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viernes, 15 de mayo de 2026

EL GRAN CISMA

 

 de Occidente 2.0.

 

por Rafael L. Bardají *

14.05.2026

 

En el verano del año 1054, una escena aparentemente menor tuvo lugar en Constantinopla. Una delegación enviada por el papa León IX entró en Santa Sofía durante la liturgia y dejó sobre el altar una bula de excomunión contra el patriarca Miguel Cerulario. El gesto fue tan solemne como provocador. Días después, la respuesta fue simétrica: el patriarca excomulgó a los enviados romanos. Aquella ceremonia selló lo que la historia conocería como el Gran Cisma entre Roma y Bizancio.

 

Lo llamativo es que, durante años, pocos contemporáneos entendieron que aquello no era una disputa teológica más, sino el síntoma visible de una fractura civilizatoria profunda. Roma y Constantinopla habían dejado de compartir la misma idea de autoridad, de poder y de tradición. Occidente y Oriente ya no eran el mismo mundo.

 

Algo parecido está ocurriendo hoy entre Estados Unidos y Europa. Donald Trump no es una excentricidad pasajera, sino la expresión política de una ruptura cultural previa. Su ascenso refleja una reacción contra un modelo de globalización que ha debilitado la soberanía nacional, erosionado las clases medias y relativizados pilares básicos de la civilización occidental: la libertad de expresión, la identidad nacional, la frontera, el mérito, el trabajo productivo.

 

REFORMA CIVILIZATORIA

Mientras Europa ha avanzado hacia una forma de post-occidentalismo, Estados Unidos -o al menos una parte sustancial de la sociedad norteamericana ha iniciado un movimiento de reafirmación civilizatoria.

 

La Europa actual se define cada vez menos por lo que es y más por lo que rechaza. Rechaza su pasado, sospecha de su identidad cultural, desconfía de la nación como marco político y considera problemático cualquier apego a la tradición. La Unión Europea ha evolucionado desde un proyecto económico pragmático hacia una estructura ideológica, marcada por la hiperregulación, el intervencionismo y una concepción restrictiva de la libertad de expresión en nombre de causas supuestamente superiores.

 

El resultado es un continente envejecido, demográficamente frágil, energéticamente dependiente y estratégicamente irrelevante. Incapaz de defenderse sin Estados Unidos, Europa tampoco parece capaz de definir qué valores quiere defender. En lugar de ejercer liderazgo moral, se limita a emitir normativas.

 

En este contexto, la crítica de Trump a Europa -su exigencia de mayor gasto en defensa, su rechazo a los dogmas climáticos o su denuncia de la censura ideológica- no es un capricho, sino una constatación incómoda: Europa ya no actúa como un actor occidental pleno, sino como una civilización cansada de sí misma.

 

LA NUEVA BIZANCIO

Aquí es donde la analogía histórica cobra fuerza. Tras la caída de Roma, el Imperio no desapareció. Se trasladó al Este. Bizancio conservó la ley romana, la estructura imperial, la tradición cristiana y una fuerte conciencia de continuidad. Mientras Occidente se fragmentaba, Oriente resistía.

 

Estados Unidos ocupa hoy una posición similar. A pesar de sus crisis internas, conserva elementos fundamentales que Europa ha ido diluyendo: una Constitución venerada, una defensa robusta de la libertad de expresión, una identidad nacional compartida y una base moral -religiosa o cívica- que sigue articulando la vida pública.

 

El trumpismo no busca destruir Occidente, sino rescatarlo de su disolución progresista. Por eso resulta incomprensible para las élites europeas, que han asumido como inevitable -e incluso deseable- el tránsito hacia un mundo postnacional, postreligioso y posthistórico.

 

Occidente no desaparece, Europa lo abandona. Y en esta ocasión no se preserva en Oriente, sino en el Oeste, los Estados Unidos de América.

 

Hablar de cisma es más preciso que hablar de declive. Occidente no está muriendo: se está dividiendo. De un lado, una Europa que renuncia a sus fundamentos en nombre de una utopía tecnocrática; del otro, una América que, con Trump como catalizador, intenta preservar aquello que considera esencial.

 

Como en el siglo XI, la ruptura no se produce de golpe ni mediante una declaración formal. Se manifiesta en desacuerdos acumulados, en gestos simbólicos, en incomprensiones mutuas. Europa ve en Trump una amenaza. Trump ve en Europa un aviso.

 

La historia enseña que estas fracturas no se resuelven con buenos modales ni comunicados conjuntos. Son rupturas de visión del mundo. Roma y Bizancio siguieron caminos distintos durante siglos. Compartían un origen común, pero ya no un destino.

 

La pregunta, hoy, no es si Trump divide a Occidente. La pregunta es si Europa aún quiere seguir siéndolo.

 

* Director del Grupo de Estudios Estratégicos (GEES)-

domingo, 3 de mayo de 2026

SOBRE LA DERROTA DE ORBÁN


POR IGNACIO BRACHT (*)

La Prensa, 03.05.2026

 

Sin duda que 16 años en el gobierno, democráticamente elegido, valga destacar, es mucho tiempo, donde el desgaste de ejercer el poder se hace sentir. Es el caso de Viktor Orbán, premier de Hungría que acaba de ser derrotado por un antiguo miembro de su partido, Peter Magyar.

 

Ahora bien, lo que llama la atención es el coro de voces que se han levantado para celebrar su derrota. Alex Soros, hijo del magnate plutócrata George Soros, patrocinador y financista de Planed Parenthood, la multinacional del aborto, además de sponsor de todas las fuerzas políticas que se enfrentaron a Orbán en estos últimos 16 años, se manifestó complacido por el triunfo de la "democracia"; Barak Obama, Emmanuel Macron, y no podía faltar Pedro Sanchez, quien esta sumido en un marasmo de corrupción y se ha cargado la democracia española al mejor estilo chavista, violentando la división de poderes, cooptando casi todas las instituciones de control del estado, en permanente alianza con los enemigos de la Nación española; fue otro que manifestó su algarabía con la derrota de Orbán. Curiosamente, o no tanto, ya que populares y socialistas votan unidos en el parlamento europeo, Alberto Nuñez Feijoo, cabeza del "opositor" Partido Popular, se sumó a la tribuna de los alegrados por el triunfo de Magyar.

 

Y qué decir de la presidente de la Unión Europea, Ursula von der Leyden, enemiga declarada de Orbán, quien durante años bloqueó los fondos que le corresponden a Hungría como miembro de la UE, y excluyó a las universidades húngaras del financiamiento europeo del programa Erasmus, creado para tal fin.

 

HOSTILIDAD

 

 Viktor Orbán viene siendo hostigado desde que llegó a la presidencia por todos los representantes de las más rancias elites del globalismo woke. Desde ser acusado de autócrata hasta socio de Vladimir Putin, cuando Orbán en el conflicto Ucrania - Rusia sólo ha buscado defender la integridad húngara, habiéndose reunido en varias ocasiones tanto con Zelenski como con Putin, buscando un acuerdo de paz, algo que no le perdonaron las elites belicistas de la Unión Europea.

 

En política interna defendió el derecho a la vida frente a los promotores del crimen "politicamente correcto" del aborto; impidió la inmigración ilegal masiva africana y asiática, algo que hoy es una realidad dramática en casi toda Europa occidental, fomentada por los que hoy quieren la "sustitución" de la tradición cristiana, piedra basal de Occidente, lo que le valió acusaciones de xenófobo y racista, por el globalismo disolvente.

 

Mientras Orbán fue demonizado, se ha silenciado con perfidia que durante su gestión se creó una Secretaría de Estado para dar acogida y asilo a todos los cristianos de Oriente Medio,  que  son perseguidos por profesar su Fe. Ha enfrentado todas las variantes de la “ideología de género”, tan deletérea y nociva, en particular para los niños en edad escolar y adolescentes, buscando de este modo preservar los valores cristianos, la identidad nacional de la tradición magyar, algo que la Europa y sus burocracias globalistas del poder, pretenden erradicar, borrando sus raíces fundacionales.

 

Acusado de antidemocrático de manera permanente, reconoció su derrota al cierre de los comicios y felicitó al ganador, que vaya paradoja, a los tres días del triunfo anunció "democráticamente" su intención de cerrar todos los medios de comunicación públicos por no aceptar sus opiniones ni la línea editorial. Vaya declaración de principios de un paladín de la democracia frente al autócrata.

 

LAS ELITES

 

La derrota de Orbán ha envalentonado a las elites globalistas, sean de derecha o izquierda, si es que podemos diferenciarlas, para tomar impulso contra las fuerzas soberanistas que se resisten y enfrentan el ukase globalista y su poder.

 

Así vemos la andanada contra Vox en España, Meloni en Italia, Le Pen en Francia, donde pende la proscripción, o la velada amenaza de prohibir a Alternativa Por Alemania, aterrados por su imparable crecimiento. El año pasado en Rumania se cometió un barbarismo constitucional al no dejar asumir la ganador de las elecciones, por ser un soberanista anti Bruselas, hecho que no despeinó a ningún "demócrata".

 

En resumen, el poder mundialista se ha cobrado una victoria en Hungría y toma aire para avanzar en otros países. De conseguirlo, Europa como cuna de la civilización occidental y de la libertad, estará acabada para siempre. No nos equivocamos al creer que la resistencia lo impedirá. A Peter Magyar habrá que verlo caminar.

 

Con errores y aciertos, Orbán defendió la identidad húngara y sus decisiones soberanas frente a los sostenidos embates de Bruselas, brazo ejecutor de las políticas globalistas.

 

Por los que se han sumado a festejar su derrota, ya con esa muestra lo vale, es que hoy rompemos una lanza en su defensa.

 

(*) Miembro de Número de la Academia Argentina de la Historia; Miembro de Número de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación y Vicepresidente del Instituto Cultural Argentino Uruguayo.

lunes, 16 de marzo de 2026

¿HACIA DÓNDE IRÁ LA DERECHA?


Ernesto Bohoslavsky y Sergio Morresi exponen el recorrido histórico de las ramas liberal-conservadora y nacionalista-reaccionaria. Examinan desde sus tensas relaciones hasta su actual convergencia, que marcaría una nueva etapa.

 

Por Agustín De Beitia

La Prensa, 15.03.2026

 

Con el ascenso de las derechas en el mundo, tanto académicos como periodistas y analistas políticos pasaron del desconcierto inicial a un interés creciente por interpretar este fenómeno al que muchos siguen viendo como algo anómalo. En la Argentina son numerosos los títulos que se publicaron en los últimos años con la intención de examinar este evidente avance discursivo o electoral de la derecha, tanto a escala local como global.

 

La rebeldia se volvió de derecha, de Pablo Stefanoni, Está entre nosotros. ¿De dónde sale y hasta dónde puede llegar la extrema derecha que no vimos venir, de Pablo Seman o Desquiciados: los vertiginosos cambios que impulsa la extrema derecha, compilado por Alejandro Grimson, son títulos que hablan de un estupor. Con o sin ese pasmo, el renovado interés por el tema terminó por engrosar la bibliografía que ya existía desde décadas anteriores, proveniente del ámbito de la historia y de las ciencias sociales.

 

El historiador Ernesto Bohoslavsky y el politólogo Sergio Morresi, ambos profesores e investigadores del Conicet, consideraron entonces oportuno reconstruir la historia de las derechas con una obra que ofreciera una nueva síntesis de la bibliografía conocida. El resultado es Historia de las derechas en Argentina. De fines del siglo XIX a Milei (Fondo de Cultura Económica, 310 páginas). La obra repasa la historia argentina, centrando la mirada en la pluralidad de fuerzas que se manifestaron dentro de este sector, en sus transformaciones y estrategias de gravitación.

 

INTERROGANTES

 

Las preguntas que se plantean son interesantes: ¿desde cuándo existe la derecha en Argentina? ¿De cuántas derechas hablamos y qué significa ser de derecha? Pero también ¿por qué las derechas vuelven a ser una fuerza decisiva?

 

La primera dificultad que se les presenta, claro, es definir qué es ser de derechas y más todavía en nuestro país, donde hasta hace muy poco tiempo nadie osaba reivindicarse como tal.

 

Los autores admiten que en el mundo académico se viene buscando identificar cuáles son las ideas comunes, los rasgos, las actitudes, que identifican a este campo ideológico. Estos rasgos serían, para algunos, el mayor o menor apego a la religión; para otros, la creencia en el carácter natural o conveniente de las desigualdades; y para otros, una cierta mirada antropológica, resumen los autores.

 

Bohoslavsky y Morresi se decantan por considerar que el mínimo común que hay entre todas las fuerzas de derecha, aquello que las define, es su “rechazo” o “desconfianza” hacia la “igualdad y la inclusión en términos sociales, económicos o políticos". Una caracterización que resulta equívoca, porque asimila posturas que no son asimilables, pero que les sirve a ellos para navegar entre las discusiones alegando que el espacio ideológico donde conviven esas fuerzas sería como un campo magnético que atraería a los desiguales.

 

Bajo este supuesto, sostienen que en nuestro país hubo a lo largo de la historia, en esencia, dos grandes familias de derechas en tensión, la liberal-conservadora y la nacionalista-reaccionaria, cada una con sus subgrupos internos, que con Milei por primera vez "parecen haber abandonado su recíproca belicosidad y han unificado consignas".

 

Los autores observan, con razón, que en La Libertad Avanza "conviven ideas y prácticas que por muchas décadas eran consideradas incompatibles: libre mercado y antiglobalismo, nacionalismo conservador y alineamiento con Estados Unidos e Israel, antiestatismo y exaltación de las Fuerzas Armadas". Habría que reconocer a los autores que, ya solo por constatar estas paradojas -que son a la vez inexplicables e ineludibles- se acercan mucho a la perplejidad mayor que presenta hoy nuestra realidad y que no se atreven a afrontar ni siquiera los protagonistas.

 

"El tiempo dirá -advierten con prudencia- si estamos ante el final de la división en dos familias o si solo se trató de un breve idilio iniciado durante la pandemia del covid-19".

 

Para desembocar en esa constatación, rastrean los orígenes y el derrotero de estas dos familias. Y lo hacen remontándose hasta fines del siglo XIX, cuando se consolidó finalmente un orden político estable, después de décadas de conflicto interno, bajo el liderazgo de fuerzas políticas liberal-conservadoras.

 

El presupuesto desde el que parten es que la Argentina tuvo “de alguna manera muchas fundaciones”, empezando -dicen los autores- por 1810 con el primer gobierno criollo. Es importante señalar que no se consideran, así, los 300 años de historia transcurridos desde la fundación de Buenos Aires, ni el quiebre que significó la Revolución, ni nuestra ascendencia española, ni la tradición. Se interesan en cambio en otros “hitos fundaciones” hacia adelante hasta 1912 con la sanción de la ley Sáez-Peña que abrió el camino para ampliar el derecho al voto.

 

 

GRAMATICA LIBERAL

 

A partir de ese presupuesto señalan que, desde aquel “primer” hito “fundacional” de 1810 hasta 1916, se fue dando una “hegemonía de una gramática liberal”, según la cual “la Argentina nació liberal” y tendría un destino en esa línea ideológica, gramática que -dicen- no fue discutida. ¿Y por qué no?

 

Según los autores, porque ese liberalismo era un entramado de posturas diferentes, donde había algunos más proclives a la modernidad y otros a la tradición.

 

El argumento es que ni las élites argentinas tuvieron un afán reformista tan radical como en Chile, México o Colombia, ni debieron enfrentarse a un conservadurismo puro, en toda regla, porque la Iglesia católica no tenía tampoco la fortaleza suficiente para ponerle un freno a las autoridades republicanas.

 

Con este punto de partida, la tesis que sostienen para su primer período de estudio, que va de 1880 a 1916, es que hubo entonces “un liberalismo no tan liberal” o “no tan anticlerical”, precisamente por aquel entramado de intereses mencionado antes, que fue armonizado por el Partido Autonomista Nacional.

 

“No tan liberal” como pudo haber sido, parecen querer decir. Porque sí admiten que hubo reformas de alto impacto, como el matrimonio civil o la instrucción pública laica obligatoria, que valoran en forma positiva. Y, en paralelo con este liberalismo “no tan liberal”, hubo -según sostienen- un “Episcopado que tampoco fue tan duro” porque, durante el orden conservador, para unos y otros la preocupación era el desafío que planteaban “la cuestión obrera” y el radicalismo.

 

Cuando se produjo finalmente el auge del radicalismo en las primeras décadas del siglo pasado, en un contexto en que las fuerzas liberal-conservadoras ya no podían fidelizar a un electorado que se había ampliado, sobrevino el cimbronazo de la Primera Guerra Mundial y su impacto en el comercio. Fue entonces que “germinó” -dicen los autores- en el seno de esa “sociabilidad liberal-conservadora” una sensibilidad nacionalista-reaccionaria, disconforme primero con la calidad moral y política de la ciudadanía y luego con la experiencia republicana.

 

“Germinó” es la palabra que usan para aludir a una reacción nacionalista contra el orden conservador y contra el positivismo, que reivindicó a la Argentina concebida como inseparable del legado hispano-católico. Un legado que había fructificado en estas tierras durante 300 años -un período que todavía hoy es mayor al de toda nuestra vida independiente-, pero que los autores llaman “mito” fundador.

 

Como parte de esa reacción mencionan desde los Cursos de Cultura Católica (1922), que fueron un intento del mundo católico por influir en la cultura, hasta la Liga Patriótica Argentina (1919), dirigida por Manuel Carlés, fuerza paraestatal de choque, nacida tras la Semana Trágica para enfrentar el desorden y la agitación de trabajadores extranjeros, en un contexto de temor a una intentona soviética.

 

En esa reacción ubican también a un nacionalismo antiliberal, antidemocrático y antipopular que los autores ven como “la derecha más extrema”. En ese último sector mencionan al grupo que se nucleó en La Nueva República, donde estaba entre otros el historiador Julio Irazusta. De todas esas vertientes de desencanto con el régimen conservador se llega, según Bohoslavsky y Morresi, a la primera “tentación autoritaria” y a la dictadura de Uriburu.

 

ESTRATEGIAS

 

La travesía que proponen los autores -aun cuando está concebida para un paladar progresista-, es un sustrato que resulta auspicioso para ulteriores reflexiones.

 

Bohoslavsky y Morresi avanzan a lo largo de seis capítulos analizando estas dos corrientes, las ideas, debates, prácticas políticas y estrategias que utilizaron para afrontar la coyuntura nacional o global.

 

Después de repasar el orden conservador de 1880-1916, los autores se detienen en el período 1930-1943, marcado por el regreso del conservadurismo, el fraude y la corrupción, en un contexto de creciente impugnación que provenía del nacionalismo reaccionario, un sector contrario tanto a esa clase política dominante como al régimen liberal y republicano todo, al que consideraban necesario combatir con medidas extraordinarias.

 

Sobre ese auge nacionalista que, dicen, tuvo un proceso de popularización a mediados de los años treinta, sostienen que no llegó a traducirse en un éxito electoral en gran parte por su tendencia a la fragmentación. Pero afirman que sí dio lugar a un revisionismo histórico que trazó una filiación histórica “novedosa” al postular que hay un país auténtico y potente, sepultado bajo las instituciones liberales y republicanas. Y admiten que, si bien no logró muchos adherentes, a partir de fines de los años 50, y tras una serie de transmutaciones, llegó a trascender su esfera de influencia y “comenzó a formar parte del sentido común de una parte importante de la ciudadanía”.

 

El repaso histórico que proponen continúa, a la sombra de la Segunda Guerra Mundial, con el golpe del 43 y luego con “el terremoto” que significó el peronismo y sus oscilaciones a lo largo de los años, que cristalizó diferentes posturas en las derechas. Estas posturas van desde la oposición que encarnó la tradición liberal-conservadora, que consideró siempre al peronismo como “inadmisible”, hasta los matices que se manifestaron dentro de la familia nacionalista. Así, figuras como Ernesto Palacio se incorporarían al peronismo, mientras que otras como el padre Leonardo Castellani mantendría un “apoyo selectivo y crítico”, y otras como los hermanos Irazusta llevarían adelante críticas intransigentes.

 

El recorrido que ofrecen ambos profesores avanza por la Guerra Fría y muestran cómo el factor aglutinante de la política fue cambiando del antiperonismo al anticomunismo, sobre todo con el regreso a la presidencia de Perón.

 

Parecen sorprendidos al constatar que, en ese proceso, el gobierno peronista -“de forma paradójica”, dicen- fuera convergiendo ideológicamente con las voces del nacionalismo reaccionario que denunciaban la infiltración comunista y reclamaban medidas represivas. Algo “en lo que coincidían varios políticos radicales y liberal-conservadores”. Es muy notable el reconocimiento de que llegó a formarse una “coalición contrarrevolucionaria” que incluía a buena parte de la clase política.

 

Tras analizar el intento refundacional del Proceso militar y su crueldad, en los últimos capítulos se analizan los años de la vuelta a la democracia, del neoliberalismo (1983-2001), y del renacimiento de las derechas (2001-2023).

 

En coyunturas tan cambiantes, los autores del estudio señalan que las derechas, sin llegar a formar coaliciones estables o duraderas como en Chile, Colombia, Uruguay o México, oscilaron entre la tentación “purista” -el mantenimiento de sus principios innegociables, “aun cuando estos cambiaran con el tiempo”-, y la tentación “pragmática” para dar lugar a una “convergencia” que permitiera derrotar o contener a un enemigo compartido, aunque fuera de modo transitorio.

 

Ejemplos de “convergencia” serían las presidencias de Yrigoyen y los primeros meses de la dictadura de Uriburu (1928-1931), como así también el inicio de la Revolución Argentina (1966-1969) y el último proceso militar (1976-1978). Y, en menor medida, también sería expresión de una convergencia la que se produjo contra los gobiernos kirchneristas.

 

DEMOCRACIA

 

En ese contexto, se considera la relación irregular que las fuerzas de este campo ideológico tuvieron con la democracia, principalmente -dicen- por su propia fragmentación y por no forjar una alternativa perdurable. Lo que se tradujo en buena parte del siglo pasado en esfuerzos por “copar, condicionar o ingresar a gobiernos de partidos mayoritarios o promover dictaduras”. Pero admiten que esa relación irregular con la democracia lo fue, en ambas “familias”, por motivos diferentes.

 

En el caso de los nacionalistas, recelosos de comunistas y liberales por igual, los autores ven que muchas veces adoptaron esa actitud por su convicción de que se debe superar el régimen “demoliberal” y el pluralismo democrático al que consideran peligroso. En cambio, en el caso de los liberal-conservadores señalan que impulsaron estrategias no democráticas para imponer ideas que no tenían arraigo, y lo hicieron en nombre de la república o del crecimiento económico.

 

Esta dinámica irregular con la democracia, según observan, se rompió desde 1983. En el período posterior destacan el crecimiento de la Ucede, cuyos postulados ayudaron a moldear una mentalidad que impregnó toda la década siguiente. Y luego la creación del Pro, al que los autores ya se animan a calificar como la experiencia de derecha más “longeva” en muchos años, si bien admiten que en el presente su continuidad no está asegurada.

 

El Pro sería, según estos autores, la primera expresión, aunque germinal, de “un pueblo de derecha”, al que ven como posperonista más que antiperonista, microfragmentado y sin pertenencia de clase.

 

Lo que siguió a esa experiencia es la curiosa convergencia del presente entre las dos familias de la derecha, o lo que los autores denominan el “fusionismo”. Esta novedosa composición tiene, entre otras singularidades marcadas por los autores, una expresión juvenil, popular, surgida de las redes, orgullosa, chabacana, provocativa -tanto hacia la izquierda como hacia la derecha dominante-, encarnada sobre todo por los llamados “picantes del liberalismo”.

 

Lo que ven como novedoso en este fenómeno de la nueva derecha sería su pragmatismo, al que ven replicado en amplios sectores sociales, y que -a juicio de los investigadores- parece señalar el inicio de una etapa distinta a las anteriores. Esto es lo que abre el interrogante de hacia dónde irán las derechas y si asistimos al inicio de un proceso no ya de convivencia sino de integración.

 

Bohoslavsky y Morresi no responden esa pregunta, que es un poco prematura en este momento, aunque el creciente rumbo de divergencia entre Milei y Villarruel parece apuntar a lo contrario. Pero el recorrido histórico que proponen es muy interesante y deja otras preguntas abiertas. Por ejemplo: si la inclinación de los conservadores a sumarse a gobiernos de impronta liberal no ha impedido históricamente el crecimiento de la otra familia de la derecha, y si no hay otros factores que han pesado más que el sólo “purismo doctrinal” para explicar la falta de avance de este último sector.

 

Hacia el final del ensayo los autores se acercan a explorar esa posibilidad al mencionar dos interpretaciones sobre por qué las derechas no lograron imponer a sus líderes en elecciones abiertas: una es la fragmentación y la otra es la fortaleza de la élite económica para “controlar el juego”. Una élite -dicen- que comparte con la rama liberal “afinidades electivas”, y que “cumple el papel de una derecha no electoral”.

 

Tirar de este último hilo, ver hasta dónde llega en el exterior, obligaría a un replanteo mayor que ayudaría a entender muchas cosas, no sólo el presente sino incluso la desconfianza creciente de algunos sectores en el sistema.

 

En cualquier caso, la rareza de la alianza que sostiene a Milei se presenta en este ensayo como el punto de llegada, aunque bien podría suponerse que fue más bien el punto de largada “para imaginar otros caminos posibles”, como admiten explícitamente los autores.

lunes, 1 de diciembre de 2025

EDUCACIÓN O PROGRESISMO


Por Claudio Chaves

Foro Patriótico Manuel Belgrano, 30/11/2025

 

Al parecer, el gobierno Nacional habría elaborado, por medio de la Secretaría de Educación, un proyecto de Ley Educativa bajo el ampuloso título: Ley de Libertad Educativa. No está claro si es así. Todo está por verse. Solo hay trascendidos. Sin embargo y por las dudas el progresismo ha salido con los puños en alto para enfrentar el embate reaccionario, según lo denominan.

 

Lo difundido ha servido para que aparezcan nuevamente las voces que contribuyeron al desastre educativo. De esos ecos nos ocuparemos en la presente nota.

En principio diremos que los distintos gobiernos, a lo largo de la historia argentina, siempre han tenido una palabra, una norma o una ley que orienta la educación en dirección de sus ideas. En la oportunidad no abordaremos la historia argentina. Solo los últimos cuarenta años.

 

LA LLEGADA DE LA DEMOCRACIA

El gobierno del doctor Alfonsín consideró necesario convocar a un debate educativo. Estaba convencido que la escuela y la educación en general guardaban una cuota de responsabilidad por los malditos años de plomo y muerte. Se trataba de alcanzar un nuevo paradigma que contemplara el renacer democrático. Llamó, entonces, a un Congreso Pedagógico en consonancia con el primer debate serio sobre el tema, acaecido cien años antes, bajo el gobierno del general Roca.

 

El entusiasmo en el mundo educativo fue general y la participación masiva y generosa. Jornadas intensas, de debate acalorado, concluyeron, en apretada síntesis, en descentralizar y regionalizar la educación para adaptarlas a las necesidades históricas y geográficas de las provincias. Se trataba, según clima de época, de abandonar el enciclopedismo, que de lo general se acercaba a lo particular, para invertir la formula: de lo nuestro al mundo.

 

Una idea muy generalizada ilustraba la desazón pedagógica. Por aquellos años un célebre pensador afirmaba: “El pueblo en que nací, en el oeste de Buenos Aires, era treinta años antes territorio ranquelino, pero la escuela a la que concurrí ignoraba oficialmente a los ranqueles. Conocíamos el Yan-tse-kiang, el Nilo y el Danubio pero la escuela ignoraba el Salado de Buenos Aires” (Jauretche) Muchos docentes no conocían ni habían leído a don Arturo sin embargo entendían que la escuela sin raíces se encontraba en el aire.

 

Otra conclusión del Congreso Pedagógico fue la necesidad de ampliar la obligatoriedad, mejorar la calidad educativa e incorporar a la sociedad civil y a las familias para ampliar la base democrática del sistema escolar, por aquello de que la educación es algo tan serio que no puede quedar en manos de los docentes.

 

LOS 90

Hubo en ésta década tres impulsos en dirección a lo discutido y aprobado en el Congreso Pedagógico. Ley de transferencia de servicios educativos (1991) Ley Federal de Educación (1993) y la Constitución de 1994. Por la primera se traspasaron a las provincias los servicios educativos secundarios y terciarios. Las escuelas primarias ya habían sido entregadas en 1978. La regionalización no era solo un asunto de currícula, al decir de Jauretche, era fundamentalmente de gestión. Las provincias debían hacerse cargo de sus escuelas como lo indicaba la Constitución de 1853 que en su artículo 67 apuntaba que corresponde a las provincias proveer educación primaria a sus habitantes. La Ley 1420 de obligatoriedad y gratuidad de la educación primaria fue solo para la Capital y los Territorios Nacionales, las provincias que ya habían fundado escuelas adhirieron a los fundamentos de la Ley, por voluntad y acción soberana. Este esquema de gestión federal fue alterado por la Ley Lainez (4878) centralista y unitaria que ocasionó disparates como el siguiente: “Cuando se estudiaba el griego, llegó al Colegio Nacional de una pequeña capital de provincia el inspector Larsen del Castaño, que dominaba la lengua de Homero. Fue a la clase de griego, y su asombro llegó al infinito cuando un alumno comenzó a recitar la lección. ¿Qué estará enseñando el profesor? Preguntábase Larsen, que no abría los ojos por no humillarle. Pero acabada la clase lo hizo llamar. El hombre que se acercaba encogido, al hallarse frente a quien con media palabra podía hacerle echar a la calle, dijo:

-Discúlpeme señor inspector. Soy padre de familia, con doce hijos. Pedí una cátedra y me dieron la de griego. Le ruego por mis criaturas.

-Bien, lo haré trasladar ¿pero que enseña usted como griego?

-Quichua, señor.” (Manuel Gálvez. En el Mundo de los seres ficticios)

 

El traspaso puso la realidad sobre los pies. De modo que los pedidos de Roca Techint, que en estos días sugirió volver todo para atrás, al centralismo asfixiante, nos hace correr el riesgo de volver al inspector Larsen.

 

La Ley Federal de 1993 alentaba el fortalecimiento de la identidad nacional atendiendo la idiosincrasia local, provincial y regional. Estimulaba los regímenes alternativos de educación, particularmente los sistemas abiertos y a distancia. La participación de la familia, la comunidad, las asociaciones docentes y las organizaciones sociales y el derecho de los padres como integrantes de la comunidad educativa a asociarse y a participar en organizaciones de apoyo a la gestión educativa. En una palabra la escuela abría sus puertas a la sociedad civil y a los padres. La Constitución de 1994 en su artículo 75 inciso 19 consolidaba lo dicho hasta aquí.

 

EL KIRCHNERISMO

El mismo personaje que en los 90 participó de la redacción de la Ley Federal, en el kirchnerismo, borró lo escrito diez años antes. Es que Filmus, de él hablamos, da tanto para un barrido como para un fregado. En la Ley de Educación del 2005 desaparecen los padres, la comunidad y las organizaciones de apoyo a la gestión educativa. Es que Flacso se torna tornadizo.

 

LEY DE LIBERTAD EDUCATIVA

Como se dijo al comienzo de la nota no se la conoce oficialmente pero el progresismo ya ha hablado. El periodismo progre y la Ctera observan con horror la interferencia o centralidad de la familia en el hecho educativo. “Lo rechazamos por tratarse de un proyecto conservador que impone la idea de la familia como la figura preferentemente responsable de la educación de sus hijos, obturando cualquier principio colectivo de socialización en las escuelas.” De ser cierto que la Ley centraliza en la familia la educación de los hijos es una profundización en la línea de la Ley Federal de 1993. Va en la dirección correcta pues nos aleja de pulsiones totalitarias. Por ejemplo: “Para los bolcheviques la familia era el mayor obstáculo para la socialización de los niños. Al amarlo, la familia convierte al niño en un ser egoísta, y lo alienta a creerse el centro del universo. Era necesario, entonces, reemplazar este amor egoísta por el amor racional de una familia social más amplia.” (Figes, O. Los que susurran) El progresismo no es lo mismo, pero es parecido.