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lunes, 1 de diciembre de 2025

UNA DIPUTADA

 

 aliada de Juan Grabois propone un impuesto a los gases de las vacas por su contribución al calentamiento global

 

Perfil, 1-12-2025

 

A nivel mundial, se considera que el 14,5% de los gases de efecto invernadero que provocan el calentamiento global son de metano: un gas que produce el sistema digestivo de las vacas y se expulsa en forma de flatulencias o eructos. Por eso, la legisladora bonaerense Lucía Klug (Unión por la Patria) vinculada al dirigente Juan Grabois presentó un proyecto de ley para aplicar un impuesto a la industria ganadera. La propuesta es destinar los fondos que se recauden de esa forma a financiar una mejora en la gestión de residuos urbanos.

 

La "Tasa Ambiental sobre el Metano en Buenos Aires" (TAMBA) busca compensar el metano que genera la industria cárnica y láctea a través de esta mejora en la gestión de residuos. La ganadería es responsable del 19% de las emisiones de metano, y la inadecuada gestión de residuos sólidos urbanos —como basurales a cielo abierto—, del 6%. El proyecto se basa en el principio de Responsabilidad Extendida del Productor, y propone la creación de un fondo fiduciario como forma de trabajar la mitigación del cambio climático.

La propuesta fue rechazada por organizaciones de la industria ganadera, como la Confederación de Asociaciones Rurales de Buenos Aires y La Pampa (Carbap).

 

En el primer artículo del proyecto se propone: "Créase la Tasa Ambiental sobre el Metano en Buenos Aires (TAMBA) en función de mitigar la emisión de gas metano y hacer factible a largo plazo su actividad económica, sobre la base del principio de Responsabilidad Extendida del Productor para el sector ganadero. La creación de un fondo fiduciario, tal como se establece en esta ley, busca compensar el metano comercializado por la ganadería con la reducción de este mismo gas se logra mediante una gestión adecuada de los residuos sólidos urbanos, en concordancia con el Artículo 5°, punto 13 de la Ley N° 13.592 (GIRSU)”.

 

El calentamiento global aumentará los incendios en ciudades y podría generar más de 300 mil muertes en 2100

 

CARBAP respondió con un posteo en la red social X con los tapones de punta: "El metano se mide; la improvisación legislativa también… y emite mucho más. ¿Por qué no pensar una tasa para los legisladores improvisados?", señala. "La ganadería bonaerense ya sostiene una de las presiones impositivas más altas del país. Sumar una tasa al 'metano de las vacas' no reduce emisiones​, reduce producción, competitividad y empleo", opinaron. Y cita palabras de su presidente, Ignacio Kovarsky: "Castigan al único sector que genera dólares y empleo genuino".

 

Según el Inventario de Gases de Efecto Invernadero de la Argentina, la provincia de Buenos Aires genera un cuarto del total de emisiones del país. Las emisiones de metano en Argentina provienen principalmente de la agricultura, en especial de la ganadería, que representó el 54% en 2022.

 

La autora del proyecto, ​Lucía Klug, es la legisladora más joven actualmente en funciones en la provincia de Buenos Aires. Fue elegida en 2021, con 24 años, por la lista de Unión por la Patria. Es militante de Patria Grande, el partido de Juan Grabois. Esta semana finalizará su mandato como diputada bonaerense.

 

jueves, 6 de noviembre de 2025

COMIENZA EL CIRCO DEL CLIMA


 aunque el alarmismo es cada vez menos creíble

 

Riccardo Cascioli

Brújula cotidiana,   11_06_2025

 

El habitual circo invernal de la Conferencia sobre el clima, un concentrado de alarmas catastrofistas y soluciones descabelladas, se inaugura hoy en Belém, Brasil, con la cumbre de jefes de Estado y capacitará la atención durante dos semanas aunque durará dos días .

 Pero este año hay una novedad importante: antes de la conferencia, entre los diversos estudios que siembran el miedo para preparar el terreno (nunca mejor dicho), ha aparecido también un largo artículo del filántropo multimillonario Bill Gates que suena como una contraorden: el mundo no va a acabar por culpa del clima y es mejor invertir en la lucha contra la pobreza. Éste es el quid de su discurso, del que, por cierto, ya hemos dado cuenta.

 

Aunque estaba dirigido propiamente a los participantes en la COP 30 (Trigésima Conferencia de las Partes, es decir, de los 198 países que han ratificado la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, CMNUCC), será muy difícil que el mensaje de Bill Gates sea recibido de inmediato. Basta pensar que el secretario general de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, en una entrevista al diario británico The Guardian, para dar sentido a la COP 30, ha afirmado la semana pasada que “hemos fracasado en el objetivo de no superar el aumento de 1,5 °C de la temperatura en los próximos años y esto tendrá consecuencias devastadoras (...). Es absolutamente indispensable cambiar de rumbo para limitar al máximo exceso y evitar otros puntos de no retorno, como podría ser la Amazonia. (...) Debemos lograr una reducción drástica de las emisiones lo antes posible”.

 

Pero detrás de las declaraciones maximalistas y los escenarios catastróficos que se pintan, la realidad se cierra sobre nosotros, y el cambio de Bill Gates constituye una primera brecha en el muro de la ideología ecologista que está destinada a provocar pronto otros derrumbes. También porque en estos años Gates ha sido uno de los principales financiadores de la causa del cambio climático: se calcula que ha invertido algo menos de 8.000 millones de dólares de su patrimonio personal, además de 1.500 millones de la Fundación Bill y Melinda Gates, en gran parte para apoyar la transición energética y el resto para el desarrollo de tecnologías con cero emisiones.

 

Sin embargo, no hay que entusiasmarse demasiado con esta “conversión” de Bill Gates. Por dos razones: en primer lugar, porque aunque su mensaje —basta de catastrofismo y prioridad al desarrollo— es positivo, el fundador de Microsoft aún está lejos de decir toda la verdad; y, en segundo lugar, porque afirma cosas de sentido común con varias décadas de retraso (el que aquí escribe publicó la primera denuncia de la ideología ecologista y del cambio climático en 2004, hace 21 años llamada “Las mentiras de los ambientalistas”, Le bugie degli ambientalisti, editorial Piemme), lo que deja una duda fundada de que se trata de un beneficio político y económico.

 

En cuanto al primer aspecto, Bill Gates renuncia al catastrofismo, pero no renuncia a considerar el cambio climático como un problema grave para el que hay que encontrar soluciones. Sin embargo, el hecho de que el clima esté en continuo cambio no es un problema nuevo, es la naturaleza, siempre ha sido así desde antes de que el hombre apareciera en la faz de la tierra. Y no hay pruebas de un aumento reciente de los fenómenos meteorológicos extremos, que también han existido siempre. Por ejemplo algunos —como los huracanes— con ritmos cíclicos. El verdadero problema es (y aquí Gates lo reconoce al menos en parte) y siempre ha sido, el subdesarrollo.

 

Porque solo las civilizaciones desarrolladas son capaces de defenderse eficazmente de los fenómenos meteorológicos, así como de los terremotos y las enfermedades. No era necesario esperar a ver cómo el huracán Melissa azotaba estos días las costas de Jamaica, Cuba y Haití, causando 49 muertos y enormes destrozos, para darse cuenta de que el impacto habría sido mucho más limitado en las costas estadounidenses, donde los sistemas de alarma, las infraestructuras y la estructura de las viviendas permiten una mayor seguridad a los ciudadanos. Siempre ha sido así.

 

Afirmar, por tanto, que es más sensato centrado en mejorar las condiciones de vida que en reducir las emisiones de dióxido de carbono es una constatación tan trivial como afirmar que, en caso de tormenta, es mejor equiparse con un paraguas que invertir todos los ahorros en tecnologías abstrusas para impedir que llueva. Sin embargo, durante todos estos años, quienes se han atrevido a afirmar estos simples datos de la realidad han sido marginados, insultados, tachados de “negacionistas”, etc. (una película que se repitió con la emergencia del Covid).

 

Sin embargo, Gates, en su escrito, al seguir considerando el cambio climático un problema grave, sigue defendiendo la necesidad de una transición energética lo más rápida posible, olvidando que es precisamente la demonización de los combustibles fósiles lo que está creando un obstáculo para el desarrollo de los países pobres y provocando la crisis económica de los países europeos. La verdad es que no puede haber desarrollo sin abundancia de energía a bajo costo, mientras que la transición energética tal y como se concibe hoy en día está produciendo, en proporción, una disminución de la energía disponible y unos costos cada vez más elevados.

 

Dadas las enormes inversiones de Bill Gates en proyectos de energías renovables, se puede entender por qué insiste en la transición energética, pero al mismo tiempo afirma ahora que es un error centrado únicamente en las emisiones de dióxido de carbono. En cambio, hay que apostar por el desarrollo de la tecnología, dice.

 

Y aquí entramos en el segundo punto a destacar. La filantropía de Bill Gates, al igual que la de otros multimillonarios estadounidenses, siempre sigue intereses y proyectos sociales. Por lo tanto, el juicio sobre la realidad siempre está filtrado por esos intereses y proyectos, por lo que ciertas realidades evidentes se “perciben” después de décadas.

 

Por esta razón, por ejemplo, Richard Lindzen, eminente físico atmosférico muy crítico con el catastrofismo climático, cree que Gates ha cambiado de opinión por intereses muy concretos: "Si Microsoft quiere seguir desarrollando la inteligencia artificial (IA), necesitará una enorme cantidad de energía, lo que significa que la agenda climática destruiría a Microsoft. Por eso se ha vuelto más prudente".

 

La hipótesis de Lindzen se basa en elementos muy concretos. De hecho, la IA es una industria que consume mucha energía, con un consumo en rápido crecimiento, hasta el punto de que las estimaciones prevén que en 2030 los centros que recopilan datos de IA podrían llegar a consumir hasta el 20% de toda la energía eléctrica mundial. Y el 25% del capital personal de Bill Gates está invertido en acciones de Microsoft, una empresa que necesita esa energía de forma vital.

 

Esto no excluye que pueda haber otras motivaciones en el cambio de Gates, que sigue siendo bienvenido. Sin embargo, lo cierto es que conviene aprender la lección: las políticas globales siguen los intereses de las élites capaces de influir en los gobiernos, los medios de comunicación y la opinión pública, y no es a estos gurús a quienes mirar debemos para comprender la realidad en la que vivimos.

miércoles, 6 de noviembre de 2024

¿CAMBIO CLIMÁTICO?

 

 No, cambio antropológico

 

Riccardo Casioli

Brújula cotidiana, 06_11_2024

 

 

Recuperación de víctimas, búsqueda de desaparecidos, recuento de daños, polémica y reacciones furibundas de la población. La trágica riada que ha asolado la provincia de Valencia y se ha cobrado 222 vidas (aunque el balance aún es provisional) no deja de suscitar interrogantes sobre cómo ha sido posible semejante catástrofe.

 

Como siempre ocurre en circunstancias similares, desgraciadamente, por un lado está el coro (políticos y medios de comunicación) de los que ya han decidido que todo se debe al cambio climático provocado por la actividad humana; y por otro las voces (sobre todo en las redes sociales) de los que ven una conspiración o la mano de alguien que, por no se sabe qué razón, disfruta provocando desastres naturales.

 

Lo cierto es que lo ocurrido en la Comunidad Valenciana -y en los días siguientes también en Barcelona- es un suceso extremo, sí, pero no es nuevo en absoluto. La última inundación desastrosa que sufrió Valencia fue en 1957 (al menos 81 muertos, aunque según otras fuentes las víctimas superaron el centenar), pero se calcula que desde 1321 ha habido al menos 75 grandes inundaciones. Por eso, tras la de 1957, el entonces dictador Francisco Franco ordenó desviar el río Turia fuera de la ciudad (y el cauce se convirtió en un parque). Esto no quita que incluso después de 1957 se hayan producido eventos extremos en la provincia de Valencia, el más reciente en enero de 2020, con inundaciones que no afectaron a los principales núcleos de población.

 

Algo similar cabe decir de Barcelona y toda Cataluña, comunidad autónoma sometida también a las llamadas “riadas”, con lluvias tan intensas que desbordan numerosos cauces en pocas horas. Hay que recordar que la peor catástrofe natural de la historia de España se produjo en Barcelona en 1962 con las inundaciones provocadas por el río Rubí, con un balance de más de 800 muertos.

 

Por lo tanto, invocar el fantasmal cambio climático provocado por el hombre es una idiotez y una falta de respeto a las víctimas, al igual que es ridículo sacar a colación la “inseminación de nubes” que supuestamente se está produciendo en Marruecos.

 

Si hay alguna responsabilidad humana en la gravedad del balance, probablemente se encuentre en la gestión de la emergencia. De hecho, las imágenes de la televisión y las redes sociales dan la clara impresión de ciudadanos sorprendidos, abrumados por las aguas mientras realizaban sus actividades cotidianas. No en vano, gran parte de la polémica se centra en el retraso con el que se comunicó la alerta meteorológica. Podríamos hablar de un caso flagrante de subestimación y superficialidad, más grave aún si se tiene en cuenta que los fenómenos extremos en esa zona son recurrentes. También hay quien señala que la situación se ha visto agravada por el auge de la construcción de finales de los 90 y principios de los 2000, que ha multiplicado la edificación de zonas verdes, incluso cerca de los ríos, dificultando la absorción del agua.

 

Pero también hay una responsabilidad que es cultural e ideológica. A estas alturas, pase lo que pase, la responsabilidad se atribuye al calentamiento global antropogénico. Además, la política está dominada por la histeria ecológica, lo que produce una serie de efectos secundarios nocivos. Mientras tanto, se abandonan los viejos principios de sabiduría que acompañaron el desarrollo de la humanidad: los fenómenos meteorológicos extremos son una realidad a la que el ser humano siempre ha intentado adaptarse. Tanto es así que allí donde ha habido desarrollo, las poblaciones se han vuelto menos vulnerables y, por tanto, el balance de vidas perdidas ha disminuido a pesar del aumento de población. Ciñéndonos a España, basta con ver este gráfico que muestra el número de víctimas de las inundaciones en España en los últimos 80 años.

 

Ya que hablamos de inundaciones, las obras de adaptación consisten en presas, diques, desvíos de cauces (como en el caso de Valencia después de 1957), cuencas de laminación, etc. Hoy en día, sin embargo, la ideología ecologista ha convencido a los políticos de que es mejor intentar cambiar el clima reduciendo las emisiones de CO2, dando por sentado que ésta es la causa de las catástrofes naturales. En la práctica, es como decidir dejar de gastar diez euros para comprar un paraguas y en su lugar gastar miles de euros en el vano empeño de detener la lluvia.

 

Una locura ideológica que, sin embargo, ya es una política establecida; y la opinión pública, aterrorizada por años de machacona propaganda, en nombre del clima acepta el desguace de coches, la devaluación de las viviendas, los costes desorbitados para adaptar las casas a la nueva normativa, las restricciones a la circulación, el aumento de los costes energéticos y otras muchas cosas sin pestañear. También forma parte de esta locura colectiva la ley europea de “Restauración de la Naturaleza” que, en nombre de la protección de la biodiversidad, impide terraplenes, presas y otras intervenciones que protegen a las personas de las inundaciones.

 

Un segundo efecto nefasto de esta ideología es el desplazamiento de la inversión desde la observación de la realidad y la vigilancia y protección del territorio hacia la construcción de modelos climáticos cada vez más sofisticados para predecir el clima futuro. Así, cada vez hay menos datos reales y más proyecciones estadísticas, lo que, por otra parte, es una paradoja porque las proyecciones sobre el futuro son más fiables cuando se tienen más datos reales. No se equivocan, por tanto, quienes se han preguntado estos días cómo es posible afirmar con tanta certeza cómo será el clima dentro de 50 años cuando no se puede predecir cómo será la tormenta dentro de dos horas.

 

Si pensamos por ejemplo en Italia, cuyo territorio de norte a sur se caracteriza por una grave inestabilidad hidrogeológica, ¿a dónde van a parar los muchos miles de millones de euros destinados a las políticas climáticas? Desde luego no a la protección del territorio, que en cambio se desfigura aún más con turbinas eólicas e interminables extensiones de instalaciones fotovoltaicas.

 

Y vinculado a esto hay un tercer factor, a saber, la descarga de responsabilidad por parte de políticos y administradores. Como demuestra el caso de Valencia, pero también lo que ha ocurrido en Italia (en Emilia Romagna por ejemplo) la responsabilidad de los administradores que no ponen en marcha proyectos ya aprobados hace décadas para evitar o limitar las inundaciones, que permiten edificaciones imprudentes, que penalizan la agricultura, es enorme. Pero como la culpa siempre es del calentamiento global antropogénico, se justifican con lo que están haciendo para incentivar la energía verde, frenar el tráfico de coches y otras cosas por el estilo. Y la culpa es del gobierno o de las empresas que no hacen lo suficiente para reducir las emisiones de CO2.

 

Así que no nos sorprendamos si a partir de ahora vemos una inversión de la tendencia a la baja en el número de víctimas de catástrofes naturales: no es el cambio climático, sino el cambio antropológico.

domingo, 28 de julio de 2024

LA OTRA CARA

 


 del intervencionismo ambientalista

 

Claudio Gianni

 

Infobae, 28 de julio de 2024

 

El cuidado del ambiente es una tarea vital, imprescindible, obligada. Pero otra cosa es aprovechar esta necesidad para complicarle la vida a la competencia que genera productos agrícolas con una eficiencia superior a la del mundo desarrollado. Por eso está muy cuestionada la disposición de la Unión Europea que prohíbe importar alimentos cuya producción contribuya supuestamente a la deforestación; la metodología pensada para alcanzar este objetivo ha despertado rechazo en buena parte del planeta.

 

Muchos productores tienen serias dificultades para cumplir estas exigencias. En casos como el de las pampas argentinas resulta ridículo, aquí no había arboles cuando el hombre empezó a cultivar y criar hacienda. Se obliga a pagar al vendedor una certificación que no tiene sentido.

 

Ahora la novedad es que los ganaderos europeos temen quedarse sin la soja necesaria para alimentar sus aves y cerdos, porque la medida comentada tiene impacto sobre la oferta de países que pueden ser ampliamente alcanzadas por esta limitación. Brasil es el principal proveedor del poroto, y la inflexibilidad de la medida plantea problemas organizativos para las plantas de fabricación de alimentos balanceados en el Viejo Continente, al tiempo que crea riesgos de interrupciones en el suministro y de aranceles más altos.

 

Los detalles de cómo se aplicará la norma aún no están claros, en particular de qué manera se certificará que la soja importada no contribuye a la deforestación, señala el sindicato francés de la industria de la nutrición animal. “La consecuencia es que “la mayoría de los importadores y proveedores han suspendido sus cotizaciones, mientras que sus clientes, los fabricantes de forrajes para animales, solo tienen información muy parcial e insuficiente sobre las cantidades disponibles”, apunta la organización.

 

Francia sigue importando más del 90% de la soja que consume para la alimentación animal, principalmente de Brasil, según una cooperativa agrícola. La misma preocupación empieza a recorrer las zonas agropecuarias de España, un gran productor de carne de cerdo.

 

Si no cumplen con las nuevas reglas, las empresas pueden ser sancionadas hasta con un 4% de su facturación o incluso se les puede prohibir el acceso al mercado, dicen desde la Federación de Productores de Semillas Oleaginosas y Proteínas de Francia. Por eso no quieren correr ningún riesgo.

 

El ambientalismo mal entendido fue objeto de rechazo por parte del ministro de Agricultura y Ganadería de Uruguay, Fernando Mattos, en el tercer Foro de Ministros de Agricultura China-CELAC. “No somos el problema que causa el cambio climático, somos las víctimas que debemos trabajar conjuntamente para que los grandes emisores tomen conciencia de cómo descarbonizar sus economías”.

 

América Latina es responsable de casi un tercio de la oferta global de alimentos y productos agropecuarios. “Las tendencias proteccionistas crecen de la mano de los aspectos geopolíticos y los problemas logísticos; las cuestiones ambientales se introducen como un nuevo factor de protección al comercio agrícola”, afirmó.

 

El ministro hizo un llamado a la complementariedad en la producción y en la lucha contra el cambio climático, y pidió enfrentar conjuntamente las tendencias proteccionistas en los foros internacionales. Destacó la importancia de evitar que las tareas impulsadas por factores ambientales, se convertirán en una excusa para dificultar el libre comercio.

 

“Nadie defiende más el tema del ambiente que los productores rurales de América Latina, quienes son grandes proveedores de alimentos al mundo y tienen una enorme incidencia en el negocio global”, expresó el funcionario. Subrayó asimismo que los países desarrollados deben asumir su responsabilidad en la descarbonización de sus economías y colaborar para mitigar los efectos del cambio climático, que impactan negativamente en el sector agropecuario.

 

Respecto de este tema, la Bolsa de Comercio de Rosario considera que entre los principales exportadores globales del Complejo Soja, la Argentina es la más expuesta a las regulaciones mencionadas. La Unión Europea (UE) es la principal importadora global de harina de soja, producto del cual Argentina es el primer exportador mundial.

 

Tanto en volumen como en valor exportado, la Argentina es el país que más orientado tiene su complejo soja al mercado de la UE. En este sentido, el 21% del volumen exportado de poroto, harina y aceite de soja en 2022 se embarcó con este destino.

 

Esta participación se encuentra por encima de los otros grandes exportadores del Complejo Soja del mundo. En este sentido, cerca del 15% del poroto, harina y aceite de soja exportados por Brasil van a la UE, una participación que desciende al 11% en el caso de Paraguay y al 7% para Estados Unidos.

 

Nuestra elevada participación en la demanda del bloque europeo se explica principalmente por las exportaciones nacionales de harina de soja. La Argentina responde por casi un tercio de las compras de este derivado por parte de la UE. El punto es que a partir de la nueva normativa, la geolocalización y la trazabilidad de la producción emergen como insumos esenciales para el acceso al mercado estratégico europeo.

 

La UE es además el principal destino de exportación del biodiesel argentino, producto actualmente excluido de las medidas europeas ligadas a la deforestación. No obstante, la norma dispone que no más allá de junio de 2025 se hará una revisión de impacto, prestando especial atención a la posible inclusión de biocarburantes.

sábado, 27 de abril de 2024

CAMBIO CLIMÁTICO


Los insultos del Papa son inadmisibles

 

Brújula cotidiana, 27_04_2024

 

 

Los insultos proferidos por el Papa Francisco no deberían sorprender demasiado a estas alturas: ya sea hacia ciertas categorías de católicos o hacia otras personas, por desgracia estamos acostumbrados a expresiones de desprecio que quedarían mal en boca de cualquiera, más aún en la boca de un Papa. Sin embargo, en algunas ocasiones es necesaria una aclaración, porque los juicios que expresa son peligrosamente equívocos: es el caso de la última entrevista en vídeo concedida a la televisión estadounidense CBS, en la que llama “necias” a “las personas que niegan el cambio climático”.

 

En realidad, el miércoles por la noche se han emitido solamente algunos fragmentos de la entrevista que fue grabada la semana pasada, acompañados de un reportaje que intenta contextualizar las opiniones del Papa. La entrevista completa de una hora de duración se emitirá el 19 de mayo en el programa “60 Minutes” de Norah O'Donnell, y constituye, a su manera, un acontecimiento histórico, ya que se trata de la primera entrevista cara a cara concedida por el Papa Francisco a una cadena de televisión estadounidense.

 

En el fragmento emitido (ver a partir del minuto 4'53"), Norah O'Donnell le pregunta al Papa: “¿Qué les dice a quienes niegan el cambio climático?”. El Papa Francisco responde: “Hay gente necia. Y es necia aunque les muestres investigaciones, no se las creen. ¿Por qué? Porque no entienden la situación o porque tienen sus propios intereses. Pero el cambio climático existe”.

 

La pregunta ya es una demostración de ignorancia e incultura, pero la respuesta es -por desgracia- aún peor. Por eso sería útil al menos resumir los verdaderos términos de la pregunta.

 

Para empezar, nadie niega el cambio climático porque el cambio climático es la norma; desde que se creó el mundo, el clima siempre ha cambiado, nunca ha habido “estabilidad climática”. Cualquiera con un mínimo de educación recuerda haber oído hablar de glaciaciones y periodos interglaciares, por ejemplo. Paradójicamente, son los catastrofistas climáticos los que nos quieren hacer creer que el clima tendría un equilibrio eterno si no fuera por las actividades humanas que han hecho saltar todo por los aires desde la revolución industrial. E incluso sobre el calentamiento global, es decir, un aumento de aproximadamente 1 °C en la temperatura media global desde aproximadamente 1870 hasta nuestros días, no hay esencialmente ninguna disputa.

 

En cambio, lo que se discute es la afirmación de que la actual fase de calentamiento no tiene precedentes, que es responsabilidad única (o casi única) de la humanidad, que las temperaturas tienden a subir de forma incontrolada y que todo ello tiene consecuencias catastróficas para el planeta y para nuestras vidas. En definitiva, hay quienes apoyan la existencia de una emergencia climática -y éste es el pensamiento que subyace a las políticas climáticas y a la urgencia con la que se está llevando a cabo la transición ecológica y energética- y hay quienes niegan que exista emergencia alguna en relación con el clima, y quienes advierten contra la inversión de miles de millones de dólares o de euros en medidas que en ningún caso cambiarían la evolución del clima, sino que, por el contrario, llevarían a cientos de millones de personas a la pobreza.

 

Evidentemente, el Papa Francisco está con los primeros y ha hecho suya plenamente no sólo la tesis de la emergencia climática, sino también el catastrofismo que la acompaña. Desde este punto de vista, la encíclica Laudato Si' (2015) y, peor aún, la exhortación apostólica Laudate Deum (2023) son la prueba de que el Pontífice podría recibir fácilmente un carné honorífico de WWF o Greenpeace. Es más, en Laudate Deum, núm. 58, el Papa Francisco también hace un guiño a los extremistas de la Última Generación, aquellos que, para ser precisos, bloquean el tráfico o destrozan obras de arte y otros lugares simbólicos: “En realidad -escribe Francisco- ocupan un vacío en el conjunto de la sociedad, que debería ejercer una sana presión, porque corresponde a cada familia pensar que está en juego el futuro de sus hijos”.

 

Así que a esto se refiere el Papa Francisco en su respuesta a Norah O'Donnell: los “necios” serían entonces los numerosos científicos y expertos, entre ellos varios premios Nobel, que niegan con datos en la mano las tesis catastrofistas y denuncian la instrumentalización de la ciencia con fines políticos.

 

No necesitan que les enseñen investigaciones, las hacen ellos mismos y llegan a resultados completamente distintos de los impuestos por el pensamiento dominante, incluida la Iglesia. Y es sencillamente ridículo que un Papa, sin competencia en la materia, les diga que “no entienden la situación” o incluso les insulte diciendo que la niegan porque están pensando en “sus propios intereses”: estamos hablando de personas que han dedicado su vida al estudio y a la investigación, que no necesitan lucirse para obtener beneficios de ello. Es más, ponen en riesgo su posición precisamente por creer en la verdadera ciencia en tiempos de ideologías totalizadoras.

 

Bastarían estas simples observaciones para aconsejar al Papa que evite juicios precipitados sobre las personas y que recuerde que -aunque no sea el Magisterio- en las entrevistas es importante saber de qué se habla. Y también que intente escuchar los argumentos de los científicos que niegan la existencia de una emergencia climática: seguro que aprendería algo.

 

Pero el verdadero problema es el que ya poníamos de relieve en el momento de Laudato Si', a saber, la elevación de una tesis científica -por su propia naturaleza sujeta a corrección o negación- a verdad de fe, que exige por tanto una acción moral inmediata. Hoy, cualquier verdad proclamada por la Iglesia desde hace dos mil años puede ser cuestionada, pero una tesis científica controvertida y discutida como el Calentamiento Global Antropogénico (es decir, provocado por el hombre) es una verdad absoluta; y la transición ecológica es un deber moral, so pena de ser insultado públicamente por el propio Papa.

 

Y aquí ya no se trata de opiniones divergentes o de incontinencia verbal, es la propia misión de la Iglesia la que se cuestiona.

miércoles, 7 de febrero de 2024

LA REBELIÓN AGRÍCOLA

 

 desenmascara a los flautistas de la utopía verde

 

Eugenio Capozzi

 

Brújula cotidiana, 07_02_2024

 

El sello inconfundible de toda ideología es su oposición frontal a la realidad concreta, su construcción de un mundo imaginario, abstracto y alienado en el que la sociedad se desmantela completamente y se reconstruye según un lúcido delirio pseudorreligioso y cientificista que pretende construir al “hombre nuevo”, inmune a defectos y conflictos, “forzado” a la felicidad. Una realidad artificial y alternativa que inevitablemente, cuando los partidarios de esa ideología obtienen el poder total e intentan realizarla, adopta la forma de una distopía: no es el paraíso, sino el infierno en la tierra. Una prisión, un manicomio y un lugar de tortura para las desdichadas sociedades condenadas a sufrirlo.

 

En cuanto a la ideología del ecologismo apocalíptico dominante hoy entre las élites intelectuales y políticas occidentales, y sobre todo europeas, su contraste con la realidad concreta salta plásticamente a nuestros ojos en estos mismos días con el gran levantamiento de los agricultores contra las políticas demenciales y ruinosas impuestas desde hace años por la UE a sus pueblos, basadas en  una supuesta emergencia climática y, más en general, ecológica.

 

Por un lado, la fatal presunción de rediseñar por completo la economía, la producción, el consumo y la vida cotidiana de cientos de millones de personas en deferencia a la idea dogmática de que, si no se hace, una catástrofe cósmica se cierne sobre toda la civilización humana, y si, por el contrario, los ciudadanos europeos obedecen, esta catástrofe se evitará. Pero por otro, la reacción de las sociedades concretas del continente, una reacción dictada por el instinto de supervivencia y el temor fundado a que esas políticas generen daños irreparables a su bienestar, a su autonomía, a su convivencia.

 

De momento, esta reacción, que desmiente de golpe la escenificación ideológica con la que se presentaba el riesgo de apocalipsis medioambiental como una prioridad absoluta, procede de las clases productivas de la industria agroalimentaria, las más castigadas por las medidas pseudoambientalistas de las clases dirigentes de la UE, lideradas por figuras inquietantes como el ex vicepresidente de la Comisión Frans Timmermans. Pero otros sectores de la producción ya se están movilizando (como los trabajadores y empresarios de Alemania y algunos otros países) y, sobre todo, la inmensa mayoría de los ciudadanos europeos ya están experimentando amargamente en su propia piel, de una forma u otra, las gravísimas consecuencias de esas medidas para sus intereses vitales: desde todas las empresas sometidas a costes insoportables debido a obtusos criterios de “sostenibilidad”, hasta los propietarios de viviendas amenazados por la pesadilla de renovaciones obligatorias innecesarias, caras y perjudiciales, pasando por los propietarios de vehículos de motor obligados a una costosa e imposible conversión a eléctricos, hasta todos los consumidores que ya se están dando cuenta amargamente de cómo las consecuencias de cada medida “verde” de la UE son la subida vertiginosa de los precios de todos los bienes esenciales, y la disminución de su calidad: el compendio más sintomático y absurdo es la presión para imponer la “carne” artificial, impulsada por los intereses de las grandes multinacionales no europeas.

 

Las próximas elecciones al Parlamento Europeo nos dirán hasta qué punto la frustración y el enfado de las sociedades podrán cambiar el equilibrio político continental ante esta deriva. Pero, más allá de ellas, la batalla entre la realidad y el delirio ideológico parece destinada a prolongarse durante mucho tiempo: al menos hasta que esa ideología sea contrarrestada por una cultura alternativa lo bastante fuerte como para derribar su hegemonía en el debate público.

 

Por otra parte, la alienación total de la realidad que mantiene unidas a todas las políticas “euro-verdes”, su distancia insalvable de cualquier racionalidad práctica y las implicaciones despóticas y distópicas de su aplicación son ya evidentes para cualquiera que no esté cegado por la narrativa del “flautista mágico” de Bruselas que conduce a sus pueblos al abismo.

 

De hecho, todas esas medidas convergen en uno de los proyectos más radicales del “hombre nuevo” jamás manifestados en la historia de las ideologías, presagiando resultados al menos tan catastróficos como aquellos a los que ya han abocado en el siglo XX. Intentemos “unir los puntos” del ideal de “sostenibilidad” al que pretenden referirse, y veamos cuál es el perfil del Homo Europaeus que aspiran a crear.

 

La población de la futura (o más bien inminente) “Europa sostenible” con “impacto cero” en las  temidas emisiones deseada por las actuales clases dirigentes de la Unión, vivirá en territorios donde la producción agrícola y ganadera, en homenaje a la “sostenibilidad” y la “restauración de la naturaleza”, será cada vez más escasa, con precios cada vez más altos y una dependencia creciente de la producción de otros continentes para su sustento; además, consumiendo bienes cuya cadena de producción es mucho menos controlable.

 

Vivirá utilizando únicamente energías renovables para cuya difusión se desnaturalizarán por completo la tierra y el paisaje (¡Nada que ver con “restaurar la naturaleza”!): energías que, sin hidrocarburos ni centrales nucleares, en cualquier caso sólo pueden cubrir un porcentaje minoritario de las necesidades de las sociedades industrializadas. Y así, o volverá a un estadio más primitivo de civilización o dependerá totalmente de la energía producida en otros lugares, de nuevo con costes enormemente incrementados.

 

Perderá casi por completo su industria manufacturera porque será incapaz de sobrevivir en estas condiciones, sumiéndose en un desempleo masivo crónico. No podrá viajar debido a los elevadísimos costes de la movilidad eléctrica privada y del transporte público.

 

En resumen, vivirá en una “burbuja” casi irreal en la que sólo una pequeña élite podrá mantener un nivel de vida satisfactorio (las clases dirigentes del empresariado digital y de la investigación científica puntera, y las vinculadas a la política) mientras que el resto de la sociedad quedará reducida a una masa informe de pobres en busca de subsidios, o emigrará a otros lugares, lo que acentuará aún más el declive demográfico y/o la despoblación. Mientras que el resto del mundo, libre de tales limitaciones asfixiantes, seguirá creciendo, hasta “colonizar” lo que quede del Viejo Continente.

 

La utopía “verde” se convertirá -en realidad lo está ya haciendo- en la distopía de una parte del mundo, hasta hace poco motor del desarrollo, que se suicida. Un desenlace que sólo podrá evitarse si las sociedades sometidas a este yugo dejan inmediatamente de seguir, hipnotizadas, a sus “flautistas de Hamelín”.