Mostrando entradas con la etiqueta Terrorismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Terrorismo. Mostrar todas las entradas

martes, 19 de mayo de 2026

CUANDO EL TIEMPO

  hace su trabajo

 

Por Gonzalo P. Miño

La Prensa, 18.05.2026

 

Hay que hacer todo lo posible, para acelerar al máximo los tiempos para demostrar que el único camino posible es retornar al estado de derecho.

¿Qué se puede escribir ya que no se haya escrito sobre el “mundo lesa”? ¿qué se puede decir que ya no se dijo sobre las groseras arbitrariedades jurídicas y judiciales que se vienen cometiendo desde hace casi 23 años?

 

¿Qué se puede decir de la desaprensiva actitud de una gran mayoría de los retirados que ya no se haya dicho o escrito, respecto al elegido “perfil bajo” que se traduce en el irritante “estoy en zona de riesgo camarada” o “…y, que se puede hacer…”?

 

Lamentablemente se ha naturalizado que estos juicios denominados “de lesa” corren por carriles separados al del debido proceso y del estado de derecho, que son “juicios especiales” donde la ley es lo que dicen los fiscales y los querellantes, agregando requisitos que la misma no tiene ni pide.

Encima, quienes vociferaron que venían a dar la batalla cultural, y que en campaña electoral exclamaron que “lo de los 30.000 era mentira” y “que en los 70 hubo una guerra donde se cometieron excesos”, pasaron rápidamente a sentenciar “no es parte de mi agenda”.

 

De anverso, como no podía ser de otra forma, “la orga” de los derechos humanos, a través de su ariete el Ministerio Publico Fiscal, no detiene su marcha, llegando incluso no solo a seguir abriendo causas mediante delirantes imputaciones sino que hasta le solicitan a los jueces que no apliquen los fallos de la Suprema Corte que le son adversos, como el fallo “Castillo” que le pone coto a las eternas prisiones preventivas.

 

LA TRISTE REALIDAD

 

La verdad, este tema del “mundo lesa” ha quedado reducido a una pequeña discusión entre esa “orga” de los derechos humanos y algunos retirados -los condenados y los pocos que los asisten-. A la sociedad no le importa el tema, ni le interesa ya, mientras que la casta política solo está preocupada en sus propios intereses, importándole poco y nada los destinos de la Nación. Es la triste realidad.

 

Y es que, como siempre decimos, nadie va a pelear una guerra que sus propios interesados no pelean. “El tiempo pasa y el pescado sin vender”, dice una coloquial frase muy usada en nuestro país.

 

Impensadamente, pues nadie lo tenía en la mira, ni de un lado ni del otro, el tiempo va haciendo su trabajo. Tras casi 23 años de tramitación de estos juicos, muchos jueces federales comienzan a manifestar su hastío de seguir con estas causas “in eternun”. Es evidente el mal humor de les causa hacer “largos juicios” contra imputados que ya han sido condenados dos o tres veces, escuchar los ya disparatados planteos de los fiscales y querellantes advirtiendo que, en realidad, estos procesos se transformaron en una verdadera “cacería de brujas”; mientras tienen que cumplir con la extensa carga laboral que impone el nuevo Código Federal Procesal.

 

23 AÑOS DE JUICIOS

 

Justamente tras estos 23 años de juicios, ya fueron condenados los generales, los Altos Mandos, los Jefes, incluso en reiteradas oportunidades, estando ya la mayoría fallecidos y los pocos que quedan vivos en condiciones de acceder a la libertad condicional por el excesivo tiempo que llevan detenidos, incluso en condena. Por ello los fiscales insisten una y otra vez en abrir nuevas causas, para impedir que ello suceda; a la par que comienzan a perseguir a quienes en ese momento eran tenientes, subtenientes o simples agentes de policía; incluso se lleva al absurdo de pretender llevar adelante estos juicios aunque el imputado este muerto solo para declarar su responsabilidad penal, aunque no se lo condene. Todo para seguir con lo que alguien alguna vez llamó “el curro de los derechos humanos”.

 

Los togados, que como ahora se dice “la ven”, se dan cuenta que la finalidad de todo esto no es otra cosa que perpetuar estos juicios y ya no están dispuestos a seguir siendo una mera escribanía de fiscales y querellantes.

 

La férrea e intransigente oposición de fiscales y querellantes a que se les restituya los haberes de retiro y la obra social a los dados de baja es la prueba que estos procesos penales no buscan Justicia, sino venganza.

 

“La sociedad hoy nos pide otra cosa”, ya se escucha decir desde muchos despachos judiciales.

 

DOS PROBLEMAS

 

Ante ello, hay dos problemas. Uno, que aún se mantiene en pie lo “políticamente correcto” tanto en los medios de comunicación como en la casta política, razón por la cual los fallos ajustados a derecho salen a “cuenta gota”.

 

El otro es que el tiempo es demasiado lento en su inexorable tarea y los “viejos” no tienen margen de maniobra para esperar que haga su despaciosa labor. “La orga” de los derechos humanos sabe esto y por ello a través de su brazo ejecutar, los fiscales militantes que “coparon” las Unidades Fiscales de Derechos Humanos, hace todo lo posible para retrasar al máximo este imparable proceso, apoyados por todavía demasiados jueces, militantes varios y timoratos otros.

 

SALIR DE LA PALESTRA

 

Ante este contexto, ya está visto que no va a llegar ninguna magnánima migaja misericordiosa de político alguno, están “en otra” como se dice. Por ello hay que hacer todo lo posible para tratar de acelerar al máximo estos tiempos. Como se dice hay que “salir a la palestra”, dejando de lado la pasividad, llenado las salas de audiencias de camaradas de los enjuiciados con banderas argentinas, colmado el lugar en donde se haga un acto o una conmoración alusiva, publicando solicitadas, “copando” las gradas del Congreso Nacional cuando sea necesario, desbordando de camaradas la sala de visita de las cárceles; para así demostrarle a la sociedad y por ende a quienes tienen en su manos el devenir de estos juicios, que el único camino posible es retomar el irrestricto respeto al estado de derecho.

 

Sobre todo, ante la espuria actitud del actual Ministro de Justicia de la Nación, que elevó los pliegos de decenas de nuevos jueces, muchos de ellos militantes de “justicia legitima” o afines al kirchnerismo, para que desde la Rosada se negocie sus nombramientos a cambio de conseguir los votos necesarios en el Congreso para lograr sancionar las leyes que solo al gobierno le interesa.

 

Como siempre decimos, se debe dejar bien claro que no se busca impunidad sino legalidad: y que el éxito no cae del cielo, se construye.

Sino se toma conciencia de ello y no se actúa en consecuencia, se conseguirá que “la orga” de los derechos humanos logre detener el tiempo y que el tedio y hartazgo de muchos jueces -que contagiará indefectiblemente a la enorme mayoría de ellos en lo que algún fiscal militante, con acertado recelo, llama “la rebelión de los mansos”- se transforme en un estoico continuar en piloto automático, que aunque a disgusto, los lleve a seguir dirigiendo sus acciones hacia el mismo rumbo trazado desde hace 23 años; aunque esporádicamente se cambie transitoriamente esa trayectoria.

miércoles, 6 de mayo de 2026

MUERTOS CIVILES


La Prensa, 04.05.2026

 

Señor Director:

 

El Jefe del Estado Mayor del Ejército acaba de disponer, mediante una simple resolución basada en hechos ocurridos hace 50 años, la baja de 34 oficiales del Ejército, condenados y presos en las causas denominadas de “lesa humanidad”.

 

Hay condenas que no figuran en sentencia alguna, pero que se imponen y ejecutan con una eficacia implacable. La baja de 34 militares -presentada como un acto administrativo más- encierra una forma de muerte jurídica: la conversión de personas en “muertos civiles”. El derecho civil enseña que la persona se define por ciertos atributos esenciales: nombre, capacidad, domicilio, estado civil, patrimonio y nacionalidad. No es una enumeración caprichosa; es la estructura misma de la personalidad jurídica. Quitar uno de esos pilares no es un detalle técnico: es despojar a alguien de una parte de su humanidad. Y no se trata aquí de una poda menor, sino de la inicua confiscación del patrimonio de personas que han hecho aportes durante 40, 50 o más años, dejándolas sin sustento en la etapa más vulnerable de sus vidas.

 

A la supresión del haber de retiro se añade, en muchos casos, la pérdida de los servicios de la obra social. Es decir, se los priva no sólo de los recursos para vivir, sino también del cuidado de su salud cuando más lo necesitan. La vejez, que debería ser tiempo de amparo, se convierte así en brutal condena a vivir a la intemperie.

 

Frente a esto, la solución institucional oscila entre la frialdad burocrática y una ironía difícil de digerir. Un abogado del IAF, ante el reclamo de un militar despojado de su retiro, sostuvo que éste “pretende vivir cómodamente en su hogar pudiendo hacerlo en el sistema carcelario”, sugiriendo incluso que “bien podría el actor volver al sistema carcelario”, en vez de insistir en su derecho. La respuesta no sólo es de una refinada crueldad, sino que revela una concepción en la que el castigo no tiene límite ni proporción, como si la pena nunca fuera suficiente y su finalidad la anulación total de la persona.

 

Esto, en verdad, no es derecho ni justicia. La ley 19.101, en su artículo 20, prevé consecuencias para el personal militar condenado, pero su aplicación no puede desentenderse de principios elementales: la razonabilidad de las sanciones, la protección de derechos adquiridos, la dignidad humana. Este artículo establece que “la baja se produce por… condena emanada de tribunales comunes o federales, a penas equivalentes a las que en el orden militar lleven como accesoria la destitución”. Pero esa equivalencia hoy es, sencillamente, inexistente. El Código de Justicia Militar fue derogado, y con él desapareció el parámetro normativo al que la ley remite. Se aplica así una consecuencia grave apoyándose en una referencia que ya no tiene contenido jurídico real. La norma se invoca, pero su presupuesto ha sido vaciado. Y en ese vacío, lo que debería ser derecho se convierte en discrecionalidad.

 

En este escenario el desempeño de los jueces resulta decisivo. Sin embargo, lejos de erigirse como un límite frente a estos excesos, demasiadas veces optan por la comodidad de convalidarlos. Y no se trata de pedirles que actúen con heroísmo, sino de algo elemental, esto es, la voluntad de aplicar el derecho sin temor ni oportunismo. Cuando eso falta, la ley deja de ser un refugio para convertirse en un instrumento de demolición.

 

La paradoja es evidente. En un extremo, personas que dedicaron su vida al cuidado y defensa de la nación, se ven privadas por el Estado de sus medios de subsistencia y de la cobertura de su salud. En el otro, quienes integraron organizaciones terroristas que atentaron contra esa misma nación, reciben indemnizaciones millonarias.

 

Ese mismo Estado es el que ahora los da de baja del Ejército, humillándolos hasta el extremo, además de dejarlos en la indigencia. Todo ello después de haberlos mantenido encarcelados durante años, víctimas del escandaloso prevaricato en que incurrieron a mansalva jueces cobardes y corruptos, ejecutores de una política de odio y venganza como no se ha visto en ningún país civilizado, para vergüenza de los argentinos.

 

ALBERTO SOLANET Y JUAN ANTONIO VERGARA DEL CARRIL

 

(Presidente y Secretario -respectivamente- de la Asociación de Abogados por la Justicia y la Concordia)

miércoles, 29 de abril de 2026

¡AY DE LOS JUECES


 que no hacen justicia!

 

La Prensa, 23.04.2026

 

Señor director:

La aritmética judicial parece regirse a menudo por reglas propias, esto es, no con fundamento en las matemáticas, sino en meras ocurrencias, cuando no en groseros exabruptos.

 

Esa aritmética se potenció a través de los años con el cuento chino de la Política de Estado de Derechos Humanos.

 

Un ejemplo emblemático de lo afirmado es el  caso del cabo Julio Narciso Flores, quien en 1976 había cumplido apenas 18 años. Ocho meses antes había egresado como cabo en Mantenimiento de Aeronaves. Carecía de poder decisorio alguno, no mandaba. Era tan sólo un cabo mecánico, un técnico, que prestó servicios para la Fuerza Aérea apenas tres años.

 

Su superior absoluto en la cadena de mando, el brigadier Agosti, procesado como autor de delitos de lesa humanidad, recibió en su momento una condena de cuatro años y seis meses. El cabo Flores, con la misma tipificación, fue condenado a veinticinco años de prisión efectiva. Y el Tribunal de San Martín, que lo condenó, le acaba de denegar por enésima vez la prisión domiciliaria.

 

En estructuras jerárquicas las decisiones no nacen en los niveles más bajos. Salvo en este caso, en el cual quien ocupaba un rol técnico y subalterno, aparece soportando el peso mayor. La figura de un “cabo mecánico”, con ínfima antigüedad y mínima capacidad de decisión, contrasta con la desmesurada sanción impuesta.

 

Queda claro que la negativa a concederle tan siquiera un paliativo -como sería la reclusión en su casa- dice a los gritos, en su abominable parquedad, que el Cabo Flores debe morir donde se encuentra, esto es, en la cárcel.

 

Estos jueces tan obscenos como prevaricadores confirman lo que tantas veces hemos dicho. Sus sentencias no son el resultado de un análisis jurídico, sino lisa y llanamente la imposición de una dogmática ideológica.

 

Tampoco es un hecho aislado. El Tribunal de San Martín ha dado muestras abundantes de su perseverancia para sentenciar contra legem. ¿Quién puede olvidar, acaso, cuándo condenó a quien tuvo a su cargo la recuperación del Regimiento de La Tablada, bajo la siniestra mirada, audiencia tras audiencia, de los terroristas que intentaron coparlo?

 

Estos dramas, que sufren brutalmente los acusados de “lesa humanidad” y sus familias, contrastan con la indiferencia generalizada de la sociedad, que disfruta de una libertad que no ganó.

 

Quizás la historia pondrá las cosas en su lugar y bautizará a estos jueces con el mote que merecen: mercaderes de la ley, sicarios de una política de odio y venganza, perjuros, impostores, traidores.

 

Desde estas líneas, apenas una voz entre muchas, se intenta sostener algo de esa pálida y frágil llama de justicia, con la esperanza de que no llegue el día en que ya no queden justos a quienes salvar ni razones para librar una y otra vez el buen combate.

 

Alberto Solanet

Presidente de la Asociación de Abogados por la Justicia y la Concordia.

miércoles, 25 de marzo de 2026

LA DICTADURA EN EL BANQUILLO


¿cuánta justicia hizo la democracia?

 

Letra P | Ailin Bullentini

19 de marzo de 2026

 

De este artículo, que consideramos no resulta objetivo en sus reflexiones, reproducimos los datos concretos de fuente oficial.

 

(...)

 

Desde la reapertura de las causas, el país acumula 361 sentencias, 1.231 personas condenadas y 250 absueltas por crímenes de lesa humanidad. Pese al desgaste del tiempo, el proceso sigue abierto: hay 11 juicios en curso y 282 causas en etapa de investigación.

 

Hace algunos días, la Procuraduría de Crímenes contra la Humanidad actualizó las cifras que describen, a grandes rasgos, la espesura del proceso de juzgamiento a los genocidas de la última dictadura cívico militar eclesiástica (sic) y su situación actual.

 

Los procesos desarrollados desde 2006 arrojan los siguientes números:

 

- 3.897 personas investigadas;

- 1231 condenados;

- 46% libres;

- 40% fallecidos;

- 12% con algún tipo de encierro;

- 1% prófugos;

- 504 detenidos;

- 90% con arresto domiciliario;

- 61 en servicios penitenciarios;

- 18 en la cárcel VIP de Campo de Mayo;

- 715 causas;

- 361 sentencias;

- 282 expedientes abiertos;

- 60 causas esperan fecha de juicio oral;

- 11 juicios en debate, que serían 12, pero el juicio contra dos exdirectivos de Ingenio La Fronterita, acusados del secuestro y las torturas impuestas a más de 60 trabajadores en el centro clandestino que funcionó dentro de la empresa desde 1975, fue suspendido.

(...)

 

 

 

 

martes, 24 de marzo de 2026

24 DE MARZO


 vivir para contarlo, con un sentido de verdad y justicia histórica

 

Claudia Peiró

Infobae, 24 Mar, 2026

 

A 50 años del Golpe, en algo siguen coincidiendo izquierda y derecha, guerrilla y militares: culpar de todo a Isabel Perón. El tiempo facilita esta operación. La distancia, el que muchos argentinos de hoy no hayan vivido la dictadura, habilita una simplificación de lo sucedido y un binarismo —hubo un bando bueno y un bando malo— que permite a muchos protagonistas o testigos impávidos de los hechos disimular sus responsabilidades.


La excepcionalidad de la represión, los horrores vividos de los que tantas víctimas han dado testimonio, no deben ser excusa para eludir otras responsabilidades en los hechos que llevaron al quiebre institucional. Los sobrevivientes de aquella experiencia tenemos antes que nada un compromiso con la verdad.


El 17 de mayo de 1976, poco después del golpe, el ejército allanó nuestra casa en Resistencia, Chaco, y me llevó detenida por mi militancia en la Unión de Estudiantes Secundarios. Mi padre, pastor protestante, apeló a sus colegas en Estados Unidos. Varios pastores le escribieron personalmente a Henry Kissinger, hombre fuerte de la gestión de Richard Nixon primero y luego de Gerald Ford.


En 2016, por una desclasificación del Departamento de Estado de los Estados Unidos supe que el 22 de noviembre de 1976 Kissinger, entonces Secretario de Estado, había enviado un telegrama a su embajada en Buenos Aires: “El Departamento ha recibido pedidos de información sobre el arresto de Claudia Inés Peiró (...) en Resistencia, Argentina, el 17 de mayo. En la primera semana, sus padres pudieron verla, pero desde entonces no han podido tener ningún contacto con ella. Ms. Peiró fue supuestamente transferida a la prisión de la Alcaidía el 2 de junio. No se conocen los cargos contra Ms. Peiró”.

Firmado: “Kissinger”.


Tal vez fue uno de los últimos telegramas que firmó, puesto que ya había otro presidente electo, James Carter, que debía asumir el 20 de enero de 1977.

El 21 de mayo de 1977 fui llevada desde la cárcel de Devoto a Ezeiza para dejar el país. Sólo pude regresar a Argentina cuando se levantó el estado de sitio, en octubre de 1983.

La singularidad de estos hechos, frutos de la Providencia y no de méritos personales, representó siempre para mí una responsabilidad.


Haber sobrevivido a esa hecatombe determina antes que nada deberes. Un deber de verdad en primer lugar. Y de homenaje, pero no de flores, lápidas, marchas y vestiduras rasgadas (“Deja que los muertos entierren a sus muertos”, le dijo Jesús a uno de sus discípulos), sino de trabajar para construir esa sociedad mejor, ese país más justo y soberano que sería el único homenaje real para el sacrificio de tantos compatriotas.


En la Argentina hay mucho de lo primero y poco de lo segundo. En las primeras décadas de este siglo hemos vivido el espejismo de que tenemos una política de derechos humanos cuando en realidad se trató de un uso del pasado con fines cortoplacistas. El país es más injusto y desigual que el de aquellos años, la unidad nacional es una quimera, el pasado doloroso es usado para las batallas presentes, como herramienta de una división de la que políticos sin imaginación ni patriotismo buscan sacar partido.


Y la supuesta verdad completa que hoy se quiere promover en realidad es revancha. Un negacionismo que se opone a otro.

Al negacionismo de la represión ilegal se suma el de los ataques de la guerrilla durante el gobierno constitucional


Porque hemos tenido, tenemos, negacionismo de ambos lados: muchos de los que se indignan ante el intento de unos de minimizar el drama de los secuestros, torturas, desapariciones y ejecuciones clandestinas son a su vez promotores de un discurso buenista que niega el hecho de que el grueso del accionar armado de la guerrilla —los atentados más espectaculares, asaltos a cuarteles y asesinatos a sangre fría de adversarios políticos— tuvo lugar en democracia, durante el período constitucional 1973-76, cuando las organizaciones armadas decidieron no deponer las armas y declararle la guerra al gobierno legal y legítimo, contribuyendo así al caos y la violencia que sirvieron de argumento al Golpe.


Niegan que el objetivo de esas organizaciones no era la democracia de partidos por la que hoy todos juran sino un socialismo autoritario a la cubana, idealizado en aquellos años, que se impondría además vía lucha armada, es decir, por la fuerza.

Por mucho que se hable de Memoria con mayúscula, el paso del tiempo, ha traído, al amparo de la conveniencia política, un olvido selectivo y una tremenda simplificación de los hechos; una simplificación que nubla la verdad.


Año a año, los mismos sectores que contribuyeron a la caída del gobierno constitucional —pasando a la clandestinidad y declarándole la guerra— se reúnen para condenar el golpe, sin mencionar a la presidente derrocada, lo que es signo de que, en 1976, todos ellos aprobaban su destitución. Hoy son republicanos, democráticos y derechohumanistas, pero en el pasado fueron tan golpistas como los que derrocaron al gobierno constitucional. Mientras que para éstos era la ocasión para imponer -a sangre y fuego- el orden en lo interno y la entrega económica en lo externo, para la izquierda armada era algo funcional a su estrategia de que “cuanto peor, mejor”. La presencia de un gobierno constitucional “confundía” a las masas y frenaba su necesaria radicalización. Finalmente, los políticos, de casi todo el arco, pensaban que los militares tomarían el poder para entregárselo a ellos, y se des-solidarizaron de la suerte de la gestión.


En su “Historia de la Confederación Argentina”, Adolfo Saldías habla de “la generación argentina” (post-rosista) que cediendo “naturalmente al sentimiento egoísta de toda sociedad que graves culpas tiene ante el porvenir y ante la historia, se escuda tras el culpable que presenta a la execración del presente”. Y agrega que la sociedad “necesita arrojar siempre sobre alguno la responsabilidad de sus faltas. Cuanto mayor es el remordimiento que experimente, mejor dispuesta se encuentra a buscar el culpable que por ella haga penitencia; y cuando le ha castigado bastante, se acuerda el perdón a sí misma y se congratula de su inocencia”.


Es la mejor definición que he leído de cómo ha procesado la Argentina esos años. Hoy vemos a represores y guerrilleros esconderse tras las faldas de Isabel y congratularse por su supuesta inocencia. Mario Eduardo Firmenich —jefe de una organización que le declaró la guerra al gobierno— se presentó a testificar contra la viuda de Perón en el año 2004, ante un tribunal español.


Eso explica la urticaria con la cual de ambos lados recibieron el gesto de Victoria Villarruel de visitar a Isabel Perón en Madrid y luego sus palabras al inaugurar un busto de la ex Presidente en el Senado, referidas a “aquellas personas que dejaron a una mujer cuyo apellido es Perón, a merced del terrorismo al que combatió, del gobierno de facto que la encarceló y finalmente de una clase política que la desterró”.

El gesto conciliador de Villarruel hacia la presidente derrocada en 1976 —doblemente significativo por venir de alguien que no es de su entorno sino lo opuesto— incomodó, porque vino a desmontar el relato de corrientes supuestamente antagónicas pero que coinciden en eximirse de culpas pasadas mediante el cómodo recurso de “buscar el culpable que por ellos haga penitencia”.

Las acusaciones contra Isabel se repitieron en espejo de izquierda a derecha. Con la misma desmesura. “Plantó el terrorismo de Estado en la Argentina”; “es responsable del baño de sangre que vivió el país en los años 70″; “no estaba capacitada para gobernar”; “su gobierno fue caótico”; “la economía se descontroló”; etcétera, etcétera.

¿Isabel Perón era una presidente débil al punto que todos justificaban su derrocamiento, o era tan poderosa como para culparla de absolutamente todo lo que ocurría? Cabe la pregunta porque ambos argumentos están en boca de los mismos voceros.


Algunos empiezan tímidamente a admitir que soportó con dignidad su suerte. Que rechazó salidas que le hubieran ahorrado años de cárcel. Isabel obligó a los militares a derrocarla, para que quedara claro que se colocaban en la ilegalidad, que su gesto no tenía la menor legitimidad.

A diferencia de muchos —y muchas— que se victimizan por todo y por nada, ella nunca se lamentó por su suerte. Hubo quien criticó que el Congreso, en 1984, en tiempos de Raúl Alfonsín, haya sancionado una ley que declaró inválidos los juicios que sufrió durante el Proceso. Con tal de criticar a Isabel, son capaces de darle la derecha a la dictadura.


Para esta maniobra colectiva de congratulación de inocencia se busca asimilar a Isabel Perón con la represión ilegal y con un gobierno de facto que la secuestró en la madrugada del golpe y la mantuvo presa durante cinco años.


Los seguidores de Alfonsín deberían recordar que “el padre de la democracia”, como gustan llamarlo, así lo reconoció cuando promovió la Ley 23062 de “reparación histórica” que quitó “validez jurídica” al “juzgamiento o la imposición de sanciones a los integrantes de los poderes constitucionales” por parte del gobierno de facto.

Los “demócratas” de hoy, en cambio, avalan el juicio de la dictadura sobre Isabel.


Si su gestión fue la precuela de la represión ilegal, como pretenden algunos, si ella instauró el terrorismo de Estado, ¿para qué derrocarla? ¿Por qué mantenerla presa luego durante el mayor período de encarcelamiento de un presidente en toda la historia? El gobierno de Isabel fue un desastre y no tenía apoyo popular, afirman. Pero la realidad es que los militares dieron el golpe porque sabían que el peronismo ganaría las elecciones cuya fecha había sido adelantada por Isabel para septiembre de ese año.


En el libro Disposición Final, Ceferino Reato transcribe la explicación de Jorge Rafael Videla sobre el motivo del calvario de Isabel: “La Señora llevaba el apellido de Perón y estando libre podía movilizar voluntades políticas y gremiales contra el gobierno militar. Por eso permaneció presa e incomunicada durante seis años”.

En 2007, llevando al paroxismo esta maniobra de escudarse tras un culpable, el kirchnerismo habilitó una nueva persecución contra la viuda de Perón, pidiendo a España su extradición. “En aquel momento, el propio fiscal Julio Strassera calificó de mamarracho jurídico a las causas contra Isabel promovidas por los jueces Norberto Oyarbide y Raúl Acosta por su supuesta responsabilidad en delitos de lesa humanidad”, decía Diego Mazzieri, biógrafo de Isabel Perón, en una entrevista con Infobae.


Es francamente desalentador ver que tantos testigos de aquellos tiempos se hacen los distraídos respecto de la época en la que le tocó gobernar a Isabel Perón. Cuando con soberbia injustificada afirman que ella no estaba capacitada para gobernar, olvidan ese contexto y, sobre todo, la defección de muchos de sus colaboradores y la traición de otros tantos. El golpe de Estado se empezó a gestar prácticamente el mismo día que Isabel asumió. Las fuerzas armadas de entonces eran un poder en sí mismas, además de actuar en un contexto geopolítico que legitimaba el recurso al golpe y a los gobiernos de facto. Un poder reforzado por el reconocimiento de tantos políticos que buscaban un palenque uniformado en el cual rascarse.


“La Triple A funcionó desde los servicios de las Fuerzas Armadas y fue una cosa ajena a las estructuras partidarias oficiales del gobierno”, afirmó en su momento Antonio Cafiero.

Isabel Perón, en cambio, ha optado por no defenderse. Muchos pretenden desconocer que callar suele exigir más templanza que replicar. Más aun considerando que ni siquiera los dirigentes de su mismo movimiento la defienden.

“Las Fuerzas Armadas eran los autores de la llamada Triple A”, afirma Mazzieri que cita al ex montonero Gonzalo Chávez: “José López Rega nunca fue el máximo jefe de la Triple A”; para él, esa organización “siempre estuvo bajo el control operacional de los servicios de inteligencia de las Fuerzas Armadas”.


Otro hecho no menor que se suele omitir malintencionadamente es que, a la muerte de Juan Domingo Perón, el 1° de julio de 1974, María Estela Martínez presentó la renuncia con la idea de ceder a otra persona la responsabilidad del gobierno. Se la rechazaron los miembros del gabinete, las Fuerzas Armadas y los principales referentes de la oposición con el radical Ricardo Balbín a la cabeza.

Pero apenas juró como primera mandataria, desde todos los sectores se lanzaron al asalto de su gobierno. Hoy esos mismos sostienen que ella no estaba preparada para gobernar. ¿Quién lo hubiera estado, además, con atentados a diario, con la defección de muchos colaboradores y un ataque en regla desde el interior mismo del movimiento: los Montoneros, el llamado Grupo de Trabajo, los empresarios y algunos sindicatos cuya consigna era “romper el Pacto Social”?


Del mismo modo que convergen hoy en cuestionar a Isabel, coincidían entonces ultraderecha y ultraizquierda en sabotear al gobierno constitucional. Se puede conceder que no imaginaban en aquel tiempo la dimensión que tomaría la represión, pero es inadmisible que persistan hoy en ese relato.


En El mito del eterno fracaso (1985) José Pablo Feinmann, filósofo de culto del kirchnerismo, escribió: “El gobierno no fue feliz. Hubo desaciertos (…). No obstante, estorbaba. Era la Presidente Constitucional de los argentinos. Durante sus dos últimos meses de gobierno casi no cometió errores. Por eso la echaron. Acababa de convocar a elecciones. Le cedía espacio a los partidos opositores. Dialogaba con ellos. Comenzaba lentamente a ser Isabel Martínez de Perón. No le dieron tiempo. La voltearon –y la ultraizquierda ayudó mucho en la tarea (...) Se la llevaron en un helicóptero. La sometieron a largos años de cárcel que sobrellevó con dignidad. Una vez libre, se llevó del cautiverio el silencio y lo transformó en su herramienta política”.


¿Y las feministas? Para Isabel Perón, sororidad cero. Ni una palabra sobre los ataques contra la primera mujer presidente de la Argentina y del mundo.

En 2019, algunas diputadas, muy empoderadas ellas, reformaron la ley de Protección Integral a las Mujeres para ampliar la definición de violencia incluyendo la violencia política, definida como “la que se dirige a menoscabar, anular, impedir, obstaculizar o restringir la participación política de la mujer…” etc. etc.


El despropósito es total. Este artículo solo sirve para que cada vez que tienen un cruce con algún colega varón lo acusen de machista, como hacía constantemente una feminista que llegó a la vicepresidencia de la Cámara. Las mujeres, ¿somos fuertes o débiles? En todo caso, éstas degradan al género.

Si aludí al comienzo a la gestión de Kissinger es porque los análisis sobre el golpe no incorporan nunca la geopolítica mundial.


Se trata sin dudas de un personaje muy controvertido, de una inteligencia reconocida por todos, con prescindencia de sus propósitos de poder y el rol que jugó en estrategias que con frecuencia se tradujeron en inmenso sufrimiento para los pueblos.

Pero en ese momento, su país giraba hacia una política —la de James Carter— de promoción de los derechos humanos en el mundo, y él jugó el juego.


El ideologismo atenta frecuentemente contra la objetividad. Todo el bloque soviético —incluido Fidel Castro, líder del régimen que la guerrilla argentina tenía como modelo— respaldó la dictadura de Videla y negó rotundamente, en todas las tribunas internacionales posibles, que en la Argentina se estuvieran violando los derechos humanos. Ya que la palabra está de moda: un negacionismo en toda la regla. Un negacionismo que durante los años de más intensidad de la represión frenaba las denuncias de lo que estaba pasando en el país.


En mayo de 2023, Luis Moreno Ocampo lo dijo con todas las letras: “El Partido Comunista (argentino) apoyaba a Videla, porque ellos creían que Videla era el moderado”. Quería fundamentar que no había una motivación ideológica —más allá del discurso— en la Junta gobernante. “Justamente era un partido de izquierda, pero que apoyaba a la dictadura militar y encubría la represión”. Y recordó que, mientras proclamaban estar luchando contra el marxismo, en 1979, “los militares argentinos le dieron una Medalla [N. de la R: la Orden del Libertador San Martin, máxima condecoración que otorga Argentina] a un general soviético que se mandó un speech sobre el hombre marxista-leninista en el edificio Libertador”.

Estas contradicciones, o incongruencias, deberían ser motivo de reflexión para que los argentinos no volvamos a ser masa de maniobra de políticas ajenas a nuestros intereses, que son las que nos dividieron en el pasado al punto de querer dirimir nuestras diferencias a través de la violencia.

“No se sirve a la libertad manteniendo los odios del pasado”, decía también Adolfo Saldías en el libro citado.


El demonio que debemos erradicar no es solo el de la violencia, sino el del sectarismo, el del uso del pasado para minar el presente y el de la desunión nacional que es el verdadero cáncer que impide que la Argentina mire hacia adelante.

50 años han pasado y seguimos enfrascados en juicios. Algunos alucinan con que somos un ejemplo en el mundo. Pero ningún país sigue nuestros pasos. Pueblos que han sufrido traumas mucho mayores que el nuestro —regímenes de apartheid, genocidios, guerras civiles, guerras de exterminio— han cerrado sus heridas y promovido políticas de reconciliación.

 

Y lo han hecho en la comprensión de que la única reparación es construir una sociedad más armónica y justa, y consolidar las instituciones del país —en vez de degradarlas permanentemente— para permitir a la nación una inserción internacional lo más acorde posible con los intereses permanentes del país y no con la ideología o la ventaja de la facción de turno.