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lunes, 1 de diciembre de 2025

RUMBA FLAMENCA


Por Miguel Ángel Iribarne

Foro Patriótico Manuel Belgrano, 30/11/2025

 

 

Ultimamente se ha viralizado una rumba flamenca (“Paco, Paco…´) que con gracejo y cierto realismo ensalza a Francisco Franco, el que  fuera por casi cuarenta años dictador de España. (Decimos “dictador” en el sentido técnico de la palabra y no en el denigratorio que, con ligereza, se ha impuesto en el lenguaje político).  Y el que fuese, igualmente, con sus más y con sus menos, el generador de la España moderna.

 

Podría dudarse de la representatividad social de sus versos.  Suponer que se trata del objeto de culto de una secta exigua y biológicamente condenada.  Pero en este punto vienen en nuestra ayuda, a fin de elucidar la cuestión, los datos de variadas encuestas realizadas en las últimas semanas, con motivo del cincuentenario de la muerte del Generalísimo, y útilmente comparables con las de años anteriores.

 

En efecto, el porcentaje de los que miran con simpatía los tiempos de la  Dictadura ha venido incrementándose lenta pero continuadamente desde comienzos del milenio. Y, lo que es más significativo, en algunos sondeos sobrepasa el 40 % en la franja etárea inferior a los 35 años. Es interesante anotar que Vox, el partido político que más próximo podría considerarse a las posiciones franquistas, no pasa de un apoyo electoral del 15 %, lo que podría acreditar que en política los vínculos históricos y carismáticos resultan más fuertes que los escuetamente ideológicos.

 

En cualquier caso, Vox se incluye en el numeroso grupo de partidos politicos que, en prácticamente toda Europa, se reconocen en el rótulo de “patriotas”,y que los escribas de las variadas oligarquías en posesión de estado califican, en el mejor de los casos , de ”populistas”,  y en el peor de “ultraderechistas”.

 

Para dimensionar el papel de estas corrientes en la situación actual del Viejo Continente conviene asomarse a la realidad interna de los tres países más fuertes del mismo, económica y militarmente, y hecha excepción de Rusia, o sea Alemania, Francia y el Reino Unido. En los tres casos los gobiernos establecidos tienen cotas de apoyo popular no superiores al 20 %; y en  los tres casos son aventajados en todos los sondeos por fuerzas   “patrióticas”, a saber:  Alternative fur Deutschland, el Rassemblement National de Marine Le Pen y el Reform Party de Nigel Farage. En el país que ocupa el cuarto rango continental los “patriotas” de Fratelli d’Italia encabezan la coalición de gobierno desde hace tres años y Giorgia Meloni va camino de batir el record de duración de un premier desde que existe la República.

 

Algunas de estas fuerzas han sido víctimas en el pasado, o son amenazadas de serlo hoy, de la estrategia del “cordón sanitario” montada por la izquierda y la derecha establecidas, pero la misma ha demostrado un rendimiento    continuadamente decreciente, como lo prueba –por ejemplo- el 42 % de Le Pen en la elección presidencial del año pasado, comparable con el 19 %  reunido por su padre dos décadas antes en el ballotage. En países con menor solidez institucional la intimidación puede dar fruto.  Así en Rumania, la proscripción del candidato soberanista luego de que ganase la primera vuelta permitió el triunfo ulterior de las fuerzas del statu quo.

 

Este conjunto de realidades lleva a algunos analistas a hablar de una crisis de la democracia.  Para otros es la crisis del liberalismo.  Mientras no faltan los que apuntan a la caducidad de esa frágil combinación de uno y otra que se fraguara en la Europa del siglo XIX; lo que estaría surgiendo sería una “democracia iliberal”, de la que serían cabales exponentes desde Trump y Putin hasta Erdogan y Orban entre tantos otros. En cualquier caso, sin prejuicios ni fetiches ideológicos, lo que resulta imperativo en la política contemporánea es decidirse a pensar de nuevo.

 

 

lunes, 17 de noviembre de 2025

EL ACUERDO CON ESTADOS UNIDOS


 ES UNA RENDICIÓN INCONDICIONAL

 

 César Lerena

Perfil, 16 de noviembre de 2025.

 

Los anuncios de la US Mission Argentina el pasado 13 de noviembre no son un Acuerdo de Argentina con Estados Unidos sino una rendición incondicional; propia de una derrota argentina en el campo militar. Este Acuerdo afectará la autonomía, economía, desarrollo y salud argentina, solo equiparable a las condiciones económicas impuestas por el Reino Unido a la Argentina a través del Acuerdo de Madrid (1989/90) y la Ley 24.184 de protección y promoción de las inversiones británicas (1992), residuales de la guerra de Malvinas. De hecho, este Acuerdo -accesoria o intencionalmente- beneficiará los negocios británicos en Argentina

 

Algunos comparan este Acuerdo con el infame Tratado Roca-Runciman, firmado en 1933; complementario del pérfido “Tratado de Amistad, Comercio y Navegación” firmado en Buenos Aires en 1825, pese al cual los británicos invadieron Malvinas en 1833; pero éste, aún leonino, se centró en las carnes, granos, carbón y beneficios a las empresas públicas en manos inglesas y, se mantenían relativamente estables las tasas de importación de productos desde el Reino Unido a Argentina y viceversa. Aunque parezca una formalidad, este se representó en español e inglés, mientras que la actual orden norteamericana solo se hizo en inglés y la representación estadounidense aclaró, que se trata del único documento válido. Más prueba de imposición imposible. No hay opinión de ello -ni la habrá por razones obvias- del cuerpo diplomático argentino.

 

Por el contrario, el denominado “Acuerdo” con Estados Unidos, fundado en “mercados abiertos” y en el marco de una “asociación económica más sólida y equilibrada”, no refiere que la Argentina tiene una balanza negativa con Estados Unidos de unos 2 mil millones de dólares, cifra que se acrecentará con el “acceso preferencial” que Argentina deberá brindar “a las exportaciones estadounidenses, incluyendo ciertos medicamentos, productos químicos, maquinaria, productos de tecnologías de la gama de información, dispositivos médicos, vehículos automotores y una amplia de productos agrícolas”, sin especificar límites ni condición alguna, mientras que Estados Unidos eliminará los aranceles recíprocos “sobre ciertos recursos naturales no disponibles” y productos no patentados para aplicaciones farmacéuticas. Es evidente el desequilibrio en materia de obligaciones y derechos.

 

Asimismo, ambos países se han comprometido a mejorar las condiciones recíprocas de acceso bilateral al mercado para la carne; a sabiendas que el tipo de carne que comercializa Estados Unidos, podría modificar el hábito de consumo de calidad de las carnes argentinas, cuyas consecuencias podrían ser significativas económica y sanitariamente para los argentinos.

 

Además, Estados Unidos podría utilizar bajo pretexto de la “seguridad nacional”, incluyendo la protección de la economía nacional de ese país contra amenazas externas, la adopción de medidas comerciales; metodológicas y políticas -ajustes y prohibición de importaciones y/o aumento de aranceles e imposición de cuotas o cualquier otra acción que el Presidente considere apropiada-   en virtud de la Sección 232 de la Ley de Expansión Comercial de 1962, según enmienda (19 USC 1862); iniciar investigaciones a la importación de cualquier artículo, pudiendo utilizar los procedimientos que estime pertinentes para la determinación requerida; por ejemplo, como ya ocurrió en Estados Unidos con la prohibición de importación de las carnes argentinas bajo pretexto de transmisión de la fiebre aftosa, a pesar de que esta enfermedad no es una Zoonosis, es decir, no se transmite a las personas según la WOAH (ex OIE) y la FAO ni por consumo de carne (cruda, cocida o procesada) ni por contacto con animales infectados.

 

Por el contrario, se le exige a la Argentina “desmantelar barreras no arancelarias que restringen el acceso a su mercado, incluyendo las licencias de importación, garantizando así condiciones más equitativas y el compromiso de no requerir formalidades consulares para las exportaciones estadounidenses hacia Argentina”. Además, se le requiere eliminar gradualmente la tasa de estadística para los productos estadounidenses; permitiendo, a su vez, “el ingreso (a la Argentina) de productos estadounidenses que cumplan con las normas aplicables de EEUU o internacionales, reglamentos técnicos estadounidenses o procedimientos de evaluación de conformidad de EEUU o internacionales, sin requerir requisitos adicionales de evaluación”. Esto en materia alimentaria (cárnica, vegetal, aditivos, etc. incluyendo instalaciones) viola las leyes argentinas 3.959 de Sanidad Animal y su Decreto 4238/68 y modificatorios de Inspección de Productos, Subproductos y Derivados de Origen Animal; además del Código Alimentario Argentino (Ley 18.289) y de todas las normas relativas al control y cuarentenas para evitar el ingreso de enfermedades zoonóticas y/o exóticas, poniendo en riesgo la salud de la población argentina; teniendo en cuenta, que más de 350 enfermedades se transmiten al ser humano a través del consumo de alimentos. Además, que los cambios en los hábitos alimentarios y dietéticos de los argentinos, como consecuencia de esa importación descontrolada, podrían causar efectos negativos sanitarios y nutritivos y, muy importante, por el daño económico imponderable para el país y la quiebra del sector productivo e industrial argentino y consecuente desempleo.

 

Por otra parte, la ejecución de este Acuerdo con Estados Unidos habilitará automáticamente al Reino Unido de Gran Bretaña por aplicación de la Ley 24.184 que la habilita a adherir a las mejores condiciones otorgadas por Argentina a terceros países.

 

Además de ello, el Acuerdo no se limita a las partes, sino que actúa también en el comercio entre la Argentina y terceros países cuando se refiere a que “reforzará la cooperación con Estados Unidos para combatir políticas y prácticas no orientadas al mercado por parte de otros países”, que podría llegar a incidir sobre el comercio argentino con los países integrantes del BRICS, incluso el MERCOSUR y eventualmente el Acuerdo de éste con la Unión Europea; incluyendo, una mención a “la prohibición de importar bienes producidos mediante trabajo forzoso u obligatorio”; que, más allá de que la Argentina debe evitar el comercio con países que no tienen normas laborales concertadas con los sindicatos del trabajo, claramente, en un problema mundial que también alcanza a Estados Unidos y no se hace referencia alguna al respecto.

 

El Acuerdo también refiere a obligaciones de Argentina sobre las cuestiones relativas al “medio ambiente” sin efectuar ninguna mención a Estados Unidos, pese a que según datos de organismos específicos, este país encabeza con 25% el total de emisiones acumuladas históricas (1850-2021) de gases de efecto invernadero (GEI), especialmente CO2 y, según la Agencia Internacional de Energía (IEA) y EDGAR (UE) es 2da. luego de China con el 14%. Mientras que la Argentina ocupa el puesto 28/35 mundial y 2do. en Latinoamérica por la producción ganadera. La Argentina no tiene subvenciones a la Pesca y por el contrario Estados Unidos ocupa con 3.900 Millones de dólares el 3° lugar mundial en subsidios a la pesca detrás de China (1ra.) y la Unión Europea (2da.) y, en subsidios considerados perjudiciales, se ubica 6ta. detrás de China, Japón, UE, Corea del Sur y Rusia. Parece insólito que el contaminador le ponga condiciones al contaminado.

 

Finalmente, y para no avanzar sobre los múltiples productos que tendrían un acceso preferencial a la Argentina; las inversiones en minerales estratégicos; el reconocimiento de Estados Unidos como jurisdicción adecuada para la transferencia transfronteriza de datos, incluso personales y, las Múltiples exigencias que se formula a nuestro país respecto a patentes; subsidios industriales; acciones distorsivas de empresas estatales (lease privatizaciones); bienes diversos; denominaciones de origen, etc.; más que un Acuerdo este documento preliminar parece un mandato que le otorga el gobierno nacional a Estados Unidos para administrar el comercio nacional y ésta regla mediante un Decreto normativo, que la Argentina debe cumplir.

 

Una delegación inadmisible de las facultades de un país independiente y soberano.

domingo, 19 de octubre de 2025

LA HORA DE LAS AMÉRICAS

 


“El siglo XXI no será el siglo de América ni de China, sino el de la interdependencia.”

Zbigniew Brzezinski -1928/2017.

 

Por Grl Heriberto Justo Auel

Foro Patriótico Manuel Belgrano, 19/10/2025

 

EL CAMBIO GEOPOLÍTICO MUNDIAL EN EL SIGLO XXI

LA EUROPA QUE NO ENTENDIÓ A TOYNBEE

LA HORA DE LAS AMÉRICAS

 

1. EL CAMBIO GEOPOLÍTICO MUNDIAL EN EL SIGLO XXI.

Vivimos en estas primeras semanas de Oct 25 las graves consecuencias de una confrontación vergonzosa y dramática -en algunos aspectos-, provocada por la arremetida de quienes corporizan y representan a la compleja síntesis asociada de lo peor de nuestro reciente pasado

 

-los remanentes revolucionarios castro comunistas, el narcoterrorismo y el globalismo- que, como fiera herida de muerte, desarrollan ataques en todos los frentes posibles y en particular contra el débil oficialismo legislativo. El Socialismo Siglo XXI -nombre actual del castrocomunismo- intenta evitar su desaparición o muerte política en las elecciones del 26 Oct 25. En el último párrafo de nuestro ensayo del pasado mes de Sep 25 (1), decíamos:

“En síntesis: la Argentina se encuentra en un momento de alta tensión política y económica y a pocas semanas de elecciones claves que deciden su futuro: o triunfa la “contrarrevolución” o regresa a la “revolución narcocastrocomunista”, con el apoyo de no pocos inconscientes “idiotas útiles”. La Argentina EN TRANSICIÓN, –parada en el umbral del siglo XXI– puede avanzar decididamente a la nueva etapa de la civilización posindustrial o regresar al OSCURO PASADO kk, bajo “Cristina libre”.

 

La intensidad cuantitativa y cualitativa de los bochornosos hechos preelectorales ocurridos y de los que seguramente ocurrirán en los próximos días, nos indican la necesidad de ampliar el encuadramiento situacional que nos ha llevado al umbral de lo que llamamos “La Segunda Argentina Posindustrial” (2), siempre que el electorado argentino continúe sosteniendo a la “contrarrevolución” en las próximas elecciones de medio tiempo.

 

La historia de las relaciones internacionales atraviesa hoy una de sus inflexiones más trascendentes desde la Paz de Westfalia -1648- y de la posguerra -GM II / 1945-. Nos encontramos -como advirtiera Gramsci– en una “etapa de transición” en la que el viejo orden liberal, hegemonizado por el Occidente Cristiano -con núcleo fundacional en Europa- se debilita aceleradamente, sin que un nuevo equilibrio global se haya consolidado plenamente.

 

Durante casi ocho décadas el poder mundial descansó en una arquitectura atlántica y unipolar, sostenida por la supremacía económica, militar y cultural de los EE.UU. y sus aliados. Sin embargo, el agotamiento interno de ese modelo -la pérdida de la cohesión cultural/civilizatoria, el desgaste de las instituciones multilaterales y la erosión del liderazgo moral de Occidente han abierto paso a un nuevo sistema multipolar y competitivo, en el que Oriente emerge como “nuevo eje del poder global”.

 

El pensamiento de McKinder -que veía en el control del “Heartland” la llave del dominio mundial- recupera plena actualidad frente al reposicionamiento estratégico de Rusia, de China y de la India. Paralelamente, el principio napoleónico de que “la geografía es la madre de la estrategia” recobra vigencia, en un mundo donde los corredores energéticos, marítimos y digitales son los nuevos teatros de disputa y el pensamiento de Haushofer también regresa, con la “búsqueda de un nuevo equilibrio de poder” entre los dos hemisferios -el talasocrático y e telurocrático-. La expansión del BRICS+, de la OCS -Organización de Cooperación de Shanghái- y de las iniciativas de la Franja y la Ruta de la Seda, expresan la búsqueda de un orden alternativo al diseñado tras la GM II.

 

Como lo señaló Brzezinski, el siglo XXI no pertenece a una sola potencia, sino a la “interdependencia estructural entre múltiples centros de poder”. La globalización ya no se traduce en homogeneidad, sino en competencia sistémica y en la coexistencia de modelos culturales y civilizatorios distintos. Al mismo tiempo la advertencia de Toynbee resuena con fuerza: las civilizaciones suelen caer por desgaste interno, antes que por agresión externa: “Toda gran cultura muere por suicidio, no por asesinato”. Occidente -particularmente en su núcleo fundacional europeo- enfrenta una grave crisis de legitimidad, fragmentación política y pérdida de identidad cultural, que limitan su capacidad de proyección estratégica. Está hoy ausente en las mesas de las grandes decisiones.

 

En este contexto el dominio no se define solo por el territorio o por las armas, sino -como predijo Churchill- “por la capacidad de gobernar la mente y la información”. La competencia por el poder cognitivo, la inteligencia artificial, los datos y el relato mediático, configura la nueva frontera del poder global. Los imperios del futuro son, ante todo, imperios del conocimiento. Por último, la reflexión de Eric Hoffer nos ofrece una lección estratégica central: “solo las naciones que sepan aprender, adaptarse y redefinir su visión del mundo heredarán el porvenir”.

 

La rigidez doctrinaria o la nostalgia por el pasado serán los verdaderos enemigos de la supervivencia geopolítica.

 

 

El cambio geopolítico contemporáneo no es un episodio, sino un proceso histórico de larga duración. Su signo principal es el tránsito:

 

de la hegemonía a la pluralidad,

del dominio territorial al control informacional,

y de la ideología universalista a la coexistencia de culturas y civilizaciones nacionales.

La humanidad asiste al fin del “orden occidental” y al nacimiento de un “incierto orden cultural y civilizatorio multipolar”, donde la geopolítica vuelve a ser el arte supremo de comprender el poder, el espacio y la cultura en movimiento.

 

2. LA EUROPA QUE NO ENTENDIÓ A TOYNBEE

Europa fue el núcleo fundador del Occidente Cristiano y como tal, culturizó y civilizó a las Américas. Toynbee -filósofo de la Historia- observó -desde su intimidad- la caída del Imperio Británico. Vio anticipadamente el “suicidio de Europa”. Este no fue un hecho repentino ni un colapso único, sino un proceso histórico prolongado que se extendió desde la GM I -1914/1918- hasta la llegada de un “nuevo Sheriff” (3) en EE.UU., que origina la transformación geoestratégica global en curso que omite a la UE dejando a su “autodestrucción” en total evidencia.

 

El poder marítimo británico fue sustituido -luego de la GM II- por el poder aéreo y nuclear de EE.UU. y de la URSS –“Acta del Atlántico” de por medio– . La OTAN – 1949- convirtió a Gran Bretaña en “aliado subordinado” de Washington. El Canal de Suez -1956– fue el punto de inflexión definitivo: el fracaso de la intervención británica – junto con Francia e Israel- frente a Egipto, marcó el final del papel imperial independiente. A partir de Suez Londres asumió su rol como potencia secundaria dentro del bloque occidental. Cambio su mentalidad: del Imperio a la Commonwealth. Se le promovió una transición “honorable” -la independencia de las “colonias”– formando la Commonwealth: una red voluntaria de excolonias. Fue una manera de mantener cierta influencia cultural y diplomática, aunque ya sin poder real. Pero Londres quedó como eje del “capital financiero internacional” y el resentimiento imperial se hizo “globalismo”, verdadero acelerador del suicidio europeo que ha dado lugar a la presente “batalla cultural”, con base en Washington.

 

 

 

Como todo cuerpo social débil -transculturizado- la UE -contractiva y resentida- regresó a la violencia de sus guerras civiles autodestructivas: provocó la guerra civil rusa/ucraniana. Nuestro Instituto -en soledad- planteó de ese modo a la nueva guerra civil europea aún en curso, frente a una desinformación generalizada que inculpaba a Rusia como “potencia agresora”. En los últimos días hemos tenido la oportunidad de escuchar a un testigo privilegiado de los hechos que comentamos, que nos permiten comprobar el acierto de nuestro posicionamiento. Se trata de una entrevista promovida por Glenn Diesen -profesor especializado en asuntos internacionales rusos, geoeconomía y Eurasia- y de Harald Kujat -General retirado que comandó a las Fuerzas Armadas Alemanas -Jefe de la Bundeswehr- y luego presidió el Comité Militar de la OTAN. –https://www.youtube.com/watch?v=e3MiU4Gw-bY– Veamos cuales son los argumentos del General Kujat:

 

1.      Causa y provocación del conflicto:

Kujat rechaza la idea de que Rusia haya invadido “sin provocación”. Recuerda la “agresión terrorista” de las poblaciones de cultura rusa en el Donbás, como un componente ignorado en muchos análisis occidentales.

 

2.      Crítica a Occidente, la OTAN y las narrativas dominantes:

Una parte importante de la entrevista gira en torno a cómo Occidente utiliza ciertos conceptos, por ejemplo: “invasión a gran escala”, “agresión desprovista de provocación”– con fines políticos y mediáticos. También analiza el rol que algunas potencias occidentales habrían desempeñado para obstaculizar negociaciones de paz, citando el caso del ex primer ministro británico Boris Johnson y su visita a Kiev para evitar la firma de un Acuerdo de Paz ya pactado. Asimismo habla del sabotaje a los Acuerdos de Minsk y de la dificultad de mantener un diálogo serio entre Occidente y Rusia, dada la falta de confianza acumulada.

 

3.      Visión sobre la diplomacia y las negociaciones de paz:

Kujat analiza los intentos de arreglo diplomático -conversaciones en Estambul- y señala que, en su perspectiva, las partes no estaban dispuestas a ceder o negociar en serio ciertos puntos fundamentales. También subraya que los costos estratégicos de seguir el conflicto han ido escalando de forma muy significativa.

 

4.      Revisión de narrativas militares y estratégicas:

Kujat cuestiona a ciertos supuestos estratégicos occidentales: la intencionalidad rusa de ocupar todo el territorio ucraniano, por ejemplo. También discute la incompatibilidad entre los compromisos de seguridad europeos, el papel de la OTAN y las ambiciones rusas, en un contexto de escalamiento verbal sistémico, que llega a la amenaza nuclear.

 

Esta guerra civil europea -clara manifestación de su debilidad cultural- se constituye un hito final de su larga agonía por suicidio -en términos de Toynbee- del núcleo fundador del Occidente Cristiano. No solo el poder imperial ha migrado por sobre el Atlántico, luego de la GM II. La guerra ruso/ucraniana y la llegada de Trump a Washington han trasladado a las Américas el meridiano central del Occidente Cristiano y la responsabilidad de su recuperación, imprescindible para enfrentar el desafío que plantea el resurgimiento del Oriente Asiático.

 

 Ello fue lo que obligó a EE.UU a recuperar a Iberoamérica, prioritariamente. Rusia, con un pie en Occidente y el otro en Oriente, es el natural y actual “pivote estratégico”. La cumbre de Alaska ha precedido naturalmente a la de Trump/Xi Jinping. Con la Paz encaminada en Medio Oriente, EE.UU./China tratarán el fin de la guerra europea y este es el encuadramiento político/estratégico de la inédita alianza estratégica de Buenos Aires/Washington.

 

 ¿SE ENTIENDE CUÁL ES LA IMPORTANCIA -EN NUESTRA PATRIA- DE LAS PRÓXIMAS ELECCIONES DE MEDIO TIEMPO?

 

3. LA HORA DE LAS AMÉRICAS.

La llegada de Donald J. Trump a la presidencia de los EE.UU. -en Ene 17- marcó un punto de inflexión en el sistema internacional surgido tras el fin de la Guerra Fría -1991-. Durante más de dos décadas, la hegemonía norteamericana había sostenido un orden unipolar articulado en torno a la expansión del libre comercio, las instituciones multilaterales y la proyección global del modelo liberal-democrático. Sin embargo ese consenso comenzó a resquebrajarse ante el ascenso de China, la reemergencia de Rusia, la fragmentación europea y el creciente desgaste interno de la sociedad estadounidense. En ese contexto la administración Trump inauguró un giro geoestratégico profundo, caracterizado por el retorno del realismo nacional, la revalorización de la soberanía estatal y la competencia entre grandes potencias como principios estructurantes del nuevo orden mundial.

 

Desde 1991 el sistema internacional se configuró bajo la égida de un “momento unipolar” – Krauthammer, 1990-, en el cual EE.UU. ejerció un liderazgo global casi incuestionado. A través de la OTAN, las instituciones financieras internacionales y la diplomacia liberal, Washington definió las reglas del comercio, la seguridad y la gobernanza global.

 

Pero hacia mediados de la década de 2010, este modelo comenzó a erosionarse:

 

La República Popular China se consolidó como potencia económica y tecnológica.

La Federación Rusa, bajo Vladimir Putin, retomó una política exterior de afirmación geopolítica.

La Unión Europea enfrentó crisis de legitimidad, soberanía y cohesión -Brexit, migraciones, populismos-.

En UU. se amplió la brecha entre las élites globalizadas y las clases trabajadoras desplazadas por la desindustrialización y las guerras interminables. Este escenario preparó el terreno para un replanteo estratégico de la función de EE.UU. en el mundo con un giro geoestratégico de la Globalización al Realismo Nacional – “America First”.

Trump propuso abandonar la lógica del “orden liberal internacional” para reinstalar un realismo de poder: el Estado-Nación como unidad soberana que actúa en función de su interés nacional.

 

Su lema “America First” sintetizó una política exterior transaccional: los compromisos multilaterales se subordinan al beneficio directo de los EE.UU.. Esto se tradujo en:

 

La salida del Acuerdo Transpacífico (TPP) y del Acuerdo de París -sobre el clima-.

La renegociación del NAFTA -convertido en USMCA-.

La revisión crítica del gasto militar estadounidense en apoyo a la

Trump cuestionó la utilidad estratégica de alianzas tradicionales y presionó a Europa para aumentar su gasto en defensa. Al mismo tiempo buscó una aproximación táctica hacia Rusia, con el fin de concentrar recursos frente al verdadero competidor sistémico: China. El Documento de Estrategia de Seguridad Nacional de 2017 -NSS 2017- estableció un cambio doctrinal decisivo: la “guerra contra el terrorismo” dejaba de ser el eje central de la política de defensa, reemplazada por la “competencia entre grandes potencias”. Desde entonces, Washington comenzó a delinear una arquitectura de contención del poder chino en el Indo- Pacífico, fortaleciendo alianzas como el QUAD -EE.UU., India, Japón y Australia- y el AUKUS -EE.UU., Reino Unido y Australia-. La atención estadounidense se trasladó del Atlántico al Indo-Pacífico, desplazando el centro de gravedad del poder mundial. Ello implicó una reconfiguración de la jerarquía internacional: Europa perdió relevancia relativa, mientras Asia se consolidó como el epicentro de la competencia global.

 

 Las consecuencias sistémicas del giro fueron las siguientes:

 

Fin del unipolarismo: se consolida una transición hacia la multipolaridad, con la emergencia de varios polos de poder -EE.UU., China, Rusia, India, UE-.

Reaparición del pensamiento geopolítico clásico: los factores espaciales, energéticos y tecnológicos vuelven a dominar el análisis estratégico.

Fragmentación del Occidente político: Europa busca autonomía estratégica frente a la dependencia de Washington.

Transformación de la guerra: la competencia se expresa en dominios híbridos – ciberespacio, inteligencia artificial, control de cadenas tecnológicas-.

Reconfiguración institucional: proliferan organismos y bloques alternativos – BRICS+, Organización de Cooperación de Shanghái, acuerdos energéticos en monedas locales-.

Con posterioridad -2021/2025- aunque la administración Biden restauró un discurso multilateralista, la estructura del giro estratégico iniciado por Trump permaneció intacta. El enfrentamiento sistémico con China se profundizó, la guerra en Ucrania reactivó la OTAN y el sistema internacional quedó polarizado en torno a dos bloques:

 

el Occidente ampliado liderado por EE.UU.,

y el eje euroasiático sino-ruso con creciente influencia en el Sur Global.

El orden mundial posterior a 2017, por tanto, puede definirse como competitivo, fragmentado y tecnológicamente conflictivo, con la geoeconomía y la seguridad como ejes de poder. El giro geoestratégico inaugurado por Donald Trump significó el fin de la era globalista y el retorno del poder como categoría central de la política internacional. EE.UU. abandonó la pretensión de gobernar un orden liberal universal para defender su posición relativa en un entorno multipolar. Con ello, la geopolítica reemplazó al idealismo normativo y la rivalidad entre grandes potencias volvió a ser el motor de la historia internacional. En síntesis, desde 2017 el mundo transita una fase de reconfiguración estructural, en la que la estabilidad ya no depende de instituciones universales, sino del equilibrio dinámico entre centros de poder regionales. Este proceso -aún en curso- redefine las nociones mismas de hegemonía, soberanía y seguridad en el siglo XXI.

 

En la Segunda Administración Trump se reactiva la recuperación del Hemisferio Occidental y EE.UU. prioriza al “patio de atrás”. En mayo de 2024 se realizaron en el Atlántico Sur los ejercicios “Gringo-Gaucho II”, con la participación del portaviones USS George Washington y unidades de la Armada Argentina. Posteriormente un decreto presidencial argentino autorizó el ingreso de oficiales del Naval Special Warfare Command estadounidense, para entrenamientos combinados -Operación “Tridente”- en bases de Mar del Plata, Puerto Belgrano y Ushuaia durante 2025. Estos movimientos consolidan la interoperabilidad militar entre ambos países y la apertura de corredores logísticos en el Atlántico Sur, área clave para el control de rutas bioceánicas y el acceso antártico.

 

La dimensión política y estratégica de estas actividades combinadas están sostenidas por la afinidad ideológica entre Milei y Trump, que ha favorecido una alianza político-doctrinaria sustentada en tres pilares:

 

Defensa del mundo occidental y de la democracia liberal frente a regímenes

Rechazo del intervencionismo chino y ruso en América

Promoción de la seguridad hemisférica compartida, bajo liderazgo

En el plano económico Washington ha brindado a Buenos Aires respaldo financiero y diplomático en paralelo con acuerdos de cooperación en materia de energía, defensa y lucha contra el crimen organizado. El eje Ushuaia–Atlántico Sur–Antártida: La posición argentina ofrece a EE.UU. una proyección estratégica hacia el Atlántico Sur y la Antártida, espacios de creciente competencia global por recursos naturales, tránsito marítimo y posicionamiento científico. Las negociaciones sobre infraestructura logística conjunta en Ushuaia -aunque sujetas a debate interno- reflejan el interés de ambos gobiernos por establecer una presencia permanente en la zona austral. La recuperación de las Is. Malvinas es un objetivo insoslayable. El fortalecimiento del eje Washington-Buenos Aires, tiene efectos múltiples:

 

Reequilibrio hemisférico: consolida un polo de poder atlántico-suramericano alineado con UU., en contraposición al bloque bolivariano y a la influencia extrarregional de China.

Disuasión y contención: contribuye a limitar la expansión de redes ilícitas, pero también funciona como elemento de presión sobre Caracas y La Habana.

Riesgos de soberanía: en Argentina, sectores políticos y académicos advierten sobre la posibilidad de una dependencia estratégica excesiva o cesión de espacios sensibles.

Reacciones internacionales: China, Rusia e Irán han manifestado su rechazo a la militarización creciente del hemisferio, previendo respuestas diplomáticas.

 

Conclusiones: La segunda presidencia de Donald Trump representa la consolidación de un nuevo orden geoestratégico hemisférico. El retorno de la doctrina de poder nacional, la proyección naval en el Caribe y la alianza preferente con Argentina constituyen manifestaciones concretas de un modelo basado en la seguridad, la disuasión y la competencia estructural entre potencias. Este proceso redefine la arquitectura del Atlántico Sur y marca el inicio de una etapa donde Iberoamérica vuelve a ser escenario de rivalidad global. Si el ciclo 2017/2021 significó la ruptura del globalismo liberal, el ciclo 2025/2029 encarna su institucionalización geoestratégica, con una Casa Blanca que ya no busca administrar un orden universal, sino asegurar su hegemonía relativa en un mundo crecientemente multipolar. En ese marco, la alianza argentino-estadounidense se perfila como uno de los vectores más significativos de la política internacional contemporánea: un punto de convergencia entre el nacionalismo estratégico norteamericano y la aspiración argentina de reposicionarse como actor relevante del Hemisferio Sur.

 

 “El siglo XXI no será el siglo de América ni de China, sino el de la interdependencia.”

 

 CITAS Y ACLARACIONES:

J. Auel. “Las crisis que nos asedian y las que nos ocultan”. 06 Sep 25. www.ieeba.org

J. Auel. “La “Segunda Argentina Posindustrial” está llegando”. 15 Ene 25. www.ieeba.org

J. Auel. “Hay un nuevo Sherif en Washington”. 25 Feb 25. www.ieeba.org

domingo, 1 de mayo de 2022

EL ACCESO A LA CORTE INTERNACIONAL DE JUSTICIA

 


AL MARGEN DEL INTERÉS NACIONAL


César Lerena

 

 

El hombre del sombrerito gris no levantó la vista y continúo caminando, mirando las baldosas húmedas. Caían las primeras gotas, el “frente de todas las tormentas” enrarecía el ambiente y comenzaba a temer que no llegase a cumplir con esa ambición que ya llevaba treinta años, con la misma convicción de los que se entienden predestinados a cosas personales importantes por encima de los intereses nacionales.

 

Marcelo Kohen recuerda, que él era desde 2016 “el primer no europeo electo como secretario general en casi 150 años del Instituto de Droit International”, una entidad, que en 1904, obtuvo el Premio Nobel a la Paz, «por sus esfuerzos como organismo no oficial al formular los principios generales de la ciencia de la ley internacional». Nada que tenga que ver con el proyecto personal de este jurista que reside y trabaja hace más de veinte años en Ginebra, en un Instituto que ocupa el nada destacado Nº 2.940 en excelencia entre el ranking de universidades en el mundo y, claro está, muy lejos de este Premio Nobel a la Paz que se considera uno de los más controvertidos, ya que muchos de sus ganadores han sido muy criticados: por ejemplo Henry Kissinger (1973); Aung San Suu Kyi (1991); Yasser Arafat (1994); Wangari Mathai (2004) y otros. Nunca se le otorgó a Mahatma Gandhi a pesar de haber sido nominado varias veces y, no se le dio el debido reconocimiento en el país a Adolfo Pérez Esquivel a quien se lo otorgaron en 1980 en su carácter de “fundador de organizaciones de derechos humanos no violentas para luchar contra la Junta Militar que gobernaba el país” y, a Carlos Saavedra Lamas que lo recibió en 1936 por su actuación como “Presidente de la Conferencia de Paz que logró el armisticio entre Paraguay y Bolivia poniendo fin a la guerra del Chaco en 1935” y, que por una rara casualidad estaba vinculado a nuestro ascendiente Gilberto Lerena, ya que ambos casaron con las hijas del Presidente Roque Sáenz Peña; Rosa con Saavedra Lamas y Ciprianita con Lerena. En fin, los Premios Nobel a las personas y a las organizaciones, no se transfieren por ósmosis a los descendientes ni mucho menos a directivos de las instituciones. Solo podría heredarse alguna vieja fotografía.

 

Las luces de la ciudad confunden a los más obscuros personajes y suelen presentarse a destiempo de las circunstancias que viven los pueblos, que como la Argentina vive dificilísimas décadas económicas y sociales. Tal vez sea el caso de Marcelo, que Cecilia Degl’Innocenti (Perfil, 26/4/2022) lo presenta como “el jurista que busca romper con 30 años de ausencia argentina en la Corte de La Haya” y, que dice, está “impulsado por la Cancillería para ocupar un lugar en el tribunal” y, que “ha representado al país durante el conflicto de las papeleras sobre el río Uruguay y el caso de la Fragata Libertad”. El primero caso, perdidoso, porque la Corte entendió que Uruguay no violó sus obligaciones para evitar la contaminación ambiental y la planta de Botnia sigue produciendo, al igual que otras que se agregan con posterioridad y, el segundo, liberó la fragata después de más de 60 días, cuando los actuantes se dieron cuenta que en lugar de recurrir al Tribunal de Comercio de Ghana  podrían haber invocado el artículo 95º y 96º de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar ante el Tribunal Internacional del Derecho del Mar para liberarla. Para no mencionar y olvidar, su rol de asesor del equipo juristas que perdió ante Chile el reclamo de Bolivia de la salida al mar.

 

Nos dice Cecilia que “en 2023 la Argentina tendrá la posibilidad de contar con un juez en la Corte Internacional de Justicia tras más de 30 años de ausencia de representación nacional en el órgano judicial de mayor peso a nivel internacional” y, nosotros creemos, que no se trata de incorporar simplemente un argentino a ese Tribunal sino de hacerlo con el adecuado, ya que mientras en 1973 se incorporaba a esta Corte el jurista y diplomático José María Ruda que integró ese cuerpo hasta 1991 y lo presidió en los últimos tres años, quien tuvo una participación superlativa en favor de la Nación Argentina, entre otras obras, con su fundado alegato y destacado rol que dio lugar a la sanción de la Resolución 2065 (XX) de las Naciones Unidas, un hito histórico político y jurídico en la Cuestión Malvinas; mientras que el citado Marcelo Kohen en 2018 (Infobae, 22/3/2018) les proponía a los isleños un plan que, de haberse llevado adelante, entre otras cosas les habría de permitir a estos a los treinta años reivindicar la soberanía británica sobre los archipiélagos de Malvinas, contrariando la Disposición Transitoria Primera de la Constitución Nacional Argentina, la integridad territorial argentina y el sentimiento mayoritario de los argentinos.

 

A la hora de elegir el perfil de los representantes argentinos ante la Corte, es muy interesante destacar que mientras Ruda tenía una clara posición de representante de los intereses políticos nacionales y los traducía en claras y comprometidas acciones jurídicas y diplomáticas, la posición de Kohen parece la de un técnico a ultranza. Por un lado, el articulista refiere a que Kohen cuenta con el apoyo del gobierno nacional, sin embargo, las declaraciones de este son reveladoras respecto a su compromiso con el Estado Argentino. Al preguntarle la periodista: ¿Cómo surgió su candidatura? no refiere Kohen a que fue apoyado por el Gobierno actual, sino que fue «una propuesta de destacados colegas y amigos de todo el mundo que consideran que mi presencia como juez sería una contribución positiva para el trabajo de la Corte…no son los estados los que proponen a los jueces…soy profesor, no diplomático ni político, y pienso de manera independiente…No soy “pro tal estado o tal otro” sino pro-derecho internacional, lo que me importa es que los estados lo respeten…Mi compromiso como candidato es con la independencia de todo estado, presión o interés; poner el respeto del derecho internacional por encima de todo… poner todo el esfuerzo y la experiencia de trabajo en el derecho internacional al servicio de la justicia». Toda una autodefinición de un Técnico al servicio de la técnica, en un mundo, donde los intereses hegemónicos de las grandes potencias queda cada día más de manifiesto y, en especial, cuando este técnico forma parte del cuerpo de asesores del Consejo Nacional de Malvinas, que tiene como función principal prestar su conocimiento jurídico al Presidente Fernández, el Canciller Cafiero y el Secretario de Malvinas Guillermo Carmona, quienes deberían esperar que sus aportes estén destinados a recuperar el ejercicio pleno de Malvinas y no a escuchar una clase teórica del derecho internacional público al servicio de la justicia.

 

Llamativamente menciona Kohen en el artículo de Perfil a los muy destacados juristas argentinos Carlos Calvo y José María Drago, ambos diplomáticos de Julio Argentino Roca y omite a José María Ruda, embajador en las Naciones Unidas durante la presidencia de Arturo Illia, cuyos aportes respecto a la Cuestión Malvinas como vimos fueron relevantes y también, entre otros, a uno de los jurisconsultos más importantes de Argentina, el profesor Hugo Caminos, que entre otras cosas fue miembro de la Academia Nacional de Derecho y Ciencias Sociales de Buenos Aires y el Tribunal Internacional del Derecho del Mar, quién cuando integraba el Institut de Droit International acuñó una frase derivada del artículo 2º del Estatuto de la Corte Internacional de Justicia que dejaba en claro su calidad moral: «no se puede avalar el ingreso a quienes carecen de integridad moral». Esto viene a colación, porque para los cargos internacionales no deberían ser tenidas en cuenta solo las capacidades técnicas que, por cierto, son absolutamente imprescindibles, sino fundamentalmente la trayectoria de los postulados en favor de los intereses nacionales del candidato que el gobierno promueva. No a quien se presenta como: No soy “pro tal estado o tal otro”.

 

Nos deja claro Marcelo, cuando responde a la periodista, sobre cuál sería su rol en la Corte en el caso que la Argentina presentase la cuestión Malvinas: «Para que la cuestión Malvinas llegue a la Corte por vía contenciosa, haría falta que ambos Estados estén de acuerdo y acepten la jurisdicción de la Corte para resolver su controversia». Al respecto, en Clarín (Natasha N. 19/12/21) es un tanto dubitativo: “ha aconsejado a los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner de llevar a los británicos hasta la CIJ, lo que después ha desaconsejado por su propia experiencia” y, su mirada política un tanto lábil, ya que proveniente de una familia comunista, conmemora y pondera el “Acuerdo de Comunicaciones con el Reino Unido” de 1971 que llevó adelante la llamada Revolución Argentina del presidente de facto Alejandro Lanusse, donde confiesa que «el Acuerdo contribuyó significativamente a la prosperidad de los isleños» (Perfil, 29/6/21), lo mismo que propició Macri con el Pacto de Foradori-Duncan en 2016, pacto que aún permanece vigente pese a su asesoramiento en el Consejo Nacional de Malvinas.

 

Está claro que el autopostulado Marcelo Kohen no es político ni diplomático, ni ha sido Juez, es un docente de derecho internacional público y así le va a la Argentina en su errática política para recuperar el ejercicio pleno de la soberanía en Malvinas.

 

Por los frutos se conoce el árbol (San Mateo 7,16 y San Lucas 6,44).