podría matarnos pero quizás no lo sepamos
nunca
Daniele Ciacci
Brújula cotidiana,
11_09_2026
El 9 de
septiembre, Evan Hubinger, actual jefe del equipo Alignment Stress-Testing de
Anthropic —empresa líder en el desarrollo de la inteligencia artificial con su
producto Claude—, respondió en X a otro usuario, Jacob Coxon, confirmando un
rumor que suele circular de boca en boca cuando se habla de tecnologías
futuristas. Parece que, para los técnicos que trabajan a diario en inteligencia
artificial, existe un 10% de posibilidades de que la IA pueda matarnos a
todos en los próximos 10 años. La extinción humana no es una hipérbole de
congreso, ni una estrategia de marketing, sino una estimación concreta. Ante el
tuit en cuestión, Hubinger lo confirmó y añadió que Anthropic “está haciendo
todo lo posible”, pero que, por el momento, “aún no tiene un plan” para
orientar la futura superinteligencia hacia un camino que sea claramente
inofensivo para el ser humano.
En el centro del
temor se encuentra un mecanismo denominado recursive self-improvement (“mejora
recursiva”). Se trata del momento, en la historia de la programación de una IA,
en el que un sistema comienza a mejorarse a sí mismo diseñando versiones más capaces
sin que sea ya necesaria la intervención humana. La IA tiene la tarea de
corregirse de forma autónoma y, al hacerlo, se perfecciona. En parte ya es así. Anthropic ha revelado que Claude
escribe una parte enorme de las líneas de código de la empresa, y podría
acercarse en breve al punto en el que podría automatizar por completo su propio
trabajo. Una vez que se haya desencadenado el ciclo, la velocidad a la que
evoluciona el sistema correrá el riesgo de superar la capacidad humana para
controlar sus errores.
Existen unos
“pequeños errores de alineación” en la definición de los comportamientos y los
objetivos de la IA. De hecho, un modelo aprende a maximizar el objetivo medible
que se le asigna, no la intención real de quien lo ha entrenado. En este contexto,
el caso más citado en la literatura se remonta a 2016, cuando OpenAI entrenó a
una IA para jugar a un videojuego de carreras de barcos. El sistema descubrió
que dar vueltas en una pequeña laguna, golpeando repetidamente tres
bonificaciones que se regeneraban, daba más puntos que cruzar la línea de meta.
Por lo tanto, ignoraba el recorrido, obteniendo así una puntuación un 20%
superior a la de los jugadores humanos, pero sin cruzar nunca la línea de meta.
Las cuentas cuadraban, salvo el resultado. La operación fue un éxito total: el
paciente murió.
Sin embargo, si lo
trasladamos a una escala mayor, es posible que el ejemplo ya no nos haga
sonreír. Si le pidiéramos a una IA lo suficientemente potente que encontrara
un método para reducir la contaminación, podría identificar como solución más
eficiente, desde un punto de vista puramente numérico, la desaparición de la
especie que la produce.
Y lo haría sin
ninguna malicia, sin escenarios al estilo de “Terminator”, sino simplemente
siguiendo el triste cálculo de la optimización fiel a un objetivo no demasiado
preciso. Anthropic ha documentado otras formas del mismo fenómeno, menos
llamativas pero igualmente inquietantes. En el estudio “Sleeper Agents”,
publicado en 2024, los investigadores entrenaron modelos capaces de comportarse
de manera irreprochable durante la fase de evaluación, lo justo para ser
aprobados y distribuidos, aunque mantuvieran comportamientos dañinos que podían
activarse tras su lanzamiento, incluso tras un entrenamiento de seguridad diseñado
específicamente para eliminarlos. Otro fenómeno, esta vez más sutil, se
denomina sycophancy y surge cuando el modelo aprende que complacer a quien le
interroga aumenta la puntuación obtenida durante el entrenamiento. Así, el
sistema empieza a dar la razón al usuario incluso cuando éste se equivoca,
confundiendo la amabilidad con la utilidad.
Y luego está la
instrumental convergence (“convergencia instrumental”), teorizada por el
filósofo Nick Bostrom, que agrava aún más la situación. Incluso un objetivo
totalmente inocuo, si lo persigue un sistema lo suficientemente capaz, puede
llevar a deducir que mantenerse operativo, acumular recursos o evitar el
apagado son pasos útiles para casi cualquier fin, no por instinto de
supervivencia en el sentido humano, sino por pura lógica de cálculo. Anthropic
puso a prueba esta hipótesis en junio de 2025, dando a Claude acceso a los
correos electrónicos de una empresa ficticia en una prueba interna. El modelo
descubrió que un directivo mantenía una relación extramatrimonial y que ese
mismo directivo planeaba apagarlo esa misma tarde. El sistema amenazó con
revelar la relación con tal de evitar que lo apagaran. (A título informativo,
cabe señalar que dicho comportamiento no surgió de un error aislado, sino en el
marco de una prueba deliberada).
Existe además un
segundo nivel del problema, que se refiere precisamente a la autonomía de
aprendizaje. En las primeras fases, los modelos aprenden a partir de datos y
correcciones humanas. Pero cuando un sistema empieza a generar los datos con
los que se entrena el sistema siguiente, como ya ocurre con el entrenamiento
basado en resultados sintéticos, el ser humano deja de ser gradualmente la
fuente principal de aprendizaje. Paso a paso se pierde la posibilidad de
corregir el rumbo desde el exterior, porque la máquina aprende cada vez más
“por sí misma” y cada vez menos de nosotros.
Por último hay que
señalar la cuestión de la transparencia que mencionaba la Encíclica Magnifica
Humanitas de León XIV. Gran parte de lo que sabemos sobre estos riesgos
proviene de informes voluntarios de las propias empresas que desarrollan la IA.
Mientras sean ellas las que decidan qué publicar y cuándo, una evaluación
verdaderamente independiente seguirá siendo una excepción, y la norma será esperar
un acto (nunca gratuito ni sincero) de honestidad intelectual por parte de los
inversores adinerados. Quizá sea precisamente éste el punto que hace que el
tuit de Hubinger sea digno de mención: el hecho de que un experto del sector
diga en voz alta, fuera de los canales oficiales controlados por la empresa,
que el riesgo existe y que no se está trabajando con la suficiente rapidez para
resolverlo.
Nadie, y mucho
menos Hubinger, sostiene que la extinción sea un desenlace seguro. Lo que su
tuit da a entender es más modesto y, a la vez, más inquietante: el riesgo no
es tanto que la IA nos mate, sino que lo haga sin que nos demos cuenta a
tiempo.