lunes, 7 de febrero de 2011

PREFACIO DEL PAPA

al subsidio al Catecismo para la JMJ de Madrid

¡Queridos jovenes amigos! Hoy os aconsejo la lectura de un libro extraordinario.

Es extraordinario por su contenido pero también la forma en que se compuso, que yo deseo explicaros brevemente, para que se pueda comprender su particularidad. Youcat ha tomado su origen, por así decirlo, de otra obra que se remonta a los años 80. Era un periodo difícil tanto para la Iglesia como para la sociedad mundial, durante el cual se previó la necesidad de nuevas orientaciones para encontrar un camino hacia el futuro. Después del Concilio Vaticano II (1962-1965) y en el cambiado ambiente cultural, muchas personas ya no sabían correctamente qué debían creer propiamente los cristianos, qué enseñaba la Iglesia, si ésta podía enseñar algo tout court, y cómo todo esto se podía adaptar al nuevo clima cultural.

¿El Cristianismo en cuanto tal no está superado? ¿Se puede aún hoy razonablemente ser creyente? Estas son las preguntas que aún hoy muchos cristianos se plantean. El papa Juan Pablo II se resolvió entonces por una decisión audaz: decidió que los obispos de todo el mundo escribieran un libro con el que responder a estas preguntas.

Él me confió la tarea de coordinar el trabajo de los obispos y de velar para que de las contribuciones de los obispos naciese un libro – quiero decir un verdadero libro, y no una simple yuxtaposición de múltiples textos. Este libro debía llevar el título tradicional el Catecismo de la Iglesia Católica, y con todo ser algo absolutamente estimulante y nuevo; debía mostrar qué cree hoy la Iglesia católica y de qué modo se puede creer de forma razonable. Me quedé sustado ante esta tarea, y debo confesar que algo parecido pudiese llevarse a cabo. ¿Cómo podía suceder que autores que están desperdigados en todo el mundo pudiesen producir un libro legible?

¿Cómo podían hombres que viven en continentes diversos, y no solo desde el punto de vista geográfico, sino también intelectual y cultural, producir un texto dotado de una unidad interna y comprensible en todos los continentes?

A esto se añadía el hecho de que los obispos debían escribir no simplemente a título de autores individuales, sino en representación de sus hermanos y de sus Iglesias locales.

Debo confesar que también hoy me parece un milagro el hecho de que este proyecto al final se haya conseguido. Nos encontrábamos tres o cuatro veces al año durante una semana y discutíamos apasionadamente sobre cada una de las porciones de texto que mientras tanto se habían desarrollado.

En primer lugar hubo que definir la estructura del libro: debía ser sencilla, para que cada grupo de autores pudiese recibir una tarea clara y no tuviesen que forzar sus afirmaciones en un sistema complicado. Es la misma estructura que este libro; está tomada sencillamente de una experiencia catequética larga en siglos: qué creemos / de qué forma celebramos los misterios cristianos / de que modo tenemos la vida en Cristo / de que forma debemos rezar. No quiero ahora explicar cómo nos enfrentamos en la gran cantidad de preguntas, hasta que no resultó de allí un verdadero libro. En una obra de este género son muchos los puntos discutibles: todo lo que los hombres hacen es insuficiente y puede ser mejorado, y a pesar de ello se trata de un gran libro, un signo de unidad en la diversidad. A partir de muchas voces se pudo formar un coro pues teníamos la partitura común de la fe, que la Iglesia nos ha hecho llegar desde los apostoles, a través de los siglos, hasta hoy.

¿Por qué todo esto?

Ya entonces, en el tiempo de la redacción del CCC, tuvimos que constatar no sólo que los continentes y las culturas de sus pueblos son diferentes, sino también que dentro de cada sociedad existen “continentes” distintos: el obrero tiene una mentalidad distinta de la del campesino, y un físico distinta de la de un filólogo; un empresario distinta de la de un periodista, un joven distinta de la de un anciano. Por este motivo, en el lenguaje y en el pensamiento, tuvimos que ponernos por encima de todas estas diferencias, y por así decirlo, buscar un espacio común entre los diferentes universos mentales; con ello fuimos siendo cada vez más conscientes de que el texto requería “traducciones” en los diversos mundos, para poder llegar a las personas con sus diferentes mentalidades y problemáticas distintas. Desde entonces, en las Jornadas Mundiales de la Juventud (Roma, Toronto, Colonia, Sydney) se han encontrado de todo el mundo jóvenes que quieren creer, que están a la búsqueda de Dios, que aman a Cristo y desean caminos comunes. En este contesto nos preguntamos si no deberíamos intentar traducir el Catecismo de la Iglesia Católica a la lengua de los jóvenes y hacer penetrar sus palabras en su mundo. Naturalmente, también entre los jóvenes de hoy hay muchas diferencias; así, bajo la probada guía del arzobispo de Viena, Christoph Schönborn, se compuso un Youcat para los jóvenes. Espero que muchos jóvenes se dejen fascinar por este libro.

Algunas personas me dicen que el catecismo no interesa a la juventud de hoy; pero yo no creo en esta afirmación y estoy seguro de que tengo razón. Ésta no es tan superficial como se la acusa de ser; los jóvenes quieren saber en qué consiste de verdad la vida. Una novela criminal es irresistible porque nos implica en la suerte de otras personas, pero que podría ser también la nuestra; este libro es irresistible porque nos habla de nuestro propio destino y que por ello nos afecta de cerca a cada uno de nosotros.

Por este motivo os invito: ¡estudiad el Catecismo! Este es mi deseo de corazón.

Este subsidio al Catecismo no os adula. No ofrece soluciones fáciles, exige una vida nueva por vuestra parte; os presenta el mensaje del Evangelio como “la perla preciosa” (Mt 13,45) por la cual es necesario dar cualquier cosa. Por esto os pido: ¡estudiad el Catecismo con pasión y perseverancia!

¡Sacrificad vuestro tiempo por ello! Estudiadlo en el silencio de vuestra habitación, leedlo entre dos, si sois amigos formad grupos y redes de estudio, intercambiad ideas en Internet. ¡Continuad de todas las formas posibles el diálogo sobre vuestra fe!

Debéis conocer aquello que creéis; debéis conocer vuestra fe con la misma precisión con la que un especialista en informática conoce el sistema operativo de un ordenador; debéis conocerla como un músico conoce la pieza; sí, debés estar profundamente enraizados en la fe de las generaciones de vuestros padres, para poder resistir con fuerza y decisión en los desafíos y las tentaciones de este tiempo. Necesitáis la ayuda divina, si vuestra fe no quiere secarse como una gota de rocío al sol, si no queréis sucumbir a la tentación del consumismo, si no queréis que vuestro amor se ahogue en la pornografía, si no queréis traicionar a los débiles y a las víctimas de abusos y de violencia.

Si os dedicáis con pasión al estudio del catecismo, querría daros un último consejo: sabéis todos como ha sido herida la comunidad de los creyentes por los ataques del mal en los últimos tiempos, por la penetración del pecado en el interior, incluso en el corazón de la Iglesia. No uséis esto como pretexto para huir de la mirada de Dios, ¡vosotros mismos sois el cuerpo de Cristo, la Iglesia! Llevad el fuego intacto de vuestro amor en esta Iglesia cada vez que los hombres le han oscurecido el rostro. “Con solicitud incansable y fervor de espíritu, servid al Señor” (Rom 12,11)

Cuando Israel estaba en el punto más oscuro de su historia, Dios llamó, no a las personas importantes o consideradas, sino a un joven llamado Jeremías, el cual se sintió desbordado por una misión demasiado grande: “Yo respondí: ¡Ah, Señor! Mira que no sé hablar, porque soy demasiado joven”. (Jer 1,6). Pero Dios no se dejó engañar: “El Señor me dijo: No digas: Soy demasiado joven, porque tú irás adonde yo te envíe y dirás todo lo que yo te ordene” (Jer 1,7).

Os bendigo y rezo todos los días por vosotros.

Benedicto pp. XVI

CIUDAD DEL VATICANO, viernes 4 de febrero de 2011 (ZENIT.org






domingo, 6 de febrero de 2011

EN BUSCA DE UNA ÉTICA UNIVERSAL:

un nuevo modo de ver la ley natural


Editan el Documento de la Comisión Teológica Internacional con comentarios




“En busca de una ética universal: un nuevo modo de ver la ley natural” es el título de un documento de la Comisión Teológica Internacional (CTI), publicado el 12 de junio de 2009.

Sale ahora a la luz un libro en el que, además del texto del documento, y una introducción del secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe Luis Ladaria. Cuenta con siete comentarios elaborados por otros tantos profesores de la Universidad de Navarra, Pamplona, España.

Tomás Trigo, profesor de Teología Moral, editor del libro publicado por Eunsa, responde a algunas preguntas de ZENIT.

Como se sabe, en diciembre de 2008, la Comisión Teológica Internacional aprobó por unanimidad el documento “En busca de una ética universal: un nuevo modo de ver la ley natural”. Daba así por concluido un trabajo iniciado cuatro años antes, en octubre de 2004. El texto, redactado en francés, fue publicado en italiano en junio de 2009. En la página web del Vaticano puede encontrarse en ambos idiomas.

La recepción del documento no respondió a las expectativas. Juan Pablo II y Benedicto XVI hablaron varias veces de la importancia de este trabajo. En 2004, la Congregación para la Doctrina de la Fe dirigió una carta a diversos centros académicos del mundo, solicitando colaboración en el estudio de un “tema importante y urgente” para la Iglesia y la sociedad.

La respuesta fue la organización de congresos y simposios en los que teólogos y filósofos aportaron sus investigaciones en este campo.

A pesar de todo, el documento de la CTI solo fue objeto de breves comentarios en algunos medios de comunicación, y de muy pocos artículos en revistas especializadas.

Con el deseo de difundir el documento de la CTI, varios profesores de la Universidad de Navarra se han propuesto publicar, junto con la traducción del documento al español, algunos comentarios que ayuden a profundizar determinados aspectos de la ley natural.

Monseñor Luis F. Ladaria SJ, secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, firma la introducción, en la que se describe brevemente el iter del documento.

Antonio Aranda, profesor de Teología Dogmática, inicia los comentarios con su artículo Una “nueva mirada” teológica sobre la ley natural. Reflexiones en torno a un reciente documento de la Comisión Teológica Internacional.

Alejandro Vigo, profesor de Filosofía, comenta en su artículo Ley natural en perspectiva histórica e intercultural el primer capítulo del documento de la CTI.
Tomás Trigo, profesor de Teología Moral, reflexiona en su comentario Disposiciones morales de la persona y valoración de la acción concreta, sobre un tema tratado en el segundo capítulo del documento.

Ana Marta González, profesora de Filosofía Moral, en su artículo El fundamento de la ley natural, comenta el tercer capítulo del documento. Montserrat Herrero, profesora de Filosofía Política, en su colaboración La ley natural y la ciudad se centra en al capítulo cuarto del documento. Enrique Molina, profesor de Teología Moral, aborda en su estudio Cristo, norma del cristiano. Ley de Cristo y ley natural el último capítulo del Documento.

Mikel Gotzon Santamaría, que ejerció como profesor de Filosofía en Navarra y Roma, autor de la traducción del documento, propone Otra vuelta de tuerca en la comprensión del núcleo esencial del concepto de ley natural.

-¿Cuál es el objetivo de este trabajo?

Tomás Trigo: Intentamos, en primer lugar, contribuir a la difusión del documento de la CTI, que, después de casi dos años, sigue sin estar traducido oficialmente al castellano. Y, en segundo lugar, ofrecer unas reflexiones básicas sobre algunos aspectos importantes de la ley natural.

-¿Qué eco ha tenido este documento?

Tomás Trigo: Pienso que no se le ha dado, de momento, la importancia que merece. Es fruto de varios años de trabajo de la Comisión, de 2004 a 2009, por encargo del que entonces era su presidente, el cardenal Joseph Ratzinger, con la anuencia de Juan Pablo II, y de la colaboración de diversas instituciones académicas invitadas a ofrecer sus aportaciones. Es un texto que responde a una de las grandes inquietudes de la sociedad actual: la necesidad de encontrar una base ética válida para todos, que sea a la vez el soporte de los derechos humanos y la defensa contra los abusos de poder. Pero, a pesar de todo, no ha tenido el eco que cabía esperar. Y es una pena. Es un verdadero tesoro intelectual que está por descubrir.

-¿A qué lectores se dirige el libro?

Tomás Trigo: Está dirigido, sobre todo, a quienes deseen saber en qué consiste la ley natural. Este concepto, como sabe, ha sufrido muchas críticas, especialmente durante la segunda mitad del siglo pasado. Pero estoy convencido de que la mayor parte de ellas han sido consecuencia de una comprensión inadecuada del concepto.

En este sentido, el documento de la CTI es muy clarificador porque consigue explicarlo con un lenguaje sencillo –cosa nada fácil-, y, sin entrar en polémicas ya trasnochadas, aclara las confusiones que se han dado en algunos momentos sobre la ley moral natural.

-Una ética mundial. ¿No sería suficiente cumplir la Declaración universal de los derechos humanos?

Tomás Trigo: La Declaración universal de los derechos del hombre, como afirma el documento de la CTI, constituye uno de los éxitos más bellos de la historia moderna. El problema está en los fundamentos. Las “declaraciones” no sirven de nada si no se fundamentan en la verdad sobre lo que es bueno o malo para el ser humano.

Y desde hace tiempo muchos sectores de la cultura contemporánea han dejado de lado precisamente la cuestión de los fundamentos éticos del derecho y de la política, porque niegan que exista una verdad sobre el bien y el mal.

La consecuencia es que lo único que vale es la ley en vigor. Pero esto significa –y cito palabras del Documento- “abrir el camino a un uso arbitrario del poder, a la dictadura de la mayoría aritmética y a la manipulación ideológica, en detrimento del bien común”. Lo estamos comprobando todos los días.


PAMPLONA, viernes 4 de febrero de 2011 (ZENIT.org).-


POLÍTICOS DE LA UNIÓN EUROPEA


criticados por ser "religiosamente correctos”

El director de la sección inglesa de la asocia deplorado el fracaso del Consejo de Asuntos Exteriores de la Unión Europea a la hora de redactar una declaración que condenase la persecución religiosa y la violencia anticristiana.

El pasado lunes, un grupo de 27 ministros de exteriores se encontraron para discutir la intensificación de medidas en la promoción de la libertad religiosa. Otras instituciones europeas habían ya tomado resoluciones parecidas, pero debido al debate sin resolver sobre la inclusión de una referencia específica a la violencia anti-cristiana, los ministros no llegaron a un acuerdo en la declaración.

El director nacional de Reino Unido de Ayuda a la Iglesia Necesitada, Neville Kyrke-Smith, dijo que los políticos “necesitan admitir la realidad de la persecución que afrontan muchos cristianos en el mundo, hoy en día, y no tratar de eludir el asunto para ser 'religiosamente correctos”.

Kyrke-Smith habló de un periodo de seis meses en los que “ha crecido la violencia y la opresión utilizados contra los cristianos- como el arresto de unos 70 cristianos en Irán poco después de Navidad”. Continuó diciendo que el tema “debe ser abordado con seriedad”.

Catherine Ashton, Alta representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, rechazó usar la palabra “cristiano” en la declaración, alegando que no era políticamente correcto nombrar a un grupo religioso específico como víctima de los ataques

Kyrke-Smith dijo que este rechazo “se deriva de un falso liberalismo que socava la verdadera libertad”.

No están solos

Francia apoyó a Italia en la necesidad de incluir referencias específicas a las minorías religiosas, incluyendo a los grupos cristianos y musulmanes.

Ayuda a la Iglesia Necesitada agradeció la sugerencia se nombrar a otros grupos religiosos, aunque haciendo hincapié en “la gravedad de la situación a la que se enfrentan las comunidades cristianas”.

“En muchos países donde los cristianos están oprimidos, no están solos en su sufrimiento- en Iraq, por ejemplo los yezidis, y mandeos han sido atacados por extremistas en los últimos años” afirmó Kyrke-Smith.

“Pero como contó el archidiácono Emanuel Youkhana a Ayuda a la Iglesia Necesitada, los cristianos son el objetivo en la actualidad, y decir que los ataques recientes en los que más de 50 personas perdieron la vida, no están dirigidos a las comunidades cristianas es despreciar sus sufrimientos”.

LONDRES, viernes 4 de febrero de 2011 (ZENIT.org).-

PONENCIA

"Conciencia cristiana y cultura política en las enseñanzas de San Josemaría Escrivá de Balaguer"

Monseñor Ángel Rodríguez Luño, decano de la facultad de Teología de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma)
46 Jornadas de Cuestiones Pastorales, celebradas del 25 y 26--11 en Castelldaura.

1. La formación de la conciencia en materia social y política

Conviene aclarar inicialmente qué significado puede tener la expresión "cultura polí­tica" en las presentes reflexiones. En los escritos de San Josemaría Escrivá de Balaguer no se encuen­tran lo que comúnmente llamamos "ideas u opiniones políticas", es decir, consideraciones dirigidas a proponer o a sugerir una solución concreta a un determinado problema político, en concurrencia con otras soluciones posibles y legítimas para un ciudadano católico. En este sentido afirmó más de una vez: «Yo no hablo nunca de política»[1], y siempre se negó a intervenir en el juego de las opiniones que suelen determinar la adscripción de los ciudada­nos a un determinado partido político, a un sindicato, a un movimiento cultural, etc., con el propósito de contribuir noblemente a la configuración política del propio país. Nunca per­mitió que sus palabras o su actividad fuesen interpretadas en sentido político, ni quiso in­fluir en modo alguno sobre los demás en ese plano. Tampoco preguntó a nadie por sus pre­ferencias políticas. Más adelante quedarán claras las importantes razones a las que respon­de esta línea de conducta.

Los escritos de San Josemaría contienen, en cambio, abundantes enseñanzas acerca de la acción social y política de los ciudadanos, que se dirigen a exponer los puntos capita­les de la ética social y política, así como de la doctrina social de la Iglesia, en cuanto que tales enseñanzas forman parte «de los medios espirituales necesarios para vivir como bue­nos cristianos en medio del mundo»[2]. Se trata, escribía una vez, de enseñar a «com­portarse como buenos cristianos: conviviendo con todos, respetando la legítima libertad de todos y haciendo que este mundo nuestro sea más justo»[3]. Conviene precisar que la actividad de San Josemaría no tuvo como finalidad directa la consecución de objetivos concretos de justicia social y política. Sus enseñanzas constituyen más bien una apremiante llamada «a una plenitud de vida cristiana que, por verificarse en medio del mundo, connota constantemente frutos de transformación social, de instauración de la justicia, de fraternidad y de paz»[4]. Queda siempre bien claro que la llamada a la plenitud de vida cristiana trasciende las realizaciones en el plano social y político, que vienen a ser «como efectos que advienen a modo de redundancia o añadidura, respecto a la realidad central: la radical identificación con Cristo»[5].

El modo de armonizar la legítima libertad política de los ciudadanos con la forma­ción ético-social que constituye como el común denominador de la cultura política de los católicos, nos parece una nota muy característica de San Josemaría, cuya adecuada com­prensión requiere un breve esclarecimiento de las relaciones que existen entre la fe cristia­na y la política.

2. Fe y política

Las relaciones entre fe cristiana y política han de colocarse en un cuadro teológico fundamental[6]. Éste es, para San Josemaría, la llamada universal a la santidad, dinamismo profundo de la vida moral cristiana, que comporta una intensa concentración cristológi­ca. Cornelio Fabro, autor de uno de los mejores estudios teológicos sobre los escritos de San Josemaría, advierte en ellos la presencia constante y unificante de «una comprensión singularmente rica y coherente del misterio de Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre», que permite encontrar en la «Encarnación del Verbo el fundamento perennemente actual y operativo de la transformación cristiana del hombre y, a través del trabajo humano, de to­das las realidades creadas»[7]. La coexistencia armónica de la plenitud divina y humana en Cristo se convierte en paradigma de la armonía de lo sobrenatural y de lo humano en la existencia y actividades del cristiano. Glosando un pasaje de la Epístola a los Colosenses (1, 19-20), San Josemaría afirma: «Hablando con rigor, no se puede decir que haya realidades -buenas, nobles, y aun indiferentes- que sean exclusivamente profanas, una vez que el Verbo de Dios ha fijado su morada entre los hijos de los hombres, ha tenido hambre y sed, ha trabajado con sus manos, ha conocido la amistad y la obediencia, ha experimentado el do­lor y la muerte»[8]. No sólo no hay contraposición entre la vida de relación con Dios y el empeño por colaborar con los demás en la construcción del bien común, sino que este empeño se convierte en camino de unión con Dios, sea porque se trata de un deber cívico de todos los ciudadanos que en los cristianos queda asumido también por la caridad, sea porque los ciudadanos cristianos lo ejercen de acuerdo con su conciencia informada por los valores evangélicos, que de este modo producen resultados concretos en el ámbito social[9].

Si San Josemaría rechaza cualquier visión del cristianismo que no perciba «su rela­ción con las situaciones de la vida corriente, con la urgencia de atender a las necesidades de los demás y de esforzarse por remediar las injusticias»[10], rechaza con no menos fuerza cualquier planteamiento que olvide la trascendencia de la fe cristiana y de la misión de la Iglesia respecto a las diferentes síntesis político-culturales concretas presentes en el mundo a lo largo de la historia. Los fieles laicos están llamados a «santificar desde dentro todas las estructuras temporales, llevando allí el fermento de la Redención»[11], pero su cometido en la tierra, precisa San Josemaría, no se puede pensar como «el brotar de una corriente político-religiosa -sería una locura-, ni siquiera aunque tenga el buen propósito de infundir el es­píritu de Cristo en todas las actividades de los hombres»[12]. Identificar plenamente la fe cristiana con una concreta síntesis cultural o con un determinado proyecto político, por muy bueno que fuese, sería algo en sí mismo ajeno a la verdad enseñada por Cristo, y tarde o temprano causaría un gran mal a la Iglesia y a las almas.

La cuestión tiene otro importante aspecto que conviene considerar. San Josemaría te­nía una clara conciencia de que las actividades sociales y políticas no son simples enuncia­ciones de principios perennes, sino concretas realizaciones de bienes humanos y sociales en un contexto histórico, geográfico y cultural determinado, marcadas por una contingen­cia al menos parcialmente insuperable, que por otra parte es característica de todo lo prácti­co. Por eso, afirmaba que «nadie puede pretender en cuestiones temporales imponer dog­mas, que no existen. Ante un problema concreto, sea cual sea, la solución es: estudiarlo bien y, después, actuar en conciencia, con libertad personal y con responsabilidad también personal»[13]. Pero con esto no pretendía decir que todos los asuntos sociales son contingen­tes, ya que propagaba a los cuatro vientos, sin respetos humanos, las exigencias éticas uni­versalmente válidas. Su pensamiento queda claramente reflejado en estas palabras: «No me olvides que, en los asuntos humanos, también los otros pueden tener razón: ven la misma cuestión que tú, pero desde distinto punto de vista, con otra luz, con otra sombra, con otro contorno. -Sólo en la fe y en la moral hay un criterio indiscutible: el de nuestra Madre la Iglesia»[14].

Por esta razón, San Josemaría afirmó y defendió el derecho y el deber de la Jerarquía de la Iglesia de pronunciar juicios morales sobre asuntos temporales, cuando ello era exigi­do por la fe o la moral cristianas[15]. Es más, enseñó constantemente que los fieles tienen en­tonces la obligación moral de aceptar esos juicios doctrinales[16], e incorporó a sus enseñan­zas orales y escritas los contenidos fundamentales del magisterio pontificio y episcopal en materia social. Esta función del magisterio eclesiástico se refiere a los principios dogmáti­cos y morales, y a los hechos o proyectos que entran claramente en contradicción con ellos, pero no se extiende -salvo en alguna circunstancia de gravedad excepcional- a la elec­ción de una opción política determinada si existen varias que son perfectamente compati­bles con la conciencia cristiana.

De este modo queda claro que cuanto se dirá a continuación no mira a sugerir opcio­nes políticas concretas, sino a subrayar algunos principios de ética social y política que in­forman la conciencia cristiana.

3. Participación y solidaridad

La concentración cristológica antes mencionada determina la visión que San Josema­ría tiene de lo que significa para un cristiano estar en el mundo y vivir en el mundo o, con otras palabras, su concepción de la secularidad. Ésta se traduce en el imperativo de la res­ponsabilidad y de la participación: vivir en el mundo significa sentirse responsable de él, asumiéndose la tarea de participar en las actividades humanas -profesionales, cultura­les, sociales y políticas- para configurarlas de acuerdo con la justicia, la libertad y los de­más valores evangélicos. Y así escribe: «Como cristiano, tienes el deber de actuar, de no abste­nerte, de prestar tu propia colaboración para servir con lealtad, y con libertad perso­nal, al bien común»[17]. El trabajo en favor del bien común requiere empeño y generosidad, por lo que la pasividad, la pereza, el "dejar hacer", son tentaciones siempre al acecho ante las que un cristiano no debe ceder. «Los hijos de Dios, ciudadanos de la misma categoría que los otros, hemos de participar ‘sin miedo' en todas las actividades y organizaciones ho­nestas de los hombres, para que Cristo esté presente allí. Nuestro Señor nos pedirá cuenta estrecha si, por dejadez o como­didad, cada uno de nosotros, libremente, no procura inter­venir en las obras y en las decisiones humanas, de las que dependen el presente y el futuro de la socie­dad»[18].

Al hablar de participación, San Josemaría no se refería sólo a los ciudadanos, siem­pre pocos, que se dedican profesionalmente a la política, ni tampoco quería decir que con­venía dedicarse a ella, lo que no sería bueno para los que carecen de las aptitudes necesa­rias; pensaba simplemente en el ciudada­no que cumple sus deberes cívicos y ejercita sus derechos, y tanto en un caso como en el otro es co­herente con su concepción del mundo, del hombre y del bien común político, asociándose libremen­te con quienes -cristianos o no- comparten esas ideas y están dispuestos a realizarlas. En este sentido lamentaba que es frecuente «aun entre católicos que parecen responsables y piadosos, el error de pensar que sólo están obligados a cumplir sus deberes familiares y religiosos, y apenas quieren oír hablar de deberes cívicos»[19].

En realidad no se trata de un deber específico de los cristianos, sino de un deber ge­neral de todos los ciudadanos, que los cristianos deben santificar. Los sistemas políticos ac­tuales presuponen la participación de los ciudadanos, y sin ella no pueden funcionar ade­cuadamente. La expansión exagerada del aparato estatal, o el predominio de soluciones que no responden al sentir común, sino a la opinión de una minoría de activistas, se debe en buena parte «a la inhibición de los ciudadanos, a su pasividad para defender los derechos sagrados de la persona humana. Esta inactividad, que tiene su origen en la pereza mental y en la voluntad inerte, se da también en los ciudadanos católicos, que no acaban de ser conscientes de que hay otros pecados -y más graves- que los que se cometen contra el sexto precepto del Decálogo»[20].

Parte muy importante de la participación en la vida social y política es el trabajo de promoción social, la lucha contra la injusticia, la corrupción, la violencia y la falta de equi­dad en la distribución de los bienes económicos y culturales. «Se comprende muy bien la impaciencia, la angustia, los deseos in­quietos de quienes, con un alma naturalmente cristia­na, no se resignan ante la injusticia personal y social que puede crear el corazón humano. Tantos siglos de convivencia entre los hombres y, toda­vía, tanto odio, tanta destrucción, tanto fanatismo en los ojos que no quieren ver y en corazones que no quieren amar. Los bienes de la tierra, repartidos entre unos pocos; los bienes de la cultura, ence­rrados en ce­náculos. Y, fuera, hambre de pan y de sabiduría, vidas humanas que son santas, porque vie­nen de Dios, tratadas como simples cosas, como números de una estadística»[21]. San Jose­maría estimuló a muchas personas para que dedicasen su actividad profesional a tareas de promoción social de carácter educativo, sanitario, asistencial, etc.,[22] dando útiles sugeren­cias para que esas tareas se desarrollasen de modo eficaz, valorizando los recursos locales y la dignidad de cuantos se benefician de ellas.

4. Libertad, responsabilidad y pluralismo

El principio de libertad, junto con el de participación a que nos acabamos de referir, ocupa un lugar central en las enseñanzas de San Josemaría. Él ve la libertad como un bien humano y cristiano de la máxima importancia. «Repito y repetiré sin cesar que el Señor nos ha dado gratuitamente un gran regalo sobrenatural, la gracia divina; y otra maravillosa dádiva humana, la libertad personal, que exige de nosotros -para que no se corrompa, convirtiéndose en libertinaje- integridad, empeño eficaz en desenvolver nuestra conducta dentro de la ley divina, ‘porque donde está el Espíritu de Dios, allí hay libertad' (2 Cor III, 17). [...] Algunos de los que me escucháis me conocéis desde muchos años atrás. Podéis atestiguar que llevo toda mi vida predicando la libertad personal, con personal responsabi­lidad. La he buscado y la busco, por toda la tierra, como Diógenes buscaba un hombre. Y cada día la amo más, la amo sobre todas las cosas terrenas: es un tesoro que no apreciaremos nunca bastante»[23].

Amar la libertad implica necesariamente amar «el pluralismo que la libertad lleva consigo»[24]. Pluralismo no es sinónimo de conflicto o de tensión: «El hecho de que alguno piense de distin­ta manera que yo -especialmente cuando se trata de cosas que son objeto de la libertad de opinión- no justifica de ninguna manera una actitud de enemistad perso­nal, ni siquiera de frialdad o de indiferencia. Mi fe cristiana me dice que la caridad hay que vivirla con to­dos, también con los que no tienen la gracia de creer en Jesucristo»[25]. Un cris­tiano no considera al adversario político como un enemigo, no le odia ni le maltrata, le deja hablar, le escucha, y en ningún caso recurre a la difamación ni a la calumnia, así como tampoco utiliza cuestiones privadas irrelevantes para el bien común como un arma política.

San Josemaría ve siempre la libertad acompañada por la responsabilidad. En un texto que se ha hecho célebre por su claridad, afirmaba que a un ciudadano cristiano bien inten­cionado «jamás se le ocurre creer o decir que él baja del templo al mundo para representar a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos problemas [...]. Esto sería clericalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas. Tenéis que difundir por todas partes una verda­dera mentalidad laical, que ha de llevar a tres conclusiones: a ser lo suficientemente honra­dos, para pechar con la propia responsabilidad personal; a ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la fe, que proponen -en materias opinables- soluciones diversas a la que cada uno de nosotros sostiene; y a ser lo suficientemente católicos, para no servirse de nuestra Madre la Iglesia, mezclándola en banderías humanas»[26].

Esta última consideración, cuya sustancia ha sido recogida por el Código de Derecho Canónico del 1983[27], merecería un amplio comentario, que aquí no podemos hacer. Quizá alguien piense que ese modo de proceder llevaría a debilitar la presencia de los cristia­nos -y de los valores que para los cristianos son importantes- en la vida social y políti­ca. Pero en realidad sucede lo contrario. Querer imponer una única opinión sobre asuntos contingentes, llevaría a desunir a los cristianos en lo que, en cambio, es verdaderamente irrenunciable. «Así ocurre con frecuencia -escribía en una ocasión- que se ven católicos que sienten con mucha más fuerza la afinidad ideológica con otros hombres -aun enemi­gos de la Iglesia- que el mismo vínculo de la fe con sus her­manos católicos; y que, a la vez que disimulan las diferencias en lo esencial que les sepa­ran de personas de otras reli­giones, o sin religión ninguna, no saben aprovechar el denomi­nador común que tienen con los demás católicos, para convivir con ellos y no exasperar las posibles diferencias de opi­nión en lo contingente»[28].

5. Libertad y formación cristiana

El énfasis en el principio de libertad y de responsabilidad personales presupone en el ciudadano cristiano la preocupación de adquirir una sólida formación, de manera que su actividad constituya efectivamente una positiva contribución al recto orden de la vida social. San Josemaría sentía vivamente la necesidad de proporcionar a todos esa formación. «Os diré, a este propósito, cuál es mi gran deseo: querría que, en el catecismo de la doctrina cristiana para los niños, se enseñara claramente cuáles son estos puntos firmes, en los que no se puede ceder, al actuar de un modo o de otro en la vida pública; y que se afirmara, al mismo tiempo, el deber de actuar, de no abstenerse, de prestar la propia colaboración para servir con lealtad, y con libertad personal, al bien común. Es éste un gran deseo mío, porque veo que así los católicos aprenderían estas verdades desde niños, y sabrían practicarlas luego cuando fueran adultos»[29]. Ese deseo hoy se ha hecho realidad, pues el Catecismo de la Iglesia Católica y diversos catecismos nacionales conceden la debida atención a los temas sociales y políticos[30]. El problema es de capital importancia, porque de la adecuada formación de los fieles depende que su presencia en la vida pública dé como resultado la ordenación cristiana del mundo, y no la «secularización» de los cristianos.

Cuando se habla aquí de formación, no se entiende propiamente la comunicación de soluciones concretas prefabricadas e irreformables, cerradas al diálogo constructivo. Formar es más bien promover una sensibilidad hacia las exigencias del bien común, así como estimular un pensamiento que, a la luz de la fe, permita progresar en la comprensión de la realidad y del cambio social. San Josemaría Escrivá de Balaguer veía en esta formación una fuente y un motivo de solidaridad, es decir, de participación solidaria en la empresa colectiva de búsqueda de la verdad. «En este ayudarse los unos a los otros ocupa un puesto importante el contribuir a conocer, a descubrir, la verdad. Nuestra inteligencia es limitada, sólo podemos -con esfuerzo y dedicación- llegar quizá a distinguir una parcela de la realidad, pero son muchas las cosas que se nos escapan. Una manifestación más de la solidaridad entre los hombres es hacer comunes los conocimientos, participar a los otros las verdades, que hemos llegado a encontrar, hasta constituir así ese patrimonio común que se llama civilización, cultura»[31].

6. Verdad y caridad

En la vida social puede existir, además del pluralismo de opciones políticas, una di­versidad de creencias religiosas y de ideas morales: en un mismo Estado, en una misma ciudad, en el seno de una misma familia, frecuentemente conviven y colaboran personas que tienen creencias religiosas o morales diferentes de las que en conciencia consideramos verdaderas. Esta convivencia puede crear y crea de hecho ten­siones y problemas de varia naturaleza. La doctrina de la Iglesia Católica sobre el derecho a la libertad religiosa[32], sobre la cooperación al mal[33] o sobre el comportamiento ante las leyes injustas[34], por ejemplo, constituye un criterio de acción para algunas de las situaciones que pueden plantearse.

Los problemas históricamente ligados a las diferencias religiosas y morales, junto con factores de tipo ideológico, han originado la mentalidad, muy extendida en algunos ambientes, de que la convicción de que existe una verdad sobre el bien de la persona y de las comunidades humanas acaba traduciéndose en injustas relaciones de dominio o de vio­lencia entre los hombres. De esa idea, que ahora no nos detenemos a valorar, pueden surgir diversas actitudes: unos consideran que una cierta dosis de agnosticismo o de relativismo es un bien, o al menos un mal menor necesario para la convivencia democrática[35], por lo que piensan que de las verdades últimas es mejor no hablar en el ámbito público, llegando a veces a exigir, como condición para cualquier forma de diálogo, la disponibilidad del interlocutor a renunciar o, al menos, a poner entre paréntesis las convicciones constitutivas de la propia identidad; si alguien no está dispuesto a hacerlo, lo acusan de ser un mal ciudadano, un enemigo de la convivencia. Ante esta perspectiva, otros se cierran al diálogo, porque no quieren o no saben dar ciertas explicaciones, por miedo o porque se sienten sometidos a un chantaje moral, o bien entienden que el diálogo es un bien por el que vale la pena ceder, es decir, renunciar, al menos externa y tácticamente, a la propia identidad, aunque esta actitud implique una cierta doblez, poco leal tanto hacia las propias convicciones como hacia los mismos interlocutores.

Es éste un problema hacia el que San Josemaría demostró una sensibilidad muy deli­cada. Dos enseñanzas neotestamentarias están en la base de sus reflexiones: la advertencia del Señor de que no existe un verdadero dilema entre lo que se debe a Dios y lo que se debe al César[36], y la enseñanza de San Pablo de que la verdad ha de ser expuesta con cari­dad, sin herir[37]. Siguiendo esta enseñanza paulina, él no tenía dificultades para armonizar el derecho a mantener su propia identidad intelectual y espiritual y el deber de hablar sencillamente o de colaborar con quien tiene ideas diferentes. «Siempre suelo insistir, para que os quede bien clara esta idea, en que la doctrina de la Iglesia no es compatible con los errores que van contra la fe. Pero ¿no podemos ser amigos leales de quienes practiquen esos errores? Si te­nemos bien firme la conducta y la doctrina, ¿no podemos tirar con ellos del mismo carro, en tantos campos?»[38].

Sin duda pensaba que la colaboración con personas de diversas creencias podía ser en muchas ocasiones una oportunidad de difundir la verdad y de disipar prejuicios y ma­lentendidos. En todo caso, era imperativo mantener una línea de conducta evangélica; de ahí «la cristiana preocupación por hacer que desaparezca cualquier forma de intolerancia, de coacción y de violencia en el trato de unos hombres con otros. También en la acción apostólica -mejor: principalmente en la acción apostólica-, queremos que no haya ni el menor asomo de coacción. Dios quiere que se le sirva en libertad y, por tanto, no sería recto un apostolado que no respetase la libertad de las conciencias»[39].

Distinguió con extrema claridad la relación íntima de la conciencia personal con la verdad de la relación entre personas. La primera está presidida por el poder normativo de la verdad, porque nunca es honrado no ser coherente con lo que en conciencia se juzga verda­dero; la segunda, por la justicia y por las exigencias inalienables de la dignidad de la perso­na. Y por eso hablaba, pensando en la primera de esas dos relaciones, de la santa intransi­gencia, término con el que denominaba la coherencia, la sinceridad, a la que se opone la villanía, es decir, la actitud de quien estando convencido de que dos más dos son cuatro dice que son tres y medio por debilidad o por comodidad. Pero siempre añadía que la in­transigencia referida a un aserto doctrinal no es santa si no va unida a la transigencia ama­ble con la persona que sostiene una posición diversa de la nuestra y que consideramos erró­nea[40].

Su actitud en este punto era firme y clara, y no admitía excepciones. Consideraba la intolerancia una injusticia ante la que se debía reaccionar. «Por eso, cuando alguno intenta­ra maltratar a los equivocados, estad seguros de que sentiré el impulso interior de ponerme junto a ellos, para seguir por amor de Dios la suerte que ellos sigan»[41]. Supo vivir de modo práctico estas enseñanzas; ello es un hecho histórico, pues en 1950 obtuvo el permiso de la Santa Sede para que el Opus Dei admitiese como cooperadores a hombres y mujeres no ca­tólicos y no cristianos[42], y así se ha hecho desde entonces.

Todo esto hace ver, en definitiva, que amaba el diálogo abierto, leal y sincero. Creía en él como medio de cohesión social y como ocasión de entendimiento y de apostolado. Sin duda advertía que el bien común de la sociedad, y sobre todo de una sociedad compleja como la actual, exige relacionar adecuadamente un conjunto de instancias y puntos de vista diferentes, que no deben cerrarse en sí mismos ni obrar de modo puramente autoreferen­cial. Pero veía sobre todo que la condescendencia demostrada por Dios al querer que su Verbo eterno se hiciese también palabra humana, hacía del diálogo humano un criterio de conducta vinculante para la conciencia cristiana. ­

Los escritos de San Josemaría tratan también otros aspectos de la vida social (como son, por ejemplo, la opinión pública, la libertad de enseñanza, etc.), sobre los que ahora no podemos detenernos. Pensamos sin embargo que los temas tratados son suficientemente representativos de lo que era para él la cultura política propia de la conciencia cristiana.

BARCELONA, sábado, 5 de febrero de 2011 (ZENIT.org).-
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[1] San Josemaría Escrivá, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, 11ª ed., Rialp, Madrid 1976, n. 48; cfr. también Id., Es Cristo que pasa. Homilías, Rialp, Madrid 1973, n. 183.

[2] Conversaciones, cit., n. 27.

[3] Ibid., n. 27.

[4] A. De Fuenmayor - V. Gómez-Iglesias - J.L. Illanes, El itinerario jurídico del Opus Dei. Histo­ria y defensa de un carisma, Eunsa, Pamplona 1989, p. 59

[5] Ibidem.

[6] En estas páginas retomamos con abundantes modificaciones lo que ya tratamos en A. Rodríguez Luño, Cultura política y conciencia cristiana. Ensayos de ética política, Rialp, Madrid 2007, pp. 51-86. Sobre estos aspectos del mensaje de San Josemaría puede verse J.M. Pero-Sanz - J.M. Aubert - T. Gu­tiérrez Calzada, Acción social del cristiano. El beato Josemaría Escrivá y la Doctrina social de la Igle­sia, Palabra, Madrid 1996 (con amplia bibliografía).

[7] C. Fabro, La tempra di un padre della Chiesa, en C. Fabro - S. Garofalo - M. A. Raschini, Santi nel mondo. Studi sugli scritti del beato Josemaría Escrivá, Ares, Milano 1992, p. 115.

[8] Es Cristo que pasa, cit., n. 112.

[9] Cfr. Ibid., n. 125.

[10] Ibid., n. 98.

[11] Ibid., n. 183.

[12] Ibid., n. 183.

[13] Conversaciones, cit., n.77.

[14] San Josemaría Escrivá, Surco, Rialp, Madrid 1986, n. 275.

[15] Cfr. Conversaciones, cit., n. 11.

[16] Cfr. Ibid.,n. 29.

[17] San Josemaría Escrivá, Forja, 13ª ed., Rialp, Madrid 2003, n. 714.

[18] Ibid., 715; cfr. también nn. 717-718.

[19] Carta 9-I-1932, n. 46, citado en Cultura política y conciencia cristiana, cit., p. 76.

[20] Carta 9-I-1959, n. 40, citado en Cultura política y conciencia cristiana, cit., p. 77.

[21] Es Cristo que pasa, cit., n. 111.

[22] Cfr. por ejemplo las iniciativas mencionadas en Conversaciones, cit., n. 71.

[23] Es Cristo que pasa, cit., n. 184.

[24] Conversaciones, cit., n. 98.

[25] Ibidem.

[26] Ibid., n. 117.

[27] Código de Derecho Canónico, c. 227: «Los fieles laicos tienen derecho a que se les reconozca en los asuntos terrenos aquella libertad que compete a todos los ciudadanos; sin embargo, al usar de esa libertad, han de cuidar de que sus acciones estén inspiradas por el espíritu evangélico, y han de prestar atención a la doctrina propuesta por el Magisterio de la Iglesia, evitando a la vez presentar como doctri­na de la Iglesia su propio criterio, en materias opinables».

[28] Carta 30-IV-1946, n. 21, citado en Cultura política y conciencia cristiana, cit., p. 71.

[29] Carta 9-I-1932, n. 45, citado en Cultura política y conciencia cristiana, cit., pp. 71-72.

[30] Una preocupación semejante se advierte en Juan Pablo II, Exhort. Apost. Christifideles laici, 30-XII-1988, nn. 59-60.

[31] Carta 24-X-1965, n. 17, citado en Cultura política y conciencia cristiana, cit., pp. 72-73

[32] Cfr. Concilio Vaticano II, Declaración Dignitatis humanae, 7-XII-1965.

[33] Cfr. por ejemplo Juan Pablo II, Enc. Evangelium vitae, 25-III-1995, n. 74.

[34] Cfr. Ibid., nn. 71-73.

[35] Cfr. la valoración crítica de esa tesis contenida en la Enc. Centesimus annus, n. 46.

[36] Cfr. Mt 22, 15-22.

[37] Cfr. Ef 4, 15; Forja, n. 559.

[38] Carta 16-VII-1933, n. 14, citado en Cultura política y conciencia cristiana, cit., p. 83.

[39] Carta 9-I-1932, n. 66, citado en Cultura política y conciencia cristiana, cit., pp. 83-84.

[40] Cfr. Carta 16-VII-1933, nn. 8 y 12; citado en Cultura política y conciencia cristiana, cit., pp. 84-85.

[41] Carta 31-V-1954, n. 19, citado en Cultura política y conciencia cristiana, cit., p. 70.

[42] Cfr. Conversaciones, cit., n. 29; cfr. también el n. 22.


sábado, 5 de febrero de 2011

PERSPECTIVA DE FAMILIA


En la línea ideológica del constructivismo ateo surgió, hace décadas, la destructiva “perspectiva de género” que reemplaza la realidad biológica del sexo por el “género” una construcción social histórica cambiante. Esa nueva mirada o “perspectiva” afecta de un modo particular la noción de persona, sexualidad y familia. En ella se fundan leyes como la que en nuestro país legalizó el seudo matrimonio homosexual.
Por eso, parlamentarios de distintos países reunidos en Acción Mundial de Parlamentarios y Gobernantes por la Vida y la Familia, entidad presidida durante sus primeros cuatro años de vida por la senadora argentina Liliana Negre de Alonso, desde ayer presidente honoraria de la entidad, se comprometieron, entre otras cosas, a abogar para que se instaure la “Perspectiva de Familia” en las políticas públicas y en la sociedad, y a denunciar las ayudas al desarrollo y la cooperación condicionadas a la imposición de la “ideología de género”.

El grupo parlamentario que desde ayer preside el diputado español Miguel Ángel Pintado Barbanoj, realizó durante los días 3 y 4 de febrero su III Encuentro Internacional en el Senado argentino con la presencia, entre otros, de legisladores de Italia, Paraguay, España, Brasil, Portugal, El Salvador, Uruguay y México.
Al término del Encuentro los parlamentarios presentes aprobaron por unanimidad la “Declaración de Buenos Aires” que transcribimos completa a continuación:

DECLARACIÓN de BUENOS AIRES
“La Familia y la Vida en la ideología de género”

La constatación de la imposición creciente de la ideología de género en la mayor parte del mundo y sus nocivos efectos en la integridad de la familia y el matrimonio natural; la multiplicación y exaltación del individualismo; la intromisión del Estado en la familia y en los ámbitos íntimos de la vida personal; la pérdida del sentido de lo natural; la injerencia en la soberanía de las naciones; y la separación entre ley y verdad, nos interpelan a:
DECLARAR el firme compromiso de Acción Mundial de Parlamentarios y Gobernantes por la Vida y la Familia, a fin de que:

- Se promueva el derecho a la vida humana desde su concepción, como fundamento esencial de la vida en democracia.
- Se adopte el Enfoque o Perspectiva de Familia como base del ordenamiento jurídico de los Estados.
- Se fomente la promoción y estabilidad del matrimonio, así como el derecho de la familia a ser protegida por la sociedad y el Estado, removiendo las trabas y obstáculos que a diario debe afrontar.
- Se proteja el derecho preferente de los padres a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos, como proclama la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
- Se facilite ejercer el derecho a la maternidad, muy especialmente en aquellos lugares donde las madres se encuentra con grandes obstáculos, así como en aquellas sociedades que poseen tasas de fecundidad por debajo de la indispensable reposición generacional.
- Se exija que las ayudas al desarrollo y la cooperación se produzcan con absoluto respeto a la soberanía de los países receptores.
- Se hará público cuando las ayudas al desarrollo y la cooperación se condicionen imponiendo políticas anti familia o ideología de género.
- Se dará conocimiento de las organizaciones y connacionales que reciban dinero foráneo para impulsar cambios en nuestras normas legales, fomentando acciones contra la vida y la familia.
En todo caso, abogamos porque se instaure el Enfoque o Perspectiva de Familia en las políticas públicas y en la sociedad.
Buenos Aires, 4 de Febrero de 2011

NOTIVIDA, Año XI, Nº 748, 5 de febrero de 2011

viernes, 4 de febrero de 2011

LOS JUECES Y LOS EMBRIONES



Silvio Pedro Montini (Abogado; docente)

El 24 de enero último se publicó un artículo del sacerdote José Amado Aguirre, que elude la cuestión central referida a que los jueces no pueden ignorar el Derecho; efectúa consideraciones acerca de lo que dicen los códigos Civil y Penal y lo que enseñan los teólogos, y se equivoca al decir: “Nuestra fe católica ya no se puede imponer…”. La realidad es que nunca se pudo ni se debió imponer, más allá de que muchas veces los cristianos no respetamos esa enseñanza de Jesús.

Sin embargo, lo fundamental es que la destrucción o no de los embriones y el aborto provocado son cuestiones netamente jurídicas y corresponde que lo teológico se reserve para el ámbito religioso.

Los jueces son seres humanos, por lo que también se equivocan, ante lo cual el sistema legal prevé la posibilidad de recurrir a un tribunal de superior jerarquía si quien se considera perjudicado cree que en lo resuelto hay un error. Lo que no pueden ni deben los jueces es ignorar el Derecho.

Leyes vigentes.
¿Qué duda puede haber en relación con los embriones o el aborto, si según el artículo 2 de la ley 23.849, “se entiende por niño todo ser humano desde el momento de la concepción y hasta los 18 años”. Si no protegemos al niño, en estado embrionario o fetal, existe abandono o, en su caso, asesinato del ser humano, que es ese niño.

El criterio que fija esa norma coincide con lo dispuesto por el artículo 70 del Código Civil, en el sentido de que la existencia de las personas comienza desde la concepción en el seno materno y se basa en la realidad que tuvo en cuenta Tabaré Vázquez, médico de profesión y ex presidente de Uruguay, para vetar la ley de aborto aprobada por el Parlamento de su país en 2008.

Tabaré Vázquez dijo en esa oportunidad: “(...) la legislación no puede desconocer la realidad de la existencia de vida humana en su etapa de gestación, tal como de manera evidente lo revela la ciencia. La biología ha evolucionado mucho. Descubrimientos revolucionarios, como la fecundación in vitro y el ADN con la secuencia del genoma humano, dejan en evidencia que desde el momento de la concepción hay allí una vida humana nueva, un nuevo ser. Tanto es así que en los modernos sistemas jurídicos, el ADN se ha transformado en la ‘prueba reina’ para determinar la identidad de las personas, independientemente de su edad, incluso en hipótesis de devastación, o sea cuando prácticamente ya no queda nada del ser humano, aun luego de mucho tiempo (…)”. Tabaré Vázquez señala luego que el Pacto de San José de Costa Rica “contiene disposiciones expresas, como su artículo segundo y su artículo cuarto, que obligan a proteger la vida del ser humano desde su concepción”. En la Argentina, el Pacto de San José de Costa Rica integra la Constitución Nacional (artículo 75, inciso 22).

Los más necesitados.
En cuanto a la protección de la vida, hay que tener en cuenta que el “verdadero grado de civilización de una nación se mide por cómo protege a los más necesitados. Por ello, se debe proteger más a los más débiles”, señaló Tabaré Vázquez al fundamentar el veto comentado.

Si el Derecho protege a las personas, pero los asesores de menores o los jueces desconocen el vigente, el grado de civilización queda seriamente comprometido.

En su caso, si los sacerdotes quieren opinar sobre cuestiones jurídicas, también deben conocer el Derecho (dejando lo teológico para el ámbito específico de su ministerio) y no tildar de “simple embrión”, como hace Aguirre en su artículo, a un niño por nacer y mucho menos sostener (como también hace Aguirre) “la licitud de legalizar otros casos de aborto”, además de los despenalizados, ignorando lo que disponen la ley mencionada y la Constitución Nacional.

La Voz del Interior, 4-2-11

sábado, 29 de enero de 2011

EL GOBIERNO DEL LÍBANO, EN MANOS DE HIZBOLLAH

Claudio Fantini

Por primera vez, el partido del fundamentalismo chiíta designó al primer ministro, controlando totalmente el gobierno. Las circunstancias lo habían colocado en una disyuntiva shakespeareana. Saad Hariri tuvo que optar entre intentar descubrir a los asesinos de su padre o salvar su gobierno y la endeble paz en el Líbano.

Cuando un puñado de sicarios acribilló en 2005 a Rafik Hariri en Beirut, los más enconados enemigos del millonario sunita eran Hizbollah y sus dos patrocinadores externos: los regímenes de Siria e Irán.

Hariri había ganado el respaldo de muchos sectores por haber impulsado y financiado la reconstrucción del país, devastado por 15 años de guerra civil. Estaba usando su influencia política para reclamar la retirada del ejército sirio y el desarme de la milicia de Hizbollah, cuando lo emboscaron y balearon frente al tradicional Hotel San Jorge.

Su muerte logró lo que estaba buscando en vida: la retirada siria de todo el territorio libanés. Pero también puso el país al borde de una nueva confrontación sectaria. Si no estalló abiertamente, fue por el acuerdo que estableció un gobierno de coalición entre las fuerzas enemigas. Lo encabezó el hijo del líder asesinado e incluyó al partido milicia de los chiítas que comanda el jeque Hassan Nasrala.

Parece mentira que semejante alianza gubernamental haya durado casi seis años, sin embargo así fue. Las tensiones comenzaron cuando el Tribunal Internacional para el Líbano avanzó en la investigación del magnicidio y reclamó una serie de colaboraciones del gobierno. El primer ministro Saad Hariri aceptó colaborar, pero Hizbollah empezó a presionar en sentido contrario.

Afirmando que dicha investigación estaba manipulada para culpar a Hizbollah de haber planeado y financiado el asesinato, el llamado Partido de Dios dio un ultimátum a Saad Hariri: si no bloqueaba la investigación, caería el gobierno. Como el primer ministro mantuvo la decisión de colaborar con el esclarecimiento del magnicidio, Hizbollah retiró sus 10 ministros, activando la cláusula por la cual si renuncia la tercera parte del gabinete, cae el gobierno.

El partido militarizado del fundamentalismo chiíta logró sacar del poder a los sunitas contrarios al eje Damasco-Teherán-Hizbollah, colocando como primer ministro a Najib Mikati, un millonario sunita que amasó buena parte de su fortuna haciendo negocios con iraníes y sirios. Pero su rechazo a la investigación que lleva adelante el tribunal de la ONU, agigantó la sensación de que detrás de los sicarios que acribillaron a Hariri estaba el poderoso Hizbollah.

Nuevo escenario. El nuevo primer ministro es sunita, pero no representa a esa comunidad en la medida en que lo representa el apellido Hariri. Para muchos, Mikati es un suní al servicio de ese estado dentro del estado que es Hizbollah. Pero los chiítas radicales pudieron formar gobierno sin genuinos representantes de los sunitas, por ser la fuerza más poderosa del país de los cedros.

Con ese poder pusieron a su servicio a los chiítas moderados de Amal, la ex milicia liderada por Najib Berry; al líder druso Walit Jumblait y al general cristiano Michel Aoun, para muchos un traidor a la comunidad maronita.

De este modo, por primera vez el partido militarizado de Hassan Nasrala controla la totalidad del gobierno libanés. Por lo tanto, no sólo está en condiciones de obstruir la investigación que la ONU lleva adelante para esclarecer el magnicidio perpetrado en 2005. En este nuevo escenario político, Hizbollah estaría también en condiciones de promover otro enfrentamiento con Israel, pero esta vez arrastrando al ejército del Líbano, que representa a las cuatro etnias del país (sunitas, chiítas, maronitas y drusos), y que no participó de las últimas confrontaciones bélicas que los milicianos del Partido de Dios mantuvieron con el ejército israelí.

El Estado judío también mira con preocupación hacia Egipto, cuyo gobierno se sacude por las réplicas del sismo que tumbó al déspota tunecino Sine Ben Alí.

No es común que un estallido social derribe a un autócrata en el mundo árabe. Eso fue lo que ocurrió en Túnez, quizá porque a su sociedad la moldeó el modelo modernista de Habib Bourguiba.

La egipcia es una seudodemocracia en la que Hosni Mubarak se dispone a pasar la autoridad a su hijo Gamal; pero a diferencia de Túnez, de caer este gobierno, la única fuerza en condiciones de conquistar el poder es la Hermandad de los Musulmanes, fundada por Hasan al-Bana en la primera mitad del siglo 20 y matriz de todas las organizaciones fundamentalistas de Medio Oriente.

Desde los acuerdos firmados por Anuar el Sadat y Menahem Beguin, resulta impensable una guerra como las que Egipto e Israel sostuvieron en 1948, 1956, 1967 y 1973. Pero si el Partido Nacional Demócrata (nasserista) perdiera el poder y no lo reemplazara otra fuerza secular del nacionalismo árabe, sino los Hermanos Musulmanes, una quinta guerra egipcio-israelí dejaría de parecer imposible.

Más aún si en Beirut se consolida el gobierno controlado por el partido del chiísmo integrista que hizo caer al primer ministro Saad Hariri por empeñarse en descubrir a los asesinos de su padre.

*Director del Departamento de Ciencia Política de la UES21

La Voz del Interior, 29-1-11