martes, 30 de noviembre de 2021

CUENCA AUSTRAL

 


 la nueva "Vaca Muerta" que entusiasma a Santa Cruz


Por Luciana Glezer

La Política on line, 30-11-21

 

 Si bien es cierto que Vaca Muerta atrae el interés de todos los proyectos de petroleros y gasíferos del país, la Cuenca del Golfo San Jorge le da pelea y se posiciona como otra gran reserva de hidrocarburos no convencionales.

 

Se trata precisamente es la formación Palermo Aike la que agita la idea de una nueva Vaca Muerta. Y las empresas avanzan en sus estudios para determinar su potencial. Si bien los proyectos se manejan con cautela para no alentar falsas expectativas hay varios estudios que reflejan el potencial productivo que podría sumarse desde el norte de Santa Cruz y sur de Chubut a la fenomenal reserva de la cuenca neuquina. Ambos yacimientos se tornan indispensables para asegurar el abastecimiento en la Argentina y habilitar cupos exportables para generar divisas.

 

La estimaciones de producción para el total de la cuenca está calculado en 6,5 billones de barriles

 

El primer informe que dió cuenta del potencial de la cuenca de San Jorge fue elaborado por el Advanced Resources International Inc para la Administración de Información de Energía de los Estados Unidos y su Departamento de Energía.

 

Dato no menor es la perforación por parte de YPF de un pozo exploratorio en busca de recursos no convencionales en la cuenca San Jorge. Se trata del primer pozo horizontal que la compañía coloca en la provincia patagónica. Está ubicado en el área Cañadón León-Meseta Espinosa

 

YPF avanza con la perforación del primer pozo horizontal

 

A la actividad de YPF se suma la primera fractura, realizada días atrás por Compañía General de Combustibles en la formación Palermo Aike. La firma pone un pie en la Cuenca Austral dentro de un plan de inversión global que la operadora proyectó en 450 millones de dólares.

 

La Cuenca Austral posee una superficie de aproximadamente 170.000 km para la explotación convencional  y offshore. Actualmente la producción de petróleo y gas proviene principalmente de reservorios convencionales, tales como areniscas con buenas propiedades petrofísicas.  La estimaciones de producción para el total de la cuenca está calculado en 6,5 billones de barriles provenientes de unos 150 campos en producción localizados en la región.

lunes, 29 de noviembre de 2021

¿QUÉ CARACTERÍSTICAS

 


debería tener la clase dirigente?


Por Francisco de Santibañes

 

Publicada en Infobae el 12 de junio de 2021

(Fuente: Foro Patriótico)

 

Sólo el surgimiento de una nueva camada de líderes formados nos permitirá enfrentar los desafíos que nos presenta un mundo en transformación.

 

Pensando en el mediano y largo plazo, pocos temas resultan tan importantes como la formación de nuestros futuros dirigentes. Estos tienen por delante la difícil tarea de liderar en una época de grandes cambios y representar en todo momento los intereses y valores de sus sociedades.

 

En este sentido, sería un error entender a la educación como la mera transmisión de conocimientos técnicos. Una buena formación -y en especial aquella dirigida a los futuros líderes- depende en gran medida de la enseñanza de la historia, la filosofía y la literatura. Este es el tipo de conocimiento que les permitirá comprender las complejidades de la naturaleza humana y de sus sociedades, y los límites que enfrentarán a lo largo de sus vidas. Aún más importante, los valores que adquieran durante su juventud les darán un sentido de dirección.

 

Vale la pena mencionar una anécdota. Henry Kissinger, que se destacó tanto en el plano académico como en el político, señala que recién comenzó a comprender la política y las relaciones internacionales cuando leyó -por recomendación de uno de sus profesores en la Universidad Harvard- algunas de las novelas de Fiódor Dostoievski. En efecto, los grandes pensadores y escritores son los que nos permiten salirnos de la inmediatez y hacernos las grandes preguntas.

 

Si bien formar a los futuros líderes siempre ha sido importante, lo es aún más hoy. Los desafíos que tenemos por delante son enormes. Estos van desde la aparición de innovaciones como la inteligencia artificial, que prometen transformar la economía, al enfrentamiento estratégico que tiene lugar entre China y Estados Unidos. Si bien es cierto que las oportunidades que tiene por delante la Argentina también son considerables, estas sólo podrán ser aprovechadas si contamos con una dirigencia preparada.

 

¿Qué características debería tener esta clase dirigente? Por lo pronto debería ser meritocrática, tolerante y abierta a todos los argentinos, independientemente de cual sea su origen social. Pero para que esto último ocurra será necesario brindarles una sólida formación a todos nuestros estudiantes. Si no la tienen, los privaremos de la posibilidad de desarrollar todas sus capacidades. El desafío, considerando que el 60% de nuestros niños es pobres, es considerable, pero el que enfrentaron exitosamente Domingo Sarmiento y otras generaciones de argentinos no fue menor al actual.

 

¿Qué hacer? Además de mejorar la educación primaria, debemos considerar la posibilidad de crear programas universitarios que transmitan conocimiento y valores a los estudiantes con mayor proyección. Esto por ejemplo es lo que hizo Charles De Gaulle una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial al establecer la Ecole Nationale d´Adminsitration (ENA). Esta es una institución a la que se entra por concurso nacional, que beca a sus alumnos y que ha formado a gran parte de la dirigencia francesa.

 

Al igual que ocurre con la dirigencia en general, las instituciones que deben prepararlas también corren el riesgo de encerrarse demasiado en sí mismas. De hacerlo, terminarán formando una elite distante de la población a la que deben representar. Esto de hecho es lo que parece haber sucedido en Francia, ya que el Presidente Emmanuel Macron ha anunciado, por presión popular, una profunda transformación de la ENA -escuela a la que él mismo asistió. Pero más allá del descontento que pueda existir actualmente con las clases dirigentes, y que también observamos en América Latina, debemos evitar caer en la tentación de sacrificar la búsqueda de la excelencia.

 

Otro peligro reside en las crecientes restricciones a la libertad de expresión que se observan en algunas casas de estudios de Occidente. Estas van desde la cultura de lo políticamente correcto -que tiende a marginar socialmente a aquellos que cuestionan las posiciones predominantes- hasta la “cancelación” -que directamente busca prohibir la difusión de ciertas ideas. La gravedad de este fenómeno es tal que han llevado al gobierno británico a impulsar legislación para preservar la libertad de expresión dentro de las universidades. Nuestros alumnos necesitan un ámbito de estudio y pensamiento que promueva la tolerancia y la libertad de opinión. Sólo así podrán alcanzar la excelencia.

 

Todas las naciones necesitan una dirigencia altamente capacitada. Sólo el surgimiento de una nueva camada de líderes formados -en todos los ámbitos- nos permitirá a los argentinos enfrentar los desafíos y oportunidades que nos presenta un mundo en transformación.

LA DUALIDAD

 

 desorden e injusticia


Por Amando de Miguel


Publicada en La Gaceta el 24 de noviembre de 2021

(Fuente: Foro Patriótico)

 

Mi amigo Gonzalo González Carrascal y yo hemos mantenido una larga entreparla, por videoconferencia, sobre el famoso apotegma de Goethe: “prefiero la injusticia al desorden”. En su versión auténtica, la dicotomía se modulaba de esta forma: “prefiero cometer una injusticia, antes de soportar el desorden”. Es decir, se contrapone un acto individual (ser injusto) a un resultado colectivo (padecer el desorden).

 

Resulta un tanto forzado tener que decidirnos por alguno de los dos valores como prioritario. En la realidad, pueden darse todo tipo de mezclas: situaciones, más o menos, injustas y estados de la sociedad, más o menos, desordenados. Lo presento por el polo negativo, que ese el más fácil de ver.

 

Conviene retener la definición clásica de justicia como “dar a cada uno lo suyo”. De igual modo, el concepto de desorden público equivale a que campee la violencia privada (la delincuencia) o la legítima del Estado, ambas de una forma desmedida.

 

Un orden perfecto sería el de un Estado totalitario en el que no se tolerara ninguna disidencia y se forzara a la población a ser obediente. Pero, esa situación, teóricamente idílica, dejaría de serlo al implicar tremendas injusticias.

 

La combinación de una extrema injusticia con un alto grado de desorden público da lugar al caos, un resultado revolucionario en su peor sentido. Para los antiguos griegos, el “caos” era el estado primigenio del universo, antes de ordenarse de manera armónica.

 

El desorden se desata cuando muchas personas recurren a la violencia. La causa de tal efecto reside en la naturaleza humana, propensa a la envidia (desear ser como el otro cercano y padecer por ello). El fratricidio de Caín es el paradigma.

 

La dicotomía de Goethe sería aún más intrigante si la formuláramos de esta manera: “prefiero sufrir la injusticia, antes de tener que soportar el desorden”. El problema está en que la justicia (o su negación) es una noción muy subjetiva, incluso, arbitraria. Para eliminar un poco tal ambigüedad, el Estado decide poner en manos de los jueces profesionales la determinación de quién tiene la razón en los litigios. Sin embargo, los magistrados pueden equivocarse y, lo que es peor, se enfrentan a la tentación de ser prevaricadores. Sea como sea, no queda claro cómo se define, prácticamente, la justicia. No es fácil suponer que el justiciable opine como el juez que lo condena.

 

Tampoco queda manifiesto cómo se distingue la violencia legítima (para entendernos, la de la policía) de la ilegítima (que puede ser delincuencia, para unos, y, para otros, protesta). En la actual sociedad española se vive un desiderátum oficial bastante utópico, al imaginar que la policía no debe hacer uso de la violencia disuasoria, por ejemplo, frente a la protesta callejera. Es un criterio un tanto angelical, como era el de los policías del Reino Unido de antaño, que no debían portar armas. El orden público con ausencia total de violencia, confiado en el civismo extremo de la ciudadanía, es una situación ideal, que no es de este mundo.

 

Queda una cuestión histórica sin resolver: cómo es que la sociedad española, hasta la guerra civil de 1936, fue extremadamente violenta. Precisamente, la guerra civil fue el ápice de tal tendencia secular. Durante el franquismo y la democracia subsiguiente, el grado de violencia privada (ocasionar daño físico al prójimo) ha sido mínimo, a pesar de que el público pueda no tener esa impresión. Bien es verdad que, junto a la escasa violencia, se produce un alto incumplimiento de otras muchas normas. Insisto: no encuentro explicación de todos esos contrastes.

¿QUÉ ES EL TROTSKISMO?

 


 ¿utopía virginal o experiencia probada y fracasada?


Por Claudia Peiró


Publicada en Infobae el 17 de noviembre de 2021

(Fuente: Foro Patriótico)

 

La izquierda trotskista -que en lo local subraya su condición de “tercera fuerza”- suele dar lecciones de pureza revolucionaria a los demás partidos “burgueses” desde la condición de proyecto hasta ahora nunca concretado. ¿Es realmente así?.

 

El trotskismo argentino -unificado desde 2011 en el Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT)- se vanagloria hoy de ser la tercera fuerza política del país. Es verdad que los números lo avalan, pero menos del 7% de los votos -6,16%-y una distancia casi sideral con la segunda fuerza -hoy el kirchnerismo con 33,87%- no justifican tanto optimismo, salvo que estén cómodos en el rol de fuerza testimonial.

 

Es cierto que han logrado unirse -toda una hazaña en una corriente que lleva la división en los genes-, que vienen creciendo sostenidamente, que tienen una inserción ruidosa en casi todos los movimientos de protesta social y una importante capacidad de movilización callejera. En concreto, una presencia importante en la vida pública y en el debate político de los últimos años; sin embargo, en la actualidad, más allá de los cuadros militantes, existe un alto desconocimiento de lo que es el trotskismo en el conjunto de su electorado.

 

“Anticapitalismo” es quizás la más dura de sus definiciones, aunque cuesta creer que alguien los tome en serio, por lo remota que es la posibilidad de que lleguen al gobierno y puedan acabar con el capitalismo como no se cansan de proclamar es su objetivo.

 

“Somos antiimperialistas, anticapitalistas, socialistas y luchamos por un gobierno de los trabajadores de ruptura con el capitalismo”, declara el FIT, que además se define como “una coalición de la izquierda clasista y socialista”, integrada por el Partido de Trabajadores Socialistas (PTS) el Partido Obrero (PO), la Izquierda Socialista (IS) y el Movimiento Socialista de los Trabajadores (MST).

 

El programa del FIT es tan utópico como lejana la posibilidad de tener que llevarlo a cabo. En resumen: “Plata para educación, salud y trabajo, no para el FMI; unificación y centralización del sistema de salud; estatización de todos los servicios públicos; aumento inmediato de salarios y jubilaciones; no a la megaminería y al uso indiscriminado de los agrotóxicos; que legisladores, funcionarios y jueces ganen lo mismo que un obrero especializado o una maestra; prohibición de despidos y suspensiones; 82% móvil y aumento del haber mínimo de los jubilados; eliminación del IVA de la canasta familiar; y reparto de las horas de trabajo entre ocupados y desocupados, sin afectar el salario”.

 

Esto lleva a pensar que el voto a la izquierda representó antes que nada un vehículo para expresar descontento hacia la coalición oficialista; algo análogo al castigo que, en el otro extremo del arco político, muchos electores propinaron a la oposición a través del voto a Javier Milei.

 

La aureola de inocencia con que aparece esta izquierda facilita un voto testimonial. Es virgen respecto del poder. No existe, en apariencia al menos, ningún modelo en el cual referenciar -para bien o para mal- al trotskismo. Ahora, ¿es tan así? Las ideas anticapitalistas de las diferentes vertientes de las fuerzas surgidas del gran enfrentamiento entre León Trotski y Josef Stalin ¿nunca se aplicaron?

 

Pese a sus muchas y continuas divisiones, es posible delimitar los ejes de una doctrina común en los distintos trotskismos.

 

En primer lugar, el trotskismo es una vertiente del marxismo leninismo. Comparte la interpretación leninista de las teorías de Marx, interpretación que Trotski contribuyó a formular.

 

Por empezar, el materialismo histórico: es la materialidad la que determina la conciencia. No son las ideas o la voluntad humana las que generan los cambios de la economía, sino al revés; los cambios económicos provocan los cambios de pensamiento, de conciencia. Por lo tanto, el socialismo, la propiedad colectiva de los medios de producción, será el resultado de la evolución de las leyes de la economía capitalista: la concentración industrial, que elimina la competencia; el empobrecimiento, que agudiza la lucha de clases; las inevitables crisis de superproducción y el consecuente desempleo; todo eso se irá agravando hasta desembocar en la crisis final del capitalismo.

 

La sociedad se divide en dos clases antagónicas: la burguesía capitalista y el proletariado obrero. La lucha de clases puede acelerar la evolución de esa sociedad capitalista. Cuando se produzca la crisis final, la clase obrera, organizada en un partido revolucionario, tomará el poder e instaurará una dictadura del proletariado para conducir la transición hacia la propiedad colectiva de los medios de producción.

 

A estos puntos básicos, Lenin y Trotski le sumaron otras tesis, que pueden resumirse así: la clase obrera por sí misma es incapaz de concebir y realizar el socialismo, su mayor nivel de conciencia es el sindicalismo, o sea, busca mejoras pero dentro del capitalismo. Por lo tanto, es necesario organizar una vanguardia esclarecida -marxista- de revolucionarios profesionales -el partido único de la clase obrera-, que lidere la revolución. Previamente, esa vanguardia, aunque no conduzca la totalidad del movimiento de masas, sí puede infiltrar la dirección de sus organizaciones, como los sindicatos (el famoso entrismo, la práctica que recomendó Lenin y que haría escuela en todo el mundo).

 

Hasta aquí, estalinistas y trotskistas coinciden.

 

Ahora bien, la Revolución Rusa no siguió las leyes marxistas. La Rusia de octubre de 1917, según la lógica del materialismo histórico, estaba lista para una revolución democrático burguesa, no para el socialismo. País de industrialización incipiente y mayormente campesino, su proletariado era muy minoritario, menos del 10 por ciento de la población. Y de hecho, en febrero de 1917, el zarismo cayó y fue sustituido por un gobierno socialista moderado. Burgués. Pero Lenin y Trotski vieron la oportunidad de tomar el poder y no por la acción de un movimiento de masas sino de una facción -el partido bolchevique-. En concreto, la idealizada Revolución Rusa fue un golpe de Estado planeado y ejecutado por una minoría favorecida por las consecuencias de la guerra: el descontento de los soldados, la anarquía y la incapacidad del gobierno de Kerenski para mantener el orden.

 

Lenin y Trotski apostaron luego a una propagación del ejemplo revolucionario, convencidos de que el régimen bolchevique no podría sostenerse aislado. La Revolución rusa debía ser el primer paso de la Revolución Mundial y por eso Lenin creó la Internacional Comunista.

 

Fue cuando se hizo evidente que el impulso revolucionario se estaba agotando en Europa que se bifurcaron los caminos de Stalin y Trotski. Ambos creían que había que salvar la Revolución Rusa, pero diferían en el cómo. Stalin sostiene que todos los partidos comunistas del mundo deben subordinar sus acciones a los intereses de Moscú, a las “necesidades” de la Revolución, que cada vez más resultan ser los “intereses” de Stalin mismo, a medida que éste va concentrando el poder. Para preservarlo, practicará un realismo internacional que lo lleva a todo tipo de arreglos con los Estados capitalistas que la Internacional comunista debía derribar.

 

Consecuentemente, exige la subordinación total a sus designios, incluso la renuncia de los demás partidos comunistas a luchar por el poder en sus países, si ello comprometía los intereses y las alianzas soviéticas.

 

También Trotski creía que la Revolución Rusa debía ser preservada por encima de todo. Pero para ello la clave era la extensión del fuego revolucionario y no su extinción. Los partidos comunistas de todo el mundo debían sostener una lucha constante por la toma del poder. Aunque no lo lograran, esa agitación revolucionaria evitaría que los países capitalistas volcaran sus fuerzas contra la URSS. El socialismo no podría sostenerse en Rusia por mucho tiempo más si no se extendía la revolución: eso creía Trotski. La teoría estalinista del “socialismo en un solo país” era la causa de las desviaciones de la revolución rusa bajo la conducción de su enemigo mortal Josef Stalin.

 

El comunismo debía ser internacional, sí o sí. Y aquí se configura el otro rasgo de identidad del trotskismo. Para esta corriente, los sentimientos nacionales son secundarios. Incluso hay que combatirlos, porque son un obstáculo a la solidaridad internacional de los trabajadores, al clásico mandato marxista: “Trabajadores del mundo, ¡uníos!”

 

En la versión vernácula, pensemos en la polémica afirmación de la ahora diputada electa por el FIT en la ciudad de Buenos Aires, Myriam Bregman, de que el Himno Nacional no la representaba. Consecuentemente, al asumir por primera vez una banca como diputada nacional en 2015, lo hizo con una reafirmación de internacionalismo: “...porque nuestra lucha es por acabar con la barbarie capitalista en todo el mundo, ¡sí, juro!”.

 

LA REVOLUCIÓN PERMANENTE

 

Recostado en su experiencia en Rusia, Trotski postula la Revolución permanente: ésta puede hacerse incluso en los países que todavía no pasaron por la etapa democrático burguesa. Allí, independientemente de las condiciones objetivas, las vanguardias socialistas deben luchar por la toma del poder y establecer la dictadura del proletariado. El entrismo es la clave: los comunistas siempre son minoría, pero copando la dirección de las organizaciones de masas, su carácter de fuerza organizada y adoctrinada, disciplinada, les permitiría prevalecer en el seno del movimiento revolucionario.

 

En concreto, la tesis de la revolución permanente invierte el determinismo económico de Marx, al poner por encima de éste el voluntarismo, la voluntad política de una vanguardia.

 

La influencia de esta idea fue de largo alcance. Si hoy los trotskismos del mundo se presentan a elecciones y entran a los parlamentos, en los 60 y 70, esta tesis voluntarista llevó a muchos a perder de vista el análisis de la realidad y lanzar aventuras revolucionarias por la vía armada, experiencias que desembocaron en tragedia o dieron lugar a dictaduras de izquierda, tan duras como las de derecha.

 

Pasados ya estos fervores, actualmente los partidos trotskistas, aunque mantienen la retórica anticapitalista, se muestran como la expresión de un descontento social que de momento no sale de los cauces legales de expresión. El crecimiento de esta corriente se vio en parte impulsado por la decadencia de los partidos comunistas, acelerada tras la disolución de la Unión Soviética.

 

Actualmente, el trotskismo se presenta como un comunismo bueno, no autoritario, abierto a todos los movimientos de protesta actuales, del feminismo al ambientalismo, pasando por la globofobia, pero sin renunciar, al menos explícitamente, a los postulados más doctrinarios que le dieron origen.

 

¿Cómo concilian el anticapitalismo, que aseguran profesar radicalmente, con la participación en el sistema parlamentario burgués, fruto de ese sistema que aborrecen? De eso no se habla.

 

Para todas las vertientes del trotskismo, el estalinismo fue una desviación condenable; pero llamar “estalinismo” al “socialismo realmente existente” es una forma de dar a entender que eso no fue comunismo, un sistema que siguen reivindicando.

 

Existiría entonces una versión pura del comunismo que todavía no se hizo realidad en ningún país. Lo ocurrido en la Unión Soviética -la represión feroz, las hambrunas, los campos de reeducación, la censura permanente, la burocracia de Estado, la colectivización forzosa, la pesadez del aparato productivo- no tiene nada que ver con la dictadura del proletariado, la propiedad colectiva de los medios de producción, la vanguardia revolucionaria esclarecida que sabe lo que el pueblo necesita aunque éste no lo sepa, etcétera, etcétera.

 

En la versión edulcorada del trotskismo del tercer milenio, que se presenta como un adalid de la democracia, León Trotski, aunque no abjuran de él, es sustituido por la imagen que suponen más romántica del Che Guevara. Trotski era un enemigo declarado de la democracia representativa. La expresión de la voluntad popular debía ser sustituida por la voluntad de la vanguardia.

 

Pero además es difícil ocultar el rol de Trotski, previo a su caída en desgracia, en la configuración del régimen soviético y en muchos de los rasgos que hoy se califican de estalinistas. Primero, fue protagonista esencial en la toma del poder, luego en la organización del Ejército rojo, y enseguida, en la represión y el terror mediante el cual los bolcheviques se consolidaron en el poder. Represión contra campesinos y obreros. Trotski fue uno de los defensores de la Cheka, la terrible policía secreta del régimen. También promovió la militarización del trabajo, es decir, el encuadramiento forzoso de los obreros por el Estado a fin de garantizar la producción. Prohibió las huelgas y deportó o fusiló a los infractores.

 

De todos estos crímenes, nunca se mostró arrepentido. Más aun, teorizó sobre el uso de la violencia para acelerar los procesos revolucionarios. La violencia era necesaria para hacer avanzar la historia. Postulados que luego sirvieron de justificación a las guerrillas tanto urbanas como rurales en muchos países a lo largo y ancho del mundo y muy claramente en América Latina en los años 60 y 70.

 

La paradoja es que, la persecución implacable por parte de Stalin le dio a Trotski una aureola de víctima y blanqueó a su corriente de los crímenes iniciales. De este modo, muchos críticos del estalinismo, se hicieron trotskistas.

 

Como el trotskismo supuestamente nunca se realizó, siente que no tiene que dar explicaciones de cara a la historia. Difícilmente hoy alguien diga “en otro tiempo fui estalinista”; en cambio, admitir un pasado trotskista parece no afectar la reputación de nadie. “Somos muy ortodoxos en nuestras ideas, somos trostkistas, marxistas y no negamos ni un minuto de eso”, decía Myriam Bregman (Revista Anfibia, noviembre de 2016).

 

El trotskismo postula que Stalin fue el malo de la película. Trotski en cambio denunció la desviación de la revolución, la burocracia, la represión.

 

Los trotskistas se presentan como defensores de una versión pura del comunismo y, sobre todo, como los únicos que no transan con el capitalismo. Pese a sus reiterados fracasos, a su eterna condición de minoría, sienten que van en el sentido de la historia. Algún día ésta les dará la razón. Es una convicción a prueba de la realidad. No hay adversidad que les haga revisar esta concepción, reforzada ante cada crisis socioeconómica, en la que siempre ven los estertores del capitalismo.

 

“La pandemia lo expuso como nunca”, sentenció por ejemplo Bregman, en referencia al capitalismo. Y en la pagina del FIT, se afirma que los resultados obtenidos en la elección “expresan en Argentina la lucha contra los efectos de la crisis capitalista mundial detonada por la pandemia sobre la clase obrera y las masas explotadas”.

 

Para Myriam Bregman, “crisis climática y desigualdad social son obras del capitalismo, imposible combatirlas si no se cuestionan profundamente relaciones y modelos de producción”. Es otro rasgo del trotskismo; todo es atribuible al capitalismo cuya caída es objetivo y excusa al mismo tiempo: todos los reveses en las luchas se deben a que no se voltea el capitalismo. Si se fracasa, es por culpa de los reformistas burgueses, incapaces de profundizar los procesos.

 

“Lejos de aquellos reformistas que sostenían que, para ser exitosos electoralmente, había que rebajar el programa, el FIT plantea abiertamente un programa para expropiar a los expropiadores”, dice el frente. “La crisis capitalista mundial”, sostiene también, es la que “ha desnudado la impotencia y complicidad de los partidos centroizquierdistas y ‘nacionales y populares’, partidarios de frentes de colaboración de clases”.

 

Cristina Kirchner vendría a ser el Stalin del trotskismo argentino; más allá de algunas coincidencias en el pasado, hoy encarna la desviación de la revolución que será anticapitalista o no será.

 

Cada estallido social, cada masificación de un conflicto, reaviva esa convicción. “Estoy totalmente convencida de que hay que tirar abajo este sistema que no tiene para ofrecer más que miseria a las grandes mayorías”, dice Myriam Bregman en su presentación oficial.

 

En lo discursivo no renuncian al planteo anticapitalista y el comunismo sigue siendo su fin último. “El FIT-U no busca ganar una mayoría en el parlamento en coalición con partidos burgueses (...). El FIT-U lucha por un gobierno de las y los trabajadores en ruptura con el sistema capitalista-imperialista”.

 

Hoy muchos jóvenes en rebeldía con la sociedad encuentran en el trotskismo un espacio y cierta coherencia en la lucha, en la denuncia permanente de las injusticias, sin tener demasiada formación ni conciencia histórica del origen de ese movimiento.

 

Citando “un estudio norteamericano”, Myriam Bregman decía en septiembre pasado que “la mayoría de la juventud prefiere el socialismo al capitalismo”. “Aunque con ideas vagas -reconocía-, es una demostración de que este sistema ya no tiene nada bueno que ofrecerles a las nuevas generaciones”.

 

Hoy los trotskistas se postulan como abanderados de las luchas de los estudiantes, de las mujeres, de los colectivos LGTBI; son movimientos cuyo carácter anticapitalista sólo existe en el relato. Las reivindicaciones de las “diversidades” como se los llama hoy son casi promovidas por el sistema. Eso no los amilana.

 

“El marxismo es la única ideología que permite incorporar las luchas socioambientales, de la mujer y otras”, aseguraba Bregman, porque “al querer acabar con toda forma de explotación y opresión, empalmamos naturalmente con todas las causas anticapitalistas”.

 

Todo en la misma bolsa. El FIT enumera: “La oleada de luchas obreras en Estados Unidos, la huelga general en Corea del Sur, las huelgas en Italia, España, Francia y Alemania, el movimiento juvenil ambientalista que recorre el mundo o las rebeliones que han recorrido los Andes y el Caribe en América Latina, Medio Oriente y se van insinuando en todo el mundo”.

 

Ciertamente, los trotskistas han logrado una implantación sindical considerable. Pero hoy hablan de democracia directa, autogestión, movimientos sociales y ya no tanto de lucha de clases. La bandera roja también puede ser verde -de ambientalismo o de aborto- o arcoiris, en nombre de la diversidad sexual.

 

Lo que siempre queda en cierta nebulosa es la forma alternativa al capitalismo que proponen, porque la dictadura del proletariado y la colectivización de todos los medios de producción son experiencias de triste memoria en el mundo entero. La utopía trotskista también está manchada de sangre, aunque hoy se la presente como inofensiva.

sábado, 27 de noviembre de 2021

FALLO ESCANDALOSO

 

           

Grünberg y Obligado, por Justicia Legítima


por Ovidio Winter


Informador Público, 27-11-21

 

Estos dos magistrados que llegaron al Tribunal Oral 5 de la mano de la agrupación Camporista Justicia Legítima hoy, viernes 26 de noviembre de 2021 decidieron absolver a Cristina Kirchner y sus hijos en la causa “Hotesur y Los Sauces” sin haber esperado la cantidad de pruebas (que están en curso) para hacer una evaluación equilibrada y despejar dudas de parcialidad manifiesta en el fallo.

 

Sería tedioso repetir lo que hasta el cansancio lo que los medios expusieron con lujo de detalles sobre las irregularidades que provocó la familia K en las evidencias que existían entre las pruebas, como aquella que mostraba las groseras correcciones, echas con Liquid Paper, en los Libros Societarios. Hecho este denunciado por el ex contador Manzanares.

 

Uno de los más notorios integrantes de esta agrupación ha sido, sin dudas Julián Alvarez (que no es el 9 de River), en pasillos tribunalicios se comentaba que entraba pateando puertas en los despachos de sus señorías en sus frecuentes “visitas como secretario de Justicia de Julio Alak).

 

¿Tendremos los asombrados, y angustiados ciudadanos ante la “falta de una legítima justicia” la posibilidad de que exista alguna otra instancia o posibilidad de llegar en queja a la SCJN?

 

 

CÁTEDRA LIBRE

 

La Fundación 20 de Noviembre, con sede en Córdoba, presidida por el Magister Juan Manuel Lozita, ha creado una Cátedra Libre de Estudios Estratégicos, con las siguientes características:  

 

Fundamentación:

Contribuir al perfeccionamiento del Estado, como órgano de síntesis, planificación y conducción de la comunidad argentina, responsable de la soberanía, y cuya finalidad sea promover el bien común, con claros objetivos y comunes ideales, fiel reflejo de las aspiraciones de su pueblo y de sus tradiciones. En su actividad, la Cátedra difundirá y defenderá los principios de la cosmovisión cristiana y el interés nacional.

 

Actividades:

a   a) Contribuir a la elaboración y actualización permanente de un Proyecto Nacional, entendido como: un esquema concreto y coherente de principios, fines, políticas públicas y distribución de responsabilidades, conocido y consentido por la mayoría de la población.

b   b) Definir políticas públicas para cada área de gobierno.

c  c) Realizar investigaciones sobre todos los temas vinculados a la Defensa Nacional, y al conocimiento de la gesta de Malvinas.

d  d) Organizar conferencias, cursos, seminarios y jornadas, con el fin de transmitir conocimientos y debatir opiniones.

   e) Procurar la formación de dirigentes con sólida preparación doctrinaria e intelectual, aptos para actuar eficazmente en la vida pública argentina.

f) f) Colaborar en la solución de los problemas nacionales, mediante informes, propuestas y proyectos legislativos.

    g) Editar publicaciones que difundan los trabajos preparados por el Consejo Académico de Notables.

  h) Mantener relación con entidades que persigan objetivos similares.

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