lunes, 5 de octubre de 2026

LA GUERRA


 que desnuda a Occidente

 

Con este título, se publicó ayer en la Prensa un nuevo artículo del Cnl My (R) Gabriel Camilli, cuya última parte debería ser tenida en cuenta por los dirigentes argentinos que pretendan recuperar nuestra Patria.

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LA ILUSION EUROPEA

Estamos, posiblemente, ante algo diferente y más importante: el fin de una determinada ilusión europea. ¿El fin de la sociedad opulenta? (Agusto del Noce introdujo este término).

 

La ilusión de que la economía podía separarse indefinidamente de la geopolítica; que la industria podía ceder terreno sin consecuencias estratégicas; que la energía era solamente una mercancía; que la defensa podía delegarse; que el poder militar había perdido importancia y que las normas internacionales podían sustituir permanentemente a las relaciones de fuerza.

 

La Historia parece regresar por la puerta que muchos creían haber cerrado.

 

Todd habla de crisis y dislocación occidental. Macgregor observa el desgaste militar. Byrne señala las dificultades industriales y financieras europeas. Von der Leyen reconoce públicamente el problema energético. Son miradas distintas y no necesariamente coincidentes en sus explicaciones o conclusiones. Sin embargo, todas convergen sobre una cuestión: el poder potencial sólo importa cuando puede transformarse en poder efectivo y sostenerse en el tiempo.

 

Esta discusión debería interesarnos profundamente a los argentinos.

Porque poseer territorio, alimentos, petróleo, gas, minerales, capacidad nuclear, tecnología satelital, radares, industria y una extraordinaria posición sobre el Atlántico Sur no convierte automáticamente a una Nación en un actor estratégico.

 

Malvinas debería bastarnos para comprenderlo.

Los recursos constituyen posibilidades. El poder exige algo más: organización, industria, tecnología, defensa, población, educación, conducción política y una clara percepción del interés nacional. Un actor estratégico es aquel que posee capacidad y voluntad para alcanzar sus objetivos.

 

La Europa que hoy vuelve a hablar de energía, industria, municiones, defensa y autonomía estratégica está redescubriendo, quizás dolorosamente, aquello que nunca debió olvidar.

 

La Argentina todavía está a tiempo de aprenderlo mirando la experiencia ajena. Porque en el mundo que está naciendo no alcanzará con poseer riquezas. Habrá que tener la voluntad y la capacidad de defenderlas.

 

 

 

EL SENTIDO PLENO


 de la justicia social

 

Por Germán Masserdotti

La Prensa, 04.10.2026

 

La justicia social es “la justicia del bien común”. A partir de esta afirmación se juzgarán mejor, en la medida de las posibilidades “aquí y ahora”, las realizaciones concretas de la justicia social.

 

Al definir la justicia social como “la del bien común” se la inscribe, claramente, en el orden natural de las cosas. Y en su derecho natural. Por lo que, antes que un significado jurídico positivo, la justicia social tiene un contenido moral –en el cual se justifica el jurídico– y, todavía más, virtuoso. Es del ABC de la justicia social, porque lo es de la justicia sin más, “dar a cada uno lo suyo”. Por esto, la justicia social importa más un deber que un derecho.

 

Puede apreciarse, entonces, que la justicia social forma parte del patrimonio doctrinal del pensamiento clásico y católico. En Aristóteles, en santo Tomás de Aquino y, finalmente, en la Doctrina Social de la Iglesia puede encontrarse “el genio y figura” de la justicia social.

 

Aquí conviene, en la misma línea que lo dicho arriba, formular una precisión. Es correcto relacionar la justicia social con la vida económica. En ella se ve, de modo más patente, la justa distribución de los bienes. Lo cual presupone, por otra parte, su producción en esa unidad económica que es una comunidad de vida como la empresa en la cual son protagonistas, cada cual desde su función, tanto los empresarios como los trabajadores. Y todo, no debe olvidarse, bajo la perspectiva del bien común. Sin embargo, la justicia social no se reduce a la vida económica. El motivo es antropológico y moral. El hombre es un ser personal compuesto de materia y forma, es decir, en su caso particular, compuesto de alma espiritual y cuerpo físico. Si, por una parte, su carácter corpóreo explica la debida obtención de los bienes materiales, por otra parte, dado que es persona, el hombre ha sido creado para un bien superior, es decir, espiritual. La procuración de los bienes económicos se inscribe, por lo tanto, en la búsqueda de un tipo de felicidad que debe completarse con bienes vinculados a la vida política y religiosa. Como enseña santo Tomás de Aquino, el hombre es creado para una bienaventuranza perfecta, que es tanto como decir para ver a Dios en la vida eterna.

 

Por esto, esa “justa distribución” a la que hace referencia la justicia social se extiende, en sentido pleno, a todo tipo de bienes que responden, de acuerdo a su naturaleza, a las diferentes formalidades del hombre: un ser material y espiritual en la unidad del ser personal con vocación sobrenatural. La autoridad política, que es la primera responsable del logro del bien común al cual hace referencia la justicia social, debe gobernar de tal manera que resulte posible para la población recibir “lo suyo”. Claro está que esta recepción de lo propio exige, obviamente, una disposición activa por parte de los acreedores de “lo justo social”. Esta justicia social que es “la del bien común” es responsabilidad de todos de acuerdo a la función social de la cual cada uno es protagonista.

 

La justicia social en sentido pleno es la que procura la autoridad política en vistas al bien integral del hombre conforme a las debidas responsabilidades de los integrantes de la comunidad política.

 

OBSERVACION HISTORICA

Por último, agrego una observación histórica a propósito de la coyuntura. Algunos ideólogos podrían apuntar que los logros sociales en el plano político y, sobre todo, económico –a su vez cuantificables y propagados como parte de un relato– que se logran en la práctica responden a la ideología que se prefiere y por la cual se milita. Lo cierto es que, si de buenos resultados se trata, se debe a otro motivo: en ellos se conserva cierto “resto” del orden natural en el cual se funda la mencionada justicia social. Porque los individuos y las sociedades no prosperan –en el más auténtico de sus sentidos– por lo que en ellos hay de apriorismos ideológicos sino, más bien, por el realismo compartido que es tanto como decir por el acierto en la cosmovisión sobre el mundo, el hombre y Dios.

 

Por este motivo, por el orden natural inscripto en las cosas –incluidas las sociales– es que los hombres de buena voluntad y, sobre todo, los cristianos no deben perder la esperanza respecto de la restauración del orden social según el derecho natural y cristiano. La naturaleza, y también la gracia, una y otra vez “vuelven por sus fueros”.

jueves, 1 de octubre de 2026

OCTUBRE


 el mes de la Reina del Rosario

 

Ermes Dovico


Brújula cotidiana, 01_10_2026

 

 

Octubre es el mes de la Virgen del Rosario por excelencia, el mes en el que —más que en cualquier otro— estamos especialmente llamados a cultivar esta devoción mariana, a tomar el rosario y a meditar sobre los misterios de nuestra salvación. Pero, ¿por qué octubre? Las razones son fundamentalmente dos, y están relacionadas entre sí. El mérito de haber elegido y consagrado este mes a Nuestra Señora del Rosario le corresponde a León XIII (1810-1903). En el fondo de su elección se encuentra la festividad homónima instituida por san Pío V en el siglo XVI y celebrada por la Iglesia el 7 de octubre (o, durante un cierto período, el primer domingo del mes), dedicada originalmente a “Santa María de la Victoria”, en agradecimiento por la intercesión de la Madre de Dios en la batalla de Lepanto (7 de octubre de 1571), cuando la flota cristiana de la Liga Santa derrotó a la flota del Imperio Otomano, frenando así el avance de los musulmanes hacia Europa.

 

Pero volvamos al Papa León XIII, el sucesor de Pedro al que con razón se le ha denominado “el Papa del Rosario”, ya que dedicó varias encíclicas y otros documentos magisteriales a la promoción de esta oración tan poderosa como medio de salvación eterna y remedio contra los males que afligen a la Iglesia y al mundo entero. La encíclica con la que el Papa Pecci estableció por primera vez que todo el mes de octubre se dedicara a Nuestra Señora del Rosario es la Supremi Apostolatus, publicada el 1 de septiembre de 1883. Habían pasado 13 años desde la Brecha de Porta Pia, pero ciertamente no había pasado la larga época anticlerical que había conducido a aquel acontecimiento.

 

En aquel tiempo la Esposa de Cristo veía sus derechos amenazados y, como escribió León, estaba “atormentada por graves calamidades”. De ahí la necesidad de animar a los obispos y, a través de ellos, a todos los fieles a pedir con mayor fuerza la ayuda de la Virgen. El Papa explicaba: “Ha sido en todo tiempo una costumbre muy loable e inviolable del pueblo católico recurrir a María en los acontecimientos inquietantes y dudosos, y refugiarse en su bondad maternal. Esto demuestra la esperanza firmísima, es más, la plena confianza, que la Iglesia católica siempre ha depositado con todo derecho en la Madre de Dios. De hecho, la Virgen Inmaculada, elegida para ser Madre de Dios y, por ello mismo, convertida en corredentora del género humano, goza ante su Hijo de un poder y una gracia tan grandes que ninguna criatura, ni humana ni angélica, ha podido jamás ni podrá alcanzar jamás una mayor”.

 

En cuanto a los motivos que le habían llevado a escribir la encíclica, León XIII citaba los peligros a los que estaban cada vez más expuestas “la piedad cristiana, la moral pública y la propia fe”. Y añadía entonces su mayor preocupación: “El hecho más doloroso y triste de todos es que tantas almas, redimidas por la sangre de Jesucristo, como si estuvieran arrastradas por el torbellino de esta época aberrante, se precipitan hacia una conducta cada vez peor y caen en la ruina eterna”. A raíz de esta situación desastrosa, el Papa exhortaba a los fieles a rezar constantemente el rosario y, además, establecía: “Que todo el mes de octubre del presente año [1883] sea dedicado y consagrado a la Reina celestial del Rosario”. Ya desde la Supremi Apostolatus, León XIII enriquecía la práctica de esta devoción vinculándola a diversas indulgencias, que luego se confirmaron en las encíclicas sucesivas.

 

Asimismo, ya en una de las encíclicas del año siguiente, Superiore Anno (30 de agosto de 1884), el Papa Pecci confirmó la consagración de todo el mes de octubre a Nuestra Señora del Rosario, constatando con alegría el fervor con el que los fieles habían respondido a sus exhortaciones contenidas en la Supremi Apostolatus y exhortándolos a perseverar en la oración para obtener la ayuda celestial y no quedarse atrás, en cuanto a voluntad, respecto a los “enemigos del nombre cristiano” que “ponen tanta obstinación en sus designios”.


En varias ocasiones, a lo largo de su prolongado pontificado, León XIII volvió a abordar el tema, renovando las prescripciones ya establecidas anteriormente. Lo hizo también mediante intervenciones que, aunque no se centraban directamente en el Santo Rosario, sí recordaban su importancia: véase la Quamquam Pluries (15 de agosto de 1889), la primera encíclica que presenta una doctrina orgánica sobre san José, en la que el Papa pedía, entre otras cosas, que se añadiera a la recitación del Rosario durante el mes de octubre (“que en el pasado ya hemos decretado sagrado a la Virgen María del Rosario”) la oración A ti, oh bienaventurado José.

 

Concluimos, entre otros muchos documentos sobre el tema, con una breve mención a la encíclica Octobri mense (22 de septiembre de 1891), en la que León XIII, además de afirmar la verdad de que María Santísima es mediadora de todas las gracias, invitaba de nuevo a los cristianos a ser constantes en el rezo del Rosario, que —a través de la “devota meditación” de sus misterios— alimenta la fe, la protege de la ignorancia y refuerza los valores morales. La oración nunca debe abandonarse, ni hay que desanimarse si parece que el mal prevalece sobre el bien, porque es precisamente la súplica a Dios —unida a la penitencia, como recordaba León aludiendo a la enseñanza de los santos— la que cambia para mejor el curso de los acontecimientos:


“La mente humana no puede comprender, por ahora, los designios superiores de la Providencia divina, pero en el momento oportuno, cuando Dios mismo revele benévolamente las razones y las concatenaciones de las cosas, quedará claro cuán grandes han sido, a este respecto, la eficacia y la utilidad de la oración”.