico codificado como cualquier otro.

 

- ¿Cómo funciona el sistema de salud en Quebec? ¿Tienen únicamente atención gratuita a través del Estado o también hay un sistema de salud privado?

- Tenemos muy poco privado. Y hace varios años que tenemos este debate, si tenemos que tener más privados en el sistema de salud, porque tenemos que entender que el sistema de salud de Quebec está muy mal. Es el gran debate. Hace 50 años que hablamos en Quebec todas las semanas en los periódicos de la saturación de las urgencias, de la saturación del sistema, de la falta de médicos. Aquí los médicos son un lobby,   un grupo de presión que tiene muchísimo poder y no quieren que formemos tantos médicos. Son ellos los que controlan la cantidad de estudiantes que ingresan a las universidades para ser médicos.   Lo que llamamos en francés el “modèle québécois”, el modelo quebequense no permite que haya más privados. 

Aquí la atención médica va a carga del Estado, pero la verdad es que pagamos muchísimos impuestos. No es gratis. Los médicos captan casi el 20% de todo el presupuesto del gobierno del Estado de Quebec. El sistema de salud, que está muy mal, se lleva casi el 50% de todo el presupuesto del Estado. Es decir que sí mi hija tiene fiebre, voy al hospital y la van a atender después de 15 horas. Se supone que estamos en el primer mundo, pero si no tengo cáncer, nadie me va a atender aquí. 

 

-¿La calidad de la formación médica es buena?

-Creo que sí, que tenemos muy buenas escuelas de medicina y gente con muy buenas competencias.   Tenemos médicos bien formados, pero el problema es que tenemos muy pocos. El otro problema es la sobremedicación, que es una cultura también que participa de todo lo que describimos. En Quebec tenemos también estadísticas muy altas de consumo de medicamentos, en especial para la salud mental. Adentro de Canadá, en Quebec, lideramos el consumo de antidepresivos y ansiolíticos.

 

- ¿Cuál es el rango etario de las personas que recurren a la eutanasia?

-Obviamente, es mayormente gente vieja. 

 

-Por el momento...

-Por ahora, sí. Depende de si abren los criterios, eso puede cambiar. Hay casos de personas más jóvenes que tienen enfermedades graves. Conozco gente de 50 años, por ejemplo, que lo pidió, pero con condiciones médicas muy específicas. Ahora es una gran mayoría de personas viejas, porque tenemos muchos viejitos. Otro factor que incide es que la gente vieja puede ser tan maltratada en los centros de ancianos del gobierno, que hay un temor de terminar su vida en estos lugares. Eso pertenece al discurso, lo escucho cada día, gente que dice en mis redes sociales “yo prefiero pedir la eutanasia que terminar mi vida en estos centros de ancianos donde dejan a los viejitos con sus pañales durante tres días”, por ejemplo. 

Por lo tanto, no es libertad. Es decir, vamos a gente porque no somos capaces de mejorar nuestro sistema de salud. Es terrible. El cuidado no es adecuado. Y, cuando hablaba del biopoder, quiero precisar: el riesgo es que los gobiernos ven en la “asistencia médica para morir”, usando el eufemismo, una manera de reducir los costos vinculados al envejecimiento. Es decir, la eliminación de vidas consideradas demasiado costosas o pesadas. Ese es el riesgo del biopoder aquí.

 

- De modo que usted considera que éste es el principal motor de la ley de eutanasia. 

- Pero no se dice. No podemos decir lo que estamos diciendo. Van a hablar de “desinformación”, de antipatriotismo… tienes que decir que tu país está perfecto, sino es un sacrilegio. 

 

-La ley de eutanasia se da en simultáneo con un descenso importante de las tasas de natalidad a nivel mundial. Aquí en la Argentina ya se está evidenciando ese brusco descenso ¿Allí también está ocurriendo? 

- Es uno de los principales problemas de Quebec. Hablo de eso en el libro que publicó recientemente con un amigo. De la falta de natalidad y la inmigración masiva. No somos capaces de regenerar la sociedad. El promedio de nacimientos es de 1.3 niños por mujer aquí.

 

- ¿Cómo se compone en la actualidad la pirámide poblacional de Quebec? 

- La gente de 65 años o más representa el 20% de la población, de 0 a 20 años representan otro 20%, y un 60% son los de 20 a 64 años. Pero sabemos desde hace muchos años   que ahora la pirámide está al revés. Por eso hay tantos inmigrantes y el gobierno no es capaz de sostener el peso del envejecimiento poblacional.

 

- ¿De qué procedencias son los inmigrantes que llegan a Quebec?

- Tenemos todo. Tenemos que separar Canadá francesa y Canadá Inglesa. En Canadá francés son principalmente inmigrantes de países francófonos, como los musulmanes de África del Norte. Tenemos latinos también. En Canadá inglesa son gente del ex imperio británico: Paquistán, India…

 

- Usted atribuye esta situación actual en Quebec a un problema cultural. ¿Es posible vislumbrar allí algún cambio de mentalidad para escapar de esta cultura de la muerte?

-Esperamos un cambio. Necesitamos un poco de esperanza para esta provincia. En el libro que publicó con Claude Simard, esperamos un cambio de mentalidad. Pero es muy difícil cambiar una mentalidad sin pasar por el Estado. Queremos menos Estado y una Quebec más viva de manera orgánica. 

Hay una cierta franja de la población a la que le encanta la eutanasia. Uno escucha conversaciones en restaurantes, en las que gente mayor dice “qué bueno que tenemos la eutanasia”. Por lo tanto, el problema es el sistema y es la cultura. Es un movimiento doble. Esperamos un cambio, pero necesitamos primero hacer llegar la información, necesitamos otros medios de información para cambiar ese ambiente tan oscuro. No podemos quedarnos con los medios tradicionales, que celebran la eutanasia y que hacen mucha propaganda. 

Las nuevas generaciones parecen mucho más rebeldes que la de los boomers. Y esto es interesante, porque muestra una cierta independencia de pensamiento. Así es que ponemos las esperanza en los jóvenes.

jueves, 18 de diciembre de 2025

UN MENSAJE PAPAL PROVIDA


 a través del belén del Aula Pablo VI

 

 Brújula cotidiana, 18_12_2025

 

Hay un belén a contracorriente en el Vaticano, pero no se trata de la habitual “innovación” que desea romper esquemas. Además del belén “tradicional” (que, por cierto, no siempre es obvio) de la Plaza de San Pedro, en la Sala Pablo VI se expone la obra titulada Nacimiento Gaudium de la artista costarricense Paula Sáenz Soto, que presenta una “figura de la Virgen embarazada y un conjunto de 28.000 cintas de colores, cada una de las cuales representa una vida preservada del aborto gracias a la oración y al apoyo brindado por organizaciones católicas a muchas madres en dificultades”, tal y como se lee en el comunicado de presentación de la Gobernación de la Ciudad del Vaticano.

De hecho, “aunque respeta la tradición”, continúa el comunicado, “la obra introduce un elemento original: dos representaciones diferentes y alternables de la Virgen. Durante el Adviento se expondrá una estatua de María embarazada, símbolo de la espera y la esperanza; en la noche de Navidad, esta será sustituida por una imagen de la Virgen arrodillada en adoración al Niño recién nacido. En la cuna de Jesús se depositarán además 400 cintas con oraciones y deseos escritos por los pequeños pacientes del Hospital Nacional de Niños de San José”.

 

Mensaje recogido y difundido por León XIV, que ha inaugurado el belén el 15 de diciembre recordando que “cada una de las veintiocho mil cintas de colores que decoran la escena representa una vida preservada del aborto gracias a la oración y al apoyo prestado por organizaciones católicas a muchas madres en dificultades. Agradezco a la artista costarricense que, junto con el mensaje de paz de la Navidad, haya querido lanzar también un llamamiento para que se proteja la vida desde el momento de la concepción”. Si la verdadera originalidad consiste en volver a los orígenes, como decía Antoni Gaudí, la originalidad del belén de Paula Sáenz remite directamente a los orígenes de la vida en el seno materno.

 

La artista costarricense no es del todo nueva al otro lado del Tíber: de ella es, de hecho, el mosaico de Nuestra Señora de los Ángeles, patrona de su país, en los Jardines Vaticanos, que ella misma describió en una entrevista de 2023 a la Fundación Cari Filii como “un ejemplo de cómo Dios puede elegir a cualquiera; no hace falta ser un artista famoso”. También es significativa su vocación artística, surgida de un retorno a la fe tras un periodo de alejamiento, así como de un “milagro de la vida”: un hijo (hoy con más de veinte años) que no llegó hasta que se abandonó a los designios de Dios.

 

“Lo que hacemos los pintores de arte sacro es escribir oraciones”, sostiene Paula Sáenz, que se remite a la Via pulchritudinis (el “camino de la belleza”, definido como “reto crucial” en un documento del Pontificio Consejo para la Cultura de la era geológica ratzingeriana) y afirma sin rodeos que la Iglesia “no puede aceptar todas las tendencias que se presentan sin ofrecer primero su propia perspectiva”. De lo contrario, el arte sacro pierde —literalmente— incluso su fisonomía: “Erigen piedras sin rostro y las llaman Sagrada Familia” u otro ejemplo en Estados Unidos en el que la Sagrada Familia “no tenía rostro, porque decían que no podía tener género” (algo similar se ha visto también recientemente en Bruselas).

 

Inevitablemente, el pensamiento se dirige a ciertos experimentos ya vistos también en el belén más famoso del mundo, el de la Plaza de San Pedro. Como en 2017, cuando un pastor desnudo le robó el protagonismo al Divino Infante. Peor aún fue la operación de modernización de 2020, cuando se expusieron las estatuas realizadas entre 1965 y 1975 por los alumnos del Instituto de Arte de Castelli, en la provincia de Teramo. Fuesen cuales fuesen las intenciones y las inspiraciones, la escena, más que del cielo en sentido espiritual, hablaba de otro planeta, probablemente Marte.

 

El belén de Paula Sáenz rompe los esquemas, sí, pero en un sentido completamente diferente. Esa Virgen embarazada y esas cintas —“cada una de las cuales”, recordemos y repitamos, “representa una vida preservada del aborto gracias a la oración y al apoyo prestado por organizaciones católicas a muchas madres en dificultades” —mandan al baúl de los recuerdos la época en la que los provida, además de los previsibles ataques del mundo, eran también objeto de desprecio mal disimulado por parte de algunos obispos a los que no les gustaban, por citar al más conocido, “los rostros inexpresivos de quienes rezan el rosario frente a las clínicas que practican la interrupción del embarazo”. O el cardenal Blase Cupich, que como obispo de Spokane prohibió a los sacerdotes estar presentes frente a las clínicas abortivas, pero durante la última campaña electoral estadounidense asistió a la convención demócrata sin decir una palabra sobre lo que ocurría a pocas manzanas de allí, en la clínica móvil de Planned Parenthood. Y sin mencionar el caso más reciente, el de la ley del aborto definida como “un pilar de nuestra vida social” por el (ahora) expresidente de la Pontificia Academia... ¡para la Vida! A ellos habría que preguntar si les gusta el belén. Pero tememos la respuesta.