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lunes, 20 de abril de 2026

DE LA APATÍA A LA PARTICIPACIÓN


 Buscan formar católicos capaces de incidir en la vida pública

 

David Ramos

ACI Prensa, 15 de abril de 2026

 

De cara a “un contexto marcado por la creciente apatía ciudadana, la desvinculación ética de la política y el debilitamiento de la confianza en las instituciones”, el Instituto Tomás Moro anunció la segunda edición de su Programa de Liderazgo Cívico, apuntando a formar personas que puedan “incidir positivamente en la vida pública desde una sólida base ética y cristiana”.

 

Esta nueva edición del programa del Instituto Tomás Moro, que comenzará el 21 de mayo, es realizada en alianza con la Universidad Juan Pablo II y la Universidad de La Salle, ambas de Costa Rica, y la UniCervantes de Colombia.

 

Así, el programa pasa de tener un alcance nacional en su primera edición a apuntar este año “a todo el público hispanohablante”, destaca el Instituto Tomás Moro en un comunicado compartido con ACI Prensa, pues se podrá acceder a él de forma virtual desde cualquier lugar del mundo.

 

El objetivo, destaca el comunicado, es “forjar líderes comprometidos con el servicio público, el bien común, el Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia, así como con la revitalización de la participación ciudadana”.

 

Entrevistado por ACI Prensa, Luis Fernando Calvo, director del Instituto Tomás Moro, señaló que “existe una creciente apatía frente a la política en buena parte de Hispanoamérica, algo que no solo se percibe en la experiencia cotidiana, sino que también ha sido confirmado por diversos estudios y encuestas”.

 

“La corrupción, vendettas, luchas de poder son pan cotidiano en el panorama político de la región que hacen a los católicos y personas de bien ver con desconfianza y desdén la cosa pública”, dijo.

 

Aunque “las dificultades propias de la política de nuestro tiempo le dan a esta un mal nombre”, desde el instituto costarricense “creemos firmemente que esta realidad puede mejorarse: el cambio es posible; pero esto no sucederá sin la contribución de los católicos, informados en su trabajo social y comunitario por la Doctrina Social de la Iglesia”.

 

Además, subrayó que “política no es sólo lo que hacen los partidos durante los períodos electorales, sino es la actividad propia del ciudadano inserto en su comunidad: la política está inscrita en la naturaleza del hombre, que es un ser social, y no es otra cosa que el esfuerzo cooperativo entre personas en miras al bien común”.

 

Calvo explicó que “uno de los pilares de la Doctrina Social de la Iglesia es el principio de participación: no es posible alcanzar el bien común sin el involucramiento activo de todos”.

 

Para enfrentar la apatía contemporánea hacia la política, “debemos promover la asociatividad”, dijo, pues el ser humano  “es por naturaleza social, por lo que lo natural en el hombre es asociarse con otros para mejorar sus condiciones de vida”.

 

“Las personas quieren contribuir y anhelan en su corazón, aún sin reconocerlo, ser parte de algo más importante que ellos”, aseguró.

 

En este marco, el programa desarrollado por el Instituto Tomás Moro, resaltó, “no sólo educa desde la filosofía y la teología sobre las realidades temporales, tales como política, economía, liderazgo cívico, sino que permite crear comunidad, acercando y uniendo entre sí a líderes cívicos y sociales”.

 

Luis Fernando Calvo aseguró que “nos gusta la política, toda política, porque creemos con el Papa Francisco que la política es una forma de caridad, es decir, de amor”.

 

“Pero nos gusta mucho la política pequeña, es decir, la política local, del barrio, el vecindario, de la municipalidad”, precisó, recordando que “hemos visto cómo los graduados de la primera cohorte han implementado felizmente su compromiso cívico, requisito indispensable de graduación”.

 

“Este es un dato significativo: nuestros egresados empiezan a convertirse en agentes de cambio, ya que cuentan con una mayor sensibilidad e identidad para lanzarse a hacer el bien”, resaltó.

 

El programa lanzado por el Instituto Tomás Moro, indicó, “viene a responder a una necesidad concreta y urgente de nuestra realidad: debemos trabajar activamente, de manera deliberada, para romper la fragmentación que nos somete a servidumbre que deshumaniza, nos subyuga y condena a la pobreza, mental, espiritual y material”.

 

“Sólo tomando las riendas de nuestro presente podremos asegurar el bien común al que Dios nos convoca”, concluyó.

lunes, 30 de marzo de 2026

LA ARGENTINA


en la trampa de la polarización

 

Por Carlos Lionel Traboulsi

La Prensa, 29.03.2026

 

La Argentina se debate sobre transitar un camino distinto al que ha vivido años anteriores o volver al pasado, sin advertir que ello es una trampa en la que estamos inmerso producto de intereses y necesidades de los actores que integran la política actual, que se sienten cómodos en esa situación, donde el miedo es el elemento decisor de la construcción del futuro. Ambos sectores de la polarización trabajan para profundizar esas posturas y exacerbar a sus seguidores que conforman un núcleo duro al que nada les hace cambiar de opinión.

 

Frente a esa circunstancia hay una parte del electorado que sin mayores compromisos con esos sectores, actúa negativamente dentro de la democracia votando para un lado o para el otro, siempre con el fin de que al que votan le impida llegar al otro. La política convive en este espacio pendular mentiroso y trata de buscar canales intermedios con expresiones políticamente correctas creyendo que ello va a capturar la voluntad del electorado, quedando una y otra vez entrampados en esa polarización.

 

Es así, que en ese espacio empiezan a aparecer candidatos presidenciales que tienen la solución mágica a los problemas argentinos quedando todos en la retórica. Este sector total (dos núcleos duros y uno independiente) es aproximadamente un 56% de la sociedad.

 

Nos encontramos entonces en un momento crítico, donde la polarización parece ser el único camino posible. Pero ¿es realmente así? La respuesta es un rotundo NO. La Argentina no está polarizada, está dividida en tres. Un gran sector de más del 40% del electorado se siente desencantado con la política y los políticos, incluso consideran muchos, que la democracia no es el mejor sistema para dar respuesta a sus problemas y necesidades y por ello no vota. Este sector, que podemos llamar "espectador pasivo", necesita una propuesta seria, creíble y realizable, no simples promesas de campaña, o personajes rebeldes, outsider o religiosos, para reingresar al sistema de la democracia.

 

Los sectores que se benefician de la polarización trabajan para exacerbar las diferencias y mantener el statu quo.

 

UN CAMINO DIFERENTE

 

Desde la Fundación Argentina Azul, creemos que hay un camino diferente para volver a enamorar a los argentinos que estan fuera del sistema y al sector independiente para que voten positivamente. Un camino que nos permita construir un país próspero, justo y soberano, que aproveche sus recursos naturales, su potencial económico, la voluntad de su pueblo, el conocimiento y su diversidad cultural, para tomar protagonismo como líder regional y global, liderando incluso la soberanía alimentaria internacional.

 

Necesitamos visibilizar y concientizar que Argentina es un país marítimo y que cuenta en su haber con más de 11 millones de kilómetros cuadrados de mar. De tal forma que, integrada y trabajando armónicamente nos permitirá, con el rol coprotagónico del mar, dentro de la matriz industrial y productiva de nuestro querido país, a partir de una planificación económica a 20 años, que empiece a dar resultados inmediatamente, duplicar o triplicar el producto bruto interno, terminar con la inflación definitivamente sobre la base del crecimiento que nos dará la producción sostenida y sustentable en el tiempo, y erradicar la pobreza estructural, que es aquella que requiere la satisfacción de la totalidad de los derechos humanos.

 

ESTRATEGIA CLARA

 

Sobre la base del conocimiento, el campo, el mar, la industria y el cuidado del ambiente podremos construir el camino de la prosperidad económica, trabajo, industria, calidad de vida y, una palabra que no está en el diccionario de los políticos, longevidad. Estamos convencidos que un proyecto de país con una estrategia nacional clara como la que proponemos de administración integral del Atlántico Sur Occidental, integrada a Malvinas y la Antártida, con un desarrollo y promoción de las economías regionales, terminará definitivamente con la falsa polarización y permitirá a la Argentina llevar adelante un proyecto de desarrollo transversal a todos los partidos políticos que de la mano de la Unidad Nacional nos permita por los próximos 50 años ser parte de las naciones más importantes y soberanas del mundo.

 

Concretamente, esta nueva visión estratégica nos permitirá:

 

- Duplicar o triplicar el producto bruto interno.

 

- Terminar con la inflación sobre la base del crecimiento que nos permitirá la producción sostenida y sustentable en el tiempo.

 

- Crear trabajo en millones de puestos en calidad con salarios dignos y una industria integral; - Mejorar la calidad de vida y erradicar la pobreza estructural.

 

- Proteger el ambiente y preservar la biodiversidad siendo amigos del mar y de la naturaleza, lo que significa hacer uso y explotar todo lo que ésta nos ofrece y garantizarle la vida eterna.

 

- Promover e incentivar la educación y la investigación científica apostando a la industria del conocimiento.

 

- Dinamizar la integración nacional, regional y la cooperación internacional.

 

El Atlántico Sur Occidental es nuestra mejor oportunidad para cambiar el rumbo de la historia. Con un litoral costero de más de 6.800 kilómetros lineales de extensión, y más de 6.500.000 kilómetros cuadrados de superficie que integran nuestra plataforma continental y su mar es una posición geopolítica inmejorable.

 

 

 

POTENCIA MARITIMO

 

La Argentina tiene un potencial marítimo enorme que nos coloca en el quinto lugar de las potencias del planeta. Nuestro proyecto busca aprovechar este recurso para:

 

- Desarrollar la industria pesquera y la acuicultura, en particular en tierra por el sistema de la acuaponía para que la Argentina en su vasta extensión pueda tener cultivos de peces y algas.

 

- Explorar y explotar recursos naturales en el lecho marino.

 

-Impulsar la Industria Naval, madre de industrias, para la construcción de buques que nos permita recuperar la Marina Mercante y la flota de mar para una defensa nacional razonable.

 

-Desarrollo de los Servicios para el Turismo Náutico, y los Deportes Náuticos en general.

 

-Desarrollo de la energía marina y las distintas energías limpias con una matriz energética diversificada.

 

-Desarrollo de un polo tecnológico, IA y digital orientado al mar, al fondo marino y al espacio, teniendo en cuenta que la conquista del fondo del mar es el camino al poder mundial en el siglo XXI; Industria del conocimiento como base del desarrollo nacional; - Crear un corredor logístico y comercial nacional con la integración de todos nuestros puertos, como así la conectividad fluvial y marítima entre América del Sur y el mundo; - Proteger la soberanía nacional y los intereses argentinos en la región.

 

 

 

FUTURO PROSPERO

 

Imaginemos un futuro donde la Argentina sea un país líder en la región, con una economía próspera y diversificada, y una sociedad justa y equitativa. Un futuro donde la educación, la salud y la seguridad sean derechos fundamentales para todos los argentinos. Un futuro donde la Argentina sea un ejemplo para el mundo. Esto no es ciencia ficción. Es posible sobre la base de liderazgo y conocimiento.

 

¡Es hora de cambiar! ¡Es hora de Argentina Azul! Naveguemos juntos las aguas de la esperanza y construyamos un futuro próspero para la Argentina, con trabajo, industria, calidad de vida y longevidad. Juntos salgamos de la falsa polarización. Podemos hacer que la Argentina sea un país mejor, más justo, con dirigencia transparente y honesta, y más vivible para todos. ¡Vamos a hacer que suceda!

 

*Abogado, diplomado en relaciones internacionales, integrante del Instituto de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional (IEEDN), Fundador y presidente de la Fundación Argentina Azul (FAAZ).

miércoles, 25 de marzo de 2026

ENCUESTA


 Javier Milei pierde diez puntos de intención de voto y la desaprobación de la gestión escala al 64%

 

Letra P | Yanina Passero

23 de marzo de 2026

 

Un sondeo nacional de Delfos refleja deterioro de expectativas, malestar económico y ventaja de Axel Kicillof en un eventual ballotage. La corrupción, en foco.

 

El experimento político de La Libertad Avanza empieza a mostrar signos de desgaste en la opinión pública. Una encuesta realizada en marzo a nivel nacional por la consultora Delfos revela una caída sostenida del capital electoral de Javier Milei, un fuerte aumento de la desaprobación de su gestión y un deterioro marcado en las expectativas económicas y sociales.

 

La intención de voto del Presidente baja de 43,7% en octubre de 2025 a 34,2% en marzo de este año, una pérdida de 9,5 puntos en cinco meses. La caída no implica el surgimiento de una alternativa consolidada, pero sí confirma una pérdida de potencia del oficialismo en el escenario electoral.

 

En un eventual escenario de segunda vuelta, el gobernador bonaerense Axel Kicillof aparece con 46% de intención de voto frente a 37,5% de Milei, una diferencia que refleja más el debilitamiento del oficialismo que la consolidación de una oposición nacional competitiva.

 

La encuesta dirigida por el politólogo de Córdoba Luis Dall’Aglio muestra que la desaprobación a la gestión libertaria alcanza el 64%, subiendo diez puntos exactos con respecto a la medición de febrero de este año.

 

La imagen negativa del Gobierno llega al 62%, un total de 12 puntos en rojo más que el mes anterior.

 

En paralelo, solo 29% de las personas consultadas cree que Milei logrará mejorar la situación del país, lo que marca una brecha creciente entre expectativas iniciales que tocaron su máximo en julio de 2025 (45%) y percepción actual.

martes, 24 de marzo de 2026

24 DE MARZO


 vivir para contarlo, con un sentido de verdad y justicia histórica

 

Claudia Peiró

Infobae, 24 Mar, 2026

 

A 50 años del Golpe, en algo siguen coincidiendo izquierda y derecha, guerrilla y militares: culpar de todo a Isabel Perón. El tiempo facilita esta operación. La distancia, el que muchos argentinos de hoy no hayan vivido la dictadura, habilita una simplificación de lo sucedido y un binarismo —hubo un bando bueno y un bando malo— que permite a muchos protagonistas o testigos impávidos de los hechos disimular sus responsabilidades.


La excepcionalidad de la represión, los horrores vividos de los que tantas víctimas han dado testimonio, no deben ser excusa para eludir otras responsabilidades en los hechos que llevaron al quiebre institucional. Los sobrevivientes de aquella experiencia tenemos antes que nada un compromiso con la verdad.


El 17 de mayo de 1976, poco después del golpe, el ejército allanó nuestra casa en Resistencia, Chaco, y me llevó detenida por mi militancia en la Unión de Estudiantes Secundarios. Mi padre, pastor protestante, apeló a sus colegas en Estados Unidos. Varios pastores le escribieron personalmente a Henry Kissinger, hombre fuerte de la gestión de Richard Nixon primero y luego de Gerald Ford.


En 2016, por una desclasificación del Departamento de Estado de los Estados Unidos supe que el 22 de noviembre de 1976 Kissinger, entonces Secretario de Estado, había enviado un telegrama a su embajada en Buenos Aires: “El Departamento ha recibido pedidos de información sobre el arresto de Claudia Inés Peiró (...) en Resistencia, Argentina, el 17 de mayo. En la primera semana, sus padres pudieron verla, pero desde entonces no han podido tener ningún contacto con ella. Ms. Peiró fue supuestamente transferida a la prisión de la Alcaidía el 2 de junio. No se conocen los cargos contra Ms. Peiró”.

Firmado: “Kissinger”.


Tal vez fue uno de los últimos telegramas que firmó, puesto que ya había otro presidente electo, James Carter, que debía asumir el 20 de enero de 1977.

El 21 de mayo de 1977 fui llevada desde la cárcel de Devoto a Ezeiza para dejar el país. Sólo pude regresar a Argentina cuando se levantó el estado de sitio, en octubre de 1983.

La singularidad de estos hechos, frutos de la Providencia y no de méritos personales, representó siempre para mí una responsabilidad.


Haber sobrevivido a esa hecatombe determina antes que nada deberes. Un deber de verdad en primer lugar. Y de homenaje, pero no de flores, lápidas, marchas y vestiduras rasgadas (“Deja que los muertos entierren a sus muertos”, le dijo Jesús a uno de sus discípulos), sino de trabajar para construir esa sociedad mejor, ese país más justo y soberano que sería el único homenaje real para el sacrificio de tantos compatriotas.


En la Argentina hay mucho de lo primero y poco de lo segundo. En las primeras décadas de este siglo hemos vivido el espejismo de que tenemos una política de derechos humanos cuando en realidad se trató de un uso del pasado con fines cortoplacistas. El país es más injusto y desigual que el de aquellos años, la unidad nacional es una quimera, el pasado doloroso es usado para las batallas presentes, como herramienta de una división de la que políticos sin imaginación ni patriotismo buscan sacar partido.


Y la supuesta verdad completa que hoy se quiere promover en realidad es revancha. Un negacionismo que se opone a otro.

Al negacionismo de la represión ilegal se suma el de los ataques de la guerrilla durante el gobierno constitucional


Porque hemos tenido, tenemos, negacionismo de ambos lados: muchos de los que se indignan ante el intento de unos de minimizar el drama de los secuestros, torturas, desapariciones y ejecuciones clandestinas son a su vez promotores de un discurso buenista que niega el hecho de que el grueso del accionar armado de la guerrilla —los atentados más espectaculares, asaltos a cuarteles y asesinatos a sangre fría de adversarios políticos— tuvo lugar en democracia, durante el período constitucional 1973-76, cuando las organizaciones armadas decidieron no deponer las armas y declararle la guerra al gobierno legal y legítimo, contribuyendo así al caos y la violencia que sirvieron de argumento al Golpe.


Niegan que el objetivo de esas organizaciones no era la democracia de partidos por la que hoy todos juran sino un socialismo autoritario a la cubana, idealizado en aquellos años, que se impondría además vía lucha armada, es decir, por la fuerza.

Por mucho que se hable de Memoria con mayúscula, el paso del tiempo, ha traído, al amparo de la conveniencia política, un olvido selectivo y una tremenda simplificación de los hechos; una simplificación que nubla la verdad.


Año a año, los mismos sectores que contribuyeron a la caída del gobierno constitucional —pasando a la clandestinidad y declarándole la guerra— se reúnen para condenar el golpe, sin mencionar a la presidente derrocada, lo que es signo de que, en 1976, todos ellos aprobaban su destitución. Hoy son republicanos, democráticos y derechohumanistas, pero en el pasado fueron tan golpistas como los que derrocaron al gobierno constitucional. Mientras que para éstos era la ocasión para imponer -a sangre y fuego- el orden en lo interno y la entrega económica en lo externo, para la izquierda armada era algo funcional a su estrategia de que “cuanto peor, mejor”. La presencia de un gobierno constitucional “confundía” a las masas y frenaba su necesaria radicalización. Finalmente, los políticos, de casi todo el arco, pensaban que los militares tomarían el poder para entregárselo a ellos, y se des-solidarizaron de la suerte de la gestión.


En su “Historia de la Confederación Argentina”, Adolfo Saldías habla de “la generación argentina” (post-rosista) que cediendo “naturalmente al sentimiento egoísta de toda sociedad que graves culpas tiene ante el porvenir y ante la historia, se escuda tras el culpable que presenta a la execración del presente”. Y agrega que la sociedad “necesita arrojar siempre sobre alguno la responsabilidad de sus faltas. Cuanto mayor es el remordimiento que experimente, mejor dispuesta se encuentra a buscar el culpable que por ella haga penitencia; y cuando le ha castigado bastante, se acuerda el perdón a sí misma y se congratula de su inocencia”.


Es la mejor definición que he leído de cómo ha procesado la Argentina esos años. Hoy vemos a represores y guerrilleros esconderse tras las faldas de Isabel y congratularse por su supuesta inocencia. Mario Eduardo Firmenich —jefe de una organización que le declaró la guerra al gobierno— se presentó a testificar contra la viuda de Perón en el año 2004, ante un tribunal español.


Eso explica la urticaria con la cual de ambos lados recibieron el gesto de Victoria Villarruel de visitar a Isabel Perón en Madrid y luego sus palabras al inaugurar un busto de la ex Presidente en el Senado, referidas a “aquellas personas que dejaron a una mujer cuyo apellido es Perón, a merced del terrorismo al que combatió, del gobierno de facto que la encarceló y finalmente de una clase política que la desterró”.

El gesto conciliador de Villarruel hacia la presidente derrocada en 1976 —doblemente significativo por venir de alguien que no es de su entorno sino lo opuesto— incomodó, porque vino a desmontar el relato de corrientes supuestamente antagónicas pero que coinciden en eximirse de culpas pasadas mediante el cómodo recurso de “buscar el culpable que por ellos haga penitencia”.

Las acusaciones contra Isabel se repitieron en espejo de izquierda a derecha. Con la misma desmesura. “Plantó el terrorismo de Estado en la Argentina”; “es responsable del baño de sangre que vivió el país en los años 70″; “no estaba capacitada para gobernar”; “su gobierno fue caótico”; “la economía se descontroló”; etcétera, etcétera.

¿Isabel Perón era una presidente débil al punto que todos justificaban su derrocamiento, o era tan poderosa como para culparla de absolutamente todo lo que ocurría? Cabe la pregunta porque ambos argumentos están en boca de los mismos voceros.


Algunos empiezan tímidamente a admitir que soportó con dignidad su suerte. Que rechazó salidas que le hubieran ahorrado años de cárcel. Isabel obligó a los militares a derrocarla, para que quedara claro que se colocaban en la ilegalidad, que su gesto no tenía la menor legitimidad.

A diferencia de muchos —y muchas— que se victimizan por todo y por nada, ella nunca se lamentó por su suerte. Hubo quien criticó que el Congreso, en 1984, en tiempos de Raúl Alfonsín, haya sancionado una ley que declaró inválidos los juicios que sufrió durante el Proceso. Con tal de criticar a Isabel, son capaces de darle la derecha a la dictadura.


Para esta maniobra colectiva de congratulación de inocencia se busca asimilar a Isabel Perón con la represión ilegal y con un gobierno de facto que la secuestró en la madrugada del golpe y la mantuvo presa durante cinco años.


Los seguidores de Alfonsín deberían recordar que “el padre de la democracia”, como gustan llamarlo, así lo reconoció cuando promovió la Ley 23062 de “reparación histórica” que quitó “validez jurídica” al “juzgamiento o la imposición de sanciones a los integrantes de los poderes constitucionales” por parte del gobierno de facto.

Los “demócratas” de hoy, en cambio, avalan el juicio de la dictadura sobre Isabel.


Si su gestión fue la precuela de la represión ilegal, como pretenden algunos, si ella instauró el terrorismo de Estado, ¿para qué derrocarla? ¿Por qué mantenerla presa luego durante el mayor período de encarcelamiento de un presidente en toda la historia? El gobierno de Isabel fue un desastre y no tenía apoyo popular, afirman. Pero la realidad es que los militares dieron el golpe porque sabían que el peronismo ganaría las elecciones cuya fecha había sido adelantada por Isabel para septiembre de ese año.


En el libro Disposición Final, Ceferino Reato transcribe la explicación de Jorge Rafael Videla sobre el motivo del calvario de Isabel: “La Señora llevaba el apellido de Perón y estando libre podía movilizar voluntades políticas y gremiales contra el gobierno militar. Por eso permaneció presa e incomunicada durante seis años”.

En 2007, llevando al paroxismo esta maniobra de escudarse tras un culpable, el kirchnerismo habilitó una nueva persecución contra la viuda de Perón, pidiendo a España su extradición. “En aquel momento, el propio fiscal Julio Strassera calificó de mamarracho jurídico a las causas contra Isabel promovidas por los jueces Norberto Oyarbide y Raúl Acosta por su supuesta responsabilidad en delitos de lesa humanidad”, decía Diego Mazzieri, biógrafo de Isabel Perón, en una entrevista con Infobae.


Es francamente desalentador ver que tantos testigos de aquellos tiempos se hacen los distraídos respecto de la época en la que le tocó gobernar a Isabel Perón. Cuando con soberbia injustificada afirman que ella no estaba capacitada para gobernar, olvidan ese contexto y, sobre todo, la defección de muchos de sus colaboradores y la traición de otros tantos. El golpe de Estado se empezó a gestar prácticamente el mismo día que Isabel asumió. Las fuerzas armadas de entonces eran un poder en sí mismas, además de actuar en un contexto geopolítico que legitimaba el recurso al golpe y a los gobiernos de facto. Un poder reforzado por el reconocimiento de tantos políticos que buscaban un palenque uniformado en el cual rascarse.


“La Triple A funcionó desde los servicios de las Fuerzas Armadas y fue una cosa ajena a las estructuras partidarias oficiales del gobierno”, afirmó en su momento Antonio Cafiero.

Isabel Perón, en cambio, ha optado por no defenderse. Muchos pretenden desconocer que callar suele exigir más templanza que replicar. Más aun considerando que ni siquiera los dirigentes de su mismo movimiento la defienden.

“Las Fuerzas Armadas eran los autores de la llamada Triple A”, afirma Mazzieri que cita al ex montonero Gonzalo Chávez: “José López Rega nunca fue el máximo jefe de la Triple A”; para él, esa organización “siempre estuvo bajo el control operacional de los servicios de inteligencia de las Fuerzas Armadas”.


Otro hecho no menor que se suele omitir malintencionadamente es que, a la muerte de Juan Domingo Perón, el 1° de julio de 1974, María Estela Martínez presentó la renuncia con la idea de ceder a otra persona la responsabilidad del gobierno. Se la rechazaron los miembros del gabinete, las Fuerzas Armadas y los principales referentes de la oposición con el radical Ricardo Balbín a la cabeza.

Pero apenas juró como primera mandataria, desde todos los sectores se lanzaron al asalto de su gobierno. Hoy esos mismos sostienen que ella no estaba preparada para gobernar. ¿Quién lo hubiera estado, además, con atentados a diario, con la defección de muchos colaboradores y un ataque en regla desde el interior mismo del movimiento: los Montoneros, el llamado Grupo de Trabajo, los empresarios y algunos sindicatos cuya consigna era “romper el Pacto Social”?


Del mismo modo que convergen hoy en cuestionar a Isabel, coincidían entonces ultraderecha y ultraizquierda en sabotear al gobierno constitucional. Se puede conceder que no imaginaban en aquel tiempo la dimensión que tomaría la represión, pero es inadmisible que persistan hoy en ese relato.


En El mito del eterno fracaso (1985) José Pablo Feinmann, filósofo de culto del kirchnerismo, escribió: “El gobierno no fue feliz. Hubo desaciertos (…). No obstante, estorbaba. Era la Presidente Constitucional de los argentinos. Durante sus dos últimos meses de gobierno casi no cometió errores. Por eso la echaron. Acababa de convocar a elecciones. Le cedía espacio a los partidos opositores. Dialogaba con ellos. Comenzaba lentamente a ser Isabel Martínez de Perón. No le dieron tiempo. La voltearon –y la ultraizquierda ayudó mucho en la tarea (...) Se la llevaron en un helicóptero. La sometieron a largos años de cárcel que sobrellevó con dignidad. Una vez libre, se llevó del cautiverio el silencio y lo transformó en su herramienta política”.


¿Y las feministas? Para Isabel Perón, sororidad cero. Ni una palabra sobre los ataques contra la primera mujer presidente de la Argentina y del mundo.

En 2019, algunas diputadas, muy empoderadas ellas, reformaron la ley de Protección Integral a las Mujeres para ampliar la definición de violencia incluyendo la violencia política, definida como “la que se dirige a menoscabar, anular, impedir, obstaculizar o restringir la participación política de la mujer…” etc. etc.


El despropósito es total. Este artículo solo sirve para que cada vez que tienen un cruce con algún colega varón lo acusen de machista, como hacía constantemente una feminista que llegó a la vicepresidencia de la Cámara. Las mujeres, ¿somos fuertes o débiles? En todo caso, éstas degradan al género.

Si aludí al comienzo a la gestión de Kissinger es porque los análisis sobre el golpe no incorporan nunca la geopolítica mundial.


Se trata sin dudas de un personaje muy controvertido, de una inteligencia reconocida por todos, con prescindencia de sus propósitos de poder y el rol que jugó en estrategias que con frecuencia se tradujeron en inmenso sufrimiento para los pueblos.

Pero en ese momento, su país giraba hacia una política —la de James Carter— de promoción de los derechos humanos en el mundo, y él jugó el juego.


El ideologismo atenta frecuentemente contra la objetividad. Todo el bloque soviético —incluido Fidel Castro, líder del régimen que la guerrilla argentina tenía como modelo— respaldó la dictadura de Videla y negó rotundamente, en todas las tribunas internacionales posibles, que en la Argentina se estuvieran violando los derechos humanos. Ya que la palabra está de moda: un negacionismo en toda la regla. Un negacionismo que durante los años de más intensidad de la represión frenaba las denuncias de lo que estaba pasando en el país.


En mayo de 2023, Luis Moreno Ocampo lo dijo con todas las letras: “El Partido Comunista (argentino) apoyaba a Videla, porque ellos creían que Videla era el moderado”. Quería fundamentar que no había una motivación ideológica —más allá del discurso— en la Junta gobernante. “Justamente era un partido de izquierda, pero que apoyaba a la dictadura militar y encubría la represión”. Y recordó que, mientras proclamaban estar luchando contra el marxismo, en 1979, “los militares argentinos le dieron una Medalla [N. de la R: la Orden del Libertador San Martin, máxima condecoración que otorga Argentina] a un general soviético que se mandó un speech sobre el hombre marxista-leninista en el edificio Libertador”.

Estas contradicciones, o incongruencias, deberían ser motivo de reflexión para que los argentinos no volvamos a ser masa de maniobra de políticas ajenas a nuestros intereses, que son las que nos dividieron en el pasado al punto de querer dirimir nuestras diferencias a través de la violencia.

“No se sirve a la libertad manteniendo los odios del pasado”, decía también Adolfo Saldías en el libro citado.


El demonio que debemos erradicar no es solo el de la violencia, sino el del sectarismo, el del uso del pasado para minar el presente y el de la desunión nacional que es el verdadero cáncer que impide que la Argentina mire hacia adelante.

50 años han pasado y seguimos enfrascados en juicios. Algunos alucinan con que somos un ejemplo en el mundo. Pero ningún país sigue nuestros pasos. Pueblos que han sufrido traumas mucho mayores que el nuestro —regímenes de apartheid, genocidios, guerras civiles, guerras de exterminio— han cerrado sus heridas y promovido políticas de reconciliación.

 

Y lo han hecho en la comprensión de que la única reparación es construir una sociedad más armónica y justa, y consolidar las instituciones del país —en vez de degradarlas permanentemente— para permitir a la nación una inserción internacional lo más acorde posible con los intereses permanentes del país y no con la ideología o la ventaja de la facción de turno.