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martes, 17 de febrero de 2026

CARLOS SACHERI


y el Orden Natural

 

POR JUAN MANUEL AUBRY

La Prensa, 17-6-2026

 

Vivimos tiempos de confusión, relativismo, donde todo vale por su cantidad de followers y “me gusta” en redes, y claramente, la Verdad no tiene mucha cabida en este espacio.

 

A nuestro alrededor, el mundo moderno parece colapsar bajo el peso de su propia soberbia: la moral a conveniencia, la disolución de la familia, la tiranía del dinero y el estatismo asfixiante. En la universidad, en el trabajo y en la calle, nos bombardean con la idea de que Dios no existe -y si existe es pachamamesco-, de que la Patria es un concepto obsoleto –salvo la patria cartonera- y de que la Fe debe quedarse encerrada en la sacristía –excepto en la mezquita-.

 

Ante este caos, la tentación de la desesperanza es grande, más viendo que quienes tiene el deber de guiar, enseñar y santificar, se bajan los pantalones ante el poder para “no molestar”. Pero nosotros, que sabemos que sin sangre no hay redención, tenemos una obligación mayor. Tenemos el deber de volver a las fuentes, a aquellos maestros que vieron venir la tormenta y nos dejaron el mapa para navegarla.

 

Hoy, más que nunca, es imperativo volver a leer "El Orden Natural" de otro de nuestros mártires por Cristo Rey, el profesor Carlos Alberto Sacheri. No es un libro para dejar en la biblioteca juntando polvo. Es un manual de operaciones. Es el testamento intelectual de un hombre que pagó con su sangre la defensa de Dios y de la Patria. Al releerlo hoy, no busco teoría abstracta, sino axiomas para el día a día, principios rectores para no perder el rumbo en esta Argentina doliente.

 

“A nuestro alrededor, el mundo moderno parece colapsar bajo el peso de su propia soberbia: la moral a conveniencia”.

 

Aquí presento cuatro axiomas que considero fundamentales, extraídos de esta obra imprescindible para nuestra militancia cotidiana, entiendo la militancia como nos enseña la Escritura, militia est vita hominis super terram, y no la militancia partidocrática salamera que busca agrado de un tirano y el consecuente cargo en el kiosco.

 

1) La realidad  es, no se  negocia. El orden existe

El mundo moderno, infectado de liberalismo, marxismo y las frutas que surgen de estos torcidos árboles, nos quieren hacer creer que todo es una construcción social, que nosotros definimos qué es ser hombre o mujer, qué es el bien o el mal, pero ¡ay! De quien defina según la biología y la moral tradicional. Sacheri nos despierta de ese sueño de soberbia: "El orden natural es anterior al hombre". No es un invento nuestro; es la huella de Dios en la creación. Viendo la mesa conocemos que hay carpintero, viendo la creación conocemos que existe Creador.

 

El axioma consecuente: No cedamos ni un centímetro en el lenguaje ni en las ideas. Cuando nos digan que la verdad es relativa, recordemos que las cosas tienen una naturaleza inmutable. Defender lo obvio (que la familia es hombre y mujer, que la vida es sagrada desde la concepción) no es ser "conservador", es ser realista. Nuestra primera rebeldía es llamar a las cosas por su nombre. “Llegará el día que será preciso desenvainar una espada por afirmar que el pasto es verde” nos dejó dicho Chesterton, hace rato que estamos haciendo duelo de floretes con la posmodernidad.

 

2) Ni la selva liberal ni la cárcel socialista

Los jóvenes, a menudo nos sentimos huérfanos entre una derecha liberal que solo adora al dios-mercado y una izquierda que busca la esclavitud estatal. Sacheri, con la claridad de Santo Tomás, nos muestra el camino real. Nos enseña que el liberalismo, con su "sano egoísmo", atomiza la sociedad y deja al débil a merced del fuerte, mientras que el socialismo, al negar la propiedad privada, nos quita la libertad y la dignidad personal.

 

El axioma consecuente: La economía debe estar subordinada a la política, y la política a la moral. Defendemos la propiedad privada, sí, pero no como un fin absoluto, sino como herramienta para la libertad familiar y con una hipoteca social. En nuestro trabajo o emprendimiento, no busquemos el lucro por el lucro. Demos buscar “en todo amar y servir”, crear comunidad y fortalecer la independencia de nuestras familias frente al Estado y las finanzas internacionales.

 

3) Reconstruir desde abajo: La verdadera participación

Nos han vendido una democracia falsa, una "partidocracia" donde nuestra participación se reduce a votar cada dos años por listas sábana que no conocemos. Sacheri nos recuerda el principio de subsidiaridad: lo que puede hacer el grupo menor, no debe absorberlo el mayor. La sociedad no es una masa de individuos frente al Estado, sino un tejido rico de familias, municipios, grupos y asociaciones profesionales.

 

El axioma consecuente: La verdadera política empieza en las células básicas. Antes de querer ser diputado, hay que ser un buen padre, un miembro activo de tu consorcio, un delegado honesto, un líder en tu club. Reconstruir el tejido social destrozado por el individualismo es la base de la restauración nacional. El orden no se impone por decreto desde arriba; se construye orgánicamente desde abajo. Tenemos ejemplo de labor en nuestro beato Enrique Shaw.

 

4) La cruz   y la  espada. Coherencia de vida

Quizás lo más impactante de releer a Sacheri es recordar que él no separaba su fe de su vida pública. Nos advierte contra el error de pensar que la religión es un asunto privado sin consecuencias sociales. El orden natural es el cimiento, pero Cristo Rey es la cumbre.

 

El axioma consecuente: No existe el "católico a medias". Nuestra milicia es vana si no está sostenida por la Gracia. La batalla cultural es, en el fondo, una batalla espiritual, una guerra de altares. Sacheri fue asesinado frente a su familia al volver de Misa. Su coherencia fue total. La nuestra debe aspirar a lo mismo: formarnos, vivir en gracia y no tener miedo de confesar nuestra Fe en la universidad o en la plaza pública. Nuestro martirio seguramente no sea con leones, sino con un “escrache” mediático, precio a pagar por el reinado de Cristo.

 

“Releer a Sacheri es recordar que él no separaba su fe de su vida pública. El orden natural es el cimiento, pero Cristo, la cumbre”.

 

ENTONCES…

"El orden defiende al hombre y el hombre al orden" nos recuerda Mons. Tortolo prologando la obra. Hoy, ese orden está bajo ataque, es invertido. Releer este libro no es un ejercicio de nostalgia; es afilar la espada. Querido amigo, léelas, estúdialas y, sobre todo, vivilas. Porque la Argentina no se salvará con discursos vacíos, sino con hombres y mujeres que, ordenados por dentro y sostenidos por la Gracia, sean capaces de restaurar el orden natural por fuera y el reinado social de Cristo.

 

Hoy mas que nunca, ¡Carlos Alberto Sacheri, presente!

domingo, 10 de agosto de 2025

MARTIRIO

 

 de un presidente católico

 

POR SANTIAGO ROSPIDE *

La Prensa, 10.08.2025

 

El 6 de agosto pasado conmemoramos el sesquicentenario del martirio del presidente católico y arquetipo ejemplar ecuatoriano Gabriel García Moreno. Enseña el padre Alfredo Sáenz que el arquetipo es aquella persona que nos golpea y nos atrae, que nos ha dejado una marca con su ejemplo para iluminar nuestras vidas. Dice el padre Sáenz: “El arquetipo es así una suerte de modelo original que impacta al hombre y lo atrae por su ejemplaridad”. Precisamente el presidente ecuatoriano Gabriel García Moreno es uno de esos arquetipos que aparecen como una estrella en medio de la noche más oscura.

 

Luis Veuillot, ese gran apologista católico francés de pluma vibrante y verbo encendido, refiriéndose a la conversión de nuestro héroe durante su estadía en París dice: “En San Sulpicio le han visto, sin duda, varios de entre nosotros. Nos complacemos en decir que, tal vez sin conocerlo, hemos unido nuestra súplica a la suya; en todo caso, era de los nuestros y reclamamos el honor de ser de los suyos”. Son palabras que enaltecen la figura egregia de este hombre superior.

 

Durante su primera presidencia a partir de 1861 se abocó a la organización de las fuerzas militares, los arreglos económicos de su nación, la educación, las obras públicas y el tema del Concordato con Roma que tanto le preocupaba al flamante presidente.

 

Durante su asunción presidencial –luego de prestar juramento en la catedral de Quito– lo primero que señaló nuestro personaje fue que él venía a “restablecer el imperio de la moral, sin la cual el orden no es más que tregua o cansancio y fuera de la cual la libertad es engaño y quimera”.

 

CATOLICISMO

 

Rezaba el artículo 1° de dicho Concordato: “El gobierno del Ecuador desea únicamente que la Iglesia goce de toda la libertad e independencia de que necesita para cumplir su misión divina, y que el Poder civil sea el defensor de esa independencia y el garante de esa libertad”. Ejemplar definición del Estado católico.

 

Durante su segundo mandato a partir de 1869 se involucró insistentemente en que se sancionase una constitución verdaderamente católica y patriótica. Para eso se necesitaba armonizar las instituciones con la religión de la nación:

 

“La civilización -dice- creada por el catolicismo, degenera y bastardea a medida que se aparta de los principios católicos”. Era tan católico que consagró el Ecuador al Sagrado Corazón de Jesús, siendo así el primer gobierno en el mundo en llevarlo a la práctica.

 

Sus enemigos ya lo declaraban entonces el san Luis de Francia del Ecuador, así como a nuestro don Juan Manuel de Rosas el apátrida de Sarmiento lo rotulaba como al Felipe II de América. En ambos casos era un verdadero elogio.

 

García Moreno sabía que su misión era difícil pero no renunciaba a la lucha. Los enemigos -especialmente los logistas masones- lo acechan y siguen sus pasos con la habilidad del zorro. Pero él confía en Dios, en sus ejércitos que lo apoyarán, en el pueblo que lo seguirá.

 

Poco después de la asunción le escribe a su amigo Ordoñez unas líneas donde le explica la confianza que tiene puesta en la protección divina, sabiendo que no le será fácil gobernar pero que así todo aceptará el cargo: “Confío en que Dios me seguirá protegiendo, puesto que busco la felicidad pública en la moral cimentada en la religión católica”.

 

BIEN COMUN

 

Su desvelo por realizar el bien común en su pueblo, apoyado y confiando sus acciones en la fe cristiana no tiene parangón en la política de entonces, menos aún en la nuestra. ¿Qué es lo que mueve a este hombre para demostrar tanto celo en defensa de la fe católica? Pues bien, en primer lugar, sus convicciones religiosas. Su accionar así lo demuestra, pero además es su piedad y su religiosidad que hacen de García Moreno un hombre superior y muy culto entre los suyos.

 

La colosal obra regeneradora del presidente en lo moral, espiritual y material ha sido ejemplificadora para la historia del Ecuador. Tanto había progresado la nación toda que cuando desapareció de la escena política García Moreno, los sucesivos mandatos, especialmente los administrados por candidatos liberales facilitaron retroceder significativamente el progreso que se había alcanzado.

 

Obras públicas, salud, educación, trato con los indígenas, justicia, todo era supervisado personalmente por este presidente que, aunque la historia lo estigmatiza por su mano dura y su justiciera vara, su actitud fuerte y decisiva en los momentos difíciles y de zozobra institucional lo colocan en lo alto de los gobernantes cristianos. Es así como decía: “Libertad para todos y para todo, menos para el mal y los malhechores”.

 

Pues si seguimos el significado antiguo que los griegos le daban al concepto de arquetipo, García Moreno nos golpea, nos marca y nos alecciona con su vida virtuosa.

 

CONJURA MORTAL

 

 Pero un hombre, un gobernante que quiere ser santo, que se esfuerza por alcanzar las virtudes que lo asemejen más a su Redentor, un mandatario que piensa en la salvación de las almas de sus ciudadanos, que se apoya en los ministros de Dios para llevar a cabo su mandato, mucho más no podían soportarlo los hijos de las tinieblas.

 

La voz de ataque o el chispazo salió de una pluma venenosa, masónica y por ende anticristiana, un personaje enemigo declarado de la religión católica. Este había dado a luz un opúsculo suyo titulado: La dictadura perpetua, en cuyas páginas el escritor progresista y defensor de la diosa razón lanza una batería de calumnias y diatribas contra la obra y figura de nuestro héroe.

 

El libelo de marras de este sicario intelectual había salido de una imprenta en Panamá gracias al apoyo de quien sería el futuro dictador liberal del Ecuador: Eloy Alfaro.

 

Por eso y retomando nuestro hilo conductor, estos odiadores de aquella libertad que proviene solo de la verdad crucificada no pueden tolerar la luz que emana del Bien, la Verdad y la Belleza. Lo que vino después de todo esto fue un aquelarre de pasión libertaria mezclada con la violencia que emanaron los “bellos escritos” de los enemigos de Dios, ese Dios que no muere según la frase garciana pronunciada antes de expirar.

 

En el momento en que esta nación se estaba reponiendo después de décadas de involución política, social, espiritual, institucional; asestada por revoluciones permanentes, caudillajes sin liderazgo moral que los avale, el “bárbaro” de García Moreno había logrado todo esto. Mientras tanto los hombres “civilizados” no podían tolerarlo y había que borrarlo de la escena política, aunque ello no alcanzaba pues lo habían hecho con la pluma revolucionaria y no lo pudieron derrocar. Ahora por medio de la sangre había que llevar a cabo la conjura mortal.

 

¿Cuál fue la causa principal por la que decidieron darle muerte? Si hubiera que circunscribir a una sola la causa que empujó a asesinarle, no cabe duda de que sería esta: la ambición de un Estado católico. Pues una Nación católica es algo intolerable e inaudito para la razón liberal de los amantes de la política de Rousseau, la religión de Lutero, y el razonamiento cartesiano. Nada más ni nada menos que por ello, porque aborrecen de la Nación católica.

 

Cómo se habrían retorcido si hubieran escuchado las palabras que tenía previsto pronunciar García Moreno el día que asumiera su tercer mandato. No lo dejaron pronunciarlo porque lo mataron, pero sus palabras siguen golpeando su bilis demoníaca:

 

“Desde que, poniendo en Dios toda nuestra esperanza, y apartándonos de la corriente de impiedad y apostasía que arrastra al mundo en esta aciaga época, nos reorganizamos en 1869 como nación realmente católica, todo va cambiando día por día para bien y prosperidad de nuestra querida patria”.

 

No lo dejaron seguir, no soportaron semejante afrenta a la libertad endiosada. Todo se puede permitir para los liberales, todo, menos que Cristo reine.

 

DIOS NO MUERE

 

Es primer viernes de mes, día 6 de agosto de 1875. El presidente concurre a Misa y comulga. Se dirige a la casa de gobierno. Atraviesa como de costumbre la plaza mayor y la catedral que como testigo ocular va a presenciar el asesinato de uno de sus hijos predilectos. Ya le falta poco, sube unos escalones y de pronto un violento golpe le pega en la cabeza, son uno, dos, tres, intenta levantarse, quiere sacar su arma para defenderse pero es tarde ya. Un disparo de un arma de fuego asestado por otro de sus asesinos le pega a quemarropa. Huyeron los novios de la libertad en su estado puro de naturaleza. Un sacerdote acude allí rápidamente para darle la absolución final, era el padre Masamperó que pasaba justo por ahí.

 

García Moreno agoniza, fueron varios golpes y balazos. Su cráneo presentaba heridas profundas y cortantes; sus dos manos también. En total: veinte heridas de las cuales ocho fueron en la cabeza producto de los machetazos de Rayo, el homicida; y seis disparos efectuados por Cornejo

 

.¡Muere verdugo de la libertad!, ¡Jesuita con casaca!, ¡Tirano de la libertad! Gritaban sus verdugos mientras lo ejecutaban a machetazo limpio y a quemarropa. Dicen que cuando llegó la noticia a los oídos del escritor liberal Juan Montalvo, aquel que fomentó con su libelo -La dictadura perpetua- el magnicidio, exclamó con vehemencia: “¡Mi pluma lo mató!”.

 

OBRA DE GOBIERNO

 

 ¿Pudo haber sido un tirano, un verdugo de la libertad, alguien que deja semejante obra en su nación, que levantó de las ruinas su patria y la engrandeció? Creemos que no y por eso lo hicieron callar sólo con la muerte. Después de su martirio el papa beato Pío IX hizo levantar un monumento en homenaje de este gobernante que murió defendiendo el honor de la fe católica. El mismo se encuentra en el Colegio Pío Latinoamericano de Roma. Al pie del mismo se puede leer: Guardián de la religión.

 

Y el papa León XIII al conmemorase sus bodas de oro sacerdotales recibió como obsequio del Ecuador un precioso relicario que contiene el mensaje ensangrentado que García Moreno tenía al momento de ser asesinado. El simbólico presente provocó tanta admiración y respeto en el pontífice, que exclamó:

 

“Este mensaje autógrafo que el insigne García Moreno se proponía leer en la cámara, cuando cayó inmolado, lo conservaremos, como un triste recuerdo del hombre que fue el campeón de la fe católica y en quien se aplican con justicia las palabras que emplea la Iglesia para celebrar la memoria de los santos mártires, Tomás de Canterbury y Estanislao de Polonia: Cayó por la Iglesia bajo la espada de los impíos”.

 

Razón tenía el eminente historiador español y sacerdote jesuita Ricardo García Villoslada, quien -viendo en retrospectiva su obra de gobierno- afirmó lo siguiente:“La figura de Gabriel García Moreno es en el aspecto político–religioso la más alta, pura y heroica de toda América, y nada pierde en comparación con las más culminantes de la Europa cristiana en sus mejores tiempos”. Es la mejor síntesis que podemos dejar a nuestros lectores en esta breve apología del gobernante cristiano ecuatoriano.

 

*Coronel retirado, profesor universitario en Historia. Especialista en Historia Militar contemporánea. Miembro de número del Instituto Argentino de Historia Militar. Autor de ‘El sueño frustrado de San Martín, el militar que no traicionó la fe católica para defender a la patria’, Milites Dei, 2023, y ‘La Revolución francesa: una inspiración demoníaca’, Milites Dei, 2024. De próxima aparición: ‘Cuando el poder viene de Dios. Grandes reyes, gobernantes, caudillos y arquetipos católicos ejemplares’, Milites Dei, 2025.

martes, 24 de diciembre de 2024

BRIAN BURCH


 el nuevo embajador de EE.UU. ante el Vaticano es un líder católico

 

Brújula cotidiana, 24_12_2024

 

El pasado viernes 20 de diciembre, el presidente Donald Trump ha anunciado que Brian Burch, presidente de CatholicVote, será el nuevo embajador de Estados Unidos ante la Santa Sede. La decisión, aunque inesperada para algunos, refleja el destacado estatus de Burch como líder católico y feroz defensor de las enseñanzas y tradiciones de la Iglesia. Padre de nueve hijos y cofundador de CatholicVote, Burch ha dedicado su vida a inspirar a los católicos para que incorporen su fe en la vida pública, lo que le convierte en una elección adecuada para este importante cargo diplomático.

 

Nacido y criado en Phoenix (Arizona), Burch asistió a escuelas católicas durante toda su infancia, entre ellas Most Holy Trinity, St. Thomas the Apostle y St. Mary’s High School. Posteriormente, en 1997, se licenció en Filosofía Política por la Universidad de Dallas, una prestigiosa universidad católica de Texas. Durante los veranos trabajaba junto a jornaleros inmigrantes en la granja de su familia, donde cosechaba sandías y melones. Estas primeras experiencias forjaron su aprecio por la fe, el trabajo duro y la comunidad. Reflexionando sobre estos tiempos, Burch ha bromeado a menudo sobre el español que aprendió de sus compañeros de trabajo, aunque no fue con “las palabras más elegantes o apropiadas”.

 

El liderazgo católico de Burch le ha valido numerosos elogios, entre ellos el Premio Cardenal John O'Connor al Defensor de la Fe, concedido por Legatus, y el Premio San Juan Diego al Liderazgo, concedido por el Instituto Tepeyac. También es Presidente de la Seton Academy Catholic Montessori School de Illinois. Bajo su dirección, CatholicVote se ha convertido en una voz líder para los católicos de todo el país, defendiendo los valores de la Iglesia y apoyando a los obispos de Estados Unidos frente a las críticas de los medios de comunicación tradicionales y los grupos activistas.

 

CatholicVote ha adoptado posturas valientes en cuestiones críticas, en particular manteniendo un seguimiento preciso y actualizado de los ataques tanto a las iglesias católicas como a los centros de embarazo próvida, comenzando por los que se produjeron tras la decisión Dobbs del Tribunal Supremo, que anuló el caso Roe contra Wade.

 

Estos esfuerzos pretenden garantizar que estos incidentes sean reconocidos y perseguidos como delitos de odio en virtud de la legislación federal, un paso fundamental para hacer frente al alarmante aumento de la violencia contra las instituciones religiosas. Al tipificar estas acciones como delitos motivados por el odio, la ley subraya la gravedad de estas ofensas y establece medidas disuasorias y penas más severas. Este enfoque también fomenta una mayor concienciación social sobre la necesidad de proteger las libertades religiosas y respetar las diversas comunidades confesionales, reforzando los derechos fundamentales reconocidos en la Constitución de Estados Unidos. El “rastreador” de este tipo de ataques con el que cuenta CatholicVote es una de las herramientas más completas disponibles y ha atraído la atención nacional sobre las crecientes amenazas contra las instituciones católicas.

 

Una de las victorias más publicitadas de CatholicVote se ha producido en junio de 2024, cuando logró presionar al popular equipo de béisbol Los Angeles Dodgers para que cancelara el homenaje a un grupo militante LGBT anticatólico de travestis, “Las Hermanas de la Perpetua Indulgencia”, que se burlan abiertamente de las religiosas católicas y de la fe católica en general. Inicialmente estaba previsto que el grupo fuera homenajeado durante una ceremonia previa al mes del Orgullo Gay. Las protestas de CatholicVote hicieron que el acto se redujera considerablemente y que los Dodgers se comprometieran a dedicar un partido anual en julio a las familias cristianas. La controversia atrajo una amplia atención, que culminó con la aplastante derrota de los Dodgers por 15-0 ante sus rivales durante el partido.

 

A pesar de las críticas de los católicos progresistas que lo tachan de “guerrero de la cultura” o de oponerse al Papa Francisco, Burch ha defendido sistemáticamente el papado, especialmente frente al creciente número de sedevacantistas en el país. En su momento CatholicVote dio la bienvenida a la elección del Papa Francisco con un vídeo ampliamente elogiado, reforzando el compromiso de Burch con la unidad dentro de la Iglesia.

 

Además, reconociendo la creciente influencia de los católicos hispanos, en 2022 Burch creó VotoCatólico, la contraparte española de CatholicVote, e introdujo “El Lazo”, un boletín inspirado en Nuestra Señora de Guadalupe, para involucrar a los católicos de habla hispana.

 

El nombramiento de Burch ha sido recibido con reacciones positivas por parte de las organizaciones católicas. Jonathan J. Sanford, Presidente de la Universidad de Dallas, lo ha elogiado como “un hombre de profunda fe, fuerte carácter y genuina prudencia”.

 

La organización de empresarios católicos Legatus ha celebrado su nombramiento como el de un líder que enorgullecerá a los católicos, y Cristofer Pereyra, Presidente del Instituto Tepeyac, lo ha calificado como un “extraordinario ejemplo de liderazgo católico laico”.

 

El propio Burch ha expresado su profunda gratitud por la oportunidad, destacando la inspiración que recibe de su esposa, Sara, de sus nueve hijos, de su difunto padre y de todo el equipo de CatholicVote: “Ésta es una oportunidad extraordinaria para representar a los Estados Unidos en nuestra relación con el Vaticano. Desempeñar este papel será una profunda responsabilidad”, ha afirmado. También ha destacado el significado personal del momento, recordando los valores inculcados por su padre, fallecido a principios de 2023, y la reciente alegría de dar la bienvenida a su primer nieto.

 

La influencia de Burch va más allá de su labor de defensa de los derechos. Fue el primero en recibir y entrevistar a J.D. Vance, un católico converso que en aquel momento era un candidato poco conocido al Senado por el estado de Ohio. Su relación se ha convertido en una estrecha amistad, y ahora Vance está a punto de convertirse en Vicepresidente de los Estados Unidos. Esto marca un momento significativo para la representación católica en el liderazgo, ya que Burch se une a un número creciente de católicos que ocupan puestos clave en la futura administración Trump.

 

Esta representación visible de católicos en el gobierno de Trump tiene el potencial de influir tanto en la política como en la percepción pública al integrar perspectivas basadas en la fe en la gobernanza. Pone de relieve el creciente reconocimiento de las contribuciones católicas a las cuestiones sociales y puede fomentar un diálogo más amplio sobre el papel de la religión en la configuración de las políticas nacionales e internacionales. Además, señala un compromiso con el liderazgo basado en valores que podría inspirar confianza y compromiso entre diversas comunidades religiosas. Entre ellas se encuentran personas como Vance, cuya historia de conversión y compromiso con los valores basados en la fe han inspirado a muchos.

 

Si se confirma, Burch se trasladará a la Embajada de EE.UU. ante la Santa Sede con cuatro de sus hijos, siendo la primera vez desde 2012 que la embajada acoge a niños. La presencia de su familia refleja sus arraigados valores de fe y familia, que han sido fundamentales en su vida pública y privada. El nombramiento también pone de relieve la importancia duradera de las relaciones entre Estados Unidos y el Vaticano, establecidas formalmente en 1984 bajo la presidencia de Ronald Reagan y el Papa Juan Pablo II. El nombramiento de Burch subraya el compromiso de reforzar estos lazos, promoviendo al mismo tiempo los valores compartidos de la dignidad humana y el bien común.

viernes, 11 de agosto de 2023

MODELO DE POLÍTICO CATÓLICO

 

Gabriel García Moreno

 

P. José María Uriburo

Infocatólica, 11-8-23

 

En la ciudad de Guayaquil, porteña y liberal, en el año 1821, nació Gabriel García Moreno, octavo hijo de una familia muy distinguida, pues su padre Gabriel García Gómez, español leonés, nacido cerca de Ponferrada, fue procurador síndico de Guayaquil, y su madre, Mercedes Moreno, era hija del regidor perpetuo del ayuntamiento de la ciudad, hermana del arcediano de Lima y del oidor de Guatemala, y tía del cardenal Moreno, primado de Toledo. Gabriel, de niño, dio muestras de un temperamento sumamente débil y medroso. De tal modo le espantaba cualquier cosa, que no pudo ser enviado a la escuela, y fue su madre su primera maestra.

 

Gabriel, a los nueve años, justamente cuando se produce la independencia, queda huérfano de padre, y la familia, que se había distinguido como realista, se ve en la ruina. Un buen fraile mercedario, el padre Betancourt, que ayudaba espiritualmente a doña Mercedes, se hizo cargo de Gabriel, sirviéndole de maestro durante varios años, con gran provecho. Gabriel, que hablaba a veces en latín con su maestro, mostraba una memoria prodigiosa y una gran facilidad para el estudio. En esos años cambió totalmente su forma de ser, haciéndose una personalidad fuerte y valiente.

 

A los quince años comienza Gabriel sus estudios de filosofía y leyes en la Universidad de Quito, fundada en 1586. Pudo hacerlo gracias a dos hermanas del padre Betancourt, que allí tenían casa y le alojaron. Fue muy buen estudiante, y se mantuvo con beca toda la carrera. Aprendió por su cuenta francés, inglés e italiano. El ambiente cultural que le rodeaba era racionalista, volteriano y laicista, abiertamente hostil a la Iglesia, y en la vida política todo era mentira y corrupción. Viendo así la situación, no se limitó a lamentarse, sino que se decidió a ser político católico.

 

A los veinticinco años obtiene García Moreno el doctorado. Y su vida, siempre muy activa, se va acelerando más y más. Explora científicamente los cráteres de los volcanes Pichincha y Sangay. Se casa con Rosa Ascásubi. Como escritor de combate, lanza sucesivamente varios periódicos, El Zurriago primero, La Nación después, y otro, El vengador, y otro más, El diablo. Pacifica en una semana, como enviado del presidente Roca, una sublevación sangrienta producida en Guayaquil…

 

Pero todo va de mal en peor, y la nación va decayendo, entre conspiraciones y sobresaltos, en un laicismo cada vez más ignominioso. Pasa entonces García Moreno por momentos de desánimo, llegando a considerar la posibilidad de dedicarse, como su próspero hermano Pablo, al comercio. Viaja a Europa, a Inglaterra y Alemania, y en Francia se reafirma definitivamente en su vocación política, estimulado por el ejemplo de sus amigos católicos franceses. Se reintegra en 1850 al Ecuador, y consigue, en un golpe de mano personal ante el presidente Noboa, el regreso de los jesuitas, cosa que los masones no podían tolerar. El general Urbina, que se hace con el poder, los expulsa de nuevo, alegando que la real cédula de Carlos III, española, de 1767, estaba vigente (!).

 

–Exiliado

García Moreno ataca duramente desde el semanario La Nación la política de Urbina, y éste, en 1853, le destierra a Colombia. De allí se fuga, vuelve secretamente a Quito, se refugia más tarde en un barco francés arribado al puerto de Guayaquil, es elegido diputado, y es desterrado por segunda vez, en esta ocasión a la costa peruana, a un lugarejo apartado. Allí escribe un folleto en defensa propia, La verdad de mis calumniadores y, como siempre que puede, se dedica al estudio.

 

En 1855 vuelve a París, pues necesita libros y personas con las que perfeccionar su pensamiento, preparándose para su misión. Le interesan todos los temas: matemáticas y ciencias naturales, ingeniería y filosofía, agricultura e historia. «Estudio diez y seis horas diarias –le escribe a un amigo–, y si el día tuviera cuarenta y ocho, pasaría cuarenta con mis libros, sin el menor tropiezo». Por aquel tiempo estudió a Balmes y a Donoso Cortés, y leyó tres veces la Historia universal de la Iglesia católica, de Rohrbacher, editada recientemente en 29 volúmenes, entre 1842 y 1849. Fue la obra que más influyó en su formación doctrinal y espiritual.

 

Pero aunque con éste y otros estudios consolidaba más y más su pensamiento católico, por aquellos años, sin embargo, había abandonado las prácticas religiosas: no se confesaba ni iba a misa los domingos. Un día, en una discusión con un ateo, éste le echó en cara su inconsecuencia, y Gabriel fue vencido por la gracia de Dios. Se confesó en seguida y desde entonces participó en la eucaristía diariamente.

 

–Alcalde, rector y senador

A fines de 1856, una amnistía proclamada por el general Robles, sucesor del general Urbina, permite el regreso de García Moreno, después de tres años de destierro. Acogido triunfalmente en Quito, es elegido alcalde de la ciudad en 1857, y poco después rector de la Universidad, y senador por la oposición. La degradación de la vida política, cultural y económica en aquellos últimos años de dictadura militar era completa.

 

Serían necesarias muchas páginas para describir las luchas y cabildeos, los nepotismos y traiciones, que por entonces dominaban la vida pública, en la que la arbitrariedad de los políticos y la violencia de soldados y policías iban mucho más allá de lo tolerable. L. F. Borja afirma que 1859 fue «el año de la crisis para el Ecuador, cuando estuvo en peligro de desaparecer como nación independiente, el año de la anarquía» (+Belmonte, Hª contemporánea de Iberoamérica, II, 180).

 

–Primera presidencia (1861-65)

Después de veinticinco años de gobiernos liberales y despóticos, sectarios e inútiles, se hizo en 1860, gracias en buena parte a García Moreno, una nueva Constitución, y él fue elegido por unanimidad para presidir el gobierno. Comienza inmediatamente una obra formidable, de la que escribe José Belmonte:

 

«Se organiza ahora la hacienda, la enseñanza y el ejército; se establece un Tribunal de cuentas; se reducen las tasas fiscales. García Moreno derrocha ardor para combatir con energía la especulación, el contrabando y la burocracia, acometiendo asimismo las obras de vialidad del país. Simboliza el freno más resuelto contra el militarismo imperante. Sus pasos giran en torno al establecimiento de un régimen civil, encaminándose a la instauración de un Estado católico.

 

«Su primer gobierno puede llamarse, en expresión de Crespo Toral, el período heroico de García Moreno. Fueron aquellos años, desde el gobierno provisional hasta 1865, de verdadera prueba: el motín de los cuarteles, las invasiones a mano armada, el puñal aguzándose en la sombra, dos guerras internacionales… En esos años lúgubres de furor y desesperación, se acometieron en parte los gigantescos trabajos de la red de carreteras, las vastas empresas de la enseñanza, de la beneficencia, del saneamiento moral de la República, de cuyo territorio, desde los claustros para abajo, barrióse toda inmundicia que pudiese corromper el ambiente o trascender pestilencia o contagio… En años tan difíciles, con rentas adecuadas apenas para el sustento de la vida, tuvo el erario la elasticidad que da la honradez» (181).

 

En 1862 se estableció el Concordato ecuatoriano con la Santa Sede. En 1863 se celebró un Concilio nacional, en el que se restauró, entre otras cosas, la disciplina del clero. Llegaron al país no pocos religiosos extranjeros. Y por primera vez en muchos años el Ecuador, país con inmensa mayoría de católicos, pudo vivir en una atmósfera favorable a la Iglesia y a la vida cristiana. Sin embargo, la obstrucción sistemática de liberales y radicales, y la ambición hostil de Colombia y Perú, cuyos masones confraternizaban con Urbina, poniendo en peligro la misma integridad territorial del Ecuador, mantuvieron la vida política en una tensión continua y en un peligro permanente.

 

–Segunda presidencia (1869-75)

En 1868, García Moreno, a los cuarenta y siete años, se casa en segundas nupcias con Mariana de Alcázar, y prepara su retiro de la vida pública en una apartada hacienda. Le siguen en la presidencia, sucesivamente, dos hombres de su confianza, Carrión y Espinosa; pero estos políticos, siendo débiles, ponen otra vez el país al borde de la anarquía. García Moreno entonces, anticipándose a Urbina, que se preparaba para dar un golpe de estado, convoca la Convención de 1869, en la que se reforma la Constitución del estado. Y de nuevo es constituido presidente.

 

De esta segunda presidencia escribe Remigio Crespo Toral: «En esos seis años fue la paz, el desarrollo estupendo de la nación y la cumbre de su progreso. Con menos de tres millones de entradas al año, se realizó el prodigio de extensión, de encumbramiento, de exaltación de nuestra pobre República, al punto y grado de incorporarse ella en la sociedad internacional. No hubo necesidad de imposiciones, fueron raros los castigos y la mansedumbre iba formando la atmósfera» (+J. Belmonte 183).

 

Al término de esta segunda presidencia de García Moreno, la primera enseñanza, respecto a los tiempos de Urbina, se había multiplicado por cuatro; la Universidad de Quito era una de las mejores de América; se inició el restablecimiento entre los indios de los poblados misionales, que habían sido tan admirables; el ejército ya no imponía su prepotencia cuartelaria, sino que había sido reorganizado al servicio de la nación; los funcionarios, reducidos de su número abusivo, cumplían su horario laboral; los libros de contabilidad de la República, antes prácticamente inexistentes, estaban al día, y se habían eliminado casi por completo las cuantiosas deudas contraidas en los anteriores decenios de corrupción política. Todo lo cual, por supuesto, resultaba para muchos intolerable, al haber sido realizado por un político que se atrevía a aplicar en su gobierno la doctrina católica.

 

–Político católico

García Moreno fue siempre un político absolutamente convencido de la veracidad de la doctrina política y social de la Iglesia. En el comienzo de su Constitución de 1869, abrumadoramente aprobada en plebiscito popular, se decía: «En el nombre de Dios, uno y trino, autor, conservador y legislador del universo, la convención nacional del Ecuador decreta la siguiente constitución»… Fiel a la doctrina de la Iglesia, entonces presidida por Pío IX, estaba persuadido de que sólo podía edificarse el bien común temporal de una nación cristiana respetando en todo las leyes Dios.

 

Por eso cuando en 1864 Pío IX publicó el Syllabus, y muchos, incluidos católicos, atacaban el documento, él decía: «No quieren comprender que si el Syllabus queda como letra muerta, las sociedades han concluido; y que si el Papa nos pone delante de los ojos los verdaderos principios sociales, es porque el mundo tiene necesidad de ellos para no perecer».

 

García Moreno, por lo demás, era plenamente consciente de la singularidad provocativa de su política. En una ocasión reconocía que los masones «por medio de su gobernantes, son más o menos dueños de toda América, a excepción de nuestra patria». Pero esa misma conciencia le confirmaba la urgente necesidad de firmeza en su política. En efecto, se decía a sí mismo: «este país es incontestablemente el reino de Dios, le pertenece en propiedad, y no ha hecho otra cosa que confiarlo a mi solicitud. Debo, pues, hacer todos los esfuerzos imaginables para que Dios impere en este reino, para que mis mandatos estén subordinados a los suyos, para que mis leyes hagan respetar su ley».

 

Y en su mensaje al Congreso, en 1873, con la valiente franqueza que en él era habitual, declaraba: «Pues que tenemos la dicha de ser católicos, seámoslo lógica y abiertamente; seámoslo en nuestra vida privada y en nuestra existencia política. Borremos de nuestros códigos hasta el último rastro de hostilidad contra la Iglesia, pues todavía algunas disposiciones quedan en ellos del antiguo y opresor regalismo [supremacía del Estado sobre la Iglesia], cuya tolerancia sería en adelante una vergonzosa contradicción y una miserable inconsecuencia».

 

En lo referente, por ejemplo, a la educación, la Constitución ecuatoriana, que proscribía la masonería, ordenaba que fuera una educación católica, con indecible escándalo de liberales, radicales y masones, que en la mayoría de las naciones americanas dominaban hacía años el área política educativa. Pero García Moreno argumentaba: ¿Es antidemocrático asegurar a la población aquella educación que prefiere la inmensa mayoría de los ciudadanos? ¿Por qué un pueblo cristiano ha de estar sometido durante generaciones a una educación netamente anticristiana? ¿Por qué a los hijos ha de arrancárseles en la escuela la religión de sus padres? ¿Viene eso realmente exigido por la democracia?…

 

García Moreno en esta cuestión estaba prácticamente solo en toda América, como en tantas otras, pues una falsa ortodoxia democrática impulsaba a los políticos cristianos a alejar a la Iglesia de la educación, dejando ésta en manos de la única alternativa fuerte, organizada y con apoyos exteriores: radicales y masones. Éstos, en muchos países, entraban a formar parte de inestables gobiernos de coalición, diciendo: «Ustedes controlen la economía, el ejército, las relaciones con el exterior, y todo lo demás: nosotros nos encargaremos de la educación».

 

García Moreno, como la mayoría de sus compatriotas cristianos, fue formado en la devoción al Corazón de Jesús, y siendo ya presidente, a Él quiso consagrar el Ecuador, la nación entera, y para ello presentó consulta al tercer Concilio, reunido por entonces en Quito. Obtenida la licencia eclesiástica, y con el voto mayoritario del Congreso, se realizó en 1873, con gran solemnidad y fervor popular, la consagración del Ecuador al Sagrado Corazón de Jesús. Fue la primera nación del mundo que lo hizo, y en diez años se levantó un gran templo nacional votivo para memoria del acontecimiento. Poco antes de su muerte, García Moreno vaticinó con acierto:

 

«Después de mi muerte, el Ecuador caerá de nuevo en manos de la revolución; ella gobernará despóticamente bajo el nombre engañoso de liberalismo; pero el Sagrado Corazón de Jesús, a quien he consagrado mi patria, lo arrancará una vez más de sus garras, para hacerla vivir libre y honrada, al amparo de los grandes principios católicos».

 

–Hombre católico

Gabriel García Moreno pudo ser un político verdaderamente católico porque fue un hombre verdaderamente católico. Trabajaba muchas horas cada día, sujetando siempre su horario a una distribución muy estricta, que incluía levantarse a las 5, y tener misa, meditación y examen entre las 6 y las 7. Las vacaciones las pasaba en un pueblecito donde su hermano era párroco. Una vez al año, si podía, hacía una semana de ejercicios espirituales. No solía dar banquetes –ni siquiera cuando fue elegido presidente por primera vez; en aquella ocasión entregó el dinero del banquete a un hospital–, y procuraba en lo posible evitar convites. Estas exageraciones venían aconsejadas por los escándalos precedentes, habituales en la Presidencia del gobierno. No siendo hombre de fortuna personal, cedía parte de su sueldo oficial al erario nacional, y parte a obras benéficas.

 

Guardaba un talante humilde, y a pesar del ímpetu de su carácter, gastaba una inmensa paciencia para, por ejemplo, conseguir del Congreso la aprobación de buenos presupuestos, obras o leyes. Era, como ya se ha visto, sumamente estudioso, e incluso en sus tiempos de político recibía con frecuencia de Europa obras sobre ciencia, filosofía o historia y, sobre todo de Francia, libros de pensamiento católico. También era dado a la lectura de temas bíblicos o patrísticos, del Magisterio o de autores espirituales.

 

En una de las últimas páginas de La imitación de Cristo, el libro de Kempis que llevaba siempre consigo, anotó, con ocasión de unos ejercicios espirituales, entre otras normas: «Oración cada mañana, y pedir particularmente la humildad. En las dudas y tentaciones, pensar cómo pensaré en la hora de la muerte. ¿Qué pensaré sobre esto en mi agonía? Hacer actos de humildad, como besar el suelo en secreto. No hablar de mí. Alegrarme de que censuren mis actos y mi persona. Contenerme viendo a Dios y a la Virgen, y hacer lo contrario de lo que me incline. Todas las mañanas, escribir lo que debo hacer antes de ocuparme. Trabajo útil y perseverante, y distribuir el tiempo. Observar escrupulosamente las leyes. Todo ad majorem Dei gloriam exclusivamente. Examen antes de comer y dormir. Confesión semanal al menos»…

 

García Moreno entrecruzó algunas cartas con el papa Pío IX, que por esos años sufría como él un duro acoso del laicismo militante. En una de ellas, Pío IX le decía: «Sin una intervención divina enteramente especial, sería difícil comprender cómo en tan corto tiempo habéis restablecido la paz, pagado muy notable parte de la deuda pública, duplicado las rentas, suprimido impuestos vejatorios, restaurado la enseñanza, abierto caminos y creado hospicios y hospitales».

 

–Juicios sobre su personalidad política

Las fuerzas que abominan de todo influjo real del cristianismo en la vida pública han visto siempre en Gabriel García Moreno «el máximo representante del oscurantismo clerical», «un dictador sangriento», «un teócrata conducido por los jesuitas», etc. Es normal. Pero también es normal que nosotros aquí demos la palabra a personas más dignas de consideración:

 

José Luis Vázquez Dodero califica a García Moreno de «férreo espíritu, asentado en una sorprendente fisiología… y no sólo el primero y más grande de los ecuatorianos, sino uno de los hombres en verdad extraordinarios que ha producido América… Pocas veces se ha dado un producto tan asombroso de energía física y de energía moral… La insólita personalidad de García Moreno y el fervor con que fue asistido por el pueblo ecuatoriano tentaría a aplicarle el término carisma, con el que quedarían designadas sus maravillosas facultades y la sublimación que los ecuatorianos hicieron de ellas» (+Belmonte 185).

 

El historiador P. García Villoslada SJ afirma que «la figura de Gabriel García Moreno es en el aspecto político-religioso la más alta y pura y heroica de toda América, y nada pierde en comparación con las más culminantes de la Europa cristiana en sus tiempos mejores. Basta ella sola, aunque faltaran otras, para que la república del Ecuador merezca un brillante capítulo en los anales de la Iglesia» (+Adro Xavier 388).

 

–Los tolerantes no toleran

En 1874 había acuerdo entre las fuerzas políticas para reelegir por un tercer período presidencial a García Moreno. Pero también había un convencimiento generalizado de que sus enemigos no estaban dispuestos a soportarlo más. El 20 de julio le escribía su suegro, Ignacio de Alcázar: «Una vez la secta radical triunfante, la religión será perseguida, las obras públicas y vías de comunicación abandonadas y, sobre todo, la guerra civil ha de ser interminable, debiendo todo esto y mucho más principiar por asesinarte… No veo otro medio de salvarte que salir del país». Todos sus amigos temían lo mismo, y le aconsejaban prudencias y escoltas, sin que él hiciera caso.

 

Se produjo, finalmente, por mayoría aplastante, la tercera reelección de García Moreno para la Presidencia. Y liberales y masones –siempre tan atentos a la voluntad del pueblo– formaron en seguida un coro mundial de lamentaciones, acusaciones y protestas.

 

Una vez más la opinión unánime internacional, la misma que consideraba natural que los católicos no pudieran tener voto en Gran Bretaña, o que estimaba necesaria, de alguna manera, la interminable dictadura mexicana del porfiriato, tan favorable a los intereses económicos del capital nacional o extranjero, daba sobre la elección democrática del católico García Moreno su democrática sentencia: intolerable. La prensa liberal de España, La Gaceta de Colonia o la de Bruselas, el secretario de la embajada chilena en Lima, el periódico Monde Maçonique, innumerables voces aquí y allá, con una coincidencia realmente impresionante, venían a exigir el fin del hombre nefasto, absolutamente incompatible, por muy reelegido que fuera, con las democráticas libertades modernas y la civilización occidental.

 

Tiempo antes, el 26 de octubre de 1873, la prensa del Perú había ya reproducido de la de Guayaquil la crónica detallada de su asesinato en Quito: todos los datos eran falsos, pero se trataba de crear ambiente. García Moreno, por supuesto, era consciente de la conjura, pero seguía negándose a llevar escolta y a tomar medidas mayores de precaución: «Yo prefiero confiar mi guardia a Dios. Lo que dice el salmista: “Si Dios no guarda la ciudad, en vano la guardan los centinelas"».

 

El 17 de julio de 1875 escribe García Moreno su última carta a Pío IX, comunicándole la reelección: «Ahora que las logias de los países vecinos, instigadas por las de Alemania, vomitan contra mí toda especie de injurias atroces y calumnias horribles, procurando sigilosamente los medios de asesinarme, necesito más que nunca la protección divina para vivir y morir en defensa de nuestra religión santa y de esta pequeña república… ¡Qué fortuna para mí, Santísimo Padre, la de ser aborrecido y calumniado por causa de Nuestro Divino Redentor, y qué felicidad tan inmensa para mí, si vuestra bendición me alcanzara del cielo el derramar mi sangre por el que, siendo Dios, quiso derramar la suya en la Cruz por nosotros!». Y el 4 de agosto le escribe a su amigo Juan Aguirre: «Voy a ser asesinado. Soy dichoso de morir por la santa fe. Nos veremos en el cielo».

 

–Asesinato

El 6 de agosto de 1875, como de costumbre, se levantó a las cinco de la mañana, y fue a la iglesia para la misa de las seis. Sus asesinos, un pequeño grupo impulsado por los escritos incendiarios del liberal Juan Montalvo, le acechaban; pero retrasan su acción, pues al ser primer viernes había gran concurso de fieles. Más tarde, por la mañana, entra García Moreno un momento en la Catedral para hacer una visita al Santísimo. Le avisan que le reclaman fuera.

 

Cuando sale al sol de la plaza, un tal Rayo le descarga un machetazo en la cabeza, seguido de otros, en tanto que sus cómplices disparan sus revólveres. Fueron en total catorce puñaladas y seis balazos. Acuden algunos soldados al tumulto, y uno de ellos mata de un tiro a Rayo. En su bolsillo se hallaron cheques –por más de «treinta monedas», desde luego– contra el banco del Perú, firmados por conocidos masones.

 

El cuerpo de García Moreno es introducido en la Catedral, donde recibe, ya agonizante, la Unción sacramental. Al morir llevaba consigo, manchado todo de sangre, una reliquia de la Cruz de Cristo, el escapulario de la Pasión y el del Sagrado Corazón, y el santo Rosario colgado al cuello. También se le halló en el bolsillo un libro muy usado, que llevaba siempre encima: La imitación de Cristo.

 

–Vigencia posterior del liberalismo

Herederos de la voluntad secularizadora de los liberales, y especialmente de los radicales, han sido los comunistas y socialistas de todo el mundo. Debilitados hoy los comunistas, o en claro declive, hoy, en el amplísimo campo del liberalismo, hallamos la máxima voluntad secularizadora en los partidos socialistas. El fracaso evidente de las economías de corte socialista les ha llevado a abjurar poco a poco de sus primeros planteamientos económicos; pero en modo alguno han relajado su voluntad liberal-radical de eliminar –sin grandes discursos, pero con suma eficacia– toda huella cristiana de religión y moral en la sociedad.

 

Por lo demás, después de muy duras luchas en Europa y América hispana en el siglo XIX y comienzos del XX, el liberalismo ha logrado imponerse en los ámbitos fundamentales de la vida pública de Occidente, al menos en sus formas moderadas. Tal es su vigencia en la mayoría de los pueblos, que ya el mismo nombre de liberalismo ha desaparecido, pues se identifica en el Occidente con la misma condición de una vida social moderna. Ya hoy todos son liberales, y los partidos que se llaman liberales existen sobre todo para acentuar una economía libre frente al intervencionismo socialista.

 

Por lo que a la misma Iglesia se refiere, también el liberalismo ha marcado su sello en la frente y en la mano, es decir, en el pensamiento y la conducta, de muchos cristianos (Apoc 13,16-17), sobre todo en los sectores ilustrados. Así en nuestro siglo, de modo especialmente acusado por los años sesenta y setenta, se alza ampliamente con entusiasmo la convicción difusa de que la Iglesia, fundiendo las exigencias del Evangelio con mitos anticristianos, está llamada a impulsar decisivamente las causas que el mundo no logra hacer triunfar. Así se espera un triunfo formidable de la Iglesia en el mundo, una conciliación entre Evangelio y secularidad desconocida en la historia, con grandes ventajas para la Iglesia y para el mundo…

 

También en estos años, el milenarismo pelagiano y secular del liberalismo, que conoció en la historia realizaciones comunistas, socialistas, nazis o fascistas, va a asumir en el mismo campo cristiano nuevas formas radicales, como la teología de la liberación. Los máximos liberacionistas, señalados con frecuencia como filomarxistas, rechazan esta acusación –con más empeño una vez que el mito del marxismo se ha debilitado–. De hecho, sus maestros, en seminarios y universidades, no fueron normalmente marxistas, sino católicos liberales.

 

Ellos, los liberacionistas, uniendo a este influjo intelectual la formación de una espiritualidad voluntarista, pelagiana o semipelagiana, no hicieron sino radicalizar las consecuencias. Con marxismo o sin él, venían a ser en el fondo lo mismo: afectados de una pedantería indescriptible, arremetieron contra la tradición doctrinal católica y contra las tradiciones cristianas populares, decididos a ser transformadores de la Iglesia y de la sociedad. Al final hubo que detenerlos, antes de que causaran más destrozos.

 

Actualmente se han desvanecido muchos de los sueños míticos suscitados por el opio del liberalismo, en cualquiera de sus innumerables formas milenaristas. Ya no es fácil creer en mesianismos comunistas, socialistas o liberacionistas, ni tampoco nadie, a la vista de la realidad histórica, es tan ingenuo como para esperar de la democracia liberal la salvación de la humanidad. ¿Qué queda entonces del liberalismo y de sus derivaciones? ¿Qué queda de él, concretamente en amplios sectores cristianos?

 

Quedan todavía muchos planteamientos confusos, que mezclan ideales evangélicos y mitos anticristianos. Se lucha, por ejemplo, contra las consecuencias del pecado, pero no contra el pecado mismo, y de ese esfuerzo tan precario se espera, dudosamente, la salvación, algo de salvación. O se estima, otro ejemplo, evangélica una democracia liberal –la que está en uso– que niega la soberanía de Dios sobre la sociedad, y que no reconoce otra autoridad sobre la vida del pueblo que la voluntad manipulada de los hombres.

 

Queda también del liberalismo en no pocos sectores una tradición nefasta, una desconfianza, una aversión incluso, hacia la tradición católica, hacia sus pensamientos y caminos propios.

 

Y sobre todo, queda un silencio generalizado sobre la absoluta necesidad de la gracia de Cristo, el único que puede «quitar el pecado del mundo» (Jn 1,29). Queda, sí, una gran dificultad para creer que «la salvación no está en ningún otro, pues ningún otro nombre [sino el de Jesús] nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvados» (Hch 4,12).